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Humanos | Prv. Cill Blinton - Lan Caihe - 14-01-2026 Año 16, Verano 24
Haber salido huyendo de mi isla no era el mejor recuerdo que podría tener ese día, pero es que, justamente hoy era importante. El mismo día de hace 20 años, el día en el que perdí mi mundo, mi isla… todo se fue a la basura. —Paciencia en la forja —dejé escapar la calada de marihuana de entre mis labios mientras levantaba la miraba para ver hacia el cielo, estaba a punto de anochecer y en mi rostro solo había una sonrisa grande, porque también era muy afortunada. Detrás de mi colgaba la piel de lobo roja que me cubría los hombros, y el esqueleto de su cráneo cubriendo mis cabellos; deslicé la capucha en forma de fauce lobuna y recibí el viento marino directo en la cara junto a los rayos de sol. Me recorrió el cuerpo una sensación de hormigueo delicioso en todo el cuerpo a causa de mi estado elevado. Desde el camino podía escuchar el sonido del mar, y ver a lo lejos las olas chocando contra la playa; una sonrisa se me escapó del rostro mientras que comenzaba a ver la entrada del pueblo costero y cierta cantidad de gente entrando en él de a poco, como si huyeran de la oscuridad. Iba a llover. Las nubes se arremolinaban lenta pero seguramente, mezclado la humedad con la brisa marina. Aquella noche haría calor. Me adentré en el pueblo, las calles pavimentadas a piedra de la bahía principal estaba llena de pequeños negocios de comida, había hoteles costeros pintorescos, casas de té y restaurantes que amablemente te invitaban a pasar, las luces de velas, candiles, antorchas y una que otra lámpara se prendía, dando paso a la vida nocturna. Coatl se deslizó por mi hombro pues había estado dormida todo el camino, bien apretada entre mis brazos y espalda. Con un ligero siseo pareció como si me diera los buenos días, para luego bajar por mi brazo y caer al piso deslizándose. Rápidamente, se perdió entre el camino, directo hacia los matorrales y manglares de la costa. —Buen provecho, hermana —susurré mientras que la veía desaparecer y yo me perdía entre las pequeñas casas y calles, había un festival en la plaza central, la música de tambores y risas se mezclaban con el ambiente lejano y sobrio, donde no había luz alguna que alejara los pecados. Entré a la luz, mi cuerpo fue iluminado por antorchas mientras me acercaba a un pequeño puesto de comida, que a la luz cálida freía carne fresca; la boca se me hacía agua y el estómago comenzaba a pedir combustible. Me relamí los labios y me sonreí acercándome al puesto —¡Buenas noches patrón! —le dije, halagando al cocinero que también se encargaba de servir. —¡Un plato de arroz con carne por favor! —el hombre sonrió, asintió y se puso manos a la obra. Pero entonces, ocurrió una cosa curiosa, el hombre me entregó el plato que humeaba de caliente y emitía un olor que me hacía gruñir las tripas, lo tomé con las dos manos para ponerlo en la pequeña base y de repente. El puesto del hombre ya no existía más. ![]() A mis oídos se acercaban pasos, alguien llegaba detrás de mí en el mismo instante en el que un cuerpo bastante grande era empujado por el costado derecho hacia el carrito de comida, salpicando el aceite caliente por todos lados pero sobre todo, hacia mi, no sentí absolutamente nada. Al ver durante un pestañeo en la calle detrás de donde todo aquel probable accidente ocurría, una silueta femenina meneaba sus caderas hacia la calle. Me quedé sin respiración. Antes de que cualquiera allí pudiera pestañear, dos brazos salieron de la oscuridad, llevándosela, arrastrandola. —Hoh...
