Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece
[Autonarrada] [Pasado-Social] Capítulo Ashwin - Versión para impresión

+- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com)
+-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3)
+--- Foro: South Blue (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=7)
+---- Foro: Reino de Sorbet (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=302)
+----- Foro: Sorbet Norte (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=303)
+----- Tema: [Autonarrada] [Pasado-Social] Capítulo Ashwin (/showthread.php?tid=2602)



[Autonarrada] [Pasado-Social] Capítulo Ashwin - Alana Sahiba - 25-11-2025

Día 20 de Invierno, Año 13

El puerto de Sorbet, un punto al sur de South Blue, se desplegaba ante mí como un mapa de olores nuevos para mí, y por un momento pensé que  o me acostumbraba ya o iba a terminar mareándome otra vez. Para cualquiera de mi tamaño, un simple cordaje era una liana resbaladiza y las fisuras entre las tablas de los muelles parecían abismos a un mar que no perdonaba a ningún insesato. Pero para una Tontatta de Green Bit como yo, Alana Sahiba, la adaptación era una necesidad, no una virtud, y ahí aprendí las ventajas de pasar desapercibida, las ventajas de ser inexistente para aquellos gigantes que eran los humanos.

El puerto olía a hierro oxidado, a pescado que había conocido mejores horas y, sobre todo, a sal; una sal tan terca que me hizo pensar, por un segundo, en si algún día conseguiría quitarme ese olor del pelo a la par que una declaración de que llevaba semanas durmiendo en el camarote de un navío cuyo capitán me toleraba por mis dotes curativas, pero me temía por mi naturaleza extraña. El hombre aún no sabía si darme las gracias o tirarme por la borda, y la verdad es que tampoco le culpo. Las cuerdas eran gruesas como troncos para mí, y las maderas vibraban bajo mis pies. Estaba en el punto más humilde del reino, lejos de las grandes capitales comerciales, y eso me gustaba. Aquí la gente no miraba el oro, sino la necesidad, lo cual era lo que venía buscando: la necesidad.

Mi llegada fue discreta, como un grano de arena que cae sobre un montón de grava. Siempre era discreta. Había bajado del navío como un colibrí, asegurándome de que mis pasos, rápidos y ligeros, no fuesen detectados por la tripulación que descargaba a lo lejos su mercancía. Mis únicos equipajes eran una mochila de lona, con mis instrumentos de medición y mis frascos de almacenamiento, además de los guantes que llevaba guardados en el bolsillo.

Cuando el ancla cayó, la ciudad dormía pero el mercado ya gritaba, rompiendo la calma que el amanecer intentaba imponer. Estaba exhausta por el viaje. La sensación del balanceo en el mar aún hacía que el suelo bajo mis pies se moviera, una náusea persistente y terrible que incluso mis propios remedios habían fallado en mitigar completamente. Me imaginaba ya en un rincón tranquilo, con la espalda apoyada contra alguna piedra, bebiendo esa mezcla mágica que solo yo sé hacer: té de jengibre (por la náusea), manzanilla (por el estómago revuelto) y menta (por la claridad mental). Tres sabores del bosque, en este mundo de mar.

Una gaviota chilló encima y me acordé de mi hermana diciendo que eran solo ratas con alas. No sé por qué pensé en ella justo ahí.

Me centré. Estaba en Sorbet para una misión simple: un encargo pequeño y específico de un herborista de South Blue que necesitaba un ingrediente de una rara flor del reino de Sorbet. Cumplirlo me daría el dinero suficiente para lo que de verdad me traía aquí: una búsqueda vaga sobre un posible compañero, alguien que tal vez pudiera ayudarme a entender mejor el oficio que, pese a mi juventud, ya me reclamaba con insistencia. Curar. No solo heridas, sino el caos en un cuerpo malherido, encontrar un compañero de experimentos, alguien que no huyera al verme o, peor, quisiera usarme a mí como sujeto de experimentos.

