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[T3, Autonarrada] Funeral - Versión para impresión

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[T3, Autonarrada] Funeral - Stroud Nanashi - 22-01-2026

Llevaba horas caminando por la densa jungla de Little Garden. Stroud había abandonado el Royal Quiver aquella misma mañana, bien pertrechado de todo cuanto necesitaría para una jornada de exploración por la monstruosa jungla prehistórica. Consciente de lo complicado del terreno, había prescindido de cuanto no fuese fundamental; por una vez, no iba ataviado con su pesado abrigo blanco, siempre presente cuando estaba de servicio. Vestía con la simple camisa blanca del uniforme, arremangada, pantalones azules, sus fieles botas de piel y la gorra reglamentaria. A su espalda, una pequeña mochila, cargada con algunos víveres por lo que pudiera pasar, unos generosos metros de cuerda enrollada a uno de los costados, un par de utensilios de escalada casi improvisados y, por supuesto, su brújula. Calculaba que no necesitaría mucho más que aquello.

Finalmente, había llegado. Había llegado a un enorme claro, dejando atrás el último tramo de jungla, y frente a él se alzaba lo que en un principio hubiera podido parecer un enorme acantilado blanquecino. Sin embargo, aquello no era roca, sino uno de los dos enormes cráneos que probablemente llevasen siglos convirtiéndose en una parte más de la particular orografía de Little Garden. El hueso apenas era reconocible ya, hoy en día cubierto de multitud de plantas, musgos y líquenes. Millares de criaturas, desde pequeños roedores hasta grandes aves, habían anidado en sus oquedades, convirtiéndolo en su hogar. El paso de los años había convertido lo que en su día había sido la cabeza de un temible rey del mar en un refugio para la isla, un lugar más en el que la vida transcurría con normalidad. Stroud caminó hasta la enorme pared vertical, recorriendo con la palma de la mano la superficie ósea y mirando con admiración hacia arriba, hacia la cima de aquella enorme montaña en que se había convertido el cráneo. Sus ojos grises escudriñaron la irregular escalada, contemplando la dificultad de lo que se proponía hacer, pero determinó que merecía la pena. Por suerte, el cielo estaba empezando a nublarse, por lo que el castigo del sol no sería tan severo como solía ser en aquella isla.

Se ajustó correctamente las botas y se ciñó la cuerda a la cintura a modo de arnés, anudada al cinturón, por lo que pudiera pasar. Se agachó, extrayendo de su mochila lo que había podido encontrar y había considerado que le podría servir en su aventura: un puñado de clavos de hierro grandes, un martillo, un par de estacas de madera y un pequeño pico oxidado. Aún no tenía claro cómo lo iba a hacer exactamente, pero lo mejor era lanzarse e ir averiguándolo por el camino. ¿Qué otra quedaba? Una vez consideró que estaba todo relativamente bien asegurado, comenzó el ascenso. El primer tramo fue únicamente de unos cuantos metros, no demasiado complicados, tras los cuales pudo, si bien con enorme dificultad, caminar por otros tantos. El cráneo ofrecía un terreno enormemente irregular, que rara vez se traducía en una simple pared vertical. Existían todo tipo de desniveles, recovecos y extrañezas en el terreno que permitían varias opciones a la hora de ascender. Sin embargo, pronto debió enfrentarse a otra pared, casi completamente vertical. Era consciente de que emplear los poderes de su fruta le haría la labor mucho más sencilla, pero no era eso para lo que estaba allí. Quería un reto. A medida que subía con cuidado, sus ojos grises registraban los alrededores, siempre tomando nota de todo y en busca de apoyos o del siguiente saliente. Primero, una mano, y asegurar el pie, y luego el otro; entonces, si no quedaba otra, tomaba uno de los clavos de hierro y lo amartillaba, clavándolo con determinación en la superficie y empleándolo como punto de apoyo. Pasaban los minutos, y, de forma lenta pero segura, Stroud continuaba su ascenso por el cráneo.