Karmas usados
RE: Humanos | Prv. Cill Blinton - Cill Blinton - 14-01-2026 ¿Cuántas veces había estado en Baterilla? Menos de la mitad de veces que quisiera, y más de la mitad de veces que quisiera estuve por motivos que usualmente prefería olvidar... De alguna forma u otra, Baterilla siempre removía cosas de mi pasado, pasado que todavía guardaba muchas cosas por resolver... Habían pasado muchos años ya desde aquella infancia en East Blue y todo lo ocurrido... Normalmente lo que me ocurría en Baterilla era recordar todos esos momentos que estuve al servicio de aquellos piratas, en calidad de ¿Rehén? ¿Esclavo? ¿Aprendiz protegido forzoso? Me era difícil ahora discernir puntualmente... Ya mucha agua había corrido bajo ese puente. Aún así, las peores experiencias las había tenido en tan bello lugar en el mundo, siempre tenía una mixtura de sabor agridulce cuando pensaba en mi experiencia allí... Lo mismo intentaba no deambular mucho en esos pasillos de mi mente, no quería nublar el paisaje interno en ésta estadía aquí... Había venido a disfrutar el festival, uno que siempre había escuchado pero nunca tuve oportunidad de ir, y cuando la tuve, nunca se me cruzó la idea siquiera de volver... Me encontraba hace unos días ya, en una modesta estancia. Esa mañana realmente me había pasado entrenando, inclusive hasta entrada la tarde, sin comer... En mi mente solo se escuchaba el grito de dos cosas a viva voz, bañarme y comer. El agua era reparadora, alivia y se llevaba todas las tensiones, la sensación bajo la ducha era de relajo total, ordenando un poco los pensamientos también, pudiendo soltarme nuevamente y estar preparado para disfrutar. Salidonde la ducha, toalla atada a la cintura, ya en la sala todavía con el pelo húmedo prendí un cigarro y me acerqué a la ventana para abrirla y asomarme un poco por ésta, descansando el peso del cuerpo en el marco mientras fumaba evitando que el humo se concentrara en la modesta habitación. ~Parece que va a llover... Mejor me apuro~ pensaba al ver ese clima tan engañoso y templado, cargado de humedad con cielos tapados por nubes dispuestas a cuando uno menos esperara, dejar caer todo su cúmulo de agua. Luego de botar el humo calmadamente y arrojar la colilla a la calle por la misma ventana, fui directo, quería aprovechar el tiempo lo más que podía... ~¿Donde quedaba esa casa de apuestas? Después de comer me podría dar una vuelta~ pensaba ya trazando planes... Nunca era mal día ni horario para entregarse un rato al sano vicio. Me vestí, bastante monocromático, en tono gris oscuro, fiel a mi estilo, con la corbata desajustada y la camisa un poco abierta dejando ver la cruz que colgaba de mi pecho. Ante la duda, también me puse un tapado ligero sobre todo de color negro, y mi katana, ajustada a mi cintura. El pueblo, a pesar de la noche en esa bahía se veía lleno de vida, lleno de alegría de pecado, de luz, de sombra... Era un paraíso pronto a encontrar lo que uno quisiera si lo buscaba... En mi caso, mi tripa rugía, tenía hambre, no había comido nada aún y tampoco es que soy un monje para andar haciendo ayuno completo, solo alguien que quizás se metía en lo que hace y luego se olvida de todo... Y caer en cuenta de eso, me dibujó una sonrisa a la fuerza en mi rostro. Iba observando todo, disfrutando del ambiente y la brisa cuando divisé mi objetivo, era el típico lugar que no anunciaba lujo, anunciaba comida casera, rica, abundante y barata ~El famoso triple "B"~ bueno, bonito y barato pensé al verlo. Automáticamente como víctima de un hechizo comencé a acercarme allí. Un poco distraído quizás mientras tanteaba los bolsillos para cersorarme de haber salido con cigarros y dinero. Aunque de un momento al otro, mis sueños de comer algo delicioso, se vieron totalmente destruidos, o mejor dicho el carro de comida, por un grandulón que si hubiera prestado atención podría ahora entender como fue que terminó golpeando contra el puesto y basicamente arruinandolo, junto con mis chances de comer algo. En medio de todo ese salseo, pude ver que a una mujer le había caído justo delante mío ~¿Aceite?