Mientras buscaba ese rincón de paz, tuve que navegar entre muchos tobillos humanos. Evitaba las pisadas con reflejos, saltaba sobre charcos que eran para mí pequeños lagos y me cubría la nariz del hedor que, a pesar de todo, se sentía magnífico, vivo. La gente que me encontraba, si lo hacía, tardaba en reaccionar, y no les culpo; si yo me viera desde fuera, con ese tamaño ridículo y las botas llenas de polvo, probablemente también parpadearía un par de veces.. Primero era la sorpresa, luego la fascinación, sobre todo mujeres y niños; pero después llegaba el miedo o la aversión, en aquellos marineros borrachos. Pocas veces encontraba neutralidad, como a una igual. Solo había encontrado esa neutralidad en Green Bit, mi hogar. Allí, todos somos del mismo tamaño y la escala del mundo está equilibrada. El desdén o curiosidad que provocaba en algunos humanos era, francamente, agotador. Era el impuesto que pagaba por salir de la Isla de las Hadas.

Fue en medio de este torbellino de emociones y la necesidad imperiosa de asentarme que mi mirada se detuvo. Estaba sentado, apoyado contra una pila de barriles, usando un cajón de madera como asiento. El cajón era, para mí, una pequeña montaña que proyectaba sombra. Él estaba inmerso acompañado de una taza de café que reposaba a su lado. El libro tenía las tapas rotas y él era tan tan alto y ancho como se espera de un humano, con ese aire robusto de quien no ha pasado hambre pero tampoco ha conocido el lujo. Llevaba un abrigo largo, abierto, cuyo forro se movía ligeramente con la brisa marina. Era para protegerse, supuse, de la humedad constante del puerto. Su camisa blanca, sin embargo, estaba manchada, de hecho hacía tiempo que había dejado de ser blanca. Las mangas estaban subidas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes y pequeñas cicatrices como si el trabajo nunca terminara para él.

Tenía ese aire distraído, la frente ligeramente arrugada y en sus ojos una expresión que no sabría definir, algo entre un “déjame en paz” y un “cuéntame tu vida” y una pinta de estar completamente harto del mundo que me hizo gracia en el peor momento posible... Cuando alzó la vista, por un instante, se posaron sobre mí, y brillaron. Era un brillo intenso, una mirada que no me escaneaba, sino que parecía sopesar mi presencia como una pieza más. No le di mayor importancia a la mirada. Estaba acostumbrada a ojos extraños. Pero esta no era ni fascinación ni miedo. Era... cálculo. El hombre no apartó del todo la mirada del libro, volviendo a su página, pero su voz cortó el aire salado con una pregunta tan directa que me hizo dar un respingo en el pecho.

— ¿Buscas barco o solo refugio? —preguntó al aire.

Casi sin mirarme, me veía. Lo sentí. Pese a mi estatura y la facilidad con la que podía pasar desapercibida, él me había visto por completo. Me acerqué unos pasos, apoyando una mano en la cadera con la mejor imitación de desinterés que pude reunir, aunque la postura resultara absurdamente pretenciosa para alguien a la altura de su pantorrilla—. Depende —respondí, intentando sonar más segura de lo que me sentía, porque por dentro me temblaba hasta la cola—. ¿Qué ofreces tú?

Él sonrió, no una sonrisa sincera de felicidad, sino un ligero ladeo de la cabeza y la comisura de los labios, una expresión de calma que me resultó molesta. Me sentí como si, a pesar de mi viaje y mis conocimientos, fuera simplemente una adolescente que se frustra cuando no se le presta la atención esperada—. Remedios, conocimientos, un café que sabe un tanto a tierra y una compañía decente si tengo a bien esa mañana, a veces me levanto de muy mal humor —la respuesta era honesta hasta la médula y tan extraña como su mirada. No admití mi reacción en voz alta, pero mi sonrisa me delató. ¿La habría visto? No. Sus ojos estaban fijos en el título del libro, que pude leer con facilidad debido a su tipografía desgastada: Botánica para novatos. Finalmente, cerró el libro, lo guardó en su bolso y alzó la taza para dar un sorbo antes de volver a mirarme—. Ashwin Lacroix. ¿Y tú?

