Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece
Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - Versión para impresión

+- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com)
+-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3)
+--- Foro: South Blue (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=7)
+---- Foro: Reino de Samba (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=314)
+----- Foro: Selva Anozama (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=315)
+----- Tema: Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] (/showthread.php?tid=2508)

Páginas: 1 2


Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - Bai Mudan - 07-11-2025

27 de otoño, año 16.

Hace más de tres mil años, un ser pensante, como tú y como yo —mi estimado lector—, descubrió un día que no estaba satisfecho con todo lo que aprendía. Pues, habiendo nacido con la posibilidad de soñar, su entorno le había enseñado que los sueños solo surgen cuando se está dormido.

Hace treinta y dos, otro ser al que también le gustaba pensar llegó a la misma conclusión.
No, Bai no era sabia —ni tampoco pretendía serlo—; simplemente, en ella habitaba un hambre insaciable, tan atroz que le revolvía las entrañas y las estrangulaba, obligándola a avanzar cada día un poco más. Y si uno le preguntaba, afirmaba que su sed era como un parásito famélico que se alimentaba de certezas. Porque, por más que aprendiera, comprendiera o se exigiera, algo dentro de ella seguía queriendo más, como si cada ápice de conocimiento alcanzado no hiciera sino revelar el abismo que ocultaba.

Así pues, a veces contemplaba el firmamento para olvidar y pensar en sus ancestros; pero, si lo hacía por demasiado tiempo, acababa sintiendo que el mundo la reclamaba con voces que no podía entender. Otras veces bastaba el silencio de una noche sin luna para que su mente comenzara a girar, inquieta, buscando un sentido que aún no alcanzaba a descifrar.

Y no le servían sus libros ni la bitácora. Tampoco las noches de pasión que usaba como panacea personal.

Fue entonces, en una de esas múltiples noches de hambre intensa, cuando recordó por qué había abandonado su hogar: necesitaba saber. ¿Y qué mejor forma de conocer que explorar la nueva isla en la que se encontraba?
Al fin y al cabo, si el conocimiento era su sustento, la isla podía ser su festín.

Durante los tres días siguientes, Mudai se dedicó a estudiar antiguos registros del clima: anotaciones dispersas, signos en tablillas y símbolos cuyo significado podía entender a medias. Claro, obvió las letras y los textos, pues pese a que Lan estaba por las cercanias, no quiso molestarla. De esta forma, analizó con paciencia todo lo que pudo y trazó correspondencias entre estaciones y mareas que, al final, le dió un patrón de humedad.
Sí, ahora estaba satisfecha.
Aquellas condiciones —la humedad persistente, el sol templado o el ritmo de las lluvias— podían sustentar especies poco habituales para la birkiniana, y, de entre todas ellas, una le llamaba especialmente la atención: el árbol del dragón.
El mismo del que se decía que sangraba una resina carmesí apodada como sangre de drago.

Al alba del cuarto día, preparó su morral con cuadernos, frascos vacíos y una navaja de campo que, desde ese preciso instante, sería su inseparable compañera. Sin embargo, justo antes de partir, una idea chispeó en su mente barroca:
¿Y si avisaba a Zhang para que la ayudara?
Él era médico, y si lograba aplicar sus conocimientos con acierto, quizá podrían crear un cataplasma decente con aquella resina, lo bastante potente para secar pequeñas infecciones cutáneas.
Sí, eso seguro le interesaba.

—Zhang —llamó a la puerta de su habitación al tiempo que lo llamaba por su nombre —¡Zhang! —Alzó un poco la voz por si no la había escuchado.

Y al responderle lo primero que hizo fue poner por delante un cuaderno de pocas hojas, amarillento y lleno de garabatos y dibujos.

Off



RE: Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - Zhang Guolao - 21-11-2025

"Somos ángeles y demonios al mismo tiempo.
No somos una sola persona, sino una contradicción,
una complejidad de fuerzas que luchan dentro de nosotros"
 - Mario Mendoza.

Zhang cerró aquel viejo libro que había encontrado en la biblioteca. Era una frase interesante, y aquellas palabras... daban vueltas por la mente de aquel burro, quien constantemente dudaba de su ser. Y es que era tan complejo encasillarse, y tan imposible aceptarse, que los años no eran suficientes para comprender la esencia de su vida.

Pronto saldrían al mar, y un océano de recuerdos le había estado acompañando desde que pisó aquella isla. Zhang no quería repetir su historia, pero entendía que aquel viaje sería duro y que abrir el corazón podría destrozarlo en mil pedazos. Pero en eso consistía la vida: en desaprender y reconstruirse.

Silencio, su amigo, se había desaparecido hacía unas horas, pues aquel clima cálido y fiestero parecía enloquecer al primate. Lo mejor era que disfrutara del lugar, pues podría pasar mucho tiempo para que sea tan feliz de nuevo. Zhang sonrió de oreja a oreja; pues aquel mono calentaba su frío corazón.

De pronto, una voz familiar lo alertó de inmediato. Se dispuso a abrir aquella puerta con rapidez, o con la suficiente que su viejo cuerpo le permitía. Al hacerlo, Bai, la joven con dulce aroma, se encontraba frente a él. junto a ella, una libreta de gran tamaño dibujaba una planta familiar.

