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A conocer el cañaveral [Autonarrada T1] - Tensui Marlin - 01-12-2025 South Blue | Reino de Samba
Campos de cañas de azucar | Dia 16 de otoño | Año 16
Habían pasado ya cuatro días desde que puse pie en Isla Samba. Cuatro días sin dirigirle la palabra a nadie, como si la lengua se me hubiera oxidado con la sal del camino. Me quedé en las costas, vigilando a Krakatua desde la distancia, asegurándome de que estuviera bien sin mi presencia en el agua. Es extraño, pasar media vida surcando el mar y ahora no poder tocarlo sin que me devuelva un recuerdo que no quiero enfrentar, cruel ironía que tiene que enfrentar un Gyojin. Pero quedarme aquí, pegado a estas rocas y a este horizonte inmóvil, sólo estaba pudriéndome por dentro. La comida no entra, el sueño no llega y la cabeza no deja de morderme por dentro con lo mismo de siempre. El pasado tiene tentáculos más largos que cualquier monstruo marino, y si me quedo quieto me arrastra, respiré hondo, pero no sirvió de mucho. Detrás de mí estaba el pueblo, la ciudad, los pasos de gente que tiene un rumbo aunque no lo sepan. Quizá allí podría fingir que yo también tengo uno, necesito moverme, hacer algo, lo que sea, antes de que mi propia mente termine por hundirme más que el mar que ya no puedo tocar, era hora de caminar hacia esa ciudad, era hora de obligarme a vivir un poco, aunque fuera por pura terquedad. Me despedí de Krakatua con el gesto de siempre: dos dedos al agua, un leve giro de la muñeca. Ella respondió con un sonido suave, casi triste, y se sumergió apenas lo suficiente para ocultar sus ojos. Entendía que tenía que irme, aunque ninguno de los dos quisiera la distancia. Tomé aire y emprendí el camino hacia el pueblo. Imposible pasar desapercibido, un gyojin de casi tres metros, cargando un estoque atado al cinto, una sartén vieja y negra que para mí vale más que cualquier tesoro, y la ropa justa para no parecer un vagabundo. Sí, claro, suerte tendría si la gente no corría a llamar a la guardia, o al marine más cercano, o al matón del pueblo que crea estar capacitado para ¨lidiar¨ conmigo. Pero tenía que intentarlo, porque seguir huyendo de las personas sólo me estaba empujando hacia un sitio del que no se vuelve, si me quedaba en la costa, si seguía inmóvil, sólo alimentaría ese vacío que se me abre en el pecho cuando pienso demasiado y no, mi hija jamás habría querido encontrarme convertido en un fantasma respirando por costumbre, ella no merecía que yo me rindiera, ni ahora, ni nunca. Así que di el primer paso hacia el pueblo, alto, visible, ajeno y decidido, aunque me miraran como a un monstruo, aunque la desconfianza me siguiera como sombra, prefería eso antes que seguir deshaciéndome, día tras día, sin hacer nada por evitarlo. Para mi sorpresa, la vista que me recibió al cruzar los primeros caminos del pueblo no fue de miedo ni de hostilidad, sino de vida. Campos enteros de caña de azúcar se extendían hasta donde alcanzaba la vista, altos, verdes, moviéndose como un mar distinto cuando el viento los empujaba. Hombres y mujeres trabajaban allí con una dedicación tranquila, casi armoniosa. Gente sencilla, gente que sabía ganarse el pan sin perder el alma. Algunos, claro, al verme se apartaron instintivamente y no los culpo. Mi piel gris, mis escamas, mi tamaño, no son precisamente la imagen que esperan encontrar en un día común de trabajo, pero otros no hicieron eso. Otros me regalaron una sonrisa honesta, limpia, sin doble intención, sonrisas de esas que que no veía dirigidas hacia mí desde hacía demasiado tiempo. Y, por un segundo apenas algo dentro de mi pecho se aflojó, un instante tan pequeño que casi podría negarlo, pero lo sentí, eso era paz. Una paz tímida, frágil, pero real, la clase de calma que uno olvida cuando ha vivido rodeado de tormentas, no sabía cuánto duraría, pero la acepté, porque un corazón como el mío necesita agarrarse a esas pequeñas luces antes de volver a caminar hacia la oscuridad que le espera. —No es usted de por aquí, ¿cierto? —preguntó una mujer joven, de cabello rizado y sonrisa amplia, acercándose sin una pizca de miedo en los ojos. Ese simple gesto, ese atrevimiento tan natural, me devolvió un fragmento de confianza que creí haber perdido semanas atrás. —Hola. —respondí, tocando apenas mi frente en un gesto torpe, casi olvidado. Era la primera vez que cruzaba palabra con alguien en días, y mi voz sonó más grave de lo esperado. —No, de hecho voy de paso. —aclaré, aunque la verdad era que ¨paso¨ era una palabra demasiado pequeña para alguien como yo que no tiene rumbo. Tomé aire, bajé la mirada un momento y me incliné en una reverencia corta, respetuosa, impropia quizás de un hombre de mi tamaño. —Estoy buscando trabajo, lo que sea. Mientras esté en esta isla, necesito ganarme el pan que coma. — dije con honestidad brutal, como siempre, dejando que mi