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Sudor y Polvo [FIC-PASADO] - Jerome Caonabo - 02-11-2025 No recuerdo cuándo empecé a caminar sin rumbo. Tal vez fue después de una derrota, o de una victoria que no me supo a nada. En esos tiempos los días se parecían demasiado: me levantaba, estiraba los músculos, buscaba algo que comer y luego un lugar donde pudiera pelear o entrenar. Dormía donde me alcanzaba el sueño, en el suelo o sobre la madera vieja de algún muelle. Todo giraba alrededor del cuerpo, del peso y el pulso, del cansancio y del aire entrando y saliendo. Lo demás era ruido. Esa vez, el camino me llevó a una aldea perdida entre colinas. El aire olía a polvo caliente y arroz fermentado. El río que la bordeaba se había secado hacía semanas y solo quedaban pozas sucias donde las ranas croaban con terquedad. Las casas eran bajas, de barro endurecido por el sol. Había un pequeño mercado, un bar donde el vino sabía a metal, y un dojo tan viejo que parecía a punto de colapsar. Aun así, el suelo de la entrada estaba limpio. Alguien debía seguir usándolo. Empujé la puerta. El olor a sudor y madera vieja me golpeó en la cara. Todo estaba cubierto de una fina capa de polvo, pero se notaba que alguien pasaba por allí con frecuencia. Un hombre apareció desde el fondo, delgado, de espalda encorvada y brazos aún fuertes. Me miró con calma, sin sorpresa, como si ya me conociera. Me preguntó si buscaba techo o pelea mientras me observaba de arriba abajo. Le respondí que dependía del orden. Eso pareció divertirlo. Dijo que en aquel lugar no se peleaba por orgullo, sino para mantenerse vivo, y que si eso me servía, podía quedarme. Su nombre era Mura. Me ofreció un rincón donde dormir, cerca del pozo del patio. A cambio, debía limpiar, traer leña y moverme con él cada día. No lo llamaba entrenamiento, sino “mantener al cuerpo despierto”. La rutina era simple: levantarme al amanecer, lavar la cara con el agua helada del pozo, correr descalzo por el camino de tierra, cargar cubos hasta que los brazos ardieran y después barrer el tatami con calma. Las primeras jornadas fueron tranquilas, aunque duras. El cuerpo se resistía al silencio, como si necesitara el ruido de una pelea para sentirse vivo. Pero poco a poco empecé a escuchar otras cosas: el roce de mis pies sobre la madera, el crujido leve de las tablas cuando respiraba hondo, el sonido de mi corazón golpeando el pecho con una cadencia limpia. Mura me observaba sin intervenir. Cuando fallaba un movimiento, simplemente respiraba hondo y decía con voz tranquila que golpeaba como si el cuerpo no fuera mío. Lo dijo una mañana, mientras yo repetía una serie de puñetazos frente al pozo. Me detuve, sin entender del todo, y le pregunté si acaso el cuerpo no era algo que se usaba, igual que una herramienta. Él negó despacio y me dijo que el cuerpo era lo único que realmente poseíamos, que todo lo demás se gasta, incluso el nombre, pero el cuerpo siempre cobra su deuda. No supe qué responder, aunque la frase se me quedó grabada. Los días se fueron volviendo una secuencia sin fin: trabajo, movimiento, cansancio. Pero en esa repetición había algo que me calmaba. Cuando el sol empezaba a caer y el aire se volvía más fresco, el sudor me cubría entero y la respiración era el único sonido que quedaba. El cuerpo ardía, pero en el fondo había una quietud nueva, un silencio que no conocía. Una tarde, mientras practicaba con los brazos desnudos, el cielo se oscureció y el viento levantó el polvo del patio. Mura estaba afuera, tallando madera sin mirarme. Yo seguía repitiendo los movimientos, una y otra vez, hasta que los músculos dejaron de obedecer a la mente y empezaron a moverse solos. Sentí que cada golpe salía más limpio, más preciso. El aire cortado por mis puños hacía un sonido seco, hermoso. Por un instante tuve la sensación de no estar en mi cuerpo, o más bien, de ser únicamente cuerpo. Mura levantó la mirada y me dijo sin levantar la voz que ahí estaba, que había tocado el vacío entre los movimientos. No entendí, así que respondí que no había sentido nada. Él asintió y dijo que justo por eso. Esa noche llovió sin descanso. Nos sentamos bajo el techo, mirando el