Debían de haber pasado ya un par de horas. Se hallaba en mitad de otra pared casi completamente vertical, y llegó a la conclusión de que debía llevar a cabo una maniobra algo arriesgada; debería saltar hacia uno de sus lados para agarrarse a un nuevo saliente. Allí ya casi no crecía vegetación que le complicase la subida, ni que le permitiese agarrarse a algo en un apuro. Casi toda la superficie era ya hueso del mismo cráneo. Meditó la decisión durante casi dos minutos completos, hasta que finalmente se decidió. Ató un extremo de la cuerda a uno de los clavos, asegurándolo bien, con un nudo de ballestrinque, siempre fiable. Se impulsó hacia su lado derecho y saltó con fuerza, intentando alcanzar el saliente que le proporcionaría un ascenso seguro hasta lo que, calculaba, debía de ser ya la cima del cráneo. Todo pareció ir a cámara lenta desde el instante en que emprendió el salto: la cuerda tensándose lentamente desde el clavo, el saliente aproximándose, la pared blanca... Alargó el brazo, intentando agarrarse al saliente... y lo logró, sujetándose con fuerza. Luego llegó su pie, que se apoyó con fuerza sobre una irregularidad en el hueso. Respiró con alivio, estabilizándose y apuntalando su equilibrio en la nueva posición, y algo crujió bajo sus pies. Todo sucedió en un instante. El suelo bajo sus pies cedió en una especie de derrumbe. De pronto, se vio rodeado de pedazos enormes de hueso amarillento, precipitándose por la oscuridad. Cayó varios metros hacia la nada... Y de pronto la caída se detuvo en seco. Stroud exhaló con sequedad, en una respiración ahogada. Estaba colgando de algo. La cuerda. Atada a su cinturón, la cuerda había logrado detener la caída. Sus fibras crujían bajo la tensión, pero el nudo parecía aguantar sin demasiados problemas. Sin embargo, la cuerda transmitía pequeñas vibraciones... Claro. El clavo en sí estaba clavado en el hueso, no muy lejos de donde se había partido, precipitándolo al abismo. La misma superficia seguramente se estuviese agrietando, por lo que no podría permanecer colgado por mucho más. Seguramente no dispusiese de más de unos segundos para actuar. Por suerte, su mente funcionaba mejor bajo presión. Olía raro. Como a hueso viejo, a plantas, a podrido, a humedad, a cerrado, a... ¿humo? Contempló el vacío debajo: estaba seguro de que aquel debía de ser todo un sistema de cuevas dentro del mismo cráneo. Si Little Garden era un misterio de por sí, ¿qué no albergaría el interior profundo de aquellos cráneos?

Le dio la impresión de que algo resplandecía en mitad de la oscuridad... Y, entonces, lo vio. Una hoguera. Allí abajo, a unos treinta o cuarenta metros, una hoguera. ¿El origen del olor a humo? Fue a llevar su mano a la cuerda para intentar asegurarla a alguna de las paredes que le rodeaban, guiándose a duras penas por la escasa luz que entraba por el agujero por el que había caído, y, entonces, ocurrió lo inevitable. El hueso en que había clavado el clavo debió de ceder, y Stroud se precipitó una vez más a través del vacío. Esta vez, sin embargo, la cuerda de su cinturón no lo sujetaba a ninguna parte, estaba a su suerte. Durante la caída, sin embargo, chocó contra lo que dedujo que debían de ser plantas que crecían en el interior del cráneo, que amortiguaron dolorosamente su caída. Apenas le dio tiempo a razonar nada, y en cuestión de unos instantes, él, la cuerda y el puñetero clavo atado a ella cayeron con dureza sobre el suelo. "Es imposible que no me haya roto nada," pensó para sí, recuperando la respiración con dificultad tras el golpe. Recobró el aliento, levantándose con pesadez del suelo. La hoguera estaba a apenas unos metros de él. Sus ojos grises empezaban a acostumbrarse a la oscuridad, y algunas formas iban cobrando sentido a su alrededor. Apoyando las manos sobre el suelo, se puso en pie, manteniendo el equilibrio no sin cierta dificultad. ¿A dónde había ido a parar? ¿Eso era...?

"Eh, ¿estás vivo o qué-ñe?," inquirió repentinamente una voz, que no sonaba demasiado intelectual. Las llamas de la hoguera se avivaron repentinamente con una corriente de aire, iluminando lo sufuciente como para que todo empezase a tener sentido. Un hombre vestido con una camiseta blanca y una gorra lo miraba con cautela a un par de metros. A Stroud le llevó un instante darse cuenta de que no era el único. Otras dos figuras, también vestidas de blanco, lo observaban en silencio desde algo más lejos. "¡Eh, es un Marine-ñe!," exclamó la misma voz. El hombre se giró hacia sus compañeros, que no pronunciaron palabra tampoco. "¡Nosotros somos Marines también!," exclamó, sin esperar respuesta. ¿Qué? ¿Marines allí?

