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El whisky de los condenados [Priv. María Merlot] [Pasado] - Versión para impresión

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El whisky de los condenados [Priv. María Merlot] [Pasado] - Hyákinthos - 05-01-2026

Día 30 de invierno, Año 16

—“Y somos tan malos, como un huracán…”

Mientras canturreaba entre dientes, una botella de whisky reposaba casi llena en su mano, sujetada con tan poca fuerza que parecía que en cualquier momento la soltaría y esta terminaría siendo una con las olas inquietas que golpeaban el barco a esas horas de la noche, sería arrastrada y terminaría perdiéndose en la inmensidad del mar negro que tan pacífico parecía por ahora.

—…Huracán…tsk…no llegamos ni a llovizna.

Una brisa que arrastró consigo el calor de la noche le revolvió sus cabellos, lo que hizo que, con su mano libre, intentara quitarse los mechones de la cara al mismo tiempo que daba un salto para sentarse en el borde de la popa, aparentemente despreocupado, aunque por dentro era más como un niño sentado en el puerto, mirando al horizonte, preocupado quizá por algún familiar que se había marchado, temiendo por los peligros del océano, las tormentas, los monstruos marinos y, sobre todo, preocupado por el porvenir.

Receloso, sabiendo el efecto que el alcohol tenía sobre su cuerpo, dio un sorbo a la botella de whisky. El licor quemó su garganta, no sabía bien, era barato, pero fue lo que la cocinera pudo conseguir en uno de los mercados de la isla, tal vez la próxima vez debía ir con ella si deseaba algo más específico, pero… ¿Qué importaba ahora?

Apartó la botella de su boca y sus ojos se posaron en las estrellas sobre su cabeza, sorpresivamente, la noche estaba despejada y calurosa para ser invierno… ¿Invierno? Una risa amarga escapó desde su garganta y volvió a dar un trago a la botella, esta vez más llevando mucho más líquido que antes a su boca.

Invierno. Eso ya no importaba. El clima no sería como en el South Blue, cada isla tendría su propia estación, cada isla tendría su propio ecosistema, sus propias reglas. Había regresado a esos incongruentes mares después de haber escapado de ellos años atrás. Regresaba a la incertidumbre, a un lugar donde la ley del más fuerte era impuesta de manera natural.

¿Por qué se dejó arrastrar hasta allí?

Era un cementerio. Un cementerio para cualquiera que se llamara un hombre del mar, fuera pirata, comerciante o un agente de la ley.

Aquí solo los mejores sobrevivían.

No era solo culpa del mar, de sus inclemencias, de sus climas cambiantes entre isla e isla, era también la gente, cada grupo más desalmado que otro, cada quien preocupado por su propio bienestar, él mismo aprendió a ser así desde el momento en que recuperó su memoria…aprendió a velar por si mismo desde hace años, a mentir, a timar, a estafar, a matar, a ganar dinero de maneras en las que tal vez, su él del pasado, jamás habría imaginado…claro, si pudiera recordar a su versión pasada, el problema era…¿Los demás lo entenderían?

Miró hacia atrás. La cubierta estaba vacía, aparentemente, cada tripulante debía estar en su habitación, a excepción del gigante…quien sabe en donde estaría aquel ser monumental, pero, sea como sea, la visión de la cubierta del Royal Flush le recordó, a pesar de su mala memoria, que ya no estaba con esos piratas con los que antaño viajó, que estaba con novatos que se atrevían a portar una bandera con una calavera pintada en su mástil…Se unió a ellos por protección, porque creyó que así podría pasar desapercibido. No pudo estar más equivocado.

A su lado, el viento pasó las páginas del periódico del 31 de otoño, el mismo que días antes, la sirena de azul celeste les había quitado a unos hombres en un restaurante en el pueblo. Ella lo desechó para solo conservar una página en específico, pero él prefirió mantenerlo consigo para estudiar su contenido y, sobre todo, los carteles de “se busca”, el suyo propio.

Chasqueó la lengua. Un cartel de recompensar no estaba en sus planes, era algo que no debería haber ocurrido jamás, a fin de cuentas, se había encargado de pasar desapercibido por años y…ahora…

Volvió a mirar a la cubierta del barco y un nudo empezó a formarse en la boca de su estómago, de repente sintió náuseas. Se supone que eran una tripulación, pero él, a pesar de su completa falta de retentiva, los sentía tan lejanos, de hecho, en este instante, se sentía más cercano a aquellos piratas que años antes él mismo traicionó al entregarlos a la marina.

Indisciplina.

La palabra resonó en su mente como un eco al mismo tiempo que bebía otro sorbo del whisky…Eso era, si pudiera describir en una sola palabra lo que sucedía en el barco era: indisciplina. Nadie sabía porque estaban ahí, nadie tenía un rumbo ni sueños fijos…él mismo podía incluirse en ese paquete y eso no le agradaba.

¿En dónde se había metido su capitán? Desde que salieron de Samba no había vuelto a saber de él y ¿Por qué el resto parecía tan tranquilo con la situación? ¿Qué esperaban conseguir? ¿Si quiera sabrían los peligros que ahora tendrían que afrontar?

Él lo sabía y no le agradaba nada.

Frunció el ceño y, en ese mismo momento, acercó la punta de la botella de nuevo a sus labios y, en ese momento, fue consciente del peso tan liviano de la misma… ¿Cuándo tomó tanto?

—Ah…no se nota, pero el whisky se agota —. Intentó moverse de su lugar, saltar del borde de la popa a la cubierta del barco, pero su cerebro decidió jugarle una mala pasada. El mareo se apoderó de él y, ahora, las olas no eran lo único que se mecía constantemente, si no, todo a su alrededor. Su mano libre se aferró con fuerza a la madera del barco y la otra, aun con la botella encima, fue a su cabeza, como si tocarla pudiera ayudarlo a estabilizarse.

Con fuerza se mordió el labio, un gesto que buscaba anclarlo a la realidad por más que su mente, nublada por el alcohol, buscara orillarlo a la desesperación, a la incertidumbre de no saber lo que pudiera ocurrir en la inmensidad del Grand Line…Una idea que no lo dejaba dormir, no importa cuánto lo intentara, no importa cuanto tomara…aunque, tal vez, esta noche, lo mejor era permanecer despierto, era necesario…tal vez un indicio del destino.

El viento volvió a rugir entre los mástiles y las cuerdas y, luego, las maderas del barco crujieron con delicadeza…eso no era producto del viento, por lo que el doctor, sin dejar de mirar el horizonte, miró al horizonte con ojos llorosos pero curiosos, como si tuviera frente a él a quien se atrevía a importunarlo en medio de su “lamento”.

