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Fragmentos de tu amor... que nunca olvidaré :: Privado :: Pasado - Maria Merlot - 21-12-2025 Narrador / María Merlot
Día 49 de Primavera, año 16. …………………………………… Thump thump ¿Iba a morir? Thump thump ¡Quería morir! Thump thump ¿Por qué no la dejaban morir? Thump thump Su mente estaba nublada, su cuerpo era un juguete. Había vuelto a caer en las manos equivocadas, luego de que aquel buen hombre la salvará de Grizelda. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Qué le habían hecho? Preguntas que no podía contestar porque nada tenía claridad, las pocas veces que era consciente… prefería estar muerta, y era curioso porque siempre había luchado por sobrevivir, siempre había tenía el optimismo de sacar lo bueno de la mierda de vida que tenía... hasta cuando estuvo bajo el yugo de “ÉL”, pensó en escapar y seguir viviendo, pero ahora era diferente, sus captores actuales la habían drogado, la tenían intoxicada con mil y un brebajes que distorsionan su realidad, que aumentaba su lívido, que saca su alma y dejaba solo un cascaron vació.
Ese día en particular… había estado algo lúcida, a veces se les olvidaba darle la dosis en las horas específicas, y hoy sucedió. Estaba sobre un sofá, recostada de un asqueroso hombre. Se trataba de Patrick, era quien regía ese barco hecho prostíbulo, era un jodido cerdo que le gustaba tenerla como una muñeca de trapo, cuando se aburrida la ofrecía a sus clientes “como la mercancía más valiosa”, y luego la golpeaba por “acostarse con otros”, un enfermo pervertido en toda la regla. — ¿Buscas gente para tu tripulación? Tengo buena información, si… — comento con seguridad, María no sabía de qué hablaba, ni con quien. — ¿Conoces por quien pregunto? — fue la primera vez que escucho su voz, una voz suave, firme y neutral, una voz que no tenía miedo, que no terminaría como un ser sin voluntad como ella. La mujer celeste dirigió sus orbes ámbar a aquel que hablaba con Patrick, un hombre de tez morena y cabello chocolate pero eso no era lo que más resaltaba de su estampa, eran sus ojos… ojos fantasmales. Lo vio rechazar varias mujeres que se acercaron con intenciones sexuales, él era diferente a cualquier otro hombre que hubiera pasado ese barco. Él parecía capaz de hacer todo, él parecía capaz de matar… de acabar con su sufrimiento dándole la salida de la muerte. Cuando sus miradas se cruzaron, quiso suplicarle “MATAME, matame y dame paz” pero su boca apenas se movió y ningún sonido salió. Patrick seguía hablando sin prestar atención al deseo de la semisirena, pero el hombre de ojos fantasmales no le quitaba la mirada de encima, quizás vio la desesperación en la menuda mujer. — ¿Te gusta mi Sirena? Te puedo dar una buena oferta por una noche con ella. Si no te has acostado con una sirena no conoces el placer de la vida. Son unas mujercitas deliciosas, te recargan de omega 3 — bromeó carcajeándose nauseabundamente. María vio como el de ojos fantasmales inclinó la cabeza, sus ojos brillaron con una emoción que no supo identificar pero justo en ese momento pudo gesticular lo que más deseaba su corazón “MA-TA-ME POR FA-VOR”; lo vio negar levemente con la cabeza — Haré algo mucho mejor… voy a enseñarte y mostrarte cómo cambia el mundo cuando vivir deja de ser una obligación y se convierte en tu libertad… — comentó con determinación, y la mujer, en su intoxicación, casi pudo jurar que vio un halo de luz a su alrededor… — ¿De qué demonios hablas? — preguntó Patrick, y esa fue la última vez que escucho su repulsiva voz… ……………………………………………………………… El hombre la cargaba en brazos, envuelta en una manta que ocultaba el espantoso y vulgar atuendo que llevaba puesto… nunca había visto nada con tan poca tela. ¿Por qué la ayudó? Difícil y complejo de responder, lo único que sabía es que había visto en aquellos orbes ámbar tal deseo de morir, que necesitaba enseñarle a vivir, y la vida solo podía ser vivida desde la libertad… ¿Acaso ese no era su camino? Así llegó a su barco, yendo directo a la habitación del médico con una sola petición “Cuidala”. RE: Fragmentos de tu amor... que nunca olvidaré :: Privado :: Pasado - Hyákinthos - 21-12-2025 ***
Diálogos: Así Pensamientos: Así *** Libertad.
Las palabras que promulga el hombre que se hace llamar capitán no tienen sentido para él.
¿Qué es la libertad?
El mundo es cruel.
La vida es cruel.
El pez más grande al pequeño se traga.
Así funciona la naturaleza y también la sociedad.
Es lo que conocía, es el mundo que lo había criado y en el que, activamente, participaba.
Por eso no podía entender las acciones del capitán.
“Cuídala”
Esa simple orden le provocó un cortocircuito a su cerebro. ¿Cómo alguien podía confiar en él para cuidar a otra persona? Claro, se supone que ahora era el médico de abordo.
Que extraño era regresar a la época en donde de verdad velaba por el bienestar de una tripulación, pero… ¿Esa chica era parte de ellos?
Sabía que tenía mala memoria, pero, aun así, algo le decía que era la primera vez que se veían.
—¿Quién…?
No tuvo tiempo de recriminar nada, cuando sintió la mirada del castaño sobre él, una mirada decidida y que parecía no tener intenciones de discutir su orden.
—Bien, haré lo que pueda por ella.
Y con esas palabras, el hombre más bajito le entregó el cuerpo de la completa desconocida, aun envuelto en una manta que la cubría casi en su totalidad y, sin más que decir, el castaño salió de la habitación dejándolo a solas con la extraña.
—¿Qué voy a hacer contigo? Ni siquiera me dijo que es lo que padeces —. Con la mujer en brazos se movió hasta quedar frente a una camilla sobre la que intentó acostar a la chica, aun sin quitarle la manta de encima, para poder examinarla con detenimiento, aunque con solo ver su rostro teñido de rojo y esa mirada perdida podía darse una pequeña idea: ella estaba intoxicada.
