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[Autonarrada | T1] En los ojos de otro. - Versión para impresión

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[Autonarrada | T1] En los ojos de otro. - Enji - 04-12-2025

Invierno, día 37. Año 16.

Enji encendió el cigarrillo.

La llama del mechero le dio vida a la brasa y el aire la avivó, azuzando su brillo anaranjado. El humo atravesó el filtro. Enji paladeó su sabor, su textura, su densidad. Insípido, suave y espeso. Aire caliente, difícil de tragar, que llenaba los pulmones y aplacaba los nervios, apagando el tortuoso cosquilleo en la coronilla de su cabeza. ¿Adicto? Sí, Enji era un adicto. Lo reconocía desde el día que se quedó sin cigarrillos en alta mar y tuvieron que detenerlo de quemar la vela del barco y aspirar su humo negro. Aquel día, el cosquilleo se convirtió en una picazón que se extendió a todo el cuerpo. Se arrastró por el suelo, golpeó las maderas hasta astillarse las manos, pero ningún dolor podía sobreponerse a la sensación de mil millones de hormigas caminando su cuerpo como una peatonal abarrotada.

Desde entonces, Enji siempre tenía tres cajetillas de cigarrillos extra a buen recaudo, y algunas otras escondidas en lugares que después olvidaba, para luego llevarse gratas sorpresas al encontrarlas.

El humo emergió en forma de volutas blancas, ascendentes, salidas de su boca y nariz. Una catarata invertida. ¿O era su alma, blanca como sus hebras decoloradas, que abandonaba su cuerpo y se iba al cielo? Enji sonrió con una amarga ironía, pues tuvo la certeza de que se trataba de humo. Un alma tan pesada como la suya no podía soltarse al viento y ser abrazada por la brisa invernal. No. Su alma, negra, podrida, caería a plomo y se hundiría en la corteza del mundo. Lo denso de sus pecados abriría la tierra y descendería hasta el corazón del mar, donde el calor le recordaría cada día, y por la eternidad, esa fatídica noche donde perdió la vida.

Y empezó su muerte.

—No me gusta el fuego —dijo, y su espalda se deslizó por la pared hasta que su trasero tocó el suelo. Flexionó las rodillas y dejó caer los brazos entre sus piernas, las manos juntas, dedos entrelazados, y el cigarrillo coronando el encuentro entre índice y medio—. No es tan malo, ¿verdad? Digo, vivimos en el mar, siempre rodeados de agua. Los incendios no son algo común. Todo lo que tengo que hacer es mantenerme alejado de las llamas y todo estará bien.

El cuerpo descascarado, desnudo, se teñía de blanco bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventana. En el lienzo pálido, las cicatrices destacaban como luces de neón en la sombra de un callejón. Senderos de piel, que, como los surcos del campo, marcados por el paso constante de personas y animales, conectaban el salvajismo con la civilización. Conectaban el núcleo de sus pesadillas con lo poco sano de su mente. Se extendían desde la enorme cicatrices en su costado derecho, como raíces, como tentáculos de un ser oscuro y ponzoñoso alojado en su estómago. Una enfermedad. Un parásito.

“Todo estará bien”.

—Que puto cobarde… —susurró y, desesperado, volvió a sorber del cigarro para tratar de acallar las voces de su cabeza, aquellas voces que querían tomar control de su lengua y hacerle escupir algunas verdades. Verdades dolorosas. Verdades que todavía no estaba preparado para afrontar. Sentimientos que prefería sepultar bajo toneladas de desdén, locura, violencia y humo.

Mucho humo.

Se levantó del suelo y se acercó a la ventana, contra cuyo borde apoyó los codos, pues estaba abierta, dejando entrar el fresco viento del invierno en Baterilla. El invierno lo había abandonado, sin embargo, debajo de esa viga ardiente. Ya no sentía su caricia. En su lugar, como un sol personal, el calor lo acompañaba en el costado del vientre. Lo irradiaba. Esa era su tortura.

El gato maulló.

Enji se distrajo, arrancado de su momento nihilista por la caricia del animal contra su tobillo. Se agachó y lo tomó con una mano. Lo dejó pararse sobre su palma mientras se lo acercaba a la cara.

Ford, el pequeño gato que el viejo trabajador de los campos de arroz le había obligado a adoptar. De pelaje blanco, ojos azules y pequeño, muy pequeño. Tenía poco más de un mes de vida a la espalda y ya desprendía fuerza, seguridad. Tenía los ojos grandes y la pupila oscura, profunda. En ella, Enji se veía reflejado, pero, contrario a los espejos normales, el reflejo que lo saludaba al otro lado era… fuerte. Se sostenía en sus pies, firme como un pilar de granito. Destilaba seguridad, confianza, madurez. De alguna forma, supuso, en ese reflejo se materializaba la manera en que Ford lo miraba. Lo que creía de él, pues era lo más cercano a una figura paterna que había tenido el gatito. Él era ese pilar para Ford, estoico e inamovible.

—Pobre —musitó—. Te tocó bailar con la más fea, enano.

