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Cenizas [Fic/Pasado] - Versión para impresión

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Cenizas [Fic/Pasado] - Bai Mudan - 31-12-2025

53 de invierno del año 16; Parte I

Algo me ha sucedido.
Algo que vino como una enfermedad silenciosa reptando hacia mi interior, envenenando mi juicio y enraizando poco a poco hasta instaurarse y reclamar los abismos de lo inalcanzable.
Algo que permaneció en su sitio creciendo en la oscuridad...

Y ahora, llegados a este punto, ya no puedo decir que sea la ansiedad lo que me acomete, sino una especie de metamorfosis que me había negado a aceptar.

Quisiera ignorar el porqué.
Quisiera olvidar el origen de esta desdicha que pesa sobre mí como una maldición.
Lo juro.
Pero he descubierto que me es imposible.

Quizás por eso he decidido refugiarme en esta estancia que él alguna vez habitó. La misma donde nuestros cuerpos se volvieron uno y que, todavía hoy, exhala su rastro.

No puedo olvidarlo... No quiero hacerlo.

Y, pese a todo, su imagen desfila ante mí como el éter nebuloso que empaña la luna; una bruma trémula que amenaza con diluirse en el olvido.

¿Por qué tuviste que abandonarnos? ¿Por qué abandonarme a mí? Creí, en mi pecaminosa soberbia, que siempre estaríamos juntos; quizás no como tú ansiabas, pero sí unidos por ese vínculo que no sabe de nombres.

Pero la culpa es mía. Pues, ¿quién desea aceptar un duelo cuando aún hay sentimientos que murieron antes de expresarse? ¿No es acaso más fácil negarlo y sepultar este dolor en el mausoleo de los recuerdos amargos que jamás verán la luz?

Porque ese es el crimen que mi propia alma, cobarde, intenta consumar.

Y pese a todo, debo confesar que no lo amaba; al menos, no con el fervor que se profesa a un amante. Lo nuestro era un sentimiento de hermandad, un vínculo más antiguo y oscuro que el del primitivo amor erótico. Un vínculo que, al ser arrancado de mi pecho, no ha dejado una herida, sino un vacío absoluto.

Un vacío que ya no late; una caverna por pecho. Y todo porque todavía siento el calor de tu cuerpo sobre el mío como una huella térmica que se niega a enfriarse.

¿Cuánto durará esta agonía? ¿Hasta cuándo esta metamorfosis me obligará a mirar a través de tus ojos y a reconocer en mí tu propia voluntad? Empiezo a creer que es verdad: estoy tallando tu ausencia en mi propia carne. Pues solo así se explica este nuevo vicio que he contraído.

Sí, lo confieso: mi dolor era tan vasto que necesité hurgar en las entrañas de tu pasado, incluso mucho antes de abrazar este tormento en el que me hallo.
Mas no me avergüenzo.
Quizás sea lo único sincero que he hecho desde que partiste. Eso, y aceptar que mi carne sea tu refugio; porque si tú ya no puedes habitar el mundo, yo habitaré tu sombra hasta que el olvido o la muerte me reclamen.

Aunque, en realidad, quizás la muerte ya me haya reclamado.

Pues ha sido en mi zozobra donde hallé el fantasma olvidado de Jian, aguardando en la penumbra en forma de planos polvorientos y heridos por el moho.
Llevan tu sello.

¿Acaso los trazaste para que nadie olvidara jamás cómo cuidar de tu legado? ¿O es, acaso, tu último y desesperado intento por reclamar la eternidad a través del acero?

Empiezo a sospechar que es una mezcla de ambas cosas. Sin embargo, fuera cual fuese tu intención oculta, se ha perdido en el olvido.

No he podido cuidar de tu Jian; mi dolor no me ha dejado. Y ahora, arrepentida por no haber defendido tu memoria, siento el peso de la culpa.
Quizás por eso me inclino a prometerte que, si el mundo ya no puede verte a ti, me verá a mí... y no habrá diferencia.

Ahora debo apagar mi voz. Pues ya no hay más que decir. Solo me queda dejar la pluma para estudiar aquello a lo que en vida te dedicaste; ya que, de ahora en adelante, es mi única forma de hablarte.

