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El pulso bajo la palmera [ P.A. - Social| Shin ] - Asherah Bel-Nadin - 08-01-2026 》15 de Primavera, año 17
El incipiente calor de estas épocas se mete entre las tablas del muelle, se cuelga de los toldos de lona, perfuma el aire con frutas abiertas y madera húmeda. El mercado costero despierta temprano y no se disculpa por el ruido. Yo llegué cuando el sol todavía estaba bajo, ese momento en que todo parece posible y nadie te mira demasiado. Elegí una palmera joven, inclinada hacia el mar, con el tronco rugoso y amable, marcada por sogas viejas y salitre. A sus pies acomodé un tablón bajo, apenas elevado del suelo para que la humedad no me gane la mercadería, y sobre él extendí una tela clara, gastada pero limpia. No exhibí demasiado: algunas piezas sencillas. Dos anillos de cobre pulido con incrustaciones de vidrio marino, irregulares pero firmes. Un par de colgantes de nácar sin tallas complejas, apenas lijados hasta que la luz entrara suave y no lastimara la vista. Cuentas sueltas de coral y piedra volcánica, clasificadas por tamaño y peso. Todo lo que una aprendiz puede hacer sin mentirse. El resto —joyas más trabajadas, mercancía ajena— estaba ahí como comercio, no como autoría. Eso también hay que saber decirlo con el cuerpo. Me acomodé la tiara casi sin darme cuenta y dejé que las pulseras sonaran al mover los brazos. El sonido atrae. La gente se acerca primero por curiosidad, después por intención. Yo hablo poco y claro. Vender no es convencer: es sostener. — No está tallado para brillar fuerte, sino para durar con el uso. — murmuré cuando una mujer mayor tomó uno de los colgantes — El nácar se lleva mejor con la piel que con la vitrina. Es todo un tema. Ella asintió, tocó la pieza con cuidado y siguió su camino. Así funciona esto. Los vi antes de que se plantaran frente al puesto. Dos hombres que no encajaban del todo con el pulso del muelle. El primero era alto —me llegaría apenas a la cintura— fibroso, con la piel curtida de sol viejo más que de trabajo real. Llevaba una camisa abierta hasta el pecho, descolorida a propósito, y un pañuelo oscuro atado al cuello, como si quisiera parecer más marinero de lo que era. El otro, más bajo y ancho de hombros, vestía un chaleco de cuero gastado sobre una camisa clara demasiado limpia para ese entorno. Ambos usaban botas pesadas, hechas para pisar firme, no para caminar arena suelta. Las miradas no se detenían en las piezas: se deslizaban sobre mí, evaluando. Los sentí antes de que hablaran. Una incomodidad leve, como cuando el viento cambia de dirección y nadie lo nota todavía. Mi atención se afinó sola. — ¿Esto lo hiciste tu? — preguntó el alto, señalando uno de los anillos con dos dedos, sin tocarlo. — Ese sí — respondí — Es cobre y vidrio de orilla. Sencillito. — ¿Y cuánto pides por él? Dije el precio justo. Ni regalo ni trampa. El otro soltó una risa por lo bajo, seca, fuera de lugar, mientras ambos avanzaban medio paso más, invadiendo el borde invisible del puesto. El mercado seguía vivo alrededor: gritos de pescadores descargando cajones, risas agudas, el golpe hueco de la madera contra la madera, el chillido de una gaviota robando fruta. Nadie parecía mirar exactamente ahí, y eso era parte del problema. — Ajá... — retomó el primero — Pensé que ibas a ser más flexible. Sentí el pinchazo interno, esa certeza muda de que algo no encaja. Respiré despacio y encojí las alas. No levanto la voz. No acelero. No empujo pero tampoco cedo. — Flexible es el material — contesté — Yo no regalo mi trabajo. El más bajo estiró la mano, como quien prueba suerte sin pedir permiso. No fue brusco; fue medido. En ese instante activé la fruta sin gesto alguno, como si la piel recordara sola qué hacer. La suavidad me recorrió entera y el contacto se volvió imposible: sus dedos resbalaron sin encontrar dónde afirmarse. El anillo siguió donde estaba. Yo también. — Te conviene no tocar — dije firme — No hace falta llegar a malos entendidos. El alto frunció el ceño. Ajustó el pañuelo