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[Autonarrada T1] A thousand slowly dying sunsets - Versión para impresión

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[Autonarrada T1] A thousand slowly dying sunsets - Runin D. Kitay - 01-01-2026


El dulce amanecer acaricia la frente de la fémina cuando sus pasos la direccionan hacia el lugar que provoca rememoranzas sobre el descanso, sueños y anécdotas de arrepentimiento y profundo amor que jamás termina de entender. ¿Debería atribuir eso a la juventud? ¿O a la carencia de empatía? Los ancianos hablan como si el fin del mundo se acercara pero, en general, es su final, no el de la humanidad. Todos dicen lo mismo, menos Nuvia.

Nuvia solía utilizar sombreros hermosos, algunas veces sobrios y otras veces extravagantes. Hablaba de la palabra del señor con el cariño propio de quien relata anécdotas vividas con un familiar cercano. Cada domingo, religiosamente, se sentaba en el mismo lugar y a la misma hora en la butaca número 33. Los números ya no existen y Runin nunca los vió porque eso fue tallado cuando Nuvia aún jugaba con la mamila, en un tiempo donde las preocupaciones no existían en su vida.

A las 8:00am las campanas empiezan a sonar de forma estrepitosa, constante y rítmica. ¿La misa se adelanta un par de días o se atrasa unos tantos? La sorpresa arrebata uno que otro gesto poco repetitivo, las amapolas en sus manos brillan y la fémina se siente satisfecha con la idea de haberlas comprado a los cultivadores locales, aquellos que las siembran y se esfuerzan, no a los que venden el producto en el sector norte, a esas personas seguramente hubiera intentado robarles.

La premura de sus pasos la llevan a ancianos vestidos de negro, a silenciosas miradas y solitarias lágrimas. Un par de personas le observan de arriba hacia abajo como si de una paria se tratase, como si estuviera pisando suelo santo sin ningún tipo de respeto o estuviera escupiendo a los pies de alguien importante. Uno que otro anciano se abre paso hasta dar con la fémina de vestido floreado, parece contrastar con todo y todos. ¿Se equivocó de iglesia? No, es la única existente y esos rostros que logran reconocerla lo confirman.

Cierta sonrisa desafiante se expande, lista para emitir ingeniosos sarcasmos y chistes que solo ellos entenderían; al final lo único que logra hacer es apretar con dureza los labios hasta formar una línea porque los orbes llenos de congoja, de palabras no dichas y lástima reverbera con apremio en su interior.

Todos van vestidos de negro. Todos sollozan. Todos piensan en el final de la vida.

Ahí están Vicky, Trance, Josuke, Elsa, Dulce. La fémina cuenta mentalmente a los conocidos y desconocidos, hace memoria de tiempos pasados y un nudo empieza a formarse en la garganta. ¿Algunos se habrán marchado de la isla? ¿Habrán tenido la oportunidad de vivir en Sorbet Norte? ¿Estarán descansando en sus hogares aprovechando las primeras horas del día? ¿Habrán salido a ganarse el pan de cada día en los campos? La mirada chocolate observa el interior de la iglesia y el estómago se revuelve cuando nota cómo algunos sacan sombreros de todo tipo, se los colocan sobre la cabeza y tratan de enderezarse a modo de reconocimiento. Quien precede la misa está de pie a un costado y en el centro el humilde féretro hace acto de presencia.

Las flores alrededor del ataúd son escasas y entiende la razón de ello; no pueden dar más de lo que tienen para ofrecer. Pétalos blancos, rosas y naranjas. No existe el rojo ni el rosa. Las amapolas en los brazos de Runin harán la diferencia, si tan solo pudiera dar un paso hacia el interior de la iglesia. Sus antiguos conocidos, ancianos que en algún momento irán por el mismo camino, le dan su espacio para que pueda saborear el amargo sabor de los años y la vida, para que logre reaccionar y volver al mundo real, y no al de los recuerdos.



—¿Nuvia?

El nombre suena lejano, incómodo, pastoso. ¿O es porque la garganta, de repente, se siente más seca? Runin baja la mirada hasta sus vestimentas. ¿No ha elegido un conjunto adecuado para reencontrarse con su amiga? Para ir a la iglesia y evitar recibir miradas recriminatorias, para hacerle entender a Nuvia que ha aprendido algo de su particular gusto por los vestidos largos y las flores, por el recato y la consideración hacia las creencias ajenas; aunque eso último solo pueda mostrarlo frente a sus seres queridos, a veces.

Ahora lo único que puede pensar es que el color verde desentona con el azabache general, que sus piernas se sienten tan pesadas que no logra dar un paso hacia el frente, que jamás ha visto tantas personas reunidas en un funeral porque, en realidad, nunca ha asistido a uno de ese calibre. No. Cuando ella enterró a su hermano, lo hizo sola, sufrió sola, enloqueció sola y ni siquiera pudo vestirse de negro par la ocasión.

Cuando lanzó el cuerpo de su madre hacía un agujero creado por la naturaleza, dejó de sentir, dejó de llorar, dejó de pensar; un ser vacío que vagaba por la tierra. Nadie dio santa sepultura, nadie dio palmadas sobre su hombro, nadie profirió un dulce abrazo hacia su persona. ¿A ese tipo de situaciones también se les podía llamar velorio? ¿Aunque existiera una única persona presente? ¿Envidia o sosiego? ¿Qué debería sentir?