—Jmmm… ¿Tu tampoco puedes caer en los brazos del dios del sueño? —Colocó a un lado la botella de whisky, pero esta quedó tan al borde del barco que terminó cayendo sobre la madera de la cubierta y rodeando a los pies de la persona que ahora estaba a sus espaldas. El médico no se molestó en girarse, después de todo, por el sonido liviano de sus pasos, podía suponer de quien se trataba, además, tampoco le apetecía que ella viera sus ojos aguados por un llanto que no se atrevía a salir del todo. —¿Acaso algo te molesta, sirena de azul celeste?

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Vestimenta de Hyak



RE: El whisky de los condenados [Priv. María Merlot] [Pasado] - Maria Merlot - 18-01-2026

Narrador / María Merlot

…………………………………………

La noche…
El día…
Todo transcurría igual…

La semi sirena dio vueltas en la cómoda cama de la habitación que compartiría con la hermosa Oni. No tenía sueño, los últimos eventos de su vida la tenían pensativa como una pequeña revolución en su interior, ganas de comerse al mundo, pero sin saber por dónde comenzar, nunca nadie le explico cómo construir paso a paso los cimientos de un sueño, solo Ashveil había incitado ideales de libertad en ella… y ahora, estaba ausente, en silencio… ¿Acaso volverían a arrancarle la esperanza de vivir? ¡No! Ahora que conocía que en sus manos estaba su destino, no dejaría que nadie más la maniatara, no sin pelar, no sin gritar, y por supuesto para… triunfar.

Se levanto, no iba a continuar perdiendo el tiempo acostada. Se dirigió, a su rincón desordenado y especial, dónde guardaba los pergaminos, lápices y los libros, estos últimos regalos de Hyakinthos; él conocía sus ganas por el conocimiento, aunque le costaba demasiado porque era ignorante de demasiadas cosas, pero su mente estaba lista para el aprendizaje, a pesar de que sabía leer y escribir, nunca tuvo la oportunidad de ponerlo en práctica, porque de ella no esperaban una erudita sino una cortesana. Su carisma y belleza, además de su alegre y extrovertida personalidad les abrieron caminos en los trueques informales, a conseguir algo a mejor costo o por mejores beneficios. Esa habilidad buscaba llevarla al siguiente nivel, y sabía que el mundo era grande, más grande que lo que sus ojos alguna vez podrían abarcar. Y por ese horizonte que se abría ante ella, es que se sentía más viva que nunca para ser una Cazadora de Historias, una Arquitecta de Encuentros, una Sirena del Comercio que convertirá el “tengo” de alguien en el “quiero” de otro alguien, y si eso también se traducía a los suculentos chismes, entonces… solo podría ganar y ganar.

Intercambiar información…
Intercambiar objetos…
Intercambiar y comerciar…

Lo tenía claro, como el día. Así que tomo el “librito” más delgado que le dio el medico… se trataba de una especie de panfleto sobre el comercio en Whisky Peak, la isla en la que se encontraban anclados. Al abrirlo la chica se sorprendió, hablaba de muchas cosas, pero no había nada sobre el comercio, el punto estaba vacío, pero tenía recursos como la ganadería, y un cementerio. ¿Tendrían negocios con la muerte? Después de todo, morir era el fin común de todos. ¿Debía invertir un par de berrys en el cementerio local? Tomo su libreta de notas y apunto algunas cosas que llamaron su atención sobre los posibles mercados en la isla, pero por ahora, más allá de un negocio, lo que ella realmente creía que necesitaba era… emoción en forma de noticias jugosas mundanas. Así que dejando la libreta de un lado, se puso a escribir algo sobre un pergamino, y repitió el proceso por diez veces.

Cuando vio sus manos manchadas por la tinta se detuvo, el pijama con forma de tiburón también tenía algunas salpicaduras, pero la joven solo sonrió, estaba contenta de poder explayarse en un hobbie que la hacía feliz, aunque no supiera luego como vería la luz sus creaciones.

Levantándose del suelo, y estirándose, decidió ir por algo de comer. Una manzana tal vez, pero sus pasos, como siempre la llevaron en una dirección opuesta pero mucho más interesante: La Cubierta del Flush Royal. La brisa nocturna la recibió con un abrazo poco cálido, haciendo que las cuerdas y los mástiles rugieran. A lo lejos pudo ver al hombre de su fanatismo: Hyakinthos. ¿Qué hacia ahí? No lo sabía pero una sonrisa se apodero de sus labios y se acerco sin dudarlo. En él ella había encontrado paz y consuelo, fortaleza y seguridad, no conocía su pasado, tampoco quería hacerlo, solo quería acompañarlo y llenarse con su serena presencia.

Jmmm… ¿Tu tampoco puedes caer en los brazos del dios del sueño?

Le hablo antes de que ella pudiera hacerse sentir, su voz no sonaba como siempre y con una nueva brisa, el olor a mar se mezclo con el del licor. María arrugo la nariz, no le gustaba el efecto de ciertas sustancias en su cuerpo, sustancias que la hicieran perder la facultad de defenderse o escapar, por eso evitaba las drogas, el alcohol o cualquier otra cosa que pudiese dejarla a merced de… otros. Sin embargo, no juzgaba a quien buscaba un momento de diversión y desahogo; y si ahora mismo, Algodón de Azúcar le pidiera beber con él, ella aceptaría sin dudarlo, lo que él dijera… era su ley marcial.

¿Acaso algo te molesta, sirena de azul celeste?

La botella cayo, rodando hasta su posición. María observo el vidrio, luego la espalda del hombre. Se inclino y recogió la botella, sujetándola contra su pecho y sintiendo aún liquido en su interior. Levanto la mirada al cielo como si buscará una respuesta, no era tan tonta ni insensible para no darse cuenta del ambiente que rodeaba a su querido médico. No quería incomodarlo, debería irse y dejarlo en la intimidad de su introspección.

