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[Pasado - Caza y Recolección] Sabores del hogar - Versión para impresión

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[Pasado - Caza y Recolección] Sabores del hogar - Kibai - 28-01-2026

Grand Line| Día 41 de Primavera| Año 17 
Isla de Little Garden | 10:00 
Los restos de la hoguera aún humeaban cuando Kibai terminó de ordenar los paquetes en el estante de la bodega del Royal Quiver. Los pequeños envoltorios, hechos con varias hojas de palma superpuestas y aceitadas con los restos de la grasa del Anquilosaurio, atesoraban dentro la mezcla de carne seca triturada, grasa clarificada y bayas silvestres machacadas que serían capaces de mantener a un hombre en pie durante todo un día de ser necesario. No obstante, había algo que le seguía faltando. Aquella comida era saciante pero la verdad, en cuanto a sabor no era la mejor del mundo, y el hecho de comer algo que se terminaba en apenas cuatro o cinco bocados tampoco era a nivel mental la cosa más apetecible del mundo.

Subiendo de vuelta a la cubierta, el mink se sentó al lado del hipopótamo mascota del contramaestre Bertram, palmeándole el lomo de vez en cuando mientras se devanaba los sesos. Se le ocurrían muchas cosas, pero nada lo suficientemente ligero ni saciante. Decidido a inspirarse,se levantó y bajó de nuevo a la bodega, examinando los suministros que la Marina les había proporcionado: sal adecuada para conservar los alimentos frescos, harina para las galletas marineras, agua dulce, alimentos en conserva… Nada que pudiese valer la pena. Frustrado, Kibai sacó de su macuto la última botella de leche que conservaba de Whiskey Peak, aunque su fino olfato detectó incluso antes de abrirlo que el líquido blanco se había estropeado. Con un gruñido de frustración, regresó de vuelta a la cubierta y, procurando no respirar, abrió la botella y vertió el contenido por la borda. La leche estropeada había adquirido una textura a medias grumosa a media líquida, y aún a pesar de que el mink no tomó aire, notaba como el mal olor presionaba contra sus fosas nasales.

Sin embargo, cuando hubo acabado de vaciar la botella, una idea le asaltó la mente, golpeando sus recuerdos como un relámpago. Era pequeño, apenas mayor que un cachorro, y sus compañeros le invitaban a salir de casa para recorrer la jungla de Zou a la luz de la luna. Recordaba suplicar a su madre que le dejase ir y como ella, negando conla cabeza con una sonrisa comrpensiva, le amarraba una calabaza a la cintura con unos cuantos cazos de un polvo de color marrón blanquecino.

— Si os retrasáis demasiado y te entra el hambre, solamente busca algo de agua, viertela dentro y agita muy bien la calabaza. No es gran cosa, pero te dará la energía suficiente para poder volver a casa y que yo te regañe por haberos alejado demasiado de casa.

Con una sonrisa nostálgica, Kibai volvió al presente, golpeando un puño contra la palma de la otra mano. Ya tenía una idea de lo que la División 60 necesitaba para compensar a la perfección lo que ya les había preparado, ahora solo necesitaba encontrar los ingredientes necesarios para ello.

Saltando hacia la jarcia más cercana, Kibai trepó rápidamente hacia la cofa del vigía, con la intención de poder otear con algo más de perspectiva la jungla cercana. Por desgracia, incluso cuando llegó a la cima del palo mayor y se encaramó a la barandilla de la cofa, el desánimo le invadió: aquella maldita isla cubierta de selva era demasiado grande para poder observarla detalladamente desde su posición. No obstante, los ojos del mink se fijaron en lo que a lo lejos podría haber pasado por dos grandes montículos. Ahora que estaban en la isla, aquellas dos formaciones bulbosas tenían un tono que reconocía demasiado bien: el del hueso secado por el sol. Eran dos gigantescos cráneos, demasiado grandes para ser de animales oriundos de Little Garden.

