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La ironia de un pequeño Cazador [Fic Akuma| Pres. Abs] - Versión para impresión

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La ironia de un pequeño Cazador [Fic Akuma| Pres. Abs] - Lázaro Esvendim A. Montege - 12-01-2026

Día 23 de Primavera, Año 17 
South Blue: Reino Samba

La selva de Anazoma no era, ni por asomo, un lugar digno de recibir a alguien como yo. El follaje se cerraba sobre sí mismo con una densidad ofensiva, húmeda, cargada de aromas verdes y terrosos que intentaba nsin éxito opacar el rastro constante de mi perfume caro, yo mientras caminaba con paso firme sobre una raíz gruesa, apoyando con precisión mi bastón contra la madera resbaladiza, mientras mi cola purpúrea se balanceaba con elegancia calculada detrás de mí. Cada paso era una afrenta directa a este ecosistema salvaje, yo no pertenecía aquí, y aun así, la selva iba a tener que aceptarme.
 
—Qué lugar tan vulgar —murmuré, ajustándome el cuello del abrigo con gesto irritado —Si no fuera porque ese inútil vale una fortuna, ya habría dado media vuelta. — El motivo de mi presencia era claro, simple y delicioso, un criminal buscado, uno de esos miserables que creen que esconderse entre árboles gigantes y bestias exóticas los vuelve intocables. Su cabeza tenía precio, un precio alto y además, la idea de cazarlo me resultaba entretenida, no solo por los berries, sino por el acto en sí, demostrarle a alguien mucho más grande que yo que su destino dependía de mis manos.
 
Mis dos hachas, perfectamente afiladas y sujetas a mi espalda, tintineaban suavemente con cada movimiento, no las llevaba por necesidad inmediata, para eso estaba mi lengua y mi ingenio, pero siempre era reconfortante saber que, si el mundo insistía en ser violento, yo podía responder con elegancia y filo. La selva crujía, se movía y respiraba, pero por el momento yo la ignoraba.
 
Avancé entre lianas y hojas enormes, cuidando de no manchar mis botas. No había visto al criminal todavía, pero su rastro era evidente para alguien con mi experiencia, ramas rotas sin cuidado, huellas profundas, un hedor leve a sudor viejo fue suficiente para que mi expresión se torciera con asco de inmediato. —Repugnante —dije en voz alta — ¿Tan difícil es bañarse, incluso cuando se huye?— El simple pensamiento de alguien sudando en exceso cerca de mí me crispaba los nervios apreté el bastón contra el suelo con un golpecito seco y respiré hondo, perfume caro entrando, aire sucio saliendo.
 
En un claro improvisado, algo llamó mi atención, un pequeño montón de provisiones abandonadas con prisa, ropas mal dobladas, una cantimplora vacía, y entre todo eso una fruta. No era especialmente llamativa a primera vista, pero había algo en ella. Un patrón extraño en la piel, curvas antinaturales entonces la observé con detenimiento, ladeando la cabeza como si el mundo entero me debiera una explicación, saqué mi reloj de bolsillo dorado, lo abrí con un clic suave y revisé la hora —Estoy perdiendo tiempo.— murmuré, el criminal no podía estar lejos y aun así tenía hambre.
 
No como cualquier cosa, por supuesto, jamás lo he hecho, pero esta fruta no olía mal, no estaba sucia, y además pertenecía claramente a ese idiota fugitivo, comerla se sentía apropiado, casi simbólico, un acto de dominación previo a su captura. La tomé con dos dedos, la giré un poco, suspiré con fastidio y le di un mordisco, pero el sabor fue horrible. No desagradable, no amargo, sino completamente horrible, como si alguien hubiera decidido destilar todos los errores culinarios del mundo en una sola pulpa pastosa. Me detuve en seco, con la expresión congelada entre el asco y la incredulidad.
 
—¿Pero qué clase de aberración es esta? —espeté, escupiendo un poco al suelo con total falta de decoro —Esto no es comida, esto es un crimen, pero no esperaba nada bueno de ese criminal asqueroso.— Tragué con esfuerzo, más por orgullo que por voluntad, jamás iba a permitir que una fruta, una simple fruta me venciera. Di otro mordisco, este fue peor que el primero, y sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. Terminé de comerla con evidente desagrado, limpiándome la boca con un pañuelo de seda que inmediatamente consideré arruinado. Lo guardé igual, porque era caro, y yo no desperdiciaba cosas caras.
 
—Sea lo que sea esto, lo resolveré después — decidí, con tono definitivo. — Nada interfiere con mi trabajo. — Y como si la selva hubiese estado esperando ese momento exacto, un ruido pesado resonó no muy lejos, pasos torpes, una respiración agitada, bingo, era criminal y no pude evitar sonreír levemente. Una sonrisa pequeña, ladeada, satisfecha.
 