Zhang dio un paso al frente mientras hacía una pequeña reverencia a la chica. Movió su mano para saludar con ella —. ¡Saludos, joven Bai! —Dijo Zhang, mientras colocaba sus manos sobre el dibujo —. Hmmm — musitó de forma natural, mientras golpeaba el suelo con su pezuña. Esta era una visita inesperada, pero estaba dispuesto a ayudarla en lo que necesitara.

Zhang era un poco lento, pero pronto lo comprendió. —Árbol del dragón — dijo, apuntando con el dedo aquel dibujo que, tras afinar un poco su único ojo, logró descifrar. La chica parecía interesada, y por la forma en que se encontraba preparada, era como si se tratase de alguna expedición.

Zhang dio un salto de alegría, y como si hubiese estado esperando todo el día, tomó una de sus mochilas, un poco de té y todo lo necesario para una pequeña expedición. Necesitaba prepararse para hacer diferentes remedios, y qué mejor que hacerlo acompañado de un bello ángel. Zhang sonrió de nuevo y, entonces, salió de aquella habitación para empezar la aventura.

Al salir del lugar, Zhang sintió la humedad en su cuerpo y el sol que brillaba sobre él. Estaba bien sentir miedo, pero no era excusa suficiente para ser feliz y continuar su viaje, pues el camino, aunque tormentoso, algún día nos llevará al lugar indicado. —Vamos — dijo Zhang, inclinando un poco la cabeza para poder verle el rostro.

Zhang se encogió de hombros, sin saber realmente dónde empezar a buscar; no conocía nada del lugar, pero tal vez su compañera conociera el camino. Zhang esperó a que su compañera indicara el sendero, y rezaba a dios para que la chica le entendiera un poco. 


Off



RE: Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - Bai Mudan - 22-11-2025

Su mano, la misma que sostenía el libro, se crispó apenas un instante; un movimiento que solo una observación minuciosa notaría —¿quizás la de un médico?—, que demostraba el impulso de la joven por acelerar el proceso de rumiación de Zhang.

Y no, no era el tiempo lo que la irritaba, tampoco que el viejo burro fuera la calma hecha acto, sino la incompletitud que el retraso simbolizaba.

Porque sí, no saber era sinónimo de fragmentación. Y estar fragmentado chocaba con lo que ella creía ser: la máxima autoridad en su pequeño cosmos.

Así que, a fin de cuentas, cada segundo que él tardaba era evidenciar que todavía no poseía el dominio y control de la verdadera sapiencia.

Y eso no podía ser.

Exhaló.

De su nariz surgió un sonido leve y ahogado, similar a uno de resignación. Luego, cerró los ojos un breve instante y, tan rápido como su cuerpo se lo permitió, ajustó su impaciente compostura. Al fin y al cabo, no quería meterle prisas al viejo burro.

—ðr-a-ɣ̞on —. CCon un torpe gesto intentó repetir lo que Zhang había dicho, pese a no estar del todo segura de que se refirieran a lo mismo. —Eso es —añadió señalando el dibujo, como si haciendo eso pudiera obligarle a ir más rápido.

Y al parecer funcionó.

Pues apenas estaba volviendo a sentir cierto grado de primitiva frustración cuando, de repente, Zhang pareció comprender lo que quería. Era increíble cómo, hasta él, se podía adaptar tan rápido a su falta de voz. Eso la hizo sonreír. Además, ahora que ya contaba con el apoyo del pirata, su mirada vibraba llena de alegría y satisfacción, pese a que su tez se mantenía bajo aparente frialdad. Últimamente esa mueca estaba siendo su marca personal.

Luego, tras ver cómo se adentraba en el cuarto, cerró el cuaderno y aprovechó para guardarlo dentro del morral. Buscó algo a ciegas y sacó un arrugado y maltrecho papel que contenía anotaciones tanto textuales como visuales: un mapa mal hecho de dudosa precisión y ninguna clase de topografía.

Después, lo miró, tratando de memorizar hacia dónde debían dirigirse primero: la zona de cañas de azúcar. Y aunque no había senderos, caminos ni trazos, Bai había dibujado un río con dos flechas: hacia arriba era ir en contracorriente, en dirección a la selva y la zona de cultivo; hacia abajo era simplemente la dirección natural del río. Todo esto a una escala no regulada. Y al lado del río, a unos centímetros, un círculo con una X donde se suponía que estaba Reino Samba.

—¡Perfecto! —se dijo mientras lo doblaba sin mucho cuidado y lo guardaba en su bolsillo, al tiempo que Zhang aparecía listo para la aventura.

Una vez fuera, el sol la deslumbró por un instante. Asintió a lo que su compañero le había dicho, como si le entendiera, y echó a andar en dirección a donde ella suponía que estaría el río.

Para llegar a su destino, Bai guio a Zhang a través de una concurrida plaza donde abundaba el olor a especias baratas y sudor. El lugar estaba plagado de corrillos de rostros curtidos, gente vendiendo bajo el sol o simplemente transitando; una intensidad que desmentía la aparente calma que pudiera sugerir una vista de altura.

Después, lo hizo avanzar hacia un callejón de tierra estrecho por el que, a medida que se adentraban, las estructuras de piedra sólidas y estucadas, típicas de zonas más acomodadas, daban paso gradualmente a construcciones de ladrillo sin revocar y cemento gris.

