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[Social] It takes two to tango (+18) [Presente Relativo] - Iggy Rock - 04-12-2025 Dia 38 de invierno/ Año 16
Centro de danza de Samba Era una mañana cálida de invierno, el sol incidía en mi piel quemándome hasta los huesos. Era un clima perfecto para seducir y timar a viejecitas ricas. Por lo que me dirigí con un plan a donde las ancianas eran más sugestionables. El centro de danza de samba, no lo había pisado aún en toda mi estancia en la isla pues consideraba que el verdadero arte de la danza se aprendía en las tabernas, la música, la sientes o no la sientes, enseñar a una persona sin ritmo a bailar era como pretender que un simio aprenda matemáticas complejas. No obstante no venía a cuestionar los métodos, que cada uno se gastara el dinero donde quisiera. Por lo que vestido para la ocasión, con una camisa negra, entreabierta y con volantes. Pantalones de campana del mismo color com flecos, y unos zapatos con cuña marrones y el pelo, peinado hacia atrás, recogiéndomelo en una coleta, me dirigí hacia aquel edificio tan importante para la ciudad. Salté los escalones de dos en dos hasta llegar a la puerta. Saqué pecho y estiré la espalda, entrando con porte y elegancia, o al menos pretendiendo tenerla. Fui directo a la recepción, donde unas cuantas personas se hallaban organizando papeles y horarios. Entre todas ellas me dirigí a una chico joven, con la frente sudorosa y cara de preocupación. Desde luego era el más fácil de engañar de los presentes. -Che pibe, mi nombre es Ernesto Guzmán Del Valle. -Solté decidido con el mejor acento argentino que pude imitar. -Me llamaron porque el profesor Valentino Rivera se encontrá indispuesto y me rogaron a mí, la estrella, el inigualable genio de la danza que lo sustituyera. -Me miró con extrañeza, arqueando una ceja. -No… no tenía idea que Valentino estaba indispuesto. -Comentó acercándose al den den mushi justo a su lado probablemente para llamarle. -No necesitás llamarle, tiene un catarro brutal y es probable que no pueda hablar. -Por poder no podía pronunciar ni una sola palabra, pues si, aquel hombre existía. Estuve hablando con él la noche anterior en una taberna de mala muerte, aguanté chapas y chapas sobre su vida y tecnicismos sobre pasos de baile, pero finalmente, cargando de más sus copas hice que cayera al suelo inconsciente. Lo llevé a un callejón solitario, y tras robarle la cartera, atarle y amordazarle le tiré a un contenedor de basura. Aunque con el pedo que llevaba es probable que no se despierte hasta media tarde. -Tan solo déjame pasar. -Me apoyé sobre el mostrador y me incliné para hablarle más de cerca. -Se qué sos nuevo, pero se te buen pibe, si me dejás pasar te prometo que yo arreglaré todo el papeleo de la sustitución, vos no te preocupés por nada. -Le susurré en un tono gentil y condescendiente apoyando mi mano en su hombro como gesto de confianza. -Está bien… -Soltó algo nervioso. -Su clase es el aula C3, los alumnos ya están allí. -Asentí confiado, casi haciendo un gesto de victoria y euforia que pude contener por poco. Me di la vuelta dispuesto a buscar el aula correspondiente. Por los pasillos me encontré personas muy variopintas y razas de todo tipo, pero lo más importante es que las mujeres aquí eran preciosas, no podía evitar seguirles con la mirada según pasaban por mi lado. Pero tenía que centrarme. Había venido aquí a por una viejecita rica, no a por una morenaza, con las tetas más grandes que mi cabeza… Una vez abrí la puerta de la C3 mi plan dio un giro de ciento ochenta grados. Entre las alumnos había una mujer de piel morena, alas negras y un imponente tamaño, probablemente doblándome la altura. Parecía un ángel, un ángel que ha descendido al mundo para bendecir la vista de simples mortales cómo yo. “A tomar por culo el plan de timar a una vieja, yo quiero que esta mujer se siente en mi cara hasta me deje sin respiración”. Fue lo que pensé nada más crucé la puerta, caminando con un paso lento y elegante hasta llegar al centro de la sala. -Señoritas… Mi nombre es Ernesto Guzmán Del Valle. -Comencé, a hablar, aún fingiendo el acento argentino con el que estaba interpretando a mi personaje. -Soy vuestro profesor sustituto, pues Valentino se encontrá indispuesto. -aplaudí un par de veces para que me prestaran atención. -Lo primero que haremos será estirar un poco para calentar. Así que primero traten de tocar sus pies con las manos sin doblar las rodillas. -Volví a dar dos palmadas para que comenzaran el ejercicio, y me dirigí a la zona donde estaban los alumnos para tenerlos más cerca. -Si necesitán ayuda estoy aquí para cualquiera de ustedes… -Solté finalmente, aunque mi mirada estaba fija en aquella diosa alada que aceleraba mi ritmo cardiaco cada vez que mis ojos decidían se detenían a contemplarla.
