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Ceniza de sangre | Pasado ( fic ) - Versión para impresión

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Ceniza de sangre | Pasado ( fic ) - Enji - 06-11-2025

Tres años atrás...

El cuarto olía a ceniza.

Desde su perspectiva, todo lo que podía ver era el techo, una pared a su derecha y una pared sobre su cabeza, pues la cama estaba apostada contra una esquina de la habitación. El acabado de la madera y el diseño del techo susurraban con familiaridad una palabra: casa. Estaba en su casa.

No, habían quemado su casa. Estaba en la cabaña donde vivía. Su casa ya no existía.

«Es un lugar para ti, hijo. Un lugar propio, para que puedas hacerlo tuyo. Decoralo como quieras, haz lo que quieras con el jardín; tu madre y yo no nos entrometeremos. Es tu casa»

Los ojos, la garganta, la piel, todo le dolía. La memoria, sin embargo, era su más cruel tortura. Juraba poder escucharlos. Juraba poder sentirlos cerca, caminando en torno a la cabaña, parados en el umbral de la puerta que se escapaba de su visión periférica, como manchas que lo acosaban. Cada palabra era una daga que se incrustaba en su carne y extirpaba pedazos de su alma antes de cerrar la cicatriz.

El llanto no duró mucho. Las lágrimas se le habían secado en el incendio, consumidas por la impotencia, la rabia y un odio profundo que, como un veneno, se filtró a través de sus venas para contaminar la totalidad de su ser. De pies a cabeza, cada poro y fibra, odiaban. En los nudos de la madera frente a él podía ver el símbolo, la bandera. Conocía esa bandera. ¿Cómo no? Su madre, muerta en el sillón, se había gastado todas las historias, todos los grandilocuentes gestos para describir a la alta nobleza, sus honorables costumbres, su impecable educación y afilada inteligencia, junto a numerosos dibujos de sus símbolos característicos. Sí, lo recordaba. Había dibujado una vez ese símbolo como portada de una de sus libretas. ¿Y ahora? Ahora sentía ganas de vomitar al recordarlo.

Cinco círculos azules, cuatro de ellos indicando cada punto cardinal y uno en el centro, conectado a los demás por líneas delgadas. El símbolo del Gobierno Mundial.

Enji apretó los dientes mientras la enfermera del pueblo entraba en la habitación para renovarle las vendas y bañarlo. No tenía voz para hablarle. No lo hubiera hecho de todos modos. No había nada de qué hablar.



Los días pasaban lento. Enji se hundía en su pozo. Un oscuro, siniestro y deprimente pozo, cuyo final prometía arder. Lo podía ver. Allí, tan lejos pero tan cerca al mismo tiempo. Llamas. Fuego.

Despertó.

—¡Ahhh!

Apartó las mantas que lo cubrían y se agazapó contra la esquina de la habitación, sobre la cama. Los vellos erizados, la sangre bombeando con fuerza a través de su cuerpo. El sol en sus pupilas se apagó poco a poco mientras su respiración, violenta al principio, ganaba ritmo y pausa. El terror nocturno se difuminaba en el tiempo y solo quedaba de él una cosa: el silencio, junto a la soledad y el calor. Mucho calor. Lo sentía por todo el cuerpo, como una picazón horrible que no cesaba un segundo. Era especialmente intensa y molesta en su costado derecho, sobre el abdomen, dónde la mayor herida había empezado a sanar. Las docenas de vendajes curativos que habían sido aplicados y luego retirados manchados de sangre y fluidos amarillentos, productos de las llagas en su piel, habían hecho su trabajo, pero la marca sería permanente en su cuerpo. Era la única de las recientes cicatrices que sentía palpitar. Dolía permanentemente. Su médico insistía en que se trataba de algo mental.

—Joven Enji, debe calmarse.

Enji tardó en percatarse de que no se encontraba solo. En la misma habitación, contra la pared contraria, se hallaba sentado el doctor de la isla, ataviado en su bata blanca y con una pierna cruzada encima de la otra. Estaba sentado en una de las sillas de madera que junto a su padre habían construído.

—No hay fuego aquí. Ya no.

Bajó la mirada, y su respiración finalmente se calmó. Sus nervios mermaron. Pero no su odio.

—Lo siento mucho, joven. Lo que le sucedió a su familia no es nada menos que una tragedia. Tan injusto…

El hombre parecía sinceramente abatido. Conocía a su familia, a su madre, a su padre y a su hermano.

Oh, su hermano. Su pequeño hermano.

—¿Por qué? —preguntó Enji sin levantar la mirada—. Necesito saberlo. ¿Por qué, Doctor? ¿Por qué? Nadie vio nada, nadie sabe nada. De pronto, mi casa se estaba quemando, mi familia estaba muerta y un barco partía de nuestros muelles, pero nadie sabe nada de lo que pasó.

Su tono era gris, la voz rasposa y seca debido a la garganta herida.

A falta de una respuesta, se instaló el silencio. Un silencio que pareció eterno. El doctor se disponía a cortarlo, incómodo, cuando notó algo. Un cambio.

Enji levantó la mirada y sonrió.

El doctor sintió un escalofrío que lo obligó a enderezar la espalda.

—Tanda de cobardes de mierda. ¡Ninguno se atreve a reconocer el símbolo que había en esa vela! ¡Usted lo sabe! ¡Todos lo saben!

—Enji, tienes que descansar. No te fuerces así–.

Enji saltó de la cama y, mientras las vendas en su costado se volvían a manchar de sangre, tomó por los hombros al doctor y lo estampó contra la pared.

—¡Lo saben, Doctor! ¡Dígalo!

—No sabes lo que dices, hijo. Estabas muy herido. De seguro alucinaras, y el barco estaba demasiado lejos para cuando…

Enji lo agitó y azotó contra la pared.

—¡Dígalo!

Las enfermeras entraron corriendo a la habitación acompañadas del sheriff local. Entre los tres arrancaron al doctor de las manos de Enji y lo redujeron, llevándolo de regreso a la cama mientras gritaba y se contorsionaba entre sus manos, resistiéndose, peleando.

—¡Shihahahaha! ¡Cobardes! Temen decirlo, ¡temen admitirlo!

Sus alaridos, su locura, resonó en toda la casa, haciendo temblar las ventanas.

—¡Ellos mataron a mi hermano! ¡El símbolo del Gobierno Mundial estaba en su vela! ¡Ellos…!

Su cuerpo no pudo soportarlo más y a mitad del último grito, se desmayó. Cayó sobre la cama con los ojos abiertos y una sonrisa amplia resquebrajándole los lastimados labios mientras a su alrededor, entre susurros, los presentes se lamentaban, convencidos de que Enji, el Enji que habían conocido, había muerto junto a su familia en esa casa.