patio empapado. Mura bebía té caliente, yo solo escuchaba el agua caer. En un momento, sin apartar la vista, me preguntó por qué seguía allí si decía venir de paso. Le respondí que quizá me había cansado de ganar peleas sin sentido. Él sonrió sin dientes y me dijo que ninguna pelea tiene sentido hasta que uno deja de buscarlo. No dormí mucho esa noche. El sonido de la lluvia me mantenía despierto, igual que las palabras del viejo, Los días siguientes pasaron lentos, pero más llenos. Empecé a notar cosas pequeñas que antes ignoraba: cómo la humedad del amanecer se pegaba al pelaje de mis brazos, cómo el tatami se hundía apenas bajo mis talones, cómo el viento entraba por la rendija del techo y olía a arroz fresco. Todo era parte del mismo entrenamiento. Todo era cuerpo. Una mañana, al salir a buscar agua, encontré a un joven esperándome en el camino. Tenía los ojos llenos de hambre y una vara en la mano. Dijo que había escuchado que en ese dojo se entrenaba a los fuertes y que quería probarse conmigo. No sonaba como una petición, sino como una necesidad. Le respondí sin detener el paso que no peleaba por eso. El muchacho frunció el ceño y dijo que entonces para qué servía un guerrero que no pelea. Me detuve, lo miré un momento, y le dije que servía para no pudrirse por dentro. No entendió, claro. De todos modos, se plantó en el patio. Adoptó postura y se lanzó hacia mí con un grito. Lo esquivé sin pensar, moviéndome lo justo, y él volvió a intentarlo. Sus golpes eran torpes pero sinceros, llenos de rabia y juventud. No lo golpeé. Solo desvié su fuerza una y otra vez hasta que perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Se levantó jadeando y preguntó por qué no peleaba en serio. Le respondí que no necesitaba hacerlo. Quiso saber qué necesitaba entonces, y le dije que escuchar su respiración. No supo qué decir y se marchó en silencio. Mura observó todo desde el umbral del dojo. Al acercarse, me dio un golpe leve en el hombro y comentó que ya estaba enseñando sin darme cuenta. No respondí, pero sentí algo moverse dentro, una mezcla de orgullo y melancolía. Tal vez por primera vez comprendí que no hacía falta destruir para aprender. El tiempo siguió corriendo sin que lo notara. Las mañanas tenían el mismo sabor, el mismo cansancio, pero ya no eran iguales. El dolor se había vuelto un lenguaje que entendía. Cada músculo hablaba, cada respiración era una oración. Y cuando el cuerpo duele, uno deja de pensar; solo queda moverse. Una tarde, mientras el sol se hundía detrás de los campos, Mura me llamó al patio. Tenía la mirada más cansada de lo habitual. Dijo que al día siguiente partiría hacia el valle del este, donde lo esperaba un antiguo alumno. No lo dijo abiertamente, pero su tono tenía la paz de quien se despide. Le pregunté qué pasaría con el dojo. Él sonrió y respondió que el dojo no era el lugar, sino el cuerpo que se entrena. Que cada paso que uno da después, lo lleva consigo. Al amanecer siguiente lo vi marcharse. Caminó despacio, con la espalda recta y el bastón apoyado en el hombro. No se volvió para mirar. Cuando su figura se perdió entre los árboles, el silencio del dojo se volvió más grande, casi pesado. Pasé unos días más allí, solo. Me levantaba igual, entrenaba igual, respiraba igual. Pero sin el viejo, cada sonido era distinto. El eco de mis pasos resonaba más profundo, como si el lugar me estuviera devolviendo algo que no sabía que había dejado allí. Finalmente recogí mis cosas. Me até las vendas en los puños y me colgué la mochila al hombro. El aire de la mañana estaba fresco y el sol empezaba a empujar la niebla montaña abajo. Antes de irme, miré el tatami vacío. Las marcas del uso seguían ahí, testigos de mis pasos, de mis errores, de cada caída. Pensé en lo que Mura me había dicho, que el cuerpo cobra su deuda. Sonreí por lo bajo y solté una carcajada ronca, quizá todavía me debía unas cuantas peleas, pensé. Mientras bajaba por el sendero, sentí el polvo levantarse bajo mis pies y el viento del valle rozarme el rostro. Todo era igual que al principio, pero ahora el silencio pesaba distinto. No buscaba pelea, ni maestro, ni gloria. Solo movimiento. Y eso, por fin, me bastaba. |