"Tal vez son restos de Reyes Marinos, o alguna criatura similar, no hay otra opción". — pensó Kibai mientras se descolgaba del palo mayor, amortiguando su caída clavando las garras en el palo mayor mientras se deslizaba hacia abajo. 

"Eso o algún monstruo caído del cielo. Sea como sea, me alegro que lleve tanto tiempo muerto. tener que enfrentarnos a algo así hubiese sido un auténtico problema. "

Al volver a poner los pies sobre las maderas de la cubierta, Kibai se dirigió de nuevo hacia la bodega, dónde tras dejar su abrigo encima de su hamaca y coger prestado uno de los papeles del escritorio del Comandante Stroud para garabatear una breve explicación de su ausencia, recogió a Raimei sin la cual no pensaba salir del barco, así como un cuchillo curvo de la cocina, y dos sacos de arpillera extra que introdujo dentro de su morral. Si iba a recorrer la isla, pensaba llevarse todo de lo que pudiera echar mano.

Cuando ya estaba recorriendo las tablas de madera que unían la cubierta del Royal Quiver con la playa de Little Garden, el mink se detuvo en seco, observando la línea de árboles más cercana a la arena. Dándose una palmada en la frente, comenzó a reír a carcajadas. había estado sin duda a punto de cometer una soberana estupidez que le habría hecho perder una buena cantidad de tiempo. Dejando caer su morral a cubierta, se desató del cinto a Raimei y se encaminó hacia la primera línea de jungla. No tardó en localizar varias palmeras  cercanas y en hacerse con media docena de cocos. Volviendo con los brazos cargados de la fruta, usó una de sus garras para perforar las cáscaras, vertiendo con cuidado toda el agua de su interior en su cantimplora. Sin duda sería un agradable refrigerio para ir tomando a lo largo de su expedición. 

Una vez que los cocos estuvieron ya completamente vacíos de líquido, Kibai empleó el cuchillo para abrirlos por completo e ir sacando cuidadosamente la carne de su interior, dividiéndola en secciones lo más largas y finas posibles. Acto seguido, tras envolver la carne de los cocos entre dos trozos de loneta para velas, volvió a cubierta para colocarlo encima de las tablas del puente, dónde el sol y la brisa habrían hecho su efecto para cuando estuviese de vuelta. Dando un trago a la sabrosa agua de coco de su cantimplora, el mink recogió de nuevo su equipamiento y se internó en la jungla.

Al cabo de unos cuantos minutos de marcha, cuando ya había perdido de vista el Royal Quiver y el suave murmullo del mar había sido sustituido por los habituales sonidos de la selva, Kibai tomó una gran bocanada de aire. Sin duda, aquella isla era dónde más había disfrutado de estar desde que el capitán Seijuru le había rescatado de las aguas. Le tenía un gran aprecio a los miembros de su División, por supuesto, pero de vez en cuando, su naturaleza felina le impulsaba a perderse por su cuenta, acompañado solo de sus pensamientos y forzado a depender de sí mismo. Era en estos momentos cuando se sentía más vivo.

Echando cuenta de la posición del sol (ya que las brújulas en el Grand Line resultaban del todo inútiles debido a los siempre fluctuantes campos magnéticos que poseía cada isla) Kibai avanzó hacia el centro de Little Garden, dónde contaba con localizar aquellos gigantescos cráneos que había visto desde el barco. El mink avanzaba tanto a nivel del suelo como por los árboles, siempre atento a cualquier posible peligro: una jungla no era ningún resort vacacional. Insectos, serpientes venenosas, arañas cazadoras... Todas aquellas especies podían, y de hecho habían arruinado, la expedición de más de un explorador descuidado.

“Y si todo en esta isla está tan sobredimensionado como lo que ya he visto, no estoy seguro de querer encontrarme ciertas cosas” dijo en voz alta Kibai, hablando para él en voz alta mientras usaba a Raimei para abrirse paso a espadazos entre una zona de gruesas lianas tan anchas como su brazo.