—¿Puedes hablar? ¿Puedes decirme que tomaste? Alguna pastilla, un brebaje, una planta o, tal vez, algo más —. Quiso mirarla a los ojos, dándose cuenta del brillo lacrimoso que empañaba los dorados ojos desorbitados. Ella no hablaría, lo supo en ese instante y, en el caso de que lo hiciera, nada coherente saldría de su boca. —Jmmm, olvida la pregunta, no es necesario que la respondas, mejor recuéstate ¿Puedes hacer es…?
Su pregunta quedó a medias cuando la mujer le dedicó una seductora sonrisa, eso sí, no de esas sinceras, si no de las fingidas, lo supo porque en ningún momento dejó de verla a los ojos que, aunque brillantes, parecían los de alguien que está muerto en vida, los de alguien que actúa por inercia…esa no es la mirada de alguien que actúa por deseo propio.
Escuchó un par de palabras halagando su apariencia, otras más hablando sobre “servirle de la forma en la que él quisiera” y, antes de que pudiera reaccionar para obligar a la chica a alejarse de él y acostarla sobre la camilla, sintió unos brazos rodeando su cuello y el aliento cálido de la muchacha cerca de su oído, nuevamente, susurrando promesas atrevidas, pero casi inentendibles.
Frunció el ceño, mientras que sus brazos permanecieron a sus costados, sin intención alguna de tocar a la muchacha de ninguna de las maneras en las que ella pudiera sugerir y, aunque la acción lo incomodó, fue suficiente para que su mente terminara de armar el rompecabezas sobre el estado de la chica, no solo estaba intoxicadas, debía haber tomado drogas sexuales que se quedaban chicas al lado de cualquier tipo de afrodisíaco.
—¿De dónde te sacó ese muchacho? —Aun se le dificultaba recordar el nombre del capitán, pero no venía al caso. Su mente empezó a trabajar para llenar los fragmentos de historia que aún no le cuadraban del todo, tal vez debería llamar al moreno y preguntarle directamente, eso sería de más ayuda que trabajar a ciegas, pero, justo cuando lo pensó, su idea fue interrumpida por una mano que quería colarse bajo la tela de su camisa.
Esa acción lo hizo reaccionar y mirar hacia abajo para encontrarse de nuevo con la muchacha de cabellos celestes. —No, no lo hagas —. Esta vez fue su mano la que se movió, tomando la de la chica entre sus dedos y alejándola con delicadeza, algo que lo hizo notar algo más, la manta que, hasta ahora, cubría a la desconocida se había movido lo suficiente para que notara la escasa ropa, si es que se le podía llamar así, que ella llevaba puesta.
—¿Una prostituta? —No era inocente como para no darse cuenta de lo obvio, después de todo, varios prostíbulos visitó cuando era más joven, siendo arrastrado por los piratas con los que viajaba en cada ocasión y, cada vez, odiando más esos lugares de mala muerte que solían frecuentar sus antiguos compañeros. No era lo suyo, pero lo que vio, por más mala memoria que tuviera, se quedó guardado en su cerebro. No era raro ver a algunos “trabajadores” intoxicados para cumplir con su labor. Nunca se metió, nunca les prestó atención, nunca intentó ayudarlos…seria hipócrita de su parte cuando suponía que la razón por la que estaban ahí seguro era por esclavistas como lo era su tripulación de aquel entonces.
Pero ahora…la orden del capitán volvió a dar vueltas en su cabeza y supo que, al menos a esta chica, no podía dejarla a su suerte, aunque, primero tenía que pensar en como sacársela de encima sin ser demasiado brusco.
Entendiendo que era su estado y quizá el que siguiera pensando que estaba en el burdel, desechó con rapidez la idea de apartarla a la fuerza, debía ser más delicado, dejar que confiara, pero al mismo tiempo, seguirle un poco el juego, no con acciones, si no con palabras.
—¿En verdad quieres hacer algo por mí? —Su pregunta salió en un susurro grave pronunciado cerca de la oreja de la chica, tal como ella había hecho con él. —Entonces recuéstate en la camilla y haz lo que te pido ¿Sí? —No hubo resistencia, era como un robot al que podías darle una orden y la cumpliría de inmediato. Casi le dio lástima.
—Para que quede claro, no tengo intenciones de hacer nada de esas cosas que dijiste antes ¿Me entiendes? Solo quiero examinarte —. Sabía que eso último podía malinterpretarse por la circunstancia, pero lo decía del modo más profesional posible. —¿Me lo permites? —Ella asintió. —Bien —. En ese momento el doctor aprovechó para hacerse a un lado y abrir la ventanilla de la habitación, dejando que el viento frio de la noche entrara al cuarto para ser el acompañante que se encargaría de refrescarlos y, de paso, mantener airada a la muchacha.
Se encargó de cubrirla con la manta, no hasta el cuello, no quería asfixiarla, pero al menos cubría desde su torso hasta la mitad de sus muslos y así, tapada, el médico la giró hacia su costado, dejando que la cabeza de la chica quedara mirando hacia el borde de la camilla, aquel que daba al suelo, luego le acercó un balde. Sabía que el cuerpo de ella podía llegar a querer expulsar aquella droga a través del vómito, aunque no sabía cuanto podía tomarle eso…ni siquiera sabía cuando fue la última vez que la drogaron…era difícil trabajar así.
—¿Sabes? Si sientes nauseas no tienes que contenerte, puedes vomitar, no soy un cliente —. Con delicadeza movió algunos mechones de cabello del rostro de la chica, dándose cuenta de que el largo pelo celeste podría atravesarse y ensuciarse si ella decidía vomitar…eso sería desagradable, así que prefirió sacrificar una de las ligas del cabello que tenía en su muñeca y, como pudo, amarró en una coleta el cabello de la muchacha. —Así está mejor ¿No crees? —. Le sonrió, pero no sabía si ella podía entenderlo.
—¿Tienes un nombre? —No quería que se durmiera, no ahora, eso sería malo, así que siguió hablándole, aunque realmente ella no pudiera responderle con claridad y a él se le olvidaran sus respuestas. —¿Cómo fue que conociste al capitán “chibi”?
—Recuerda respirar hondo, sé que me estas escuchando y sé que puedes hacer eso, toma todo el aire que puedas —. Ella así lo hizo y, con eso, los minutos pasaron hasta que el pelirosa notó como el cuerpo de ella se removía un poco antes de que una arcada llegara y con ella, el vómito empezó a salir.
