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[Pasado/Social] Error micológico - Alana Sahiba - 23-01-2026 Después de tantas aventuras por Little Garden, había llegado a la conclusión de que no era una isla, sino que era un recuerdo antiguo de la tierra conservado a la fuerza. La vegetación crecía sin pedir permiso, desbordada, exuberante, como si nadie le hubiera enseñado nunca el concepto de límite (“que envidia”, llegué a pensar en más de una ocasión). Los troncos eran tan anchos que no podía rodearlos ni con todo el cuerpo estirado, aunque hay que decir que eso tampoco era ningún logro, y las hojas, enormes y carnosas, filtraban la luz del sol en haces irregulares que caían sobre el suelo. Cada paso levantaba un olor distinto: tierra húmeda, savia espesa, flores demasiado dulces, algo metálico que no supe identificar. Empezaba a notar resentida la nariz de tantas mezclas de olores. — Necesito setas para algunos brebajes —comuniqué a Bai, aún en el barco—. ¿Me acompañas? —salir a la aventura, sola, en un lugar de seres enormes siendo yo una enana… lo mejor era tener una compañía equiparable en tamaño. El aire de ese día era cálido, denso, y aun así se movía en una brisa lenta que recorría el sotobosque, haciendo crujir las copas altas y provocando un murmullo constante, como si tras cada hoja te fueses a encontrar con un dinosaurio. Por eso siempre me movía despacio, con cuidado. No tanto por miedo, o al menos no solo por eso, sino porque aquel lugar daba la sensación de observarte en todo momento, como si todo tuviera tiempo de sobra para reaccionar y a la vista estaba de que así era. Ya en la selva, explorando lo inexplorado, me agacharía en varias ocasiones, separando con ambas manos un colchón de hojas caídas. Una vez me percaté de que el suelo estaba vivo, oscuro, casi negro, tan fértil que parecía manchar solo con mirarlo. No, no era el suelo, eran lombrices, o alguna especie de ellas. Di un respingo, asqueada, y retrocedí varios pasos. Estaban entre raíces retorcidas, gruesas, serpenteantes—. ¡Puaj! ¡Ten cuidado, Bai! En este sitio parece que no está permitido bajar la guardia. Un poco más adelante aparecieron las primeras setas. Eran grandes, carnosas, con el sombrero aún semicerrado, de un color crema moteado de marrón. Perfectas. Demasiado perfectas, quizá. Las observé largo rato antes de tocarlas, inhalando su aroma. Tenían ese olor terroso que siempre me había parecido reconfortante, mezclado con algo más… algo dulce, apenas perceptible—. Bien… —murmuré para mí misma. Fue entonces cuando noté el cambio. No un ruido concreto, sino una alteración en el ritmo del bosque. Algo pesado desplazándose con calma, sin prisa, como si no tuviera enemigos naturales a los que temer. Giré la cabeza despacio. Era Bai—. Que susto… —para mí todo ser era gigante, desproporcionado, y eso me asustaba en un lugar donde toda amenaza era aún más desproporcionada—. Perdona. Parpadeé, reajustando la mirada. Levanté una mano en un saludo simple. No sabía si me entendería, pero el gesto era universal. Después le hice un gesto para que se acercase a ver, señalé el suelo, las setas, y luego imité el gesto de cortar con los dedos. Después llevé la mano a la boca, exagerando un poco la expresión de satisfacción. Comer. Comida. Seguro. O eso creía—. Hemos venido buscando setas para curar pero hay quien dice que la comida también cura. Podemos pararnos a coger fuerzas en un rato. ¿Qué te parece? No soy Han pero algo se podrá hacer. Por el momento cogí unas cuantas setas; empecé con una, cortando con cuidado. El interior era blanco, firme, sin señales evidentes de toxicidad. Nada que me hiciera dudar… lo suficiente. Las guardé en la bolsa de tela que llevaba al pecho, otras se las tendí a Bai, dado mi diminuto tamaño, era complejo cargar tanta cantidad y aún así tener operativas las manos para seguir buscando, y avancé unos pasos más. El paisaje cambiaba sutilmente a