No…
No, no…
No, no, no…

Ella no lo dejaría solo, así él se lo pidiera a gritos, y aunque entendiera la complejidad de sus emociones, o porque estaba en ese estado, ella se quedaría y lo apoyaría… así fuera en silencio. La joven camino hasta su lado, pero no llego a mirarlo, porque él no parecía querer ser visto, se volteó y deslizo por la baranda del barco, quedado sentada a su lado, a lo que solo pudo inclinar su cabeza para buscar calor en la pierna del rosado. Un sutil toque, como el aleteo de una mariposa. María no solía tocar a Hyakinthos, él estaba por encima de esas acciones, no quería ensuciar a su adorado salvador del alma, pero habían excepciones y esa ocasión era una de ellas — … no hay comercio en esta isla — su voz salió suave y algo alegre, aunque baja como si estuviera contando un secreto, como si fuera la respuesta que buscaba el hombre de ojos amarillos — … por eso los carpinteros estaban tan felices, tuvieron demanda de algo en meses — recordó a sus nuevos amigos de la astillaría — … tener algo, para alguien que quiere otro algo… ¿crees que algún día pueda hacerlo yo también? — le pregunto con cierto temor, también era humana, también dudaba de sí misma — … todos creen que estoy loca, que en mi cabeza solo hay hermoso cabello pero… mi locura es la cordura que les falta. Si nunca me han enseñado, como pueden esperar de mi… mi mente cosas más allá de mis ensoñaciones. Ella es mi… tesoro. Aquí adentro, Algodón de Azúcar, hay más… mucho más… — pego su cara de la pierna, y acaricio su mejilla contra esta, en busca de un amparo que no sabía que necesitaba hasta ese momento — … nunca me ha interesado saber quién fui pero quiero descubrir quien puedo ser… y ahora todo parece… perderse en… la nada… a veces, temo despertar… y que todo haya sido un sueño, una enervación de mis deseos por… lo que nunca podre alcanzar… — su voz fue apagándose, con un matiz de añoranza.

Por alguna razón, el estado de animo del medico la sacudió. La chica decidió entonces abrir la botella y dar un sorbo profunda. El licor quemo su garganta, dulce y picante, la hizo toser un par de veces acompañando el soplar del viento…

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RE: El whisky de los condenados [Priv. María Merlot] [Pasado] - Hyákinthos - 05-02-2026

Tuvo que aprovechar la extraña lucidez que volvió a su cabeza después de haberse dirigido a María Merlot, así que saltó del barandal del barco y quedó sobre la cubierta. Sus piernas temblaron, el barco se meció con la marea y, por un momento, pensó que tropezaría, pero una caja grande lo recibió. Se quedó ahí apoyado, con las manos en sus bolsillos y sin apartar sus orbes dorados del oscuro horizonte.

Y, entonces, cuando empezó a pensar que su pregunta caería en saco roto, que no obtendría una respuesta de la sirena de azul celeste, la voz de la mujer se alzó sobre las olas: baja pero cantarina. Para el médico era como escuchar el suave tintinear de pequeñas campanillas de plata alineadas una tras de otra y eso…eso fue suficiente para que se le escapara una sonrisa del alma.

¿Desde cuando la voz de Merlot se había convertido en un bálsamo para su intranquilidad? Prefería no encontrar respuesta, de hecho, prefería no pensar en ello, porque eso significaría que estaba creando un lazo y los lazos son peligrosos, los lazos son algo que prefiere cortar de raíz, pero a Merlot no quiere cortarla. Querer mantenerla a su lado es puro egoísmo.

—En toda isla hay comercio —dijo en un tono que intentó sonar animado, pero que salió bajo y grave, más como un susurro que como una afirmación segura —, aun cuando sea escaso, siempre hay alguien dispuesto a pagar por algo que necesite o que crea necesitar —. Nuevamente intentó hablar con la seguridad que lo caracterizaba aun dentro de su calma, pero volvió a fallar, por más que de verdad creyera en lo que estaba diciendo.

Suspiró y añoró la botella que se le había caído de la barandilla del barco, pero tampoco deseó agacharse para recogerla, menos aún cuando el calor del cuerpo de la semi sirena lo confortaba de una manera que no se esperó aquella noche. Su memoria es débil, casi inútil, pero sabía bien que la mujer no solía tocarlo y, a decir verdad, él tampoco buscaba que lo hiciera. No veía la necesidad de ello, después de todo, con conversar, ambos estaban más que bien, era la manera que ambos habían encontrado para pasar las noches de insomnio o los días en los que no había mucho que hacer, era su manera de mostrar que jugaban para el mismo equipo o eso quería creer él.

Se quedó en silencio, miró al cielo lleno de estrellas que, seguramente, si fuera navegante o erudito, tendrían algún significado más que solo alumbrar una noche que le sabía demasiado amarga, tanto o más que el licor que antes estaba tomando, tanto que…parece que Merlot se había contagiado de aquella amargura.

No quería mirarla, pero a medida que la voz de la mujer se fue apagando, su curiosidad centelleó y su rostro se ladeó para ver, desde arriba, como la chica se restregaba a su pierna como si fuera un gatito buscando consuelo. Verla así no era normal.

Su mente viajó entonces a un momento que creía enterrado, a una noche en donde alguien le entregó a una chica en sus brazos y le ordenó cuidarla. Era una chica con cabellos celestes, tales como los de la sirena a su lado…claro, tal vez porque era esa misma sirena, aunque, sus recuerdos borrosos se negaran a ponerle el rostro de María a la mujer moribunda y drogada que llegó ese día al consultorio de su anterior barco. Debía agradecer a la amnesia por borrar de su memoria a una María tan distinta, pero ahora, verla así le recordaba a la fragilidad que percibió en aquel entonces. 

¿Acaso ella necesitaba consuelo?

Nunca fue bueno dando consuelo genuino, siempre sonreía falsamente, sus palabras siempre estaban bien ensayadas, como el guion de una obra que se había memorizado, irónicamente, pero ahora…ahora no quería repetir palabras trilladas.

Con fuerza mordió su labio y, antes de poder arrepentirse, se dejó caer sobre sus nalgas, sentándose en la madera del barco que resonó por la manera tan descuidada en que se tiró al suelo, como si no le importara lastimarse y, sobre todo, rompiendo con la tranquilidad de la noche, aunque poco le importaba si alguien se había despertado o no después de semejante golpe, uno del que ni siquiera se atrevió a quejarse.

—Puedes hacerlo ¿Tienes algo que quieras vender? Yo no soy comerciante, no precisamente, pero me he dedicado a vender piezas que pueden salvar las vidas de otros —. Omitiría, claro, que esas “piezas” se obtenían sacrificando a otro ser vivo. —Me he mantenido viviendo así por muchos años y nadie tuvo que enseñarme a como venderlo, solo…debes buscar los contactos adecuados —. Sus palabras se trababan por culpa del alcohol, de hecho, ahora mismo no tenía esa misma voz grave y pesada de antes, si no una más relajada. Al fin había podido ocultar su pesar tras esa máscara de desinterés en sí mismo.

—Y te creo, no estas loca, solo ves el mundo con un color distinto —. Una manera bonita de llamarle “soñadora”. —Tu mente funciona bastante bien, mucho mejor que la mía. Puedes recordar a las personas y también sus nombres, aunque tiendas a ponerles apodos —. Le quitó de la mano la botella de whisky para beber también, olvidándose de lo mal que le hacía el licor y la poca resistencia que tenía a él.