Al cabo de un par de horas de marcha, la jungla empezó a perder densidad, hasta que el mink descubrió una enorme pared de color blanquecino que se elevaba hasta el cielo. Sonriendo, golpeó con un dedo la superficie, que emitió un sonido a medias entre sólido y hueco. Aquellos cráneos eran absurdamente enormes una vez uno se encontraba al lado de ellos, hasta el punto de poder confundirse perfectamente con una formación rocosa natural. Entrelazando los dedos para hacer crujir las falanges, Kibai se soltó el cinturón de Raimei y la enganchó a su espalda para poder moverse con más libertad y, tras tomar otro largo trago del agua de coco de su cantimplora, saltó hacia la pared, clavando las garras en el hueso blanqueado por el sol. Sorprendido, comprobó que las garras apenas penetraban en aquel duro material, y el brusco tirón que hizo la gravedad de su cuerpo a punto estuvo de hacer caer, pero un nuevo zarpazo, está vez con más fuerza, logró asegurar su mano derecha en la pared de hueso.

“Mira por dónde, esto me va a servir de entrenamiento: si no quiero caerme y partirme el cuello, voy a tener que golpear esta pared como si estuviese en una pelea…” se dijo para sí mismo el mink notando como sus piernas empezaban a endurecerse por la tensión.

Y dicho y hecho, Kibai comenzó su ascensión, golpeando la pared con violentos zarpazos, hasta el punto de que las pequeñas esquirlas de hueso saltaban al anclarse al cráneo para continuar subiendo. Al cabo de unos minutos, el mink resollaba profundamente, y notaba como la sangre comenzaba a manar de las pequeñas heridas que se le iban formando en las garras debido a los continuos impactos. Sin embargo, eso lejos de detenerlo aún le infundió más ánimos. Cuanto más arriba estuviese, más inutil sería pensar en el dolor, ya que solo le quedaba una posibilidad, llegar a la cima del cráneo, o dejarse caer todo el trecho que ya había escalado, lo cual como mínimo le iba a suponer una lesión grave, si no algo peor. Por fortuna, las grietas que habían ido causando los elementos a lo largo de todos los años que aquellos gigantescos fósiles llevaban en la isla le otorgaban pequeños lugares de anclaje donde descansar las piernas e incluso poder permitirse soltar una de las manos para echar un trago a la cantimplora. 

En una de estas paradas estratégicas, Kibai no pudo resistirse a voltear la cabeza y lo que vio le dejó sin aliento. Little Garden se extendía a sus pies, como una gigantesca alfombra de color verde hasta chocar directamente con el azul del Grand Line. Al estar tan arriba, la playa no era visible, y apena si lograba distinguir la bandera del Royal Quiver, aleteando alegremente más allá de la línea de árboles, un claro punto de referencia para lograr volver con sus compañeros una vez hubiese el mink hubiese acabado con sus tareas. Ansioso por completar su ascenso y poder disfrutar de aquel espectáculo en su plenitud, Kibai retomó su escalada con fuerzas renovadas.


Al cabo de un buen rato, sus manos alcanzaron por fin el saliente natural que indicaba que había llegado a su fin. Con un último esfuerzo, Kibai se aupó a pulso, logrando por fin llegar a la parte superior del cráneo. Rodando sobre sí mismo, se quedó tumbado cuan largo era, jadeando sonoramente mientras se masajeaba enérgicamente las piernas que habían empezado a dar signos de agarrotamiento por la tensión constante de la subida. Tanteando a su costado, el mink abrió su cantimplora, vaciando a grandes tragos los últimos restos del agua de coco, ya recalentada por el sol, aunque para él en esos momentos la sensación del liquido bajando por su garganta fue lo mejor que le había pasado en todo el día. Tras acabar de beber, se permitió unos minutos de relajación, notando como la brisa le agitaba el pelaje, mientras un extraño silencio le envolvía. Como era lógico, en aquellos cráneos no crecía nada salvo una leve capa de musgo aquí o allá, de modo que ningún animal vivía allí arriba, aunque Kibai se imaginaba que seguramente algunas aves habrían construido sus nidos en algún punto de los enormes montículos.