del cuello con un movimiento lento, casi inconsciente. Miró alrededor, no buscando ayuda, sino calculando espacio. La palmera crujió con la brisa y sus hojas proyectaron sombras largas sobre la tela. Las cuentas vibraron apenas, un tintinear mínimo. Sentí el peso de mi cuerpo, anclado al suelo, atento. — No hagas escándalo — murmuró él — Arreglamos esto entre nosotros y listo. — No hay nada que arreglar — respondí tajante — Este es un puesto abierto, y yo no escondo ni precios ni límites. El más bajo volvió a acercarse, esta vez sin disimulo. La intención le ganó a la prudencia. Mi piel siguió siendo un borde imposible; su avance no encontró resistencia, tampoco permiso. Di medio paso atrás, lo justo para que el tablón quedara entre nosotros. Una de las cuentas rodó hasta el borde y quedó ahí, suspendida, temblando. No dije nada más. No hacía falta. El mercado seguía sonando alrededor, pero entre la palmera, el tablón y esos dos cuerpos mal ubicados, el espacio se había achicado. La cuenta todavía no caía.
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RE: El pulso bajo la palmera [ P.A. - Social| Shin ] - Hasegawa Shin - 11-01-2026
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Samba era un lugar de muchas virtudes, unos cuántos defectos y sobre todo, millares de situaciones impredecibles que volvían el juego de aventurarse por la isla algo extremadamente divertido. El marine eligió aquella vez pasearse por el mercado marítimo, con varios puestos cercanos a la playa ofreciendo un centenar de artilugios de lo más variado, entre joyas, reliquias y promesas de tesoros, o mapas que profesaban el descubrimiento de frutas raras y recursos exóticos. A juicio del marine, eran estafas muy bien elaboradas para cazar a aquellos que aún no salían del capullo. —¡No es ninguna mentira, amable caballero! Si lo compra, el poder estará al alcance de su mano, todo lo que podría desear o imaginar. Sólo lo encontrará gracias a esto. —agita el trozo de tela con dibujos garabateados en el susodicho, intentando ocultar el contenido del mismo aunque sin demasiado éxito. Desde luego, le faltaba alma de vendedora a la señora, uno pensaría que los años forjarían una experiencia digna, pero supuso que a veces se tiene talento para determinadas cosas o simplemente no hay nada que ofrecer. —Por supuesto que sí, tiene usted toda la razón. Es más, ¡se lo compraré por el doble del precio que me pide! —la mujer se quedó sorprendida y durante instantes no supo que decir, momento donde Shin aprovechó para volver a interrumpir —Sólo déjeme buscar mi cartera... —no, no es que iba a ser víctima de una estafa, sencillamente se fijó en sus pintas, estaba seguro de que era una ciudadana perteneciente a la zona más cercana al río, donde viven los pobres, quienes son apartados de la población noble cercana al palacio. Hasegawa no podía evitar el deseo por ayudar a esa clase social, aunque lastimosamente en esa ocasión algo interrumpiría su oleada de buenas intenciones. A la distancia fue cautivado por una mujer altísima, en bañador. Sus perfectos muslos adornados con una falda transparentada, el derecho rodeado de joyería, lo que enaltecía su piel morena. Hasegawa detuvo su accionar para reacomodarse las gafas, exponiendo sus ojos cerúleos a la luz matutina, observándola con mucho más detalle. No fue sólo la señorita quien se robó toda su atención, sino, la compañía de apariencia indeseada que tenía delante. No escapó al detalle de que intentaron ponerle las manos encima, dos veces. —Disculpe, señora. Tengo algo que hacer, no se vaya que me llevaré ese mapa conmigo en un momento. —con toda la calma del mundo, se decidió y se acercó. Aquel día no iba de marine, sino, como un civil cualquiera, y por ello pasó desapercibido ante posibles estafas con la mercadería de dudosa procedencia. Sin embargo, lo que no parecía falso eran las joyas encima del tablón bajo, vendidas por la señorita altísima del otro lado. Se percató de la cuenta a punto de caer, y se inclinó la suficiente para evitar que toque