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Salvajismo nocturno [Presente relativo||Recolección y creación] - Bai Mudan - 24-01-2026 Día 47 de Primavera, Año 17
Momento del día: Noche.
Su mirada se perdió entonces en el jardín de colosos que se dibujaba frente a ella. Primitiva flora en medio de un mundo que Bai creía extinto. Rojos, verdes y tonos morados se fundían en una amalgama de colores pálidos y enfermizos bajo el influjo de la luna, mientras las sombras de anturios, alocasias, caléndulas y plantas desconocidas reptaban por la tierra, desde la cual la bruma se elevaba con lentitud. Definitivamente, aquel lugar habitaba en la frontera de lo imposible, y Bai no habría sabido decir si se hallaba ante una geografía onírica o ante el delirio de una pesadilla botánica. Todo era demasiado vasto, demasiado espléndido… demasiado ilógico. Y quizá fue precisamente esa irrealidad la que terminó por arrastrarla hacia el corazón de aquella maravilla orgánica. Pues, cuando quiso darse cuenta, sus pies se habían movido por un impulso casi ajeno, obligándola a abandonar el túnel de vegetación esmeralda por el que hasta entonces había avanzado. Y ahora allí estaba, emergiendo al límite del jardín y sintiéndose como una pulga sobre un perro. La niebla se desgarró a su paso, rompiéndose en jirones de vapor que se arremolinaban contra sus tobillos como una marea dócil. ¿Qué clase de mundo era aquel? Bai aspiró una honda bocanada del aire húmedo y dulzón; una fragancia narcótica que habitaba en los rincones más oscuros de su memoria. Gála láctea, se dijo a sí misma al acercarse a una de las frondas que palpitaba con un fulgor clorótico. Aunque, si de verdad lo era, tocarla a ciegas sería una torpeza. Sus dedos se tensaron, muriendo el gesto pensado en el acto. El ulular del viento entre las corolas llenó ese breve silencio de duda. Lo mejor sería sacar la navaja. El chasquido seco del resorte quedó sepultado bajo el fragor de las flores, como una nota equivocada. Solo entonces, amparada por el metal, acercó el acero al borde serrado de las magnánimas hojas, y estas, heridas, comenzaron a sangrar un fluido denso y lechoso. Las gotas impregnaron la superficie pulida, brillando con una viscosidad translúcida. Con cuidado de no salpicarse, Bai acercó la hoja a su nariz. Olía al suave amargor de las almendras y al dulzor de la descomposición. Apenas cabía espacio para la duda sobre lo que era y, sin embargo, la birkiniana no dejaba de repetirse que la ciencia no admite suposiciones sin el bautismo de la prueba. Para entonces, el suero, aparentemente inofensivo, se concentraba en la punta de la navaja, formando una lágrima de marfil. Así pues, decidida a contrastar sus conclusiones, inclinó primero la hoja y dejó caer el exceso sobre la tierra —no quería que su confianza se convirtiera en un verdadero problema— y, con el rastro apenas húmedo que quedó en el metal, rozó la piel externa de su meñique. La apuesta estaba hecha: si tenía razón, el hormigueo llegaría en segundos. Si se equivocaba, en el mejor de los casos, su piel enrojecería y aparecería una pequeña erupción. ¿Inconsciencia o avance?, se preguntó mientras aguardaba el desenlace. Pronto Bai se encontró flexionando los dedos. Habían bastado apenas unos segundos para que el meñique dejara de responderle; lo sentía como una varilla de marfil parcialmente inerte, aún unida a su mano, pero sintiéndose ajena a ella. —Efectiva y casi inmediata —susurró. El resto de los dedos se movían con normalidad. —La parálisis química se mantiene bajo control… —prosiguió, como si estuviera explicándole a los propios seres de la selva aquello que ya sabía. Después, acercó el dedo al pequeño