Una vez dejó de sentir aguijonazos en los cuádriceps, el mink se puso en pie y examinó sus manos. Lo cierto era que sus garras habían sufrido bastante, y reveladores restos de sangre ya seca le indicaban que iba a dolerle bastante usarlas al menos en un par de días, aunque por otro lado aquel era el camino adecuado si quería fortalecer su físico. Extendiendo una mano hacia el cielo despejado, Kibai cerró los ojos, concentrándose en las decenas de vidas que latían en su interior, y ordenó a un enjambre de sus avispas que salieran de su cuerpo. Los insectos obedecieron al instante, saliendo de la palma de su mano como una chorro de color negro y amarillo. 


Con un mero pensamiento, Kibai las distribuyó a su alrededor, con la orden de buscar desde aquella privilegiada atalaya cualquier hueco en la jungla de Little Garden. Las plantas que podrían servirle no podían crecer en la jungla cerrada, sino que necesitaban de luz solar, un terreno húmedo pero no pantanoso y también el suficiente espacio sin grandes árboles que les robasen los nutrientes. Dirigiendo levemente la mirada hacia el lugar dónde había acabado con el Anquilosaurio, el mink lo descartó de inmediato. Había dejando en aquel claro una auténtica montaña de carne fresca, y a buen seguro aquel lugar sería ahora una auténtica trampa mortal de depredadores y carroñeros que estarían esperando su turno para alimentarse con los restos del enorme herbívoro. No, salvo que no hubiese otra opción, aquel recodo del río, y cualquier zona cercana a él, no eran precisamente el mejor lugar de Little Garden para darse una vuelta.


Por suerte, al encaminarse hacia lo que habría sido la parte frontal del rostro del gigantesco animal al que había pertenecido el cráneo, el rostro de Kibai se iluminó con esperanza. Antes sus ojos, varias montañas de no mucha altitud se alzaban casi en el borde de la isla. Pero lo que realmente alegró al mink fueron sus cimas, de las cuales  ascendían reveladoras fumarolas de humo.


Volcanes. El terreno ideal. A juzgar por la isla en sí, hacía tiempo que no había una erupción, de modo que que a buen seguro toda la zona alrededor de los conos habría sido ya regada por la lluvia y la roca volcánica se habría mezclado con la tierra circundante, produciendo un suelo ideal para los cultivos. Un lugar excelente para que la vida floreciese de nuevo. La naturaleza era sin duda un mecanismo irónico: de la destrucción total que provocaba una erupción volcánica, la vida surgía con más fuerza que nunca.


Dando un fuerte silbido, Kibai llamó de nuevo a sus avispas, que se integraron de nuevo dentro de su cuerpo a través de sus palmas. Acto seguido, se dispuso a descender de nuevo al nivel del suelo, pero esta vez, gracias a la ventaja que le daba la perspectiva de estar en la parte de arriba, optó por deslizarse suavemente por la pendiente que formaba la parte frontal de los cráneos de aquellas criaturas hacia el hocico, usando simplemente las garras de vez en cuando para aminorar su velocidad si empezaba a deslizarse demasiado rápido.


Cuando por fin llegó de nuevo a nivel del suelo, Kibai echó la vista hacia atrás, admirando la inmensidad del cráneo que había escalado. Satisfecho con su proeza, giró varias veces los hombros para aliviar la tensión e inició su trayecto hacia la cadena de volcanes. Aquella zona de la isla era notablemente menos densa, y los árboles parecían más jóvenes. El mink avanzaba con precaución, captando de vez en cuando movimientos por el rabillo del ojo, aunque no llegó a cruzarse directamente con ninguna criatura hostil. A buen seguro, se dijo, y a pesar de que había procurado lavarse bien tanto a si mismo como a sus ropas, aquellas especies de Little Garden con un olfato más fino de lo normal aún detectarían el olor a la sangre del Anquilosaurio. Aquello era una ventaja, pues facilitaba que muchos seres se apartasen de su camino, pero también implicaba un riesgo: el olor a la sangre de un herbívoro era un llamamiento a depredadores y carroñeros que lo tomasen como una posible presa herida.