No supo cuando tiempo estuvo sosteniendo el balde frente a la cara de la chica, pero para el final, de la garganta de la desconocida solo salía un líquido transparente que indicaba que ya no había más nada en su estómago que pudiera devolver, aún así, por precaución, dejó el balde frente a la muchacha hasta que ella misma se retiró de su lado y volvió a recostar su cabeza sobre la almohada de la camilla.
—¿Te sientes mejor? —Dejó a un lado el balde y se apartó un poco para buscar un vaso con agua, intentando no quitarle a la chica los ojos de encima por demasiado tiempo. Cuando consiguió el vaso con agua y un pequeño frasco con un polvo negro, se acercó de nuevo a la muchacha. —¿Ahora podrías hablar con más claridad? Aunque, bueno…no importa si no puedes, con que me des una señal de que estas mejor que antes me ayudarías —. Volvió a sonreírle y notó como ella sudaba.
Dejó a un lado el vaso con agua y le acercó un pañuelo para secarla lo más posible antes de agarrar de nuevo el vaso y acercarlo a la boca de la chica. —Sé que puede ser muy pronto, pero bebe un poco, a pequeños sorbos ¿Sí? —La obligó a dar al menos un sorbo del agua, aunque ella terminó pidiendo más y él no tuvo más remedio que complacerla, pero respetando esa misma regla que él había colocado: nada de beberse el agua de una sola sentada.
—Ah…pensé que no querrías tomar tanto después de todo lo que vomitaste, ahora tendré que buscar más para diluir el remedio —. Suspiró y se levantó de nuevo de su silla, para repetir el proceso de antes y regresar con rapidez al lado de la chica.
—Espero que no seas remilgosa para tomar medicinas, porque debo darte algo que terminará de absorber los químicos que tienes en tu estómago, eso te librará más rápido del malestar de la intoxicación —. No sabía si ella entendía de lo que él estaba hablando, pero empezó a preparar una pequeña dosis de carbón activado. —Aunque admito que sería más fácil si supiera que fue lo que te obligaron a tomar —. Sí, usó la palabra obligación porque sabía que ella no podría haberlo hecho por su cuenta. —Así podría darte algo más adecuado…
Terminó la preparación y, como antes, acercó el vaso a la cara de la chica, haciendo que bebiera poco a poco la mezcla hasta que no quedó nada en el vaso.
—Bien…con eso deberías empezar a mejorar —. La miró con esa expresión que parecía la de un ángel, nadie podría sospechar, si lo vieran ahora, la mente tan desequilibrada que tenía aquel médico, pues sus ojos inocentes y esa sonrisa de amabilidad no podían ser dignas de un demonio ¿o sí? Bueno, al menos había sido de ayuda para la chica frente a él, eso era algo no tan negativo en su hoja de vida. RE: Fragmentos de tu amor... que nunca olvidaré :: Privado :: Pasado - Maria Merlot - 22-12-2025 Narrador / María Merlot
…………………………………………… Thump Thump thump Thump thump thump Los latidos de su corazón se sentían irreales, como su vida misma. Su mente era un revoltijo de algodones dónde cualquier razonamiento rebotaba hacia ningún lugar en particular. Su cuerpo, su cuerpo nunca había sido tan ajeno como lo era ahora; no respondía a ella, respondía a estímulos externos; era una reacción inmediata que la llenaba de asco, desesperación y ganas de dejar de vivir… porque si en la densidad de su pensamiento algo hizo clic, fue entender que ellos jamás la dejarían estar lo suficientemente lucida para escapar, así que su única oportunidad radicaba en morir; fuera por mano propia o haciendo enojar a uno de los clientes de Patrick. Por eso, cuando vio aquellos ojos fantasmales… le pidió que la liberara de su calvario.
¿La habría matado?
¿Estaba su alma vagando en el limbo? Sintió frío, luego calor. Sintió un cálido abrazo, sintió una refrescante brisa. ¿Era el paraíso? ¡Qué vida tan patética! Una existencia que si desaparecía no desequilibraría el universo, solo sería una simple partícula de polvo limpiada de una historia más grande. Un descartable personaje secundario, con una tragicomedia escrita por un Dios malvado y ocioso; una historia que se remontaba a cuando despertó en aquel barco como prisionera y sin recuerdos, a la edad de 13 años… ¡Mente en blanco! ¡Frío! ¡Miedo! ¡Ignorancia! ¡Debilidad! Tantas ramificaciones brotando de una persona tan joven… solo ocasionó un quiebre a tal nivel que se fragmentó en miles de pedazos y recluyo dónde nunca la alcanzarían: Su Mente.
¿Una nube? ¿Flotaba en una nube? El viaje hacía la muerte parecía tan curioso como irrelevante, porque lo que más deseaba era apagarse de una vez por todas. Sus párpados, a medio abrir, dejaban a la luz sus orbes ámbar… desenfocados, sin vida ni brillo. Cuando su cabeza se inclinó hacia un lado por la gravedad, vio un destello rosa… ¿una nube rosada? ¡Un Algodón de Azúcar! Le hablo, pero no entendió nada de lo que le decía, sin embargo, algo sí percibió… la suavidad y dulzura en su entonación. Eso la hizo sonreír, aunque por efecto de la intoxicación fuera una sonrisa llena de lascividad. El Algodón de Azúcar con las melodías que salían de sus… hilos dulces, le cobijaban el corazón, la hizo sentir por un momento… “No tan mal”, lo cual era un cambio radical a todas las sensaciones de mierda que había estado experimentando los últimos meses. ¿Si se acercaba y lo mordía, si se lo comía… su malestar desaparecería? Por eso con las pocas fuerzas que tenía se lanzó a sus brazos y le susurro palabras que ni ella entendió pero que en su cabeza no sonaron mal… ¿o si lo eran? Deseaba agarrarlo, deseaba estrujarlo… deseaba devorarlo… sus manos así lo intentaron pero con la misma paciencia de antes el Algodón de Azúcar le negó el avance… Su boca se sentía seca, pastosa, su cuerpo caliente… sus extremidades laxas; pero de todos, su estómago era el peor, un revoltijo de magma que la atenazaba con cada bocanada de aire, no solo estaba drogada, no solo era usada, sino que los brebajes también le causaban un horrible efecto secundario en el estómago, como si la quemaran por dentro… no importa por dónde se mirara, la muerte era la mejor opción. ¡No quería seguir sintiendo! La conciencia volvió a irse, sus ojos podían estar abiertos, pero su mente no estaba ahí… de fondo siguió escuchando la melodía del Algodón de Azúcar; y como no era dueña de sí misma, su cuerpo reaccionaba a él, a sus órdenes que resultaban a su voluntad una verdad absoluta que cumplir y obedecer. ¿Tienes miedo?