— Alana Sahiba —mi nombre era simple. Después de eso, se presentó de corrido: médico de formación, marinero por necesidad, había servido en más barcos de los que recordaba y curado más heridas de las que un solo hombre debería haber visto. Yo, que me consideraba a mí misma una botánica practicante y médico de emergencia, aunque no de formación oficial, me vi reflejada en él con un par de centímetros de más (cien, para ser exactos).

Mi confianza fue instantánea y completa. Fue la rendición de quien ha estado buscando algo sin saber qué era, solo para encontrarlo inesperadamente. Ese fue mi primer gran error. Pero en ese momento, solo sentía la euforia del descubrimiento. Así que accedí a acompañarle.

Pasamos la mañana entre puestos del mercado y las olas de la marea que subían. Para él, era un simple paseo de revisión; para mí, una expedición a través de un paisaje lleno de peligros. Caminaba a su lado, asegurándome de mantener una distancia segura de sus botas, aunque cada vez que levantaba el pie yo pensaba “como me pise, me recoge con una espátula". Era fascinante ver cómo su paso lento era, para mí, una carrera constante. Ashwin revisaba frascos de hierbas secas que para mí eran pequeños árboles talados, frascos de alcohol etílico, de destilados caseros usados como antisépticos en esta parte del mundo.

— El mejor antiséptico casero —dijo, sosteniendo un frasco de líquido turbio contra el tenue sol—, lo reconoces no solo por el olor, sino por el color de la madre. Una buena fermentación siempre deja un tono ámbar claro, casi miel. Si es demasiado oscuro, es tierra; si es demasiado claro, es agua. Ambos inútiles.

Yo observaba aquella fermentación, que para mí era como un pequeño tapete. A mi escala, la observación microscópica de las partículas era más fácil que para él, pero él había aprendido a ver con el tacto y el olfato. Me explicó cómo distinguir una infección. No por la fiebre o el pulso, que eran síntomas tardíos, sino por el tono de la piel circundante, por el olor que emana de la herida, por la forma en que el cuerpo se rinde ante la infección. Había infecciones que aún podían salvarse con una purga y cauterización a tiempo, y otras que ya reclamaban despedida—. Nunca te enamores del deseo de salvar, Alana —me aconsejó, sin mirarme, mientras olfateaba una hoja seca de un puesto que vendía especias. Esa frase me cayó encima como un cubo de agua fría. No sé por qué. Quizá porque nunca nadie me había hablado así, sin endulzar nada—. Enamórate del proceso. El proceso es curar, no necesariamente salvar.

Le escuchaba fascinada, no tanto por lo que decía, que en gran parte coincidía con sus enseñanzas, sino por cómo lo decía. En su voz no había soberbia, sino una resignación. Compartimos nuestros conocimientos de manera indirecta. Él hablaba de grandes arterias y huesos humanos; yo pensaba en la delicada red capilar de las mariposas que usábamos para crear nuestros tónicos. Él mencionaba un injerto de piel; yo pensaba en la regeneración celular de mi propia gente. Nuestros mundos de escala eran diferentes, pero el respeto por el organismo era idéntico.

Mientras él negociaba el precio de una resina con un mercader, yo aproveché para cumplir mi pequeño encargo. Me deslicé hasta un área de cultivo de flores exóticas que el reino exportaba, tomé una muestra del polen de la flor, la guardé en mi frasco especial y volví a su lado en menos de un minuto. Mi tarea estaba lista.

Tras el mediodía, llegó el ofrecimiento del café con sabor a tierra. Era cierto que sabía a tierra. Habíamos vuelto a su puesto improvisado junto a los barriles. Hablamos de emociones como el miedo, de en dónde nacen y de cómo las heridas emocionales, a menudo, son más difíciles de suturar que un corte profundo. El sol estaba en su punto más alto. Ashwin tomó su taza, la llenó de una pócima aún más oscura de un termo oxidado, y me la tendió. No con un plato, sino directamente con la gran taza—. Tómatelo. Te pondrá los pies en la tierra. Literalmente.

