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El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Versión para impresión

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El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Bai Mudan - 13-11-2025

Día 17 de Verano, año 16

Era justo ese breve instante del día —ese que el universo parece guardar en un bolsillo secreto para que jamás lo sientas— en que el sol, rey soberano de todas las criaturas, alcanza su cénit.

Sí, ya sabes de lo que hablo. De ese punto efímero en el día en que las sombras —esas pobres criaturas que sin la ausencia del rey jamás vivirían— desaparecen bajo el peso mismo de aquello que las engendra, como si la materia, en un acto de crueldad cósmica, les recordara que sin sol no serían nada.

Un castigo excesivo, si me preguntas, querido lector. Porque si las sombras jamás han obedecido ni a los dioses —sino que han danzado a su antojo desde el principio de los tiempos—, ¿por qué habría de pagar la pobre oharaniense por su insolencia?

Por ventura, existen hermanos más piadosos en la naturaleza, pues el tiempo —¡ah, esa entidad caprichosa!— se mostraba benévolo con las gentes de Sorbet gracias, o eso creía la foránea, a los dioses menores.
Y es que, al amar al hombre, portaban vientos del norte en días como aquel, cuando el astro rey castigaba con su abrasador beso.
Y sí, aquel día, los dioses habían decidido ser amables; lo suficiente como para que la brisa jugueteara entre los transeúntes, obsequiándoles caricias frescas, tan raras como sonrisas sinceras en un día de mercado.

Era, por así decirlo, el momento exacto en medio de un día perfecto.

O al menos eso pensaba la Bai que, sentada al borde del muro de la fuente, observaba el flujo de la gente con apacible calma.
Ahí estaba, cual espectadora de una obra demasiado absurda para tomarse en serio, pero imposible de abandonar.
Seguía con la mirada el desfile humano mientras sus dedos largos y delgados jugaban con la fruta que pronto iba a probar.

Le dio un bocado.
El zumo empapó sus papilas con una oleada cítrica, y su rostro se torció en un gesto entre sorpresa y resignación.
Demasiado ácida, pensó, dejando la fruta de nuevo en el cesto de mimbre.

Unos niños cruzaron corriendo frente a ella, seguidos por un perro que parecía creerse guardián de ellos.

Un par de gotas de sudor le recorrieron la nuca y Mudai, sin pensárselo, apartó el cabello para dejarlo respirar.
Fue entonces cuando lo vio: un joven cargando mercancía, de paso firme y mirada concentrada.
Intentó seguirlo un instante más, analizándolo, tal y como había hecho con muchos otros, pero el ladrido del perro la distrajo.

Era un día tranquilo.
Demasiado tranquilo.

Y la improbabilidad —esa diosa traviesa que no necesita culto— suele manifestarse precisamente cuando uno deja de prestarle atención.

Piénsalo, lector: ¿qué probabilidad hay de que la persona que ves al mediodía vuelva a cruzarse contigo?
Si lo calculas, descubrirás que es más fácil que toque la lotería.
Y no me refiero a que te toque sino a que le toque a alguien.
Pues bien, en esta gran rifa que es la vida, Bai había adquirido, sin saberlo, varios boletos para encontrarse con aquel joven.

Diríase incluso que dos fuerzas cósmicas habían firmado un pacto en algún rincón del firmamento para asegurarse de que así fuera.

Porque acontece que, tras distraerse con el perro y decidir que no probaría más de aquella fruta, Bai se dispondía a regresar a la posada donde la esperaba un plato caliente.
Mas, como bien sabemos, el infortunio y la probabilidad son viejos aliados, y aquel día conspiraban con especial entusiasmo para que eso no ocurriera.
Y es que caminaba cruzando la plaza con la languidez de quien no es esperado en ninguna parte, cuando —de la nada— un perro apareció. Bai tropezó, se tambaleó  y, en el proceso, golpeó sin querer a uno de los infantes, que estalló en llanto inmediato.

El niño lloró, sus amigos acudieron en su defensa, y la que no sabía hablar se puso nerviosa.
No quería parecer la villana de la escena —y, en rigor, no lo era—, pero su altura, y porte que cargaba, bastaban para intimidar a la pequeña pandilla.

Por fortuna —o quizá por simple terquedad—, la joven era de pensamiento rápido.
Y pronto concluyó que lo más sensato sería ofrecerles lo que llevaba consigo, a modo de improvisada bandera blanca.

Y he aquí el punto exacto donde, contra toda lógica y movidos por manos invisibles, dos extraños estaban destinados a coincidir. Aquel acto diminuto, casi insignificante, bastó para empujarla de nuevo hacia el mercado.
Pero el destino, juguetón como siempre, tenía otros planes.
Pues, sin embargo, como suele pasar cuando uno se cree más listo que las calles, Bai tomó un desvío estratégico que, en lugar de acortar camino, la llevó tras un aroma irresistible.
Uno tan delicioso y familiar que por un instante olvidó adónde iba… y recordó, con cierta ternura, la cocina de su madre.

Por eso, al final, se encontró frente a un pequeño restaurante, de pie, observando cómo el aire traía y llevaba aquel aroma irresistible.
Sí, quería probar el manjar, claro está, solo que no tenía la menor idea de cómo hacerlo porque, al fin de cuentas, no tenía cómo preguntar.


RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Rackham Uker - 19-11-2025

El calor golpeaba con la misma fuerza que un incendio, o al menos así lo sentía él. El joven de ojos celestes recorría las calles del mercado con normalidad, parando en algunos puestos, preguntando precios, comprando algunas cosas, volviendo a revisar la lista que llevaba en el bolsillo de su abrigo y dirigiéndose a otros puestos.

Si, leyeron bien, un abrigo, en pleno verano. Tampoco es posible culparlo al completo por estar sudando más que un cerdo, incluso si fue él mismo quien decidió vestir eso sabiendo que se encontraba en pleno verano. Era la única posesión importante que tenía, el único recuerdo de unas personas, y una tragedia, que golpearon su corazón hace tantos años.

Y tras tanto tiempo no podía desprenderse de ese recuerdo aún.

Sus ojos recorrieron el lugar, revisando una última vez y asegurándose de que no olvidaba nada, encontrando con su vista a una persona que llamó su atención. Una mujer de altura considerable, comparándola con los puestos de venta cercanos, con un cabello bicolor. Su piel parecía bronceada, vistiendo ropa bastante calurosa, incluso una chaqueta que el joven supuso que sería de cuero (al menos no era el único loco llevando abrigo en verano) y, como rasgo más característico e inconfundible, unas alas blancas que sobresalen por su espalda.

Nunca había visto a nadie así, y su curiosidad lo llevó a que sus miradas se encuentren por un instante, momento en el que el muchacho notó cuánto tiempo había puesto su mirada en ella. Giró su cabeza, ni rápido ni avergonzado, pero dejando de ver a la mujer, y concentrando en lo que debía hacer.