Es normal… No te dañare... Ven… ¡Hermanita!
¿Cómo te sientes? Quien diría que un Shaman… Podría utilizar cosas de los Mink cómo ingredientes... Empecemos por el principio:
No estás muerta… No soy un Dios… No se si te reencarnaras con un lujurioso pandero…. Tan solo soy un mendigo preocupado… Por las heridas en tu rostro…. Una vez alguien le contó que antes de morir vería pasar por delante de sus ojos fragmentos de su vida, y justo así estaba sucediendo, una combinación de psicodelia y realidad… aquel cangrejo que conoció hacía mucho tiempo, o la mink que con cariño le llamaba “hermanita” o el desgarbado hombre que confundió con un Dios, y que así se quedó en su corazón… ese último recuerdo le hizo afligirse, porque sabía que no sería su cara la que vería cuando la luz se extinguiera, pero si hubiera una deidad que la recibiera en el más allá, esperaba que no se pareciera a él tampoco, que se pareciera Patrick o a “quien no debe ser nombrado” para cogerlo a golpes por la vida que le había tocado vivir.
Como un volcán… el contenido en su estómago erupcionó, y sus ojos se abrieron de par en par, descargando todo lo que tenía y no tenía en una cubeta… ¿de dónde había salido? Ni idea. Su cabeza tocó la cómoda almohadilla, y ahí estaba de nuevo, aquella dulce voz… sus ojos buscaron por… inercia al dueño, el Algodón de Azúcar, que aunque seguía siendo borroso, la mancha rosada era difícil de pasar por alto. ¿Agua? ¿Le estaba ofreciendo agua? Una lagrima, seguida de otra y otra brotaron de sus ojos… ¡Cuánto amaba el agua! pero le restringieron su acceso, porque ellos lo sabían, y así la castigaban, a veces la ponían frente al mar, le mostraban la libertad de las profundidades, su único y gran anhelo, y luego la regresaban a la putrefacta y árida recamara de la perdición. El agua tocó sus labios, empapó su lengua y abrazó su garganta. Era una adicta que había estado sin su adicción por tanto tiempo que volverla a sentir… fue extraño y maravilloso, ajeno pero tan propia de su ADN, que otra vez las lágrimas dejaron sus ojos. Si estuviera más hidratada, seguro aquellas delicadas líneas saladas serían cascadas sin control, dejando salir todo su dolor, frustración, miedo y… esperanza — …. m….a…s… — su voz apenas salio, ese sonido se sentía tan irreal en sus oídos como si le perteneciera a otra persona. Él la complació… y como si el agua la regresará a la vida, mientras refrescaba su estómago, menos dolor sentía… Él continuo hablando, un ángel que le dio agua, y empezaba a verse con claridad, no era un algodón de azúcar gigante, era un hombre de largos cabellos rosados, delicada piel blanca, preciosos ojos amarillos y cálido espíritu bondadoso... ella solo se quedo acostada, con la cabeza apuntando a su dirección. Su estómago estaba calmándose pero eso no implicaba que su mente regresará tan rápido a un estado “normal”, después de todo, tenía meses intoxicada. Y aún faltaba lo peor, la fase de abstinencia… Sus ojos se cerraron, entró nuevamente a la inconsciencia pero ahora por somnolencia. Esta vez no soñó nada, no había nada en su mente, y eso era… balsámico. Hasta que un susurro maldito fue tomando forma… …
Kass … Kassan … Kassandra … ¡KASANDRA! — ¡NO! — grito despertando abruptamente ante la jugarreta de su mente, tal fue el repentino levantar que se tropezó y cayo de la camilla.
PLAF
Retumbó por el lugar, su cuerpo se resintió, y un “augh” escapó de sus labios. ¿Dónde estaba? Sus recuerdos eran confusos, se levantó con dificultad, e intentó ver alrededor… y fue cuando lo vio, el hombre de antes, el Algodón de Azúcar. ¿Su nuevo captor? Como un animalito temeroso, se arrastró en dirección contraria al hombre, metiéndose debajo de la camilla, abrazando sus piernas, intentando hacerse pequeña… como si eso la fuera a borrar de su radar.
¿Por qué se escondía?
¡Porque tenía miedo! ¡Porque continuaba confundida! ¡Porque era patética! Sus ojos peinaron la habitación, habían muchas cosas filosas… objetos que con un roce certero derrumbarian a cualquiera. María no sabía ni entendía que había sucedido pero algo sí estaba claro en su mente, estaba más lúcida que nunca (si podía llamarse a eso lucidez) entonces, era ahora o jamás… no iba ni quería descubrir si el Algodón de Azúcar era realmente dulce, no tenía ganas ni fuerzas de continuar adelante. Se había rendido, sus ojos estaban vacíos. La única salida pasaba por ser más rápida, tomar uno de esos cuchillos (bisturís) y… acabar con su propia y paupérrima existencia.
RE: Fragmentos de tu amor... que nunca olvidaré :: Privado :: Pasado - Hyákinthos - 22-12-2025 —Duerme —. Una voz que tiene el mismo tono delicado que el que tendría alguien que pretende acunar a un bebe. —Lo necesitas, ahora puedes descansar. Debo cuidarte.
Ella aún no le respondía, pero antes siguió sus órdenes al pie de la letra y con eso podía deducir que, al menos, lo estaba escuchando, aunque, si realmente comprendía la intención de sus palabras, eso era aún un misterio.
—¿En qué lío nos habrá metido en capitán “chibi” por haberte rescatado? —Sabía que la presencia de la mujer significaban problemas, sabía que quizá la había arrebatado de alguien que tenía la influencia suficiente para tener este tipo de negocios sin que nadie lo cuestionara o ¿Sólo la había ayudado a escapar son sigilo? No podía decirlo con exactitud, aun no se acostumbraba lo suficiente a la personalidad del castaño como para suponer que hizo en verdad y, aunque quisiera preguntarle ¿de qué serviría? De todos modos, se le olvidaría al día siguiente.
Suspiró y en ese momento sintió el cansancio que había estado ignorando en su cuerpo, después de todo, el día había sido largo de por si al estar arreglando su “consultorio” y, no conforme con eso, la llegada de la muchacha de cabellos celestes solo había retrasado su posible descanso. Se quitó los lentes, esos que usaba como accesorio y no por necesidad, y se refregó los ojos para después lanzarle una fugaz mirada a la chica que ahora parecía más adormilada que antes.
