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AUTO1 : +18 / Presente Absoluto ︵ ⃰ ᅠCogito, ergo sum. - Versión para impresión

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AUTO1 : +18 / Presente Absoluto ︵ ⃰ ᅠCogito, ergo sum. - Zalik Blutrichter - 24-12-2025

Día 78 de Invierno, Año 16.

Abismo. La hermana íntima de la desesperación que nace al no hallar respuesta.
¿Son, acaso, esos filósofos venideros, nuevos amigos de la verdad? Es muy probable; pues todos los filósofos han amado, hasta ahora, sus verdades. Sin embargo, con casi absoluta certeza, no serán dogmáticos. A su orgullo, pero también a su gusto, ha de repugnarles la idea de que su verdad deba seguir siendo una verdad válida para cualquiera; ese ha sido, durante siglos, el deseo oculto y el sentido recóndito de toda aspiración dogmática.

«Mi juicio es mi juicio; no es fácil que también otro tenga derecho a él» dice, quizá, ese filósofo del futuro. Hay que apartar de nosotros el mal gusto de querer coincidir con muchos. Lo bueno deja de ser bueno cuando él pronuncia esa palabra. ¿Y cómo podría existir un bien común? La propia expresión se contradice; aquello que puede ser común suele carecer de valor. En su decir, las cosas han de ser tal como son y tal como siempre han sido; las grandes cosas están reservadas a los grandes, los abismos a los profundos, las delicadezas y los estremecimientos a los sutiles y, dicho brevemente, todo lo raro a los raros.

En última instancia, tienen algo más que hacer que limitarse a conocer; deben ser algo nuevo, significar algo nuevo, representar valores nuevos. El abismo entre poseer conocimiento y tener capacidad de obrar es, quizá, más vasto y más inquietante de lo que suele pensarse. El hombre capaz de realizar algo en gran estilo, el creador, puede ser una figura desconocida. Sin nombre visible. Sin reconocimiento. El caído.

Por la mañana, en el instante en que los pájaros comienzan a trastocar el umbral del despertar de los demás seres vivos, en su mayoría pensantes, da inicio un nuevo día. El sol brilla, haciendo honor a sus múltiples apelativos; las nubes parecen rehusarse incluso a contornearlo, dejando un cielo limpio y un gran punto amarillento en el centro, como si se tratara de un dios mismo. Los rayos rozan los primeros rostros que despiertan y, entre ellos, se encuentra aquel que habita en el ser y en el no ser. Se levanta y, en una secuencia seguida, se lava por completo y se viste con una pulcritud tan refinada que nadie diría que se halla endeudado hasta lo indecible.

Antes de cruzar la puerta, se detiene ante el espejo y sonríe; dientes blancos, perfectos, alineados. Ojos grandes que delatan cansancio y, al mismo tiempo, bonanza. Por último, acomoda con los dedos el flequillo partido, evitando cualquier incomodidad física. Al franquear el umbral, toma la cajetilla de chicles y comienza a masticar uno, rascándose la muñeca en dichoso gesto automático. Aquel día sería distinto a los demás; un poco más insano, un poco menos ético. Un nuevo soplo empujaba la marea y traía consigo la certeza de dos ratas en el bar que tenía a menos de veinte metros.

Está cansado de erradicar ratas una a una. Anhela crear mayor presión, aniquilar todo ente que no piensa; todo ente que pretende ser pirata. Erradicar el crimen significa extirpar un cáncer que se propaga y sabe que, de momento, con tales debilidades, resulta difícil trazar algo verdaderamente profundo. Sabe lo que debe hacer, aunque no por ello halla satisfacción. Siempre ha sido un hombre de estudio, de pensamientos abstractos, enamorado del placer de comprender aquello que muy pocos seres vivos logran siquiera inferir. Sin embargo, reconoce que su odio intrínseco hacia la facción pirata va más allá de la lógica; nace de la pérdida, del sentir, de algo irrecuperable. Un acontecimiento que no solo le arrebató derechos, sino también virtudes. Debe vengarse; ha de hacerlo. Necesita ser la fuerza que aplasta, la araña que observa cómo sus presas caen en la tela construida para ellas mismas, casi imperceptible. Nada le haría mayor ilusión. Incluso el sol parece sonreírle, perfilando su rostro inexorablemente bello, convertido en herramienta de convicción.