rayo de luz que lograba atravesar el titánico muro vegetal y observó la zona donde el metal apenas había rozado la piel. —Y sin rojeces. Hizo un esfuerzo por recordar otras plantas medicinales capaces de provocar efectos similares; varias acudieron a su mente, aunque el problema no era comprender su funcionamiento, sino saber reconocerlas en la flora salvaje que la rodeaba. —Plata… Con ese pensamiento, Bai se despojó del collar que Dong le había regalado la última noche en Whisky Peak, y, en un gesto casi sanador para ella, lo acercó a la herida de la planta y observó cómo, al caer sobre esta, la sangre comenzaba a coagularse al poco tiempo. No quedaba lugar para la duda. Efectivamente: era Gála láctea. Decidida por el descubrimiento, desplazó el peso y llevó la mano a la bandolera. Sin embargo, al hacerlo, las hebillas de la mochila de cuero tintinearon, profanando el mortecino silencio del jardín nocturno y, Bai, hizo una mueca leve, como si hubiera cometido un acto profano. Miró hacia su espalda, hacia la izquierda y luego hacia la derecha. No habían ojos mirándola desde la espesura ni tampoco indicios de depredadores. Todo parecía estar tranquilo. Así que, a continuación, abrió el compartimento frontal y extrajo un par de guantes especializados —de esos que rara vez tenía ocasión de usar— confeccionados con membranas de intestino de suido: un material orgánico, impermeable y tan fino que se adhería a la piel como una segunda capa. Tras calzárselos con cuidado, volvió a hurgar en su equipo para recuperar un frasco de cristal de boca ancha de apenas doscientos mililitros que relucía bajo la luz enferma de la luna tan pronto como este se dejó ver. Pop. El sonido del vacío al romperse se expandió por la zona en cuanto la birkiniana desenroscó el frasco, reverberando entre los troncos ciclópeos de las plantas como un disparo en una catedral vegetal. Y a su vez, como si su cuerpo formara parte de la naturaleza, el eco le recorrió la espalda en forma de escalofrío. Bai alzó la vista de inmediato y volvió a escrutar el entorno, atenta, tratando de certificar una vez más que estaba sola. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cuatro segundos pasaron cuando el silencio volvió a cerrarse sobre sí mismo y ella decidió recuperar su navaja. Un tiempo más que suficiente como para calmar sus nervios antes de proceder a la cosecha sin prisas, repitiendo el corte con parsimonia e inclinando la hoja herida con precisión médica. Así, gota a gota, el suero lechoso comenzó a llenar el recipiente, estableciendo un ritmo hipnótico al golpear contra el fondo del cristal. Y, aunque ciertamente era una labor extenuante —y sobre todo, una apuesta peligrosa contra su propia anatomía— Bai parecía no conocer la prisa cuando se trataba de conocimiento. A veces podía tener una paciencia que rivalizaba con la de las propias piedras. Bai había mutilado un par de frondas de la Gála láctea antes de que el frasco alcanzara su capacidad máxima. Como era de esperar en un entorno tan voraz, los desechos orgánicos —gotas de suero y restos de fibra vegetal— cayeron al suelo, convirtiéndose en un foco de atracción instantáneo para la fauna local. Y es que, pronto, de entre la hojarasca emergieron las hormigas típicas de la zona: especímenes con la cabeza gigantesca y grotesca, que vibraban con una energía nerviosa y visceral. Recolectoras nocturnas, atraídas por el dulzor narcótico de la savia, que pronto empezaron a arremolinarse en torno a sus botas, trepando por el cuero con una curiosidad depredadora. Bai no se había dado cuenta de ellas. De hecho, ni siquiera podía verlas por la niebla que cubría el suelo. Así que, sin percatarse de la