el suelo, sosteniéndola con la mano justo a tiempo. —Como dicen, esto parece valer su precio en oro. —asiente, mientras coloca la joya a la altura de su rostro, observándola con suma atención. Al mismo tiempo se quita las gafas y las coloca en el cuello de su camiseta blanca, mirándolos a todos. —¡Yō! ¿Interrumpo algo? Me dieron ganas de comprar. Para nada me vi convencido por nuestra humilde vendedora, esto parece de buena calidad... —se inclina sobre el resto de su mercancía y coloca la cuenta en su lugar, volteándose nuevamente al dúo problemático. —De hecho, sí. Estábamos a punto de cerrar un negocio de los grandes. Puedes volver por donde viniste. —con dejes de soberbia le contesta, aunque no sabía que estaba delante de uno de los mayores ególatras que se había topado jamás. —Esto... nah, me quedo. —ignorándolos, les da la espalda, elevando la vista para observar a la encantadora mujer. Aunque siendo honesto, tranquilamente se podría haber quedado observando sus muslos, estaban a la altura perfecta. —¿Qué le parece si le compro todo el tablón, hm? ¿A cuánto me lo deja? ~ —con un tono casi seductor y animado, se centró en ella, sin esperarse que repentinamente el tipo con el cual interactuó hace segundos lo sostendría del hombro para voltearlo, y posteriormente intentar darle un puñetazo. —Eh, niño bonito, respeta la fila. —el consiguiente impacto fue casi que en cámara lenta para Hasegawa, pudiendo activar el poder de su fruta al instante. No necesitó esquivarlo, el puño era de carne y huesos, no había elementos en él, ni algo que le preocupara, además, ya había comprobado su intangibilidad cuando no controlaba la pika pika, sabía que al convertirse en luz, sencillamente iba a traspasarlo. Y así fue. El contorno del marine se volvió dorado, para luego iluminar el resto de su cuerpo mientras mantenía la misma sonrisa pasota que siempre predomina en sus gestos. Antes de que por la misma inercia el hombre pasase de largo y cayese sobre el puestecito de la mujer, Shin dio dos pasos hacia delante, volvió a hacerse tangible y lo sostuvo del pañuelo pirata del cual parecía fardar con mucho orgullo, impulsándolo contra el compañero de un tirón que poco más y tiñe su piel de morado al asfixiarlo durante segundos. —¡Muy lento! —exclama, justo al instante en que los cuerpos del dúo se chocan entre sí. De un segundo a otro, la luz dorada parece absorber el cuerpo de Hasegawa, haciéndolo desaparecer momentáneamente, reapareciendo a una velocidad absurda al costado izquierdo de los dos, volviéndose tangible para asestar una patada en la zona costillar de ambos al mismo tiempo que los impulsó unos pocos metros hacia el otro costado, haciéndolos caer sobre la arena. Shin se quedó en su lugar, sacudiéndose las manos como si estuviesen llenas de polvo y ampliando su sonrisa, mirando a la morena hacia arriba —Bueno, ¿en qué estábamos? —aquel poder sólo podía provenir de una fruta del diablo, eso estaba claro, y los hombres, ahora asustados, tenían claras las represalias. —¡Desgraciado! ¡Cuando le digamos a la marina de ti vas a reírte pero tras las rejas! —una amenaza vacía, para quien representa la ley, claro está. —Hehe, yo soy marine. ¿Quieren terminar tras las rejas ustedes? Porque con gusto me los llevaría. —ladeando la cabeza y mostrando un lado más... sádico, les expone consecuencias claras. Aquello fue suficiente para que se resignen y huyan despavoridos, levantando algo de arena en el camino. Shin entonces se enderezó nuevamente, hasta sacando pecho para presumir de ello frente a la vendedora a su lado. —No entiendo por qué alguien querría ponerle las manos encima a alguien como usted, la verdad. Aunque bueno, si hablamos de contextos más específicos... tendría más sentido. —mismo tono grave y masculino que antes, quizás más dulce, incluso, con toda la intención de volverlo adictivo al oído de quien lo escucha, acompañado de gestos que ante la media se podrían considerar llamativos, hipnóticos. Hasegawa se sabía atractivo, y también conocía las formas de abusar de ello.
