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[Fic][Pasado] Un día más en libertad - Hiiragi Kaminari - 06-01-2026 Día 21 de primavera, Año 14
La mañana en el Reino Samba había despertado con una luz dorada y vibrante que parecía querer compensar la humedad pegajosa que el río exhalaba sobre los campos de caña de azúcar. Tras los eventos del día anterior, donde la libertad aún se sentía como un vestido nuevo y ligeramente grande que debía aprender a entallar, Hiiragi se encontraba recorriendo los caminos de tierra roja que conectaban las chozas de la zona marginal con los centros de procesamiento de fibra. Sus orejas de conejo blancas, largas y siempre alertas, se movían de forma independiente captando el sonido de los machetes golpeando la caña y el murmullo de los trabajadores que, a diferencia de ella, ya llevaban horas bajo el sol primaveral. La joven Humink caminaba con una confianza que ocultaba la constante vigilancia de sus ojos color rubí, los cuales no dejaban de escanear los callejones y las sombras de las casas de madera. Llevaba puesto su poncho de harpillera con vetas rojizas, una prenda que a pesar del calor le resultaba y que le incomodase un poco le servía por la forma en que ocultaba su figura y su mochila. Al caminar, el movimiento de la tela dejaba ver sus piernas, donde el pelaje blanco como la nieve comenzaba por encima de las rodillas y descendía hasta perderse en sus botas de combate punteras. De vez en cuando, Hiiragi sacaba su brazo derecho para limpiarse el sudor de la frente, revelando que el pelaje blanco en sus extremidades superiores se detenía en seco al llegar al codo, dejando el resto de su brazo con una piel delicada y humana que contrastaba con la rusticidad de su entorno. -Hoy parece que el sol tiene prisa por recordarnos que estamos en que se acerca el verano.- comentó para sí misma en voz baja, una costumbre que estaba arraigando con fuerza desde que no tenía a nadie que le prohibiera expresar sus pensamientos. La peliblanca sabía que en su mochila descansaban treinta mil berries, una suma que para cualquier habitante de esta zona sería una fortuna, pero ella no tenía intención de gastarlos a menos que fuera estrictamente necesario. El dinero era seguridad, pero los contactos eran poder, y Hiiragi Kamikiri necesitaba raíces antes que lujos. Se detuvo frente a un gran cobertizo donde varias mujeres y hombres mayores estaban sentados sobre fardos de bagazo de caña, dedicados a una tarea que parecía no requerir más que paciencia y manos constantes: pelar manualmente las fibras más finas para la elaboración de papel artesanal. La humink se acercó con una sonrisa encantadora, ladeando la cabeza para que sus orejas cayeran con suavidad, dándole un aspecto inofensivo y dulce que ella esperaba pudiera desarmar a los locales. -Muy buenos días tengan todos. Me preguntaba si por casualidad aceptan un par de manos extra para avanzar con tan arduo labor.- dijo Hiiragi mientras se acercaba al grupo. Una mujer de rostro curtido por los años y ojos pequeños la miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en sus orejas de conejo antes de soltar una risotada ronca. -No parece que una señorita tan limpia quiera ensuciarse con la resina de la caña, pero si buscas ganarte el almuerzo, hay espacio en aquel rincón.- contestó la mujer señalando un taburete de madera que parecía estar a punto de desmoronarse. Hiiragi no lo dudó un segundo, después de todo una oportunidad dada sería una oportunidad aceptad antes que una desperdiciada. Se acercó, dejó su mochila a sus pies y se sentó, permitiendo que su poncho se abriera lo suficiente para trabajar con comodidad. -No se deje engañar por el color de mi pelaje, señora, soy más dura de lo que aparento y el trabajo nunca me ha asustado, quiéralo o no, trabajo es trabajo y una oportunidad justa de ganarse el pan siempre será bienvenida.- respondió la joven mientras tomaba el primer fajo de fibras. La labor era tediosa y monótona, consistía en separar las capas exteriores más oscuras para dejar el corazón blanquecino de la fibra listo para el mortero. No requería entrenamiento, solo una repetición infinita que permitía a la mente de la oji-rubí divagar mientras sus oídos recolectaban cada chisme, cada queja sobre el precio del arroz y cada mención sobre quién era el dueño de las tierras cercanas al río, una oportunidad sin fin de recolectar información y cotillear sin para. Durante horas, Hiiragi peló fibra tras fibra. Sus manos pronto se cubrieron de una sustancia pegajosa y dulce que atraía a los insectos, pero ella no se inmutó más allá de un suspiro desaprobatorio. Lo que más le interesaba eran las conversaciones. Aprendió que la mujer que le había hablado se llamaba Martha y que vivía sola en una pequeña cabaña cerca del recodo del río porque sus hijos se habían ido a trabajar a la zona alta del reino. Hiiragi sonreía, asentía y lanzaba preguntas estratégicas, fingiendo ser una viajera despistada que simplemente buscaba un lugar donde encajar. -Es un trabajo agotador para tan poca recompensa, ¿no cree Martha?.