invasión, Bai guardó el recipiente principal en su bandolera y extrajo un vial mucho más pequeño para aprovechar el remanente. Y, tan concentrada estaba en la tensión superficial del líquido que no se vio venir el ataque. ¡Ñac! Un dolor punzante, como un alfiler al rojo vivo, le atravesó el gemelo izquierdo. Una hormiga exploradora había hundido sus mandíbulas en la piel expuesta, marcando su territorio. Bai bajó la mirada, y el horror superó al dolor físico: una legión de cabezas hinchadas ascendía por su pierna como una marea negra. —¡Maldición! —exclamó, mientras su mano derecha bajaba por puro instinto para aplastar al insecto que ya emprendía la huida para alertar al nido. ¡Plag! El golpe fue seco, efectivo. La hormiga quedó reducida a una mancha de quitina sobre su piel broncínea. Pero, al instante, el mundo pareció detenerse. Bai observó su propia mano: el guante de intestino de suido, impregnado de la purísima Gála láctea, había entrado en contacto directo con su piel. —Mierda, joder... —se siseó a sí misma, sintiendo cómo el frío químico del suero comenzaba a filtrarse por los poros de su pierna. El hormigueo no tardaría en llegar, y con él, la parálisis local. Por no mencionar que aquellos insectos continuaba trepando por sus botas hacia sus piernas. Debía ser fría. Tratando de imponer la lógica sobre el pánico incipiente, tapó el vial con manos que empezaban a perder su precisión habitual y lo embutió de cualquier manera en su bandolera. El tintineo desordenado de los frascos fue un insulto a su método habitual. Su mente médica gritaba prioridades contradictorias: neutralizar la toxina de la mordida, frenar la absorción de la Gála y… Su instinto de supervivencia más primario anuló el debate: primero había que eliminar la amenaza física inmediata. —¡Fuera! —rugió, abandonando la compostura y el miedo a que algún par de ojos prehistórico la vigilara. Levantó la pierna afectada, ignorando el pinchazo inicial del entumecimiento, y dejó caer su bota contra el suelo con un impacto sísmico que pronto resonó en el bosque como la caída de un martillo pilón, levantando una nube de esporas y tierra. —Fuera, joder — Bai levantó de nuevo la pierna y repitió el gesto logrando que la vibración repetida desorientana a la mayoría del enjambre. —Vamos... —suplicó mientras caían aturdidas por la fuerza bruta del titán. Pero las más tenaces seguían aferradas al cuero y a la tela de sus botas. Con un gruñido de asco puro, Bai utilizó sus manos enguantadas —ya contaminadas con la sangre de los insectos— para barrer frenéticamente su propia pierna rascando, golpeando y aplastando sin miramientos. Y así siguió por un rato, sin detenerse hasta que la última de las hormigas fue un borrón oscuro sobre su bota o lanzada lejos, de vuelta a la hojarasca. —Por fin... —murmuró jadeante, pues el esfuerzo físico había acelerado su ritmo cardíaco, bombeando la sangre y el veneno de la Gála con mayor rapidez. —Oh, no… —murmuró, notando cómo su rodilla izquierda empezaba a sentirse extrañamente distante, como si perteneciera a otro cuerpo. Se quitó los guantes con cuidado, los hizo una bola y los metió en uno de los bolsillos externos de la bandolera para no caer de nuevo en el error de tocarse la piel desnuda. Arrastrando la extremidad como un peso muerto, Bai se distanció del foco de la Gála mientras el rugido de su corazón en los oídos era un grito de pánico que debía silenciar. —Orden, Bai… —se exigió a sí misma, aunque el aire le llegaba a los pulmones como si fuera cristal molido—. Prioriza la lógica sobre la respuesta simpática. La parálisis era un problema real pero momentáneo mientras que la toxina de la hormiga era una completa incógnita. —No