Mas concentrada en tomar decisiones correctas, su impasible rostro se mantuvo por un largo período de tiempo. El suficiente como para saber que su orientación, pese a no ser mala, empezaba a mostrar pequeñas fallas. No es que la muchacha se hubiera pasado horas dando vueltas junto al burro perdiéndose en el laberíntico reino, sino que había pasado media hora —convencida de que sus cálculos eran correctos— y, sin embargo, el paisaje no cambiaba. Todavía no llegaban a la zona más empobrecida y humilde donde las casas estaban construidas de madera.

—¡Zhang! —dijo de repente mientras se quitaba el morral de la espalda para buscar su tablilla mágica.

Al sacarla se la entregó para que la sostuviera y señaló, de entre todos los símbolos que había, un interrogante.

—¿Dónde está? —preguntó para luego sacar el intento de mapa y señalar el río.

Luego, dudó por un instante y miró a su alrededor. No había mucha gente, pero de tanto en tanto pasaba alguna persona por ahí. Justo entonces, un hombre mayor cruzaba la intersección en la que ambos se encontraban. Llevaba una camisa descolorida que había sido blanca en otra vida, y un gran montón de restos de caña atado a su espalda que le encorvaba la figura. Caminaba con la prisa, como si eso le estuviera pesando más de lo que debía y, aunque no quería molestarlo, para Bai, era la única persona de todas las que apreciaba que -con casi total certeza- podría decirles hacia donde debían ir.

—¡Zhang! —señaló la imagen de Zhang en la tablilla y luego la interrogación—. ¡Pregunta! —Se dio la vuelta y señaló a un transeúnte—. Zhang, ¡pregúntale! —repitió la frase señalando a quien pasaba por ahí.

Y es que, de no ser poque su forma de comunicarse era demasiado precaria, ella misma se hubiera acercado a preguntar aunque eso le hubiera costado retrasar su tarea. Aunque, pensándolo bien, ella misma lo estaba haciéndo desde el momento en el que decidió usar sus propios medios.

Off



RE: Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - Zhang Guolao - 02-12-2025

El viento cálido soplaba sobre su pelaje, y entre el murmullo de las personas, aquella pareja comenzó a adentrarse en aquella aventura. El burro se encontraba animado, y con una gran sonrisa, avanzó aquel camino detrás de la mujer alada que marcaba el paso.

En ocasiones, Bai adelantaba un poco el paso, era de esperarse por su altura, además de que parecía motivada por aquella expedición. —Así es, Dragón —dijo, repitiendo la única palabra que en verdad había entendido. Zhang lamentaba no poder hablar con ella, pero había cosas en la vida mucho más poderosas que las palabras.

Caminaron por todo Samba, y el murmullo y la alegría recorrían cada rincón del lugar. Pasaron por una plaza, donde las personas curiosaban al paso de aquellos seres de tierras lejanas, que no lograban pasar desapercibidos.

Y sí, luego de varios minutos y de recorrer un buen tramo, pese a todos los esfuerzos de la chica y de aquel mapa que llevaba entre sus dedos, parecía que seguían en medio del pueblo, lejos del aquel "Árbol del Dragón". Zhang alzó su vista gastada y observó aún el cielo en lo alto, tenían aún tiempo de sobra.

Pero, algo sucedió. Bai tomó aquella tablilla, y señaló un punto, un tramo, ¿un río? Zhang suspiró un poco y se rascó la cabeza con duda. Aquel río parecía demasiado grande para pasar desapercibido. Estaba claro que necesitaban ayuda, y ella lo entendió.

El burro se movió con prontitud, y tomando aquella tablilla con sus manos, se acercó a aquel viejo. Se veía cansado, y en su piel se reflejaban los años de la fuerza del astro. —¡Hey! —interrumpió el camino del hombre, quien se sobresaltó un poco, dejando caer la caña que llevaba a su espalda.

—Ehh, lo siento, buen hombre —dijo Zhang, mientras se agachaba para ayudar a aquel hombre con su carga—. Mi nombre es Zhang, y mi compañera se llama Bai —dijo, señalando a aquella mujer alada.

—¿Sabe usted dónde puedo encontrar el río? —dijo Zhang, mostrando aquel mapa improvisado.

El hombre, con un ceño fruncid, se tomó un momento para recomponerse antes de mirar el garabato que el viejo burro le ofrecía. Vio aquel círculo con la 'X' y el trazo serpenteante. Una sonrisa se dibujó en su rostro curtido por la dureza de la vida.

—Ese es el Río Grande, muchacho. Si lo que buscan es la selva anozama, deben seguir por allí —señaló con un dedo hacia la espalda de Bai, en la dirección por donde venían, pero cruzando a una calle lateral— se han perdido un poco. Deben volver a la tienda de la esquina, y de ahí tomar la calle de la tierra. Sigan esa recta hasta que los edificios de piedra se conviertan en chozas de madera. El río siempre está a la vista una vez que sales de las murallas del pueblo.

Zhang, se alegro, y sintio alivio por un momento, habían pasado por ese lugar hacia un par de minutos, estaban cerca. Parecía que simplemente, no habían volteado por el lado correcto —Muchas gracias, buen hombre. Le debemos una.

—Vayan con cuidado —respondió el viejo, reajustando su carga y apresurando el paso—. Es fácil perderse si no se conoce el camino.- Aquellas palabras tenían un sin fin de significados, y la sabiduría de los años, era algo que Zhang agradecía. Por un momento se inclino en señal de respeto, y tras ello continuaron su camino. 