Ya era hora de volver a casa. Quedaba poco para su horario de trabajo, y aún quería darse una buena ducha antes de presentarse con esas pintas. El inconfundible y siempre molesto sonido del llanto de un niño llegó a sus oídos mientras marchaba a casa, pero no por eso lo detuvo o hizo cambiar su ruta. Tal vez se había lastimado jugando, tal vez le lloraba a sus padres por que le compren algo, daba igual, no era su problema.

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No podía soportarlo, no podía soportar más a esa gente.

Marines, en el restaurante donde trabaja, ¿Qué hacían ahí? ¿No podían irse a otro lugar? ¿Por qué tenía que soportar estar cerca de esa gente? Incluso su jefa tuvo que decirle que se tome 5 minutos de descanso, tal vez porque su enojo y su cara de odio eran inconfundibles, pero no era algo que el muchacho pensara en cuanto salió por la puerta de atrás del local, la misma que daba a un pequeño callejón junto al edificio y donde los empleados se juntaban para fumar o descansar del calor de la cocina.

Ahora, sin embargo, estaba solo ahí, acompañado nada más que por los sonidos del interior del restaurante y por su mente, que no quería dejarlo en paz.

Se tomó un momento para respirar, debía calmarse para volver al trabajo, no podía perder la calma cuando su turno apenas empezaba.

Otro sonido llegó, y este si era lo suficientemente llamativo como para llamar su atención: la puerta del local abriéndose. Se asomó por el lado del edificio, viendo como el grupo de 4 marines salían por la puerta, charlando con sonrisas en sus caras, algo que el muchacho no podía soportar, pero otra cosa captó de nuevo sus ojos.

Ahí estaba, esa mujer que había visto más temprano. Parecía observar el lugar, podía notarla dudosa de si ingresar o no. En otra ocasión, no se habría molestado en hablar, no era el encargado de atraer gente al lugar, pero la casualidad de encontrarse con ella luego de haberla visto con anterioridad en el mismo día llamó su curiosidad, así como lo hizo la propia mujer. - Buenos días -.

Salió del callejón y se le acercó con paso tranquilo, alzando su mano derecha en modo de saludo y sonriéndole a la desconocida. - Nos vimos hoy más temprano, ¿no es así? Que casualidad verte de nuevo -. Habló como si la mujer fuese a reconocerlo, pero pronto se dio cuenta de que muy seguramente no lo recordaba. - ¿Tienes hambre? Estamos atendiendo y hay mesas libres, si es que quieres pasar -. Apuntó con una de sus manos a la puerta del local, mientras que la otra apuntaba hacia el delantal que llevaba puesto, el cual tenía bordado el logo del mismo restaurante frente a ellos.


RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Bai Mudan - 22-11-2025

Si la duda hubiera tenido un rostro, sin duda este habría sido el suyo. Se hallaba meditabunda, luciendo esa expresión estándar que la humanidad adopta cuando pretende reflexionar sobre el sentido de la vida —aunque en realidad solo esté haciendo cálculos tan terrenales como averiguar si el dinero del bolsillo alcanza para algo más que una decepción. Su ceño fruncido, los labios apretados y ese aire de trascendencia filosófica no tenían nada que ver con metafísicas cósmicas, sino con sumas, restas y una pobre neurona que decidió trabajar un poco más de lo habitual.

Y entonces ocurrió: la mueca se transformó en una especie de eureka involuntaria, casi una pancarta luminosa que anunciaba al universo una revelación que ella, sinceramente, habría preferido mantener en estricta confidencialidad.
Esta era que, quizás, con los precios que se manejaban en ese lugar, ni siquiera le alcanzaría para pagar la idea que acababa de parir, mucho menos para saciar el estómago.

¿Había sido una ilusa? Posiblemente.
Pero, mientras volvía a pensar y adoptaba lentamente una pose pensativa, la puerta del restaurante se abrió de golpe y la sobresaltó.

Cuatro marines, cada uno distinto al anterior, que parecían estar alegres.
Bai los miró.
Su corazón latía veloz por el susto y su mente, acostumbrada al estrés, empezó a trabajar sin dirección alguna.

Primero, pensó que era obvio que los marines salían del restaurante. Y, solo por eso, por simple que pareciera, el hecho de que el aroma persistiera pegado a la ropa —como una evidencia material de un delito cometido— adquiría importancia.
Si al salir olían bien, y desde fuera también, entonces la comida debía de ser sabrosa.

Y si la comida es sabrosa, resulta difícil negar que se convierta en una forma hedonista de bienestar, pequeña e inmediata.

Su estómago gruñó.

Y si se obtiene ese tipo de bienestar, incluso hombres entrenados para la caza pueden permitirse, por unos minutos, la indecencia de la alegría.

Su cabeza asintió automáticamente al pensamiento.

Por lo tanto, era evidente: estaban felices por la comida.
Una conclusión sencilla, casi indiscutible, aunque perfectamente vulnerable a cualquier análisis serio.

Uno de los marines le devolvió el gesto, creyendo que se lo había dirigido a él.

Una conclusión perfecta, pensó ella, para justificar aunque fuera el intento de entrar en aquel lugar y negociar tanto como pudiera el coste de un único plato.

Y en eso estaba, justo en ese paso previo en el que uno se plantea mover el cuerpo —esa decisión titánica que casi siempre llega un segundo antes de que ocurra cualquier cosa importante— cuando, de la nada, una voz le hizo girar la cabeza.

Y fue entonces cuando los dioses, que llevaban discutiendo desde hacía días sobre si ese era el momento adecuado o no, finalmente se pusieron de acuerdo y decidieron que ambos destinos se cruzaran.

—Buenas… tardes —respondió en su inescrutable lenguaje, convencida de que la estaban saludando.

¿Por qué no «buenos días»? te preguntarás, lector atento.
Porque para alguien tan rígido con los números como ella, si el sol ya no está en su cénit, entonces el día ha dejado oficialmente de ser día. Es un criterio discutible, sí, pero las matemáticas emocionales suelen serlo.

Sin embargo, y aunque había estado observando al joven con chaqueta, otra voz a su espalda la hizo volver a girar.
Era uno de los marines hablándole directamente a ella, no el que le había saludado sino uno más bajito y de cuerpo delgado que parecía quererle comunicar algo.

—[Este] uhm... sitio uhm... [estar] muy bien.

Ella no lo entendía muy bien, pues sus palabras estaban entrecortadas por un seguido de ruidos que parecían cavilaciones y, para colmo, mezclaba su lengua con otra.

—¿Se refiere al restaurante?

El marine la miró, perplejo, esperando algo más, y Bai señaló al local.

—Oh, [sí]. Restaurante uhm... [bien].

Y Bai, agradecida por el torpe intento de comunicación, sonrió.