- comentó Hiiragi mientras observaba cómo la pila de fibras limpias crecía a su lado. -Lo es, niña, pero en Samba si no te mueves, el río te lleva. Al menos aquí tenemos techo mientras el sol quema.- respondió la anciana sin dejar de trabajar. La humink vio su oportunidad y comenzó a preparar el terreno para su verdadera intención. -Yo estoy buscando un lugar donde quedarme unos días, no me importa que sea pequeño mientras sea seguro. Incluso podría ayudar con las labores de la casa o conseguir algunas provisiones extra para que el gasto no sea un problema.- agregó dejando que la propuesta quedara flotando en el aire húmedo del cobertizo. Llegado el mediodía, el capataz del lugar pasó repartiendo unas cuantas monedas a los trabajadores temporales. Hiiragi recibió las suyas con una reverencia respetuosa, guardándolas en un bolsillo separado de sus berries principales. Eran apenas unas migajas, pero representaban su primer salario ganado en total libertad. Martha se levantó con dificultad, quejándose de la espalda, y Hiiragi se apresuró a ayudarla, sosteniéndola del brazo con delicadeza. -Déjeme ayudarla a llegar a su casa, señora Martha, es lo mínimo que puedo hacer después de que me permitiera compartir el trabajo hoy.- dijo la peliblanca con un tono que mezclaba la cortesía con una vulnerabilidad actuada con la práctica durante sus años de servidumbre y sumisión ante los malvivientes que la habían retenido tanto tiempo. Caminaron por un sendero estrecho flanqueado por cañas de azúcar que superaban la altura de Hiiragi. El calor era sofocante, pero la joven mantenía su poncho cerrado, protegiendo sus secretos y su equipo. Al llegar a la cabaña de Martha, que resultó ser poco más que una habitación de madera con el techo remendado con hojas de palma, la humink analizó el lugar rápidamente. Era perfecto. Estaba lo suficientemente alejado para tener privacidad, pero lo bastante cerca del pueblo para seguir haciendo contactos. -Vaya, tiene una vista encantadora del río desde aquí.- comentó Hiiragi mientras dejaba a la anciana en su silla de mimbre. [b]-Es humilde, niña, pero es mía. Aunque a veces el silencio es demasiado pesado.- confesó Martha soltando un suspiro. Martha la miró en silencio durante un largo rato, evaluando a la extraña criatura de orejas blancas. Finalmente, asintió con una sonrisa débil. -Está bien, chica conejo. Puedes quedarte en ese rincón de allí. Pero no creas que por ser vieja soy tonta, espero que trabajes por ello y que conste que será solo por esta noche o una más si veo que te comportas.- Hiiragi sonrió ampliamente, sintiendo una pequeña victoria en su pecho. -Le aseguro que no se arrepentirá de haberme invitado, soy muy buena manteniendo el orden.- contestó la joven antes de levantarse y empezar a organizar su pequeño espacio. El resto del día lo pasó realizando labores domésticas. Fue al río a cargar baldes de agua, disfrutando internamente las miradas curiosas de otros habitantes que se preguntaban qué hacía una humink por allí. Limpió el polvo acumulado de semanas y, usando una pequeña parte de sus berries, compró algunas verduras y un poco de pescado seco en un puesto cercano para preparar una cena decente para ambas. Al cocinar, el aroma del guiso empezó a llenar la pequeña cabaña, creando una atmósfera de hogar que Hiiragi no había sentido en años. Sentadas a la mesa, mientras el sonido de los grillos empezaba a dominar la noche de primavera, Hiiragi escuchaba las historias de Martha sobre cómo era el Reino Samba antes de que las divisiones sociales se volvieran tan marcadas. La joven procesaba cada dato: nombres de capitanes de puerto, horarios de las barcazas comerciales y rumores sobre la seguridad en la zona alta. Estaba construyendo su mapa mental, su red de seguridad. Antes de dormir, Hiiragi se tomó un momento para revisar sus pertenencias en la oscuridad de su rincón, asegurándose de que su mochila y el paquete envuelto en harpillera estuvieran a mano. El suelo era duro y la cabaña crujía con el viento, pero se sentía más segura que en cualquier camarote donde había estado en su pasado. Había conseguido un refugio, había hecho su primer contacto sólido y había demostrado que podía mimetizarse con el escalón más bajo de la sociedad de Samba. -Mañana será otro día para seguir aprendiendo, y quién sabe, quizás Quintus o algún otro comerciante necesite de una ayudante que sepa distinguir el valor real de las cosas.- susurró para sí misma mientras se envolvía en su cobertor. Sus ojos rojos se cerraron mientras el cansancio finalmente le ganaba la partida a su mente analítica. En el Reino Samba, la primavera apenas comenzaba, y Hiiragi Kamikiri ya estaba plantando las semillas de lo que esperaba fuera su nueva vida, una gota de agua dulce a la vez en aquel inmenso y complicado mar que ahora llamaba hogar. La noche transcurrió tranquila, con el río Samba fluyendo como un testigo silencioso de la pequeña victoria de la humink. Hiiragi durmió con una sonrisa ligera, sabiendo que su autonomía no era un regalo, sino algo que estaba construyendo con sus propias manos, un pelaje blanco a la vez y un berrie bien ahorrado tras otro. Al final del día 21 de primavera, la coneja ya no era solo una náufraga de su propio pasado.[/b] |