—¿Qué dices, Merlot? ¿Quieres que alguien te enseñe a…Jmmm…comerciar? ¿O quieres aprender algo más? No me viene mal tener un ayudante en la enfermería…hip…aunque seguro que no querrías ensuciarte las manos de sangre —. Dejó entrever una sonrisa de medio lado, no porque dudara de la capacidad de la chica, si no porque estaba seguro de que no querría ver como él se encargaba de despedazar a otro ser humano. —Como sea, encontraremos algo…estudiar no hace mal y cualquiera puede hacerlo si sabe leer ¿Qué hay de los libros que te di? ¿No te han ayudado? —Dio otro sorbo a la botella y se dio cuenta de que estaba casi vacía, algo que lo hizo chasquear la lengua y soltarla descuidadamente sobre el suelo, haciendo que volviera a rodar hasta que el vidrio chocó con la madera de la baranda del barco.

—Hace falta más whisky…hip…pero no quiero ir hasta la cocina, ni siquiera sé donde está la cocina. Nuestro capitán debería poner letreros para guiarnos en el interior del barco —. Frunció el ceño y, en ese momento, el malestar de antes volvió a apoderarse de él. Su relajación se esfumó y sus músculos se tensaron mientras que su mirada se agachó hasta que en su ángulo de visión solo estaban sus botas y los tablones del barco.

—Capitán…sí, claro…si tuviéramos uno —. Refunfuñó, dejando entrever un leve enojo inusual en él. —Estaba cómodo en el South Blue —. En otro momento se habría felicitado a sí mismo por recordar ese nombre, pero ahora, su molestia le hizo centrarse en algo más. —Nunca debimos dejar ese lugar ¿Para qué? Desde que salimos de es isla no hemos vuelto a ver a Ashveil y nadie en este barco le da la debida importancia. Tsk…estamos condenados. Ni siquiera deberíamos llamarnos tripulación, ni siquiera deberían llamarse piratas...aunque eso no es culpa de Ashveil, eso es culpa nuestra —. Espetó casi escupiendo veneno, dejando atrás el tono calmo de su voz para pasar a uno más agresivo, aunque su rostro lucía más bien triste.

—Dime, Merlot —dijo entonces bajando el tono y mirando a la chica con una mirada que dejaba entrever algunas lágrimas acumuladas aun dentro del ojo, que empañaban las irises amarillas del doctor. —¿Por qué decidiste quedarte en un grupo tan roto? —Le hacía la pregunta a la chica, aunque, en verdad, es él quien deseaba responderse eso a sí mismo.

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RE: El whisky de los condenados [Priv. María Merlot] [Pasado] - Maria Merlot - 15-02-2026

Narrador / María Merlot

………………….

En toda isla hay comercio

La voz del pelirrosado acaricio cada fibra de su ser, pensó que se quedaría callado, contemplando las estrellas. Su tono no era el habitual, eso hizo temblar a María. ¡SI! Porque Hyakinthos era la única constante de su vida, él siempre estaba firme, sereno y confiable, si él se tambaleaba, ella colapsaría también. El silencio que siguió, ella no lo interrumpió, solo cerro sus ojos y se quedo apoyada contra la cálida pierna del masculino. Hubo un tiempo muy, muy, distante dónde ella se sintió así de apegada, con un ser de color rojizo que llamaba Papá, un gyojin como ella que murió a manos de… ÉL. Ahí comenzaron todas sus desgracias, el juego del gato y del ratón, dónde el ratón siempre terminaba perdiendo. Ahora era distinto, desde que estaba en esa tripulación pirata… su pesadilla la había olvidado, Fantasma se lo dijo, había quemado aquella pocilga… y con ello las ataduras a una vida que odiaba.

Un suave suspiro salió de sus labios, un suspiro mezclado con licor y alivio. No quería mirar atrás, no quería soltar la libertad prometida, ahora tenía un posible sueño… una vida que pintaba a todas luces de felicidad, aunque estuviera del lado marginado de la sociedad, ahora era capaz de flotar más allá de una misera clemencia.  Poco a poco abrió sus orbes, la noche la recibió y el silencio la abrazo, uno muy cómodo, uno que atesoraba porque venia de su objeto de fanatismo. Hyakinthos se había convertido, no solo en su ancla, sino en su propia vida, él se la dio… ella la daría por él sin pensarlo, sin dudar por quien estuviera al frente. Nadie podría jamás llegar a imaginar, el amor obsesivo que la joven semi sirena sentía por el de pálidos cabellos rosados, ni él mismo.

No era tangible, tal vez ni visible, pero había una posesividad holgada que la obligaba (y eso le encantaba) a orbitar a su alrededor. Él siempre parecía perdido en su cabeza, él nunca recordaba caras, él necesitaba ser cuidado, y ese sentido de protección palpitaba con cada latido del corazón de María. Pero cómo podía protegerlo cuando ella no podía ni hacerlo por si misma. Y peor aún, sus propios nakamas parecían dispersos, sino hubiera sido por su hermano Jensen Valentine, ella posiblemente se hubiera muerto en el foso… pero ¿Quién cuido de Hyakinthos? Nunca hablaron de eso, y menos del silencio de Odeth, Thrym… y mas importante aun… de Ashveil… ¿Qué le pasaba a su capitán? María había tenido muchos amos, había visto muchos barcos y negocios, para saber que, si la cabeza estaba errante, el cuerpo fallaría… colapsaría, se extinguirían. Ese pensamiento le dio escalofríos, y la hizo tragar saliva, una que iba con sabor a whisky y a los labios de su médico más ético.

Su compañero se deslizo quedando sentado a su lado, y haciendo que María sonriera, porque esta vez no era su pierna sino su brazo donde apoyaba su cabeza. Si ella fuera solo un poco más alta seria en su hombro, una lástima, la verdad. Él comenzó a consolarla, sus palabras siempre la hacían flotar, su sola presencia y existencia le daban sentido a la suya propia, una hermosa concha marina sin vida, vacía… pero junto a ese hombre, todo parecía florecer. Mientras él hablaba del comercio, ella pensaba si lo que sentía por él era ¿AMOR? Él era hermoso, tanto por fuera como por dentro. Su largo cabello pastel, sus profundos y cálidos ojos amarillos, aquella personalidad serena, un firme faro en el medio de las tormentas; él la escuchaba, él le respondía, él abrazaba su “rareza”, él nunca la menospreciaba, él siempre la alentaba… ¿Cómo podría no amarlo? Aunque ella no conocía lo que significaba el amor romántico, sabía que, si él se lo pedía, automáticamente lo sentiría por él…. Y si eso no era amor, entonces ¿qué lo era?