cada metro: flores, hongos, líquenes. Me detuve ante otro grupo de setas. Estas eran distintas. Más pequeñas, con el sombrero azulado, casi iridiscente, como si reflejaran el cielo filtrado por las copas. Me incliné, frunciendo el ceño. Olían raro. Dulces. Demasiado. Negué con la cabeza y levanté una mano hacia Bai, palma abierta, en un gesto claro de advertencia. Luego señalé las setas azules y exageré un temblor con el cuerpo, como si algo malo ocurriera. No. Estas no. A veces se me olvidaba que Bai sí era capaz de entenderme a mí pero… me había adaptado a esa forma de comunicación. ¿Importaba? Cuando lo relevante es que llegue el mensaje a la persona contraria. Me alejé de ellas… y sin embargo, más adelante, casi ocultas entre musgo espeso y raíces, encontré otras muy parecidas a las primeras. Mismo tamaño, mismo color base. Solo que el sombrero tenía un brillo extraño, casi aceitoso. Dudé. El bosque estaba en silencio ahora, un silencio expectante. Podía sentirlo en la piel. — Se parecen demasiado… —murmuré, más para convencerme que por certeza. Las corté para ver su interior—. ¿Qué opinas? RE: [Pasado/Social] Error micológico - Bai Mudan - 24-01-2026 Sus botas se hundieron en el terreno saturado, castigando el lodo con un chapoteo ahogado y rítmico. Plop. El sonido se repetía con la precisión de un metrónomo que marcaba una marcha lenta, muy alejada de la aleatoriedad de la naturaleza. A su alrededor, los mosquitos orbitaban en nubes densas, como una guardia pretoriana de carroñeros alados que aguardaba, con una paciencia letal, a que la barrera invisible de sus aceites se desvaneciera. Y es que, aquella mañana, tras una sesión de ejercicio que había despertado cada fibra de su ser, Bai se había ungido siguiendo su riguroso ritual de higiene que nada tenía que ver con la imperiosa necesidad de que esos seres no le picaran. De ahí que ahora, su cuerpo —todavía vibrante por el esfuerzo— reluciera bajo los haces de luz que lograban perforar el dosel arbóreo, convirtiendo su piel en una superficie broncínea y especular. Fshh, fshh. El roce persistente de las hojas contra su ropa pronto se convirtió en una estática táctil que comenzó a erosionar la paciencia de la birkiniana. Pues, en aquel tramo, la espesura parecía haber desarrollado una voluntad antropófaga, cerrándose sobre ella con la intención de engullir su imponente estatura. Flop. Con un movimiento, Bai apartó una hoja de considerables dimensiones, sin percatarse de que, justo frente a ella, un árbol joven había extendido sus ramas —largas y afiladas como falanges— en una trayectoria descendente. Si en embargo, su verdadero error había sido la división de la atención: inclinó la cabeza para buscar a Alana, preocupada por si el desplazamiento de la hoja había sepultado a la pequeña, y fue entonces cuando la física reclamó su tributo poco antes de que levantara su vista para cerciorarse del camino. ¡Plam! El impacto fue una nota seca, leñosa y humillante. Un sonido vacío que resonó en el silencio del bosque como si su cráneo, en lugar de albergar décadas de estudio, fuera una caja de resonancia llena de aire. Dio un par de pasos hacia atrás, se detuvo en seco y, sus alas, se erizaron en un espasmo involuntario. —Bien… —articuló entre dientes, mientras cerraba los ojos y sentía su cabeza palpitar. Abrió la boca para decir algo más y, al instante, la cerró para luego apretar los labios con tal fuerza que estos mismos pronto palidecieron. De no haber sido así estaba completamente segura de que, el improperio que iba a soltar, hasta Alana lo habría entendido. —Atenta. Muy atenta. Claro que sí... —añadió sobándose la zona afectada —Estoy bien — le comentó a la pequeñaja sonriendo como pudo y alzando un pulgar. A partir de ahora iba a tener que ir con cuidado. Dicho y hecho. Pues desde aquel momento, Bai procederia con mayor cautela, apartando las cortinas de clorofila con movimientos extremadamente