De repente, un grito rasgó el silencio de la noche. Agudo, femenino, desesperado. Enji mordió el cigarro.

—Hijos de puta…

Y saltó por la ventana.

El clima tropical de Baterilla luchaba, pero no podía anteponerse del todo a la estación invernal. La noche, con su clima fresco pero no helado, era una invitación para aprovecharla. Salir, pasear, tomar algo o sentarse a la orilla del mar, donde historias se cuentan, se encuentran, y se separan. Pero algunas historias nunca debieron encontrarse. Ese era el caso de la mujer de cabellos rubios que corría por una de las calles más alejadas del centro, rodeando la zona residencial, y se había topado, desdichada de ella, con una de esas almas rotas, podridas y venenosas. Un sujeto que entendía solamente lo que quería, su propio deseo y nada más. Un ser egoísta, narcisista y destructivo.

—¡Ayuda! ¡Alguien, por favor!

La mujer corría con un pie herido. Daba saltitos, resintiendo cada pisada a causa de una torcedura de tobillo. La hinchazón presionaba contra las tiras de sus sandalias, la falda, rasgada, sosteniéndose apenas en el violento movimiento. El pecho próximo a explotar, las mejillas rojas, los ojos vidriosos.

Detrás de ella se acercaba el hombre. Vil, siniestro, arrogante. Caminaba a un paso apresurado, mas no corría, pues tenía la certeza de que la alcanzaría. En su estado, era como perseguir a una presa que se desangra: tarde o temprano, la mujer desfallecerá, y el animal sólo tendrá que seguir el camino de sangre para encontrarla. La ley del menor esfuerzo. La tortura de la incertidumbre. El miedo va creciendo, metro a metro. Cada vez que ella miraba atrás, él estaba más cerca, sonriente. Los vecinos, como sombras temerosas detrás de la ventana, no podían hacer más que escuchar. Nadie era malo. A todos le importaba, pero ninguno, por muy noble que fuera, quería inmiscuirse. Nadie se jugaría el pellejo.

—Oi.

Y esa voz, grave, áspera, espesa, se insertó en la noche y apagó los gritos por un instante. La mujer lo vio, allí, sólo unos metros más adelante: semidesnudo, plagado de cicatrices, ojeroso, emergiendo de un oscuro pasillo como quien sale de casa un domingo por la mañana. Se rascaba el cuello, tan despreocupado y casual frente a la escena.

—¿Por qué carajos hacen tanto ruido? Par de imbéciles.

—¿Disculpe…?

La mujer inclinó la cabeza a un costado, totalmente descolocada.

—Que por qué carajos hacen tanto ruido. ¿No ven que es tarde? —Enji se fregó el ojo con el dorso de una mano—. Algunos tratamos de dormir.

—¡No te metas donde no te llaman, mendigo! —dijo en un arrebato el acosador, y, en dos zancadas demasiado rápidas para la reacción de la mujer, logró alcanzarla y tomarla por la muñeca. La presión de su agarre, bruto, por poco no se la rompió—. Estoy tratando de divertirme…

Y lo vio, entonces. Una impresión, fruto de la casualidad, que se quedó grabada en su memoria. Una corta secuencia de imágenes, en realidad. Primero, el rostro del villano, arrogante, victorioso. Después, una invasión, algo que llegaba desde fuera de cuadro y se inyectaba en la obra con velocidad, dejando detrás una estela borrosa. Una palabra: «Colmillo». El choque, el impacto, llegó después. Un ruido seco. Fuerza, aire, libertad.

En un parpadeo, el hombre había salido despedido e impactado las rejas de una casa, quedando incrustado entre sus fierros torcidos. Y donde antes veía al acosador, ahora veía esa melena blanca, larga y maltratada, esa espalda ancha, cruzada por marcas de guerra, y unos calzoncillos que pedían a gritos un cambio.

—A mi no me subas el tono, hijo de puta —dijo Enji.

La vena de su frente estaba hinchada y supuraba ira. El puño derecho, calentito y apretado, goteaba bilis. Los dientes chirriaban.

—¿Quién mierda te crees? Tienes suerte de que tenga sueño porque si no… Hey, tú, ¿qué tanto miras?

La inquietante sensación de que alguien lo observaba obligó a Enji a girarse. Allí, parada, apenas sosteniéndose después de la carrera y la lesión, se encontró a una mujer. Una mujer que lo miraba con los mismos ojos que Ford. Ese reflejo bastardo, tan difícil de mirar. La idealización de un hombre con mil grietas en su moral. Violento, ruidoso, adicto. Y, aún así, en esos ojos grandes, un héroe lo miraba de vuelta.

Enji apartó la mirada.

—Imbécil y muda, genial… —musitó en un susurro. Dio la media vuelta, sacó al bastardo de las rejas y se lo cargó al hombro, inconsciente—. Vete a tu puta casa.

Y así como llegó, insertándose en una obra que no era suya, se fue.

«Que puto cobarde»


RE: [Autonarrada | T1] En los ojos de otro. - PX-3 - 04-12-2025

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Aventura Autonarrada: Completada
RECOMPENSAS:

— Puntos Mugiwara: 5

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