Tras ello, estallaron un par de risas ásperas entre el grupo. Soltaron palabras que ella no entendió y otras que, si las hubiera entendido, le habrían sentado como un golpe. Porque, mientras el joven de cabello bicolor se acercaba, los marines comentaron —con esa confianza brutal a la que algunos hombres de mar acostumbran— que, si lograban que ella hablara un poco más, quizá el muchacho terminaría acostándose con ella.

Por suerte, ella ya se había enajenado de esa conversación y volvía al joven que se había acercado.

—Oh, eh... —respondió a sus palabras mientras pensaba—. Bai —añadió llevándose la mano al pecho a forma de saludo.

Un acto del que últimamente estaba abusando demasiado y que denotaba que no había entendido nada.

Eso levantó unas pequeñas burlas por detrás.

Ella simplemente sonrió.

Después, cuando el chico le hizo el gesto con la mano, el marine que le había hablado anteriormente a Bai le comentó al joven que ella no le estaba entendiendo. Y sus compañeros, que desprendían testosterona, lo incitaron a que volviera a hablar a la muchacha.

—Eh, uhm... [¿hambre?] —preguntó el marine, haciendo un gesto hacia Uker –Él [pregunta] si tu [hambre].

Bai asintió.

—La verdad es que sí. Estaba dudando en si entrar o no, pero... suerte que os encontré —confesó para luego soltar una suave y jovial risa—. Si no fuera por ustedes, no me habría decidido.

Para este punto, el marine, más confundido que otra cosa, se limitó a reír y explicar que Uker la estaba invitando a sentarse.

—Ah, claro. ¡Era eso! —concluyó riéndose de sí—. Dile que muchas gracias de mi parte, por favor.

Y el marine tradujo torpemente sus palabras.

Sin embargo, los compañeros que los observaban hablar continuaron cuchicheando y riéndose del triste intento de ligar del marine. Pero Bai, que no sabía de qué hablaban, los obvió y volvió a centrarse en Uker para poder seguirle hasta una mesa.

Mientras tanto, en el camino, la oharanense intentó darle algo de conversación.

—Bai —repitió su nombre, volviéndose a tocar el pecho a modo de presentación—. Verte —añadió llevándose la mano a la altura de los ojos, cerrando la palma y manteniendo los dedos índice y medio extendidos y separados en forma de V—. Verte —volvió a repetir al tiempo que movía la mano desde el ojo hacia adelante, como si estuviera “proyectando” la vista hacia lo que estaba viendo—. A ti —sentenció finalmente, invadiendo su espacio y tocándole el hombro.

—Tu —le llamó mientras pasaba por delante de mesas servidas—. ¿Cocinas? —preguntó señalando un plato y luego su delantal.

Off



RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Rackham Uker - 29-11-2025

¿Qué sucedía? Ella simplemente lo observaba, se notaba en su rostro que la presencia del cocinero le extrañaba, pero el hombre nunca hubiera imaginado que se trataba de un problema de entendimiento. - Eh… -. Iba a preguntar si acaso se encontraba mal, pero ambos fueron interrumpidos por uno de los hombres que ya deberían haberse marchado. El rostro del pelinegro no dejó lugar a dudas, detestaba que ese marine le estuviera hablando, que siquiera se le acercase, pero la información que le dió lo hizo cambiar su mueca de odio por un momento.

[Imagen: PAatm0e.jpeg]
- Oh -

Eso respondía su duda inicial,  la mujer simplemente no podía comprenderlo. ¿Un idioma distinto? No se había cruzado con nadie que hablara una lengua diferente, así que tampoco sabía como proseguir, pero el marine parecía manejarse al menos con un poco más de soltura, siendo capaz de traducirle sus palabras. Así que si tenía hambre, eso lo hizo soltar un suspiro de alivio, por un momento pensó que tal vez la había incomodado al acercarse así.

- Adelante -. Invitó a la mujer a pasar, así como al marine que no se despegaba de ellos aún, con un gesto de sus brazos apuntando a la puerta, adelantando para abrirles la puerta en cuanto aceptaran. Detestaba tener que lidiar con el marine, justamente por eso había tenido que salir a tomar aire, pero tampoco podía ser descortés con un cliente, así que se limitaría a ignorarlo. Tampoco es como si fuera su trabajo poner una buena cara a los clientes, solo debía cocinar. - ¡Una mesa para dos! -. Eso fue suficiente para que los meseros se encargaran de preparar con rapidez un lugar para sus clientes, mientras que la mujer ahora le hablaba a Uker. - ¿Bai? ¿Tu nombre? -. Tuvo que recordarse a sí mismo que probablemente no iba a entenderlo, así que comenzó a señalizar sus palabras desde ese punto. - Uker -. Copió el gesto ajeno, llevando su propia mano a su pecho, intentando darle a entender que ese era su nombre.

Comenzar a entender algunas palabras era curioso. Podía agradecer a la muchacha, que fuera tan buena enseñando como para hacerlo entender con tan solo unos gestos. Ahora decía haberlo visto, así que el muchacho del mechón blanco supuso que fue en el mismo momento en el que él la había visto a ella. Se tomó un momento para pensar, pues quería preguntar “¿Esta mañana?”, pero no encontraba una forma de ilustrar la palabra mañana, pero su divague fue interrumpido nuevamente por la mujer. - ¿Yo...? -.

Tuvo que ver hacia abajo, donde ella apuntó, encontrándose con el delantal que tenía puesto. Instantes después, solo tuvo que sumar la seña hacia el plato para comprender lo que quería comunicarle. - Si, yo… cocino -. Se tomó un momento, para ejemplificar la última palabra con su mano girando en círculos mientras sus dedos miraban hacia el suelo, como si estuviera agarrando una cuchara y revolviera algo.

En cuanto todo estuvo preparado, los guio hacia la mesa, en donde una mesera quiso tomarles la orden, pero fue recibida por Uker y le fue explicada la situación. El marine podría traducirle y lograr que todo fuera al menos más entendible, así que el cocinero tampoco era tan necesario, y podía sentir la mirada casi asesina de su jefe en su nuca, pues ya debería haber vuelto a trabajar hace bastante tiempo. - Debo volver a la cocina, no duden en pedir lo que deseen -. Y tras decir eso, se marchó hacia la puerta que conectaba el lugar con la cocina, visible a través de una abertura en la pared que funcionaba para dejar ahí los platos preparados y que los meseros se encargaran de llevarlos a las mesas.

