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A plant doesn't say too much. [Pasado] - Lázaro Esvendim A. Montege - 31-12-2025 Invierno 58, año 16
South Blue | Isla Samba | Vivero Felicity
Nunca me han gustado los climas que insisten en tocarme sin permiso. Samba era exactamente eso, calor húmedo, persistente, casi insolente, como si la isla creyera tener el derecho de rozar mi piel sin haber sido presentada formalmente. Aun así, avancé, porque yo no me detengo por nimiedades atmosféricas y porque, al final del día, el mundo existe para ser recorrido por personas como yo. Mi llegada hace como un mes al Reino de Samba no fue escandalosa, aunque debería haberlo sido. El puerto bullía de comercio, de carne salada, de sacos de caña de azúcar apilados como si el exceso fuera virtud y no vulgaridad. El gran río que atravesaba la isla dividía más que la geografía, dividía el buen gusto del resto, bastó con una sola mirada para entenderlo. Las construcciones más cercanas al río eran de madera endeble, improvisadas, casi pidiendo disculpas por existir. Más lejos, en cambio, la piedra, los azulejos, las plantas ornamentales y el orden arquitectónico comenzaban a imponerse como debía ser. Naturalmente, fue hacia ese lado donde dirigí mis pasos. —Tsk —chasqueé la lengua, ajustando con dos dedos el cuello de mi abrigo —Al menos alguien aquí entiende el concepto de prosperidad. — No tardé en apartar la mirada de los barrios humildes. La danza, al parecer, era su forma de desahogo, fascinante desde un punto de vista antropológico, sin duda, pero no era por eso que había venido. Yo no viajaba para observar miserias, sino para adquirir rarezas, exquisiteces, cosas que no cualquiera pudiera permitirse ni comprender. El vivero apareció ante mí como una promesa cumplida. Ubicado en una de las zonas más acomodadas del reino, aquel establecimiento estaba rodeado de muros bajos de piedra clara, enredados de plantas tropicales perfectamente cuidadas. No salvajes, no desbordadas, domadas como debe ser. Un arco de madera tallada marcaba la entrada, decorado con motivos florales y hojas estilizadas, el aroma era aceptable, fresco, vegetal, con notas dulces provenientes de alguna flor que seguramente costaba más que la vida entera de varios campesinos ribereños. —Hmph. Mejor —murmuré y entré. El interior del vivero era amplio, luminoso, dividido en secciones claramente delimitadas. Plantas de todo tipo crecían en macetas de cerámica fina, mesas elevadas, estanterías húmedas. Algunas eran comunes, demasiado comunes, otras exóticas, traídas quizá desde islas lejanas, cultivadas con una paciencia que rozaba lo obsesivo. Aprecié eso, la dedicación siempre merece un mínimo de respeto. Avancé entre los pasillos sin prisa, mi bastón marcando un ritmo seco contra el suelo de piedra. Sentía miradas, siempre las siento. Algunas curiosas, otras confusas, alguna que otra claramente subestimándome por mi tamaño, qué error tan recurrente. —Si alguien me pisa, lo demandaré póstumamente —comenté en voz alta, sin molestarme en dirigir la frase a nadie en particular. Me detuve frente a una planta de hojas alargadas y tonos azulados. Inclinándome apenas, la observé con detenimiento, evaluando su forma, su color, su estado de salud, nada vulgar, nada apresuradom simplemente asentí para mí mismo. Fue entonces cuando, casi por reflejo, llevé la mano al interior de mi abrigo y saqué mi reloj de bolsillo dorado. Lo abrí con un clic suave, observando la hora con la misma seriedad con la que un rey observa un tratado internacional, un segundo, luego Lo cerré. —Bien. Aún no he desperdiciado mi tiempo —concluí. El vivero estaba en silencio, roto solo por el sonido lejano del agua y el susurro de hojas moviéndose con la brisa. Demasiado tranquilo, eso me agradaba, aquí no había gritos, ni sudor excesivo, ni ese olor rancio que tanto detesto. todo olía a tierra cuidada y a dinero bien invertido. —Supongo que el responsable de este lugar debe existir en algún sitio —dije, alzando ligeramente la voz —Y espero, por su bien, que sepa con quién está a punto de tratar.—No estaba aquí solo para mirar, quería adquirir, tal vez una planta rara, tal vez información, tal vez algo más. Navegar el mundo no consiste únicamente en mover un barco de isla en isla, consiste en dejar huella, en rodearse de objetos y experiencias que justifiquen el viaje. Me acomodé el abrigo, la cola púrpura balanceándose suavemente detrás de mí, y continué caminando entre las plantas como si aquel vivero entero fuera, en esencia, una extensión más de mi patrimonio futuro. Samba era cálida, caótica y socialmente desigual pero incluso en un lugar así, sabía que encontraría cosas dignas de mí. |