—Ah, con que ahí estás. — Avancé con paso seguro, haciendo sonar el bastón contra el suelo para anunciar mi presencia. No necesitaba sigilo, necesitaba impacto, que supiera que lo habían encontrado, que comprendiera que huir había sido inútil. —Déjame adivinar — dije con voz clara y arrogante, elevándome sobre una raíz para ser visible —Grande, sudoroso, maloliente y con una recompensa absurdamente alta sobre la cabeza. Ding Ding Ding el premio gordo. — No lo veía aún, pero lo escuchaba moverse con torpeza, seguramente intentando decidir si huir o enfrentarme, me acomodé el abrigo, dejando que las hachas fueran visibles.
 
—Te daré una ventaja — expliqué siendo, condescendiente —Puedes rendirte ahora y evitar que te humille delante de toda esta selva mediocre. — Di un paso más al frente, con mis ojos ámbar brillando con juicio divino en versión minion.
 
—Porque créeme —añadí, alzando el bastón apenas —Hoy no solo voy a cobrar tu cabeza.— Hice una pausa, disfrutando el momento. —Voy a divertirme haciéndolo.— El silencio que siguió fue breve, tenso, delicioso y luego, el idiota salió corriendo. Las ramas se quebraron con torpeza, hojas gigantes sacudiéndose como si la selva misma se quejara de su presencia, pero sus pasos eran pesados, erráticos, desesperados. Yo suspiré, largo y decepcionado, como si acabaran de confirmarme una verdad que ya conocía.
 
—Claro —murmuré —Huir, siempre huyen.— No me apresuré de inmediato. Me tomé un segundo para acomodar el puño de mi abrigo, asegurar el ángulo correcto del bastón y, por pura costumbre, saqué nuevamente el reloj de bolsillo dorado, el tic metálico al abrirlo resonó suave entre los sonidos salvajes y entonces avancé. Mi tamaño hacía que la persecución fuera interesante. No podía competir en zancadas, pero tampoco lo necesitaba. El criminal corría como un animal asustado, sin pensar, sin medir el terreno. Yo, en cambio, conocía el arte de la caza, me deslicé entre raíces, salté sobre troncos caídos, usando el bastón para impulsarme con precisión, cada movimiento era calculado, elegante incluso en este entorno indigno de mi presencia.
 
—¿De verdad creíste que esconderte en una selva te salvaría? —grité, elevando la voz solo lo suficiente para que me oyera —Eso funciona con la gente estúpida.— Un rugido de frustración fue su única respuesta y el olor llegó antes que él a mi nariz, sudor viejo, miedo, desesperación, mi nariz se arrugó con una mueca de asco inmediato.
 
—Oh, no, no, no —me detuve en seco. —Esto ya es personal.— El sujeto irrumpió en un claro más amplio, girándose al verme aparecer desde una raíz elevada, era enorme, incluso para los estándares de razas grandes, músculos tensos, respiración agitada, ojos desorbitados, en su mano llevaba un machete improvisado, claramente robado, claramente mal cuidado.
 
—¡Aléjate, monstruo! —rugió, yo simplemente parpadeé y no pude evitar reírme, una risa insultante que claramente lo haría enojarse.
 
 
—¿Monstruo yo? —incliné la cabeza —Querido, mírate, hueles como si hubieras perdido una guerra contra el jabón, mataste a tres mujeres y aún así no pudiste hacerme un rasguño en el centro de danza—  Su rostro se torció de rabia y se lanzó hacia mí con un grito torpe, suspire otra vez, genuinamente cansado, pero di un salto lateral, el bastón golpeó el suelo con fuerza y, con un movimiento fluido, deslicé una de mis hachas a la mano. El arma brilló apenas antes de impactar contra su pierna con un golpe seco y preciso. Ser mucho más pequeño tiene sus ventajas en este tipo de situaciones.  El criminal cayó de rodillas con un alarido que asqueo mi mente.
 
—Silencio — ordené, apuntándole con el filo —Me duele la cabeza.— Avancé despacio, con cada paso cargado de autoridad, una autoridad que parecía graciosa, un tipo de 30 centímetros contra un Goliat de que, 2 metros?. Él jadeaba, sudaba aún más, lo cual solo empeoraba todo.
 
—¿Sabes cuánto vales? —pregunté, curioso —No como persona, eso es cero. Hablo en berries.— Me agaché frente a él, mirándolo desde abajo con absoluta superioridad. —Suficiente como para justificar haber venido hasta este infierno verde — continué — Y suficiente como para que no me importe en absoluto tu opinión sobre nada.— Intentó levantar el machete, muy valiente de su parte, mi bastón descendió con un golpe seco contra su muñeca, haciendo que el arma cayera al suelo, luego, antes de que pudiera reaccionar, apoyé el extremo del bastón contra su garganta.
 
