![]() |
|
[Fic][Pasado] La fábrica de golosinas y un encargo vibrante - Versión para impresión +- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com) +-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3) +--- Foro: South Blue (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=7) +---- Foro: Baterilla (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=298) +----- Foro: Pueblo Baquella (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=299) +----- Tema: [Fic][Pasado] La fábrica de golosinas y un encargo vibrante (/showthread.php?tid=2708) |
[Fic][Pasado] La fábrica de golosinas y un encargo vibrante - Akira Raito - 09-12-2025 Día 19 de Otoño, Año 16
La patada provocó tanto ruido que aquel gordito “golosinas” se cayó de culo del susto. Le faltó ni medio centímetro para que de la caída empezara a rodar dado su aspecto físico. Pero algo no cuadraba del todo. Aquel hombre no parecía estar seguro al cien por cien de quién era. Era como si sintiera miedo por el simple hecho de estar allí en aquella fábrica, sin ser consciente del verdadero problema detrás de todo esto.
Apariencia del gordito “golosinas”
Akira miró atrás para ver si encontraba a Gray por algún lado, pero tras el rechinar del metal de la puerta y la chapa de la caseta, parecía que había aprovechado aquel momento de distracción para esfumarse a la velocidad de la luz. El joven rubio miro a ambos lados del muelle, pero ni rastro. El color gris de su pelaje le ayudaba a camuflarse en la oscuridad. Y con dudas acerca de su actuación, y sin saber cuáles eran sus verdaderas intenciones, Akira lo dejó estar. Por un lado, le pareció algo hipócrita todo aquello después de la conversación que acababan de tener. Por otro, y siendo una cazadora de recompensas, tal vez el hecho de que el “golosinas” no tuviera un alto precio por su cabeza le había hecho cambiar de opinión, pero, ¿y los niños? Regresó de inmediato la mirada dentro de la caseta roja. Aquel gordito todavía seguía en el suelo, como medio escondido entre tanta maquinaria de azúcar. Akira le mantuvo la mirada unos segundos, asegurándose de que su presencia le causaba tanto respeto que no iba a hacer que moviera ni un solo músculo. Una vez consiguió eso, lo siguiente que hizo fue recorrer con la vista el interior de aquella caseta.
Interior de la caseta roja
Se frotó los ojos, no podía creer que era lo que estaba viendo—. ¿Cómo es posible que algo así se encuentre en los astilleros? —pensó mientras recuperaba el sentido y regresaba su mirada al gordito. El hombre era tal y como le describió el chico del barco: bajito, gordito, de pelo blanco… Pero con la piel de un color amarillento, como medio podrida, y las uñas largas y mal cuidadas, como con hongos—. Con razón no ha conseguido convencer a ningún niño… —suspiró con desgana. Y es que, a pesar de que no hubiera conseguido engañar a ningún menor, algunos de los adultos de la isla sí que sabían de su existencia y de la manera en la que movía su mercancía para hacer dinero. —A ver, y sé claro, no me creo que todo esto sea tuyo… ¿Por qué traficas y qué era lo que pretendías hacer con los niños? —le dijo de manera directa y sin rodeos. —¿Niños? ¿Qué niños? Los niños solo me traen problemas, no saben ser discretos… No quiero niños cerca… En cuanto a lo otro… Bueno, me hace ganar bastante dinero. Baterilla tiene tantos turistas que buscan fiesta que es bastante sencillo hacer negocio —pero qué hombre más confiado. Otro que tampoco se andaba con rodeos. Le había confesado a Akira que era él quien se encargaba de vender aquellas drogas sin ni siquiera pensárselo dos veces, y no solo eso, también le había reconocido que no era él quien estaba detrás de los niños, pero, ¿podía creerle? —Pues esa gente dice que intentas atraer a niños a esta caseta, y por las pintas que tienes, viejo podrido, no me creo yo que sea tuya… Esto es… Demasiado bonito, demasiado limpio… ¡Y en la mierda de tus uñas se pueden plantar patatas! —le señaló directamente a la cara. Más que una detención aquello parecía un capítulo de una serie de comedia—. ¿Pero usted quién es? —Soy el “golosinas”, ¿y tú? —se la devolvió señalando a Akira de la misma forma, apuntando con su dedo índice a su cara—. Bueno, mira, me da igual, no puedes ir por ahí vendiendo droga, te vienes conmigo al cuartel —y al primer paso del marine, aquel viejo que parecía un goblin empezó a correr por toda la caseta, saltando por encima de la cinta transportadora y tirando cosas por medio para entorpecer el paso del rubio, aunque sin ningún éxito. El gordito tropezó con un saco y Akira lo pudo agarrar y esposar sin dificultad, pero ese saco se movía. Lo abrió y, en el interior, pudo ver a otro gordito bastante parecido al “golosinas”, solo que este hombre sí que estaba aseado y con buen color de piel. Eran como gemelos, solo que uno claramente había sido la oveja negra de la familia. El pobre hombre tenía la boca tapada y las manos atadas, así que lo liberó de sus ataduras para que pudiera expresarse, pero no le dejó a Akira ni un segundo de reacción cuando, tras liberarlo, saltó de cabeza apuntando al “golosinas” podrido, dándole tal golpe que el impacto hizo retumbar toda la caseta, obligando a Akira a ejercer una fuerza enorme para que no saliera volando del impacto. Aquel golpe había provocado el efecto de un terremoto, un cabezazo que había provocado una onda de choque y que había hecho vibrar toda la caseta.