Zhang se giró hacia Bai, y le entrego aquella tablilla con el mapa. Seguramente ella no había entendido nada. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza, indicándole que el problema estaba resuelto. Mientras movía sus manos torpemente, intentando que ella comprendiera las indicaciones al igual que él. 

De este modo, aquella pareja retomó el camino, ahora con una certeza. Siguieron las instrucciones con precisión. Dejaron atrás la plaza central y el bullicio, y pronto dieron paso a estructuras más humildes de madera de las que el anciano hablaba. 

El sendero bajo sus pies se transformó en tierra roja. Diez minutos más tarde, el sonido de las aves se hizo más fuerte y el olor a vida salvaje dominó el ambiente, y al superar una pequeña colina, el mundo cambió. 

Frente a ellos se extendían los tonos verdes de la selva, y por fin, allí estaba: el Río Grande, resplandeciente bajo el sol de la tarde. Era mucho más imponente de lo que Bai había dibujado en su mapa. La vista era majestuosa, el rio se movía con una fuerza abrupta, y los animales, cantaban y andaban tranquilos, como nunca antes había visto. Silencio estaría encantado en ese lugar. Sin duda, ese lugar era digno de ser el inicio de su verdadera aventura. 

Zhang se acercó a Bai y señaló aquel rio, y como si fuera un pequeño infante, dejo sus pertenencias en la orilla, y se lanzo acerco a la orilla, mojando sus pezuñas levemente. Al burro le encantaba el agua, pero estaba condenado a observarla desde lejos. Zhang volteo a ver a Bai, y luego tomo una taza de té vacía, y la lleno con agua del rio. - Gracias Bai.- Le dijo con sinceridad, una vista como esta era el mejor de los regalos. Movió su pata con naturalidad, y golpeo el agua salpicando un poco a su alrededor, tras esto, se acerco a su compañera para que bebiera un poco de agua. 

Zhang estaba mas que motivado, y por ello, señalo aquella selva oscura que crecía junto a ellos, iba a encontrar aquella flor para Bai, y un pequeño recuerdo para Silencio. - Dragon. - Le dijo a Bai nuevamente, impaciente por empezar su viaje.  Faltaban varias horas para que cayera la noche, y su búsqueda no seria sencilla. 



RE: Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - Bai Mudan - 06-12-2025

El murmullo del río revelaba la fuerza con la que descendía desde lo profundo de la selva; una fuerza cristalina que arrastraba pequeñas piedras que, con el tiempo, terminarían por volverse completamente redondas. En la orilla, raíces delgadas —casi como cabellos vegetales— se extendían hacia el agua, tímidas pero persistentes para beber de aquella helada agua.

Y allí, adentrándose apenas, estaba Zhang: el viejo burro al que Bai había seguido en silencio durante todo el camino. El mismo que había hablado con el anciano y que los había devuelto al sendero correcto. Aquel por quien, sin comprender aún del todo por qué, sentía un respeto profundo.

Y es que, a decir verdad, había algo revelador en aquella toma de contacto entre el burro y el hombre: una serenidad respetuosa, propia de quienes han aprendido —a fuerza de años y de caminos— a honrar al otro. Y, aunque Bai no lo había razonado conscientemente, sí que lo había percibido con una claridad instintiva y casi física.

Sin embargo, pese a esa creciente admiración, había otro sentimiento igual de intenso: la culpa por haberlo guiado mal. Por suerte para ella, cada caricia de la humedad del aire sobre sus alas apaciguaba esa punzada.

—Sér Zhang —lo llamó mientras se acercaba al borde del río, justo donde la tierra húmeda cedía bajo sus pies.

Él, mientras tanto, llenaba una taza con agua clara.

—Tenga cuidado —añadió sin añadir ningú tipo de gesto. Pues la advertencia brotó de su corazón al imaginar que la corriente podía vencerlo en un descuido y él, portador de fruta, perderse bajo el agua.

Pero el burro, tranquilo como siempre, ya había terminado. Le ofreció la taza, y Bai, que no necesitaba palabras para agradecerle el gesto, bebió un sorbo y luego alzó la mirada hacia él para pronunciar un silencioso gracias.

Después, le devolvió la taza y, imitando su ejemplo, se descolgó el zurrón. Sacó una pequeña petaca y la llenó.

Ahora sí, estaba lista.
No como antes que, su premura y edad, le habían incitado a seguir el camino sin provisiones adecuadas.
Ahora sólo tenía que hacerle saber que ya podían marchsr.

Lentamente, levantó una mano y la posó sobre el pecho de Zhang: un gesto firme y breve que significaba <>. Luego, señaló hacia la hondura de la selva.

Sus alas se plegaron contra la espalda. Respiró hondo… y sonrió con confianza, ofreciéndole la mano —a pesar de la diferencia de altura— con la intención de ayudarlo a salir del agua.

Una vez fuera, Bai guardó la petaca en el zurrón, avanzó unos pasos, miró hacia atrás para asegurarse de que Zhang la seguía y echó a andar siguiendo el curso del río, de modo que esta vez no pudieran perderse.

Y así caminaron varios minutos, bajo un sol que se filtraba entre las nubes altas y una humedad que se adhería al cuerpo como un velo. Finalmente, dejaron atrás el murmullo del agua. Frente a ellos se abría un sendero: la tierra rojiza formaba una línea estrecha que serpenteaba entre la vegetación, como si alguien hubiera intentado trazar un camino y la selva, caprichosa, lo hubiese reclamado casi por completo.