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RE: El pulso bajo la palmera [ P.A. - Social| Shin ] - Asherah Bel-Nadin - 17-01-2026 La cuenta no llegó a caer. Una mano ajena, firme y precisa, la sostuvo en el aire con una naturalidad que no pertenecía al mercado ni al clima ni a esos dos cuerpos mal ubicados frente a mí. El tintinear se apagó de golpe, como si alguien hubiese corrido un velo. Mis alas, todavía encogidas, reaccionaron un segundo después con un sonido sordo al sacudirse el estrés. Lo vi entonces. Remera blanca simple, sin marcas ni alardes, tensada apenas por un cuerpo que no necesitaba demostrar nada. Pantalón negro largo, limpio, práctico. Alto para los estándares comunes y aun así pequeño comparado conmigo. El contraste era casi gracioso. El sol le pegaba de frente y, cuando se quitó las gafas para colgarlas del cuello, el azul de sus ojos cortó el aire con descaro. No miraba como quien evalúa mercadería: había aparecido de repente y, a sus anchas, imponía presencia con ineludibles ganas de plantarse bajo un propósito. Su voz llegó antes que la calma. Colocó la cuenta de nuevo en su sitio con un cuidado que me tocó más de lo que hubiese admitido, y recién ahí entendí que había tomado la escena en sus manos sin pedirme permiso… y sin arrebatármelo. El tipo alto respondió con soberbia; yo apenas lo registré. El mercado siguió su curso, pero el eje se había desplazado. El recién llegado se inclinó sobre el tablón, se ofreció a comprar todo con una ligereza provocadora, y por un segundo temí que eso avivara justo lo que yo venía evitando. No quería escándalos y menos tener que tratar con una situación que escalara en violencia. El empujón vino desde atrás. Vi el movimiento en mi mente antes de que ocurriera de verdad, y aun así no hice nada. No por incapacidad, sino por decisión. No inicio los conflictos y tampoco los alimento. Lo que ocurrió después fue… rápido. Luz: dorada, imposible de ignorar. El golpe atravesó su cuerpo como si hubiese querido pegarle al sol. Un parpadeo mío y el agresor ya no estaba donde creía estar. El pañuelo tironeado, los cuerpos chocando entre sí, parecía un recuadro sacado de un cómic. La patada llegó limpia y precisa levantando arena. El mercado, ahora sí, se había pausado para quedarse mirando. Yo permanecí quieta, tragando saliva y todavía sin poder creer lo que estaba pasando. Mis manos descansaban sobre la tela clara, la piel ya no estaba resbaladiza por la fruta desactivada, pero el peligro ya no me pertenecía. Él se sacudió las manos como quien termina una tarea menor y volvió a mirarme desde abajo, sonriendo. No le respondí de inmediato. Observé cómo los hombres retrocedían, cómo la amenaza se vaciaba al escuchar la palabra "marine", cómo huían dejando atrás solo polvo y vergüenza. Recién cuando el espacio volvió a respirar, sentí el pulso bajar en mis sienes. Entonces me moví. Di pasos largos pero sin apuro, rodeando el tablón para posicionarme frente a él. Me incliné con cuidado, calculando mi tamaño, la distancia justa para no aplastar la escena. Bajé hasta su