Tuvo que recibir una reprimenda por tardar más de lo acordado en volver al trabajo. Había 3 mesas esperando sus platos y debía ponerse manos a la obra, por lo que reanudó su labor sin rechistar. Preparó salsas, pastas, un poco de pescado, y no se dio cuenta del tiempo, pues cada que empezaba a cocinar su cabeza solo se concentraba en esa tarea. En cuanto entregó lo acordado, vio un reloj en una pared cercana, habían pasado 20 minutos, y su mente, sin mucho trabajo por delante, no lo llevó a otro pensamiento más que a esa mujer que se había encontrado fuera del restaurante. ¿Estaría bien? ¿Alguna de las comidas que preparó fue para ella?

Con eso en mente, se escabulló un momento de su trabajo, saliendo de la cocina en cuanto su jefe fue al baño, todo para acercarse a la mesa en donde se encontraba la mujer. - ¿Está todo bien? -. Dijo al acercarse, levantando sus puños hacia su pecho y elevando los dos pulgares, intentando que ella le entendiera.


RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Bai Mudan - 06-12-2025

Sus ojos, sorprendidos pero cargados de una curiosidad luminosa, se abrieron un poco más. Pues, le resultaba insólito descubrir que un hombre tan joven, libre y aparentemente despreocupado confesara con tanta naturalidad su relación con el arte culinario.
Había visto a otros cocinar en plazas y fogones públicos, sí, pero escuchar a alguien admitirlo con esa franqueza… eso era distinto.
En su mente, acostumbrada a una visión más tradicional de la vida, aquella sinceridad sólo podía corresponder a alguien que conocía de verdad su oficio. Un chef excepcional, pensó, o al menos uno cuya pasión hablaba por él antes incluso que sus manos.

—Curioso... —musitó sin advertirlo mientras inclinaba aoenas la cabeza en un gesto breve ycasi reverencial que, en su lengua, significaba comprendo, lo valoro y lo apruebo.
Era su forma silenciosa de honrar lo que había visto nacer en él con una sola seña.

Después tomó asiento junto al marine y se dispuso a conversar con él. Para una vez que encontraba a alguien con quien hacerlo, no pensaba dejar escapar la oportunidad.
¡Y por todos los dioses, que iba a aprovecharla!

Ella quería saber, entender, conocer. Tenía mil preguntas sobre la isla, sobre cómo viajar a los otros Blues y, sobre todo, ¿cómo demonios un marine tan escuálido había aprendido su lengua?

Pero él no pensaba ponérselo fácil.

Estaba tan nervioso que mezclaba idiomas, tartamudeaba y, por si fuera poco, una de sus piernas no dejaba de temblar. ¿Es que acaso no había hablado jamás con otra mujer? Por suerte para él, la calma aparente de Bai y la suavidad de su voz fueron relajándolo poco a poco, hasta convertir la conversación en un momento sorprendentemente agradable.

—Al final resulta que hablabas mejor el idioma de lo que pensaba —dijo Bai mientras cortaba un trozo del pescado que tenía frente a ella.

—Bueno, es que… no estoy acostumbrado a recibir tanta atención.

Bai llevó el bocado a la boca y sintió un estallido de sabores tan delicado que no pudo evitar un pequeño gemido.

—¡Está delicioso! ¿Quieres probar?

Le ofreció su plato. El marine, tímido, aceptó.

—¿Quieres tú también? —preguntó él, devolviéndole el gesto justo cuando Uker salía de la cocina.

—¡Claro! —respondió Bai, deleitándose con la cocina del joven chef—. Creo que… Creo que hoy he tenido una maravillosa coincidenci—
Se interrumpió al ver aparecer al moreno del mechón blanco.

Hubo entonces un silencio. Un intercambio de sinceras sonrisas y un gesto por parte del nuevo.

Bai observó entonced a Uker levantar los pulgares con esa clase de curiosidad que uno suele reservar para animales exóticos, excentricidades o eventos que se escapan a toda lógica conocida. Inclinó la cabeza, alzó una ceja y emitió un «Hmmm…» tan meditativo que habría hecho creer a cualquiera que estaba a punto de resolver un misterio cósmico de importancia moderada pese a que, en realidad, sólo estaba terminando de procesar sus gestos.

Entonces, sus ojos se iluminaron como una bombilla que pasa toda su vida sin encontrar el interruptor correcto y de repente... ¡ZAS!

—¡Claro! —exclamó con la seguridad de quien no tiene la más remota idea, pero está decidido a actuar como si la tuviera.

Y la bombilla se prendió.

A su vez, levantó las manos para imitar el gesto de Uker. Lo consiguió… más o menos. Pues, de algún modo, el gesto terminó siendo tan exagerado que cualquier espectador neutral podría haber pensado que estaba intentando dirigir el tráfico aéreo.

—¿Es un truco de cocina, verdad? —preguntó con solemnidad mientras el marine intercambiaba con Uker una mirada que oscilaba entre el desconcierto y la tentación de echarse a reir—. Algo así como un código secreto entre cocineros para decir que todo está bien.

Hubo una pausa.
El marine sucumbió.

La risa le explotó en el pecho y tuvo que sostenerse el estómago como si esperara que, en cualquier momento, pudiera caer al suelo y rodar lejos de él por pura vergüenza ajena.

—Perdona —logró decir entre jadeos— es que… —y volvió a reír, preso de un ataque que parecía un fenómeno natural inevitable—. Creía que era… algún tipo de espectáculo—Le informó a Uker mientras su mandíbula parecía desencajarse de la risa.

Bai no entendía nada.
Así que simplemente lo miró, luego miró a Uker, volvió a mirar al marine… y decidió que la opción más sensata era dejar que la gravedad actuara sobre sus brazos.

Bajó las manos muy despacio, como si temiera que pudieran causar más malentendidos por el camino y pensó.
Pensó en lo que diría, en la vergúenza subiendo por sus mejillas y que, si se abría la tierra para engullirla, se lo agradecería.

—Yo… ¿no era un espectáculo? —dijo al fin, intentando recuperar algo de dignidad, aunque esta se le había deslizado por los pies hacía un rato y probablemente ya estaba explorando otra habitación.

—No mujer —le dijo directamente el marine—Era solo eso —le explicó, muy serio, como quien revela la función de un dispositivo ancestral y peligrosamente inestable.

Bai lo observó con un silencio tan largo que el marine empezó a preguntarse si debía hacer algo. Algo responsable. Algo adulto. Algo que, claramente, ninguno de los tres estaba capacitado para ofrecer. ¿O sí?

—¿Entonces… no es un código culinario? —preguntó por fin Bai, en voz baja, como si admitirlo muy alto pudiera espantar a algún espíritu del protocolo social.

—No —respondió el marine, tajante… aunque luego frunció el ceño—. Bueno, creo que no. No sé. ¿Tú cocinas? —añadió, ahora dirigiendose a Uker directamente, por si él pudiera confirmar algo sobre la relación entre alimentos y pulgares—. ¿Es esto algún tipo código culinario? —le preguntó al cocinero el marine alzando los pulgares.