Stroud frunció el ceño, su vista aún acostumbrándose a las condiciones del lugar. A medida que pasaban los segundos, veía algo mejor, y todo se volvía más claro a su alrededor. "¿Marines?," preguntó, como sin creérselo del todo, incoporándose y adoptando una postura marcial, haciendo el saludo protocolario. Para su sorpresa, los tres hombres respondieron adecuadamente, devolviendo el saludo. "Stroud Redgrave, Comandante de la División 60," se limitó a decir, esperando reciprocidad. Los tres tipos, sin embargo, se miraron entre sí por unos segundos, como dudando. Stroud pensó que no creérselo a la primera de cambio era buena señal por su parte, hacían bien en desconfiar. "Nosotros somos soldados rasos de la... de la División 1022-ñe..." dijo el mismo tipo. Los otros dos parecieron ir a decirle algo, pero sus palabras no llegaron a abandonar sus bocas. "Llevamos dos semanas y media aquí-ñeñé, ¿o tres semanas ya-ñeñé?" balbuceó, haciendo un ademán con las manos al lugar. La cueva era, desde luego, enorme. Desde allí, el agujero por el que Stroud había caído parecía una minúscula ventanita. Enormes paredes de hueso, o tal vez de cartílago, se extendían en patrones irregulares por la estancia, dividiéndola como una especie de colmena de enormes celdas. Por las paredes, disfrutando de la humedad y la oscuridad, crecían un sinfín de plantas monstruosas y enormes hongos, y algunos árboles retorcidos. Stroud los observó de arriba a abajo. Ciertamente, iban vestidos con los harapos de un uniforme reglamentario, propio de soldados rasos. Carecían de cinturones, zapatos y gorras, pero las camisas, en mejor o peor estado, seguían luciendo bordados con el sacrosanto emblema de la Marina en hilo azul. Uno de los Marines devolvió su atención a la hoguera, sobre la que parecían estar asando algún tipo de pequeño roedor, evidentemente insuficiente para alimentarlos a los tres. Tenían un aspecto lamentable.

"¿Lleváis tres semanas aquí?," inquirió Stroud. "Debéis de haber pasado hambre," afirmó, abriendo su mochila sobre el suelo y sacando unas cuantas raciones militares, cada una en una cajita. A los tres Marines les faltó tiempo para abalanzarse sobre ellas, como perros hambrientos. Como bestias, despedazaron las cajas y empezaron a devorar cuanto contenía, sin pronunciar una sola palabra. "¡No s-sabe cuánta, Comandante Retfield-ñe!," afirmó el Marine mientras masticaba, produciendo algunos de los sonidos más repugnantes que Stroud hubiese escuchado últimamente. Ni siquiera prestó atención a que se hubiese equivocado con su nombre. Stroud los observó comer en silencio, sentado sobre una de las ¿rocas? cercanas. Pocas veces había visto a alguien devorar una ración militar tan rápido. ¿Cómo habían llegado hasta allí? ¿Cómo podía ser? Había algo que no le encajaba, ¿qué era?

Los tres Marines continuaron devorando una ración tras otra, y todo cuanto Stroud había dejado en el suelo. Les faltó poco para comerse la mochila. "¿Por qué no habéis salido aún de aquí? ¿Qué os retiene?," preguntó Stroud, cuando vio que empezaban a calmarse. El Marine de la voz estúpida, que parecía ser el único con ganas de hablar, hizo un gesto con el dedo, dándole vueltas. Le indicaba que eran las propias paredes. "No puede ser," aseguró Stroud, "¿vuestro superior no es capaz de sacaros de este lugar?" inquirió. Se hizo el silencio. El Marine con voz de tonto lanzó una mirada furtiva a un rincón oscuro de la cueva. ¿Cómo podían haber mandado a tres incompetentes así al Grand Line...? Entonces, cayó en la cuenta. Ninguna división constaba únicamente de soldados rasos. Permaneció un instante en silencio, esperando a que alguno respondiese a su anterior pregunta, pero no ocurrió. "Exijo hablar con vuestro capitán," exigió finalmente, poniéndose en pie. Los tres tipos se abalanzaron sobre él, uno de ellos blandiendo un cuchillo oxidado a modo de arma. La decisión estaba tomada.

La trifulca, pese a lo inesperado, duró poco. Stroud logró lanzar a uno de ellos sobre la propia hoguera, creando un mar de brasas desparramadas y chispas. Tras recibir un inesperado rodillazo en el lateral de la pierna que estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio, consiguió agarrar a otro de ellos, levantándolo sobre sí en un movimiento y estampándolo contra el suelo con fuerza. Algo sonó a roto, y el cuchillo que blandía rodó por el suelo. Finalmente, el de la voz de imbécil hizo amago de echar a correr. ¿Correr? ¿A dónde? Stroud se abalanzó tras él. No le costó alcanzarlo. Sujetó su muñeca al tiempo que agarraba su hombro, y, con un movimiento seco, lo llevó al suelo. Otro movimiento seco, y le partió el brazo. Oyó un ruido detrás de sí, y vio al tipo que había lanzado sobre la hoguera, que había sido capaz de levantarse y corría ahora hacia él, blandiendo un leño incandescente. Tomó impulso desde el suelo y se abalanzó contra él, propinándole un potente puñetazo en la cara, derribándolo, a escasos instantes de que el leño lograse alcanzarle. Su respiración, agitada, empezó a volver a normalidad mientras los observaba, comprobando que no volverían a intentarlo en un buen rato. Ninguno de ellos estaba en condiciones de ser una amenaza inmediata.