Zalik no entabla conversación. No habla, o no suele hacerlo, hasta que la primera palabra cae por su propio peso. Es un extremista en ese ámbito; o habla en exceso o guarda silencio absoluto, siempre por una razón de fondo. Cuando alguien no tiene nada valioso que decir, el silencio es la mejor opción. La contraparte es clara; si hablar es necesario, conviene emplear el mayor número de palabras posibles, enfatizando lo esencial, pues ello otorga la ventaja de una atención dividida. Perder el hilo y recuperarlo es un juego útil; en su comprensión, permite que los planes psicológicos prosperen. Zalik lo sabe bien. Es su mayor arma para descifrar y decidir quién vive y quién muere desde un prisma biopsicosocial.

No hay muchas personas en la calle, al menos a primera vista; parece que todos se resguardan. El frío explica esa ausencia. Las mañanas traen siempre un viento áspero que golpea con dureza a los cuerpos aún medio dormidos. Camina en línea recta, manos en los bolsillos, masticando su chicle de menta, hasta que realiza un giro brusco y entonces las voces emergen; el bar está lleno. Mal espacio. Debería actuar con mayor cautela. Habrá de arreglárselas para que el cambio de identidad y de voz pase inadvertido… o, tal vez, no sea necesario. No puede haber testigos. Debe parecer inocente; hermético. Incapaz de hacer daño, pero capaz de saber demasiado.

Avanza los escasos veinte metros y, tras girar, solo tres lo separan de la entrada a la taberna. Entra como quien va a pedir algo aun sin blanca. El tabernero desconoce su identidad, pero Zalik no tarda en formarse una buena impresión de él. En lugar de alzar la voz, produce un leve sonido continuo golpeando el mostrador con el índice y el corazón juntos. Las voces son diversas; apuestas, barcos, mujeres, un grupo de  hombres al fondo cuyo tono delata la reciente pérdida de un compañero en circunstancias incomprensibles. Rumor destinado a morir debido a que cuando las lenguas callan por una fuerza mayor, el rumor se extingue; las palabras sin acción se las lleva el viento.

Su oído capta la conversación de interés. Además, posee la capacidad de fragmentar la atención; vivir con miedo constante desde niño obliga a hacerlo todo a la vez para no caer en las garras que una vez lo asediaron.
⸻Buenos días, feich⸻sonríe de manera tenue, buscando un trato amable con quien sirve comida y bebida a tan temprana hora.
⸻Dígame, ¿cuál es el desayuno del día? Y… ¿no le parece increíble que a estas horas haya tanta gente? Pensé que sería el único tonto despierto, kirororo.
Quien se encuentra tras la barra, ocupado en retirar la humedad de unos platos con un trapo seco, lo observa y, con amabilidad, comienza a corresponderle la conversación, reforzando su telaraña.
⸻Buenos días y, sí, ¡que lo diga! Tanta gente a estas horas, ¡menudo trabajo me están dando! Pero bueno, no me quejaré, que de algo he de vivir⸻toma un menú de tapa de madera, cuyas hojas se hallan algo desgastadas por el uso.
⸻Perdón, tío, por el estado… tenemos pan tostado de semillas, mantequilla, tomate, un café y un trozo de tarta de queso de la casa. Eso que te doy es por si no quieres café o lo que sea, vaya… ¡el menú! Tú dime qué te pongo.

Chicle deja de masticarse mientras contempla el menú entre ambas manos. Si es sincero, apenas tiene hambre, aunque quizá debería; aun así, desayunar.

⸻Me apuesto veinte berries a que no tenéis tarta de chocolate blanco⸻susurra, divertido, mientras recorre la lista hasta el final y… ha ganado. Se desternilla al saborear dicha victoria casual y el camarero no hace sino reír con él. No iba en serio o, tal vez sí; daba igual, fuera como fuese, dinero no tenía, eso estaba claro.
⸻No se preocupe, no ha de darme nada si no lo desea⸻comenta, dejando el menú frente a él⸻; con un café está bien. Le dejo elegir su procedencia.
⸻Yo le daba el dinero, eh⸻no tarda en acatar la orden⸻¡Marchando ese cafecito para el tío gótico que tengo al frente!
⸻Sí⸻mira de reojo hacia atrás; sus dos ratas a extirpar, aún inmersas en su charla, seguían hablando.

El café no tarda en llegar y Zalik desaparece de la vista adversa, no sin antes dejar, como obsequio, un chicle de menta sobre la mesa, cumpliendo con su parte en aquella ofrenda básica. El camarero queda algo confuso, pero un grupo de tres personas capta su atención con rapidez, como si la suerte acompañara ese día sus pasos, olvidándose por completo de que Zalik no había pagado y de que todo había quedado compensado mediante un simple elemento, convertido en elemento de “trueque”.