Karmas
RE: [Social] It takes two to tango [Presente Relativo] - Asherah Bel-Nadin - 06-12-2025 El salón olía a citrus y vanidad, un perfume Deportivo-Luxe que jamás admitirían vender, pero que flotaba en el aire como una promesa de cuerpos esbeltos y sudor elegante. Había venido a este centro de danza por capricho y tedio, intentando llenar un hueco que ni la pelea ni la fe podían completar. La isla de Samba no tenía la solemnidad de mis tierras previas ni la violencia disfrazada de cortesía de mis maestros; aquí, todo era ritmo y descaro, cuerpos que aprendían a expresarse sin pedir permiso. Y en algún punto —entre la disciplina estructurada de los ejercicios y la libertad insolente de los movimientos— descubrí que mi cuerpo, ese monumento de cuatro metros de carne y contradicciones, podía aprender algo nuevo: coordinación, cadencia, control. Me gustaba eso: la idea de diseñarme, de no ser una estatua sino una fuerza que se construye a sí misma. Ese día llevaba lo mínimo: un corpiño deportivo blanco y unas bragas del mismo tono, que dejaban mi piel morena casi desnuda. Y, por supuesto, el tatuaje —ese mapa de tinta que trepa desde mi espalda, baja serpenteando por la columna y se abre sobre las caderas para abrazar los glúteos, perdiéndose apenas debajo de la curva de los muslos. Había quienes creían que lo llevaba para seducir; yo sabía la verdad: lo llevaba para recordar que sobreviví a algo que intentó poseerme. Estaba preocupada en estirar adecuadamente, en mantener las alas recogidas —ese par de sombras pesadas y orgullosas— sin golpear a nadie, cuando la puerta se abrió con un estruendo teatral. Entró él. Delgado, desgarbado, con esa clase de elegancia rota que sólo quienes no temen al ridículo pueden sostener. Pelo teñido de morado, eyeliner perfectamente trazado sobre una cara que parecía pedir una siesta y un whisky al mismo tiempo, vestido como si hubiese robado el vestuario de un videoclip setentoso y hubiese dormido en él varias noches seguidas. El tipo de basura glam rock que en cualquier otra circunstancia me daría alergia, pero aquí… Ese tipo de presencia que no pide perdón y tampoco da explicaciones. La isla de Samba lo adoptaba sin cuestionar; yo, con cautela estética, también. Percibía un acento demasiado exagerado para ser real, demasiado seguro para ser accidental. Hablaba como quien juega a ser estrella, y quizá, en su cabeza, lo era. No me importaba si mentía. La mayoría de quienes pisan este salón mienten; mienten con el cuerpo, con la sonrisa, con las expectativas de convertirse en algo. Pidió que tocáramos los pies sin doblar rodillas. Ejercicio básico, humillante si se hace mal. Yo bajé con calma, deslizando la espalda en una línea larga, dejando que el tatuaje se expandiera y mis alas se cerraran como una capa nocturna. El suelo estaba lejos, pero mi flexibilidad había mejorado tanto que recién ahora la sentía parte de mi identidad y no un accidente anatómico. Fue entonces que noté su mirada. No la mirada invasiva que ya conozco. No la evaluación técnica que a veces tolero. Era una curiosidad sin vergüenza, una fascinación transparente, una atracción sin cálculo. Y aunque mi primer reflejo pudo haber sido el fastidio, o el clásico repliegue defensivo, algo distinto ocurrió: me divertí. Me recordó que, pese a todo, sigo siendo animal social, criatura de ego, superviviente que aprendió a disfrutar ser vista cuando no se siente amenazada. No cambié mi postura para complacerlo, ni “posicioné” mi cuerpo para conquistar. Simplemente mantuve el movimiento, consciente de que mi presencia generaba efecto sin esfuerzo suplementario. Alcé la mirada cuando habló de ayudar, sin darle todavía la cortesía de un gesto explícito. — Espero que tengás escalera, Ernesto Guzmán del Valle — dije, seca, elegante, con ese filo que es defensa y humor a la vez — Si piensas ayudarme a estirar, tendrás que alcanzarme primero... es todo un tema. No sonó a desafío sexual ni a invitación. Sonó a declaración de altura. Literal y simbólica. Me incorporé, dejando que las alas se abrieran apenas, ese mínimo gesto que hace ruido y reclama espacio. Noté su atención. Pero no respondí con total coquetería sino con neutralidad firme en mi mirada. Le di la espalda para volver al ejercicio, dejando que el tatuaje hablara por mí, extendido, palpitante en cada curva, como un aviso escrito en la carne: No toques sin permiso. No sueñes con domesticar lo que es libre.
Detalles
RE: [Social] It takes two to tango [Presente Relativo] - Iggy Rock - 08-12-2025 Traté de disimular lo máximo que pude, pero mis ojos no mentían, pese a contemplar en general al resto de alumnos mi mirada volvía a fijarse en ella, sus imponentes curvas y elegantes movimientos, una mirada que suscitaba peligro a la vez que deseo. “Mierda, esta mujer me va a volver loco”. Me decía a mí mismo moviéndome alrededor de ella para observarla desde todos los ángulos. Su atuendo, dejaba poco margen a mi imaginación, la cual volaba desatada fantaseando con cientos de posibles escenarios. Me acerqué a ella, siempre manteniendo una distancia prudencial, pues no quería que mi lujuria destapara mi tapadera de suplantación de identidad. No obstante según contemplaba su culo con descaro, el cual quedaba justo a la altura de mi cara, esta soltó que tal vez iba a necesitar una escalera si iba a querer ayudarle a estirar. No supe si fue una insinuación, tal vez un desafío, o simplemente estaba jugando conmigo. Lo importante era que tenía su atención. -Por vos construiría una escalera hasta el cielo con tal de alcanzarte. -Solté como si nada, tratando de contener en mi voz la excitación que sentía en aquel momento. Si aquello era un desafío estaba dispuesto a aceptarlo, y continuar este baile hasta el final, sin importar a donde nos termine llevando. Volví al centro de la sala, dando un par de palmadas para anunciar el fin del ejercicio. -Veo que tienen mucha flexibilidad, una maravillosa cualidad para prometedores bailarines. -Alabé a toda la clase pese a que en mi opinión ciertas personas del grupo tenían menos movilidad que un trozo de granito. -Para la siguiente parte del calentamiento necesito que todos agarren una pareja pues el tango, siempre es cosa de dos. -Prosegui, caminando lentamente hasta quedar enfrente de aquella Lunarian, aquella mujer que me había cautivado desde el minuto uno. Tomé su mano haciendo una pequeña reverencia. -Usted será mi pareja de baile la clase de hoy. -Solté con descaro, separándola del resto del grupo trayéndola conmigo para poder hacer los “ejercicios” centrándome únicamente en ella. Me aclaré la garganta antes de continuar hablando. -Para dominar el arte del tango necesitán unas piernas fuertes, capaces de seguir cualquier ritmo, cualquier compás. -Al mencionar esto no pude evitar contemplar esta parte del cuerpo de la mujer que permanecía a mi lado, morenas y fuertes. Realmente estaba deseando que me estrangulara con estas hasta dejarme perder la consciencia. Me distraje perdido en esta fantasía unos pocos segundos, derivando en un silencio bastante extraño. -Para ello en el siguiente ejercicio vais a trabajar esta parte del cuerpo, cada uno deberá hacer cincuenta sentadillas. -Proseguí como si nada y volví a dar dos palmadas dando inicio al ejercicio. Ahora permitiéndome fantasear sin tapujos con cada movimiento de esta alumna, al poder observar de cerca debido a mi posición privilegiada, esta vez con aún más descaro que antes me posicioné Justo detrás de ella a tan solo unos centímetros, observando su imponente espalda marcada con aquel bello tatuaje, lo recorrí de arriba abajo con la mirada terminando en sus firmes glúteos. -Realmente tu cuerpo es toda una obra de arte… -Solté casi en un suspiro, lo suficientemente alto para que ella lo escuche, pero no el resto de la clase, no sé si lo quise decir aposta o simplemente fue un pensamiento que se escapó sin pensarlo demasiado.