El simple acto de beber de esa taza, que para mí era poco menos que un caldero, fue un reto. Tuve que usar ambas manos y beber del borde, casi como si me asomara a un pozo. El primer sorbo fue un shock. Un golpe directo a mis papilas gustativas, que chillaron “¡traición!”. Mi cara se agrió. Ashwin estalló en risa. Y con motivo. Debía haber parecido la caricatura de un ratón probando vinagre. Su risa fue contagiosa. Yo también reí, avergonzada y divertida a la vez—. Te lo dije —dijo, con esa sonrisa ladeada, cargada de picardía—. Es café para marineros. Si no te asienta, te despierta a patadas.

Después de ese primer sorbo, la bebida pareció transformarse. El amargor inicial se suavizó, dejando un regusto persistente que, curiosamente, limpiaba la náusea del mar. La cafeína me golpeó con una fuerza que no esperaba. Todo lo demás supo a gloria. No era dulce, no era suave, pero era café. Fue en ese momento de risa que mi confianza se cimentó. Primer gran error. Confié en un humano en un puerto aleatorio de South Blue, basándome puramente en la resonancia de su pasión por la curación y su risa. Había ignorado todas las advertencias de mi familia, todos los miedos heredados. Había dejado de lado la cautela que me enseñaron a tener con la mirada de los humanos. Lo que yo había interpretado como momentos junto a un compañero de oficio, bien podría ser otra cosa. Podría ser cinismo o algo peor. Pero en aquel momento supe que él era el compañero de experimentos que había buscado. Él tenía el conocimiento de la macrobiología, yo el de la micro. Podríamos crear algo importante.

— Necesito estabilidad —le dije, volviendo a la seriedad—. Un lugar donde poder ayudar a la gente sin tener que esconderme de los borrachos.

La tarde avanzó. El sol se hundió, pintando el agua con tonos rojos y malvas que se perdían en la bahía. El movimiento en el puerto se ralentizó, dejando solo el sonido de las ola golpeando a los barcos. Ashwin recogió su taza y su libro de Botánica para novatos—. Hay un lugar. No es un palacio, pero no tiene borrachos —me dijo—. Es mi consultorio.

Me ofreció quedarme en su pequeño consultorio, un refugio medio escondido de la vida pública. Se encontraba encajado entre una taberna ruidosa y un callejón de piedra húmeda que olía a moho. Un lugar perfecto para una Tontatta que necesita discreción. Me mostró el camino. La entrada tenía una puerta de madera vieja, casi invisible, que se abría a un único cuarto. Olía a hierbas secas y a humanidad enferma, un olor extraño, desagradable, y aun así… reconfortante, como si mi cuerpo hubiese decidido por mí que ese era mi sitio. Había una mesa de madera como escritorio, un catre simple para los pacientes y estanterías llenas de tarros y más libros destrozados. Era un caos ordenado, el caos de un hombre que sabía dónde estaba cada cosa aunque pareciera desorganizado.

— Instálate —dijo, encendiendo un pequeño farol de aceite—. Aquí puedes experimentar sin que nadie te moleste. Y puedes empezar a buscar pacientes. El puerto siempre necesita curación.

Mi corazón se infló con una esperanza feroz al escuchar sus palabras. Había encontrado refugio, un compañero y la oportunidad de poner en práctica todo lo que había aprendido. Desempaqué mi mochila, sacando mis herramientas y mi pequeño microscopio de bolsillo, que para él sería una lupa. Mientras Ashwin se preparaba para salir a buscar algo de cena, se detuvo en el umbral de la puerta—. El conocimiento tiene un precio, Alana —me advirtió, y ahí algo en mi estómago se retorció, como si fuese un presagio que prefería ignorar—. Yo no soy un hombre fácil de encariñar, ni mis lecciones son amables. Pero si te quedas, obtendrás más de lo que jamás soñaste.

Lo miré, sintiendo un escalofrío. Me recordó que mi primer error no era solo confiar, sino ignorar el peso que llevaba en sus hombros. Entonces me fijé en una mancha de polen que tenía en su camisa pero la ignoré, igual que todos los avisos que la gente de Green Bit me dieron—. Estoy lista para el precio, doctor Lacroix —respondí con firmeza. Con esa declaración, cerró la puerta, dejándome sola en la penumbra de su consultorio.