“Me gustaría que alguno lo intentase..” se sorprendió pensando Kibai. Aunque pelear contra el Anquilosaurio había sido emocionante, aquel animal solo se estaba defendiendo, y toda su estructura corporal estaba pensada para que directamente lo dejasen en paz. Un depredador por el contrario, sería más rápido y más letal, y desde luego, mucho más emocionante para una pelea. Sin embargo, aparte de algunos movimientos en la maleza de vez en cuando, ningún animal, ni depredador ni rumiante, salió a su encuentro.


El rastro de la selva virgen comenzó a transformarse bajo las garras de Kibai a medida que el terreno se volvía más accidentado y la vegetación, antes una aparentemente homogénea muralla de vegetación, empezaba a permitir que los rayos del sol golpearan el suelo con mayor frecuencia. El aire, que en el corazón de Little Garden era muchos más húmedo y pesado, cargado con el olor de las plantas en descomposición y los cientos de diferentes variedades de flores y frutos, ahora se movía en ráfagas que transportaban un calor seco, cargado de ese persistente olor a piedra quemada que emanaba de la cadena volcánica.

El mink avanzaba con la mirada fija en el horizonte, donde las fumarolas que salían de los conos volcánicos indicaban con precisión la dirección en la que debía avanzar. Tras aproximadamente una hora de marcha, el mink se detuvo en el borde de una depresión natural que se extendía entre dos de los picos menores. Lo que vio le obligó a soltar un suspiro de pura satisfacción. Tal como su instinto le había sugerido desde la cima del cráneo, aquella zona era una suerte de edén poseedor de una cierta fertilidad agresiva. Una llanura aluvial, regada por el agua que se filtraba desde las cumbres volcánicas, formaba una red de acuíferos naturales que serpenteaban entre la tierra ennegrecida.

Y allí, erigiéndose en mitad de aquel oasis, se encontraba el tesoro que había venido a buscar.

Era una zona cubierta de maíz salvaje. Pero no se parecía en nada al maíz que Kibai había visto en los mercados de Roshwan, la isla de Samba o cualquier otra isla del South Blue o del Grand Line, ni tampoco a ninguna de las ilustraciones de los libros de botánica. Estas plantas eran colosos de tallos gruesos como troncos de árboles jóvenes, que se elevaban fácilmente tres o cuatro metros hacia el cielo. Sus hojas, de un verde oscuro y veteadas de un rojo óxido, terminaban en puntas tan afiladas que vibraban con un sonido metálico al paso del viento. Las mazorcas, protegidas por múltiples capas de una cáscara coriácea y fibrosa, brotaban de los nudos a montones. Kibai calculó que cada mazorca pesaría fácilmente varios kilos.

Frotándose las manos, descendió por la ladera con agilidad, sintiendo el calor de la roca volcánica bajo sus pies. Al llegar a la orilla de uno de los acuíferos, se acercó a la planta de maíz más cercana. Con el cuchillo curvo que había traído de la cocina, realizó un tajo preciso en el pedúnculo de una de las mazorcas. Al retirar la cáscara, sus ojos se abrieron como platos con el asombro: los granos no eran amarillos, sino de un color negro púrpura que brillaba con un lustre aceitoso. Eran granos densos, aproximadamente del tamaño de una nuez y de una dureza que prometía una molienda difícil pero un sabor intenso y profundo.

— Desde luego, todo lo que hay en esta isla es oro puro… —murmuró Kibai, abriendo su morral.