te dejes llevar... —se dijo mientras intentaba tranquilizarse y sopesar posibilidades. Si el mordisco traía un veneno poderodo, el tiempo de reacción se reducía a segundos. Y, sin embargo, la pregunta que la torturaba era simple: ¿cuánto tiempo le quedaba antes de que un fallo sistémico apagara su consciencia? Miró su navaja; el acero, empañado por el suero lechoso, se burlaba de ella. La que debía ser su herramienta de salvación era ahora un vector de contaminación letal. No podía abrir la herida sin inocularse una dosis masiva de anestesia directamente en el torrente sanguíneo. Estaba realmente asustada. Tan aterrada que, en un espasmo de debilidad, su rodilla sana cedió y Bai cayó de bruces contra un lecho de vegetación baja, levantando una polvareda de polen, tierra húmeda y bruma. Fue entonces cuando su mente de médico tomó el control. Cerró los ojos y se obligó a procesar las señales de su propio cuerpo como si estuviera analizando a un paciente ajeno. La pierna estaba anestesiada, sí, pero el resto de sus sistemas permanecían estables. No había arritmia ni había rastro de gangrena fulminante. Solo una inflamación localizada y el rubor de una respuesta inmunológica estándar. Estaba a salvo. Al menos, de la muerte inmediata. Sus manos se hundieron en el suelo y sus uñas se enterraron. Estaba llorando. Lloraba por la pierna inerte, por el bocado de la hormiga, pero sobre todo, porque seguía respirando. —Sigo aquí —susurró, y su voz, aunque quebrada, recuperó un matiz de frialdad—. Y seguiré. Apoyándose en su pierna funcional y realizando un esfuerzo hercúleo, Bai comenzó el lento proceso de ponerse en pie. No iba a ser un regreso fácil, ni tampoco rápido; de hecho, estaba casi segura de que cada metro ganado al bosque sería una batalla contra su propio entumecimiento. Pero ahora tenía un objetivo claro: encontrar un sitio seguro, desinfectar esa herida y reclamar el dominio sobre su propio cuerpo. ***
El regreso por el túnel de esmeralda fue una procesión de agonía y muchísima voluntad. Bai avanzaba apoyándose en las raíces de los árboles colosales; estructuras que, rompiendo la lógica de cualquier bosque conocido, emergían de la tierra hasta llegar a la altura de sus rodillas como costillas de un titán muerto. Y, pese a que esas costillas eran de ayuda, avanzar seguía siendo un arduo desafío físico. Pues, por un lado, tenía que empujar su pierna izquierda con la mano derecha, arrastrando ese peso muerto que se negaba a responder a sus impulsos nerviosos y, por el otro, empezaba a sentirse cansada. Eso por no mencionar el sudor, ese frío y desagradable líquido que le surcaba la frente y la nuca, mientras un aroma acre a adrenalina y agotamiento empapaba su piel. Por fortuna, y hasta donde recordaba, el entorno ofrecía nichos de descanso. Así que, cuando finalmente, fue incapaz de sostener su propia envergadura por más tiempo, buscó refugio en una de aquellas raíces magnánimas que se encontraban de tanto en cuando por el camino y se dejó caer con pesadez apoyando la espalda contra la corteza rugosa. El sonido de su espalda y alas al resbalar por la madera fue lo único que se escuchó durante un instante. Después, le siguió el del follaje escurriéndose hasta que, al final, su trasero tocó el suelo y ella misma se sintió abrazada por las raíces. Sus alas se plegaron sobre ella y sus manos tantearon el aire hasta tocar el suelo; ahora estaban cubiertas de una amalgama pegajosa de savia, clorofila y tierra. Crack. Bajo el peso de su cuerpo, algo cedió. Un crujido vegetal, húmedo y sordo, interrumpió el ritmo de su respiración entrecortada. Forzada por el instinto de la curiosidad, Bai desvió su atención hacia el origen