—Al menos conseguiste relajarte —. Se levantó de su silla y arregló la manta que la chica tenía encima para que pudiera cubrirla mejor y darle el calor que necesitaba en esa noche y, mientras lo hacía, pensó que, cuando ella despertara y estuviera más consciente, debía hacerle exámenes más precisos, solo para descartar cualquier tipo de daño interno, aunque antes de eso, también tendría que limpiarla y, por supuesto, traerle ropa…ropa de verdad y no esa desgracia de tela que apenas y la cubría.
Notó como se fue durmiendo poco a poco hasta que, al acercar su mano a su nariz, sintió la respiración mucho más acompasada y, mirándola por encima, se dio cuenta de que su cuerpo se había relajado lo suficiente. Por fin estaba dormida.
Entonces, el médico se levantó de su asiento y, aunque no planeaba dejar a la chica sola, pues debía seguir en observación, aprovechó el sueño de ella para salir un momento a la cubierta del barco, no solo necesitaba respirar aire puro, tenía que buscar esa ropa que la muchacha de pelos celestes necesitaba con urgencia…al menos para cuando despertara.
Tuvo suerte de encontrarse con una mujer de cabellos verdes y piel con quemaduras cicatrizadas. No podía recordar su nombre…nunca lo recordaba, pero al menos estaba consciente de que era parte de ese mismo barco o eso quería creer al verla moverse por la cubierta como si el navío fuera su hogar.
La saludó con una mano y, con esa misma sonrisa “angelical” que le dedicó a la chica intoxicada, se dirigió a la otra tripulante para pedirle algo de ropa femenina…lo que fuera…lo que fuera estaría bien.
Fue sometido a un leve interrogatorio que él respondió con un tono bastante neutro y casi aburrido, nada que le molestara, pero al menos, al final de todo, obtuvo lo que fue a buscar y así, siendo guiado por esa misma chica peliverde, a petición de él mismo, regresó al improvisado consultorio en donde encontró a la chica aún dormida y en paz…menos mal…parecía que todo estaría en orden.
Ahora, lo único que tenía que hacer, era hacer de guardia para la muchacha, mantenerla vigilada en caso de cualquier complicación.
Sencillo ¿no?
***
En algún momento de la noche la silla giratoria desde la que estaba vigilando a la chica “sin nombre” empezó a hacerse demasiado cómoda y en más de una ocasión se encontró a si mismo levantándose para ir hasta la cocina a servirse café…amargo, puro, sin leche. Lo detestaba, pero se obligó a tomarlo para mantenerse despierto.
Se supone que la cafeína debía haberlo ayudado, pero, pronto se encontró a sí mismo mordiéndose el labio con fuerza tal como para romperlo y que un hilillo de sangre resbalara desde este hasta su barbilla. Llegó a darse palmaditas en la cara para mantenerse activo, intentó leer, incluso empezó a caminar de un lado a otro de la habitación.
¿Cuántas horas habían pasado? Imposible de saber, pero de un momento a otro, al alzar su cabeza hacia la ventanilla que había permanecido abierta toda la noche, notó que la oscuridad empezaba a quedar atrás y que el sol comenzaba a pintar la infinita bóveda sus cabezas de tonos claros, de luces amarillas y blanquecinas.
Al menos se había mantenido despierto toda la noche, por más que ahora oliera a café y a menta fresca que había optado por mascar para “reactivar” su cerebro…sea como sea, pensó que tal vez, a esta hora, lo mejor sería decirle a alguien más que vigilara a la chica mientras el cerraba sus ojos al menos por una hora.
Una lástima que ni siquiera alcanzara a salir de la habitación.
Fue solo un instante. Toda la noche la había pasado en vela para vigilar a la chica, pero ahora, justo ahora que le daba la espalda y que pretendía salir del “consultorio” para pedir una ayuda momentánea, un grito lo descolocó y, seguido de este, o casi al mismo tiempo, el sonido de alguien cayendo sobre el piso de madera del barco.
Sus ojos se abrieron de par en par mientras se giró lo más rápido que pudo para notar que la mujer a la que había vigilado sin descansar, se había dado un buen golpe, uno que tal vez le dejaría un moretón por días si no se aplicaba a tiempo alguna pomada…menos mal que él tenía lo necesario para ayudarla si ella le decía donde le dolía.
—O…oye —. Al verla levantarse, tartamudeó antes de tragar saliva, nervioso…se supone que debía cuidarla y ahora pasaba esto…no…no solo era el golpe. La analizó, desde su postura a la manera de moverse, para luego pasar a su cara y detenerse en sus ojos. No tenía que acercarse demasiado ni preguntar nada para saber el sentimiento que, en ese instante, gobernaba a aquella mujer: el miedo.
—No te muevas con brusquedad, podrías lastimarte —dijo con voz suave, delicada, buscando llegar a su mente para que no se alejara ni hiciera algún otro movimiento que pudiera poner en peligro su integridad, todo esto mientras se mantenía alejado de ella, a una distancia en la que ella pudiera entender que él no tenía intenciones de lastimarla, no mientras tuviera órdenes de hacer justo lo contrario. —¿Recuerdas que pasó ayer?, ¿sabes dónde estás?
No quería ser insistente, pero debía preguntar, debía saber si acaso la chica gozaba ya de la lucidez suficiente para al menos ubicarse en un sitio, para que pudiera sentirse segura…por supuesto, como lo supuso cuando vio antes su actitud de animalito asustado: no funcionó.
Un rayo de sol se colaba por la ventana abierta y la luz de este se reflejó en el metal afilado que se movió, en cuestión de segundos, desde uno de sus escritorios hasta la mano de la peliceleste, algo que hizo que el médico ahogara un sonido de sorpresa mientras que sus ojos escaneaban la figura que ahora, despierta, de pie y, aparentemente, más consciente, se veía, desde su punto de vista, como una muñeca rota, un ser sin alma.
Alguien que había perdido por completo las ganas de vivir.
Conocía bien esa mirada, después de todo, era esa misma la que disfrutaba ver en los ojos de los desgraciados que caían entre sus redes y terminaban quebrándose como una figura de porcelana.