—Vamos, Bai —se dijo a sí misma, afirmando su primer paso dentro de la espesura.

Entonces, el aire cambió. Se volvió más denso, más húmedo, saturado de aromas que no pertenecían al pueblo ni a la ribera: el olor profundo de la madera vieja, de hojas trituradas bajo las zarpas de animales invisibles, de flores que aún no se abrían pero ya anunciaban su perfume.

—Sér Zhang —susurró, apartando unas ramas para abrirle paso, haciéndose a un lado y permitiendo que sus alas rozaran apenas las ramas más bajas, sin que aquello la incomodara.


RE: Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - Zhang Guolao - 03-01-2026

Zhang observó la mano que Bai le ofrecía. Era grande, elegante, y a pesar de la delicadeza con la que se posaba sobre su pecho, emanaba una fuerza imponente. El viejo burro sintió el peso de aquella confianza. No necesitaban palabras. El idioma de los gestos, de la mirada y del agua compartida era más antiguo y universal que cualquier dialecto.

El burro entonces, aceptó su ayuda para salir del lecho del río, sintiendo cómo el agua escurría de sus patas y regresaba a su cauce, una despedida líquida antes de adentrarse en el reino de lo verde.

— Gracias, joven Bai —murmuró, sacudiendo levemente su túnica. Sabía que ella no entendía sus palabras, pero esperaba que el tono, suave y agradecido, cruzara la barrera del idioma. La selva los recibió con un abrazo. El aire aquí  se estancaba, y el zumbido constante de insectos invisibles, resonaba en sus grandes orejas de burro. 

Zhang golpeó el suelo con su pata. Pum. El sonido fue absorbido por de aquella vegetación, como si la selva les estuviera pidiendo silencio. El mink caminaba detrás de ella con algo de lentitud, observando cómo sus alas rozaban las ramas bajas. Para aquel burro, acostumbrado a moverse con torpeza, la gracia de Bai era fascinante.

Hmmm... Se detuvo un momento, atraído por un brillo entre los helechos. Una flor pequeña, de pétalos azules y centro amarillo, se movía, no por el viento, sino por el paso de un escarabajo dorado. Zhang sonrió, su ojo bueno con curiosidad. Sacó su cuaderno de notas, ese compendio de garabatos que era su mayor tesoro, y con un trazo tembloroso, dibujó la forma de la flor, y luego la guardo para regalarsela a su compañia.

No era el "Árbol del Dragón", pero cada planta tenía su historia, y Zhang no era de los que ignoraban los detalles pequeños— La paciencia es clave en esta selva —se dijo a sí mismo. 

Zhang avanzó de nuevo para alcanzar a Bai, quien le abría paso apartando unas ramas con la cortesía de un gigante gentil. Zhang pasó por el hueco, inclinando la cabeza en agradecimiento, y al pasar junto a ella, señaló su propia nariz y luego aspiró profundamente. El olor a madera vieja y a selva dulce comenzaba a hacerse más intenso.

Silencio, el mono, habría chillado de emoción, pero en esta expedición Zhang estaba solo con su nueva compañera y el vasto misterio verde.  Se adelantó unos pasos, guiado por su olfato y por la intuición de años recolectando hierbas. Se detuvo frente a un grupo de árboles de corteza rojiza.

No eran dragones, pero eran parientes lejanos. Zhang arrancó un trozo de corteza, la olió y negó con la cabeza, mostrándosela a Bai con una expresión de "casi, pero no". 
Luego, señaló hacia una zona más oscura y densa de la selva, donde los árboles parecían crecer más altos.


Hmmm... Pum. Golpeó de nuevo el suelo con su tic, y miró a Bai, invitándola a seguir hacia lo profundo, donde el verdadero dragón vegetal posiblementente dormía. 


RE: Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - Bai Mudan - 06-01-2026

Bai precedía a Zhang con lenta marcha, midiendo su avance para no alejarse demasiado del  viejo mink, cuando, de repente, el eco de aquel caminar lento y torpe dejó de perturbar el sonido de la selva. ¿Se había parado? Bai se paró en seco para escuchar y, al instante, comprendió que su compañero se había quedado atrás.

Aun así se volvió dudosa de sus propios sentidos y descubrió a Zhang absorto en algo que a ella se le había antojado invisible. Desandó el camino, tan sigilosa como pudo,  y observó sobre el hombro de él, guardando silencio.

Al ver lo que hacía esbozó una sonrisa sutil.

Jamás habría sospechado que aquel anciano burro albergara una devoción tan delicada por lo botánico. Era hermoso de ver. Sin embargo, al advertir su entrega, Bai optó por concederle todo el tiempo que necesita; se alejó sin ejercer presión, retomando su labor de limpiar el sendero para facilitarle el paso.

El graznido de unas aves se escuchó la distancia. Bai alzó la vista justo a tiempo para contemplar un rastro de plumas esmeralda sobrevolando el dosel arbóreo. Otros reclamos respondieron desde la espesura, agitando las copas con fuerza. Allí, bajo la sombra de los árboles, todo parecía poseer un pulso único, latiendo en sincronía.

—¿Hm?

Un murmullo, casi un susurro con su nombre, la hizo detenerse, pero pronto comprendió que en ningún momento le habían llamado, sino que la presencia de Zhang era lo que había hecho el ruido.