voz cargara el peso de esa necesidad simple, que rara vez admito en voz alta. No sabía qué respuesta esperar, pero al menos había dado el primer paso. Aquí, frente a una desconocida que no huyó, era más de lo que había logrado en mucho tiempo. En un gesto que no veía desde hacía años, puro, inocente, completamente desarmante, la joven soltó una carcajada tan libre que por un instante me dejó paralizado. Su risa era tan limpia que casi dolía. Y, por supuesto, mi expresión debió ser un auténtico desastre, no sabía si retroceder, gruñir o simplemente quedarme ahí como un idiota mirando cómo se reía. —Puahahaha, ¿por qué estás tan serio? —dijo entre risas, limpiándose una lágrima que le había escapado. —Alivianate, chico. Mira a tu alrededor, aquí hay trabajo para todos los que quieran trabajar. ¿Qué sabes hacer? — Su voz no tenía bordes ásperos ni doble intención, era suave, casi dulce y aunque al principio pensé que se burlaba de mí, lo cierto es que sus palabras calmaban el aire que nos rodeaba. Había algo genuino en ella, algo que, por primera vez en mucho tiempo, me hizo bajar los hombros sin sentirme en peligro. No pude hacer más que rascarme la nuca y soltar una risa torpe, incómoda, casi absurda para alguien de mi tamaño. No estaba acostumbrado a que la gente fuera amable sin exigir nada a cambio. Siempre pensé que los de la superficie eran criaturas impredecibles, muchas veces crueles, casi siempre peligrosas, pero esta muchacha no encajaba con nada de lo que yo conocía. —De donde vengo era artesano —respondí al fin, enderezando un poco la espalda —Trabajaba en la forja. — Extendí mi mano hacia ella, con ese gesto que me enseñaron que debía hacer ¨para ser cortés¨, aunque nunca terminé de entender por qué los humanos necesitan tocarse tanto. —Soy Marlin —añadí con voz firme, pero sin dureza —Tensui Marlin.— Una presentación sencilla, directa… lo justo para no espantar a la única persona que me había hablado con algo parecido a humanidad en mucho tiempo. —¿Ah, sí? Mira qué bien —dijo la muchacha, dando un pequeño salto en su sitio, casi rebotando de emoción. Me costaba entender esa efusividad tan ligera, parecía realmente complacida, como si hubiera encontrado una pieza perdida que llevaba tiempo buscando pero mientras hablaba, noté las miradas alrededor, susurros bajos, ojos que se apartaban cuando los devolvía. Ninguno cargaba con odio ni temor profundo, más bien eran dudas, la misma incertidumbre que yo tendría si un gyojin de casi tres metros apareciera de pronto en mi pueblo, no podía culparlos por eso. —Ven conmigo —dijo ella, girándose con un movimiento tan repentino y despreocupado que por un instante me recordó a los juguetes de cuerda de mi hija —Primero te llevo con el viejo MacLarey, y luego te presento a la gente con la que trabajo yo. — La seguí sin decir palabra. No era momento para orgullo ni para poner distancia. Era yo quien necesitaba ayuda, y negarme sería una necedad digna de un necio y ya he sido suficiente necio en esta vida. Así que caminé detrás de ella, dejando que esa extraña chispa de energía humana iluminara, aunque fuera un poco, la sombra donde llevo viviendo demasiado tiempo. Seguí a la mujer por el estrecho sendero que cruzaba entre chozas y puestos improvisados, tratando de ignorar las miradas que sentía caer sobre mi espalda. No eran hostiles, pero sí pesadas, como si cada uno de ellos estuviera evaluando mi mera presencia, midiendo mis pasos, preguntándose si realmente valía la pena ofrecerme un lugar entre los suyos. La mujer avanzaba con pasos ligeros, casi saltados, como si cada movimiento la impulsara hacia adelante con una energía que no comprendía, pero que de alguna manera me tranquilizaba. Sentía que, al menos por ahora, alguien estaba dispuesto a guiarme sin pedir nada a cambio. Cuando nos detuvimos frente a una estructura hecha de metal retorcido y piedra ennegrecida por el hollín, un golpe seco resonó desde el interior. La mujer hizo un gesto para que la siguiera y cruzamos la entrada. El calor nos envolvió de inmediato, y el olor a hierro caliente me golpeó la nariz. Dentro, un hombre enorme, de barba blanca y brazos como troncos, levantó la vista apenas un segundo antes de soltar un bufido. No parecía sorprendido ni emocionado por mi llegada, más bien, como si ya supiera que alguien nuevo estaba por aparecer tarde o temprano. —Viejo MacLarey —dijo la mujer con una sonrisa casi orgullosa — te traigo a alguien que podría servirte. — El herrero me miró, esta vez más atento, como analizándome desde los pies hasta la cabeza. Su mirada era dura, pero no hostil, yo veia una evaluación, quizas un juicio silencioso y por primera vez en mucho tiempo, me descubrí esperando su veredicto. RE: A conocer el cañaveral [Autonarrada T1] - PX-4 - 01-12-2025 ✓ Aventura Autonarrada: Completada RECOMPENSAS: — Berries:10k — Puntos Mugiwara: 5 — Reputación: 15 |