Stroud recobró la compostura, y tomó una pequeña rama seca del montoncito que los Marines habían aunado, y lo encendió en la hoguera a modo de antorcha improvisada. Se dirigió hacia el rincón de la cueva que el más tonto de ellos había mirado durante su conversación, iluminando su camino con la irregular llama. El peor de los pronósticos se cumplió. Allí, apenas cubierto con unas ramas y un raído abrigo blanco de Marine a modo de sudario, reposaba un cuerpo. Se agachó, retirando el abrigo y examinando el cuerpo, vestido aún con su uniforme. Por sus galones, no debía de haber sido más que un sargento, o, a lo sumo, un contramaestre. La tela blanca de la camisa estaba manchada de sangre seca, ya marrón y agrietada, alrededor de las varias heridas causadas por las puñaladas que había sufrido. Y, no contentos con ello, parecía que sus subordinados habían usado parte de aquel pobre hombre como comida de emergencia. Stroud apretó los labios con disgusto, suspirando. Examinó los bolsillos del abrigo, intentando encontrar algo de provecho, y eso fue lo que encontró: un pequeño cuaderno de bitácora, encuadernado en piel. Stroud lo abrió con cuidado, examinando las últimas páginas escritas. La calidad de la caligrafía empeoraba progresivamente.

"Día 19 de la travesía por Little Garden: hemos caído en una especie de cueva dentro de la montaña más occidental de la isla, a través de un túnel estrecho. Hemos sobrevivido a la caída. No sé cómo vamos a salir. Mis subordinados están bien."

"Día 23 de la travesía por Little Garden: aún no he encontrado la forma de salir de aquí. Como se nos habían acabado las raciones justo antes de desembarcar, todos empezamos a estar bastante hambrientos. Le he dado la que me quedaba al soldado Pomme."

"Día 24 de la travesía por Little Garden: llevamos cinco días aquí, creo. Empiezo a perder la esperanza. Mis subordinados empiezan a estar muy nerviosos. El hambre empieza a ser acuciante. Hemos encontrado una pequeña corriente de agua subterránea que parece potable. Sobreviviremos."

"Día 25 de la travesía por Little Garden: desesperado, el soldado Rasive ha intentado salir por sus propios medios. Ha caído desde las alturas, puede que se haya roto algo. Sigo buscando."

Aquella era la última entrada. Stroud cerró el diario con ceremoniosidad, como quien trata con un objeto de gran valor, y lo volvió a colocar en el abrigo del sargento, para finalmente cubrirlo otra vez. Se giró, observando a los tres tipos en el suelo de la cueva. Aquellos tipos ya no eran Marines. Ni siquiera eran ya traidores o amotinados; no eran personas, tampoco. Meras bestias.

Al cabo de un rato, las cabezas de aquellas tres bestias yacían insertadas en sendas estacas de madera, que Stroud había improvisado de los árboles que crecían en las paredes. El joven Marine consideraba que aún se hubieran merecido un destino peor que aquel. Sin embargo, no podía dejar que el sargento, asesinado por sus propios subordinados, pasase el resto de la eternidad allí, apuñalado, cubierto como un mueble, pudriéndose en una cueva junto a los cuerpos de aquellos que lo traicionaron. Pasó la siguiente hora reuniendo cuanta leña y material combustible pudo encontrar y formando una modesta pira. Con ceremoniosidad, tomó el cuerpo del sargento, aún cubierto con su abrigo, y lo colocó sobre la leña. Tomó el fuego de la hoguera, y prendió fuego a la pira, que echó a arder, no sin cierta dificultad. Mientras el humo negro empezaba a ascender hacia las alturas de la enorme cueva, grande como una catedral, Stroud se cuadró frente a la pira, adoptando el saludo reglamentario. Un último adiós y un descanso digno para aquel hombre era lo mínimo. 

"Descanse en la Justicia, sargento. La Marina agradece sus servicios," dijo con solemnidad.

En el momento en que las llamas empezaron a devorar la pira al completo, Stroud se puso en marcha, y empezó a escalar de vuelta hacia el agujero por el que había caído a aquel lugar maldito. Debía salir de allí antes de que se acumulase demasiado humo y la situación se volviese peligrosa. Por una vez, el viaje de regreso sería más complicado que el de ida.


Resumen



RE: [T3, Autonarrada] Funeral - PX-2 - 22-01-2026

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Aventura Autonarrada: Completada
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