—Está bien —dijo, enderezándose Bai—. ¡Entonces lo adoptaré como signo de aprovación! Mucho menos peligroso que inclinarse y terminar golpeando una mesa. Otra vez...

Y Bai alzó sus pulgares otra vez, esta vez con una gran concentración.
A lo que gesto quedó tan perfectamente estático que cualquiera diría que estaba posando para una estatua.

—¿Así está bien? —preguntó.

Hubo un silencio.

El marine se lo tradujo a Uker.
—Solo una cosa —dijo el marine, levantando un dedo—. Creo que… podríamos hacer esto sin abrir los ojos tan grande—añadió y lo repitió de nuevo para Uker.

Bai parpadeó. Dos veces. Dejó los pulgares en su sitio, pero relajó los ojos hasta parecer menos alarmadamente consciente de su propia existencia.

—¿Así?

—Mucho mejor —dijo el marine, con un pulgar arriba… y luego se apresuró a aclarar—. Pero no es un código de cocina. Por si quedaba alguna duda.


RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Rackham Uker - 12-12-2025

Pudo ver el desconcierto en la mirada ajena, esa falta de entendimiento de sus palabras. ¿No era un buen gesto? Esto era más difícil de lo imaginado, tal vez podría pedirle ayuda al marine, pero…

Y de pronto, la respuesta llegó. Un gesto exagerado por parte de la mujer lo hizo sonreír y sorprenderse a la vez. Obviamente, no entendió la palabra que ella dejó salir por sus labios, pero verla repetir su gesto lo hizo pensar de que tal vez no se había equivocado. Más palabras, algún tipo de… ¿pregunta? Solo podía asumir eso por como ella lo decía, pero claramente no le entendía ni una sola sílaba. Parpadeó varias veces mientras la miraba, intentando procesar esos sonidos y convertirlos en algo coherente, pero obviamente no le funcionó.

[Imagen: WvjcjA3.jpeg]

…


[Imagen: i2KXSj0.jpeg]

- Eh… -

La risa del marine rompió el silencio que se había formado, llegando a todas las esquinas del local, algo que a Uker no le causó nada de gracia. Ya lo detestaba lo suficiente como para encima tener que escucharlo reírse de él o de cualquiera, pero la explicación de lo sucedido llegó, incluso sin pedirla. - Un… espectáculo… -. Ahora comprendía mejor. Al no entender su gesto, había supuesto que se trataba de algún tipo de performance. - Lo siento, no es eso. Solo pregunté si la comida había sido de su agrado -.

La actitud de la mujer alada parecía decaída, su emoción por el gesto había desaparecido. Tal vez sentía vergüenza por haberse equivocado, Uker encontró cierta ternura en eso, incluso más en cuanto la vio enderezarse y repetirlo, con más actitud que antes. Parecía hablar con seguridad, en gestos obviamente copiados, tensos. Le recordaba a su yo de algunos años, ese que imitaba las poses de pelea de su maestro, tuvieron que enseñarle que imitar no lo iba a llevar a ningún lado si su mente no estaba cómoda.

Sonrió, con nostalgia, al ver a la muchacha así. Asintió, adoptar ese gesto en su propio “vocabulario” sonaba a una idea brillante, y muy tierna.

- Es un gesto usado para indicar que algo está bien o te gusta -. Explicó, esperando que el marine tradujera sus palabras. Verla animada y lejos de esa vergüenza que parecía tener hace unos instantes era un alivio, no quería hacerla sentir mal por un malentendido. No dudó en dar un vistazo a los platos en la mesa. No habían sido vaciados, pero se notaba que habían comido con gusto. Le agradaba eso, al menos podía pensar que su comida no fue contaminada con el enojo que sintió en un inicio.

- Dime… -. Continuó, mirando a la birkaniana, pero esperando que el marine tradujera todo. - Tus alas… -. Apuntó con sus dos dedos índices a su espalda. - Son muy bonitas, igual que tu cabello -. En esta ocasión, su dedo fue hacía la raíz de su cabello, moviéndose hacia afuera, el mismo lado en el que la mujer también mostraba parte de su melena de color ceniza, al igual que él. - ¿Acaso lo…? ¿Tiñes? -. La palabra se atoró entre sus dientes por un momento, surgiendo una expresión de duda en su rostro. Intentaba pensar en una forma de expresarlo con gestos, teniendo en cuenta que ella no podía entenderlo con palabras, y tampoco confiaba en el marine para traducir todo a la perfección. Claramente le costaba encontrar algo con lo que ejemplificarlo.

Claramente no era la mejor palabra para conversar con alguien con quien no te entiendes. ¿Qué otra palabra podría usar? Esa pregunta se quedó atorada en su mente mientras esperaba la respuesta ajena.

Aún entre sus divagues, observar a la mujer lo hizo darse cuenta de lo bella que era. Lo había notado en cuanto sus miradas se cruzaron esa mañana, pero tenerla cerca lo hacía darse cuenta de detalles que había pasado por alto. Sus ojos del color del cielo, su cabello dividido en dos tonalidades, sus alas que tan difícil se hacían de esconder. Fuera de ese último detalle, parecían tener mucho en común, al menos en apariencia, tanto que le provocaba querer saber más de ella.


RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Bai Mudan - 16-12-2025

Sus pequeñas alas mestizas se agitaron con leve temblor, como si hubieran entendido las palabras del joven. Aunque, en realidad, Bai lo sintió como si se tratara del gesto de un niño pequeño que intenta llamar la atención al grito de: «Yo, yo, yo. ¡Mírame!».

Y realmente fue así.

—«¿Acaso lo…? ¿Tiñes?»

Las palabras de Uker se perdieron en el aire. En realidad, ni siquiera le dio tiempo al marine a traducir, pues tan pronto como señaló su cabello estas parecieron ponerse celosas y se abrieron, buscando mostrar majestuosidad. Solo que, en vez de eso, mostraron torpeza. Y es que la derecha golpeó de lleno contra la pared, provocando un sonido sordo y un pequeño quejido por parte de Bai. La izquierda, en cambio, se comportó como una mano que intenta estirarse para atrapar algo, aunque esta vez era algo con nombre y apellido: Uker.

—¡Perdón!

Los ojos de Bai se abrieron, más sorprendidos que asustados, como si no terminara de aceptar que su propio cuerpo hubiera decidido actuar por iniciativa propia.

—¡Perdóname! —insistió, disculpándose tan pronto como pudo, juntando ambas palmas de la mano e inclinando la cabeza ligeramente hacia adelante.

Aunque, en realidad, apenas había motivo para hacerlo, pues, pequeñas en proporción, apenas alcanzaron a acariciar al joven.

—Tranquila, Bai —intermedió el marine—. No creo que le hayas molestado.

Bai lo miró a él.

—Pero…

—En serio —dijo el muchacho para luego dirigirse a Uker—: «Prostay» es la palabra que tienen ellos para pedir perdón. Se está disculpando por haberte golpeado.

