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[Pasado] Apples | Priv. Asherah - Versión para impresión

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[Pasado] Apples | Priv. Asherah - Runin D. Kitay - 04-12-2025


¿De dónde proviene la vana idea de una melancolía ligada al descenso de la temperatura? ¿Quién decide que la amargura de un día nublado se atenúa con chocolate, café o un dulce té? ¿En realidad, a dónde van las perdidas miradas que fijan puntos inexistentes dentro de mundanos escenarios? ¿Por qué algunos sonríen con la amabilidad de quien desea terminar el día para esconderse y ahogarse en la frivolidad de la soledad? ¿Y desde cuándo a alguien como ella le interesan ese tipo de ínfimas cuestiones?

Una ligera brisa húmeda y helada acaricia las mejillas de la fémina, haciendo que recuerde que no hay nada interesante en observar con fijeza el caer de las hojas de un anciano árbol cansado de existir. El pu-erh tierno acompañado de rodajas de manzana y canela se ha enfriado hace ya quince minutos.

[Imagen: dAjgXwQ.png]

Así que es tu culpa. ¿Hm?

Sonríe sin ápice de fascinación al tiempo que juega con la cucharilla, da un par de golpecitos sobre la superficie de una rodaja de fruta, esta se mueve hundiéndose en la negrura del té. Los dedos se detienen, el utensilio cae haciendo un ruido sordo y la bebida lanza algunas gotas que chocan contra la madera de la mesa. Instintivamente acaricia el brazalete en su bicep, eso le sienta peor.

Un nudo se forma en su garganta, cada vez parece hacerse más y más grande, tanto que ni siquiera sus pensamientos logran diferenciar la mente del cuerpo. ¿No es una terrible combinación la solitud, los recuerdos y la frialdad de una isla que normalmente ostenta calidez y despilfarro? Quizá se trata de un simple temporal, algo que va y viene, como Runin, como todo, en realidad. Las compras se tornan irrelevantes; los aretes dorados son una muestra de narcisismo, la fruta fresca la necedad de realizar obsequios a nuevos conocidos, los brillantes tomates el recuerdo de un pelirrojo y la nueva falta de vuelos, el implacable deseo de destacar.

El estómago se mezcla y las piernas tiemblan cuando al fin decide que no puede dejarse envolver en ese círculo vicioso. No cuando el día es joven aunque las calles se tornan cada vez más vacías. ¿Los comerciantes? Colocan pisapapeles sobre las mercancías para que estas no vuelen ante el cambio climático. Algunos cierran sus locales mostrando hastiadas expresiones, uno que otro comentario se despliega de tienda en tienda, de boca en boca, entre susurros y aversiones. ¿Comerciantes extranjeros? ¿Pérdida de la valía isleña? ¿Celos empresariales? El colectivo se divide entre oportunidades y pérdidas.

Runin entiende de alternativas y gustos, de compras y regates. De una blusa nueva que desea adquirir sin tener que pagar precios exorbitantes, de la manzana que no ha vuelto a emerger desde el fondo de la oscura bebida. No quiere beber una sola gota más, no puede hacerlo. Las fundas son tomadas y el sendero de la hipocresía y las artimañas vuelve a abrirse para ella. La nostalgia y la culpa no pueden ser mostradas con tanto descaro, no cuando se trata de ella, no cuando su cuerpo tiembla al chocar contra una altura que abre desconocidos mundos.


[Imagen: 3j5wdgh.gif]

Una naranja resbala.

Un par de tomates caen.

Una manzana obsequiada rueda.

¿Cuántos metros de diferencia hay? Más de un par, al menos. Lo constata cuando la vista se eleva y el mentón se menea en dejes de altivez, una vanidad que impregna tanto la sugestiva sonrisa que ofrece como la manera en que las hebras color ébano de su cabello se agitan. ¿Los orbes chocolate logran encontrarse con los de ella? ¿Con los de la perpetradora de su solitario ensueño?

Es alta, morena, hermosa.

Interrumpiendo a la mitad de la vereda.

Y ¿Acaso son alas? ¿Algún aditamento? ¿Algo excepcional?

[Imagen: CiurR6r.png]

—Cariño, si tu objetivo es una buena taza de té, pierdes el tiempo.

Menciona con suavidad, en una mezcla de melaza y honestidad. No recuerda haber notado la presencia de la fémina en las semanas que lleva visitando la parte norte de la isla, ni siquiera cuando descansa en las cabañas de madera que se encuentran más al sur. Nada. ¿Un alma errante? No, su vestimenta, su rostro, su porte, todo guarda cuidado.

Retrocede un paso, parece estar a punto de hacerse a un costado, mas no realiza ningún otro movimiento. Los abultados labios se remojan sin perder rastro de la desconocida mujer. —Cerca de tu pie, cuidado con eso, son para un… amigo especial. —Rememora algún nombre que desaparece antes de escapar del todo. Una naranja es lo que rueda por los pies de la desconocida. Un par de tomates no han tenido la misma suerte, aplastados, dañados, inservibles.

Una parte de Runin le instan a agacharse, tomar sus cosas y continuar con su camino. Otra muy diferente le recuerdan que no le gusta agacharse frente a nadie, menos si se trata de desconocidos. ¿Dejarle pasar y continuar con sus quehaceres? Es una opción. ¿Esperar que ella le ayude? Es igual de viable.

