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[FIC|PASADO] Recuerdos - Rosse Bellecour - 19-11-2025 El día había comenzado como cualquiera en Samba: con el aire denso cargado de música, los colores bronceando las esquinas y yo, como siempre, desfilando por las calles como si la isla entera fuera mi pasarela personal. Las miradas, los comentarios, los susurros halagadores, los sentía todos, los absorbía como una diva consume aplausos. Qué puedo decir honey, nacer con estrella es una maldición deliciosa. Había salido temprano del cabaret, después de supervisar un par de vasitos bohemios, unos ensayos de coreografía y un intento fallido de mantener al personal concentrado. Samba tenía esa vibra que hacía imposible enfocarse en lo que se debía hacer; siempre pasaba algo, siempre alguien estaba cantando, bailando o peleando en algún callejón. Y aun así, entre todo ese ruido, yo encontraba paz. O al menos eso intentaba convencerme cada día. Mientras caminaba hacia el puerto, el sol estaba ya inclinándose ligeramente, tiñendo de rojizo los edificios altos y las lonas de los puestos callejeros. A veces siento que la isla completa respira en su propio ritmo y que yo, simplemente, danzo dentro de ella. Pero esa tarde había un silencio extraño bajo toda esa vida. No era que la música faltara, no honey, Samba podría estar ardiendo en llamas y aun así habría un tipo con tambor marcando el compás; pero algo dentro de mí estaba inquieto. Una sensación como si algo estuviera jalándome desde dentro, un peso suave, constante, como un susurro que no quería callarse. No le di importancia al principio, podía ser cansancio, hambre, drama emocional no resuelto, tú sabes, lo cotidiano, pero a cada paso hacia el puerto, sentía que mis tacones resonaban un poco más huecos sobre la madera de la pasarela. Cuando finalmente vi mi barco, nuestro hermoso Crimson Stage, el corazón me hizo un vuelco precioso y doloroso. Siempre me provoca lo mismo; no importa cuántas veces lo vea. A veces pienso que este barco es lo primero que fue realmente mío, lo primero que pude construir con mis propias manos y mis propios sueños. Una casa, un refugio, un escenario, un abrazo cuando no tenía a nadie que me lo diera. Y aun así, mientras subía la pasarela de madera, noté que el silencio dentro de mí no hacía más que crecer. Algo me decía que necesitaba estar solo. Que necesitaba recordar. Caminé hasta mi habitación como quien camina hacia el ojo de una tormenta. Cerré la puerta con la suavidad de un suspiro y recosté la espalda contra ella, dejando que mi respiración se acomodara. El cuarto estaba tenuemente iluminado por la luz oblicua que entraba desde el ventanal; las motas de polvo danzaban como pequeñas luces de un espectáculo privado. Y allí, en medio de ese ambiente silencioso y cálido, sentí cómo algo dentro de mí se derrumbaba, lento, elegante, inevitable. Me dejé caer en mi cama, boca arriba, un brazo extendido sobre la frente. Y al cerrar los ojos, lo sentí: ese pasado que siempre me sigue, ese pasado que sonríe como si nunca se hubiera ido. Yo no siempre fui Rosse Bellecour, honey. Hubo un tiempo en que era simplemente… un niño extraño en un pueblo que no entendía nada de brillo, glamour ni libertad. Un niño que caminaba con los hombros encogidos y con la vista baja porque sabía exactamente lo que pasaba si levantaba la cabeza. Incluso ahora, aunque han pasado años, puedo ver con claridad esas calles grises donde el viento parecía pesar más que el propio aire. Todos hablaban demasiado fuerte y todos tenían una opinión sobre mí, incluso sin conocerme. Sí, ya desde pequeño resaltaba; qué sorpresa, ¿verdad? Pero no de la manera en que lo hago ahora, no de una forma fabulosa y peligrosa, sino de una manera que incomodaba. Y la gente, cuando algo le incomoda, suele reaccionar con crueldad. Recordé esas tardes escondido detrás de un muro viejo, jugando con telas que me encontraba en la basura, soñando que eran capas, vestidos, mantos reales. Soñando que era alguien más, que mi cuerpo tenía permiso para ser como quería, que mis movimientos podían ser elegantes sin que nadie me gritara por ello. Cuando eres niño, honey, tu mundo es tan pequeño, pero tus sueños son inmensos. Y eso, a veces, es más que suficiente para seguir respirando. Había noches en las que no dormía, donde escuchaba las discusiones en casa, los portazos, los insultos lanzados al viento como si fueran piedras. Yo me escondía bajo una manta vieja, con las manos en los oídos, repitiéndome cosas bonitas que nadie más me decía. “Eres fuerte, eres hermoso, eres especial, honey.” Lo decía en voz bajita, como si me diera miedo que incluso mis sueños me oyeran. Pero funcionaba. A veces. O suficiente para que el niño que fui no se rompiera del todo. Mientras estaba tumbado en la cama, la imagen de mi yo más pequeño apareció tan vívida que sentí un nudo en la garganta. Qué fácil es olvidar que las cosas que sobrevives, aunque las entierres, siguen ahí. Mi mano se deslizó por la manta y apreté