Con una eficiencia mecánica, el mink comenzó a cosechar el maíz. Seleccionaba solo las mazorcas más pesadas, las que indicaban un grano maduro y repleto de almidón. Su morral empezó a ganar peso rápidamente, y Kibai se vio obligado a usar uno de los sacos de arpillera extra que había traído. Estaba sumido en una alegría casi infantil, calculando ya mentalmente las proporciones de agua y fuego necesarias para tostar aquel grano único y convertirlo en el alimento que su División necesitaba. En su mente, ya veía los las sonrisas de sus compañeros al saborear los vasos llenos de aquella bebida espesa y revitalizante.

Sin embargo, el instinto de un Mink felino nunca dormía del todo, ni siquiera bajo el sol vespertino en una zona aparentemente calmada. Y cuando algunos chasquidos reveladores en la maleza empezaron a sonar más cerca, y la jungla pareció quedarse en silencio, Kibai supo que algo se avecinaba.

 
Un grito agudo, un sonido chirriante que le recordó al roce de un cuchillo sobre un plato de porcelana, rasgó el silencio de la llanura volcánica.

Kibai se tensó al instante. Soltando la mazorca que tenía a medio cortar y se giró sobre sus talones en un solo movimiento fluido. A unos veinte metros, emergiendo de la línea de helechos que bordeaba el acuífero, una criatura le observaba con ojos de reptil inyectados en sangre.

El ser medía algo menos de dos metros de altura, con un cuerpo esbelto y musculoso diseñado para la velocidad. Sus patas traseras terminaban en garras poderosas que se hundían en el barro volcánico, y sus brazos, extremadamente cortos en proporción a su cuerpo, pero fuertes, terminaban en dedos prensiles. Aún así, lo más distintivo era su cabeza: coronada por dos crestas óseas que se extendían desde los ojos hasta la parte posterior del cráneo, y un cuello rodeado por una membrana de piel plegada que, en ese momento, empezó a vibrar con una intensidad amenazadora.

Antes de que Kibai pudiera procesar la amenaza, otras tres criaturas similares se asomaron por las laderas que rodeaban la zona donde crecían los tallos de maíz, flanqueándolo. Aquellos seres eran sin duda cazadores en manada, y habían encontrado al intruso en su territorio de alimentación.

Sin embargo, Kibai no sintió miedo. Al contrario, una sonrisa felina se le dibujó en el rostro, revelando sus colmillos. Aquello era lo que estaba esperando. Dejando caer el morral pesado sobre la tierra oscura, su mano derecha buscó la empuñadura de Raimei sobre su hombro derecho.

— Bueno, parece que voy a tener que pagar por llevarme este maíz. Porque imagino que no querréis dejarme aunque sea un poco, ¿no es así chicos? —dijo el mink mientras el acero de su espada salía de la vaina con un suave deslizamiento.

La primera criatura, la más grande del grupo, lanzó un bufido sibilante. De repente, la membrana de su cuello se desplegó de par en par, revelando unos colores vibrantes, naranjas y amarillos, destinados a confundir a la presa. Sin previo aviso, el reptil lanzó un escupitajo de un líquido viscoso y oscuro hacia el rostro de Kibai.

El mink reaccionó con la velocidad del rayo. Se echó hacia un lado, sintiendo cómo el líquido impactaba contra un tallo de maíz a sus espaldas, que empezó a humear al instante. Veneno corrosivo. Mientras observaba como la madera se carbonizaba, Kibai se giró de nuevo, ahora con las orejas pegadas al cráneo y una pose mucho más seria. Aquello cambiaba drásticamente las reglas del combate. Él estaba solo, y demasiado lejos de su barco y sus compañeros. Podía tolerar un par de heridas, pero aquel líquido podía llegar a ser muy problemático si le daba en alguna zona sensible.

—¡Vale, está bien, tendré que igualar las tornas! —rugió el mink.