Como si hubiera entendido lo que decía, Bai asintió con la cabeza y miró a Uker de la misma forma que un cachorro miraría a su amo para convencerlo de algo.

Y esperó.

Esperó inmóvil durante unos segundos más, como si aguardara una señal clara. Mientras tanto, sus alas, ya recogidas, se mantuvieron tensas a su espalda, demasiado quietas para alguien que quería estar tranquila.

—No fue a propósito —añadió en voz baja, aunque nadie se lo hubiera pedido—. A veces… se mueven solas.

El marine extendió su mano hacia Mudai, quien, sin quejarse, permitió que se la pusiera sobre el antebrazo.

—Vamos, Bai, no pasa nada. Además, no le has contestado.

El chico dibujó una sonrisa, tratando de calmarla.

—¿Yo?

—Sí, te ha preguntado si te… —se quedó en silencio por un momento— si te cambias el color a blanco tú sola.

—¿Si me qué? Oh, ¡ah! ¡Si me tiño!

Llevó una de sus manos al rostro y rió, tapándose la boca en un intento por contenerse.

—Sí, pero no el que piensan —confesó con total honestidad—. Mi cabello… —continuó, tomando un mechón blanco— es más parecido a este color que al oscuro.

Durante un instante hubo silencio, pese a que alrededor seguía habiendo bullicio. Después, un silbido rompió la atmósfera y el marine habló.

—Vaya… —parecía que le habían revelado algún misterio del universo—. Jamás lo hubiera imaginado —añadió, al tiempo que Bai soltaba el mechón y sonreía a Uker.

—¿Tú? —preguntó Bai, señalando hacia él.

—Se tiñe de moreno… —intervino el otro, como si aún no se lo creyera—. Entonces… —cambió al idioma de Bai— ¿es color amarillo?

Ella miró al marine y respondió:

—¿Amarillo? —hizo una mueca pensativa, intentando entender a qué color se refería—. Sí, soy rubia. Rozando lo blanco. El sol se encarga de volverlo completamente blanco.

Tras responder, volvió a mirar a Uker y se puso en pie para poder tocarlo. Al hacerlo, se volvió consciente de la tremenda diferencia de altura que había entre ambos.

—Es muy bonito —dijo por fin, hundiendo sus dedos en el cabello ajeno y jugueteando con él—. Me agrada mucho.

Los segundos pasaron volaron mientras la mujer, encandilada por el mechón, invadía el espacio ajeno. Por suerte, el marine hizo un amago de toser que le recordó que debía respetar al otro. Así que, despacio, mostrando quería estirar el gesto más de la cuenta, se separó de Uker y sus alas se acomodaron a su espalda  relajadas al fin.

—Gracias por dejarme tocarlo —añadió, sincera—. No cualquiera lo haría.

—No es para tanto —Se adelantó a decir el marine —Es sólo un mechón —añadió y, para que Uker le entendiera, la palabra mechón la dije en el idiona compartido por ambos hombres.

—Y es bonito —replicó Bai.

—Sí, claro —se medio burló mostrando que estaba celoso por no tener la atención de la mujer —Oye, ¿y tu no tienes nada qué hacer?

Bai se quedó de pie a medio paso sin saber qué hacer. Había algo en el tono del marine que no le gustaba pero tampoco terminaba de entenderlo del todo.


RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Rackham Uker - 29-12-2025

Los movimientos de las alas ajenas fueron rápidos, lo suficiente para causar sorpresa en el cocinero. La derecha se alzó, y la izquierda fue en su dirección, casi obligándolo a estirar la mano para atrapar el movimiento y que no lo alcance a él o a otra cosa del lugar. En cambio, fue diferente, el muchacho no recibió más que una caricia de las plumas ajenas, incluso aunque el movimiento parecía buscar otra cosa.

El pelinegro miró un momento su brazo, donde las alas ajenas habían pasado, sonrió y recordó aquella vez que había trabajado como cocinero para una familia de ricachones, lunarians con alas también. La mujer frente a él dijo algo que no entendió, y pero sus gestos y expresión le hicieron entender que se estaba disculpando, antes de que el marine pudiera traducir lo que ella decía. - No, no, no es problema. Solo fue un roce, además… -. Dejó esa última palabra al aire, mientras que su mano izquierda alcanzaba la manga que cubría su brazo derecho, tirándola hacia arriba para mostrar su brazo.

Al descubrirlo, debería quedar claro para los demás algunas cosas sobre él. - Estoy algo acostumbrado al dolor, no deberías disculparte por una cosa pequeña como esa -. En su brazo, cicatrices de todos los tipos y tamaños. Daños de armas blancas, balas, quemaduras, todo decorando una sola parte de su cuerpo. - ¿Ves? Y estoy bien -. Sonreía aún, pese a la historia que esas marcas pudieran contar.

La explicación sobre el color del cabello de la mujer vino después, con algo de tiempo. - Así que tu cabello es blanco -. Le parecía curioso, era obvio que podían haber personas que nacieron con ese color de cabello, había visto muchas cosas de ese estilo, pero lo que lo atrapó fue el pensar en sus similitudes con los lunarians. Cabello blanco, gran altura, alas a su espalda, la única diferencia que le veía era que las suyas eran de un color blanco, contrastaban mejor en el sitió y le daban un aura más…

No pudo seguir pensando antes de que ella se acercara a él. Solo pudo mirarla con cierto desconocimiento, hasta que las manos ajenas fueron a parar a su cabello, a su mechón blanco más específicamente. No sabía lo que decía, pero tenerla tan cerca, acariciando su cabello con cuidado, lo hizo sonrojarse, pero no por eso le quitó la mirada del rostro. - Tiño ese mechón de blanco, un recordatorio de algo que sufrí, una forma de recordar -. Al igual que antes, incluso mostrando trazos de sufrimiento sonreía, sin revelar lo que en verdad le ocurrió. Fue ahí que el marine cortó el momento, provocando que Bai se separara. Uker pudo verla y terminar en su cabeza esa frase que antes había dejado inconclusa.

Un ángel, tenía un aura angelical demasiado evidente.

La charla entre los dos conocedores del idioma extraño continuó, sin Uker entender ni una palabra. Lo único que pudo entender fue la palabra “mechón”, pero no poseía el contexto necesario para saber si hablaban bien o mal de él. Si venía de un marine seguro que se trataba de algo malo, no había dudas en su mente. - Yo terminé mi turno, así que si me disculpan y me lo permiten… -. Mientras hablaba, procedió a quitarse el delantal que antes llevaba puesto, doblándolo y colgándolo al borde del asiento vacío con sumo cuidado, para luego ocupar ese mismo asiento.

