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El cuento del perro | Fic. - Versión para impresión

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El cuento del perro | Fic. - Enji - 01-01-2026

Había una vez… un perro. Sí, un perro. No un caballero, ni un héroe. Ni siquiera una persona. Era un perro. Un perro común, viejo y feo. Es más, era tuerto también, y cojeaba de una pata. Se llamaba Max.

¿Ah? ¿Qué “Max” es un nombre común? No me digas. ¿Te comento algo? Este es un perro común, viejo y feo. ¡«Común»! Así que, ¿por qué carajos se iba a llamar “Teperifio” un perro COMÚN, ah? 

Bueno, en fin, que este común, viejo y feo perro llamado Max existía. Cómo todo el mundo y todos los animales, y todas las cosas vivas en general, había nacido. ¡Y nacido de noche! Que los que nacen de día son todos raritos.

La noche en que Max nació, el cielo estaba despejado. Lo primero que Max vio fue a su madre, pero lo segundo fueron las estrellas. Muchísimas estrellas, como un millón o así. Demasiadas. ¡Max no podía contarlas! En parte, porque no sabía contar, pero aunque hubiera sabido no lo habría podido hacer. Porque, bueno, eran muchísimas. El cielo estaba repleto. 

Lo primero que Max sintió fue la más absoluta y completa fascinación. ¡El cielo era precioso! Enorme, imposible, majestuoso. Se llenó los ojos de su infinita profundidad y decidió, recién nacido y todavía rojo de sangre, que el cielo debía ser la cosa más maravillosa de la vida.

Lo segundo que Max sintió fue frío. Mucho frío.

Max nació en invierno. Un invierno diferente a este, y diferente a cualquiera que ustedes hayan vivido en esta islita tropical. ¡En donde vivía Max, los inviernos pelaban! El pasto amanecía congelado por el rocío de la madrugada y, si te descuidabas, las manos se te dormían por el frío. ¡Después dolía moverlas y tenías que pegarles para despertarlas! Un asco, la verdad, pero Max estaba acostumbrado. Cosa que ustedes no podrían. Él había nacido allí, en el frío, así que su cuero era resistente a las ventiscas invernales; tenía un pelaje grueso, y, por sobre todas las cosas, se mantenía ocupado. El frío no te atrapa si te estás moviendo constantemente.¿Por qué? ¡Porque el frío es perezoso! No te va a perseguir si te ve ir de un lado a otro haciendo cosas que no le importan. ¡Y vaya que Max era bueno manteniéndose ocupado! Exploró la isla de punta a punta, ¡tres veces! Cabó pozos por todos lados y en muchos de ellos escondió huesos, enormes y deliciosos huesos, junto a los ridículos chalecos que quisieron ponerle en más de una ocasión para cubrirle del frío. ¡Una tontería! Solo lo hacía ver ridículo, así que los sepultaba junto a sus huesos y alguna historia se inventaba sobre cómo se habían perdido por causas misteriosas que para nada podrían tener algo que ver con él.


RE: El cuento del perro | Fic. - Enji - 03-01-2026

Max amaba la noche. Era inquieto, juguetón y estaba saturado de energía. Dormía poco y no dejaba dormir a los demás, saltando de un lado a otro como si tuviera un torpedo en el culo. Renegaba de la comodidad de las mantas, de lo mullido de las almohadas y del confort de una cama calentita. En serio. Lo odiaba porque sentía que perdía el tiempo, que dormir era echar a la basura horas en las que podría estar jugando, explorando, corriendo y saltando. La noche era su turno extra, su segunda oportunidad para aprovechar y hacer eso que en el día no le había dado tiempo. Y, de la noche, lo que más amaba eran las estrellas.

La fascinación de Max por las estrellas empezó temprano, muy temprano. Lo escuche ladrar en una ocasión que las estrellas habían sido lo segundo que sus ojos vieron, después del rostro de su madre. Que desvió la mirada un segundo de esos ojos grandes y rojos que lo observaban por primera vez y lo que vio fue un domo oscuro, profundo y siniestro que primero lo intimidó, pero, luego, al achinar los ojos, supo que se trataba de algo diferente. Algo nuevo, para empezar, y muy especial. Vio las estrellas. Aquellos puntitos brillantes, como pecas blancas en un lienzo negro, llenaron su mirada por completo. Su curiosidad por el mundo hizo una pausa, convencido de que nada podía ser más interesante que ese cielo y los millones de ojos que desde tan arriba lo miraban. Y a quienes devolvía la mirada completamente encantado.