~ pensé en automático a juzgar por el aroma, y me precipité un tanto asombrado, esa mierda debía doler... Estando a su costado, primero observé a ella y como había sido salpicada para la mayor de mis sorpresas ya que no se inmutó siquiera aquella pelirroja. Me acerqué quizás por curiosidad a su rostro ¿Estaría enferma? Cualquiera ya estaría chillando de dolor. —¿No se supone que debería dolerte?— pregunté con una sonrisa llena de asombro y curiosidad mientras sacaba un pañuelo de tela de mi tapado y se lo brindaba para que se limpiase si quería. —Que desperdicio... Tenía hambre...— me lamenté entre risas mientras miré decepcionado al sujeto que yacía frente nuestro inconsciente o adolorido, daba igual, a esta altura si no lo estaba, ganas no me faltaban, se había metido con la comida de un hombre. Al volver mi vista a la desdichada mujer que le arruinaron la pacífica cena me di cuenta que invadi un poco su espacio personal y me separé sutilmente, para dirigir mis ojos donde ella observaba... ¿Habría visto lo mismo que yo? Entre el murmullo, ruido, música que se escuchaba y demás pude ver como la oscuridad se tragó a aquella mujer arrastrandola a su abismo con esos brazos. —¿Tú también viste eso? ¿O solo soy yo?— pregunté sin quitar los ojos de la penumbra vacía donde antes estaba aquella mujer en un tono tranquilo y curioso, cargado de intriga deseando saber si mis ojos me engañaban o alguien corría peligro.
Karmas y eso
RE: Humanos | Prv. Cill Blinton - Lan Caihe - 02-03-2026 Todo pasó rápido y confuso; el caos se abrió paso en un pestañeo frente a mí. El carrito del hombre salió volando, tirando la comida al piso, regando el aceite y enfureciendo al dueño que colérico en el suelo, producto de su poco tiempo de reacción, volteaba a mirar con la cabeza aturdida entre su compañero estrellado contra su negocio y a quien lo había provocado. Yo aún tenía el plato en la mano izquierda y la cuchara en la derecha, las había logrado llevar conmigo un segundo antes de la catastrofe. Observé al hombre tirado en el piso y decidí que no había mejor momento que este para darme un bocado de comida. Mastiqué tranquilamente; el hambre que tenía no me daba para pensar en más, así que di un segundo bocado, giré los ojos con placer. Me concentré tanto en aquello que no sentí al hombre detrás de mí sino hasta que interrumpió con su voz el silencio de un segundo que duró la escena. Sin moverme de mi lugar, miré hacia mi derecha, volteando lentamente después con una sonrisa en la boca, con los cachetes gordos llenos de comida. Vi el pañuelo que me tendía y decidí hacer un trueque rápido mientras el hombre del negocio se ponía de pie. Coloqué la cuchara en el plato y lo intercambié por el pañuelo que me ofrecía, limpiando mi rostro y dando suaves toques rápidos en mi pecho. —Solo le di dos bocados; si quieres, puedes terminarlo —dije mientras veía la sombra de la chica. Pero había dos situaciones pasando al mismo tiempo, y los cabellos en mi nunca se erizaban. Una sonrisa aun más grande se formó en el rostro cuando el viejo detrás de mí recibió un puñetazo que lo lanzó hacia atrás hasta casi estrellarse también con el carrito, cayendo al suelo. La persona que había sido estrellada antes era otro cocinero del puesto; tenía un delantal blanco, al igual que el viejo. Miré la escena y luego el callejón, las palabras del pelinegro verduzco me confirmaron que había visto bien, no era una broma, ni una ilusión. —Huhuhya. Se me salió una pequeña risita. —Si, lo vi… —le comenté, preocupada por ambas situaciones, regresando la vista hacia el viejo. A diez metros a la derecha observando la escena, había una carreta de la que bajaban tres hombres, uno tenia una gabardina negra y botas llevaba una escopeta al hombro, el otro, llevaba un kimono negro de flores, más