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[Pasado] Un desayuno revitalizador - Versión para impresión

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[Pasado] Un desayuno revitalizador - Kibai - 22-01-2026

El amanecer en el Grand Line nunca era igual dos días seguidos. Los grandes cambios que ocurrían debido a los campos magnéticos de las islas hacían que fuese posible que una isla se despertase con una tormenta tropical y al día siguiente con una lluvia de granizo. Por suerte, Little Garden era una isla bastant estable, y su agradable clima tropical era perfecto para la vida.
Kibai abrió un ojo con los primeros rayos del sol, sintiendo el balanceo rítmico de las olas bajo su cuerpo. El mink yacía tumbado sobre el bauprés del Royal Quiver. Aquel punto era con diferencia su lugar favorito de todo el barco: allí, suspendido sobre el mascarón de proa, el olor a madera vieja y brea de la cubierta era derrotado por la pureza del salitre y el viento abierto. Para él, como mink felino, cuyo olfato podía ser tanto una bendición como una maldición en un barco con dos humanos sudorosos (y un hipopótamo), aquel rincón era su santuario de aire limpio.
Bostezando Kibai se estiró con la pereza de un felino, haciendo crujir cada vértebra de su columna. El rugido que vino a continuación, sin embargo, no fue un bostezo, sino una protesta de su estómago.
—Hmm... —gruñó el mink. — Tengo hambre.

Poniéndose en pie sobre el bauprés, saltó a la cubierta con la ligereza de una pluma. El barco aún seguía sumido en el silencio de la guardia del alba. Al bajar a la bodega y echar un vistazo a las redes de suministros, la visión fue desoladora: sacos de harina con el sello de la Marina, barriles de carne en salazón que olían más a sal que a carne, y las cajas repletas de galletas de barco tan duras que el mink sospechaba que podrían usarse como munición de cañón en caso de emergencia.
Kibai suspiró mientras subía de nuevo a cubierta. Como cocinero designado de la división, sentía que servir aquello una mañana más sería un insulto personal. Apoyándose en la baranda de la cubierta, miró hacia la costa de Little Garden, donde la vegetación selvática vibraba con el canto de insectos gigantes.
— Si tengo que comer otra ración de cecina rancia, me voy a morder mi propia cola. —murmuró. No, ya iba siendo hora de darle una alegría a la tripulación. Con decisión, se deshizo de su capa de Marine para poder moverse mejor entre la espesura, recogió una pequeña red y un morral, y se bajó de nuevo a la bodega a por Raimei.

Minutos después, Kibai ya estaba en la arena de la playa. Con la eficiencia de quien conoce bien su oficio, preparó una fogata improvisada entre tres piedras grandes y colocó sobre ella una pesada olla de hierro llena de agua de mar. Disponiendo la suficiente cantidad de leña bajo el utensilio de cocina, calculó que tenía tiempo suficiente para que el agua llegara al punto de ebullición mientras él recolectaba lo necesario.

DIsfrutando de la brisa marina matutina, el mink se dirigió hacia los riscos que flanqueaban la bahía. Eran paredes verticales de roca de color rojizo, castigadas por milenios de erosión y salpicadas por el guano de las aves prehistóricas. Kibai miró hacia abajo, donde las olas rompían con furia contra las rocas afiladas. Como usuario de una Fruta del Diablo, aquel abismo azul era una sentencia de muerte garantizada. Si sus garras fallaban, no habría nadie que lo salvase de hundirse en las profundidades. 

Casi con nostalgia, Kibai hizo salir a un pequeño puñado de avispas de su mano derecha. El saber que había perdido la capacidad de nadar era algo que le dolía, pero a cambio, había ganado algo de lo más curioso. Los insectos despegaron de su mano, volando en circulos alrededor de su cabeza con un tranquilo zumbido.

— Vale chicas, a trabajar, recorred la pared de acantilados, tratad de localizar algo decente para comer.