Entonces, en silencio, la birkiniana lo observó acercarse, tratando de descifrar la urgencia en sus gestos. ¿Era un rastro en el aire? Bai forzó sus sentidos, aspirando con  intensidad y llenando los pulmones de la calidez selvatica de la zona. Sin embargo, solo percibió el aroma denso y dulce de la resina vieja, pero se sintió en desventaja: su olfato, comparado con la precisión ancestral del mink, era torpe e incapaz de captar los matices que a él parecían dictarle el camino.

Asintió.

Era inútil que ella dijera: de acuerdo. Así que, ese movimiento con la cabeza, fue todo lo que hizo cuando Zhang, tras aproximarse a un tronco cercano, arrancó una lasca de corteza, la examinó bajo la luz filtrada y le indicó que se internara espesura.

La vegetación comenzó a cerrarse sobre ellos como una bóveda de verdosa, asfixiando los últimos vestigios de la luz. El aire, preñado de una humedad densa, parecía pesar en los pulmones, mientras el eco de sus pasos se fundía con el susurro del bosque en una sola nota orgánica.

Bai continuó su avance, despejando la maleza con constancia  para facilitarlre el tránsito de Zhang. Sin embargo, al intentar apartar una rama que obstruía el sendero, esta misma cobró una vida súbita y reptante. No era madera, sino una culebrilla; una criatura de escamas frías que, en un momento de miedo, se enredó en su pie con la velocidad de un latigazo.

Bai, que jamás en su existencia había visto un ser así, sintió cómo el corazón le daba un vuelco violento pues, ell animal, tan aterrorizado como ella ante aquella figura titánica, buscó refugio reptando por su pierna en un ascenso frenético. El pánico ante un posible ataque se apoderó de la birkiniana; y antes de que el reptil alcanzara su muslo, lo arrancó de su piel con un ademán brusco y desesperado, arrojándolo hacia alguna parte de la espesura sin aguardar a ver dónde caía.

Debía andar con mil ojos.

Ahora, ya más recuperada del susto, le hizo un gesto a Zhang para que mirase al suelo. Él tambien debía andar con cuidado.


RE: Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - Zhang Guolao - 09-01-2026

Zhang sonrió sutilmente, mientras avanzaba al resguardo de su compañera, quien se desenvolvía muy bien en aquella selva extraña; por su lado, el burro se sentía como en casa, y es que en Zou, su tierra natal, vivir en armonía con la naturaleza era algo cotidiano.

Por supuesto, no todos valoraban la belleza de las pequeñas cosas, pero Zhang Guolao, desde pequeño, se había visto encantado por la naturaleza. Sus manos peludas rozaban con las hojas húmedas y gigantescas, que luchaban contra el mundo para encontrar algo de luz en ese entorno hostil.

Poco a poco, y paso tras paso, la luz del sol comenzó a abandonarlos, no por la hora, sino por la espesura de la selva, que parecía motivar a Bai a encontrar aquella flor.

A Zhang le agradaba la compañía de Bai, y eso le hacía sentir tranquilidad en el alma.

Así estuvieron un rato; el tiempo en ese lugar transcurría diferente, hasta que algo inesperado sucedió... Zhang vio el movimiento brusco de Bai y el arco que aquella pequeña culebra al ser lanzada por los aires, desapareciendo entre la maleza con un sonido lejano.

Zhang, el viejo mink se detuvo alerta.  —Hmmm... — resopló, mientras un movimiento natural de su cuerpo hacia sonar el suelo. Pum. Su pierna izquierda golpeó la tierra. Se acercó a ella despacio, notando la tensión en sus alas y hombros, y la reviso con su único ojo bueno por instinto del oficio, mezclando preocupación paternal con curiosidad.

—El miedo tiene escamas, joven Bai —murmuró entre dientes, se inclinó apoyándose en unas ramas para revisar que no hubiera mordedura. Al ver que solo era el susto, soltó una risa suave, —Ji-ji-jiii.— Le resultaba poder conocer mejor a Bai, alguien tan imponente como ella se viera desarmada...era sincero. Zhang sonrió. 

Zhang cerró su ojo un instante; demasiado ruido, demasiadas situaciones inesperadas, respiró hondo y, al exhalo, una neblina blanca y gélida escapó de sus labios. Una capa de nieve escapo desde sus pezuñas, extendiéndose y bajando la temperatura rápidamente... El zumbido de los insectos cesó y las serpientes se alejo de la pareja de médicos. 

Las grandes hojas verdes se tensaron y crujieron, enojadas por el frio del invierno.  —Lo siento... es solo un respiro — se disculpó Zhang, acariciando una planta que se había puesto rígida.

Zhang espero un poco a Bai, y luego movió unas ramas, haciendo un intento torpe de seguir los pasos de su compañera, y tras hacer su mejor intento de abrirle camino, hizo una reverencia torpe pero galante, invitándola a seguir.

—Buscar flores es mejor cuando no te están picando los bichos — añadió, y retomó la marcha, cuando de pronto sus pezuñas fallaron, y tras un paso en falso la selva comenzaba a tragarlo lentamente, su nieve se había convertido en agua, y al intentar "enfriar" el piso convirtiéndose en nieve, lo único que había logrado, era volverse uno con el lodo. 

Zhang observo a Bai a los ojos, quien hacia poco había sufrido de su incidente... Aquella selva parecía querer matarlos, el burro sonrió, mientras estiraba su brazo para pedir ayuda de su compañera. —Bai —  La aventura continuaba. 