Al instante, un enjambre de avispas negras y amarillas brotó de su mano, zumbando con furia. Los insectos se arremolinaron alrededor de Kibai en una formación protectora, antes de dividirse en cuatro grupos para dirigirse a toda velocidad hacia los dinosaurios, zumbando alrededor de las cabezas de los depredadores. Las criaturas, desconcertadas por el ruido y los pequeños latigazos que les producían los aguijones a medida que las avispas alcanzaban sus zonas blandas con su picadura, empezaron a retroceder, sacudiendo las cabezas y lanzando mordiscos al aire.

Kibai aprovechó la distracción. Arqueando la espalda, se lanzó hacia delante, convirtiéndose en un borrón de pelaje y acero. Raimei brilló a la luz del sol mientras el mink lanzaba un tajo horizontal. El primer reptil apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la hoja le abriera un tajo profundo en el pecho, lo suficiente para que los órganos se lacerasen y el impacto lo enviase a rodar por el suelo. El saurio se sacudió entre estertores y tras un último quejido, no se volvió a mover.

Los otros tres lagartos, viendo a su líder en el suelo, recuperaron la compostura. Olvidándose de la molestia que le seguían suponiendo los enjambres de avispas a su alrededor, saltaron simultáneamente desde diferentes ángulos contra el mink. Kibai, al verse rodeado, cerró los ojos, dejando que la energía acumulada en su cuerpo saliese a la superficie. Cuando el sonido característico del Electro lo envolvió, el mink abrió los ojos de nuevo a un mundo notablemente más lento que antes. Torsionado su cuerpo, usó su cola para equilibrarse en medio del giro, desviando las garras de uno delos atacantes con el plano de su espada mientras propinaba una patada cargada de electricidad en el hocico de otro. El crujido de la mandíbula al chocar con su garra trasera resonó en toda la llanura.

Sin embargo, aquellas bestias eran persistentes. El tercer depredador logró saltar sobre su espalda, clavando sus garras delanteras en el hombro derecho de Kibai. El mink gruñó de dolor al sentir cómo las uñas atravesaban su ropa y se hundían en su piel, pero en lugar de intentar quitárselo de encima, apretó loas mandíbulas, canalizando una corriente masiva de Electro hacia su hombro.

—¡FUERA!

Una explosión de energía azul estalló desde su piel. El reptil que lo sujetaba fue despedido hacia atrás como si hubiera sido golpeado por un cañón, su cuerpo echando humo mientras caía pesadamente al lado del acuífero.

Kibai se estabilizó, respirando con dificultad, mientras los tres restantes se reagrupaban. Los animales observaron el cadáver de su líder, que seguía en el suelo con la sangre mamando del tajo en el pecho, antes de volver la mirda hacia el mink con un nuevo respeto, o quizás con un temor primordial. Kibai respiraba con profundidad agarrándose el hombro herido; el pelaje de su nuca estaba erizado y pequeños arcos residuales de electricidad bailaban entre sus garras y el filo de Raimei.

—¿Queréis más? —les gritó el mink en tono desafiante, ordenando a las avispas supervivientes que se agrupasen en torno a él.— Porque os juro que el próximo que se acerque terminará bien tostado para la cena.

Como si entendieran la amenaza, o quizás simplemente reconociendo que aquel "mamífero" era una fuente de dolor demasiado grande para ser una presa viable, uno de los tres saurios lanzó un último grito agudo, menos desafiante y más comunicativo hacia sus congéneres. Una a una, las criaturas se dieron la vuelta y se desvanecieron entre los altos tallos de maíz con una velocidad asombrosa, dejando a Kibai solo en el maizal.

El silencio volvió a reinar, roto solo por el chisporroteo del Electro que aún recorría el filo de Raimei. Kibai envainó su espada con un suspiro, llevándose una mano al hombro herido. Sacándose la camisa, se acercó al acuífero para lavar la herida y así poder examinarla mejor. No era nada grave, aunque aquellos rasguños dejarían de sangrar en unos minutos le darían la lata un par de días. Un pequeño recordatorio que se llevaría de Little Garden.

