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Puntapié | fic - Enji - 11-01-2026

Invierno, día 40. Año 16.


—La Doku Doku no Mi. Esa es la fruta que consumiste, chico.

Enji dió otra calada a su cigarrillo, apoyado sobre el marco de un enorme ventanal. Afuera los otros reclutas entrenaban al rayo del sol, dejando sus huellas marcadas en la alfombra blanca que una cruenta noche de nevada había extendido a lo largo y ancho del patio.

—¿Doku? —replicó, exhalando el humo—. ¿Veneno?

—Sí.

A su izquierda, un poco más atrás, sobre el centro de la habitación estaba ubicado un gran escritorio de madera. Detrás del escritorio, un hombre de bigote tupido hablaba sin que se le vieran los labios. Solo movía su bigote.

—Es una fruta del diablo del tipo paramecia. —Entre sus dedos movía un bolígrafo. Lo giraba y hacía florituras con él, demostrando una notable habilidad además de un pulso impecable—. Lo que haces es, básicamente, secretar distintos tipos de veneno desde cualquier parte de tu cuerpo. Y, por lo que me dices, también puedes controlar ese veneno.

—¿Cómo sabes que es esa fruta en particular? —Enji se giró y tomó asiento en el marco del ventanal. Se sacó el cigarrillo de la boca y exhaló una humareda—. ¿Eres una especie de experto?

—Oh, no. —El doctor desestimó su teoría con un gesto de la mano—. Para nada. Solo hice unas pocas llamadas, algunas preguntas y resulta ser que el anterior usuario de esta fruta, o de una fruta muy parecida, perteneció a la marina… Hay archivos, aunque nada muy detallado.

Enji guardó silencio unos segundos. Apoyó los codos en sus rodillas, se inclinó hacia adelante y suspiró tras enjuagarse la cara con la mano izquierda.

—Pensé que sólo era un montón de moco…

—¿Decepcionado?

—¡Que va! Ahora voy a ser el novio más tóxico de las señoritas, y con fundamento. —Agitó la cabeza y se volvió a incorporar después. Enderezó la espalda, dió otra calada al cigarrillo, descartó la ceniza por la ventana y escupió el humo entre los dientes—. ¿Cómo funciona? ¿Qué hace ese veneno?

—Bueno, ahí tenemos todo un asunto que desglosar —dijo el doctor, incapaz de ocultar del todo su entusiasmo.

Abrió el cajón de su escritorio y sacó una carpeta de dentro. La abrió sobre la mesa y llamó a Enji con la mano.

—Acercate, mira esto. —Señaló una serie de anotaciones en una hoja—. Estás son pruebas que les hicimos a las muestras que nos dejaste el primer día. Resulta ser que lo que secretas no es siempre lo mismo. A veces, como es el caso de este ejemplo… —Del mismo cajón sacó un pequeño frasco con un líquido rojizo dentro—. El químico venenoso funciona de manera que el sistema inmunológico de quién tiene contacto con esto, se dispara. ¿Sabes cómo combate el cuerpo los agentes extraños?

—¿Los caga?

El doctor casi se cae de la silla.

—¡No, bruto! ¡Sube la temperatura! —Señaló un número en la hoja—. Sube la temperatura del cuerpo para matar el patógeno. Esta sustancia dispara esa reacción, y le genera fiebre a quien se vea expuesto. Una fiebre intensa.

—Entonces, ¿los enfermo? Viejo Kazehiro, eso ya lo sabía.

—No, no los estás enfermando —corrigió Kazehiro—. Los envenenas. Hay otra muestra que tiene un grado de acidez muy elevado. Otra que genera malestar general en el cuerpo del afectado. Pareciera ser que… tú eliges, de alguna forma, el efecto que hace tu veneno. Ya no es solo lastimar por dentro y asesinar, como los convencionales. Podrías… no lo sé, generar un veneno que acelera las palpitaciones en tu enemigo y le genera taquicardia. ¡Uno neuronal! Que afecte su lucidez. Lo limitará tu propio conocimiento sobre los distintos tipos de venenos que existen en el mundo.

—Ah… ¿El veneno de serpiente qué hace? ¿O cómo lo hago?

—Depende la serpiente que sea. Hay muchos tipos de sustancias químicas venenosas, chico. Mira.

El anciano se levantó de su asiento, apartó la silla y empezó a revisar el estante que tenía a su espalda. Decenas de libros lo ocupaban. Ojeó unos cuantos títulos antes de sacar uno por el lomo y dejarlo sobre la mesa, frente a Enji.

—Este de aquí es un libro de enseñanza básica sobre venenos y antídotos. Deberías echarle un ojo. En verdad, deberías pensar seriamente en ponerte a estudiar… esa habilidad tuya no reconoce aliados de enemigos, es muy peligrosa. Tienes que estar consciente y bien informado para poder sacarle el mejor partido.

—No me jodas, viejo. ¿Estudiar? —Enji estiró el brazo, tomó el libro y se lo acercó para echarle un vistazo rápido—. ¿A esta edad? Ya estoy grande.

—Nunca es tarde para aprender algo nuevo. Además, piénsalo, podrías sacarle mucho partido a tu poder si tienes una idea más clara de lo que eres. Aprende sobre venenos. Después de todo, eso eres ahora.

—¿Qué? —replicó Enji con el ceño fruncido—. ¿Qué soy?

—Un hombre veneno, por supuesto. Una posible catástrofe con dos patas y… ¿En qué momento te quitaste la ropa?

Enji se rascó el cuello. A su espalda, en el suelo, estaba el uniforme.

—¿Yo que sé?