Karmas
RE: [Social] It takes two to tango [Presente Relativo] - Asherah Bel-Nadin - 15-12-2025 La clase no se detuvo por su frase grandilocuente —esa de construir escaleras hasta el cielo— pero algo en el aire sí cambió. No fue tensión ni incomodidad; fue esa vibración ligera que antecede al caos amable, al momento en que una rutina empieza a desviarse de su cauce sin pedir disculpas. Yo seguí moviéndome, como si no hubiera escuchado nada fuera de lugar, como si los excesos verbales fueran solo otra forma torpe —y entretenida— de calentar antes de tiempo. El piso de madera crujía bajo el peso desigual de los cuerpos. Algunos más livianos, otros torpes, otros demasiado conscientes de sí mismos. Yo sentía cada contacto con el suelo como un diálogo: el talón que cede, el arco que responde, la planta que se acomoda. El tatuaje en mi espalda parecía tensarse con cada respiración profunda, como si la tinta también participara del ejercicio, estirándose conmigo, marcando presencia. Cuando anunció el fin del ejercicio con palmadas, levanté el torso sin apuro. El sudor comenzaba a dibujar caminos finos sobre la piel, y el blanco de mi ropa ya no era impecable: se había vuelto honesto. Me gustó eso. La perfección siempre me pareció aburrida; el desorden bien llevado, en cambio, tiene encanto. Escuché el elogio general con una sonrisa mínima, ladeada. Algunas de las chicas intercambiaron miradas cómplices; una mink de orejas redondeadas resopló por lo bajo, claramente ofendida por el halago indiscriminado. Un humano de cabello rizado se estiró el cuello como si quisiera comprobar si, efectivamente, él también había sido incluido en ese “maravillosa flexibilidad”. No lo era. Y todos lo sabíamos. Cuando pidió formar parejas, el aula se agitó de inmediato. Pasos apurados, manos buscando otras conocidas, sonrisas nerviosas. El tango siempre despierta fantasmas: cercanía, liderazgo, cuerpos que negocian sin palabras. Yo no me moví enseguida. No por desinterés, sino por puro sentido práctico: a veces, ser grande implica esperar a que el mundo decida cómo acomodarse alrededor de una. Percibí su aproximación antes de verlo frente a mí. No porque lo estuviera buscando con la mirada, sino porque su presencia era ruidosa incluso cuando intentaba ser elegante. Caminaba como quien se sabe observado… y disfruta cada segundo. Cuando tomó mi mano y se inclinó en esa reverencia exagerada, no retiré la mía. Tampoco la apreté. Dejé el contacto justo en ese punto ambiguo donde no se sabe si es cortesía o promesa. — ¿Estás seguro? — comenté, con una media sonrisa tranquila — No soy precisamente material didáctico básico… pero puedo ser inspiradora. No sonó a advertencia ni a rechazo. Fue una concesión juguetona, una forma elegante de decir vos sabrás en qué te metés. Para entonces ya nos había apartado del grupo, y el murmullo del aula se volvió un telón de fondo expectante. Me acomodé frente a él, espalda recta, alas plegadas con cuidado. Varias miradas se clavaron en nosotros, curiosas, atentas. No había celos ahí, al menos no todavía: había espectáculo. Y Samba ama el espectáculo. Mientras hablaba de piernas fuertes, noté cómo algunos alumnos asentían sin comprender del todo. Una mujer mayor, piel curtida y rodete tirante, frunció apenas el ceño: gesto de quien conoce la técnica y sospecha del método. El tango no empieza así, murmuraba su expresión. Probablemente tenía razón. Pero no todo en la vida empieza donde debería. Cuando anunció las cincuenta sentadillas, el descontento fue inmediato y casi musical. Un suspiro colectivo recorrió la sala. Al fondo, un joven de brazos largos comenzó a contar con los dedos, como si pudiera renegociar el número. Una pareja de humanas intercambió miradas resignadas; una de ellas masculló que Valentino jamás hacía esto los martes. Yo, en cambio, incliné la cabeza una sola vez, aceptando el reto con naturalidad. No porque cincuenta fueran pocas, sino porque mi cuerpo quería acostumbrarse a responder antes de quejarse. Costumbre, no soberbia. Tomé posición. Pies firmes, espalda alineada. Al descender por primera vez, el tatuaje se tensó siguiendo el movimiento, como una sombra viva que acompañaba cada gesto. Sentí su cercanía detrás de mí. No invasiva. No inocente tampoco. Elegí no reaccionar de inmediato. A veces, dejar que el otro se delate es más divertido que confrontarlo. Bajé. Subí. Volví a bajar. Marqué el ritmo sin exagerar: constante, fluido. A mi alrededor, el grupo empezó a descomponerse. Posturas incorrectas, risas nerviosas, pequeños desequilibrios. Una mink felina perdió el balance en la tercera repetición y se rió sola. Nadie corrigió nada. Eso tampoco pasó desapercibido. — No te distraigas — dije al llegar a la décima, sin girar la cabeza — Si vas a mirarme, al menos contá bien. El comentario flotó con ligereza, sin filo, claramente cómplice. A mi izquierda, una chica de cabello azul soltó una carcajada ahogada y casi se cae. Seguimos. Veinte. Treinta. El calor se concentró en los muslos, ese ardor conocido que no molesta, sino que afirma. Mi respiración siguió pareja. Para entonces, el foco del grupo empezaba a resquebrajarse. Varias miradas se elevaban, buscando instrucciones que no llegaban. — Profe… — se oyó desde el fondo — ¿esto entra dentro del calentamiento de tango? Bajé una vez más, profunda, firme, y al subir sentí cómo el tatuaje se estiraba sobre las caderas, marcando cada línea de tensión con descaro elegante. Cuando escuché su comentario —ese susurro sobre mi cuerpo— no me sobresalté. Tampoco lo ignoré. Terminé la repetición en la que estaba —cuarenta y dos— y recién entonces me incorporé del todo. Estiré los hombros, dejé que las alas se movieran apenas, lo suficiente para recordarle a cualquiera que yo ocupaba espacio… y lo hacía con gusto. Giré la cabeza apenas, lo justo para mirarlo por encima del hombro, con una sonrisa ladeada, lenta, peligrosa. — Gracias — dije — Tiene sus días inspirados. No fue negación. Tampoco concesión total. Fue esa clase de respuesta que deja abierta la puerta… pero no invita a cruzarla sin pensar. Volví al frente y completé las últimas repeticiones con la misma cadencia. Al llegar a cincuenta, me quedé en pie, respirando hondo, haciendo que el pecho se bamboleara producto del esfuerzo. El aula era un coro de jadeos y quejas. La mujer del rodete se masajeaba las rodillas, visiblemente molesta. El brazos largos se