Ni corto ni perezoso, Kibai se decidió a hacer lo mismo, de modo que tanto por hacer algo de ejercicio mañanero como para facilitar a sus avispas que pudiesen explorar a más distancia que si se quedase quieto al pie del acantilado, saltó hacia la roca.

La adrenalina empezó a bombear, agudizando sus sentidos. Clavó las garras en una fisura de la piedra y se impulsó hacia arriba. Sus músculos, hinchados por el esfuerzo y la tensión, respondían con una precisión entrenada. Kibai saltó de un saliente a otro, sintiendo el viento marino agitar su pelaje, siguiendo las indicaciones que las avispas le iban comunicaban a medida que iban regresando de sus exploraciones. En los huecos más altos, protegidos del viento, encontró lo que buscaba: nidos de alcatraces gigantes.

Con sumo cuidado, Kibai recolectó una docena de huevos moteados, del tamaño de un puño humano, poniendo ojo de no dejar ningún nido vacío, tanto por conciencia como por una cuestión de pragmatismo: si el ave se encontraba un nido vacío, sería más probable que cambiasen el lugar dónde ponían su nido. Los envolvió en un paño de cocina que llevaba atado a la cintura, asegurándose de que no chocaran entre sí, antes de colocarlos dentro del zurrón. Aquellos huevos serían era el tesoro de proteínas frescas que necesitaba para que la moral de toda la División no se hundiera junto con el desayuno.

El descenso fue más rápido, pero no menos peligroso. Una vez en la base del acantilado, donde la marea empezaba a retirarse dejando al descubierto un festín de vida marina, Kibai cambió su enfoque. Aunque no tenía tiempo para adentrarse a cazar en la jungla, sus instintos se resistían a abandonarlo. Saltando silenciosamente de roca en roca, no tardó en detectar un movimiento lateral en un azona encharcada y cubierta de algas: un cangrejo de caparazón azulado, del tamaño de un plato, intentaba ocultarse. Kibai fue más rápido. Con un movimiento de pinza de sus propios dedos, lo atrapó por el lomo, evitando las tenazas, clavó sus colmillos en la zona blanda del vientre para matarlo y lo lanzó a la red. En diez minutos, ya tenía seis ejemplares similares, fuertes y llenos de carne fresca, algunos incluso de huevas.

—Y ahora, el toque final.

Se acercó a la zona donde las rocas se sumergían permanentemente en el agua. Allí, racimos de mejillones negros y brillantes se apiñaban como si fueran parte de la propia piedra. Con ayuda de sus propias garras, Kibai empezó a desprenderlos uno a uno, seleccionando solo los más pesados y de válvulas firmemente cerradas. Cuando tuvo una veintena, decidió que era suficiente.

De vuelta en la orilla, junto al Royal Quiver, Kibai se sentó sobre un tronco a la deriva. El agua de la olla ya empezaba a soltar los primeros vapores. Con paciencia y tomándose su tiempo en la simpleza de la tarea, comenzó la limpieza del botín. Lavó los cangrejos en el agua del mar, eliminando cualquier resto de arena o algas. Luego, tomó los mejillones uno por uno. Tras inspeccionarlos con la mirada crítica de un chef de alta alcurnia; cualquier ejemplar que tuviera la concha rota o que no se cerrara al tacto fue descartado de inmediato, volviendo al mar con un chapoteo.

Una vez completado el proceso de selección, Kibai se levantó, cargando los ingredientes ya limpios y los huevos intactos. El olor del agua de mar hirviendo se mezclaba con el aroma de la selva a sus espaldas. Miró hacia la cubierta del barco, donde de momento ninguno de sus compañeros marines había hecho señales de despertarse aún (lógico teniendo en cuenta lo pronta de la hora), y seguían durmiendo ajenos al festín que su cocinero estaba a punto de orquestar. Había conseguido lo más difícil. Ahora, venía la parte que realmente disfrutaba: transformar la supervivencia en un arte.

