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[Pasado][Fic] Dragones y demonios - Taka - 03-09-2023 La suerte no se olvida.
Eso leí en algún sitio, aunque ahora no recuerdo bien donde.
Lo que sí tenía claro es que la suerte se busca, y que a veces está en los sitios más inesperados. Tras mi entrenamiento en el bosque de bambú de la Villa Shimotsuki, decidí pasear sin mucho rumbo por el área hasta que mis provisiones fueran entregadas en el lugar de partida para mi nuevo destino. Había sido capaz de recordar cosas que sabía que, en el fondo, me harían más fuerte si las mantenía presentes, pero… no hay mares en calma para siempre.
Según avanzaba a paso lento por el camino de tierra a medio empedrar que salía de la Villa, mis pensamientos divagaban entre una línea. De un lado, intentaba controlar mis emociones, ser estoico y pragmático, y de otro lado, no podía evitar recordar la muerte de mi madre. El momento en el que crucé la puerta de casa para encontrar su cuerpo aún cálido en el suelo de mi hogar. La rabia me hacía hervir la sangre. Y cuanto más se repetía la palabra “madre” en mi mente, más se acercaba su contraparte: “padre”. ¿Dónde demonios estabas? ¿Por qué no estuviste para protegerla? ¿Acaso no la amabas?… Mi corazón bombeaba con furia sangre a todas direcciones y sentía una presión ineludible en el pecho.
Sin embargo, la línea que separa estos pensamientos del control es fina, y tan pronto volaba hacia el terreno de la locura, volvía a mis cabales. Entre idas y venidas, mis pies me llevaron, sin darme cuenta, a un santuario. No conocía el lugar, pero debía ser un sitio importante.
El camino se tornó en subida de escaleras empedradas muy larga, que discurría a lo largo de una loma, atravesando cinco puertas torii, características de los templos. De ellas colgaban amuletos que ondeaban con el leve viento de la zona, generando una sensación de paz increíble. Paré unos segundos a contemplar la escena, recargando mis energías con la tranquilizadora vista.
- Hace demasiado que no medito… - pensé, mientras comenzaba a andar lento las escaleras de camino al pequeño templo.
Los pilares de las puertas torii estaban decoradas con incrustaciones y grabados de dragones y todos ellos apuntaban al templo. Una vez a los pies del templo, un pequeño espacio para dejar el calzado, un escalón y la pequeña tarima eran lo único alrededor del altar que rezaba a un nombre: Ryuma.
No lo conocía. Quizás fuera un guerrero de antaño, antepasado de los habitantes de la villa. Para mí era imposible entrar por mi tamaño, pero, desde fuera, me arrodillé. Primero mi pierna izquierda al suelo, luego la derecha y, sobreponiendo el dedo gordo del pie izquierdo sobre el derecho, reposé mi cadera sobre los talones y mis manos cerca de la cadera. Seiza. Tal y como mi maestro me enseñó. No pienso tanto en él como debería. De hecho… no llegué a despedirme de él. Aunque si nos conocemos tanto como creo, sabrá a dónde fui.
Cerré los ojos y respiré profundo. Pasé largo rato meditando, apartando los pensamientos según aparecían. En mi experiencia, no es tan importante dejar la mente en blanco, sino aprender a apartar poco a poco los pensamientos para que no entren en la burbuja de tu espacio mental. Por alguna razón, durante este tramo de tiempo meditando frente al santuario de aquel guerrero, los sentimientos que antes me acosaban se volvían nimios y livianos. Quizá la influencia marcial de aquel nombre las apaciguaba. Quizás debía buscar eso.
Tras un rato ahí, exhalé profundo y abriendo los ojos, coloqué mis manos en el suelo. Izquierda y derecha, en posición de triángulo, para saludar acercando mi frente a ellas. Tras eso las recogí en orden inverso y me levanté de la misma forma, invirtiendo el orden de mis piernas. Una vez de pie, junté mis talones y apuntando con mis pies hacia afuera, ubiqué mis manos en las caderas y flexioné desde la misma para saludar de nuevo y girar para marchar del lugar hacia el puerto.
- Gracias, Ryuma. Lamento desconocer tu historia, pero prometo conocerla algún día, así como me ayudaste a comprender la mía. - Sentencié mientras bajaba los escalones con, por suerte, menos peso del que subí.
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