dejó caer sentado. Desde un costado, alguien murmuró sin disimulo: — Valentino nunca usaba a un alumno como ejemplo… y menos para esto. La frase quedó flotando, asentando el efecto dominó que se había generado. Caos leve. Desorden. Expectativa. Exactamente lo que hacía interesante la clase. Me sequé el sudor con el dorso de la mano envuelto en el mitón y, recién entonces, le dirigí la palabra al profesor, con una sonrisa abierta, viva, curiosa. — Bueno — dije, escogiendo rápidamente en mi mente el orden y razón de las siguientes palabras para nada inocentes — ya que empezamos rompiendo moldes… espero que el resto del baile esté a la altura. No fue una queja. No fue un límite. Fue un desafío elegante. Y yo, claramente, estaba disfrutando cada segundo. RE: [Social] It takes two to tango [Presente Relativo] - Iggy Rock - 22-12-2025 El ambiente se notaba cargado, lleno de dudas pues los alumnos comenzaban a dudar de mi método de enseñanza. ¿Entendible? Sí, pues todo lo hacía por ver en primer plano el culo de la enorme peliblanca. La veía subir y bajar, con movimientos gráciles, elegantes, como si el sudor que bañaba su bronceado cuerpo fuese una ilusión, y no estuviera cansada en absoluto. No comenté, tampoco miré a nadie más pues solamente mi cabeza subía y bajaba al mismo ritmo que ella proseguía con el ejercicio, fantaseando con el escenario de estar debajo de ella, Una vez terminó escuché el murmullo como un choque de realidad. Los alumnos no estaban de acuerdo con el calentamiento. Si un fuerte pisotón sobre el suelo de madera, el sonido del golpe hizo eco, y toda voz quedó en silencio de nuevo. -Sé que estos ejercicios parecén poco convencionales, pero la realidad es que ustedes tienen razón. Todo esto no vale para una poronga. -Me acerqué a una de las esquinas del aula y agarré una guitarra española. La lancé justo a quien me había preguntado si esto era parte del calentamiento de tango. Haciéndolo con tanta fuerza que casi se la parto en la cara. -Por pelotudo ahora tocá algo bonito y con fuerza… Demostrá voluntá… -Volviendo de nuevo a mi lugar agarré a la mujer de la cintura y la atraje hacia, sus bragas casi rozando mi nariz, mi cada quedando tan solo a unos milímetros. Miré hacia arriba, con una sonrisa picarona. Mi mano apretó su culo con fuerza según el sonido de la guitarra comenzaba a extenderse por la sala. -El tango no es técnica. El tango es pasión. Tienes que sentir tu corazón alimentar el fuego de tu interior, como un fuelle. Y dejá que el incendio sea quien guíe tus movimientos. ¿Tenia idea de bailar tango? No, ¿Tenia sentido lo que estaba diciendo? Pues en su cabeza si. Tomé la mano izquierda de la enorme peliblanca y con la derecha aún en sí trasero comencé a dirigir el baile, era complicado debido a la diferencia de altura pero no me achanté en ningún momento, supe dirigir sus pasos y movimientos hacia donde yo quería. No era tango en absoluto lo que estábamos haciendo. Era un baile mucho más pegado pues no le dejaba siquiera un milímetro de distancia, podía sentir su piel irradiando calor, un calor que anulaba todos mis sentidos y mi capacidad de pensar otra cosa que no fuera querer hacer mía a esta mujer en todos los sentidos. Una vez la guitarra terminó de sonar, no me separé, con la respiración agitada, y mi mente completamente perdida solo pude decir una cosa. -Obviamente esto es un tango especial, no es el que todos conocéis. -Dije en alto a toda la clase. -Y si quieres a ti te puedo dar clases privadas… -Esto último solo iba dirigido a la morenaza, sin tapujos ni rodeos. Dejé de disimular ser un caballero si es que en algún momento lo había sido, y le propuse aquello, obviamente ambos sabiendo las segundas intenciones que había detrás de mis palabras.
Karmas
RE: [Social] It takes two to tango [Presente Relativo] - Asherah Bel-Nadin - 29-12-2025 Cuando me atrajo hacia él, el gesto no fue simbólico ni elegante: fue directo, anclado a mi cintura, como si quisiera comprobar con las manos que yo era real. La diferencia de alturas hizo el resto. Su rostro no ascendió hacia el mío ni quedó atrapado en el vaivén del pecho; quedó abajo, muy abajo, a la altura exacta donde el cuerpo deja de ser discurso y se vuelve territorio. Sentí su nariz rozar el borde de las bragas, su respiración caliente filtrarse contra la piel del bajo vientre. Un punto vulnerable. Deliberado. Inequívoco. No reaccioné de inmediato porque había algo honestamente osado en elegir ese lugar desde el cual mirarme. Desde allí, él tenía que alzar la cabeza para verme… y aun así no podía. Mi rostro quedaba lejos, fuera de su campo visual obstruido por el volumen de mis senos. Si quería encontrar mis ojos, yo tendría que doblarme. Y no lo hice. Al menos, no todavía. Me mantuve erguida, enorme, dejando que la escena se acomodara a su propia lógica: yo como presencia vertical, él como fuerza que empuja desde abajo, desde donde el cuerpo manda señales más primitivas. Su mano apretó mi trasero con decisión, marcando ritmo y provocándome un suave respingo más muscular que por sorprendido. El contacto fue firme, seguro de sí, pero también revelador: no había control ahí, sino insistencia. Una forma de decir estoy acá, te siento, no me achico, incluso cuando mi cuerpo lo superaba por completo. El movimiento que siguió no fue tango. Fue fricción. Un vaivén cerrado, denso, donde mis caderas dictaban la marea y él se adaptaba, pegado, sin conceder espacio. Cada paso mío obligaba a recalcular el suyo. Cada giro hacía que su frente rozara mi vientre, que su aliento subiera y bajara con el movimiento. Yo sentía el calor concentrarse ahí y diseminando desde ese punto exacto a pequeños y escurridizos escalofríos que erizaron el resto de la piel. Mis alas se mantuvieron plegadas, pero tensas, como si supieran que el equilibrio dependía de no intervenir todavía. Alrededor, el aula ya no era aula. La guitarra sonaba irregular, cargada de nervio. El chico que la tocaba evitaba mirar directo, pero erraba acordes cada vez que mis caderas pasaban cerca de su periferia. La mink felina tenía la cola enroscada alrededor de una pierna, ojos muy abiertos, mandíbula apretada. Dos humanas cuchicheaban sin disimulo, una claramente excitada por el descaro, la otra debatiéndose entre la indignación y la curiosidad. La mujer del rodete seguía inmóvil, rígida, pero no se iba. Nadie se iba. El espectáculo los tenía cautivados. Yo