[Imagen: ur9QgLo.png]
—¿No eres de aquí, verdad? Si tienes sed, te recomiendo la cafetería que está pasando dos calles. Pide algo fresco, beber té o café aquí es como pedir tierra en remojo. Te lo digo, he estado buscando por semanas, cariño. —Ligera es la risa que escapa y el viento vuelve a soplar agitando los ropajes de ambos, el aroma a perfume se distribuye alrededor de Runin, alrededor de ambas.

[Imagen: H2zm3mr.png]

—Solo es un consejo inocente.

Cabe aclarar.





RE: [Pasado] Apples | Priv. Asherah - Asherah Bel-Nadin - 05-12-2025

El frío del norte me sienta raro. No es que no lo tolere —mi cuerpo aguanta climas más feroces— pero hay algo en esa bruma húmeda que me despeina el ánimo y me baja de la tarima invisible donde suelo desfilar. El viento acá parece tener vocación de mayordomo: anuncia cosas, incomoda con elegancia, y después te deja pensando si deberías haber respondido con una reverencia o con una trompada.

Yo, con mis cuatro metros mal distribuidos entre alas opulentas, piernas largas y una espalda hecha a escala de tragedia griega, camino como quien está por apropiarse del reino o incendiarlo. No porque tenga ganas de hacerlo, sino porque es lo único que me enseñaron a hacer: existir en exceso.

Entonces ocurrió: el leve impacto, casi imperceptible para cualquier humano, en mi pantorrilla. La naranja me pegó en el empeine como un intento tímido de conversación, y cuando levanté la mirada, ella ya había construido el teatro entero: la sonrisa medida, la postura ensayada, las preguntas filosóficas que nadie responde pero todos dejan caer como si fueran oro, y el temblor sutil en las manos bien cuidadas.

Yo no respondí enseguida; no por timidez, sino por entretenimiento. Era raro ver a alguien tan empeñada en parecer interesante mientras se le caían las frutas como si el universo le estuviera escupiendo en cámara lenta.

Bajé un poco la cabeza para no intimidarla con la sombra que proyectaba mi cuerpo; exageración innecesaria, pero útil. Las alas en mi espalda se recogieron solas, como un reflejo, para no golpearle las bolsas. A veces olvido que la gente pregunta si son reales, pero aprendí que lo desconocido vale más si no lo explicás.

— El clima de esta isla es traicionero — murmuré, viendo cómo el viento le movía el pelo y le arruinaba un poco el drama — Te cambia el humor, te cambia la piel, y te arruina las compras... es todo un tema. Pero parece que hoy te tiró tres golpes bajos de una.

Los tomates muertos en el suelo parecían un crimen pasional.
La naranja, en cambio, expectante. Como un perro esperando dueño.

— Amigo especial, ¿eh? — no pude evitar sonreír — Siempre es gracioso pensar que una fruta puede salvar un romance. O arruinarlo, depende quién la cocine.

Me agaché. No para servirla, sino para rescatar la naranja antes de que otro peatón la pisara. La levanté con delicadeza, torpe para mi tamaño, y la dejé sobre la mesa del café que estaba abandonado a medio cerrar.

—A mí me da igual si te gusta el té frío — respondí finalmente, enderezándome — Pero la gente que toma algo caliente para arreglar un día malo suele terminar contando anécdotas que no pidió nadie. Y yo todavía no decidí si vine acá a escuchar confesiones o a tomar sol.

El viento empujó el aroma de su perfume hacia mí. Dulzón, ambicioso, disfrazado de elegancia cuando en realidad gritaba inseguridad. Me hizo acordarme de alguien, a cómo se escondía detrás de fragancias costosas para no admitir que temblaba cada vez que hablábamos de futuro.
El nombre me mordió la lengua, pero no lo dejé salir.
Ese capítulo lo mantenía lejos, incluso acá, antes de animarme a escaparme para siempre.

— Y sí, no soy de acá — contesté, sin rodeos, cuando ella lo preguntó con esa voz de melaza seductora, haciendo tintinear las pulseras mientras elevaba las manos para acomodar los lentes de sol — Tampoco vine a hacer amigos. Pero si querés que tus frutas lleguen enteras, vas a tener que cambiar de estrategia. El mundo no perdona a quien carga más de lo que puede sostener.

La miré, sin bajar los ojos, finalmente jaloneando mi blusa por la zona del pecho que siempre decide desacomodarse cada vez que hago un movimiento que amerite recordar las leyes de gravedad.

— Igual, gracias por el consejo. Lo tomaría, pero si pido algo fresco, seguro termino enamorándome del bartender, y ya tuve suficiente drama romántico para una temporada. Hhh-heh-hhh~

Me reí, porque si no me río me vuelvo peligrosa.
Y porque la tristeza ajena tiene esa forma bonita de invitarnos a jugar, aunque sepamos que ninguno quiere perder.

Un aleteo suave; polvo que se levanta.

Mi mirada baja un momento a los tomates hechos puré, después asciende otra vez hacia su rostro, evaluando la pose, el control, la tensión bajo esa máscara de vanidad.

— Puedo ayudarte a juntar lo que queda, si querés. — ofrezco, sin moverme todavía — O podemos fingir que no pasó nada, y dejar que alguien se resbale y amalgame su existencia con salsa casera.

Un chiste. Ligerito. Medio negro. Del tipo que uso cuando estoy incómoda y quiero que parezca que no.

— Y si querés caminar, te acompaño. Si querés llorar, te consigo un lugar donde no te vean. Si querés pelear, bueno… elegiste la peor o la mejor contrincante posible, según cómo lo mires.

La observé un segundo más, con una ternura que no anuncié.

— Vos decidís, bebé. Yo hoy vine liviana. Pero puedo cargar peso si hace falta.

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