altura con una gracia que no se improvisa y, sin pedir permiso —porque el momento no lo exigía— tomé su rostro entre mis manos. Sus mejillas estaban tibias. El gesto fue íntimo pero claro. Puse un toque de seducción que me era casi innato cuando veo a alguien... interesante, pero sobre todo expresaba gratitud. — Gracias — dije con un tono calmo y sincero — Llegaste justo a tiempo. Es un lío cuando la gente confunde comercio con derecho. Mis pulgares trazaron un roce breve sobre su piel, medido, apenas lo suficiente para que entendiera que no era un gesto automático. Solté una risa suave y lo liberé con la misma naturalidad con la que lo había tomado. — Hhh-heh-hhh...Y gracias también por no romper nada — agregué — El cobre se abolla fácil… y yo prefiero evitar problemas. Es todo un tema. Me enderecé despacio, acomodándome el pareo y la tiara en un mismo movimiento. Las pulseras sonaron otra vez, ahora como señal de cierre. El mercado retomó su ritmo, aunque algunos ojos curiosos seguían buscando el origen de la luz que ya no estaba. Lo miré desde arriba, evaluándolo por primera vez con calma. Carisma peligroso. Confianza excesiva ¿Posible que tenga poderes por una fruta del diablo? Y, sin embargo, aquel contenía una cortesía real en los gestos. — Si de verdad te dieron ganas de comprar — continué — podemos hablar de precios. No me aparté del tablón. Al contrario: apoyé una pierna contra la madera, inclinándome apenas hacia él, lo justo para que la distancia dejara de ser comercial y pasara a ser personal. Mis alas terminaron de relajarse, abiertas lo suficiente como para ocupar espacio sin amenazarlo. — Aunque sería injusto limitarlo solo a eso — añadí, mirándolo de frente — Hay compras que no se pesan ni se guardan en un bolsillo. Deslicé los dedos sobre la tela blanca, despacio, ordenando una pieza que ya estaba en su lugar. Un gesto innecesario, deliberado. Mis pulseras sonaron otra vez, más bajas... más íntimas. — Vos no intervenís como cualquiera — dije— Y no mirás como cualquiera. Eso se nota. Le sostuve la mirada, sin desafío peligroso —todavía— y sin prisa. El mercado alrededor ya no me importaba. El mundo se había achicado a ese rectángulo de sombra, sal y madera. — Ser marine tiene sus ventajas — sonreí, ladeando apenas la cabeza — Autoridad, presencia… y cierta capacidad para aparecer cuando hace falta. Dejé que la frase se asentara, que hiciera su trabajo sola — Así que... si querés una recomendación sincera — continué — te diría que empieces por algo simple. Una pieza chica. Una excusa para volver. Mis dedos se cerraron sobre uno de los anillos de cobre, el del vidrio marino. Lo levanté entre nosotros, no ofreciéndolo todavía. — El resto… — mi voz bajó apenas, lo suficiente — se puede charlar con más tiempo. Con menos ruido y... quizás lejos de la muchedumbre y de ojos curiosos. Lo observé un segundo más, evaluando su reacción con la misma atención con la que evalúo un material antes de trabajarlo. — No todos los días una vende joyas — concluí — A veces, simplemente, abre la puerta para oportunidades únicas...