Sí, en otro momento se habría regocijado de ver uno ojos así, apagados como los de un pez muerto…sí, lo habría disfrutado si tan solo hubiera sido él el causante de ese desanimo.
De nuevo la voz del pequeño capitán resonó en su cabeza, la simple orden de aquel al que se había unido buscando protección, fue suficiente para que su cuerpo se moviera por si solo al mismo tiempo que veía como la desconocida llevaba el bisturí hasta su delgado cuello.
Tal vez debía agradecer a algún ser superior por permitirse actuar tan rápido, pues su mano enguantada fue lo suficientemente rápida para atravesarse entre el filo del bisturí y la carne del cuello…Sí, en específico la carne, pues no llegó a tiempo para evitar que el metal lograra cortar la piel que ahora era adornada por una roja raya horizontal de la cual brotaban pequeñas gotas rojas de sangre fresca…así como la que salía de su propia mano.
El guante de latex negro no era lo suficientemente grueso ni resistente para contrarrestar el bisturí que, si mal no recordaba, había afilado la noche anterior en medio de su aburrimiento y sus intentos por quedarse dormido.
Sintió el ardor del corte en su piel, pero eso no separó su mano del bisturí que alejó de la chica para tirarlo a una mesa que estaba al otro lado de la habitación.
—¿Qué crees que haces? No te cuidé toda la noche para que te suicides —. Sostuvo las manos de la chica entre las suyas, con firmeza suficiente para no dejarla escapar, a fin de cuentas, entendía que ella le temía, no podía culparla, sabía cómo funcionaba ese mundo, pero ahora que él no tenía nada que ver, no podía evitar sentir cierta amargura al ver el miedo retratado en los ambarinos ojos de la chica.
Suspiró y soltó una de las manos de la chica, para que su propia mano pudiera subir hasta el rostro de ella y quitarle unos mechones rebeldes que le caían por la cara.
—No recuerdas nada de la noche anterior ¿No es así? —Era una retórica, pues él mismo intuía bien la respuesta. —¿No recuerdas que un chico de cabello castaño y ojos dorados te trajo hasta aquí? Me dijo que te cuidara y eso hago…te cuido —. En un gesto rápido volvió a tomar la mano que antes había soltado. —Llegaste intoxicada por un coctel de drogas afrodisiacas…no te preocupes por ellas, deberían haber salido de tu sistema…en su mayoría. Vomitaste y, después de eso, dormiste toda la noche —. De nuevo, no sabía si ella lo estaba entendiendo, pero tenía que intentar comunicarle que él no era su enemigo.
—No sé que fue lo que pasó antes o como terminaste en ese estado —Podía intuirlo, pero no le diría eso. —, pero aquí ya no estas en peligro. Nadie te va a hacer daño…yo no te voy a hacer daño —. Porque lo tenía prohibido, aunque, viéndola bien…en especial viendo las escamas azules que tenía en parte de su espalda y hombros, él mismo la habría seleccionado como mercancía en otro tiempo
—¿Tienes un nombre? —Le preguntó con el tono suave que no había dejado de lado desde que le quitó el bisturí. —Yo soy Hyákinthos, sé que es complicado de pronunciar, así que puedes llamarme Hyak o Cherry, así me llaman algunos porque dicen que mi cabello es del mismo color que las flores de los árboles de cerezo…aunque, si tienes otro apodo en mente por el que quieras llamarme, también será bien recibido —. Su voz era amigable, buscaba encantar, crear un lazo de distancia…lo que sea con tal de que la chica no intentara de nuevo echar por la borda todo el esfuerzo que puso en mantenerla con vida después de semejante sobredosis.
Sí, su bondad no era generosidad, era el simple hecho de que, ahora, esa chica se había convertido en su nuevo proyecto de ciencias…y muerta no le servía de nada.
RE: Fragmentos de tu amor... que nunca olvidaré :: Privado :: Pasado - Maria Merlot - 23-12-2025 Narrador / María Merlot
MUSIQUITA
…………………………………….. Un corte… Un solo dolor… Y luego la paz de la muerte… En su intoxicada cabeza sonaba tan fácil, solo debía salir de debajo de la camilla, tomar el arma con filo y suicidarse. No tenía motivos ni ganas para seguir caminando entre el mundo de los vivos. Tal vez si hubiera entendido hacía mucho tiempo que ella no era relevante ni importante, que su existencia no sumaba ni restaba, que nadie la esperaba al final del día, y que siempre estaría sola… entonces, no hubiera pasado por todo eso. ¿Por qué? Porque estaría muerta.
La voz cálida y amable del hombre llenó la habitación, María buscó aquella fuente de lo que sentía como un bálsamo irreal sobre las heridas de su alma y corazón. ¡Ahí estaba! Cabello rosado y aura angelical, no se parecía en nada a aquellos que solían frecuentarla. Quizá ese hombre pertenecía a esa parte de la sociedad dónde todo… era color arcoíris; dónde los amigos existían, dónde las promesas se cumplían, dónde la maldad no tenía cabida. Y esa imagen se reforzaba con los leves rayos de luz que se filtraban por algún lugar, haciéndolo parecer un ser de la luz, de la bondad… del bien que anula el mal. ¿Cómo hubiera sido su vida si en vez de despertar en aquel barco pirata a los 13 años, hubiera despertado aquí, junto a ese ser de luz? Sus labios tendrían una sonrisa permanente, genuina y pura de corazón, se vería tan limpia y pulcra como él, su cuerpo nunca hubiera sido profanado y su mente nunca se habría resquebrajado. Cuando no sabía nada, si supo algo… leer y escribir, tenía esas cualidades, así que quizás con un hombre como este pelirrosado fuese desarrollado alguna profesión de esas intelectuales… tendrían esas charlas sobre el clima, la geografía o la política, sobre astutos piratas o arriesgados revolucionarios. Ella sería una señorita, una hermosa señorita, en toda la regla que con su encanto natural deslumbraría a todos… ella hubiera sido… ¿feliz? El hombre le hizo preguntas pero las ignoró… ¿de qué serviría saber de dónde venía una mujer muerta? Si algo le había enseñado la vida es que solo se tiene el aquí y el ahora, lo lamentaba por él pero había llegado tarde, ella no necesitaba un héroe, necesitaba un verdugo que le hiciera exhalar su último suspiro. En un parpadeo, y con una agilidad venida de la adrenalina y la voluntad de ir más allá, de lograr su objetivo: perecer; salió de debajo de la camilla, se dirigió a la mesa, no volvió a mirar al masculino, tomó el arma. El metal sobre su piel se sintió bien, ahora solo debía cortar la vena del cuello, una vez abierta nadie ni nada podría detener el sangrado, ni la inminente muerte, la salida estaba tan cerca, a unos centímetros, a un corte preciso... Clang Clang Clang... Sonó el ruido del bisturí al caer sobre el suelo. El Algodón de Azúcar estaba a su lado… ¿En qué momento avanzó tan rápido? Ella seguía respirando, ella no sentía dolor en su cuello, ella había fallado. Su cuerpo reaccionó a ello, se puso rígida porque fallar delante de sus captores nunca, NUNCA, traía nada bueno. Se petrificó, esperando lo peor… ¿y sabían qué? Si tenía suerte la iba a matar con sus propias manos.