calculados; evaluando la tensión de cada rama antes de oponer resistencia y midiendo su fuerza para no provocar un efecto de látigo que pudiera alcanzar a la tontatta que avanzaba a sus pies. Efectivamente. Ya no se permitiría el lujo de la distracción. Mientras tanto, sus alas —firmemente replegadas contra su espalda— operaban como sensores barométricos, reaccionando de forma autónoma a las sutiles variaciones en la densidad del aire. Se tensaban en un ángulo rígido, cuando el silencio del bosque se volvía demasiado sepulcral, una señal de alarma instintiva ante el vacío sonoro; y solo recuperaban una relativa laxitud cuando el murmullo vibrante de los insectos y el siseo de las hojas confirmaban que el ecosistema recuperaba su curso lógico. De esta forma, para cuando llegaron a una zona plagada de setas, el entorno se había transformado en un tapiz de geometrías caprichosas y colores que desafiaban la paleta cromática de la superficie pero que ella aún no descubría. Por suerte para ella, Alana sí sabía lo que habían venido a buscar. Y tan pronto como le señaló el suelo, Bai se sintió fascinada pues, desde su altura –y frente a ella— se podía ver cómo se extendía una alfombra de sombreros convexos y láminas intrincadas que brotaban de las raíces como excrecencias de un mundo subterráneo. —Wow —murmuró sintiéndo cómo por sus alas le recorría un cosquilleo de excitación —Es precioso —añadió bajando la mirada y sonriendo a la pequeña Alana que ahora le hacía gestos y mencionaba a Han. —¿Han? —le costó unos instantes entender a qué se refería —¡Han! ¡Claro! —respondió mientras iniciaba un laborioso proceso de plegarse sobre sí misma —No te preocupes —Alana y Bai... —hizo un gesto de cocinar algo en una sartén. Una torilla imaginaria —. Cocinar setas —terminó diciendo y señalando los hongos para luego levantar un pulgar y decirle que todo iría bien. Y tan pronto como habló sus rodillas crujieron levemente y sus alas se ajustaron para hacerla mantener el equilibrio, proyectando una sombra vasta sobre el jardín de hongos. Ahora su rostro ya quedaba un poco más cercano a la tonatta pese que todabía había mucha distancia. Bai observó el corte limpio que Alana había hecho en la carne blanca de la seta. La textura era firme, homogénea y sin vetas sospechosas. Inclinó la cabeza con un movimiento lento, evaluando no solo el espécimen fúngico sino también la confianza de la muchacha; Bai no poseía conocimiento alguno sobre hongos, flora o fauna más allá que el de un médico encaprichado con el conocimiento. Y aunque era capaz de identificar raíces esenciales y hierbas de curación básica, el vasto e intrincado reino de los hongos le resultaba un mapa en blanco. Por ello, en un inusual ejercicio de humildad intelectual, decidió delegar su juicio en Alana. Además, contaba con un barómetro infalible: sus alas, siempre receptivas a las corrientes de aire y a las vibraciones del entorno, no interpretaban la presencia de aquellas setas como una amenaza biológica. —¿Estas sí? —preguntó con un murmullo grave y un movimiento de cabeza. Supondría que sí. Y acto seguido se llevó las manos a la correa y se quito el zurrón de encima. Luego, recogió con cuidado las que Alana le tendía y las acomodó en el interior de su equipo. No eran muchas, pero requerían una disposición estratégica; de lo contrario, la pequeña caja de madera que albergaba su instrumental médico —su compañera imprescindible— acabaría por reducirlas a pulpa bajo su propio peso. Mientras tanto, Alana continuó recolectando algunas más, moviéndose con una destreza que la titánica mujer envidiaba. —Alana —iba llamándola de tanto en tanto y señalandole zonas que ella podía ver debido a su posición —Allí. Y tras eso se levantaba para seguirla apartándole hojas y ramas buscando asegurarse de que nada caía sobre la pequeña. Así estuvieron un rato, buscando, cortando, y rechazando hasta que, finalmente, llegaron a unas de dudosa