A lo largo de su vida, Max buscó saber más del cielo y sus estrellas. La primera, y la más grande de sus maestras en esta materia, no fue otra que su madre. Ella, que de fondo tuvo el cielo estrellado la primera vez que se vieron, y que sabía cómo Max había mirado las estrellas ese día, le contó historias sobre las estrellas. Día a día. Eran recompensas, pequeños premios por cada vez que Max se portaba bien. Digamos que, cada vez que el perro daba la pata, se ganaba una historia.

Y las historias eran espectaculares.

Épica y heróica son dos palabras que se quedan cortas a la hora de describir esas historias. Cada estrella tenía una historia y cada constelación era su familia. Los nacimientos estaban todos rodeados por mil entramados complejos de vidas, muertes, giros y vueltas de mil formas y colores. La perra madre de Max enalteció todavía más —si cabe—, a los cuerpos celestes que iluminan el cielo nocturno. Eran nobles, honorables y sabios. Justos e inteligentes. Eran todo lo que un perro debía ser y más. Por eso, explicó su madre al curioso de Max, estaban allí arriba. Porque en la tierra no hay sueño digno de una estrella. Y, para subir a los cielos, tienes que demostrarte digno de brillar como ellas.

Esas tonterías contaba su madre a Max y el imbécil de Max se las creía.

Una noche, cuando Max jugaba, escuchó a su perra madre ladrarle a su padre.

«¡Nos van a echar de la casita de perros!», ladró su perra madre. Y era cierto. Pronto, la familia de Max sería echada a la calle por culpa del capricho de sus dueños, que, tras hacer una visita al centro, decidieron que preferían tener gatos. Estaban de moda o alguna mierda de esas. En fin, que ya no había lugar para perros en la casa. Así, en un abrir y cerrar de ojos, la perra familia del perro Max terminó en la calle.

«Que emocionante», pensó el tarado de Max. «¡Podré dormir más bajo las estrellas!»

Pero Max no sabía que afuera, lejos del cobijo de su casucha, era invierno. Un invierno crudo. El invierno más crudo.

Las estrellas, nobles, sabias y honorables, no bajaron nunca a abrigarlos. Ni siquiera la más cercana, esa que ocupaba el día y brillaba en un color distinto. Ninguna les ayudó. El frío apuñaló a sus padres y los pateó en el piso. De nada valió que se acurrucaran todos juntos, pues el calor de su cariño era el equivalente a un pedo en una hielera.

Max, desesperado, miró las estrellas y les rogó por ayuda. Quería creer en ellas. Confiaba en que bajarían y bañarían con su luz esa tierra estéril, quemada por el frío del rocío matinal. Romperían el hielo que mantenía pegados los párpados de sus perros padres y lo ayudarían a despertarlos, pues hacia tiempo que lo habían envuelto en un estrecho abrazo y desde entonces no habían vuelto a moverse. Y más nunca se movieron.

El estúpido de Max entendió entonces que el cielo no está reservado para sabios y benevolentes héroes. El primero que pone su pie allí arriba tiene derecho a llamarse ‘estrella’. Y no le podría importar menos la mierdecita de vida que lleve un perro aquí abajo.


RE: El cuento del perro | Fic. - Enji - 03-01-2026

Dos docenas de ojos parpadearon al unísono mientras Enji, sentado en el marco de la ventana, encendía un cigarro. El frío invernal se coló en la habitación junto al humo. Sonaron toses, algunas arcadas y, finalmente, uno de los niños levantó la mano.

—Sí, tú, enano número treinta y siete. ¿Tienes alguna duda?

Enji lo señaló y el niño asintió.

—Señor Enji… ¿Eso qué tiene que ver con la navidad?