seguí el baile sin perder el centro. No porque él me guiara —eso sería exagerar su rol— sino porque me interesaba ver hasta dónde sostenía la osadía sin quebrarse. Su cuerpo estaba tenso, expectante, completamente volcado hacia mí. No había técnica, pero sí una convicción cruda que, admito, tenía su encanto. Cuando la música cesó, no me aparté enseguida. Él quedó ahí, respirando agitado, aún pegado a mi pelvis, como si el final del sonido no hubiera sido suficiente para indicarle que el movimiento podía detenerse. Desde esa altura, no podía ver mi expresión. Yo sí podía sentir la suya: la respiración, el pulso acelerado, la leve vibración de quien sabe que ha cruzado una línea… y está esperando la respuesta. Entonces decidí cambiar la geometría. Di un paso atrás, lento, controlado. El contacto se rompió. El aire entró entre ambos como una pausa necesaria. Incliné el torso hacia adelante, mucho más de lo que antes había querido conceder. Mis alas se abrieron apenas para equilibrar el peso. Solo así, agachándome a propósito, pude encontrar su mirada de frente. La diferencia seguía siendo brutal. Incluso así, yo tenía que inclinarme más de la cuenta para hablarle sin imponerme desde arriba. Sonreí. No fue una sonrisa amplia ni condescendiente. Fue curiosa. Evaluadora. Sutilmente seducida y seductora a la par, aunque no vencida. — Clases privadas… — repetí, despacio, saboreando la frase — qué manera de proponerlas. Es todo un tema. Mi voz fue baja, lo más que pude aunque no fue mucho y lo suficiente para que solo él la oyera. Me acerqué un poco más, sin volver a cerrar el espacio por completo. Dejé que entendiera que el acceso no estaba prohibido… pero tampoco garantizado. — Aunque — añadí, girando apenas la cabeza para que mis labios quedaran cerca de su oído — quizás hoy podríamos simplificar las cosas, para todos. El susurro fue claro. No explícito. Inconfundible. Me enderecé despacio, recuperando toda mi altura, toda mi presencia. Desde arriba, lo miré con una calma cargada de intención, de esas que no necesitan prometer nada para resultar peligrosas. Luego miré al resto. — Creo que por hoy la clase puede considerarse… libre — dije con naturalidad, como si fuera la decisión más pedagógica del mundo — ¿Verdad, profe? — añadí para devolverle autoridad, si es que todavía la mantendría, y quitarme el peso de la decisión y las miradas de encima —que desde luego a esta altura ya no me incomodaban. Hubo risas nerviosas. Algún aplauso tímido. Nadie objetó. El chico de la guitarra dejó caer los brazos, aliviado. La mink exhaló como si hubiera estado conteniendo el aire. La mujer del rodete negó una última vez con la cabeza, pero esta vez con una mueca que no era del todo desaprobación. Volví a mirarlo a él, obligándolo a alzar la vista si quería sostener el juego. — Si vamos a seguir explorando la pasión — concluí, sin apuro mientras mis pulseras resonaban al vibrar unas contra otras mientras limpiaba el sudor de mi frente y me reacomodaba la tiara — será mejor hacerlo lejos de un público tan atento — por último despegando la tela sudada de mi busto con un tirón. Me giré con la total intención de ir a tomar mis cosas, segura de que ahora la decisión estaba de su lado. No había rendición en mi gesto. Había curiosidad. Y una invitación apenas velada a ver si estaba dispuesto a caminar —o aprender a mirar— hacia arriba desde otras perspectivas. RE: [Social] It takes two to tango [Presente Relativo] - Iggy Rock - 03-01-2026 En cuanto ella retrocedió pese haber pasado un instante, no pude evitar añorar su cercanía, el contacto de mi mano sobre su bien formado trasero. Apreté los dientes y forcé una sonrisa. Quería más, quería recorrer y explorar cada centímetro de su piel durante mucho más tiempo. En cuanto dio ese paso atrás y se inclinó pude ver de nuevo su cara, aunque para que mentir, mi mirada estaba puesta en su escote, pues tras los ejercicios y el baile, su pecho, apenas cubierto por aquel top blanco de licra, estaba cubierto de sudor, dándole un aspecto jugoso y resbaladizo. Mi mente volaba libre, imaginando cientos de escenarios no aptos para todos los públicos. Cuando cual perfecta melodía, su dulce voz me trajo de nuevo a la realidad. Mencionó las clases privadas pero no fue clara si las había aceptado o no. Solo las mencionó como si nada, aunque los dos sabíamos que si se daban, tal vez no fueran solo clases de baile. Tras ello, como si ella fuese la que impartía la clase, sugirió dejar lo que quedaba de clase libre. Al mencionarlo pude notar la crispación de algunos de los presentes, pues era normal, apenas habíamos hecho un par de ejercicios y ahora ¿Dábamos la clase por finalizada? Eso sí era todo un tema. Pues ni de broma se había acercado al nivel de seriedad y rectitud que podía ofrecer la docencia de este centro. -La señorita tiene razón. -Solté mirándole de reojo, aun con aquella sonrisa maliciosa en mi rostro. -Todos os habéis esforzado muchísimo, pero el baile es como saber follar o se sabe o no se sabe y uno tiene que mejorar con la práctica, no con la teoría. ¡Así que todos a bailar y a follar señores! -Grité despreocupado y alegre, señalando a todos los asistentes según les guiñaba el ojo. Algún tímido vítore y aplauso se oyó entre la multitud, pero la mayoría eran caras de entre seriedad y estupefacción. Pues no eran idiotas y mis evidentes intenciones se veían a la legua. Aquella morenaza divina, decidió concluir con algo más, si íbamos a explorar el tema de la pasión que fuera en un lugar privado, ajeno a miradas indiscretas. A mi no me importaba hacerlo en público, no iba a ser mi primera vez ni tampoco la última pero debía respetar sus deseos. Mirando atentamente, como la tela se despegaba de su busto di una palmada, esta vez no para anunciar el principio ni el final de ningún ejercicio. Bajo mis pies, apareció una de mis galletas, me arrodillé sobre esta y utilizándola de plataforma me elevé lo suficiente para por primera vez, mirarle a sus ojos claros y resplandecientes desde una posición más elevada, forzándole a ser ella la que tuviese que levantar la mirada. La clase había terminado, y ya podía dejar de interpretar al personaje que había creado, ya no era Ernesto, el profesor seductor que se conformaría con quedarse a sus pies, usando solo su labia y palabrería como arma. Volvía a ser Iggy, y yo no iba a quedarme mirando desde abajo, no iba a dejar que me