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Una Posamba [Auto T1- Presente Relativo] - Trixxie Pappitson - 23-12-2025 Día 46 de Invierno, año 16 Reino de Samba, Reino Samba Empujé la puerta sin demasiada ceremonia. El sonido de la madera al abrirse fue lo primero que me recibió, un leve crujido seguido por una campanilla colgada torpemente en el marco, que tintineó con un entusiasmo parecido al mío. El interior de la posada estaba bañado por una luz cálida, dorada, como si el lugar hubiese decidido abrazar a cualquiera que cruzara ese umbral. El olor era una mezcla agradable de madera vieja, sal marina y algo dulce que no logré identificar del todo, quizá pan recién horneado, quizá coco, aunque eso último siempre me confunde porque yo huelo a eso incluso cuando no quiero. Había gente. No demasiada, pero suficiente para darle vida al sitio. Un par de mesas ocupadas por viajeros cansados, algunos con ropa gastada, otros con prendas más cuidadas, todos hablando en tonos bajos, como si la posada misma pidiera tranquilidad. Una mujer reía cerca del fondo, su voz clara acompañando el sonido de unos dados rodando sobre la mesa. Más allá, alguien afinaba un instrumento de cuerda, tocándolo apenas, como probando si el lugar estaba dispuesto a escuchar. Mis pies avanzaron solos, resonando con claridad contra el suelo de madera pulida. No soy silenciosa, nunca lo he sido y tampoco lo intento. —Buenas noches —dije con naturalidad, mi voz fluyendo suave, amable, como siempre —¿Hay alguien aquí que alquile habitaciones? —Varias miradas se alzaron hacia mí casi al mismo tiempo. Lo noté enseguida, claro que sí. No soy ciega ni tonta. Las cabezas giraron, los murmullos se apagaron un segundo y luego volvieron, pero distintos, más curiosos, sentí esas miradas recorrerme sin pudor, el cabello rosado con las puntas verdes, la piel clara, la postura firme, el látigo colgando con naturalidad a mi costado. No había hostilidad, no había rechazo, solo esa mezcla de sorpresa y atención que ya me resulta demasiado familiar. Un Aura angelical, supongo. Desde detrás del mostrador emergió una mujer de estatura media, piel tostada por el sol y cabello oscuro recogido en un moño algo desordenado. Sus ojos eran vivaces, atentos, de esos que parecen ver más de lo que dicen. Se apoyó con ambos brazos sobre la madera del mostrador, inclinándose apenas hacia adelante para observarme mejor. —Vaya —dijo, alargando la palabra con una sonrisa lenta —Tú debes de ser nueva en Samba.— Asentí con una sonrisa abierta. —Eso dicen mis pies —respondí con honestidad — Y también mi cara, supongo.— La mujer soltó una risa suave, genuina, nada forzada. —Me llamo Lirenne. Esta es la Casa de las Olas —añadió con un pequeño gesto amplio —Y sí, alquilamos habitaciones. Aunque no solemos recibir—hizo una pausa breve, midiendo sus palabras —visitantes como tú todos los días. — —¿Kujas? —pregunté sin rodeos, ladeando un poco la cabeza, era extraño que alguien supiera exactamente lo que éramos. —Guerreras —corrigió ella, sin perder la sonrisa —O al menos eso es lo que se siente al mirarte. —No me molestó en absoluto, al final de cuentas tiene razón, para eso somos entrenadas las kujas. —Ambas cosas —admití —Pero hoy solo busco una cama y un lugar donde dejar mis cosas sin que desaparezcan. — Me acerqué al mostrador sin prisa, apoyando los antebrazos con confianza. El muslo izquierdo me dolía apenas, un recordatorio constante, pero nada que valiera la pena mencionar, había pasado cosas peores hoy. Lirenne me observó un segundo más, como sopesando algo invisible, y luego asintió. —Tenemos una habitación libre en el segundo piso —dijo —No es grande, pero es cómoda. Ventana al mar, un baño compartido y desayuno incluido si despiertas antes del mediodía. — No era un resort de lujo, pero era mucho mejor que lo que venía haciendo hace días, de dormir en cualquier sitio. —No prometo nada sobre eso último —respondí con una sonrisa ladeada —Duermo profundo. — y al parecer mi comentario pareció divertirle. —Cinco mil berris la noche —añadió —O tres si ayudas mañana por la mañana. No mucho, solo mover cajas, limpiar un poco, cosas sencillas. — Parpadeé un par de veces. —¿Mover cosas? —pregunté —¿Cajas pesadas? — no tengo ningún problema con cargar unas cuantas cosas, tengo la fuerza suficiente para hacerlo, y aunque tengo el dinero necesario para pasar un buen tiempo aquí, el ayudar a alguien siempre viene bien. —Algunas —admitió ella con algo de peba —¿Es un problema? — No pude evitar soltar una risa corta, pero fuerte y clara. —No. Al contrario, me relaja. —No mentía y Lirenne arqueó una ceja, claramente intrigada, pero no insistió, sacó una llave de debajo del mostrador, atada a una cuerda azul gastada por el uso, y me la deslizó. —Habitación siete. Escaleras al fondo, a la derecha. —Luego añadió, bajando un poco la voz —No solemos hacer preguntas aquí. Mientras no traigas problemas o a la Marina. — Al parecer yo no soy la única que está escondiéndose de la marina un par de días. Mi sonrisa se tensó apenas un instante. —No te preocupes por eso —dije con calma —Yo tampoco los quiero cerca. — Eso pareció sellar algo entre nosotras, entonces tomé la llave y me giré para dirigirme hacia las escaleras cuando un detalle captó mi atención, un sonido metálico, seco, breve e inconfundible. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Mis hombros se tensaron, el paso se detuvo y una sensación desagradable recorrió mi espalda como un escalofrío mal colocado, giré el rostro despacio hacia una de las mesas laterales. Un arma, concretamente una pistola descansaba sobre la mesa, apoyada sin cuidado junto a una jarra de bebida. Pertenecía a un hombre joven, quizá un viajero, quizá un mercenario. No parecía estar apuntando a nadie, no parecía una amenaza inmediata, pero eso no importaba. Mis labios se curvaron en una sonrisa suave, demasiado suave. —Oye —dije, señalando con la barbilla en su dirección mientras miraba a Lirenne —¿Eso es habitual aquí? — La dueña siguió mi mirada y suspiró. —No debería —admitió — Pero algunos clientes creen que todo lugar fuera de su casa es terreno de guerra. — El hombre levantó la vista, sorprendido al verse señalado, me miró y sus ojos se abrieron un poco más de lo normal, otra reacción conocida. —¿Pasa algo? —preguntó, con un tono que intentaba ser firme pero no lo lograba del todo. Me giré hacia él despacio, sin agresividad, mi voz salió tranquila, casi dulce. —Sí —respondí —Me pone nerviosa. — Fui clara, las armas de fuego no me gustan del todo, aunque existe un hombre que porta una y me vuelve totalmente loca, es una lastima que hace demasiado tiempo que no se nada de él. —¿Qué? — el hombre frunció el seño y miró el arma en la mesa. —Eso —repetí, señalando el arma —Las armas de fuego. No son bienvenidas cerca de mí. — Algunos murmullos surgieron en la sala, nada hostil, curiosidad, más que nada. El hombre soltó una risa nerviosa. —Relájate, chica. No está cargada.— pero mi sonrisa no cambió. —No me tranquiliza — le contesté —Tampoco me gustan las garras, y no necesito que estén ensangrentadas para que me den asco. — Eso provocó algunas risas contenidas, el hombre me miró un segundo más, evaluándome, quizá pensando que exageraba, luego miró alrededor, demasiados ojos, demasiada atención. Finalmente, tomó el arma y la guardó de mala gana. —Contenta —murmuró el chico con evidente cara de enojo. —Mucho —respondí sin ironía con una amplia sonrisa, no había tensión real, mi voz había hecho su trabajo, entonces me giré de nuevo y subí las escaleras sin mirar atrás. Cada paso resonaba con claridad, marcando mi presencia como siempre, el pasillo del segundo piso era estrecho pero limpio, con puertas de madera numeradas y pequeñas lámparas colgantes que iluminaban lo justo. La habitación siete estaba casi al final, abrí la puerta y la habitación que encontré era sencilla, tal como Lirenne había dicho. Una cama individual con sábanas limpias, una mesa pequeña, una silla, una ventana que dejaba entrar el sonido lejano del mar. Dejé mis cosas en el suelo y me senté en la cama, soltando el aire que no sabía que había estado conteniendo. El cansancio me cayó encima de golpe, pero no era un cansancio malo, me acerqué a la ventana y la abrí un poco más. El aire nocturno de Samba entró de inmediato, trayendo consigo música lejana, risas, pasos, vida. Me apoyé en el marco, mirando hacia el muelle iluminado a lo lejos, dos cosas importantes, me recordé. Historia y esperar al chico de la revolución. No sabía cuándo llegaría, no sabía cómo sería y, sinceramente, no me preocupaba demasiado, si venía, bien, si no, también. Yo podía cuidarme sola y de algún modo buscaría la forma de viajar a la siguiente isla en busca de conocimiento. Aun así, una parte de mí sentía curiosidad, no ansiedad, no dependencia, solo curiosidad. Me tumbé boca arriba, dejando que el techo se desdibujara un poco ante mis ojos, el cuerpo comenzaba a relajarse, la mente también, mi muslo izquierdo pulsaba suavemente, como siempre, pero no dolía de verdad. Samba ya no me parecía tan hostil, cerré los ojos con una sonrisa tranquila, mañana seria un dia nuevo, diferente, y habrá que ver que cosas me deparará. RE: Una Posamba [Auto T1- Presente Relativo] - PX-2 - 24-12-2025 ✓ Aventura Autonarrada: Completada RECOMPENSAS: — Puntos Mugiwara: 5 — Reputación: 15 — Berries: 10k |