Una tenue sonrisa se apodera de los labios de la fémina cuando al fin decide ingresar a la sala. La comisura de los orbes arde y cuando al fin llega su turno para observar el féretro la ve. Realmente es Nuvia, con una expresión despreocupada, llena de dicha, con un vestido verde bosque con pétalos de tulipanes bordados en la parte inferior y en el chal rosado que acaricia sus brazos y pecho, por eso no existen flores de ese color, no hacen falta, ella provee el rosa como si hubiera nacido para eso o como si hubiera muerto para portarlo.

Runin respira profundamente y las amapolas se posan sobre el pecho de la mujer que le hablaba de un dios del que la amazona sigue sin entender, que jamás le interesó ni le interesará pero que, cuando veía la radiante sonrisa de la mujer adulta, ella asentía y escuchaba con paciencia, al menos hasta quedarse dormida en el hombro de Nuvia o hasta que decidiera que era hora de tener alguna aventura improvisada por la ciudad.

La misa empieza y con ello las dulces palabras en memoria de una mujer que abría sus manos a los desconocidos, que les hacía sentir en casa. La comunión no se hace esperar, los abrazos y las manos agarrándose unas con otras; siempre ha preferido mantenerse al margen pero esta vez acepta la amabilidad y costumbres ajenas. El féretro se cierra ante sus ojos y las personas comparten alimentos y bebidas. Acepta un pan con mantequilla pero niega ante el café, acepta la copa de vino servida en envases plásticos que tienden a volver a lavar y lo bebe con una lentitud que rememora su primera vez en Sorbet.

Piden colaboración para cargar el ataúd y Runin levanta la mano aunque algunos niegan con vehemencia ante el gesto. Un anciano dice que él puede encargarse, que las mujeres tomen asiento y ella levanta la mano para detenerlo. —Solo por hoy no soy una mujer o una extranjera, no busco ganancias o perder el aburrimiento. Hoy no soy nadie más que alguien que ha perdido una amiga, cariño. Así que, por favor… —Los labios se presionan antes de relamerlos por acto costumbre.



—Permítanme cargar el féretro de mi amiga.

El sinuoso camino es irrelevante, el peso del cuerpo en el interior de la caja de madera también. Cuando al fin el cuerpo es depositado en una tumba en el bosque, ella misma decide esforzarse en taparla con tierra húmeda y flores de los alrededores. Todos guardan silencio hasta que algunas personas cantan afables alabanzas que suenan a despedidas. La intranquilidad en el corazón de la fémina empieza a disminuir con cada palabra, en especial cuando el ruido de las palas desaparece por completo.

“En memoria de Nuvia.

Su alegría perdura en cada corazón que tocó.”

El epitafio reza y con el pasar de los minutos las personas empiezan a retirarse. Una tras otra dan su último pésame porque las actividades diarias deben ser realizadas, porque el pan de cada día debe ser llevado a la mesa, porque tener un montón de personas llorando a su alrededor no es algo que Nuvia desearía. Todos lo entienden y aunque una parte de Runin lo haga, la realidad es que ella perdura en ese lugar aunque el sol primaveral golpee contra sí, aunque el deshielo comience y las nubes sean blancas y el cielo muy celeste.

—Mi niña. —Una sola voz permanece junto a la fémina de mirada chocolate quien desvía la mirada en total desolación. —Nuvia dejó algo para cuando volvieras, dijo que regresarías porque se lo habías prometido. —Algo se quiebra en el interior de Runin porque nuevamente ha llegado tarde a cumplir una promesa, porque Nuvia se ha ido sin verla por una última vez. La garganta se cierra y el aire colapsa en sus pulmones, no puede respirar, no quiere respirar.

La imagen de una pequeña bolsita siendo depositada en sus manos provocan que un par de lágrimas más escapen, sus últimos ahorros. La amazona se agacha ante el siguiente regalo y un simple pero hermoso sombrero bordado a mano es depositado sobre su cabello. Los labios de la fémina se aprietan entre ellos, muerde el inferior hasta hacerlo sangrar y los hombros se mueven cuando intenta contener el torrente de lágrimas. El sombrero oculta su rostro y el amable anciano le da un par de golpecitos en la espalda antes de alejarse y dejarla sola.

El amanecer da paso a la tarde cuando al fin el alma de Runin logra reponerse, cuando el hinchado rostro se levanta para leer el epitafio una y otra vez, cuando seca las lágrimas y empieza a sonreír recordando las misas junto a la amable mujer. No ha comido y no ha bebido más que lo adquirido en la iglesia, pero no importa. Es lo de menos. El piar de un par de pajarillos llaman su atención y cuando un par de ardillas escapan de sus escondites, siente paz.


—No sé si fue suerte o el destino porque no sé si creo en esas cosas, pero te fuiste en tu época favorita. ¿No es así, cariño? La primavera te sienta bien. —Aún se siente el frío del invierno que acaba de pasar, ella busca un árbol cercano que escalar, aún con el vestido, aún con los tacones, aún con lo resbaladizo del ambiente.

Ese día y esa noche busca hacerle compañía a Nuvia. Así como en su momento lo hizo con su amado hermano, incluso con su odiada madre; porque es una costumbre personal, porque en el fondo no quiere que teman su primera velada después de haber fallecido, no hace falta dejarlos solos. Solo por ese día y esa noche, Nuvia se sentirá nuevamente acompañada.




RE: [Autonarrada T1] A thousand slowly dying sunsets - PX-4 - 02-01-2026

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Aventura Autonarrada: Completada
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