"¿Qué crees que haces? No te cuidé toda la noche para que te suicides."
Sus palabras resonaron en la habitación, y también en cada molécula de su cuerpo. Sus orbes antes sin vida, empezaban a llenarse de un brillo peculiar. Manos entre manos, su agarre firme y delicado no decía “Voy a matarte” sino más bien “No te hagas daño”. Cuando aquellos largos dedos quitaron varios mechones celestes de su rostro, con una gentileza jamás experimentada… su mente entró en cortocircuitos, se detuvo, dejó de procesar. Quiso pegar su rostro a esa mano, frotarse como un cachorro buscando consuelo… consuelo que no sabía que necesitaba hasta que él apartó su cabello y la dejó sedienta de algo más.
Él habló…
Ella escuchó… ¿Nadie iba a hacerle daño? ¡Cómo podía asegurarlo! Siempre terminaban haciéndole daño… Su mirada ambarina se posicionó sobre la suya de similar color, él parecía ser honesto… ¿él de verdad no le haría daño? El hombre que describía sonaba a aquel de ojos fantasmales… al que le había pedido morir. Había leído sus labios, le había dicho algo que en ese momento no lograba entender y que ahora apenas parecía tomar sentido.
“Haré algo mucho mejor… voy a enseñarte y mostrarte cómo cambia el mundo cuando vivir deja de ser una obligación y se convierte en tu libertad”
¿Libertad? Nunca había sido libre… Thump Él seguía hablando…. Thump thump Ella seguía escuchando… Thump thump thump — …. yo… yo… yo… — su garganta estaba cerrada, seca por la deshidratación, comprimida por la emoción. Él no la iba a dejar morir…
Su voz comenzó como un eco distante, el aleteo de una mariposa al otro lado del mundo. Poco a poco se fue aclarando, volviéndose un ancla en el aquí y el ahora, alejándose de los pensamientos suicidas de antes. Su roce, su entonación, todo eso filtro una calma silenciosa a su alma, una alma rota que en el fondo quería sanar, quería ser libre y solo penso serlo a través de la muerte… ¿Pero sí podía vivir y ser libre? Uno a uno los enredados de su situación fueron deshilachandose, quitando la tensión de sus hombros, dejando de oprimir su corazón. Él le estaba brindando un calor que iba más allá de lo físico, se trataba de un calor que fundía los vidrios rotos de su espíritu y los unía nuevamente formando un precioso vitral; un vitral dónde el rosa era amo y señor, protagonista principal. — …. María Merlot — respondió en un susurro. “Allá” no usaban su nombre,hubiera sido humanizarla y eso estaba prohíbido — …. María Merlot — repito un poco más fuerte, su voz a pesar de la falta de uso dejaba ver el hermoso matiz que poseía. Sus piernas cedieron, se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, por inercia trajo al hombre consigo — …. María Merlot — tenía un nombre, una identidad, era una persona… no un objeto — No Chardonnay, Sauvignon Blanc, Albariño o Riesling… tampoco Cabernet Sauvignon, Malbec, Tempranillo o Pinot Noir… solo Merlot… ¿Sabes, no? “es el vino del paso manso y elegante, el que sabe esperar en la barca de roble, un licor que se siente, cordial y vibrante, con cuerpo de guerrero y alma de noble”... — lo último, esa poesía solía decirla su primer Capitán (captor), quien la bautizó con ese nombre, aquel borracho amante del licor y la literatura. Una lágrima rodó por su mejilla, llevando su mano a la del hombre herido, ahí dónde el bisturí le había cortado. La sangre era roja, tan vibrante como una rosa — …. lo siento… — atrajo la mano hasta su boca y lamió la herida, el sabor metálico la transportó al fondo del mar, a aquella vez cuando… ¡No! Corto el pensamiento, y dio una y dos lamidas, retirando el color rojo de la blanca piel del sujeto. Luego solo se dejó caer sobre el pecho de su medico, con su mejilla escuchando el parsimonioso andar de su corazón — …. suave como un Algodón de Azúcar… — otra vez sus párpados fueron perdiendo fuerza y cerrándose pero ahora con una resolución en mente… Hyakinthos, el de cabellos color flores de cerezos la había arrancado de las fauces de la muerte, no una sino dos veces; de manera física, espiritual y emocional. Y en ese momento, en que María decidió seguir viviendo, lo supo, su vida ya no le pertenecía, y esta vez la cedió por voluntad propia. Él la envolvió en la seda y miel de sus palabras, la desarmó con la delicadeza y bondad de sus actos… generando una devoción absoluta que quemaba el pecho de la joven como nunca antes. ¿Acaso era difícil de entender, que el último aliento de una persona tuviera nombre y rostro? Para ella no, era tan claro como el agua de manantial. La vida de la semi sirena fue un regalo suyo, y por eso, solo a él le pertenecía… en alma y cuerpo. RE: Fragmentos de tu amor... que nunca olvidaré :: Privado :: Pasado - Hyákinthos - 24-12-2025 Escamas.
Las primeras luces de la mañana las hacían brillar como si fueran un reflejo del océano.
Cuando se acercó para alejar el bisturí de su cuello fue consciente de que la mujer que tenía en frente no era una humana más y ya.
¿Qué la cuide?
¿De verdad eso es lo que desea el pequeño capitán?
Bien, eso será justo lo que hará.
No por compasión, si no por interés.
Fueron pocos segundos, pero fueron decisivos.
Desde el momento en que supo que ella tenía algo diferente, se decidió a tratarla con el mismo cuidado que trataría una muestra de la laboratorio: con paciencia, con delicadeza.