***

Las letras bailaron ante su vista mientras las velas se consumían hasta convertirse en charcos de cera fría. Ella, en cambio, permaneció inmóvil. Considerando, por un instante, quemar aquel escrito tan sentimental. No valía la pena; dudaba que nadie lograra descifrarla, ni siquiera Lan, quien a pesar de conocer su lengua, posiblemente jamás entendería una caligrafía tan emotivamente curvada.

Esa era su letra cuando no quería que nadie la leyera.

Una lágrima resbaló por su mejilla, resplandeciendo bajo el brillo espectral del alba que se filtraba por la ventana. Su figura ya no estaba encogida; se secó aquel último rastro de aflicción con dedos que aún vibraban por el esfuerzo de lo escrito.

— ¿Qué haré sin ti? —murmuró para nadie, con una voz que el silencio de la estancia pareció devorar con ferocidad.

Y que, acto seguido, el lamento de una silla pareció desafiar.
Bai había abandonado el escritorio.

Con pesada languidez, recogió los vetustos planos que yacían a su lado inertes. Eran el último trazo de su voz. Y ante ese pensamiento, su pecho pareció petrificarse. Un nudo amargo le oprimió la garganta, un sentimiento que era incapaz de identificar, mientras sus manos luchaban por no romperse a temblar.

Los extendió.

Una diminuta nube de polvo se desprendió de ellos y se elevó hacia el techo de la habitación.

Motas de polvo se posaron sobre el quebradizo papel desplegado. Entonces, deslizó las yemas de sus dedos por la tinta seca y, por un instante, el calor regresó a su piel. Creyó sentir aquellas manos, toscas y masculinas, guiando las suyas sobre los firmes trazos que él había dejado años atrás.
El labio de Bai tembló; quería romperse.
Sus manos en cambio se centraron en recorrer las cotas y anotaciones en un vano intento por hablar con los números, con su eco, pero la aritmética es sorda y no supo devolverle consuelo.

Otra lágrima brotó, perlada, desde las sombras. Era cierto que tenía a la tripulación —Zhang, Han, Lan, Kay, Mahou y Alana— y que todos se habían portado maravillosamente bien con ella. Pero él... Él simplemente había estado allí en sus momentos más solitarios.

Ahora extrañaría su falta de contención al hablar, su forma de pronunciar su nombre y aquellos obsequios que le regalaba en un intento torpe por cortejarla.

—Eres un imbécil —murmuró.

Su voz apagada fue el impulso que la lágrima necesitó para caer sobre el plano, revelándose como un diminuto surco en el polvo acumulado.

—¿Por qué? — Esa pregunta fue el escalpelo que terminó por abrirle el alma. ¿Habría podido arrebatarlo de las fauces de la muerte si hubiera sido más audaz? ¿Había sido tan ciega, tan arrogante, como para no ver que la extracción le devoraba las entrañas mientras ella juraba salvarlo? Se contempló las manos con asco; su ciencia, de la que una vez se sintió dueña y amiga, no era más que un arte estéril que solo había servido para cronometrar, segundo a segundo, su agonía.

Fue entonces cuando el silencio, ya insoportable, estalló en mil pedazos.

Golpeó los planos con una fuerza que le dolió en los huesos, lanzándolos al polvo con el mismo desprecio de quien arroja un ídolo caído en un intento por asesinar la idolatría misma; no había delicadeza en su furia pues, la ira, una marea negra y espesa, la había poseído por completo. Pero cuando abrió la boca, no fue su voz la que emergió, sino un lamento primario que ascendió desde sus entrañas hasta transformarse en el aullido de una bestia herida en mitad de una noche sin luna.

Y gritó.

Gritó hasta que el aire le quemó la garganta, sin importarle que sus lamentos se filtraran por las maderas del barco como un augurio de desgracia, hasta caer dormida sobre el escritorio.

Al alba, la luz anémica de la mañana se filtró por las rendijas del navío acusándola en secreto.
Bai despertó sobresaltada; el recuerdo de su paroxismo nocturno la golpeó con la fuerza de un sacrilegio. Aquellas no eran simples hojas de papel; eran las últimas pertenencias de Dong, reliquias rescatadas de las fauces del olvido que ella, en su locura, había permitido que se perdieran con él.

Una vergüenza gélida le recorrió la espina dorsal al sentirse como si acabara de profanar una tumba.

