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Un cielo estrellado [Fic - Pasado] - Zhang Guolao - 12-01-2026 Un cielo estrellado
Little Garde, en algún lugar de la costa.
[b]4 de primavera del año 17[/b]
![]() La noche sobre Little Garden no era un manto de oscuridad ordinario; era una bóveda de tiempos olvidados, y ante la inmensidad de aquella noche estrellada, Zhang caminaba sobre aquella cubierta de la nueva embarcación. Aquel velero era increíblemente veloz, y a pesar de lograr dominarlo, el viejo burro entendía que debía mejorar mucho mas para poder llevarlos a todos a salvo al nuevo mundo. Hacia algunos días había muerdo Dong, y aunque su recuerdo pesaba sobre los corazones de la banda, esto solo obligaba a aquel burro a mejorar aún más. El Ermitaño del Mar, aquel viejo burro, se acerco a una de las barandillas de la embarcación, donde tomo asiento, y debido a su gran peso, el barco chillo como si le hubiesen hecho daño. Zhang acaricio el cuerpo frio del velero, y con amor y suavidad, pidió perdón por su peso. A su lado, Silencio, saltaba de un lado al otro, su fiel Compañero, un pequeño mono marcado por las cicatrices de mil batallas, intentaba atrapar los reflejos de las estrellas en un charco de agua de lluvia, moviéndose con esa energía caótica que a Zhang le recordaba su propia juventud en Zou. Sus compañeros se habían alejado del barco, y Zhang había quedado a cargo de protegerlo, una tarea sin duda ideal para el burro, quien no solía dormir muchas horas, la noche era tan tranquila, que era sencillo para el perderse en sus pensamientos, y meditar un poco lejos del murmullo de aquel mundo salvaje de Lillte garden. —Hmmm... —resopló Zhang, ajustando su sombrero mientras su único ojo bueno intentaba enfocar el mapa celestial que se extendía sobre ellos. Como navegante de nivel tres, Zhang sabía que las estrellas no solo eran puntos de luz, sino los susurros de los dioses que guiaban a los piratas sin rumbo por el Grand Line. Con su mano zurda, acarició la superficie fría del metal en su pecho, aquella cadena que le recordaba, que lo importante no es el cuerpo, sino el alma. Zhang dedico unos segundos a sus muertos. Tomó su taza de cerámica favorita y vertió un poco de té caliente que mantenía en un termo, dejando que el aroma dulce de las hierbas recolectadas durante el día, perfumaran el ambiente de la noche. Aunque el Ermitaño poseía el poder de la Yuki Yuki no Mi, prefería el calor de una buena taza de té. Silencio, cansado de jugar con los reflejos, saltó al regazo de Zhang, hurgando en su kimono en busca de alguna flor seca o una baya olvidada. El viejo mink soltó una sonrisa que sonó como un relincho, una risa que devolvía la armonía en aquella isla de gigantes. —Hmmm… Silencio pequeño, las estrellas hoy nos cuentan historias, pero tú solo buscas llenar la panza —murmuró Zhang con su voz pausada. Su pierna zurda comenzó a golpear la cubierta —Pum, pum, pum—, un tic que se activaba cuando su "burro interior" le susurraba verdades… Zhang volvió la vista al firmamento, identificando las constelaciones que sus ancestros en Zou usaban para predecir las Erupciones de Lluvia de Zunesha. Para él, estudiar el cielo era un ejercicio de memoria, y allí en Little Garden, donde todo era enorme y violento, esos recuerdos de su vida pasada eran su verdadero tesoro. La brisa nocturna traía consigo el olor a helechos húmedos y a la respiración pesada de los dinosaurios dormidos, pero el olfato de Zhang buscaba algo más sutil: el aroma del cambio de marea. El viejo burro apartó la vista de las constelaciones de Zou para centrarse en la herramienta que ataba su destino al capricho magnético de este mar imposible. Alzó su muñeca zurda, acercando el Log Pose a su único ojo bueno. Durante días, aquella aguja había temblado con la indecisión de un pájaro asustado, girando en busca de un norte que la prehistoria se negaba a soltar. Pero esa noche, bajo el manto de estrellas, la aguja se detuvo. Fue un movimiento seco. Un clic que solo sus orejas largas pudieron percibir. —Hmmm... —el sonido vibró en su garganta, grave y satisfecho. La pequeña aguja flotante se quedó quieta, apuntando con una firmeza inquebrantable hacia el horizonte, hacia la siguiente isla, hacia el futuro. El magnetismo de Little Garden había terminado de saturar el cristal; la isla de los gigantes finalmente los liberaba. —Así que ya está... —susurró Zhang al silencio de la cubierta—. La isla nos suelta la correa. El peso de la responsabilidad se asentó sobre sus hombros, más pesado que su propio ser. Pensó en su tripulación, en esos jóvenes ruidosos y brillantes que ahora dormían o exploraban, ajenos a que el camino se había abierto. Pensó en Dong, y una punzada de frío que no venía de su Fruta del Diablo le recorrió la espina dorsal. Ser navegante no era solo leer mapas; era cargar con la vida de los demás en la palma de la mano. —Mañana... —murmuró, tenia que hablar con sus nakamas. Zhang sacó un cuaderno de notas de entre su túnica y, con un trozo de lápiz, comenzó a trazar líneas sobre el papel. No eran mapas exactos, sino interpretaciones del viento y la de las estrellas, mezcladas con anotaciones sobre corrientes que su "burro interior" intuía más que veía. “Si el viento del norte canta, la corriente del sur empuja”, escribió con letra temblorosa pero clara. Estudió los ángulos, calculó la deriva del nuevo velero veloz y ajustó mentalmente el rumbo. El esfuerzo mental agotaba más que el físico a su edad. Su ojo bueno comenzó a pesarle. Silencio, que ya había desistido de encontrar comida en los bolsillos del mink, se había acurrucado contra su abdomen, buscando el calor que paradójicamente emanaba de aquel cuerpo capaz de crear nieve. El mono roncaba suavemente, un sonido que se mezclaba con el crujir de la madera del barco meciéndose en el agua tranquila. El frío de la noche comenzó a intensificarse, pero para Zhang, usuario de la Yuki Yuki no Mi, el frío era un viejo amigo, una manta conocida. Sin darse cuenta, una fina capa de escarcha comenzó a formarse sobre la madera de la cubierta alrededor de sus pezuñas, un reflejo inconsciente de su relajación. Dejó el cuaderno sobre su regazo. Apoyó la barbilla en el pecho. Su pierna izquierda dio un último golpe contra la madera —Pum—, un punto final a la jornada de estudio. —Navegar... también es saber cuándo anclar el cuerpo —susurró, mientras la conciencia se le escapaba. El cansancio comenzó a pesar sobre los párpados del Ermitaño. La mezcla de la brisa marina, el vapor del té y el ronroneo suave de Silencio, lo indujeron a una meditación profunda. Bajo la mirada eterna de las estrellas de Little Garden, el Mink y su pequeño pirata se quedaron dormidos en cubierta. Bajo la vigilancia de las estrellas y los gigantes, con el Log Pose marcando el camino y su pequeño mono aferrado a su túnica. Parecía una estatua de nieve, un guardián silencioso que, incluso en sueños, seguía buscando la mejor ruta para llevar a su manada a salvo a través de las tormentas del mañana. |