Lo vio tomar de la botella. Sus labios rozando el frio vidrio del licor. Si, sin duda un hombre apuesto y que la tenia en sus manos, esclava de sus deseos y sueños. La sonrisa que le dedico, una poco habitual, hizo saltar su corazón. Si le ofrecía ser su enfermera y aprender medicina con él… ella no se negaría, y menos si eso significaba estar más tiempo a su lado. Le hizo preguntas, pero María se mantuvo en silencio, escucharlo a él era su música favorita, así que no quiso cortar la sinfonía de sus palabras. Debía robar más licor, y dárselo a su persona favorita del mundo azul; así lo escucharía más y más. La travesura la hizo sonreír, recogiendo sus piernas y abrazando sus rodillas para quedar con su cara viendo directamente el rostro de su nakama.

Cuando Hyakinthos pidió más Whisky, la semi sirena estuvo a punto de saltar como un resorte e ir a traérselo, pero el velo que cubrió el rostro del médico la detuvo, haciéndola borrar su sonrisa. Él parecía… desencajado, pero no hacia si mismo, sino como un desprecio hacia el exterior, la muchacha se mantuvo en silencio, expectante a las palabras que noto brotarían a continuación.

Nunca debimos dejar ese lugar

María lo escucho con toda su atención puesta en él, su visión dotaba de una gran calidad, siguió cada movimiento y expresión. El siempre tranquilo y dueño de sí mismo, Algodón de Azúcar, estaba dejando entrever un malestar que lo carcomía… y ella no era ajena a este. Cada vocablo era un disparo directo a su corazón, no por su connotación hacia la tripulación misma, sino porque en todo ese tiempo no había podio ver el tormento de su amado medico… uno que ella misma sentía, también se sentía abandonada por Fantasma, pero imagino en su inocencia (o más bien porque no quería admitirlo) que… la libertad de la que tanto hablo, y que los hizo cruzar mares tempestuosos, tal vez, y solo tal vez, no era la libertad que los individuos que formaban ese grupo buscaban. Un rompecabezas de piezas mezcladas, un rompecabezas que no se armaría con esas piezas porque nunca formaron parte del mismo sueño.

Sus palabras no solo eran dardos, sus palabras iban cargadas de veneno… uno que buscaba flagelar a otros y así mismo. La semi sirena mordió su labio inferior, un hábito que había adoptado del hombre, necesitaba sentir un poco de dolor que la hiciera conectar sus sentimientos con sus pensamientos. ¿Habían culpables? Quizás, pero no le importaba, solo había una cosa en el mundo, luego de renacer entre los brazos de Hyakinthos, que le interesaba y por la que seria capaz de mentir, robar y matar… Hyakinthos. Si él estaba mal, no era su culpa, era culpa del mundo… y él mundo debería pagar por ello.

¿Por qué decidiste quedarte en un grupo tan roto?

Pregunto, y el brillar de las lágrimas no derramadas la hicieron odiar a todos los Manos Muertas, incluida ella misma. El sabor a metal invadió su boca, sus dientes rompieron el labio inferior prisionero. La chica desvió la mirada, y con su diestra limpio la sangre, mirándola por unos segundos en el dorso de su mano, tan roja, tan viva… sí él sufría, ella lo hacía… así que, como una reacción incomprensible, sus ojos también se llenaron de lágrimas no derramadas. Ella sería sincera, como él lo estaba siendo — … no lo sé. Nunca he pertenecido a ningún lado, Fantasma me dio esa posibilidad, y tu me diste la vida para hacerlo… ¿dónde más podría estar sino es con ustedes... contigo? — musito en un tono de voz vacío, poco habitual en ella, mientras las lágrimas caían sin esfuerzo de sus orbes y la diestra volvía a limpiar el labio roto — … yo… si tu… eeh  — intento decirle algo más pero su garganta se cerró. Sorbió por la nariz, y se dejo caer de nuevo contra el brazo del hombre, enterrando su rostro ahí (y posiblemente llenándolo con algo de la sangre de su labio) — … ojalá pudiese tener esa memoria tuya… olvidar mi pasado con cada nuevo amanecer…  — dijo luego de un largo silencio, su corazón estaba roto al ver a su ancla así — … yo… siempre quise morir… yo lo intenté muchas veces ¿sabes? Pero nunca me dejaron, tu tampoco… por eso mi vida te pertenece… si estas mal, yo lo estaré… Dime… ¿qué puedo hacer para no verte así? — se despego de él, y limpio sus propias lagrimas amargas que fluían por el estado anímico del hombre, así la afectaba él: a nivel físico, mental y emocional. Luego procedió a arrodillarse para quedar a su lado, pero frente a su cara — … Algodón de Azúcar — lo llamo alzando la diestra y limpiado la lagrima no derramada del hombre, luego acerco su rostro mucho, tanto que sus narices casi se tocaron, en ese espacio reducido, con la brisa moviendo sus largos cabellos celestes, haría lo único que sabia hacer… y a él como hombre posiblemente lo animaría — … ¿quieres que te ayude a olvidar lo que esta noche te acongoja?  — le pregunto con sus ojos ámbar brillando, nunca se hubiera atrevido a proponérselo, él nunca la había visto de esa forma, ella tampoco, pero si su cuerpo lo ayudaba a pasar el mal rato, ella se lo ofrecería sin pensarlo.

Sin esperar su respuesta, acerco sus labios… un suave toque, como el de antes en su pierna, un roce tan puro y casto como el aleto de una mariposa. Ella no sentía deseo sexual por su médico, sabía que posiblemente él tampoco, pero si algo había aprendido en su corta vida, es que todos los hombres dejaban de pensar cuando ven desnudo el cuerpo de una mujer…



RE: El whisky de los condenados [Priv. María Merlot] [Pasado] - Hyákinthos - 17-03-2026

“… yo… siempre quise morir… yo lo intenté muchas veces ¿sabes? Pero nunca me dejaron, tú tampoco…”
 
Las lágrimas contenidas en sus ojos se resbalaron por sus mejillas al escucharla… ¿Eso era tristeza? Su mente, difusa por un golpe lejano que ya no recordaba y, ahora, por el alcohol recorriendo sus sistema, no le permitía analizar esa sensación pesada en medio de su pecho, el ahogo en su garganta ni el mareo en su cabeza. Su lado racional había dejado de funcionar y, ahora, salía uno más emocional, uno que, hace años, decidió enterrar por su propio bien, porque cuando su cuerpo era capaz de comprender usando el sentimentalismo en lugar del análisis, se sentía vulnerable. Eso no le gustaba.
 
Sin embargo…ahí estaba. Escuchando una historia a medias, una que él mismo podía rellenar si se daba la tarea de analizar a fondo el estado en el que Ashveil le trajo a María Merlot por primera vez.

