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La huida de Klythra - [FIC, Pasado] - Versión para impresión

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La huida de Klythra - [FIC, Pasado] - Lelith Hesperax - 12-11-2025

Pasado
Hace unos dos años, en Isla del Karate


El silencio había caído sobre la casa como una niebla espesa. Las luces del coliseo, visibles desde la colina, aún parpadeaban en la distancia, acompañadas de risas, música y el eco de tambores que marcaban el ritmo de alguna pelea nocturna. Todo seguía igual allá fuera, pero en el interior de aquella pequeña vivienda el tiempo se había detenido.

Lelith permaneció quieta en medio de la sala. Sus manos temblaban ligeramente, aunque no por miedo, sino por la tensión que aún vibraba en los músculos. A su alrededor, el aire olía a hierro y a algo más profundo, un olor denso que le recordó al final de sus combates.

Durante unos segundos no supo si debía sentirse horrorizada o satisfecha. El silencio la envolvía, y en él no había reproches, ni gritos, ni juicios. Solo su respiración, acompasada, perfecta.

Entonces la razón comenzó a imponerse. Sabía que la encontrarían. Nadie creería su versión, ni siquiera si la tuviera. El pueblo la conocía, la admiraba, pero también le temía. Bastaría una mirada a lo ocurrido para que todos comprendieran lo que ella misma apenas empezaba a entender: lo que había hecho no tenía retorno.

Si se quedaba, sería capturada. Si huía, al menos seguiría viva. Respiró hondo y comenzó a moverse por la casa con la misma precisión que mostraba en la arena. Abrió cofres, levantó suelos, revisó los escondites de su padre. No buscaba recuerdos, sino recursos. Tomó monedas, joyas, documentos, comida seca. Cada objeto desaparecía en una bolsa que colgó al hombro sin mirar atrás. No permitió que el pensamiento tomara forma, porque sabía que si lo hacía, titubearía. Y Lelith Hesperax no titubeaba.

Al salir, el aire fresco de la noche le golpeó el rostro. El cielo estaba cubierto de nubes, y la luna apenas se insinuaba como una línea plateada entre ellas. En la aldea, las farolas aún ardían con un fuego tenue. Todo parecía dormido, tranquilo, inocente.

Caminó por las calles con paso seguro, sin ocultarse, sin prisa. Era una figura conocida allí, y su porte elegante hacía que nadie sospechara. Saludó a un par de vecinos con la cortesía mecánica de siempre, escuchando sus voces apagadas sin registrar una sola palabra. Por dentro, ya no pertenecía a aquel lugar.

Su destino era el puerto. Desde niña había bajado muchas veces a contemplar los barcos pesqueros y los buques mercantes que llegaban desde otras islas. Siempre había sentido curiosidad por el movimiento del mar, por ese horizonte infinito que parecía prometer algo distinto. Esa noche, por fin, iba a descubrirlo.

Off



RE: La huida de Klythra - [FIC, Pasado] - Lelith Hesperax - 17-11-2025

En el muelle encontró al viejo Taro, un pescador de rostro curtido que llevaba toda la vida lanzando redes antes del amanecer. Ella lo conocía bien; él, más aún a ella. Habían conversado alguna vez, y él siempre se mostraba amable, orgulloso de los jóvenes de la isla.

Lelith se acercó fingiendo serenidad, la misma que usaba antes de un combate. Lo saludó con una sonrisa, le habló de banalidades; el clima, la pesca, la vida tranquila del lugar, y escuchó mientras el hombre le contaba que partiría antes del alba hacia un banco de peces cercano a una isla vecina. Justo el rumbo que necesitaba.

Con la oportunidad que necesitaba y la facilidad que se le presentaba, fingió retirarse para continuar con un supuesto paseo de medianoche, para más tarde esconderse en un instante de distracción del pobre pescador en la humilde barcaza.

Cuando zarparon y el puerto se perdía ya a la vista del oscuro e impenetrable mar, el amanecer apenas asomaba. La niebla cubría el horizonte como un velo espeso, y el sonido se perdía en la distancia. Lelith lo observaba en silencio, dejando que el murmullo del agua la hipnotizara… Había escapado, y el único testigo de su huida, estaba sin saberlo a su alcance…

Había imaginado la libertad muchas veces, pero ahora que la tenía delante, se sentía vacía. No había triunfo en su huida, solo la conciencia de lo irreversible. Pensó en las horas de entrenamiento, en las sonrisas de su madre, en las palabras severas de su padre, en la mirada de orgullo que él le dedicó la última vez que cruzaron espadas. Todo eso se desvanecía como si nunca hubiese existido. Tenía la mente en otra parte, en el eco de su propio nombre, que pronto dejaría de tener significado. En ese momento, comprendió que su destino no estaba en regresar. No podía ser perdonada, ni podía pedirlo. Solo podía avanzar.

El sol empezaba a abrirse paso entre las nubes cuando la bruma se tornó más clara. El mar se extendía ante ella, vasto y desconocido. Lelith respiró profundo, llenándose los pulmones con ese aire salino, y sintió una punzada de algo parecido a calma.

En aquel instante, tomó la decisión definitiva: dejaría atrás todo lo que había sido, incluso su propia culpa. En adelante, no sería hija, ni discípula; sería quien ella decidiera ser, la que sus satisfacciones definiesen a partir de ahora…

Horas después, el bote siguió su rumbo en solitario. El mar, sereno y gris, reflejaba un cielo sin testigos. El viento cambió de dirección y el bote avanzó más rápido. El vaivén del agua la mecía como una melodía conocida. Pensó que, tal vez, el mundo era una gran danza y ella acababa de aprender sus primeros pasos fuera de la jaula que la había criado. No sabía qué le aguardaba en la siguiente isla, ni qué nombre usaría, ni qué camino seguiría. Pero por primera vez no sintió miedo. Solo una quietud extraña, una calma después de la tormenta.

Mientras el sol ascendía, Lelith se permitió cerrar los ojos. Su respiración era lenta, uniforme. El pasado quedaba atrás, hundido en las aguas profundas de su memoria.

Frente a ella se extendía el mar abierto, el verdadero escenario de su vida por comenzar.

Ese día, sin testigos ni adiós, Lelith Hesperax desapareció.

El pueblo recordaría durante un tiempo a la joven que danzaba en el coliseo con sus cuchillas de plata, pero como todas las leyendas locales, su historia se disolvería entre rumores y versiones contradictorias. Algunos dirían que fue castigada por su arrogancia; otros, que el mar la reclamó como a una hija más.

Solo el océano sabría la verdad: Que una joven bailarina había dejado atrás su mundo, no para escapar del castigo, sino para abrazar su destino. Sólo le quedaba un cabo suelto y, con una silenciosa cuchillada en el cuello, reclamó para sí la vida de Taro…

Reprimiendo sus ansias de disfrutar del juguete desangrado que tenía delante, decidió deshacerse del cadáver por la borda para que solo los peces fuesen participes de aquel momento, pues ya demasiadas pruebas sangrientas inundaban la cubierta del humilde navío. Así, abandonaría la embarcación en las costas de su nuevo destino para que nadie pudiese relacionarla y entrar en aquella tierra de forma inadvertida.