No tardé en descubrir que la mancha en su camisa no era polen inofensivo. Y que su sonrisa, aquella primera sonrisa, ocultaba un secreto que podría haberme costado mucho más que mi corazón. Pero eso, por ahora, era parte de la espera.



RE: [Autonarrada] [Pasado-Social] Capítulo Ashwin - Alana Sahiba - 15-12-2025

Me instalé en el consultorio con una mezcla de cautela y entusiasmo. Cada rincón me resultaba fascinante: los frascos polvorientos alineados en las estanterías, los tarros de hierbas que olían a bosque húmedo, los libros gastados abiertos en páginas aleatorias para mí. Para un ojo humano, todo parecía caos; para mí, era un mapa de conocimiento esperando ser explorado. Para mí era notorio que cada instrumento estaba colocado con precisión, cada microscopio y frasco tenían su hueco elegido con una meticulosidad casi obsesiva, asegurándome de que nada se perdiera ni quedara fuera de alcance. Ashwin había dejado instrucciones vagas y, honestamente, me sentí liberada por la autonomía que eso me otorgaba. Podía experimentar, organizar y curar sin que nadie interfiriera… al menos por ahora.

Los primeros días fueron un torbellino. Sorbet era un puerto pequeño, sí, pero con suficientes heridos, enfermos y marineros mareados como para mantenerme ocupada. Aprendí rápidamente que no todos los que venían buscando ayuda eran nobles ni siquiera decentes. Algunos olían a ron y a rencor, otros llegaban con cortes que parecían recordatorios de peleas anteriores, y los más jóvenes lloraban con una mezcla de miedo y asombro al verme. Para ellos, era difícil comprender que alguien tan pequeño pudiera manejar bisturís, aplicar ungüentos o limpiar una herida infectada. Muchos desconfiaban de mi pericia y siempre debía explicar con paciencia, mostrar la eficacia de mis manos y, a menudo, soportar exclamaciones exageradas de “¡pero eres tan pequeña!” y yo tener que exclamar un poderoso “¡no subestime el poder de mis quince centímetros, señora!”. Lo aceptaban con una sonrisa ligera, casi una carcajada contenida; conocía el efecto que causaba en los demás y aprendí a usar la risa a mi favor, aunque a veces lo sintiera casi como una burla a mí misma.

Ashwin volvía cada tarde, a menudo con el pelo húmedo por la lluvia o el mar, y su presencia llenaba la habitación aunque no me vigilaba, me dejaba libre albedrío, lo cierto era que tampoco necesitaba tenerme vigilada, pero su sombra larga al cruzar la puerta me recordaba constantemente que no estaba sola, que aunque él no me vigilase, yo sí me sentía así. A veces me dejaba sola para experimentar con sus fármacos o mezclar extractos de hierbas con químicos médicos, combinando técnicas de South Blue con el conocimiento que traía de Green Bit. Mi microscopio se convirtió en mi mejor aliado, y mi cuaderno, en un territorio sagrado donde anotaba fórmulas, observaciones y pequeñas anotaciones sobre cada paciente.

Nos comunicábamos con un equilibrio curioso. Él hablaba de infecciones y enfermedades con la calma de un hombre que ha visto demasiado sufrimiento, y yo respondía con soluciones híbridas, remedios Tontatta combinados con métodos de purificación que él aprendía en segundos. A veces discutíamos; Ashwin era humano, testarudo y directo, y yo, Tontatta, orgullosa y minuciosa. Sin embargo, a pesar de los roces, la relación crecía en una especie de simbiosis profesional: yo le enseñaba a mirar lo pequeño, y él me mostraba cómo entender lo grande. Esa colaboración fue intoxicante, casi adictiva me atrevería a afirmar.