una katana. Tenia cuernos. El tercero tenia un sombrero de ala ancha y zapatillas negras lustradas. Su camisa estaba abierta, dejaba a relucir los tres pelos en el pecho que tenía y hablaba por den den mushi mientras bajaba del carromato. —¿La tienes? Se alcanzó a escuchar entre el barullo que entonces se formaba. El trajeado que empujó el cocinero se acercaba nuevamente. Me giré a ver hacia el pelinegro. —¿Qué harás? —le pregunté, invadiendo su espacio personal entonces metiendo el pañuelo en la bolsa de su saco discretamente y sacando su cartera para metrla en mi piel de lobo al tiempo en el que con la otra mano, robaba también la cuchara para darle un último bocado al plato. El trajeado terminó de acortar distancia entre ellos para proceder a propinarle otro golpe, mucho más fuerte que el anterior—. Puedes irte para evitar salir perjudicado, pero creo que ayudaré a estas personas; tal vez así consiga algo más de comer después. ¿Vienes? —le pregunté. Antes siquiera de que pudiera responder, me giré; caminé hacia el trajeado que me daba la espalda y lo tomé del hombro. Al inclinarme hacia enfrente, la capucha con forma de lobo y colmillos cayó sobre mi cabeza, y el trajeado pudo ver mi sonrisa blanca y mis ojos rojos a través del cráneo rojizo. —¡APÁRTATE, MALDITA PERRA! —gritó, y trató de moverse, pero no pudo; un dolor punzante le atravesó el hueso de la clavícula. C R A C K
El hombre del den den mushi dejó de hablar abruptamente y los otros dos hombres que estaban a diez metros de allí voltearon a ver la escena cual depredadores nocturnos. Un grito de dolor llenó la acera de repente y una carcajada mia lo acompañó -HUHUHYHA -mis hombros se movieron sutilmente. El ambiente festivo de esa zona en la calle se apagó; la gente que pasaba por allí se alejaba del conflicto. Mientras el trajeado se doblaba hacia atrás, tratando de soltar un puñetazo hacia mi cara desde donde estaba. No llegó. Recibió una patada en el abdomen antes de siquiera poder alcanzarme. —Váyase de aquí… Llévese a su compañero —le dije. Saqué de entre los pliegues de la piel de lobo mi pipa, le coloqué algunas hierbas del cuenco que descansaba en mi cintura y volteé a ver de nuevo al hombre que me había tendido el pañuelo —Mi nombre es Lan Caihe, si mañana salgo en el periodico... al menos alguien me habrá visto por ultima vez. Sería poco probable que nos volviéramos a cruzar. Una risita se escapó de entre mis labios y se transformó en una carcajada. —Huhuhu Salió volando, amortiguándose entre los sonidos del carnaval que nos alcanzaba, mientras la música animada y cantarina nos alcanzaba. Por la calle pasaba una carroza adornada y prendida con antorchas, con algunos bailarines danzando a su alrededor, disfrazados, algunos otros medio desnudos. Tomé una calada de la pipa, la gente seguía pasando; el cocinero levantaba al hombro como podía a su compañero y salieron corriendo de allí. Tenía ganas de echarme a reír, los ojos se me humedecían. Hoy no era un buen día para haber presenciado lo que presencié… y, en definitiva… no tenía nada mejor que hacer. Sentía el cuerpo pesado, pero no queria ver morir a más mujeres esa noche, no en el día en el que falleció mamá. Di un pequeño golpe en el piso; el sonido de tres pares de pasos llegaba a mis oidos. Pasos regios, pasos pesados. Si otra calada, inhalé. —Paciencia en la forja... —dije al hombre, levantando la pipa como si fuera a su salud, soltando la calada por las fosas nasales. Volví a ponerme la pipa en la boca y caminé hacia el callejón donde fue secuestrada aquella mujer. Mi cuerpo fue engullido por la boca del lobo. En cuanto di un paso hacia la sombra generada por las paredes de la calle, el sonido se amortiguó y respiré profundo; mis pasos se hicieron audibles. Miré una vez más hacia atrás al avanzar diez metros dentro de la angosta calle, casi llegando a la esquina donde tuvo lugar el secuestro.
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