El de hebras azabaches se acerca con el café y, justo al ir a sentarse, pasa frente a las dos personas que ya le habían dedicado miradas; antes de acomodarse, actúa como si las reconociera, elevando ese orgullo superficial que todo ser humano posee y que alimenta el ego de una manera tan característica que hace brotar la confianza donde no debería. Es propio del ser humano que, cuando alguien parece estimarte, sientas que ocupas un peldaño más alto; no es algo que Zalik haya creado, sino una constante de la humanidad y de su resolución social.
⸻Un momento, ¿ustedes son…? No, no puede ser⸻la sorpresa podría explicarse por dos cauces; por su fuerza o por su apariencia. Sorbe el café y casi lo traga entero; el líquido estaba tibio.
⸻¿Que somos quién, niño?⸻suelta con voz ronca el mayor del dúo; un hombre barbudo, de vientre prominente y, con toda probabilidad, de cerebro escaso.
⸻No, no, disculpen. No quise molestar ni señalar; es que de pequeño… feich, siempre he admirado a los piratas. ¿Ustedes lo son, verdad?
El más joven, ya calvo, sonríe con orgullo mientras se señala el pecho con el pulgar.
⸻¡Pues claro que somos piratas, chaval! ¿Te molan? Siempre puedes unirte a una tripulación, ¡ja! Aunque con esas pintas… no creo que encajes en ninguna.

Y… menos mal. Aparentar la posibilidad misma de ser un pirata es el mayor insulto a la inteligencia.

⸻Tampoco tengo madera. Me temo que las peleas no son lo mío y mucho menos la lucha a muerte.

El café queda vacío y es depositado sobre la mesa de aquellos dos hombres. Señala si puede sentarse y el mayor se lo permite. Tras esa entrada, Zalik mantiene una compostura casi inhóspita, creando un círculo de confianza a través de una conversación densa, donde se alternan risas y frases recurrentes. El mayor termina por tomar afecto a la nueva figura frente a él y, como si obedeciera a una escena conocida, le invita a retirarse para enseñarle el barco que tenían y mostrarle cómo lo habían decorado, pues la pintura era reciente.

Zalik acepta la salida. Había pasado exactamente una hora y, durante la caminata, en la que apenas recorren unos metros, los testigos van disminuyendo hasta que no queda cabida para miradas ni memoria colectiva. Se encontraban cerca del puerto; sin embargo, toman un cruce extraño. Fue Zalik quien continuó guiando la marcha, señalando que había visto algo raro más adelante, alguien con un saco, aprovechándose de la ignorancia de uno y del trauma del otro, quien había delatado que no hacía mucho alguien les había robado.

Zalik finge mirar hacia un lado, pero se queda un par de pasos atrás mientras ambos hombres examinan la zona, buscando alguna huella o indicio que delatara al malnacido que podría haber salido de su barco.
⸻Creo que ahí, al frente, hay algo.
Ambos miran al unísono, dándole completamente la espalda, preguntando un confuso “qué, qué hay” mientras entrecierran los ojos para no volver a ver jamás la luz del sol. Dos puntazos en la nuca, ejecutados con su Letzte Huld que atraviesa hasta la garganta; rápido, sin tan ejecutada precisión, pero suficiente para determinar una muerte, si no inmediata, sí en cuestión de segundos. Los cuerpos caen desplomados. Zalik se coloca la máscara tras el atentado, por si alguien aparecía de improviso. La escena queda atrás; guarda el arma y oculta el rostro. Sin testigos no hay delito; sin pruebas no hay causa, sólo ánimo de muerte. Dos muertos. Un rumor vencido.

Se escapa entre matorrales y callejuelas hasta regresar a su cueva, donde puede limpiar el desastre; una mano teñida de carmín, la otra limpia y perlada. Odia la sangre de los seres no pensantes. Odia mancharse las manos con sangre de rata; de cáncer social. Tal vez debería plantearse usar guantes, porque la sangre pura no puede mezclarse con la lacra. No, peor que lacra; los piratas ni siquiera merecen una etiqueta que los vincule con algo vivo, pues adeudan palabras, adeudan una explicación para su existencia.


DATOS DE INTERÉS.



RE: AUTO1 : +18 / Presente Absoluto ︵ ⃰ ᅠCogito, ergo sum. - PX-3 - 27-12-2025

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Aventura Autonarrada: Completada
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