De ahora en adelante, sería su principal sujeto de estudio.
—María Merlot —. Y para que se convirtiera en ello por completo debía empezar aprendiendo su nombre, por eso probó decirlo en voz alta como si saboreara un buen vino. —Un hermoso nombre, delicado y elegante, le queda bastante bien —dijo mientras que se alejaba apenas unos pasos para poder tomar la sábana blanca y arreglarla sobre el cuerpo de la chica, cubriéndola de nuevo como hizo la noche anterior.
Y, de repente, luego de eso, vino lo inesperado.
Una verborrea de palabras que salían como agua desbordándose de una represa que acababa de colapsar, en ese momento, esa chica que, hasta hace poco, parecía que un ratón le había comido la lengua, demostró que sabía hablar bien, bastante bien y, sobre todo, en abundancia.
—E…espera —. Si estuviera un una caricatura sus ojos habrían formado espirales que girarían en evidencia de un mareo o una confusión más que evidente. Merlot…creyó que el nombre sería fácil de recordar, no tomó ninguna nota, no tenía tinta y papel cerca para anotar antes de que su mente empezara a divagar entre la avalancha de nombres de licores que la muchachita empezó a mencionar con precisión y el conocimiento de un sommelier. —Merry Malbec…Mariam Cabernet…no…no…espera —. Su rostro se tiñó de carmín, no por vergüenza, si no por concentración y confusión, ahora todos los nombres se mezclaron en su mente como fruta en una licuadora.
No pudo evitar morder el interior de su boca, para ese punto apenas y prestaba atención a las palabras de la chica, hasta que el sabor de su propia sangre, ahora afuera por culpa de su propia mordida, inundó su paladar, haciéndolo consciente del daño que se había causado el mismo y “despertando” de aquel intento fallido de ordenar los nombres en su mente… ¿De qué servía? Ya el nombre inicial se había ido como una hoja arrastrada por el viento.
Aún así sonrío como si su atención no se hubiera desviado a mitad del discurso, como si en verdad le hubiera prestado atención. Quién diría que, tiempo después, se acostumbraría a los largos monólogos de la peli celeste y que, incluso, él mismo buscaría escuchar la cantarina voz y hasta participaría en aquellos desvaríos que no se igualaban ni siquiera a los más extraños relatos de fantasía…Si le hubieran dicho que, en un par de estaciones más esto sucedería, se habría reído en la cara de cualquiera.
—¿Por qué te disculpas? No es necesario, el miedo nos hace actuar de manera irracional. Es natural —. Creyó que se disculpaba por su intento de suicidio, pero cuando sus ojos bajaron y encontraron los ojos dorados observando la herida de su mano, entendió que se refería a aquella pequeña herida. —¡Ah! Te refieres a eso, no es na…
Pocas cosas lograban paralizarlo.
El miedo irracional a cualquier tipo de objeto que pareciera un martillo era una de ellas y esta chica no tenía ningún arma contundente en sus manos, pero aún así, había dejado su mente en blanco con sus acciones.
No, esta parálisis no era de miedo, era de desconcierto.
La lengua de la mujer sobre la herida de su mano lo hizo querer apartarse enseguida, había mil y un razones por las que la sangre humana y la saliva eran una mala combinación, por no mencionar que eran una fuente infinita de virus e infecciones.
De todos modos, no tuvo la fuerza para apartarse, porque, aunque su cerebro reaccionó al momento de la segunda lamida, la curiosidad por las acciones de la chica le ganaron. Esto solo hacía que quisiera estudiarla aun con más ganas.
Dejó que se apoyara sobre él, no hizo amague para apartarla.
“Cuídala”.
De nuevo esa orden resonando en sus oídos, pero para este punto dejó de ser el deseo de su capitán y se convirtió en el propio, en una resolución propulsada por sus caprichos y su curiosidad.
—No deberías hacer eso, sirena —. Dudaba mucho que fuera una sirena real, pero a falta de un nombre que no pudo retener por más de cinco segundos, un apodo inspirado en las escamas, que ahora brillaban con más ímpetu, no le venía para nada mal. —La sangre humana puede contener infecciones, también virus…lo mismo con la saliva, podrías imaginar que la mezcla de ambas serían un escenario perfecto para debilitar el cuerpo y, creo que ninguno de los dos querría eso —. Corregirla era necesario, a fin de cuentas, sin saber su verdadero origen no podía saber que tan amplio era su conocimiento en cosas que, para él, eran de saber general.
—De todos modos, es solo un rasguño, no tienes porque preocuparte —. La apartó de él y notó que los párpados ajenos se cerraban, pero ya no con pesadez, si no con calma…aunque sabría que tarde o temprano esa calma se quebraría por culpa de la abstinencia natural que sentiría el cuerpo a falta de las drogas que la habían mantenido más sedada que despierta. —Espera, no te duermas aún…debo limpiarte la herida de tu cuello y después debes darte un baño, ponerte ropa nueva y —no valía la pena explicarle todo cuando acababa de pasar por una pésima noche. Suspiró. —…No importa, te ayudaré con todo eso y luego, si aun estas despierta, iremos con el cocinero para que te prepare algo ligero…tal vez una sopa…eso te ayudaría por ahora.
No esperó que ella le respondiera, tampoco dijo más nada, solo actuó, cumpliendo con cada cosa que le había dicho esa mañana…Sí, podía ser un desinteresado de vez en cuando, pero si se tomaba como meta cuidar a alguien, fuera o no por intereses propios, lo haría, costara lo que costara.
***
¿Desde cuándo se volvieron frecuentes su conversaciones? Había perdido la noción del tiempo desde que la sirena llegó al barco por primera vez, pero algo había sido constante, ya sea en la celda del barco, una de la que ella misma se adueñó, negándose a dormir en los camarotes normales, o ya fuera en la sala médica, las charlas entre ambos se hicieron una costumbre.
Ella escuchaba, él hablaba o viceversa…Pasaban por todo, desde diálogos sin sentido hasta preocupaciones que, probablemente, ambos olvidarían al día siguiente. Era curioso, pues algo que empezó como una investigación, se transformó en algo a lo que el médico prefería no ponerle nombre, pero que existía dentro de una línea de equilibrio que solo dos mentes trastornadas pueden comprender.
Nadie se metía, nadie decía nada, solo los dejaban ser.
Para bien o para mal, así funcionaban.
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