Los días pasaban y la rutina se asentó entre nosotros como un equipo. Curábamos, probábamos fórmulas, experimentábamos con mezclas que a ningún otro se le podría haber ocurrido, pues nadie tenía la perfecta simbiosis entre el mundo humano y el mundo de los Tontatta. Ashwin comenzaba a confiar en mí, y yo, peligrosamente, confiaba en él. Me enseñaba trucos para diagnosticar enfermedades antes de que se manifestaran, técnicas de sutura que requerían precisión y fuerza humana, y estrategias para lidiar con pacientes difíciles. Aprendí a anticipar sus movimientos, a saber cuándo se irritaba o cuándo estaba complacido. Su voz, incluso cuando era firme, tenía matices que me ayudaban a interpretar su humor. Él, por su parte, empezó a anticipar los míos, intuyo que en las posiciones de mi cola y el estado del pelo.
 
Algunas noches, después de cerrar el consultorio, compartíamos historias. Hablábamos de viajes, de barcos que casi se hunden, de tormentas y enfermedades que recordaban la fragilidad de la vida. Yo contaba historias de Green Bit, de las plantas que crecían bajo hojas gigantes, de la poca necesidad de precisión de mis manos para extraer polen o crear ungüentos curativos dado su tamaño en comparación al mío, aunque siempre, recelosa, procuraba no contarle acerca de la ubicación de mi hogar, pues no todos los gigantes tenían buena fe y a pesar de que Ashwin fuese mi amigo más fiel, no tenía que ser el amigo de los demás Tontatta.

Él, a su vez, hablaba de médicos que lo despreciaban, de la arrogancia de los nobles que subestimaban a los marineros, y de los pacientes a los que había salvado, aunque a veces fuera demasiado tarde. Yo, ingenua, me reía de aquellos médicos que le hacían de menos. Las conversaciones eran largas, mezcladas con risas y silencios, discusiones y amabilidad.

Pasaron semanas y la confianza mutua se convirtió también en rutina. Ashwin comenzó a dejarme acceder a sus notas y fórmulas más delicadas, y yo compartía sin miedo los secretos de mis propios experimentos. Un día, mientras mezclábamos un extracto de flor con un compuesto desinfectante, sus ojos brillaron con un entusiasmo inesperado—. Esto… podría cambiar la forma en que tratamos las infecciones resistentes —dijo, y yo asentí, orgullosa de mi contribución. Fue un momento efímero de triunfo compartido, y por un instante me sentí menos pequeña, menos invisible.

Sin embargo, con el tiempo el aire se volvió tenso, tan solo cuando empecé a notar detalles que antes pasaban desapercibidos. Ashwin comenzó a preguntar más sobre mis experimentos, insistiendo en tomar notas que parecían personales, intentando hacer que documentara cada combinación realizada por mí. Al principio, creí que era interés profesional; después, la curiosidad se volvió insistencia. Mi intuición, la que me había mantenido segura en tantos puertos y barcos, comenzó a alertarme. Algo se estaba moviendo bajo la superficie, y gracias a mi cercanía, lo sentía en cada gesto que él hacía cuando creía que no lo estaba mirando.

Un viernes, tras un día especialmente largo con un marinero con fiebre tifoidea, Ashwin me pidió que revisara su última combinación de ungüento y compuestos químicos—. Necesito que observes cómo reacciona la mezcla a la luz del sol —dijo, y yo lo hice, inclinándome sobre el frasco, midiendo cada partícula. Mientras lo hacía, noté que tomaba mis notas, que copiaba mis observaciones sin mencionarlas ni siquiera una sola vez. El frío que recorrió mi espalda fue instantáneo.

— Ashwin… —me atreví a decir, intentando que mi voz no temblara pero creo que los nervios me hicieron flaquear—. ¿Vas a usar esto… en tus propios experimentos sin mencionarlo?

Él se quedó en silencio unos segundos, demasiado largos, y luego sonrió con la calma de siempre, esa que de repente, más que admirable, me produjo terror—. Es para la ciencia, Alana —respondió. La sonrisa no alcanzó sus ojos, y por primera vez noté la distancia entre nosotros. Fue el primer indicio claro de la traición que se gestaba; traición que yo decidí ignorar en un primer momento. Así de ingenua o confiada era, decidí no reaccionar en ese momento, pensar que era tan solo un momento puntual, que todos tenemos derecho a equivocarnos o a diferir los unos de los otros, que para eso trabajamos juntos. Juntos. Con esa premisa, seguimos (o más bien seguí) trabajando, compartiendo momentos de camaradería, enseñanzas y pequeñas bromas, como si nada hubiera cambiado. Era un equilibrio peligroso: sabiendo que algo estaba mal, pero sin tener pruebas más que un mal presagio, sin tener un camino claro hacia la defensa de mi trabajo y mi integridad.