comestibilidad. —Hmmm... —el sonido emergió de su garganta como un ronroneo pensativo, vibrando con la profundidad de un trueno lejano. Y acto seguido tomó la seta entre sus dedos, tratándola con delicadeza; la inspeccionó bajo la luz filtrada, girándola con parsimonia sin hallar anomalías macroscópicas evidentes. Pero, ¿qué significaba realmente la "normalidad" en un ecosistema que desafiaba todos sus mapas mentales? Para ella, aquel hongo era un microcosmos de incógnitas. Sin embargo, su mente académica pronto encontró refugio en su máxima favorita: El conocimiento no es más que una conjetura elegante hasta que el empirismo dicta su veredicto. —Cógela —sentenció finalmente asintiendo y colocándola, esta vez, separada de las demás en un bolsillo externo de su zurrón. Ahora ya tenían dos variedades que buscar. —Con esto bastará —comentó, tras descubrir que llevaban un pequeño botín de lo más generoso. E hizo un gesto de parar con la diestra. Después, con una serie de movimientos fluidos, ajustó las correas de cuero sobre sus hombros, equilibrando la carga de forma que no interfiriera con la envergadura de sus alas y asegurando así el zurrón. —¿Vamos? Tras eso Bai extendió sus manos —amplias y marcadas por su reciente hobbie como manitas— hacia la pequeña Alana; sus palmas se ofrecieron como una plataforma sólida, invitándola a ocupar un lugar de honor sobre su hombro. Además, si alguien merecía la recompensa de observar el mundo desde las alturas, era ella por el maravilloso trabajo que había hecho. Acto seguido, Bai inició el laborioso ascenso de su propia estructura. Sus músculos se tensaron bajo la piel aceitada mientras se erguía, vértebra a vértebra, hasta que su coronilla rozó de nuevo el dosel más alto. Y ahora, desde su altura recuperada, el bosque volvía a ser un tapiz bajo sus pies, y ella, de nuevo, la observadora que dominaba el horizonte. —¿A dónde vamos ahora? Hacia el norte, la alfombra de vegetación se espesaba en una amalgama de verdes sombríos que terminaban por devorar la luz en una zona de oscuridad impenetrable; un territorio que prometía misterios, pero también peligros desconocidos. Hacia el sur, el aire acariciaba sus alas con un rastro de salitre, indicando que el límite de la costa no estaba lejos. Sin embargo, Bai giró el torso hacia el este, donde la densidad forestal claudicaba. Allí, la vegetación se volvía menos intrusiva, permitiendo que fragmentos de luz dorada perforaran la atmósfera. Para su mente analítica, la ecuación era sencilla: mayor incidencia solar equivalía a un incremento térmico y, por consiguiente, a una zona de humedad reactiva. Un microclima perfecto para encontrar especies que no toleraban la penumbra del sotobosque. RE: [Pasado/Social] Error micológico - Alana Sahiba - 25-01-2026 Había ido delante de Bai casi todo el camino con esa mezcla de atención extrema y distracción selectiva; me sentía tranquila con ella a mis espaldas, es por ello que en alguna ocasión incluso había omitido el sonido de su cuerpo pisando hojas. El chapoteo constante de las botas grandes contra el barro le marcaba el ritmo, como si fuera un tambor lejano, casi ni llamaba mi atención. Se sentía como una nana cantada que te relajaba. Plop, plop. Pero cuando el sonido cambiaba, yo alzaba la vista, alerta, por puro reflejo. Tal vez fue eso lo que me alertó y asustó en un inicio. Y cuando escuché el ¡plam!, me detuve en seco. Levanté la cabeza justo a tiempo para ver a Bai echarse un poco hacia atrás, llevarse la mano a la frente… y quedarse muy quieta. Mi cola se erizó, alerta. Durante un segundo, muy breve, el mundo se redujo a esa figura enorme en medio del verde— ¿...Bai? —dije, mi voz pequeña pero clara, con ese filo de preocupación que no necesitaba traducción. No entendí bien las palabras que siguieron, pero sí entendí el gesto del pulgar alzado, la sonrisa forzada, el modo en que intentaba restarle importancia. Fruncí el ceño. No le