El auténtico “golosinas”
—¡Os he estado escuchando! ¡El “golosinas” soy yo! ¡Y los niños vienen a por chuches! ¡Este hombre me amordazó cuando estaba durmiendo y lleva toda la noche haciéndose pasar por mí! ¡Deténgalo señor agente! —explicó agitado el nuevo “golosinas”. Akira no daba crédito—. ¡Pero si ya lo tenía detenido, casi lo pierdo por ese cabezazo que le acabas de dar! —por su parte, el impostor apenas podía mantener la conciencia activa, aquel golpe le había dejado tonto y apenas podía articular palabra. —¿Dónde has aprendido a golpear así? —preguntó Akira con curiosidad. No llegaba a entender del todo cómo alguien que dominaba ese movimiento había sido amordazado sin apenas enterarse, ya tenía que tener un sueño profundo… Aunque viéndole, seguramente hasta estaría roncando mientras le metía en el saco—. ¡Enséñeme su licencia de comerciante! —después de todo lo que estaba sucediendo, Akira no podía permitirse un fallo más. Tenía detenido al camello y secuestrador, pero el tema de los niños era lo que más le preocupaba, y si este hombre estaba intentando atraerlos hasta la caseta, algo bueno no podía haber detrás. Rápidamente se puso a rebuscar en los cajones de una estantería y le enseño al marine todos los papeles de licencia, de alquiler, e incluso su documentación—. ¡Muchas gracias por salvarme de este hombre! ¡Se parece a mí, pero no tengo ni idea de quién es! ¡Si tuviera un hermano me acordaría! —le cogió la mano libre a Akira y empezó a agitarla a modo de agradecimiento—. Si quieres aprender a dar estos cabezazos tendrás que ir a la isla del Karate y hablar con Sira Matcha, si alguna vez pasas por allí, dile que eres amigo del “golosinas” y cuéntale toda esta historia, ella me conoce bien. ¡Toma! —y velozmente se movió a otro lado de la caseta para llenar de dulces un saco y entregárselo al joven marine—. ¡Para ti! ¡Para ti todas! ¡Toma! ¡Y estos de aquí también! —Akira en la vida había tenido tantas chucherías juntas. —¿Eres de isla Karate? —le preguntó mientras se echaba el saco al hombro—. ¡Por supuesto! ¡Y menos mal que me has salvado! —se acercó corriendo para intentar darle una patada al que le había suplantado la identidad, algo que Akira evitó levantándolo a la fuerza con el brazo del que lo tenía enganchado. Aquel hombre era como un gnomo hiperactivo. —Ya está bien, ya me encargo yo de él. ¡Muchas gracias por las chuches! Seguramente pasaré por aquella isla. Sira Matcha, anotado. Ya puede estar tranquilo buen hombre, pediré a la patrulla del puerto que preste especial atención a su caseta, así evitamos que algo parecido pueda volver a pasar —ya tenía al delincuente camino de encontrarse entre rejas, y la patrulla que iba a vigilar la caseta, aparte de encargarse de que no le pasara nada al gordito, también serviría para averiguar si realmente tenía algo que ver con los niños. Aunque todo aquello había quedado a un segundo plano y pareciera más un malentendido que otra cosa. —¡Gracias, muchas gracias! ¿Su nombre, agente? —Raito, Akira Raito. Aunque si es para darme honores, llámeme soldado Solaris —se rio con un poco de vergüenza mezclada con una creciente confianza en sí mismo. —¡Akira para los amigos! ¡Solaris para los enemigos! ¡Gracias, muchas gracias! Ahora mismo, en la cabeza del joven marine solo resonaba el nombre de Sira Matcha. ¿Quién sería aquella mujer? ¿Qué clase de estilo de lucha dominaba para ser capaz de enseñar aquellas técnicas tan alucinantes? Ondas de choque… Era algo tan curioso y tan potente, que estaba ansioso por poder aprender ese estilo de combate y adaptarlo al suyo propio. Si esto era una señal para empezar a trabajar en sus técnicas, era la señal perfecta. Y el objetivo de aprender a dar golpes vibrantes le daba la motivación que necesitaba para ello. |