los dedos contra ella. A veces me pregunto cómo no me rendí, cómo no dejé que esa tristeza me consumiera. Pero siempre encuentro la misma respuesta: porque había una chispa dentro de mí que se negaba a apagarse. Una chispa que decía que el mundo tenía que ser más grande, más brillante, más precioso de lo que conocía. Y tenía razón. Me levanté lentamente y caminé hacia el espejo grande junto al armario. Me miré a los ojos. Por un instante, no vi a Rosse Bellecour, el capitán de un barco lleno de piratas extravagantes, el dueño de un cabaret donde todos los desamparados encuentran un rincón de luz. No. Vi a ese niño solitario, con ojos que buscaban cariño en cualquier mirada, con miedo de existir demasiado fuerte. Y sin querer, le hablé en voz baja: “Lo logramos, honey.” Mi reflejo sonrió, pero la sonrisa se quebró en los bordes. Me senté en el pequeño sillón junto al ventanal y observé el mar. Las olas golpeaban contra el casco del barco con un ritmo suave, casi maternal. Y allí vino otro recuerdo, de esos que no vienen solos, sino con el peso completo de una vida entera. La primera vez que subí a un barco. Tenía unos diecisiete o dieciocho años, quizá. Me había escapado de casa, aunque llamar “casa” a ese lugar era ser generoso, y caminé durante horas hasta llegar a un muelle en ruinas donde un barco pesquero estaba anclado. No tenía plan, no tenía dinero, no tenía nadie esperándome en ninguna parte. Solo tenía esa chispa, esa terquedad innata que me decía que no podía quedarme donde nadie me quería. Recuerdo al capitán de aquel barco, un hombre rudo, con la piel curtida por el sol y los ojos llenos de cansancio. Podría haberme echado a patadas, honey, pero me miró con una mezcla de lástima y reconocimiento. Como si él también hubiera sido un niño perdido en algún punto de su vida. Me dio un pescado seco y me dejó acostarme bajo una lona. No habló mucho, pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, nadie me gritó. Y eso fue suficiente para que yo decidiera que el mar era mi hogar. Que allí, en esa inmensidad, nadie podía encerrarme, nadie podía decirme quién debía ser. La nostalgia me golpeó como una ola fría. Me envolví los brazos alrededor del cuerpo, más por reflejo emocional que por frío real. A veces me pregunto qué habría sido de mí si no hubiera huido, si hubiera aceptado vivir encogido para siempre. ¿Habría sobrevivido? Quizá, pero no habría vivido. No como vivo ahora, rodeado de gente que he elegido y que me ha elegido a mí. Gente que me ve. Gente que me escucha. Gente que me llama “capitán” con un cariño que jamás pensé conocer. Pero al recordar lo que fui, lo que pasé, esa parte de mí todavía duele. Supongo que hay cicatrices que, aunque no se vean, siguen respirando. Me quedé un largo rato allí, respirando hondo, dejando que esas memorias entraran y salieran como la marea. Y entonces pensé en mi tripulación. En Mercedes y esa forma de hablar que suena como si siempre hubiera visto un poco más del mundo que el resto. En Giyuu, serio casi siempre, pero con una lealtad tan pura que podría hacer llorar incluso a alguien como yo. En Alana, en Varo, en Gwen, en Eros… todos tan distintos, pero cada uno una pieza de algo que nunca tuve, una familia real. Y ahí estaba el verdadero motivo por el que mis recuerdos me habían perseguido ese día. Porque yo sé lo que es estar solo. Sé lo que es no confiar en que alguien vaya a volver. Sé lo que es esconderte para no molestar. Y ahora, por primera vez, tengo miedo de perder a alguien. A ellos. A los únicos que se atrevieron a llamarme “Rosse” sin reírse, a respetar la forma en que existo, a protegerme sin cuestionarlo todo. Antes, la soledad era un estado constante. Ahora, es un fantasma que temo más que a cualquier enemigo en alta mar. Me incliné hacia adelante, hundiendo el rostro entre las manos. El silencio del cuarto era tan profundo que podía escuchar mis propios latidos, rápidos y desordenados. No lloré, no porque no pudiera, honey, sino porque las lágrimas no encontraban su camino. Era un dolor viejo, uno que ya había llorado tantas veces que ahora simplemente, existía. Como una sombra permanente que sigue tus pasos, incluso en tu día más brillante. Y aun así, en medio de esa oscuridad suave, encontré algo luminoso. Porque en cada recuerdo triste, en cada fragmento doloroso, había una razón por la que yo estaba allí ahora. Yo sobreviví. Yo me construí. Yo elegí lo que quería ser. Y todo aquello que un día dolió tanto, ahora solo era el eco lejano de alguien que ya no existe completamente. Al final, Rosse Bellecour nació de ese dolor. Pero también de ese deseo feroz de vivir maravillosamente. Me puse de pie con lentitud, respirando profundamente, dejando que la luz del atardecer bañara mi rostro. Me acerqué de nuevo al espejo. Esta vez, al verme, ya no vi al niño herido. Vi al hombre que soy ahora: fuerte, brillante, fabuloso, exagerado, sensible, lleno de heridas que convirtió en joyas. Un sobreviviente elegante, honey. Y me sonreí, de verdad esta vez. |