Con un movimiento de su cabeza y un gesto de su mano, le indicó algo a una de las camareras, quien pareció entenderle y se adentró en la cocina. - Déjenme invitarles algo -. No acostumbraba a hacer cosas así, pero la mujer le intrigaba, quería conocerla más, incluso si tuviera que hablar con un maldito marine para eso. La mujer a la que Uker había avisado de algo volvió al poco tiempo, llevando sobre la palma de su mano una bandeja metálica con 3 vasos de cristal. En el interior de estos, una bebida roja, junto a varios hielos. En cuanto llegó a ellos, fue el propio Uker quien se encargó de dividir los vasos en la mesa, agradeciendo también a la mujer por encargarse de traerlos, quien se marchó luego de un guiño hacia él y un rápido “Ahora estamos a mano”. - La bebida insignia de este lugar, no puedo dejar que se vayan sin probarla -.

Una bebida con alcohol, pero lo suficientemente combinado con jugo para que se tratara de un trago dulce más que de uno que vaya a dejarte tumbado en el suelo cantando a los 5 minutos.

[Imagen: Kd9IlMH.jpeg]
- Espero les guste -



RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Bai Mudan - 02-01-2026

Su mirada naufragó en los surcos perennes que asolaban el brazo del Uker, mientras una marea de dudas comenzaba a anegarla.
Y es que, para ser honestos, a cualquiera le hubiera resultado imposible no cuestionarse cómo era posible que un hombre tan joven —consagrado, además, al mundano oficio de los fogones— exhibiera la piel escrita con semejante crueldad caligráfica. De hecho, lo raro hubiera sido que a ella no le intrigaran las cicatricds.

Así que, tentador como era el  querer averiguarlo, pronto se transmutó en ella el deseo de descifrar aquel mapa en algo físico; la curiosidad se le había inoculado en el pensamiento como una ponzoña de acción lenta, igual que una la serpiente del Edén, que al ofrecer el fruto prohibido saborea de antemano la capitulación del pecador.

Pero ella no iba a ceder. ¿O sí?

Su cuerpo se había inclinado magnéticamente hacia él. Y Bai, prácticamente ajena a su propia voluntad, a su fisionomía, permitió que su curiosidad moviera sus manos traidoras e impaciente. Las mismas que gustosas se anticiparon al juicio de la razón.

—¿Cómo? —murmuró para nadie deshaciendo el hechizo que la apresaba y reviviendo el último vestigio de decoro, un resto naufragado de su propio autocontrol, para lograr detener sus propias manos antes del contacto.
—¿Por qué? —añadió, devolviendo la diestra su sitio.
Al fin y al cabo, no era lícito profanar la distancia con un extraño en plena vía pública.
No de aquel modo.
No así.

Y aún así se atrevió a reducir la distancia sin tocarlo.

Acortando la distancia al delegar el el tacto en sus pupilas, en ese par de ojos azules inquietos que recorrían los surcos de su piel con la misma lentitud que una mano invisible acariciando en cuerpo magullado. Sin embargo, aquel acto de devoción impropia pronto se vió frustado por una voz masculina que Bai no acabó de entender.

—¿Qué escondes? —había murmurado el marine en una mezcla de idiomas.

Y es que, el hombre de armas, no hallaba virtud en aquel estigma. Al contrario, para él no era otra cosa que el presagio de una bajeza que justificaba su desconfianza. Además, a este hecho había que sumar el haber interferido en su cita; si antes no le gustaba, ahora mucho menos.

Por fortuna, el entendimiento de Bai permaneció a salvo de aquel rancio y venenoso juicio; de lo contrario, la fría lógica habría alzado murallas para proterse. Pero ese brillo de  razón artificial no ocurriría, al menos no todavía. Pues, en ese momento, aún intentaba entender  la sonrisa del joven.
¿Cómo era posible sonreir ante semejante dolor? ¿Acaso era un trofeo? ¿O una marca de supervivencia?
Demasiadas incógnitas y ninguna respuesta que no fuera prácticamente delirio.

Y, mientras se desarrollaba entre Uker y Bai la escena de cabello, el marine clausuró su pecho con el gesto severo de los brazos cruzados.

Y es que, el muchacho, se había sumido en una masticación mental de agravios, debatiéndose entre la espera del momento oportuno para intervenir y el minucioso tejido de sospechas que hilaba al contrastar las palabras del joven con el mapa de su piel. Y, mientras lo hacía, su  ceño había empezado a contraerse en una curva al tiempo que había empeza a moderse el labio inferior conteniendo su impaciencia.

Sus dedos tamborilearon sobre la carne de sus brazo.

¿No era ella, acaso, una mujer inteligente?, pensó el marine.
Debería ser capaz de comprender lo que me pasa, de sopesar la atmósfera pesada que  proyecto.

Sin embargo, lo que el joven no entendía es que Bai se encontraba en una esfera distinta.

Pero, ¿Y si aquel silencio era un acto de deserción? ¿Y si ella lo estaba condenando al ostracismo de forma deliberada? Sus puños se cerraron con una fuerza que hizo palidecer sus nudillos, hasta que, finalmente, el hechizo se rompió y la mirada de ella regresó a su regazo.

—¿Crees que pueda acompañarnos? —inquirió Bai.

Solo entonces, la tensión que lo habitaba se disolvió ya que, al parecer, todavía ocupaba un lugar en su pensamiento; no había sido sepultado por la presencia de aquel mísero servidor de mesas, a quien el marine, con todo el clasismo destilado en su rígida postura, consideraba una criatura inferior por el mero hecho de su oficio.

—No me gustaría ofenderlo en su propio restaurante —continuó la alada.

—No es suyo —sentenció él —.Pero podría tolerarlo.

Iba a decir algo más pero, pronto, las réplicas que el marine preparaba murieron en su garganta, asfixiadas por la súbita y luminosa calidez de la sonrisa de la mujer.

—Está bien —afirmó —. Que se quede.

Y con eso él mismo se sentenció pues, Uker, se sento con ellos y trajo una bebida para cada uno.

—Espera —. Intervino desconfiado el marine —.Permíteme, Bai —. Añadió tomando la bebida que había frente a ella.

Y tras ello dio un sorbo cauteloso para perciorarse de que el brebaje no estuviera adulterado. Al fin y al cabo, ¿cómo confiar en aquel desconocido? Entretando Bai lo miró perpleja, desconcertada por lo que hacía e incapaz de asimilar semejante despliegue de paranoia.

—Disculpa pero... ¿A qué viene todo esto?

Poco a poco la irritación del marine empezaba a aflorar.

—Simplemente no me fio de él —sentenció.

—¿Por qué? Sólo está siendo amable.

—Tu has visto lo mismo que yo, Bai.

—No debes juzgar.

—Lo juzgo porque se de lo que hablo— El marine la interrumpió de repente elevando el tono hasta que este empezó a vibrar —. Esas marcas no son de gente de bien.  Esas marcas, esos estigmas de la barbarie,  no son los blasones que portaríamos ni tu, ni yo.