Cositas
RE: El pulso bajo la palmera [ P.A. - Social| Shin ] - Hasegawa Shin - 18-01-2026 Hay premios que se expresan en simples palabras de gratitud o incluso miradas discretas, acompañadas de sonrisas tenues. Habitualmente esos gestos pequeños indican la fragilidad de las personas que transmiten el agradecimiento, aunque bajo la perspectiva del marine todos tienen el mismo valor, sin importar lo gigante o pequeño del presente, pues considera regalos incluso las muestras de felicidad en los afectados tras los incidentes que enfrentan. ¿Entonces qué resultó diferente en esta ocasión? En cuanto ve a la comerciante, alta como ella sola, rodear la mesa con sus joyas en pasos cortos hasta eventualmente recortar las distancias, Hasegawa por dentro deseaba que la situación escale. Ya sea utilizando como recurso lo que hizo por ella, o encandilándola con su carisma nato hasta deslizarse en cada parte de su amplio cuerpo poco a poco. Sus ojos no escondían los sectores donde se posaban, pudiendo imaginar con una precisión bastante exacta las partes ocultas bajo los escasos centímetros de tela que vestía. E incluso así, no fue difícil redirigir su atención a los ojos esmeralda de la mujer, obvio, permitiéndose una parada en los labios morenos que le regalaron unas cuantas palabras instantes después. Resultó instintivo; En cuanto ella lo sostuvo de las mejillas, la diestra del albino se posó en uno de los muslos ajenos. No fue sutil, el agarre resultó firme, aunque sin llegar a hundir los dedos del todo en esa piel suave, más allá de que evidentemente, ganas le sobraban. Mantenía un control sutil desde esa pequeña acción, una muestra del carácter que portaba en paralelo con su carisma, porque Shin nunca fue alguien que se achicara ante este tipo de cercanías, de hecho, lo disfrutaba como el que más, y por ello no existió rubor alguno en sus mejillas, sólo una sonrisa que buscaba mantenerla hipnotizada en el momento, extender el tiempo de contacto con esos muslos lo más que pudiese, al unísono en que la escuchaba con suma atención. No interrumpe, la deja pronunciar el agradecimiento, explicarle el fastidio que le causan las confusiones en el comercio, y por supuesto que disfruta de la caricia adicional que le regala, deslizando al mismo tiempo su mano en la piel contraria, trazando una suave línea hasta el eventual distanciamiento, porque si bien, ella fue quien se acercó, no podía abusar. Su silencio fue elección, y se mantuvo incluso tras la separación, en donde ella se endereza tras añadir otro "gracias" a la lista. Supuso que habría resultado más problemático que de ayuda no cuidar la salud de su mercancía, en ese tipo de escenarios complejos afecta más de lo que podría ayudar una intervención de ese tipo. Hasegawa ignoraba las miradas del resto, incluso olvidó a la pobre señora a la que le hizo la promesa de caer en su estafa. Estaba totalmente hechizado por la presencia de la mujer alada, observando sus plumas negras, recorriendo esas curvas nuevamente, carente de cualquier tipo de vergüenza. Las palabras se siguen sumando, y el silencio del marine llama la atención viniendo de alguien tan parlanchín, es un respeto muy considerado a la personalidad de la comerciante. Un calor especial latía en su cuerpo ante las sugerentes ideas que plantea, envueltas en excusas de negocios, como el anillo que elevó entre el espacio de ambos. Shin, por su parte, volvió a recortar las distancias, observándola hacia arriba con la misma confianza con la cual se presentó en primera instancia, por fin dispuesto a volver a hablar, a sumergirse en los sonidos de sus joyas cada vez más íntimos, a esconderse del resto del mundo bajo la sombra de la palmera, bajo la mirada única de esa peligrosa mujer. En ese momento, donde todo parecía ir con más lentitud, en un tempo repleto de expectativas, no deseaba nada más. Y bien sabía que ante mujeres tan imponentes como ella, no podía equivocarse o dudar. —Oportunidades únicas, ¿hm? —cuestionó, comenzando a rodearla hasta ubicarse detrás de ella. Observó sus tatuajes con descaro, sintió su aroma adictivo y dejó reposar los segundos suficientes para darle a entender que, efectivamente, la estaba mirando de maneras 'indebidas'. —Tengo delante de mí la excusa perfecta para volver. Reiteradas veces. Incontables. —susurró, asomándose por un costado de la mujer, generando cercanías peligrosas y aún mirándola hacia arriba. —Me encantaría aportar a su humilde negocio, pero verá, estoy más interesado en el tesoro que representas... tú. —no iba a tutearla, parte de la seducción implicaba romper ciertos ejes de confianza, mostrar atrevimiento, la disposición de tomar lo que uno desea sin pedir permiso. —¿Me permitiría acompañarla a ese lugar lejano a la muchedumbre? Creo que podríamos entendernos mejor con un poco de privacidad rodeándonos. Sólo un poco. —¿desnudarla con otros mirando? No tendría problemas, aunque no era moralmente compatible con su labor, debía tener una pequeña dosis de autocontrol. —Pero antes me gustaría saber tu nombre. A mí puedes llamarme Shin... —indicó, disminuyendo levemente la amplitud de su sonrisa e incluso la intensidad de su carisma. Todo pasó a envolverse en destellos de lujuria, manteniéndose en un margen de complicidad silenciosa, una energía que todavía no había sido expuesta por ninguno de los dos, lo cual se volvía más divertido, incluso. —No voy a mentirte. Se me da fatal ignorar el impulso de sinceridad que me está atacando ahora mismo. —añadió antes de cederle el espacio necesario para presentarse —Así que te lo diré. Muero por mirarte a la misma distancia que antes un rato más. Nunca conocí a nadie que me causara esta sensación. —se encogió levemente de hombros con una actitud sobrada, repleta de confianza, como si le hubiese puesto nombre a algo evidente que quizás, muchos otros no se animarían a decir. Sin embargo, con la energía entre ambos, esos pequeños retazos de atracción incendiándose, no podía callarse.