—¿Ah? Nada. ¿Por qué mierdas la historia de un perro idiota tendría algo que ver con la puta navidad? —replicó Enji e inclinó la cabeza a un costado mientras se quitaba el cigarrillo de la boca. Con los labios apretados alrededor del filtro quizá no se le había escuchado bien—. Es una historia trágica y desgarradora con un giro siniestro. ¿Qué carajos pinta la navidad en esta mierda?

—Esto… —El niño dudó después de haber escuchado más insultos de los que podía procesar en una oración—. Porque… ¿Porque es navidad?

—¿Y?

—Y… ¿Usted no vino a contarnos una historia navideña?

—¿Quién carajos te mintió tanto?

Enji se sentó con una pierna a cada lado del marco, colgando a la mitad entre el interior de la habitación a su derecha y la caída a la calle su izquierda.

—Ehm… ¿Usted?

Un profundo suspiro sonó desde el fondo de la habitación, dónde un hombre mayor, parado contra la pared y junto a la puerta, se masajeaba el puente de la nariz. La frustración y el hastío se leían en sus cansadas facciones, cuyas mejillas ahuecadas y mirada taciturna solo hacían por acentuar esos sentimientos en su rostro. Llevaba una gorra blanca, impoluta, con el símbolo de la marina en el centro, y el uniforme abotonado hasta arriba.

Caso contrario era Enji, con su chaleco abierto mostrando el pecho desnudo y la gorra puesta de costado.

—Dijo que nos contaría una historia de navidad —prosiguió el niño—. ¡Y eso no es navideño! Ni siquiera sale Santa.

—Santa era el dueño del perro.

—¡Ya basta, Enji! —El anciano levantó la voz y la mano al tomar la palabra. Se despegó de la pared, atravesó el salón por el pasillo que se abría entre las camas de los niños y se paró frente a la ventana, Interponiendo su figura entre el marine y los chicos—. Cuando se te adjudicó esta tarea como ‘castigo’ por tu pelea con Rick y Amazonia, nunca se pensó como un verdadero castigo, sino como una forma de integrarte a nuestra comunidad aquí en Baterilla.

Enji dió otra calada al cigarro y se bajó de la ventana. Parado frente al anciano, se dió cuenta de que esté último superaba los dos metros de alto. Encorvado y todo, era más alto que él.

—Es navidad, chico. No puedes contarles esa historia siniestra y retorcida a estos niños en navidad. ¡En ninguna fecha!

—No se agüite, abuelo. Esto los hará machitos. —Se encogió de hombros. Luego se acercó para susurrarle a su vigilante asignado—: Diga usted que no les dije nada sobre que cierta persona no existe de verdad. Shihahaha…

—Ah, chico… —El anciano volvió a suspirar—. Vámonos de aquí. Esto no contará como cumplimientos de tu castigo, sino que tendré que asignarte trabajos forzados más físicos. Hay una calle por arreglar en Baquella que tiene tu nombre.

—Eh, viejo, no seas así…

Enji caminó detrás del viejo de camino a la puerta. Lo persiguió de cerca.

—¡Querían una historia y se las di! ¿Por qué todo en navidad tiene que ser luces, comida y regalos? Necesitan un poco de realidad estos niños, Forgan.

—¡¿Realidad?! —restalló Forgan. Estaban en el pasillo y Enji acababa de cerrar la puerta de la habitación—. Es un orfanato, Enji. Esos chicos son más conscientes de la realidad que tú, huevón viejo.

—Eh, tampoco te enojes así.

—¡Irás a reparar esa maldita calle!

Forgan se adelantó y salió del edificio. Enji, aunque salió también, se quedó atrás y terminó solo frente a la pequeña fuente de agua que decoraba el pequeño cantero de enfrente.

—Mierda, sabía que tenía que hacerles contado la historia de la zariguella. La de la zariguella nunca falla…

Se encogió de hombros, llevó ambas manos detrás de su cabeza y empezó a caminar. Mientras caminaba, empezó a silbar y a consumir su cigarrillo hasta calentar el filtro. Estaba anocheciendo. Enji miró el cielo y chasqueó la lengua.

—Meh, putas estrellas.