Off



RE: Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - Bai Mudan - 17-01-2026

Bai jamás habría sospechado que el rítmico percutir de las pezuñas de Zhang fuera algún tipo de recriminación por lo que acababa de hacer. Y es que, si bien es cierto que sabía de la existencia de ciertos seres que, por su comunión ancestral con la naturaleza, empatizaban más con la propia fauna que con el resto de las razas, Bai jamás había tomado a Zhang por uno de ellos; pero una cosa era el dato teórico y otra, muy distinta, grabarlo en la memoria de la persona. Pues, en cuanto el veterano mink se detuvo y soltó un resoplido, lo primero que hizo su mente fue trazar una conexión fulminante entre ambos hechos, omitiendo que el burro, quizás, sentía más empatía por ella que por los animalillos.

Así que, tan pronto como sus neuronas hicieron sinapsis y ese pensamiento se formalizó, lo primero que hizo fue creer que lo había ofendido con su actuar.

Por suerte, y aunque la duda la mantuvo en suspenso durante un corto rato, la respuesta llegó antes que la verdadera angustia. Pues, al acercársele el mink, Bai descubrió con alivio que este no guardaba reproche alguno.

Zhang la escrutó. Acercó su ojo bueno hasta donde había estado la culebrilla y la birkiniana y, por un instante, se permitió la rara debilidad de ser cuidada, sintiéndose de pronto como la niña que alguna vez fue, cuando sus ideas más extravagantes terminaban en un caos de esquirlas y polvo.

Aquel momento evocó un eco de su infancia: el día en que decidió intervenir en los engranajes de un mecanismo que su padre ensamblaba. Quería corroborar si la frialdad de los libros decía la verdad sobre las leyes de la fuerza y el equilibrio. Y, en efecto, la lección fue implacable: aprendió que, a menor masa, mayor es la violencia del movimiento si la fuerza no se calibra. El engranaje, mal fijado, salió disparado como un proyectil de bronce, provocando el colapso de una estantería que sepultó a la pequeña Bai bajo un alud de objetos olvidados.

En aquel entonces, su padre la había rescatado de la misma forma que había hecho Zhang con ella. Primero con atenciones y cuidados y después una sentencia que hoy el mink parecía repetir con otras palabras: «Cuidado, Bai. La curiosidad es un filo que corta a quien no sabe empuñarlo».

A lo que Bai respondió con una sonrisa de una ternura inusual, observando cómo él la examinaba con paciencia.

—¿Ya? —preguntó poco antes de que Zhang diera por concluida la inspección.

Había estado tan centrada en sus recuerdos que apenas se había percatado del tiempo o de su alrededor. Y es que, a decir verdad, había omitido por completo el zumbido de los insectos, el crujir de las hojas y hasta el murmullo húmedo de la selva.

Quizás por eso, en ese momento, a diferencia de Zhang, a Bai no le molestaban tanto los bichos.

Luego se ajustó el equipo y siguió al mink a corta distancia, observando fascinada el cambio de flora en el lugar.

Al menos hasta que, frente a ella, Zhang se hundió en el lodo.

Bai no trató de contenerse cuando la situación se precipitó. Su primer impulso fue lanzarse. De hecho, sus piernas se contrajeron, obedientes a ese reflejo antiguo de acción inmediata. Pero el gesto se abortó a medio camino cuando comprendió, con gran claridad, que hacerlo solo la arrastraría a la misma trampa.

Entonces, sus alas se sacudieron con nerviosismo y sus ojos vibraron por el impulso que tuvo que sofocar. Miró a un lado, luego al otro y, al comprobar que la distancia entre ambos no era insalvable, empezó a urdir un plan.

Se hincó de rodilla y, al mismo tiempo, obligó a su respiración a acompasarse. Después, observó. El lodo había atrapado las pezuñas de Zhang a traición, succionándolo con cada intento torpe de liberarse, como si la selva —ofendida por lo ocurrido— hubiera decidido castigarlo.

El problema era que él se movía.
Y, a cada movimiento, la tierra parecía engullirlo más.

Así que, presta, Bai recorrió el entorno con la mirada hasta fijarse en el punto exacto donde el barro cedía más rápido bajo su peso.

Mas no extendió la mano todavía.

Primero probó el terreno con la yema de los dedos, sintiendo cómo el suelo respondía: blando y traicionero, dispuesto a engullir a cualquiera que se confiara demasiado.

La buena noticia es que tenía algo de margen de maniobra y un buen punto de apoyo.

—No te muevas —dijo al fin, acompañando las palabras con un gesto de espera, antes de recordar que no todos podían entenderla.

Se inclinó entonces con cuidado, apoyando la zurda en una zona aún firme y repartiendo el peso como había aprendido a hacerlo desde niña, cuando comprendió que la fuerza sin medida solo multiplica el desastre. Por suerte, era grande y sus extremidades lo bastante sólidas como para no ceder a la primera exigencia.

Ahora sí, alzó la vista hacia Zhang y le ofreció la mano.

Uno.
Dos.
Tres.

Tiró de él con toda la fuerza que pudo, incorporándose poco a poco para que también las piernas entraran en juego. Los gemelos se le endurecieron, los bíceps tensaron y, al final, sus alas se batieron buscando un último impulso.

Estaban a punto de lograrlo.