intimidara. -Si quieres ir a un lugar más ajeno a presencias no deseadas, podríamos a tu casa, no me importa si está lejos, no eres la única que sabe volar. -Le sugerí ya sin el acento argentino que estaba forzando todo este tiempo, según movía el dulce flotando en el aire, siempre cerca suya. Recogió sus cosas dispuesta para irnos a otro lugar. -Por qué mi habitación de la posada donde me estoy hospedando es demasiado pequeña, y no tendremos espacio suficiente para que podamos bailar con libertad. -Se notaba que la mujer tenía pasta, por lo que era una mejor opción ir donde viviera ella, rodeada de lujos, que ir a mi cutre habitación en una posada de mala muerte. Coloqué la galleta de nuevo muy cerca suyo, haciendo que mi cara quedara a centímetros de la suya. Moví mi mano para acariciar su mejilla, y lentamente fui bajando, rozando con delicadeza cuello, clavícula, justo deteniéndome cuando estaba a punto de palpar su pecho, no por que no quisiera, pues me moría por hacerlo, tampoco por que no me atreviera. Pero quería esperar al momento indicado y ya cuando estuviéramos a solas, no iba a detenerme.
Cosos
RE: [Social] It takes two to tango (+18) [Presente Relativo] - Asherah Bel-Nadin - 26-01-2026 “El baile es como saber follar..." Ahí confirmé lo que ya intuía desde que había tomado el centro del salón: ese hombre no era profesor. Y, francamente, gracias a los dioses por eso. El aula quedó vibrando después de sus palabras. No por lo que dijo —que fue brutal, innecesario y deliciosamente fuera de lugar— sino por cómo lo dijo: sin pedir permiso, sin corregirse y sin retroceder. Un par de alumnos se pusieron a improvisar pasos torpes cerca del espejo; otros se sentaron en el piso a estirar, riéndose con nerviosismo. Dos humanas ya caminaban decididas hacia la recepción, mascullando palabras como falta de respeto, esto no es una milonga, Valentino jamás. La mink felina se había subido a la barra de estiramiento y miraba todo con ojos brillantes, como quien acaba de ver algo que en su vida olvidará. Yo tomé mis cosas con calma; la botella de agua, la toalla húmeda, para guardarlo todo en el bolso grande que siempre parece chico cuando una mide cuatro metros. El sudor seguía pegándome el corpiño blanco al cuerpo, transparentando sin pedir disculpas, pero si bien sabía que afuera estaría fresco, no me apuré en cubrirme. No era pudor lo que faltaba, era urgencia lo que sobraba. Y mientras hacía caber mis pies en las zapatillas para no seguir descalza, fue entonces cuando sentí su presencia acercarse antes de verlo. Cuando giré, lo entendí: esta vez no hubo nada de teatralidad, ya no estaba interpretando a un personaje... sin embargo, algo había cambiado. Ya no estaba tan abajo. Bajo sus rodillas flotaba una... cosa imposible —una galleta, sí, mi cerebro aceptó la ridiculez con rapidez sorprendente, decidiendo no preguntar al respecto todavía— que lo elevaba lo justo para que, por primera vez, no tuviera que doblarme para enfrentar su mirada. Era divertido y curioso, todo junto. Astuto el tipo. — Mirá vos.. Así que también volás — dije, tranquila pero con sarcasmo — debí imaginarlo, es todo un tema. Su mano llegó a mi mejilla; el contacto fue lento, medido, consciente de cada centímetro que avanzaba. No me moví, mi piel se encontraba todavía con el pulso cálido y el sudor perlando la superficie. Dejé que bajara por el cuello, la clavícula, hasta detenerse donde claramente sabía que debía detenerse… por ahora. — Tenés claro cuándo frenar — murmuré alzando una ceja — Eso te da puntos. Alrededor, el aula ya era ruido de fondo. El golpe tras la puerta principal anunciando problemas inminentes fue casi oportuno. — Si nos quedamos — dije acercándome apenas para no obligarlo a estirarse — en menos de cinco minutos va a entrar un coordinador con cara de velorio y ganas de escribir informes. Y yo ya hice suficiente… cardio emocional por hoy. Deslicé la mano por su antebrazo que no fue un tirón, sino una invitación clara. — Hay una salida de emergencia por los vestuarios grandes. Nadie mira por ahí. Al inclinarme para abrir el bolso, el movimiento fue deliberado: el sudor marcando cada línea bajo la tela mojada. Saqué una prenda de abrigo oscuro, tipo sobretodo, y me la coloqué con calma cubriendo apenas lo necesario. Era práctico; decente para el afuera, inútil para borrar la imagen previa. Avancé por el lateral del aula tomando la ruta de intersección que daba a dichos vestidores y luego doblé hacia unas puertas dobles que se abrían mediante un pasamanos largo de presión. No me preocupé por el supuesto profesor porque sabía que vendría. El pasillo de emergencia era estrecho pero larguísmo ya que abarcaba todo el costado sur del Centro, sin eco de aplausos ni miradas encima más que mis propios pasos. Me detuve antes, como a unos tres metros, de la puerta que daba al exterior, ocupando el espacio completo. Incluso con su truco flotante, la diferencia seguiría siendo clara: yo imponía volumen a la escena. — Antes de salir de acá... — dije, encarando nuevamente con una torsión de cuerpo similar a la que llevamos hace minutos en uno de sus grandilocuentes pasos para el calentamiento de tango — vamos a aclarar algo. Incliné el torso hacia adelante, obligándolo a mirarme sin atisbo de distracción. — ¿Cuál es tu nombre de verdad? Porque desde el primer ejercicio supe que profesor no eras… y "Ernesto" tenía una tonada que no concordaba con ese léxico bastante pobre, es todo un tema. Una pausa para escuchar su respuesta. Lo miré evaluándolo, sin disimular mi sugestiva actitud persistente. — Y ya que estamos en un momento de sincericidio — añadí — tengo una cabaña alquilada cerca del río. Tranquila. Con espacio suficiente para moverse… pero hay que meterle pata para llegar hasta allá. Supongo que vas a tener que seguir usando esa galleta para no dejar huellas. Me acomodé la mochila y me giré sobre mis pies, el abrigo me cubría las alas por lo que apenas unas plumas habían quedado como evidencia cayendo al suelo debido a la fricción con la tela. — Pero no te equivoqués — dije, ladeando apenas la cabeza para mirarlo — Las clases privadas no se conceden. Sonreí... Lento... Picante. — Se ganan, hhh-heh-hhh~ Me adelanté lo que restaba hacia la puerta y la empujé con el hombro, dejando que el aire entrara cual corte frío. Salí segura de que ahora la pelota estaba de su lado. No había promesa... Había desafío.