Los días siguientes, mis sospechas se confirmaron gradualmente. Ashwin comenzó a presentar conferencias sobre métodos que yo había desarrollado, usando mis combinaciones de plantas y químicos como ejemplos. Mis aportaciones aparecían siempre bajo su nombre. Intenté confrontarlo de manera sutil, mencionando mis métodos de forma casual frente a él. Su respuesta siempre era un encogimiento de hombros o un comentario sarcástico—. La ciencia no tiene dueños, Alana. Solo resultados.

— ¡Es cierto! No lo hacemos por orgullo propio, sino por el bien de nuestros pacientes. Pero si eso es así… —hice una pausa, pensando y ordenando en mi cabeza cada palabra que iba a pronunciar después, palabras que herían mi corazón— ...tampoco herirías a una compañera de trabajo, ni su autoestima ni subestimarías su trabajo e investigación como si fuese cualquier cosa. ¡Tal y como haces conmigo!

— ¡Oh, vamos, Alana! Creía que tú, de entre todas las personas, podrías entenderme mejor que nadie.

Esa frase me golpeó como un mazo. Nunca habían jugado conmigo la baza de nuestra relación profesional e informal. La ciencia, para mí, siempre había sido un acto de cuidado, no un escenario para la arrogancia humana, tal y como se estaba convirtiendo. Sentí la rabia crecer, silenciosa, caliente y constante. Mi corazón, por otro lado, chillaba horrorizado de cómo jugaban con él, tal vez por su diminuto tamaño. Pero aún estaba atrapada en la rutina del consultorio, donde él tenía la autoridad y el reconocimiento que yo, pequeña y Tontatta, difícilmente podría disputar. Quise llorar.

Durante meses, la relación se volvió un juego de tensiones y silencios. Ashwin me enseñaba, pero también observaba con atención, registrando mis movimientos y decisiones. Yo aprendía, pero vigilaba cada gesto suyo, cada anotación que hacía, cada frasco que tomaba. A veces encontraba sus ojos sobre mí, y aunque su sonrisa seguía intacta, había un filo en la mirada que no podía ignorar, un terrible escrutinio, una amenaza difícil de etiquetar. En otras ocasiones, como trampa, apuntaba decisiones erróneas dándolas por correctas. Curiosamente en esos momentos la culpa siempre recaía en mí. Conveniente.

Finalmente, la traición llegó como un golpe inevitable. Fue una tarde lluviosa; el puerto estaba desierto, con marineros refugiados en tabernas y calles empapadas que reflejaban luces amarillas. Ashwin presentó un manuscrito a un grupo de médicos de South Blue: un compendio completo sobre fármacos híbridos, combinando botánica Tontatta y química médica. Mis descubrimientos, mis anotaciones, mis experimentos, todo bajo su nombre. Me llamaron a la reunión, y cuando le pregunté directamente por mis contribuciones, él sonrió, esa sonrisa que ahora era siniestra, y murmuró—. Tus ideas son brillantes, Alana. Pero este es mi mundo, y los humanos miran hacia arriba, no hacia abajo.

Sentí el mundo temblar bajo mis pies, no había aire a mi alrededor. No por su tamaño, no por su fuerza, sino por la traición de quien había llamado mentor y amigo. No hubo gritos, no hubo escenas; solo un silencio que rugía dentro de mí, un vacío que llenaba cada rincón de aquel consultorio que una vez había sido mi refugio.

Me retiré sin palabras, guardando cada frasco, cada nota, cada recuerdo que era mío. Me defendí huyendo de aquel lugar. No iba a robarle nada, no iba a usar su fama para humillarlo. Pero la rabia creció y se convirtió en decisión. Aprendí que mi tamaño no era debilidad, que mis manos podían hacer más que escribir, que curar era solo la primera parte de mi poder. Ashwin se había llevado reconocimiento; yo me llevaría respeto, miedo y el conocimiento de que nadie podía subestimarme otra vez… ¿no?