 
Sí, su lado racional siempre supo que la alegría y excesiva ensoñación de la semi sirena de azul celeste, no era un simple juego, al contrario, era una personalidad digna de estudio, porque, para él, aquella mujer que tenía a su lado no era una idiota, su “locura” era calculada, se sentía, más bien, como si su cerebro intentara protegerla de una vida que la golpeó hasta que la llevó a un límite en donde el único refugio es la fantasía. Lo sabía, desde que empezó a hablar más seguido con ella, pudo darse cuenta y; aun así, cuando la escuchó hablar de manera tan natural sobre el suicidio, algo dentro de su pecho se removió.
 
Quiso culpar al alcohol cuando el estremecimiento de su garganta lo llevó a sentir nauseas, pero sabía bien que no era solo culpa de la botella de Whisky barato que se había tomado casi por completo, no…estaba dejando que sus emociones lo controlaran. No lo diría jamás en voz alta, pero tampoco podía controlarlo.
 
Por eso detesta emborracharse.
 
“…por eso mi vida te pertenece… si estas mal, yo lo estaré… Dime… ¿qué puedo hacer para no verte así?”
 
No debió desahogarse frente a Merlot. Eso es lo que le gritaba su lado emocional, le decía que la mejor forma de lidiar con las cosas era dejarlo pasar, de todos modos, en algún momento se le olvidaría…aunque… ¿Sería este el caso? Tragó saliva, a fin de cuentas, no podría olvidar la sensación de inseguridad e irresponsabilidad en la tripulación si las cosas seguían tal cual como ahora, pero…eso no significaba que tenía que cargar a Merlot con esa preocupación. Él podía solo.
 
—No es tu responsabilidad hacer algo, porque eres la única que parece entender lo que significa una tripulación de verdad —. Su voz salió plana, no era reconfortante escucharse, más bien sonaba más frío de lo usual; sin embargo, de verdad quería decir esas palabras, por lo que, aunque su voz desganada no acompañaba a sus palabras, sus acciones si lo hicieron, pues cuando la chica se levantó de su lado para quedar frente a él, el médico notó, gracias a la luz de una de las lámparas de aceite que alumbraban la cubierta, el labio roto de la semi sirena y, por inercia, una de sus manos se elevó para que sus dedos se movieran con delicadeza por la poca sangre que salía de la herida que ella misma parecía haberse provocado. —No te lastimes así, no querrías que tu rostro se llene de heridas, aunque siempre puedo encargarme de que cicatricen sin dejar rastro —dijo en un tono de voz más bajo, personal, dejando que la chica se le acercara como quisiera, permitiéndole limpiarle las pocas lágrimas que aún se amontonaban en sus párpados…a fin de cuentas, era de las pocas personas en las que él podía confiar…un poco.
 
“… ¿quieres que te ayude a olvidar lo que esta noche te acongoja?”

—¿Y cómo harás eso, Merlot? —preguntó con ese mismo tono de voz susurrado y meloso que usó antes. El licor en su sangre lo llevaba a pensar que la chica bromeaba y que, en algún momento, se apartaría para hablarle en ese modo fantasioso que la caracterizaba, quien sabe, tal vez en esta ocasión le contraría el secreto de la fotosíntesis y, este, de alguna manera, tendría que ver con la seguridad que él buscaba, pero…no.

Sus ojos dorados se habían entrecerrado cuando la sintió cerca, sus narices rozándose generaron un cosquilleo y, luego, la sorpresa le llegó como un balde de agua fría que, lejos de disgustarle, disfrutó.

Todo es culpa del maldito alcohol.

Su propios labios tenían un sabor a whisky, uno que se mezcló con un sabor dulzón de los labios suaves que se posaron sobre los de él… ¿Algodón de azúcar? Así le llamaba… ¿No? Pues el apodo estaba mal empleado, porque ella tenía más de la suavidad del algodón y de la dulzura del azúcar. Ella era la verdadera “Algodón de azúcar”.

El whisky le nubló los sentidos, la lógica, la razón. Le nubló todo. Cerró sus párpados, que cayeron pesados, sintió que sus pestañas largas rozaron la piel de la delicada cara ajena y, en ese instante, sin pensarlo, sus manos, delicadas, pero largas y firmes, sujetaron la cintura con fuerza, sus brazos la rodearon y la presión hizo que los cuerpos se pegaran más, lo que le hizo sentir la tela sedosa de la pijama ajena en fricción con la más áspera de la chaqueta de él y, su boca, a pesar de mantener ese roce apacible e “inocente”, decidió profundizar más el beso. No hubo pasión, solo ternura.

Cuanto sosiego el creado en solo un instante.

Desapareció la madera rudimentaria de la cubierta del barco, las cajas de provisiones, las cuerdas rasposas, incluso, se esfumó la idea de que otro de los tripulantes pudiera atraparlos…de todos modos… ¿Qué importaba? Dudaba que alguno se apareciera. Nunca lo hacían. Solo el viento, cálido y ligero, se atrevió a colarse en medio de sus cuerpos, agitando la ropa, revolviendo sus cabellos, enredando el celeste con el rosa en un degradado que parecía ser hecho a propósito.

Sus manos bajaron sutilmente de la cintura a los muslos, no en un movimiento brusco y burdo, si no, relajando sus dedos y haciendo que se movieran como si quisiera hacer cosquillas sobre la ropa, en un toque apacible, cariñoso, lento…sí, sobre todo lento, pues la paciencia era algo que el pelirrosa practicaba con más frecuencia de la que le gustaría admitir y; sin embargo, cuando llegó a la carnosa piel de los muslos, aun ocultos bajo la ropa, sus manos se detuvieron de golpe. Sus labios se separaron de la mujer, aunque sus narices aun se rozaban y un hilillo de saliva unía sus bocas, una evidencia del delicado beso que agitó su respiración.

Pero no podía continuar, porque esa suavidad le recordó sus verdaderos gustos. En María Merlot encontró una piel suave, labios rosas, tan apetecibles, tan “besables”. No importaba si le gustaban los hombres, a fin de cuentas, tampoco era ciego y podía reconocer esa gracia de belleza divina de la cual la semi sirena gozaba, pero…de nuevo, en medio de la densa niebla de su mente, supo que seguir estaría mal, pues un nombre antiguo apareció en su memoria como un fantasma.

Madame Silken.

En un pestañeo recordó el cuerpo voluptuoso de la mujer, su piel aterciopelada, sus labios carnosos, pintados de un rojo intenso. Los ojos negros que, cuando lo vieron por primera vez, lo observaron como a una presa. Recordó los brazos delgados que lo aprisionaron en contra del cuerpo y la cama con sábanas de seda negra, una que, ahora que lo piensa, podía ser comparada a la tela de una araña, se aseguraba de que sus “víctimas” no escaparan.