El mink regresó a la zona de la fogata con el botín bajo el brazo. Con el agua de mar ya burbujeando en la olla que había colocado en primer lugar, dispuso una segunda cacerola de hierro directamente sobre el corazón de las brasas, con apenas dos dedos de agua en su interior. El líquido comenzó a reducirse con un siseo violento, dejando tras de sí una costra blanca y cristalina que se adhería al fondo. Con la punta de una de sus garras, raspó aquella sal pura de Little Garden, cargada de minerales, un tesoro que haría sin duda palidecer a los bloques de cloruro refinado que la Marina enviaba en los suministros oficiales.
En un cuenco de madera, volcó la harina que había sacado de la bodega, una materia seca y polvorienta que cobró vida en cuanto añadió un chorro de agua dulce y una pizca generosa de la sal recién obtenida. Con movimientos rítmicos, Kibai comenzó a trabajar la mezcla con firmeza. No buscaba la esponjosidad de un pan blanco de ciudad, sino un hidrato honesto y saciante. Tras un amasado breve pero intenso. Sin embargo, el plato aún carecía de un nexo de unión, algo de grasa que aportase sabor, cuerpo y nutrición. Kibai alzó la vista hacia las palmeras que custodiaban la orilla de la selva. No tendría tiempo de ponerse a cazar, pero había otras fuentes de alimento para alguien que supiese dónde buscar. En un parpadeo, ascendió por el tronco rugoso de la más cercana, usando sus garras traseras para anclarse mientras sus manos se ocupaban de la copa. Dos cocos maduros cayeron pesadamente sobre la arena con un impacto seco.
De vuelta en el suelo, los abrió de un golpe seco contra una roca. Tras beberse el agua del interior de uno de ellos y disponer la del otro en una pequeña jarra para el compañero que quisiera regar el desayuno con un refrescante vaso, se concentró en la pulpa blanca y firme, que comenzó a machacar dentro del propio coco con la paciencia de un artesano. La fibra se rindió bajo el peso de la  piedra vagamente cilindrica que usaba mazo improvisado, liberando una pasta aceitosa y densa, cuyo aroma dulce inundó de inmediato el aire salino de la playa. Con el aceite de coco, preparado, Kibai mezcló un poco con el resto de la masa de harina y agua, antes de dividir la pasta resultante en discos regulares que colocó sobre una piedra plana que el fuego ya había puesto al rojo vivo, dejando que el calor seco les diera una costra dorada y crujiente. 
Mientras las galletas marineras se terminaban, Kibai arrojó los mejillones a la olla hirviendo solo el tiempo necesario para que las válvulas cedieran, revelando una carne tersa y anaranjada. Tras retirarla de las conchas, vertió el resto del aceite, que al poco rato empezó a burbujear. Dándose prisa para que nada se pasase de cocción, Kibai añadió la carne de los cangrejos picada a cuchillo, así como las huevas que extrajo de los ejemplares hembra. Acto seguido, cascó los huevos de ave marina directamente sobre la mezcla; las yemas, de un naranja profundo y vibrante, se fundieron con la grasa del coco y el jugo de los crustáceos.

El resultado fue un revuelto cremoso, casi aterciopelado, donde el dulzor del trópico se daba la mano con la fuerza salada del marisco y la suavidad de los huevos. Cuando estuvieron listos, Kibai retiró los discos de pan de la piedra y los coronó con aquella mezcla humeante. El aroma que ascendía desde las bandejas era el de una pequeña victoria contra la precariedad de la bodega.

—Tché… —murmuró, observando el resultado mientras el vapor le empañaba los bigotes y la saliva amenazaba con correrle por los colmillos.— Que no me vayan a poner excusas después de que no los cuido.

Disponiendo el banquete improvisado alrededor de la hoguera, Kibai se dirigió hacia la pasarela de la Royal Quiver y abrió la puerta de la bodega, dejando que el rastro del desayuno entrase a la estancia. Aún así, no pudo resistirse a tomar todo el aire que le cupo en los pulmones para soltar un poderoso rugido hacia el interior.

¡A DESAYUNAAAAAAR!