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[Pasado] En los barriles del olvido | [Privado] - Seirin - 19-01-2026 – Joven somnolienta, comida picante, vida perezosa… Yo hoo, yo hoo… Calamares salteados, crustáceos con chocolate y pulpo al olivo… Yo hoo, yo hoo – El cántico, que más parecía un susurro ahogado fue lo único que la albina pudo gesticular debido a su pereza y al vaso de cerveza de arroz que se encontraba en su mano derecha. Cansada, aburrida y apática, algo super normal en ella, además del plus extra de la bebida tradicional del lugar, lograron que Seirin; la albina de piel morena; se encontrará sentada sola en un bar y con la parte superior de su cuerpo recostado sobre la mesa de madera, que mostraba las cicatrices de peleas pasadas causadas por borrachos efusivos y peleoneros.
– ¿Yo hoo?... No soy un pirata. Uhmmm. Pero quién dijo que esto sería cosa de piratas – No estaba borracha, no mismo con esa cantidad, era risible siquiera pensar en ello. Sería la burla de sus padres, quienes tomaban alcohol como si fuera agua. Es más, su padre siempre afirmaba que el agua era veneno y el alcohol era vida. – Cervisia vita est – murmuró ella, llamando la atención de la camarera que ya acostumbrada a la escena, simplemente se tomó la libertad de llenar el vaso semivacío. – Y… Ahora… ¿Cómo salgo de aquí? – La llegada a Isla Kárate había sido extraño, generalmente planeaba sus viajes milimétricamente pero siempre pasaba algunas cosas random y sus planes se veían modificados por cosas que fácilmente podía solucionar, pero como no era alguien que hablaba demasiado, prefería quedarse callada a entablar conversación. Hasta el momento, no había tenido incidencias ni nada que afectara su tranquilo viaje. – Me gusta el lugar porque no preguntan ni dicen nada – No lo dijo, lo pensó, porque pensar era más sencillo, te metías en menos problemas y llamabas menos la atención. Y para alguien del tamaño y rasgos de Seirin mientras más destacara, más peligroso podría volverse. – Perejil comí, perejil cené y de tanto comer perejil me emperejilé en Isla Karaté – Que malo, muy malo, tan malo que sintió vergüenza de usar las frases de su madre, quién decía las cosas como se le cantaba. A diferencia de ella, quien era más retraída y tímida. ¡Zas! ¡Wham! Un golpe seco, el de su cabeza golpeando la mesa por la vergüenza que sentía. Esperaba, rogaba, suplicaba por interno que nadie se hubiera dado cuenta de su pequeña pataleta. Así que, sin levantarse giró la cabeza a ambos lados con sutileza para verificar si había público, y lastimosamente pudo notar la risita de la camarera que trataba de ocultar con su charola. –¡Basta! – se dijo así misma y en voz bajita, enfocando de nuevo su mirada en las cicatrices de la mesa. RE: [Pasado] En los barriles del olvido | [Privado] - Hyákinthos - 03-02-2026 Día 2 de verano, Año 16
Alcohol.
¿Qué son los piratas sin un poco de licor en sus despensas?
Whisky, ron, vodka, sake.
Hay para elegir, siempre hay para elegir.
No importa en que isla estes, porque puedes encontrarte con sitios en donde puede que no tengas acceso a un hospital ni a alcohol de farmacia, pero seguro podrás encontrar una buena botella de vino.
Vender alcohol es un negocio seguro, mucho más si lo vendes en puertos piratas y, los muelles de isla Karate, sí que se habían convertido en dignos puertos de los bandidos del mar.
Para muestra un botón o, mejor dicho, dos: María Merlot y Hyák.
El simpático dúo caminaba entre las abarrotadas calles del mercado portuario, cada uno llamando más la atención del otro por su simple presencia.
Hyák, un “simple” médico, hoy decidió vestirse de “gala”. No había una razón especial para usar ropas caras, el simple hecho de existir era suficiente para levantarse con ganas de lucir una vestimenta hecha con las telas más finas de Arabasta: un largo kimono de blanca tela sedosa, adornado con cintas rojizas y un haori negro con mangas largas, pero que, por el constante movimiento de las manos del hombre, parecía que llegaban solo a medio brazo. Su cuello era adornado por un collar rojo con un medallón de oro y, su cabello, la estrella de su outfit, iba suelto, ondeando al viento, dejando a su paso un leve olor a menta que era imposible de ignorar.
Por otro lado, estaba Merlot. Con ella no importaba lo que vistiera, pues su sola presencia era suficiente para que cualquier mortal le abriera paso, casi como si le hicieran una calle de honor. ¿Quién podría culparlos? La semi-sirena exudaba una belleza que, con palabras, sería imposible de describir.
Y así, los ojos de mujeres y hombres no disimulaban al momento de fijarse en el peculiar dúo que, a simple vista, parecía pertenecer a una categoría distinta. Ninguno encajaba ahí.
¿Qué hacían entonces en un barato mercado portuario? Simple: Seguían órdenes.
