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Danza-Samba [Autonarrada de tier 1] [Presente relativo] - Trixxie Pappitson - 08-12-2025 Día 46 de Invierno, año 16 Reino de Samba, Centro de Danza Haber pasado por aquella escena en el cañaveral de Samba me dejó un sabor de boca tan amargo que ni toda la música de la isla pudo endulzarme el ánimo. La marina qué decepción tan predecible. Siempre había escuchado historias, rumores, comentarios al aire, pero vivirlo en carne propia fue otra cosa. Descubrí que su “justicia” no es más que una versión torcida, diseñada para gente mediocre que necesita sentirse superior a alguien más para recordar quiénes son. Y lo peor es que muchos lo aceptan como si fuese lo correcto. Salí del cañaveral casi con el impulso de sacudirme la piel, de borrar cualquier rastro de aquel tipo y sus garras. Sí, garras. Esa sola palabra me revolvía el estómago. Jamás he podido con los minks que las exhiben como si fueran algo digno, como si no representaran la suciedad y lo salvaje en su peor forma. Después de ese encuentro desagradable, me juré a mí misma que, si quería disfrutar Samba de verdad, lo haría lejos, muy lejos, de cualquier otro marino y, sobre todo, lejos de cualquier criatura con esas malditas extremidades que me ponen la piel de gallina Pero Samba es inmensa, un laberinto vivo de ritmo y colores, y caminar para mí nunca ha sido un problema. Al contrario, estoy demasiado acostumbrada, mis pies pueden llevarme horas sin que yo sienta más que el placer de descubrir algo nuevo y así, dejando atrás el cañaveral y ese mal recuerdo que prefería enterrar de inmediato, seguí avanzando hasta que el camino me regaló una maravilla inesperada. Frente a mí se levantaba un enorme cartel, pintado con colores vibrantes que parecían bailar incluso sin música, Centro de Danza de Samba, ahí sí que mi corazón dio un pequeño brinco. Porque si hay algo que las Kuja sabemos hacer, además de luchar, mandar y intimidar a quien se lo merece, es bailar. Somos buenísimas para eso, buenísimas, y todo el mundo lo sabe. Tenemos el cuerpo, la postura, la flexibilidad, la cadencia, el fuego interno y, por supuesto, el sazón necesario para movernos como si hubiéramos nacido del propio ritmo. Eso, también, todo el mundo lo sabe. Así que encontrar ese lugar se sintió como un pequeño regalo del destino, como si la isla misma quisiera disculparse por haberme cruzado primero con lo peor de ella. Aquí, frente a este centro de danza, ya podía sentir cómo la energía volvía a subir por mis piernas, invitándome a entrar y dejar que el ritmo hiciera el resto. No esperé demasiado y entré al sitio, porque, aunque me había inventado todo lo anterior, tenía mucha curiosidad por ver a la gente de esta isla bailando al son de la música. En los cuatro días que he estado aquí no he parado de sorprenderme por la cultura de esta gente, apenas crucé la puerta, una oleada de melodías vibrantes me envolvió. El ritmo era distinto. No era música común, cada instrumento parecía tener vida propia, como si el sonido mismo fuera parte de la esencia de la isla. Las personas no solo bailaban, flotaban, giraban, se deslizaban como si el aire fuese más liviano para ellos. Un anciano con una máscara colorida se acercó a mí con una sonrisa pintada en el rostro. —Primera vez en una Sala de Ritmos, ¿eh? —dijo y pude ver sus ojos brillando bajo la máscara y simplemente sentí, incapaz de disimular mi asombro. —No te preocupes —me volvió hablar mientras me daba una suave palmada en el hombro —Aquí el cuerpo aprende solo. La música te guía. — y creo que tenía razón. El suelo vibraba con cada compás, como si quisiera invitarme a moverme, poco a poco, mis pies comenzaron a seguir el ritmo sin que yo tuviera que pensarlo, la energía del lugar era contagiosa, casi mágica Me sentía parte de algo místico. Bailar era realmente liberador, y mucho más después de haber pasado por un momento tan feo. Estar aquí ahora me ayudaba demasiado. —¿Cómo es su nombre, abuelo? —pregunté mientras mi cuerpo seguía moviéndose casi por instinto, nada coordinado, claro, una mezcla de pasos caóticos pero guiados por el ritmo que la música me regalaba. Varias personas volteaban a mirarme de vez en cuando; supuse que por mis movimientos torpes, o porque era evidente que no era de la isla, aun así, nadie parecía burlarse. Más bien, había sonrisas curiosas, como si mi presencia añadiera un toque nuevo a la danza colectiva. El anciano rió con suavidad, una risa profunda que parecía tener siglos de historia. —Puedes