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RE: [Social] It takes two to tango (+18) [Presente Relativo] - Iggy Rock - 30-01-2026 Como le gusta a la gente tocar las pelotas… Tenía sentido, algunos de los alumnos seguían ofuscados, molestos por la negligente clase que había impartido. Es normal que buscaran algún superior para notificarlo y que me sacaran a patadas de allí y no me dejaran volver a entrar. Traté de improvisar algo que me sacara de esta y poder seguir tonteando con la alumna sin interrupciones pero una vez más ella fue más rápida. Indicó que había una salida, una que nadie usaba y podríamos usar para escapar sin ser vistos. Sonreí, genuinamente, pues me gustaba ver que era rápida de mente, sabía pensar y buscar soluciones rápidas, algo que hacía a aquella mujer aún más atractiva, por si no fuese suficiente su explosiva figura. Asentí y esperé que indicara el camino. Esperé que tomara sus cosas, se colocara delicadamente una prenda de abrigo. Una que apenas tampoco le cubría demasiado, lo cual agradecí, pero tampoco parecía que fuese en ropa interior. Me senté sobre el dulce con las piernas cruzadas y me moví detrás de ella, casi hipnotizado por el movimiento de sus caderas. Pasamos por los vestuarios, hasta llegar al pasillo que había mencionado. Según nos alejábamos, el ambiente de caos y ajetreo del aula fue interrumpido por silencio, el cual solamente era interrumpido por los pasos del grácil caminar de la Lunarian. De golpe casi llegando a la puerta, se detuvo, algo que no vi venir, haciéndome frenar tarde y casi chocar de cara con el culo de la imponente morenaza. “¿Por qué he frenado?” Pregunté maldiciéndome a la vez que volvía a elevar la galleta para ambos quedar cara a cara, absorto por sus profundos ojos claros. Antes de salir me aclaró que se había dado cuenta de mi engaño, que antes incluso de que cambiara el acento ella se había dado cuenta que no era un profesor y que no me llamaba Ernesto. Me dejé caer sobre el dulce y me llevé la mano a la cara para comenzar a reír. -Joder… ¿Tanto se ha notado? -Pregunté entre carcajadas, tratando de calmarme. -Realmente eres lista de cojones, pensé que había clavado la actuación. Al menos un novato de recepción me había dejado pasar como si nada. Sequé mis lágrimas y volví a reincorporarme para mirar el rostro de facciones divinas que tenía frente a mi de nuevo, di un pequeño brinco impulsándome con los brazos para llegar al borde del dulce, para acortar la distancia entre ambos. -Mi verdadero nombre es Iggy un placer conocerla señorita, una humilde estrella del rock a su servicio. -Hice una leve reverencia, inclinando levemente la espalda, sin levantarme de mi posición. Mi tono de voz sonaba con picardía, como si estuviera exagerado cada una de las palabras que pronunciaba. En cuanto mencionó la cabaña no lo disimulé, cerré los puños, los ojos y mordiendo mi labio inferior lo celebré como si ya hubiese ganado, dando por hecho que las “clases privadas” eran algo inminente. Pero como si hubiese leído mi evidente reacción me comentó que estas “clases” se ganaban no se daban. Tras esto salió del edificio, decidida y con una seguridad abrumadora. Tras aquello, no pude esperar, sonreí atontado como un niño, dispuesto a jugar a un juego al que no le gustaba perder. Me puse en pie y crují mi cuello, tronándolo hacia ambos lados. Decidido empujé salí al exterior justo detrás de ella. Salimos a una plaza la cual estaba bastante concurrida, hecho que nos podría ayudar a escabullirnos. No parecía que nadie nos siguiera lo cual agradecí bastante, no obstante me solté el pelo el cual llevaba recogido como si aquel cambio fuese a suponer alguna diferencia en que me reconocieran o no. No obstante no dejé que la peliblanca avanzara demasiado, aceleré la velocidad del dulce hasta alcanzarla por detrás. Mis brazos rodearon su cuello de forma posesiva, con la suficiente fuerza para no dejarla continuar con si trayectoria e hiciera una pausa. Apreté mi pecho contra su espalda y comencé a susurrarle lo suficientemente cerca de su oído para que a cada palabra sintiera el calor de mi cargara respiración a cada palabra. -Ahora te toca a ti responderme una cosa… Si te diste cuenta que no era profesor… ¿Por qué me dejaste continuar una clase… En la que obviamente tú tenías toda mi atención? -Mordí levemente su lóbulo y mis manos volaban libres contorneando su figura desde sus hombros hacia abajo. Por si no fuera suficiente le di la vuelta, quedando ambos cara a cara. Estaba tan cerca que sentía su pecho pegado al mío, agarré sus mejillas con ambas manos para que no desviara la mirada y con el mismo tono de voz, cargado de picardía y lujuria proseguí mi discurso. -Así que… A pesar saber parar cuando la ocasión lo requiere… pero una vez lleguemos a la cabaña no pienso detenerme hasta hacerte gritar mi nombre… Tras esto volví a mover la galleta hacia atrás, dejando tras de mí una tensión que tarde o temprano acabaría estallando. -Pero antes de que eso pase… ¿Podría tener el honor de saber el nombre de la diosa que tengo enfrente? -Incliné la cabeza y me llevé la mano al pecho con la misma dramatización que caracterizaba a casi todas mis acciones, esperando una respuesta y que comenzara a indicarme el camino hacia aquella cabaña prometida.