De entre todos los tripulantes del barco fueron ellos, los más despistados, quienes fueron enviados para conseguir licor, a fin de cuentas, una larga temporada les esperaba aún en la isla, por lo que era mejor tener las bodegas llenas. Uno nunca sabe lo que podría esperarles, pero…había un problema.
No era solo la apariencia de los dos piratas lo que llamaba la atención al pasar por el mercado, si no, la cantidad de veces que habían dado vueltas en círculo buscando un sitio por el que preguntaron más de una vez y por el que, todas las veces, obtuvieron una respuesta más que clara sobre la dirección del bar que, el cocinero del barco les marcó con calidad sobre una hoja de papel, pero no importa como se los dijeran: nunca llegaban.
Por eso, más de uno en el mercado los miraba, ya no con la admiración inicial, si no con curiosidad y ¿lástima? Como sea, era vergonzoso.
El médico no se había dado cuenta, pero desde hace unos minutos había comenzado con su mala maña de morderse el labio inferior. Sus dientes marcaban con fuerza la piel, poco a poco dejándola roja y abriéndose paso hacia el interior por culpa de la presión que incrementaba segundo a segundo, de hecho, no fue hasta que sintió en sus papilas el sabor metálico de su sangre, que fue consciente del daño que se estaba haciendo y, de paso, fue el punto de quiebre. La búsqueda del bar terminó con su paciencia.
—Tal vez el cocinero nos jugó una mala broma y el bar no existe —dijo con voz cansada mientras que se abanicaba con una de sus manos para intentar mitigar el calor que empezaba a jugarle en contra. Lo normal en una tarde de verano. —Quizá es su venganza porque siempre lo molestas con que solo sabe cocinar sopas —. Miró a la muchacha de cabellos celestes, sin atreverse a decir su nombre, pues no lo recordaba, como siempre. —Seguramente hoy tiene un banquete con muchos platillos nuevos y no estamos invitados, sabía que nos perderíamos en la isla y que llegaríamos tarde al barco —. Suspiró, rendido y agotado.
Lo cierto es que el cocinero no se estaba vengando, de hecho, los envío a ambos a comprar el licor porque, de entre todos los tripulantes, esos dos eran de los pocos que no se tomarían parte de la bebida en el camino. El problema real era la mala orientación de ambos piratas.
—¿Por qué no descansamos un rato en un restaurante? —Propuso el médico mientras se giraba sobre sus talones para quedar frente a la puerta de un establecimiento que, sobre la puerta, tenía un letrero con el nombre de: La Mar Serena.
El médico pelirrosa parpadeó varias veces al leerlo, como si quisiera ajustar su perfecta visión 20-20, porque lo cierto es que creyó que estaba leyendo mal. Sacó el papel que el cocinero le había dado y leyó el nombre sobre este. Era el mismo: La Mar Serena.
Sintió que un calor reconocible subió desde su nuca hasta llegar a sus mejillas. Sabía que se estaba sonrojando por la vergüenza de haber dado vueltas en círculos para encontrar un bar que estaba justo a sus espaldas.
—Ah…sirena de azul celeste —. Le habló a la chica y la tomó de la mano. —Creo que, después de todo, el cocinero no estaba bromeando, jeje —. Sonrió de medio lado, nervioso y, con eso, se decidió a entrar al bar.
El establecimiento estaba casi vacío. Era normal que a esa hora de la tarde los marineros no se pasaran por ese tipo de sitios. No, estas horas solían ser para trabajar, para aprovechar el sol que aún estaba sobre sus cabezas. Así que, por ahora, podía agradecer la poca concurrencia y, sobre todo, lo acogedor del sitio.
—Jmm…admito que el cocinero tiene buen gusto. Creí que el bar sería peor cuando dijo que estaba en el mercado del puerto —. El hombre caminó hasta sentarse en la barra, cerca de una mujer enorme y de cabellos blancos que, justo en ese momento, estrelló su cabeza contra la mesa. —Aunque supongo que siguen llegando aquí los mismos borrachos que encontrarías en otro sitio.
Se fijó en la mujer y, por un instante, la familiaridad recorrió su cerebro. Creyó haber visto antes esas alas negras, esa piel tostada y oscura, haciendo contraste con el platinado cabello ondulado.
—¿Mmm? —Fue imposible para él no mirarla descaradamente, casi como si la conociera, aunque para cualquiera podría pensar que solo la miraba con el interés de alguien que quiere acercarse a hablarle. Sacudió su cabeza y giró su vista hacia la barra nuevamente. —¿Por qué siento que la conozco? —Preguntó para si mismo, pero en voz alta, al menos lo suficientemente alta para que Merlot lo escuchara.
Vestimenta de Hyak
RE: [Pasado] En los barriles del olvido | [Privado] - Maria Merlot - 09-02-2026 Narrador / María Merlot
…………………………………………. ¿Cuándo un día era perfecto? Simple… Cuando ese día estaba con Hyakinthos. El hombre de cabellos rosados era quien le había dado la vida, aunque Ashveil fue quien la salvo, el medico no la dejo morir… le dio la oportunidad de seguir respirando y por eso cada latido de su corazón le pertenecía, lo que él dijera, lo que él quisiera, ella movería cielo, mar y tierra para conseguirlo, por suerte, nunca se había aprovechado de su idolatría; Hyakinthos se comportaba como un caballero, como un guardián cuidando algo de suma valía… a veces, de manera fugaz, ella se preguntaba, por qué él le tenia tanta paciencia. Tal vez, no eran tan diferentes, quizás su destino siempre fue encontrarse entre tanta gente.