llamarme Yareu —respondió, inclinando ligeramente la cabeza —Soy uno de los maestros de baile de esta isla, al menos eso dicen los jóvenes para hacerme sentir importante. — Se movía con sorprendente ligereza para alguien de su edad, como si sus articulaciones fuesen parte del propio compás, entonces me hizo un gesto para que lo siguiera. —Relaja los hombros. Aquí no se baila bien o mal, se baila con el alma —explicó mientras trazaba un movimiento circular con los pies, simple pero elegante, yo intenté imitarlo, y aunque mi versión era un desastre, la música parecía aceptarme tal como era, una Kuja, una supuesta guerrera del mar, bailando como si no hubiera un mañana en una isla que ni siquiera era mía, quizás era una falta de respeto a todo lo que yo misma represento, pero en resumidas cuentas, yo quiero explorar el mundo y sus culturas y ayudar a todos en el camino si es posible. —Oiga, abuelo… ¿hay algún lugar donde pueda rentar una habitación aquí? —pregunté mientras trataba de acompañar sus pasos, aunque los míos seguían siendo un caos simpático, necesitaba saber dónde podría pasar los próximos días. No tenía barco al cual regresar y, claramente, dormir en la calle no era una opción. Yareu dejó de bailar por un momento, apoyando ambas manos en su bastón adornado con cintas de colores. Sus ojos, llenos de vida pese a su edad, me observaron con atención, como si estuviera analizándome más allá de mis palabras. —Ah, así que no solo bailas perdida —dijo con una sonrisa cálida —También andas sin techo. Eso cambia las cosas. —Se rió suavemente y me indicó que lo siguiera hacia una zona menos concurrida de la sala. Las luces de colores se reflejaban en las paredes como si fueran destellos atrapados en cristal. —En esta parte de la isla nadie duerme a la intemperie si no quiere — me explicó con un tono casi orgulloso —Hay una posada cerca del muelle, La Casa de las Olas. Es sencilla, pero muy acogedora y la dueña es una mujer amable, de esas que adoptan viajeros sin hacer preguntas. —Mientras caminábamos hacia la salida, seguía sintiendo la vibración de la música en el pecho, como si aún quisiera guiar mis pasos. —¿Está lejos? — le pregunté con curiosidad, porque podía quedarme un poco más a bailar, pero también tenía que buscar un lugar en donde dejar mis cosas para seguir explorando la isla. —No mucho. —Yareu me señaló con el bastón hacia el exterior —Dos calles bajando, siguiendo el farol azul. No puedes perderte, incluso si tus pies bailan solos, RIGIGIGI RIGIGIGI — añadió riendo y me contagió su risa sin querer, yo en verdad no tengo problemas por estar en ninguna isla, me gusta viajar y ayudar, pero cuando uno se siente aceptado las cosas hacen que las despedidas sean feas. Me despedí del anciano con una pequeña reverencia, delicada pero sincera, como agradeciendo no solo su calma sino el simple hecho de haberme ayudado. Luego, con el ánimo un poco más ligero, emprendí mi camino casi danzando, como si cada paso quisiera acomodarse al ritmo que aún vibraba desde algún rincón de Samba. No tenía cómo perderme, él me lo había explicado con esa claridad que solo la gente mayor posee cuando conoce cada piedra de su tierra. Dos calles hacia abajo, seguir el farol azul, y justo allí debía encontrar la posada, era demasiado fácil, directo, sin misterios y eso, por supuesto, todo el mundo lo sabe, así que avancé, dejando que mis caderas marcaran un compás suave, dejándome llevar por el ambiente, por la música, por la sensación de que, al fin, estaba encaminándome hacia un sitio donde podría descansar y, quizá, disfrutar la isla como realmente se debe. No caminé demasiado, aunque para mi nunca es demasiado y llegué al sitio, desde afuera no parecía la gran cosa, una posada como muchas que he visitado a lo largo del tiempo que llevo yendo de isla en isla. Me tomé mi tiempo para ver la fachada del lugar, como se veía por fuera, le di la vuelta, lo miré por todas partes, sabía que podía romper y que no según lo que hiciera, porque es evidente que alguien como yo suele causar un poco de desastre en cuanto llega a un sitio, y aun tenia dos cosas importantes que hacer en Samba, encontrar historia y esperar al chico que la revolución enviaría para protegerme, aunque no es como que lo necesite demasiado. Por fin volví a estar en frente de la puerta y me disponía a entrar. RE: Danza-Samba [Autonarrada de tier 1] [Presente relativo] - PX-5 - 08-12-2025 ✓ Aventura Autonarrada: Completada RECOMPENSAS: — Puntos Mugiwara: 5 — Reputación: 15 — Berries: 10.000 |