—Se acabó —dije, tranquilo — Si sigues moviéndote, te rompo algo importante y créeme, tengo muy buen criterio para elegir qué. — El tipo no tuvo más remedio que quedarse quieto, al menos en ese sentido era un buen chico. Fue entonces cuando algo extraño volvió a recorrerme el cuerpo. Un cosquilleo incómodo, una presión rara en el pecho, como si la selva misma me estuviera observando con más atención de la necesaria, fruncí el ceño, molesto y le di un golpe al tipo en la cabeza con el bastón. —Genial —murmuré —Definitivamente fue esa fruta lo que me hizo daño — No era el momento de pensar en ello, no ahora, no con un criminal inmovilizado frente a mí.
 
Me incorporé y saqué las esposas especiales para objetivos grandes, ajustándolas con cuidado alrededor de sus muñecas, el metal encajó con un clic satisfactorio para mi —Te llevaré vivo —le informé —La recompensa lo especifica, aunque admito que es una lástima, tu cara mejoraría bastante sin conciencia. —Comencé a arrastrarlo fuera del claro, usando el bastón como apoyo y dirección. Él gruñía, se quejaba, suplicaba en algún punto, pero lo ignoré por completo.
 
—Sabes — comenté mientras avanzábamos—Hay algo que nunca entienden los de tu tipo, no los cazo porque los odie. — Lo miré de reojo, con una sonrisa ladeada. —Los cazo porque es divertido. — El camino de regreso fue largo, pero satisfactorio. Cada paso lejos de la fruta, lejos del claro, lejos del hedor excesivo me devolvía el buen humor. Aunque esa sensación extraña seguía ahí, latente, como un problema pendiente.
 
—Resolveremos eso luego — me dije —Con calma y con algo de dinero de por medio. — Cuando finalmente salimos del espesor de Anazoma y la luz se abrió paso entre los árboles, me detuve un momento, respiré hondo, ajusté mi abrigo, saqué una última vez el reloj de bolsillo y comprobé la hora. —Perfecto — sonreí —A tiempo y con recompensa asegurada. — Miré al criminal, derrotado, sudoroso y miserable.
 
—Bienvenido a mi colección de errores ajenos — le comenté. El puerto apareció ante mí como una bofetada de realidad y, por una vez, no fue una desagradable. Madera bien cuidada, cuerdas tensas, olor a sal mezclado con brea y comercio. Civilización. Orden relativo. Nada de hojas gigantes ni humedad pegajosa intentando arruinar mis botas. Avancé por la pasarela con el bastón marcando el ritmo exacto de mis pasos, mientras el criminal venía detrás de mí, arrastrado, encadenado, humillado como correspondía. Cada tirón de la cadena era un recordatorio audible de quién mandaba.
 
—Camina —ordené sin mirarlo —No me hagas perder la paciencia ahora que estamos tan cerca del final. —Algunos marineros se giraron al vernos pasar. Otros rieron. Un par señalaron. Yo los ignoré con la dignidad que solo alguien verdaderamente superior puede permitirse. Mi cola purpúrea se balanceaba con calma, visible, impecable, y el perfume caro hacía su trabajo: desplazar cualquier otro olor indeseable aunque no del todo.
 
—Carajo—mascullé, ladeando la cabeza —Definitivamente voy a exigir limpieza del muelle como compensación emocional. — El edificio de entregas oficiales se alzaba al fondo del puerto, piedra, hierro, banderas gastadas por el viento, un lugar serio, gris y aburrido. Perfecto para cobrar dinero sin complicaciones, dos guardias custodiaban la entrada a diferencia de la ultima vez que era solo uno muy aburrido, ambos eran grandes, ambos portaban esa mirada condescendiente que tanto me divertía corregir. —Alto ahí —dijo uno, cruzando la lanza —¿Qué traes?—Levanté la vista con lentitud calculada, muy despacio, como si el simple acto de responderle fuera un favor.
 
—Traigo una inversión exitosa —respondí —Y si apartas esa lanza de mi camino ahora mismo, evitarás convertirte en una mala anécdota de mi día.—El segundo guardia rió, ese fue un error que dejaré pasar por el momento. —¿Y tú quién eres, pequeñín?—Cerré los ojos un segundo, respiré, conté mentalmente hasta tres y abrí el reloj de bolsillo, lo revisé con calma exagerada y lo cerré con un clic seco. Alcé la mirada con mis ojos ámbar brillando con juicio absoluto.
 
—Soy la persona que acaba de arrastrar desde la selva de Anazoma a un criminal por el que ustedes llevan semanas suspirando inútilmente y tú eres un obstáculo mal pagado con demasiada confianza y poco cerebro. — Hubo un silencio incomodo de esos que suelo generar a donde quiera que voy. El primer guardia tosió y apartó la lanza de inmediato.
 
—Déjalo pasar —murmuró —Ese debe ser Lázaro, ya estuvo aquí hace unos días. — yo simplemente sonreí, porque me halaga que mi reputación sea tan discretamente inexistente. Dentro, el aire era fresco, limpio, maravilloso para mis pulmones. El criminal cayó de rodillas cuando lo solté frente al mostrador principal, donde un funcionario de mediana edad revisaba papeles con expresión cansada, alzó la vista y frunció el ceño al verme entregar  otro delincuente mas. 

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TEMA: CERRADO

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