gustaba esa sonrisa. Era la misma que había visto otras veces en gente que decía “estoy bien” cuando no lo estaba del todo. Pensé que tan solo se había dado un nimio golpe al que incluso yo misma debía restarle importancia. Aun así, asintió. No insistí. Aprendí hacía mucho que insistir, a veces, solo empeoraba las cosas. Seguí avanzando, ahora un poco más despacio, consciente de cómo Bai apartaba ramas con un cuidado. Noté ese cambio. “Antes no iba así”, pensé. ¿Ahora está pensando en mí? Y esa idea me produjo un calor extraño en el pecho, incómodo y agradable a la vez. Cuando el bosque cambió. No fue algo brusco, sino una transición suave, como si el suelo hubiera decidido volverse… caprichoso. Mis ojos se abrieron un poco más de lo habitual. Me agaché casi de inmediato, tocando el suelo con cuidado, como si aquel tapiz multicolor de setas que acababa de encontrar pudiera desaparecer si lo miraba demasiado fuerte. Había sombreros grandes, pequeños, retorcidos, algunos traslúcidos, otros con colores tan intensos que parecían pintados a mano. Levanté la cabeza y empecé a hacer gestos rápidos, señalando aquí y allá—. No, esas no… esas sí… Han dijo que estas cantan —añadí, tocándome la sien con un dedo, intentando explicar algo que no tenía palabras sencillas. Por fortuna las onomatopeyas sí las entendía, aquel “wow” y el tono empleado. Sonreí de oreja a oreja. Me gustaba cuando alguien grande se maravillaba por cosas pequeñas. Cuando Bai hizo el gesto de cocinar, Alana parpadeé… y luego reí. Una risa breve, casi un soplido. Era sorprendente lo fácil que a veces resultaba hacerse entender con alguien que no hablaba tu mismo idioma. — Sí —asentí con la cabeza, moviendo las manos—. Sí comida. Mientras recolectaba, yo me movía como si el lugar me reconociera. Ya había cazado dinosaurios; las setas serían más sencillas. Mis manos sabían dónde tocar, qué evitar. De vez en cuando levantaba la vista cuando Bai me llamaba y seguía las indicaciones con pequeños saltos, agradecida por la ayuda desde arriba. Cuando Bai me ofreció las manos para subir, Alana me quedé mirándolas un instante. Eran enormes. Sólidas. Seguras. Acepté. Me acomodé sobre el hombro con cuidado, agarrándome a una correa, y cuando Bai se irguió, solté un pequeño “oh” ahogado. Desde allí arriba, el mundo se veía distinto. Más grande. Más lento. Apoyé la mejilla contra el cuello de Bai un segundo, por puro equilibrio… y luego me incorporé, mirando alrededor con ojos brillantes. Desde que había estado sobre Dong, no había vuelto a experimentar una sensación así. Cuando Bai preguntó a dónde ir, no respondí de inmediato. Cerré los ojos. Escuché. Me dejé llevar por ella y su buen juicios. Abrí los ojos y señalé sin dudar. — Allí —dije, apuntando justo hacia donde la luz se filtraba mejor—. Donde el sol entra… donde hay un claro. Aunque probablemente Bai ya hubiese elegido el lugar concreto. No sabía qué iba a pasar después. Solo sabía que, cuando comiéramos esas setas, estaríamos pletóricas de energía. Allí, tan solo habría que encender una pequeña fogata, ensartar las setas como si fuesen pinchos y dejar que se hiciesen mínimamente, por no comerlas crudas y tener una indigestión un tanto dolorosa. Poco o nada había aprendido de Han y de su cocina pero al menos a hacer las cosas al fuego sí, aunque se me quedasen pasadas… RE: [Pasado/Social] Error micológico - Bai Mudan - 31-01-2026 Cuando Alana se encaramó a su hombro, el primer pensamiento que le asaltó la mente fue que, probablemente, así se sentían las Kuja cuando al portar a sus serpientes, se ponían sobre sus hombros a un ser vivo y —como ella suponía– ligeramente viscoso anclándose a su propia anatomía. Después, igual de rápido como vino, se obligó a purgarlo, irritándose consigo misma por haber reducido a la muchacha a la categoría de animal de compañía. No podía pensar así. No debía. Y es que, Alana, pese a su pequeña escala, era una compañera con el mismo derecho al respeto que ella misma. Sin embargo, mantener esa frialdad ética resultó difícil cuando sintió las pequeñas manos de la tontatta aferrarse a la correa con la urgencia de un roedor que teme caerse al vacío. Pero, sobre todo, cuando la muchacha se pegó a su mejilla en un movimiento busco por su parte. ¿Estaba mal considerla adorable?