Perezosa, y pidiéndole perdón al muerto en un susurro que apenas perturbó el aire estancado, se arrodilló para rescatar los planos del suelo. Los extendió de nuevo sobre la mesa con desesperada delicadeza y, alisando las arrugas del papel como si estuviera curando una herida en la propia piel de Dong, se aseguró de que su ira no hubiera borrado el último mapa de su existencia.

Estaba bien.

Pero entonces se percató de algo que se extendía más allá del laberinto de ángulos y proporciones: un escrito en una esquina, un conjunto de flechas y bocetos que indicaba con precisión qué partes de una espada podían ser sustituidas.
Era un inventario de materiales y repuestos; una lista de lo que el tiempo o la batalla podían arrebatarle al acero, y que ella, ahora, debía aprender a restituir.

—¿Alguna vez lo hiciste? —se preguntó, pensando en la Jian —. ¿O seré yo la primera en hacerlo?.

Pero la Jian no estaba allí para ofrecerle el su acero. Ante ella solo se extendía la madera desnuda y el silencio de la estancia que reverberaba en su cabeza como un latido acusador.
Claro, no tener el metal que acariciar.
Aquella sentencia cayó sobre Bai con mayor peso que el de la propia gravedad pues comprendió, con una lucidez amarga, que su tarea sería doblemente cruel: tendría que forjar la maestría de la reparación en su propia memoria antes de poder invocarla en el mundo a través del fantasma de la Jian.

Era un destino poéticamente macabro.

Pero ella, entregada a su nueva fe, convertiría el estudio en su liturgia.
Ya nada más importaba.
Así que sus ojos, enrojecidos por el insomnio, empezaron a devorar las anotaciones marginales, buscando en la caligrafía de Dong el rastro de su ser. Sin embargo, se topó con una muralla infranqueable: la lengua.

Caracteres que eran acertijos de tinta para ella.

Así que, haciendo acopio de una determinación desesperada, comenzó a registrar los cajones en busca de papel limpio. Necesitaba calcar aquellos símbolos, atrapar esas sombras de letras para llevárselas a Lan; ella era el único puente capaz de devolverle la voz a su muerto.

Y, al final, cuando el paroxismo de la urgencia cedió, sus ojos se posaron en los detalles que su mente sí lograba descifrar. Analizó el ángulo de la guarda y la distribución de las masas; poco a poco, las piezas del rompecabezas empezaron a encajar en su mente. Comprendió que algunos de aquellos números no eran simples medidas, sino los grados del fuego que marcaban temperaturas extremas.

Bai sonrió; una expresión pálida y fatigada bajo la luz del alba.

Dong había legado los grados exactos para el temple del filo de una Jian. Aunque sospechaba que cada arma exigía su propio sacrificio de calor, era un inicio.

Sus ojos continuaron barriendo el papel hasta detenerse en otra cifra, mucho más baja, acompañada de una anotación críptica. Se la guardó. Eso también tendría que preguntárselo Lan.

Mas pese a que las dudas se amontonaban, continuó descifrando la geometría del acero —esta vez sobre la inclinación del filo— y, al cerrar los párpados, vislumbró en la oscuridad la forma exacta del arma vibrando en el aire. La hoja se afinaba hacia la punta con elegancia. Debía ser aquello a lo que se refería esa cota.

Fue entonces cuando la fisicidad reclamó su lugar: su estómago se contrajo en una dolorosa queja y su cuerpo comenzó a tiritar, vencido por la fatiga y el frío de la estancia.

Pero Bai no quería salir.
No quería verlos.No quería ver sus rostros compasivos, ni enfrentar la realidad de un horizonte donde Dong ya no existía.
Y la habitación, cómplice, no la iba a soltar.

De nuevo, el olor a él —una mezcla de aloe vera y aceite — la golpeó con la fuerza de una presencia física que la invitaba a quedarse junto a ella.

Y así hizo.

Sus piernas, débiles por el ayuno, la arrastraron hacia la cama de él donde se hundió entre las mantas. Desgraciadamente, el lecho conservaba, en la imaginación febril de Bai, la forma del cuerpo que alguna vez lo habitó. Se acurrucó en aquel hueco, buscando el calor residual de una vida que se había extinguido y permitiendo que el cansancio la arrastrara al fondo de un sueño donde las líneas de los planos y el rostro de Dong se fundían en una sola caligrafía incomprensible.