Desde aquel día, decidí continuar sola. Dejé de lado a Ashwin. Se hundiría por su propio pie. Aunque Sorbet ya no era un refugio seguro, también era un lugar lleno de vida, de dolor, de enfermedades que necesitaban mi cuidado. Empecé a trabajar en secreto para quienes nadie más se atrevía a ayudar: criminales buscados, marineros heridos en combates ilegales, contrabandistas con fiebre y pulmones rotos. No preguntaba por sus delitos; solo aplicaba mi ciencia, mi conocimiento, mi delicadeza y precisión. No buscaba gloria, no quería fama. Quería respeto, reconocimiento de mis manos, mi voz, mi capacidad de curar y crear sin que nadie se aprovechara de mí. Quería todo aquello que Ashwin me había arrebatado como si no valiera nada.

Al principio, algunos intentaron aprovecharse de mí, creyendo que mi tamaño implicaba debilidad, tal y como Ashwin quiso creer al verme. Pero a diferencia de él, todos aprendieron rápido que mis bisturís y mis hierbas eran más afilados y poderosos de lo que aparentaban. La leyenda de la pequeña curandera de Sorbet comenzó a crecer en susurros, en rumores, en miradas temerosas hacia un callejón húmedo donde nadie se atrevía a preguntar demasiado. Yo curaba y desaparecía, dejando atrás soluciones y advertencias: no subestimen a quienes parecen pequeños. La gente creería que se trataba de un humano pequeño, jamás pensarían en la existencia de un Tontatta y eso me protegería de más maldad,

Flashbacks de Green Bit aparecían a menudo: mi madre, mi abuelo, todos aquellos que me enseñaron a medir, observar y respetar la vida en cada tamaño. Recordaba la ética que mi abuelo me inculcó, el orgullo de mis manos y el cuidado con cada paciente. Era mi brújula mientras navegaba en un mundo que no comprendía nuestra escala, que ignoraba nuestra ciencia. Pero también recordaba la maldad del mundo exterior que mi madre me advirtió.

Los años pasaron y mi reputación creció. Aprendí a moverme en las sombras, a seleccionar cuidadosamente a quienes ayudaba, a mantener el equilibrio entre discreción y eficacia. Mis fórmulas se hicieron más complejas, mis tratamientos más precisos, mis intervenciones más audaces. Siempre con un ojo en el puerto, siempre recordando a Ashwin, siempre recordando que la traición podía venir del lado más cercano. ¿Qué sería de él? ¿Habría crecido como médico a costa de otros ingenuos como yo? A pesar de esas preguntas que a veces aparecían en mi mente, nunca dejé que la traición me robara el corazón, ni el deseo de ayudar. Curar seguía siendo mi pasión, mi proceso, mi acto de poder. La ciencia seguía siendo mi terreno, y esta vez, nadie la reclamaba por encima de mí. Y si alguien lo intentaba… mis bisturís hablarían por mí. Nadie conocía mi rostro completamente, nadie sabía mi nombre completo, pero todos sabían que si sufrías, si estabas herido, había una que te curaría sin pedir nada a cambio, salvo respeto por sus manos y su ciencia.

En otras ocasiones, cuando algún viejo conocido mencionaba a Ashwin Lacroix, sonreía ligeramente, recordando la lección más dura e importante de mi vida: la confianza puede ser traicionera, pero el conocimiento y la precisión no mienten. Seguía vivo, seguía ejerciendo, pero nunca supe si su supervivencia se debía a la honradez o a los malos actos. Ya confié una vez en él, no lo haría una segunda. Yo, por el contrario, ahora caminaba por los muelles con seguridad, pequeña pero imponente a mi manera. Sorbet era mío, no por control, sino por respeto. La rabia que una vez me consumió se había transformado en determinación. Y mientras la brisa marina me traía los olores de sal y madera vieja, supe que ningún humano, por alto, listo o fuerte que fuera, podría subestimarme de nuevo, aunque pudieran enojarme con sus malas palabras o acciones.