¿Estaba mal querer ayudarla? Aquellas dos preguntas cruzaron su mente cuando levantó la mano para asegurarla durante el ascenso. ¿Podía considerarse una falta de cortesía lo que quería hacer? Bai se detuvo a tiempo, mucho antes de que el gesto evidenciara lo que quería hacer pues, ayudarla de más sería el paso definitivo para terminar tratándola como a una mascota, y Bai no estaba dispuesta a cruzar esa línea de condescendencia. Por suerte Alana habló y Bai tuvo que desviar la mirada lo justo para captar la dirección que señalaba. Eso era suficiente para dejar de lado el conflicto que sentía. —Allí —afirmó como si entendiera el idioma ajeno mientras levantaba el pulgar y le había el símbolo de OK. Luego, echó a andar con cautela, tratando de amortiguar el impacto de su pesada forma de andar para que el bamboleo no desequilibrara a su pequeña compañera. Pero, tras varios pasos en los que se vio forzada a hacer gestos bruscos para evitar arañarse con la maleza, desplegó sus alas, utilizándolas como una barrera rígida de plumas para proteger a Alana de los latigazos del follaje. Claro, no eran las inmensas y oscuras alas de Dong pero algo cubrían. Así, tras varios minutos de zigzageos entre arbustos y camino, llegó hasta su objetivo; frente a ellas, la espesura se rindía ante el claro donde, un manto de verde saturado cubría el suelo. Allí, los brotes de mala hierba luchaban por espacio contra las flores silvestres cuyas cabezas apenas lograban emerger de las briznas. Y es que, pese a que la naturaleza orgánica había conquistado prácticamente todo el terreno, también habían parches de tierra que se antojaban casi secos, salpicados de piedras pequeñas del tamaño de una falange. —¿Alana bajar? —preguntó señalando el suelo. No es que la estuviera echando, para nada, simplemente supuso que quizás quisiera volver a pisar suelo firme. —¿O Alana aquí? —añadió tocándose el hombro y retirando sus alas que habían estado haciéndo de barrera. Después, cuando se fijo bien en su alrededor, descubrió que los árboles megalíticos de la selva se cernían sobre el espacio abierto extendiendo ramas gruesas como troncos hacia el infinito del cielo tratando de devorar la luz que se filtraba. Pero, sobre todo que, bajo el sol, aquellos titanes de madera parecían haber perdido parte de su agresividad. —Mira —señaló Bai hacia el nudo de las raíces. Montañas de hojarasca muerta se aglutinaban en los recovecos oscuros, formando túmulos de materia orgánica que indicaban que ningún animal de gran envergadura había perturbado la zona recientemente. Creek. Una rama crujió bajo su pie en cuando Bai se movió hacia el centro del claro, un sonido seco que vibró en sus talones. Entonces, con la punta de la bota, removió la hierba, dejando al descubierto una costra de pequeñas cortezas y astillas. Parecía que los árboles se estuvieran descascarillando, dejando caer jirones de su propia piel maderosa que el viento se había encargado de reunir en aquel rincón. —Hmmm —meditó, dejando que el silencio volviera a asentarse. No parecía un sitio peligroso, al menos no de forma evidente. Pues no había signos de que ningún animal o ser pensante hubiera pasaro por ahí en mucho tiempo. RE: [Pasado/Social] Error micológico - Alana Sahiba - 03-02-2026 No entendí ni una sola palabra de lo que dijo. Ni una. Tal vez debería hacer por aprender su idioma… Quizás no sea tan complejo, ¿no? En cualquier caso, sí fui capaz de entender el tono, ese sí que lo entendía. Había algo suave en cómo hablaba, algo que no sonaba ni a amenaza ni a prisa. Así que me limité a asentir