Karmas
RE: El pulso bajo la palmera [ P.A. - Social| Shin ] - Asherah Bel-Nadin - 23-01-2026 Era extraño cómo nuestros cuerpos seguían físicamente ahí, en el mercado —con sus olores densos a frutas abiertas y voces que se superponían como capas de tela— pero ya no me atravesaba de la misma manera. Mi atención estaba anclada en él, en cómo su presencia habia pasado de irrupción heroica a posibilidad sin que yo sintiera la necesidad de retroceder ni rechazarlo. Aún sentía en la piel el rastro de su cercanía: el calor firme en el muslo, el peso exacto de una mano que supo detenerse antes de cruzar el límite, la manera en que sus ojos no pidieron disculpas por mirar. Había gestos que no se borraban al tomar distancia. Se quedaban, silenciosos, como un pulso bajo la superficie. Y mientras respiraba hondo, acomodando mis alas con un movimiento lento, entendí que parte de mí seguía midiendo ese contacto, no para evitarlo… sino para recordarlo. Su nombre quedó flotando entre nosotros como una invitación abierta. Lo dejé asentarse, permitiéndome ese segundo de silencio que siempre uso para medir las cosas importantes: la intención detrás de las palabras, el peso real de una propuesta, la diferencia entre deseo pasajero y curiosidad con raíces. Él había pedido acompañarme con descaro elegante, con esa sinceridad frontal que no pide permiso pero tampoco atropella. Y, sobre todo, había bajado el tono justo cuando hacía falta. Eso decía mucho. Apoyé con cuidado el anillo de cobre nuevamente sobre la tela blanca. No lo solté de golpe; dejé que mis dedos se demoraran un instante más del necesario, como si el objeto fuese una excusa para ordenar pensamientos que, en realidad, no estaban desordenados en absoluto. El cobre brilló apenas bajo el sol. Me giré apenas, lo suficiente para mirarlo de perfil desde arriba. El contraste seguía siendo delicioso: su altura segura frente a la mía imposible, su cuerpo firme y contenido frente a mi sombra extendida cubriendo media escena. Incliné un ala apenas, no como gesto defensivo, sino como quien acomoda una prenda sabiendo que está siendo observada… y disfrutada. — Antes de que sigamos acumulando propuestas y confesiones… — agregué, inclinándome un poco más, con intención clara — Soy Asherah. No extendí la mano. No hacía falta. Mi presentación vino acompañada de una cercanía cálida, de una mirada sostenida que no pedía nada pero tampoco se escondía. Deslicé una mano por el borde del tablón improvisado, recorriendo la madera gastada, y luego señalé con la barbilla el pasillo principal del mercado, donde los puestos se apretaban en una coreografía caótica de colores, telas tensadas con sogas y risas que explotaban sin previo aviso. — Iba a hacer unas compras rápidas para el almuerzo — expliqué — Pero antes… — No terminé la frase de inmediato. En cambio, empecé a moverme en torno al tablón. El desmontaje fue preciso y elegante. El paño blanco se plegó con cuidado, sin rozar el suelo, y las piezas fueron retiradas una por una, como corresponde. El cobre no tocó el latón; la plata quedó aislada; el vidrio marino volvió a su estuche individual. Cada joya encontró su lugar en pequeños estuches rígidos forrados en tela oscura, separados, protegidos