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RE: [Social] It takes two to tango (+18) [Presente Relativo] - Asherah Bel-Nadin - 31-01-2026 El aire de afuera me golpeó primero en la piel y después en la cabeza. Frío limpio. De esos que acomodan las ideas sin saber que están mezcladas. La plaza se abría frente a nosotros con una normalidad casi insultante: gente cruzando con bolsas, una pareja discutiendo en voz baja cerca del cantero, un grupo de estudiantes sentados en el borde de la fuente compartiendo bocados. El mundo seguía funcionando como si adentro no hubiera ocurrido ningún pequeño cataclismo pedagógico ni ningún “profesor” hubiera decidido dinamitar un centro de danza con la banda sonora de una guitarra y una boca demasiado floja. Caminé unos pasos más antes de aflojar el ritmo. No porque estuviera apurada —porque no lo estaba— sino porque necesitaba sentir cómo el cuerpo bajaba apenas las revoluciones. El sudor ya no era protagonista; ahora era recuerdo. Y con él, venía la certeza de los hechos. No iba a volver a ese centro por un buen tiempo. No había sentido vergüenza ni culpa de lo ocurrido, pero todavía poseía lucidez y dos dedos de frente. Demasiadas miradas habían aprendido cosas que no correspondían a una clase regular. Y yo, francamente, no estaba para explicaciones ni para pedidos de disculpas con olor a reglamento. Al ratito entre mis cavilaciones, escuché el cambio en el aire antes de sentirlo. Esa alteración mínima que no se ve pero se percibe cuando alguien decide alcanzarte con intención. La galleta —sí, todavía me resultaba ridículo pensarlo— se desplazó con un silbido suave a mi espalda, y antes de que pudiera girar, sus brazos me rodearon el cuello. No fue brusco. Fue decidido. Me detuve, no tanto porque me lo impusiera sino porque elegí hacerlo. El contacto de su pecho contra mi espalda no me tomó por sorpresa; le había anticipado esas ganas de contacto desde el pasillo. Su respiración se sentía con una cercanía calculada, caliente, insolente. Esbocé una sonrisa, sin que él pudiera verlo. — Así que ahora tocás sin pedir permiso — murmuré, tranquila — Veo que el personaje del profesor murió rápido. No intenté zafarme pero tampoco me entregué totalmente al gesto. Mi cuerpo se mantuvo firme, plantado, obligándolo a sostener el contacto si quería conservarlo. Sentí sus manos desplazarse, explorando contornos que ya conocía de memoria ajena. Permití lo justo... Siempre lo justo. Cuando habló, lo escuché... de verdad. La pregunta no era banal; era inteligente, incluso provocadora: por qué, si había sabido desde el inicio que no era quien decía ser, lo dejé continuar. El roce en el lóbulo de mi oreja me arrancó un escalofrío involuntario. Debía admitir que el tipo alimentaba bien el juego de la atracción física que me había renovado. Solté una breve risa por la nariz. Baja. Cálida. — Hhh-heh-hhh~ Porque no estabas mintiendo del todo — respondí sin girarme aún — No eras profesor… pero tampoco estabas actuando, no al menos conmigo. Y eso se notó enseguida en el cuerpo, es todo un tema. Giré entonces, lenta, obligándolo a soltarme si quería mirarme de frente. La diferencia de alturas volvió a ordenarse: yo imponía volumen; él compensaba con cercanía y esa insolencia tan poco ortodoxa. Sus manos tomaron mi rostro, buscando sostenerme la mirada. No aparté los ojos, pero tampoco me vi rendida. Aproveché para examinarlo bien: ahora se había soltado el cabello y su facha de engominado se había desarmado; sus facciones eran algo toscas y con ese delineado negro su mirada pareciera anticipar al peligro, a leguas se notaba es aura... sin embargo no era ese miedo visceral que te lleva a escapar, era el tentativo a querer cometer travesuras con él. Quizás si era cierto que era una estrella de rock después de todo, o al menos daba toda la pinta. — Además — añadí — me aburren los hombres previsibles. Y vos… claramente no lo sos. Pero cuando sus palabras avanzaron, cuando prometió demasiado pronto y con demasiada seguridad, alcé una mano y la apoyé en su pecho, firme, justo por donde la camisa negra dejaba expuesta su piel, marcando una pausa real. — Pará — dije, sin alzar la voz y justo antes de que decidiera alejarse. —Todavía no llegamos a ninguna cabaña — continué, inclinando apenas la cabeza, lo justo para que entendiera que no me estaba negando, sino ordenando el juego — Y si algo te dije claro, justamente, es que sabés frenar… usalo. No te olvides. Su teatralidad al pedir mi nombre me arrancó una sonrisa más amplia, ladeada. Clásico. Dramático. Exagerado. Y, admito, encantador en su exceso. Recuperamos así espacio propio. El sobretodo se movió conmigo, abriéndose apenas mientras guardaba ambas manos en los bolsillos. No para mostrar; para recordar lo que había debajo. — Asherah — dije al fin, sin adornos — Ese es mi nombre. No lo malgastés. Lo observé registrar la palabra, cómo la probaba en silencio. Siempre me gustó ese segundo en el que alguien decide si un nombre le queda grande o le queda chico. — Y antes de que sigas con discursos épicos — añadí — aclaremos los tantos. Giré el cuerpo y empecé a caminar de nuevo, marcando rumbo hacia el borde menos transitado de la plaza. Esta vez sin prisa, pero sin detenerme. Si quería seguirme, iba a tener que hacerlo a mi ritmo. — La cabaña queda río arriba — expliqué mientras avanzábamos — Un tramo se hace caminando. Otro… veremos cómo lo resolvés sin llamar la atención. Méritos, ¿recordás? Me detuve un instante y lo miré por encima del hombro. — Y una cosa más, Iggy — pronuncié su nombre con calma, probándolo yo también — Me gusta tu audacia. Me gusta que no te achiques. Pero si en algún momento confundís intensidad con derecho… No terminé la frase a posta. Mi mirada completó la advertencia con suavidad peligrosa. Reanudé la marcha, segura de que el desafío ya había quedado planteado. Si algo había aprendido ese día era esto: el verdadero baile no empieza cuando suena la música… empieza cuando ambos deciden no retroceder, pero tampoco atropellar. Y yo todavía estaba marcando el compás. |