Dio un paso, luego otro y, entonces, cuando creía que el peligro había pasado, sus botas resbalaron sobre las motas de barro que salpicaban el suelo.
Su cuerpo se tambaleó, perdió el equilibrio y, en lugar de soltarlo, lo atrajo contra sí, haciendo que ambos cayeran. Bai de espaldas. Zhang sobre ella.

Primero todo se puso negro. A ello le siguió un dolor de cabeza y otro más residual en las alas. Después, cuando por fin volvió en sí, recordó lo que había pasado.

—¡Zhang! ¡Zhang!

Bai se limitó a llamarlo por su nombre para saber si estaba bien. Al fin de cuentas, era un mink relativamente anciano, con un solo ojo bueno.


RE: Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - Zhang Guolao - 25-01-2026

[Imagen: Gemini-Generated-Image-72rjim72rjim72rj.png]


A pesar de todo, Zhang no supo cómo actuar en un momento como ese, donde la naturaleza le recordaba su fuerza. Todo pasó tan rápido que, entre aliviado y adolorido, le tomó unos segundos recuperarse de lo sucedido. ¡Estaba a salvo!


—Hmmm... —Cuando Zhang soltó aquel sonido, su pecho vibró con fuerza, esta vez directamente contra el cuerpo de Bai, dada la proximidad de aquel bulto de pulgas sobre el torso de la mujer alada.

Zhang se quedó inmóvil. Primero, porque el mundo daba vueltas; y segundo, porque sus huesos ya no eran los de antes, al igual que su orgullo, ligeramente magullado y cubierto de lodo por aquella escena.

El grito de la joven Bai resonaba en las orejas de Zhang, que ahora se encontraban sucias de barro y hojas caídas. Tras una pausa, dio un giro para liberarla, cayendo al suelo con un sonido suave: Poom.

—Joven Bai —dijo, mirando el cielo con su ojo bueno, mientras su pata golpeaba el suelo con vida propia—. Gracias por tu ayuda.

Su voz era tranquila y suave. Tras estas palabras, el viejo mink comenzó a levantarse lentamente hasta quedar sentado sobre el barro; debía estar más atento, o aquella selva podría convertirse en un cementerio de burros. 

—¿Estás bien? —Zhang comenzó a acercarse a gatas para verle el rostro. Era natural que se preocupara por sus compañeros, aunque podía llegar a ser un sobreprotector... En fin, tenía que asegurarse. Pero al intentar incorporarse, antes de poder ayudar a su compañera o examinarla, la tierra bajo sus patas cedió de nuevo. Esta vez no fue el abrazo blando del lodo, sino un crujido seco. Crac.

El barro, removido por la caída y el peso de ambos, había desplazado la tierra, revelando un secreto de tantos en esos parajes olvidados. —Hmmm... eso no fue mi espalda —intentó bromear, aunque luego recordó que ella no le entendía.

Bajo la capa de tierra y tiempo, había piedra... estaba tallada. Era un camino de rocas, escalones viejos cubiertos de raíces, que habían sido puestos allí hace mucho, mucho tiempo.Un camino de piedra, que se abria paso hasta un pasadizo. Entre las ramas de los arboles, un arco de plantas y raíces se abría frente a ellos, dando paso a un lugar desconocido. 

—Parece que nuestra torpeza ha tocado el timbre de alguien, joven Bai —murmuró, señalando la entrada con el dedo—. La puerta trasera de esta selva. 

Sin dudarlo demasiado, Zhang se acercó; la curiosidad era innata en él y aquello olía a aventura. El pasadizo era un poco estrecho, pero podrían pasar sin problemas. El túnel olía a cosas viejas, a un aire estancado en el tiempo. Zhang sonrió mientras ingresaba a la oscuridad; total... el mundo ya era lo suficientemente oscuro para él. Aquello era como entrar al corazón de la selva.

—Cuidado con las alas —dijo, esperando que aquel lugar no incomodara mucho a su compañera—. Este pasadizo no ha sido hecho para volar.

Avanzaron unos metros en la penumbra, guiados por el sonido del aire que les cantaba el camino hacia la salida. No era lo que esperaba, pero cuando llegaron a un punto más iluminado, terminaron en medio de un campo que emanaba paz.
El túnel desembocó en una cueva natural, un cenote invertido protegido por árboles tan altos que formaban una cúpula verde, impenetrable para los hombres, filtrando la luz del sol en tonos esmeralda que teñían el lugar.

Zhang se detuvo en seco y, por unos segundos, observó cómo aquella luz transformaba los colores... Era como magia; la calidez del sol hizo que su cuerpo se sintiera aliviado. —Por los bigotes de Zunisha... —susurró.

Era un santuario natural. El aire aquí era más cálido y tranquilo. El zumbido de los insectos ya no era molesto, sino armónico. Había vida en cada rincón: pequeños reptiles de ojos saltones, mariposas que parecían trozos de arte y un aroma dulce y embriagador que flotaba sobre todo.

Era una zona verde, pura y concentrada; un lugar donde la selva parecía haber guardado sus tesoros más delicados para protegerlos de los intrusos. Zhang giró un poco el cuerpo para ver a su compañera; su rostro emanaba una felicidad inaudita, y al verla, se alegró de tener a alguien con quien compartir aquella experiencia.

—Si esa flor que buscas existe, joven Bai... —dijo, sintiendo cómo su pecho crecía— tiene que estar aquí. —murmuró Zhang, conteniendo el aliento frío de su boca; debía ser precavido, no quería que su aura helada lastimara aquel paraíso verde.