del roce y del descuido. Luego me agaché para sacar de debajo del tablón un cofre de joyero con correas, compacto pero sólido, revestido en cuero oscuro, con herrajes discretos marcados por el debido uso, no por abandono. Lo abrí lo justo para acomodar las bandejas interiores acolchadas, encastrando cada estuche. El cierre final sonó bajo. Mientras lo hacía, sentía todavía su mirada recorriéndome. Suponía que cada gesto —mis manos firmes, el pliegue de las alas, la calma del cuerpo inclinándose— se hubiese vuelto parte del mismo diálogo silencioso que había empezado cuando me encaró sin remordimientos. Y, lejos de incomodarme, ese pensamiento se acomodó en mí con una tibieza peligrosa. Entonces el tablón quedó vacío y la palmera volvió a ser solo una palmera. — No tengo puesto fijo — aclaré, sin dramatismo — Lo armo cuando quiero y lo levanto igual de fácil. Hoy ya cumplió su función. Le dediqué una mirada breve, cómplice. Con el cofre asegurado a mi costado, el mercado volvió a abrirse frente a mí sin obligaciones. Libre. —Ahora sí — retomé — Si te parece bien acompañarme, podemos ir juntos. Mis ojos se encontraron con los suyos. — No soy de andar apurada — añadí — pero tampoco me gusta dejar pasar el momento cuando se presenta. Es todo un tema. Di un paso más cerca. No invadí: ocupé. La diferencia era clara. El leve movimiento hizo que las pulseras tintinearan otra vez, más cerca de su pecho ahora, y que el pareo se acomodara con una lentitud consciente contra mis muslos. Esta vez, no fue solo gesto, fue una respuesta definitiva. — Después… — dejé que la frase respirara — podemos almorzar en casa. No fue una invitación lanzada al aire. Fue concreta y sencilla, dicha con la misma naturalidad con la que se ofrece agua a alguien que viene del sol. — Vivo por acá cerca del río — aclaré — Corre brisa casi todo el día y queda lo suficientemente lejos del bullicio como para escuchar algo más que a gente gritándonos encima. Apoyé el peso en una sola pierna, relajando la postura, permitiéndome observarlo con más detenimiento ahora que la escena había bajado un cambio. Su seguridad seguía ahí, intacta, pero ya no era exhibición: era comodidad. Y eso… eso era más peligroso. — Trabajo por acá cuando el cuerpo y el ánimo coinciden — continué — Joyas simples, encargos chicos… y a veces conversaciones interesantes que empiezan sin aviso. Dejé escapar una risa baja, sincera. — Hhh-heh-hhh~ Como hoy. Acomodé el cofre contra mi cadera y tomé la canasta de mimbre en un movimiento fluido, de alguien que sabe cuidar lo que vale… y elegir cuándo moverse. — Si te preocupa el tiempo — dije, mirándolo por encima del hombro — prometo no secuestrarte todo el día. Aunque no garantizo que el almuerzo sea corto. Le dediqué una mirada ladeada, cargada de intención suave, sin presión, y terminaba de girar el cuerpo nuevamente para darle la espalda. Di el primer paso hacia el camino arenoso del mercado. No miré atrás enseguida. Me gustaba otorgar la sensación de que la última decisión —si es que todavía pensara que no se lo había confirmado— fuera suya. RE: El pulso bajo la palmera [ P.A. - Social| Shin ] - Saint Ethanbaron V. Nusjuro - 27-01-2026 A petición de los usuarios: ✘ TEMA: CERRADO |