María estaba radiante, su sonrisa adornaba sus labios. Sonreía a todos, saludaba a los desconocidos, y guiñaba a quienes se quedaban mucho tiempo viéndola. Estaba acostumbrada, y hasta lo tenia como parte de su esencia, no pasar desapercibida… después de todo su herencia sirena, cautivaba siempre a propios y extraños, su mayor tesoro, su peor pesadilla. Su vestimenta en esa salida consistía en un corto pantalón de mezclilla, un top blanco con intrincado diseño tribal hecho con hilo blanco tornasol, y una camisa overside blanca que usaba como “chaqueta”. Muy diferente al estilo “oriental” y etéreo de su Algodón de Azúcar. Si no hubiera tenido miedo de que la dejaran atrás, se hubiera cambiado a algo que combinara con el pelirrosado pero, no podía perder la oportunidad de salir de paseo con él; bueno, de misión. Quizá es su venganza porque siempre lo molestas con que solo sabe cocinar sopas
La voz del masculino la hizo apartar la vista de una tiendita de antigüedades, que casi juraba... había visto por quinta vez — … es que solo me daba sopas, es su culpa por no variar el menú… — respondió con una sonrisa traviesa mientras se encogía de hombros, la verdad él también le daba ensaladas, pero intentar molestarlo con las sopas siempre le había parecido divertido. Cuando él comento lo del banquete, y que los habían enviado lejos para no estar... ella sonrió — … Dónde estés tú, ese sería mi lugar favorito siempre, Algodón de Azúcar, así que no importa si tienen una fiesta con enanos, unicornios y una ruleta sambera, porque estoy justo dónde quiero estar… a tu lado — su voz tan alegre y encantadora iba blindada de lealtad. Finalizo sus palabras formando un corazón con sus manos que apuntaban al apuesto profesional de la salud, aunque después las uso como abanico para ayudarlo a mitigar el calor, quizás su atuendo… tenía mucha tela.
Creo que, después de todo, el cocinero no estaba bromeando, jeje
Su voz salió ¿emocionada? al parecer habían encontrado el sitio, aunque en el fondo ella quería continuar caminando a su lado. Sin embargo, esa idea se esfumo, porque hacia rato había empezado a morder su labio, lo que significaba que se estaba estresando, por eso María no dijo nada más, dejo que su cálida mano la sujetara y la llevara con él hasta dónde quisiera. Por un momento el mundo desapareció, para la semi sirena solo estaba el contacto con el masculino, quien era su todo; ella siempre evitaba tocarlo, pero cuando él rompía la distancia, no lo iba a rechazar, más bien lo disfrutaba y atesoraba en su corazón y memorias.
Cuando entraron al sitio, se veía a los ojos de la celeste, como otro restaurante más, lo único distinto que tenía, es que Hyakinthos lo alumbraba con su presencia angelical. Así terminaron en la barra, el contacto entre ambos se había roto, dejando un vacío en el corazón de María, quien solo pudo suspirar resignada a esperar otro momento mágico como esa breve unión de manos. La joven sintió un par de miradas sobre ella, su sonrisa se mantuvo y no había terminado de sentarse en la barra cuando un hombre de mediana edad apareció del otro lado ofreciéndole algo de beber y la carta — …Hola, buen hombre. Dos limonadas con mucho hielo, y arroz, solo arroz, nada más, un bol con arroz y uno más pequeño con maní, por favor — pidió algo que pudiese comer, y las bebidas más refrescantes para aplacar el golpe de calor de su ídolo. Antes de poder preguntarle algo, la voz de Hyakinthos se hizo presente, haciendo que la mirada de la celeste se enfocara en él y luego en la enorme y morena mujer sentado a su lado. La sirena parpadeo, ella sabia del problemita de memoria de su nakama. Sin pensarlo mucho se levanto de su puesto, ella estaba al lado del pelirrosado, camino y se sentó al lado de la mujer, haciendo quedar a la desconocida entre ambos en la barra. — ¡Oye, oye! ¡Despierta! ¿Necesitas un médico? — le pregunto moviéndola por el hombro, luego levanto su mirada a Hyakinthos — ¿Le doy respiración boca a boca? — ella no tenia ni idea de cómo hacerlo, pero había leído algo en uno de los libros del medico — … rápido, tu, trae tijeras, algodones, agua caliente, nuestras limonadas, y crema para las manos — se sentó en la barra empezando a dar ordenes absurdas, o no tan absurdas, en su cabeza con las tijeras apartaría el cabello, con los algodones limpiaría si la cortaba, el agua caliente para desinfectar y las limonadas porque tenían mucho calor… ¿y para qué? No lo sabía, el medico era Hyakinthos… así que lo miro expectante, a que diera inicio a la intervención médica.
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