A su memoria llegó ese beso que ella le dio, uno que, por primera vez —que él recordara — le demostró lo que era el contacto piel a piel con alguien. Todavía podía sentir los labios succionando los suyos, como si intentara robarle el alma y, luego, la pasión desbordada contra su cuerpo. Él nunca la detuvo, aunque pudo hacerlo, tal vez, en ese momento, tuvo miedo de quedar como un idiota con sus antiguos compañeros de tripulación, pues fueron ellos quienes lo convencieron de ir a ese burdel en un puerto pirata.

Ese día el médico, en ese entonces un chico de 16 años que tenía un conocimiento decente sobre plantas y uno vago sobre anatomía, dejó que aquella mujer de largos cabellos negros como el ébano y ojos oscuros como las profundidades del océano, hiciera lo que ella creía conveniente con su cuerpo. Sí, lo disfrutó…sí, terminó…sí, fue su primera experiencia desde que su memoria empezó a funcionar, pero, aún así, cuando todo acabó, se sintió insatisfecho. Ella logró excitarlo por sus toques, por su experiencia, pero su cuerpo de mujer, por si solo, no despertó nada en él.

Su mente juvenil no pudo comprenderlo en esa época, tampoco es que pensara mucho en ello, por más que, su amigo y compañero de tripulación de ese entonces, Azkeel Stardust, hubiera insistido en preguntarle todos los detalles cuando salió de la habitación de Madame Silken…algo que lo hizo sentir más extraño aún, pues ver los labios pálidos de él y el rostro juvenil pero masculino, lo hacía sentir más nervioso que todo lo que aquella mujer le hizo esa noche.

A pesar de todo él no dejó de frecuentarla ni de hablarle, al menos por un tiempo, después de todo, era fácil conversar con la pelinegra quien, irónicamente, le hizo darse cuenta de sus verdaderos gustos. En su mente escuchó con claridad la risa de la mujer, cuando él, con vergüenza, confesó como se sentía alrededor del rubio Stardust y, luego, creyó escuchar la comprensión en su voz y la explicación a su “dilema” …Esa noche algo en su mente hizo click, como si siempre hubiera sabido lo que la mujer le explicaba y solo lo hubiera olvidado: Le gustaban los hombres, no las mujeres.

Esa noche él, como Madame Silken, también sonrió.

Tal como sonreía ahora, en el presente, con sus manos aun aferrándose a los muslos de María Merlot después de… ¿Cinco segundos? ¿Diez? Imposible saberlo. Sus ojos se abrieron, su cabeza se inclinó hacia atrás y sus manos volvieron a posarse sobre la cintura de la chica, pero esta vez sin presión, era más como un abrazo amistoso.

—¿Por qué haces esto, Merlot? —Analizó su comportamiento en ese instante, era fácil deducir que era una costumbre arrastrada de esa vida anterior de la que él sabía poco. —Cuando compramos el barco, para obtener el descuento, creíste que la única manera de convencer al carpintero era besándolo y eso hiciste… ¿Por qué? ¿Siempre buscas resolver todo así? Con tu cuerpo, con tu belleza —. Bajó la cara para verla a los ojos, sin soltarla aún. —En todo el tiempo que llevamos hablando, creo que tienes más que ofrecer que solo algo físico… ¿No quieres descubrirlo?

Ahora si la alejó, lo suficiente para que ella se sentara en el piso del barco y él pudiera levantarse, mareado, lo que lo llevó a sujetar su cabeza con una de sus manos…Todo le daba vueltas.

—¿Quieres ayudarme? ¿Por qué no vamos a un bar? Hay muchos en el pueblo y…allá podrías contarme que te lleva a actuar así y yo…yo podría ayudarte a que te des cuenta de que tus palabras podrían hacer más por ti que tus besos —. Estiró su mano, para que ella la tomara y pudiera levantarse. —Además…eso es peligroso ¿Lo sabes? No puedes tirarte a los brazos ni a los labios de cualquiera, hay quienes podrían aprovecharse, pero…algo me dice que tu sabes eso ¿No es así? —Esperó que ella tomara su mano y se levantara, prefería mirarla a la cara para cuestionarla. —No quisiera que te pongas en peligro tan fácilmente, menos por culpa de un hombre aprovechado…No quisiera que te hicieran daño —. Se atrevió a ser más sincero, menos frío, todo por culpa del whisky.

—¿Sabes? Siendo pirata, confiar en alguien es un lujo que no podemos darnos siempre —. Se tambaleó y aquello lo llevó a apoyarse sobre la caja a sus espaldas. —Ups…como sea…el punto es que…no, no... ¿Eh? ¿Qué te estaba diciendo?



RE: El whisky de los condenados [Priv. María Merlot] [Pasado] - Maria Merlot - 28-03-2026

Narrador / María Merlot



¿Y cómo harás eso, Merlot?

La voz de Hyakinthos la acaricio, no con lujuria, sino con curiosidad. En los recuerdos que poseía, solo conocía una forma de llevar la mente humana al olvido, aunque por poco tiempo, ayudaba a liberar la tristeza y hasta el mal humor. ¿Por qué no socorrer a su amado salvador? María, siendo formada por la mejor cortesana de los Piratas del Abismo arrebatandole ese titulo, conocía muy bien que puntos incitar para llevarlo a ver las estrellas, para arropado en las llamas del deseo, para descargarlo como las pistolas de Jensen ante un marine…

Por su parte el beso que le dio fue suave, un roce tan puro y casto como el aleto de una mariposa. Por un segundo recordó el beso con el Capitán Uva, antes de emprender esa aventura al GL: él la beso con pasión carnal, que termino en sexo consensuado y desenfrenado; luego el beso de Marco, uno lleno de un simple tramite, que termino en una cena. Solo dos hombres beso en todo este tiempo, una disminución en las estadísticas de su cuerpo, considerando que sus amos siempre la mantenían activa en el negocio. ¿Así se sentirían las vírgenes y castas mujeres de la buena sociedad?