del sonido. Extendió sus dedos sucios y tanteó entre el sotobosque hasta encontrar el tallo fracturado. Su pierna dormida había sido la causante de aquel destrozo. Con curiosidad, Bai acercó a sus ojos el tallo para descubrir que la superficie era de una suavidad casi vítrea, fresca al tacto, como si las fibras guardaran en su interior un canal secreto de agua fría. Sin embargo, en la penumbra del túnel, sus ojos apenas distinguían la estructura anillada del rizoma. Olía bien. No era como el dulzor narcótico de la Gála, sino como una nota cítrica punzante, carente de azúcar o dulzor alguno que recordaba al limón recién rallado fundido con el aroma profundo y seco de la madera de cedro. Una combinación que Bai, en otras circunstancias, habría identificado como la base de un perfume o aceite.. Sonrió por primera vez en horas; un gesto breve y cansado. Aquel aroma era un faro de lucidez en mitad de su neblina mental. Abrió su bandolera con movimientos torpes pero urgentes, guardando el primer espécimen como si fuera un tesoro. Pero su mente, ahora espoleada por el hallazgo, le exigió más. Entonces, movió sus manos de nuevo a ciegas a ciegas por el suelo húmedo, buscando el patrón táctil de aquellos tallos. Encontró cuatro más. Al arrancarlos, el aire se saturó de un picor fresco y agresivo que penetró en sus pulmones, forzándole un estornudo violento. Se limpió la nariz con el antebrazo y, a los segundos, volvió de nuevo a estornudar. — Jengibre... —susurró, reconociendo el principio activo por la reacción de sus mucosas —. Espera... En realidad no tenía por qué serlo, ¿no? Debía comprobarlo primero, no podía permitirse el lujo de la duda metódica. Sin embargo, sin herramientas estériles, Bai recurrió al empirismo más primitivo: llevó la raíz a sus labios y, con la fuerza de su mandíbula, desgarró la corteza suberosa. El sabor estalló en su lengua como una descarga eléctrica; un picor abrasador que le hizo lagrimear, pero que despejó la bruma de sus sentidos. Confirmado, lo era. O al menos sabía a ello. —A este paso vas a matarte, Bai —se dijo a sí misma tras darse cuenta de que era la segunda vez en la noche que se exponía a la intoxicación —.Pero al menos ahora sé que puedo usarla. Tras ello, la birkiniana comenzó a masticar la raíz con ferocidad, mezclándola con su propia saliva para crear una pasta saturada e, ignorando el entumecimiento de su pierna, trató de doblarla como pudo, se inclinó sobre ella y escupió la mezcla directamente sobre la marca de la hormiga. Luego comenzó a frotar con el dorso de la mano que todavía estaba limpio, buscando que este combatiera, por puro contraste, el hinchazón de la mordida de la hormiga. Suspiró. Con un poco de suerte ahora tendría un problema menos del que preocuparse. Respiró con profundidad y tiró la cabeza hacia atrás. Estaba contenta por lo que acababa de descubrir pero, sobre todo, por haber podido recoger unos cuantos. Esperó un tiempo prudente —uno que pareció una eternidad– y a continuación, apoyó las manos en la raíz más cercana. Luego, con un esfuerzo hercúleo, volvió a ponerse en pie. —¡Tch! —un siseo escapó de sus labios. Una astilla de la corteza se había clavado profundamente en su meñique. Se quedó inmóvil, observando la pequeña gota de sangre que brotaba del dedo. ¿Dolor? Sí, era dolor real. Un destello de triunfo iluminó su rostro cansado. Si sentía la astilla, significaba que la anestesia estaba remitiendo. Y, aunque estaba desorientada por el tiempo transcurrido en aquel túnel, la conclusión era clara: antes del amanecer, recuperaría el dominio de su pierna. Era una noticia excelente. La mejor de todas. Día 48 de Primavera, Año 17
Momento del día: Madrugada.