Bai sostuvo la mirada del marine, y por un momento, el aire entre ambos pareció espesarse como el ámbar.

—¿Gente de bien? —repitió ella, dejando que la ironía fluyera—. Qué término tan maleable y qué conveniente para ti. ¿Acaso crees que la virtud se mide por la pulcritud de la dermis? A mis ojos, esos surcos podrían ser las crónicas de un martirio que ninguno de los dos seríamos capaces de resistir. Juzgar el alma por sus cicatrices es como condenar un libro por la portada.

El marine soltó una risa seca y mientras dejaba el vaso.

—La experiencia, Bai, es una buena maestra. A lo que tú llamas "martirio"; yo lo llamo advertencia.

—Permíteme entonces demostrarte que no es así —declaró Bai, con una afilada serenidad.

Y sin mediara palabra, extendió su brazo y reclamó para sí la copa que reposaba frente al muchacho. Quien, con mirada estupefacta, el marine la observó beber del vaso con parsimonia. Sosteniéndole el duelo visual hasta que más de la mitad del licor se hubo extinguido tras sus labios.

—Porque si él hubiera querido hacer algo —sentenció ella, con la voz impregnada de calma —, no sería a mi copa a la que él habría decidido adulterar.

Tras sus palabras el rostro del marine era todo un poema.
Bai había escupido con fuerza un veneno purificador y una honestidad tan descarnada que resultó, para el orgullo del muchacho, una herida más profunda que cualquier cicatriz de guerra que pudiera jamás tener.


RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Rackham Uker - 05-01-2026

Uker no entendió las palabras que la boca de la mujer pronunció, así como tampoco comprendió que fue lo que el marine quiso decir. Aún así, vio a muchacha intrigada, perdida entre las marcas de su piel, por lo que no movió su brazo. No quería cortar el momento, no quería evitar la atención que le daban, no por ego, sino por propia curiosidad. ¿Qué eran esas palabras? ¿Sus cicatrices le asqueaban? Tal vez eran preguntas sobre el cómo las había conseguido, tal vez eran palabras de asombro ante la cantidad, no poder saberlo lo llamaba en demasía.

Uker no pudo entender la conversación que se dio tras que sus cicatrices dejaran de ser admiradas por la mujer, así como todas las conversaciones que no iban dirigidas a él, pero al final parecía poder sentarse, por lo que lo hizo. Las bebidas que trajo se mantuvieron unos segundos en la mesa, pero fue el marine quien, desconfiado, optó por probar uno de los vasos ofrecidos. Uker lo suponía, pero ahora confirmaba sus sospechas de que el tipo tenía algo contra él. No era nada nuevo ni de qué preocuparse, el mismo cocinero ya odiaba al marine solo por su trabajo, pero la discusión que los desconocidos tuvieron frente a él solo lo hizo quedarse callado, mientras su mirada iba de uno a otro cada vez que hablaban.

“Sería increíble poder enterarse de algo de todo esto”, pensó el hombre.

La situación escaló, al punto en el que la muchacha tomó el vaso ajeno y procedió a beberlo, mucho más de lo que el propio hombre había hecho con el suyo. Ese gesto al menos le dejaba saber algo, que la discusión se dio por culpa de las bebidas, eso junto a la desconfianza inicial del marine eran suficiente para al menos suponer lo que el muchacho del mechón blanco dejó salir por su boca. - Asumo que no te fias de mí -. Dijo, hablándole al marine, mientras que una de sus manos rebuscaba en su bolsillo.

De este, sacó una lapicera negra, tomó también una servilleta ofrecida en la mesa, apoyándola sobre la madera y procediendo a trazar unos trazos sobre esta. - Mis cicatrices no son un misterio para quien quiera conocerlas, así como su historia -. Su mano, moviéndose con rapidez sobre el improvisado papel, realizaba trazos chuecos y rápidos para dibujar algo tan simple que un pequeño niño podría dibujarlo mejor. Un cuadrado con un triángulo encima, otro cuadrado más pequeño dentro del primero, este con una línea horizontal y otra vertical dentro, un rectángulo al otro lado del cuadrado más grande, pequeños triángulos fuera del cuadrado. Un intento de dibujar lo que era una casa rodeada por árboles.

Perdonen al muchachito, no le sabe al arte.

- Mi familia y yo vivíamos en una cabaña, alejados de cualquier ciudad y dentro de un bosque -. Tras explicar eso, continuó dibujando, ahora en otra parte de la servilleta. - Vivíamos en paz, no había problemas, mi padre había creado un sistema de alarmas por ruido, para avisarnos si cualquier animal cruzaba cerca de nuestra casa -. Dibujó ahora varios árboles, todos conectados por hilos, de los cuales colgaban diferentes formas, intentando emular una lata metálica vacía. - Un día, 3 cazadores nos pidieron refugio por una noche, se les había hecho tarde y volver a la ciudad a esas horas significa exponerse a más peligro. Mis padres aceptaron, les dimos un lugar para dormir y los hombres se marcharon a la mañana siguiente -. Junto al relato, dibujó también a 3 personas, con palitos obviamente, representando a los cazadores.

- Tal vez fue un descuido, tal vez solo fue casualidad, pero un oso logró traspasar nuestras alarmas sin activarlas -. El dibujo de a continuación mostraba lo que bien podría ser un perro, o tal vez un guacamayo visto desde otro ángulo, pero que buscaba mostrar al oso. - Un animal hambriento, atraído por el olor de la cena recién preparada por mi madre, ¿puedes adivinar qué pasó? -. Levantó su vista, mirando al marine, mientras su mano se encargó de mover la servilleta hacia el mismo. Frente al hombre, el papel con todos los dibujos, incluido el último que había hecho: dos personas, altas, con los rostros tachados con una X, entre ellos, una persona más pequeña, un rostro triste. - Fui el único que escapó, el único que llegó a la civilización tras una noche de tormentos. Tardé años en volver a ese lugar, en ver las trampas de sonidos cortadas, si fueron esos hombres o no poco importaba, mi vida ya había pasado, mis cicatrices ya existían -.

Una historia trágica.

Si tan solo fuera real.

La parte de perder a su familia era una cosa cierta, pero nunca había vivido en un bosque ni fue atacado por un oso. Su familia murió en el mismo pueblo que fue arrasado por el gobierno, el mismo gobierno que gente como ese marine defendía, pero no podía contar eso, por lo que con los años fue creando esa historia para explicar el porqué de sus cicatrices. - Dime, ¿todavía desconfías de mí? -. Ahora era su rostro quien juzgaba al hombre que había realizado el berrinche, a quien hubiera deseado hechar del lugar si no le sirviera como traductor para comprender a la mujer.

Servilleta con los dibujos