con la cabeza, muy convencida, como si acabara de comprender una explicación larguísima y profundísima sobre… no sé, botánica avanzada, supongo, cuando en realidad me estaría hablando sobre astronomía. Me agarré un poco mejor a su ropa para anclarme a su cuerpo cuando noté que se detenía. No por miedo, sino porque el mundo, visto desde allí arriba, tenía la mala costumbre de balancearse más de la cuenta. Qué caprichosa es la gravedad, maldita ramera de la ciencia. Cuando levantó el pulgar e hizo ese gesto extraño con la mano, abrí los ojos con interés, haciendo un sobreesfuerzo para prestar atención a toda ella y a sus gestos, para así lograr captar el mensaje—. ¿Sí? —dije, animada, aunque no sabía a qué estaba respondiendo exactamente hasta que me percaté de qué hablaba—. ¡Sí, sí! Sus alas no dejaban de sorprenderme me hacían sentirme protegida. A salvo de los latigazos de la maleza que antes me rozaban la espalda y los brazos. Me encogí un poco, por puro instinto, claro, porque sabía que poco podían hacerme; y luego asomé la cabeza por entre las plumas para mirar alrededor, fascinada. — Oh… —murmuré para mí misma, a pesar de que fuese en voz alta—. Esto es trampa. El camino se volvió más claro, más abierto, hasta que la luz cambió. Bajé la mirada cuando el verde se abrió bajo nosotras y el claro apareció ante mis ojos. Era… bonito. Muy bonito. Me incliné hacia delante para verlo mejor, aspirando el aire con fuerza. Tierra seca, hojas muertas, savia, algo dulzón escondido bajo todo eso. Mis ojos se movían de un lado a otro, rápidos, atentos, como si el suelo me estuviera contando un secreto. Incluso giré sobre el propio hombro de Bai para ver lo que quedaba a nuestras espaldas. Cuando Bai señaló al suelo y luego a su hombro, ladeé la cabeza. — ¿Eh…? —me llevé un dedo al pecho—. ¿Yo? Señalé el suelo. Luego el hombro. Luego a mí otra vez. Sonreí—. Puedo bajar —dije, convencida de que me estaba pidiendo que bajase, tal vez le empezaba a doler el hombro de cargarme durante parte del trayecto. Me deslicé por su ropa y, utilizándola como anclaje, me dejé caer al suelo. Esperé un segundo, y al no recibir ninguna reacción clara que entendiera, decidí que la respuesta correcta era… ninguna. Cuando señaló las raíces y la hojarasca acumulada, y mis ojos se iluminaron de golpe. Aterricé entre la hierba con un movimiento ligero, y enseguida me agaché junto a uno de los montículos de hojas secas. Hundí los dedos con cuidado, removiendo apenas la capa superior. Algo brilló. Parpadeé. No… no brilló. ¿O sí? No le di mayor importancia. Como norma básica de supervivencia que había aprendido a base de ensayo, error y algún que otro mareo memorable: nada se come crudo. Así que me puse manos a la obra. Cerca de las raíces gruesas, la tierra estaba seca, perfecta para encender fuego sin que aquello se nos fuera de las manos. Me agaché y empecé a reunir ramitas, hojas secas y un par de trozos de corteza desprendida. Con unos palos y unas piedras, logré sacar una chispa que poco a poco se transformó en hoguera (al menos para mí). Me senté frente al fuego, con las piernas cruzadas. Con unas palmadas en el suelo, le indiqué a Bai que se sentase a mi lado. Saqué las setas y las examiné una vez más. Bajo la luz del fuego, los colores parecían menos intensos. Dudé un poco pero el rugir de mi tripa calló toda duda. — Vale… —murmuré—. Plan sensato: cocinadas pierden parte del efecto, incluso aquellos que nosotras podemos considerar beneficiosos. Las setas no entienden de beneficios. ¿Puedes trocearlas y ponerlas en un palo-pincho para que se cocinen? Su campo de visión sería mayor para encontrar palos perfectos para esa labor; además de que por el tamaño de sus manos, podría manejar mejor las setas. Mientras yo intentaría que el fuego creciera hasta que para mí fuese casi un incendio. Cuando eso ocurriese, solo quedaba esperar a que estuvieran listas y dejar que se enfriaran un poco. |