Bai permanecía sentada frente al limitado arsenal médico que había ido reuniendo a lo largo de su travesía por los Blues, observándolo con una atención casi hostil, como si aquel conjunto de piezas incompletas pudiera, en cualquier momento, revelarle una verdad incómoda que se resistía a aceptar. Había poco, muy poco. Un conjunto de piezas incompletas que apenas lograban calificar como botiquín. ¿En qué momento se había permitido ese descuido? Sacudió la cabeza, desterrando el pensamiento antes de que echara raíces en su mente cansada. Además, estaba casi segura de que algo se le ocurriría. Siempre se le ocurría. Sólo tenía que germinar. Y, de mientras se entregaria a la hipnosis de lo mecánico. Para ello, se limpió primero las manos del rastro de la selva, sacó todo lo que tenía guardado e inició con el escrutinio de las agujas que le quedaban. A decir verdad, sólo habían unas pocas. Y, aún así, de entre ellas, seleccionó las que conservaban una integridad aceptable, apartando las que presentaban una curvatura errática fruto del desgaste. Una. Dos… ¿Tres? La tercera aguja presentaba una desviación mínima. Dudó. Pero ante la escasez del botín, decidió que, en caso de extrema necesidad, su mano sabría compensarlo. Después, evaluó el hilo de seda. Lo hizo sin manipularlo en exceso para no llenarlo de sebo, calculando en silencio cuántas veces podría atravesar la carne antes de verse obligada a recurrir a fibras vegetales de dudosa asepsia. ¿Una sutura? ¿Dos? Todo dependería de la envergadura del herido… y de la firmeza de su propio pulso. —Vaya mierda —masculló miestras colocaba jirones de algodón por vendas frente a ella—. Apenas tengo de nada… —se quejó. Y tras ello su mano se deslizó sobre la superficie de la caja metálica recuperada en Cabos Gemelos. Aquel objeto le estaba siendo muy útil como botiquín improvisado. Clack. Bai abrió la caja y colocó un trapo limpio en su interior. Después, tomó un retazo de tela exiguo, un jirón que para cualquier ojo inexperto sería un desecho, y lo enrolló hasta formar un cilindro compacto. Clavó las agujas sobre la tela, fijándolas con precisión y lo metió en el interior de la caja. No era elegante, pero era fiable. A continuación, repitió el proceso con un fragmento aún más fino, improvisando un carrete para la seda. Este también fue al interior de la caja y, después, vinieron los guantes. Primero verificó que las membranas de intestino de suido estuvieran intactas. Luego los plegó sobre sí mismos hasta invertirlos por completo, formando una bola compacta y, finalmente, también fuero adentro. Entonces llegó el momento de la alquimia. Extendió un paño limpio y dispuso sus hallazgos: la Gála láctea y la raíz de jengibre envuelta en lino. Extrajo un mortero de piedra, un cuenco de cerámica y un frasco de las profundidades del escritorio, colocándolos en el centro de su radio de acción. Ahora venía lo divertido. Tomó el rizoma en sus dedos, quebrándolo en fragmentos que cayeron pesadamente en el cuenco. Luego otro, uno más y, cuando ya estaban todos los recogidos, el mortero descendió con un ritmo constante y goteante. Un jugo ambarino y picante que saturó el aire, luchando contra el olor a metal. Fris, fris, fris. El sonido del mortero frotando los últimos tallos fue lo único que se escuchó por largo rato hasta que, tras mucho esfuerzo, solo quedó una amalgama de fibra y savia. Ahora tocaba separar la carne de la esencia y, tras ello, abrió el frasco de Gála láctea. Con una espátula de hueso, extrajo una porción mínima del suero blanquecino y lo incorporó al jugo de jengibre. La mezcla burbujeó. Y antes de que fuera a más, presta, Bai cogió una cuchara de plata para remover con lentitud, observando cómo la mezcla ganaba densidad hasta convertirse en un ungüento ocre, de textura sedosa y brillo extraño. Pero la birkiniana no estaba contenta con ello. Bai siguió batiendo hasta que la masa fue homogénea. Solo entonces, vertió el ungüento en el tarro de cerámica opaca y lo selló con un corcho. Después, lo depositó en el compartimento más protegido de su caja, junto a las vendas. Ahora sólo faltaba esperar seis horas.
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RE: Salvajismo nocturno [Presente relativo||Recolección y creación] - PX-6 - 25-01-2026 RECIBIENDO ÓRDENES... ACTIVANDO PX-6...
Botiquín medianoUtensilios
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Especificaciones
Descripción: Kit de primeros auxilios que contiene vendas para detener hemorragias. Restaura 250 PV y 50 STA.
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REALIDAD ALTERADA CON ÉXITO... PX-6 REGRESANDO A BASE... ✘ TEMA: CERRADO |