Cuando las manos del hombre se posicionaron en su cintura, percibió la firmeza de estas. No le importaba tener sexo con el médico, sería una experiencia religiosa, después de todo era el objeto de su fanatismo, poder ayudarlo… así fuera con su cuerpo, le daba sentido a su vida. Los cuerpos se pegaron más y más, y el beso se profundizo, dejo de ser dulce y suave, paso a ser sensual. Cuando las manos bajaron a sus muslos, la tela del pijama impidió el contacto directo, María lo supo… su Algodón de Azúcar era un hombre igual a los demás... ¿Le decepcionaba? Tal vez, un poco… pero eso le daba una luz al final del túnel, porque si en algo podía ser útil, si algo sabía hacer bien, si en algo le habían formado con sangre y sudor, era en el placer físico, en la sensualidad de los bajos instintos. ¿Cuántos hombres, mujeres y hasta animales bípedos usaron su cuerpo para la liberación mas primitiva? Dejo de contar hacía mucho tiempo…

Dejarse llevar, siempre fue la solución. No luchar contra el deseo asqueroso, o en este caso en particular, la falta de este. Sabía disfrutar, lo haría para alejar los fantasmas del hombre pelirrosado, por él y solo por él. Desde que subió a la tripulación de Ashveil, nunca vio a ninguno de sus compañeros como posibles… amantes, todos parecían grandes amigos, buenos camaradas. ¿Entonces por qué beso a Hyakinthos? Porque era lo único que se le ocurrió para sacarlo de la introspección agónica que reflejaban sus ojos en forma de lágrimas. Era eso, o golpearlo, y contra él jamás levantaría una mano.

El rastro de sus manos se congelaron, el beso finalizo, la respiración de María generaba que su pecho subiera y bajara. Lo vio recuperar algo de lucidez, echar la cabeza hacia atrás, regresar las manos a la seguridad de la cintura.

¿Por qué haces esto, Merlot?

Comenzó con ese cuestionamiento, siguieron más, no como reproches sino como la búsqueda de sus acciones. Los ojos ámbar lo evaluaron, mordiendo su propio labio inferior sin saber como responderle, o más bien tejiendo entre los hilos de su caos una respuesta adecuada. La alejo, dejándola de nuevo a un lado, el calor del hombre quedo atrás, la brisa trajo consigo el frescor de un casi nada. Él se levantó, las palabras continuaron saliendo de aquellos labios que antes la besaron. La mestiza acepto su ayuda, entrelazo sus manos con la suyas y regreso a su altura habitual. Lo dejo alejarse, o más bien tambalearse hasta las cajas que los ocultaron todo ese tiempo.

María por su parte, fue hasta la baranda del barco. Se quedo quieta observando el mar, el vaivén de los movimientos venidos de quien sabe dónde. Toco sus labios, esos que en un tiempo fueron de todos menos de ella, aunque nunca fue dueña de su cuerpo… había algo que odiaba particularmente: que la besaran. Cada vez que uno de esos cerdos usaba su cuerpo, la peor parte siempre era cuando buscaban su boca, con sus asquerosos alientos, con sus repulsivas lenguas, con la baba que dejaban cuando se separaban… las arcadas no expulsadas, siempre se quedaban a medio camino. ¿Entonces por qué lo hizo? Porque ahora ella los daba por voluntad propia. Su cuerpo, sus deseos, sus besos… los daba porque quería, no porque alguien la obligará. Aquella noche en Samba lo entendió, cuando por primera vez se dejo llevar para su satisfacción personal, no buscaba el de su compañero, sino el suyo propio.

Los labios formaron una sonrisa de la que burbujeaban pequeños espasmos que se terminaron convirtiendo en una risa vacía, sin vida, diferente a las encantadoras que solía mostrarles a todos. ¿Qué la hizo reír? Todo, nada… y un destello de una promesa hecha sin pensar… ¿qué pensaría su correctísimo esposo si supiera lo que era ella? ¿qué pensaría su muy educado padre en el cielo?  Su risa se apagó, sus manos terminaron sobre su rostro, no importaba que pensaran, ella no podía cambiar el pasado ni lo que era; su padre estaba muerto, su esposo ni siquiera era su esposo, y no podía sumarle otra preocupación a Hyakinthos, sus problemas… sus miedos… no debería afectar al objeto de su adoración. Con una inhalación profunda, enterrando todo en el fondo de dónde nunca debió salir, hizo lo que mejor sabia hacer, y no, no era tener sexo como la cortesana que era, sino seguir adelante, ignorar el dolor, continuar…

— … porque soy hermosa. No soy ciega y mucho menos tonta, Algodón de Azúcar, se cómo me miran todos, con adoración, con deseo, con fascinación, con devoción… si eso puede ser de ayuda para mis nakamas, entonces lo usare. Si debo besar 3.600.000 veces a Marco para pagar otro Flush Royal, lo hare sin dudarlo…  — comento sin girarse a verlo, su voz al principio hueca fue tomando forma — … claro que quiero descubrirlo… — suspiro, esta vez volteándose para apoyar su trasero en la baranda y mirar a su oyente — … lo intento, cada día, solo que… voy a mi ritmo. ¿Sabes? Es nuevo para mí: la libertad… — esbozo una sonrisa, aquella hermosa mujer de larga cabellera celeste, con un pijama de tiburón, se veía etérea y vulnerable a la vez — … si, lo sé — ella mejor que nadie conocía lo que los hombres podían hacer — … tampoco quiero que te pase nada, solo quiero tu bienestar… Algodón de Azúcar. Tu eres mi única estrella en un universo vacío — pronuncio en un hilo de voz casi imperceptible, de todos sus nakamas, él fungía como el protagonista, dueño y señor de su lealtad, por quien haría cualquier cosa sin refutar, sin juzgar — … ¿un bar? Suena bien para mí, aunque antes debería cambiarme… se pueden asustar si ven llegar a una sirena tiburón — bromeo recuperando algo de su alegría, y acercándose al sujeto, con las manos entrelazadas a su espalda, ámbar sobre amarillo — … gracias por ser el hombre que sabía que eras… — le sonrió, se refería a lo que pensó antes, sobre que todos los hombres eran iguales, su medico resulto ser una pieza diferente… él no sucumbió a la lujuria — … Diez minutos, solo diez minutos — aseguro, alejándose hacia su camarote — … quizás quince por si me pierdo en los caminos sinuosos del Flush Royal — advirtió teniendo en cuenta su peculiar desorientación y fácil distracción.

Al ir caminando, la joven pensó que desde ahora reservaría sus besos, justo como dijo Hyakinthos, no podia besar a cualquiera. Cuando puso la mano en el pomo de la puerta un pensamiento fugaz vino: Si estaba casada, los besos le pertenecían a su esposo ¿No? ¡Un esposo al que nunca más vería! ¿Acaso estaba condenada a la abstinencia total? ¿Debería anunciarle el divorcio en su próxima postal? Bueno, no, aun no… tal vez después, cuando se aburriera de escribirle… porqué inevitablemente iba a aburrirse ¿Cierto? Su humor mejoro, cuando pensó que tal vez, el perfecto marine nunca había besado a alguien… lastima por él, que ella no lo pensó cuando el pato ataco, porque podría haberle dado un inolvidable beso como despedida.

THE END...