Recuperando el ritmo normal de la respiración, el mink se acercó a su morral y al saco de arpillera. Con una sonrisa triunfal, los llenó hasta que las costuras amenazaron con reventar. Tenía suficiente maíz salvaje para alimentar a la División 60 durante una buena cantidad de tiempo. Echándose el pesado cargamento a la espalda, Kibai rellenó su cantimplora con el agua del acuífero, lanzó una última mirada a los volcanes e inició el camino de regreso.

El camino de regreso se presentó ante Kibai como una prueba de resistencia más que de agilidad. Con el morral rebosante de las pesadas mazorcas de maíz negro y el saco de arpillera golpeando rítmicamente contra sus muslos, el mink comprendió pronto que su habitual estilo de desplazamiento en Little Garden, alternadno entre caminar por el suelo y sortear algunas zonas a través de las copas de los árboles, era impracticable en su estado actual. Los grandes bultos que llevaba, aunque no representaban un problema en cuanto al peso en sí, eran lo bastante voluminosos como para alterar su centro de gravedad y amenazaban con hacerle perder el equilibrio en cada salto. Por ello, con un gruñido de resignación, decidió desviarse hacia el exterior, buscando recorrer el camino de la costa para rodear la isla hasta el punto dónde estaba atracado el Royal Quiver.

La ruta era notablemente más larga, un semicírculo que le obligaba a caminar sobre la arena blanda y los guijarros pulidos por la marea, pero le ofrecía la visibilidad que la jungla le negaba. A su izquierda, las olas del Grand Line rompían contra la orilla con una cadencia hipnótica, y el sol comenzaba a descender en su recorrido. Aquella aventura se había alargado más de lo que suponía en un principio, ralentizada por la subida a los cráneos gigantes y su combate contra aquellos carnívoros.

El trayecto, aunque más sencillo, no estuvo exento de complicaciones para Kibai En tres ocasiones, la playa de arena blanca moría abruptamente contra espolones de roca volcánica que se adentraban en el mar como dedos negros y afilados. En esos puntos, el mink se veía obligado a escalar de nuevo la roca para sortear el obstáculo hasta la siguiente zona de arena. Con los músculos de los hombros ardiendo bajo el peso del maíz y las heridas de sus garras punzando a causa del salitre, el mink se pegaba a la pared de los acantilados, avanzando centímetro a centímetro, buscando apoyos en las grietas de la piedra húmeda. El sonido de las olas rompiendo con violencia contra la base de las rocas, apenas unos metros por debajo de sus pies, le recordaba su condición de usuario de la Fruta del Diablo. Una caída significaría el fin. Sin embargo, Kibai procuraba mantener la calma, pues el pánico le haría caer más rápido que cualquier otra cosa. Cada vez que superaba uno de estos tramos, se permitía un breve descanso en la arena, disfrutando del paisaje y llenándola con el aroma del cereal que transportaba.

Cuando el sol ya estaba a medias oculto por el horizonte del mar, tiñendo el cielo de una paleta de violetas y naranjas encendidos, la silueta del  Royal Quiver apareció al fondo de la pequeña ensenada dónde el comandante Redgrave había elegido con beun juicio atracar la nave.

 
Kibai no se detuvo a buscar a sus compañeros, aunque sí advirtió cierto movimiento en cubierta. Se dirigió directamente a su zona de trabajo en la playa, cerca del lecho de carbón en el que se había convertido la madera que había empleado con anterioridad para secar la carne y derretir la grasa del Anquilosaurio. El agotamiento físico era casi palpable, y la herida del hombro le daba pinchazos de vez en cuando, pero el mink estaba decidido a terminar su parte. Al fin y al cabo, él era el cocinero de la División, el responsable de que pasase lo que pasase, ninguno de sus compañeros desfalleciese nunca por el cansancio o el hambre, no si él estaba ahí para impedirlo.

Empleando un trozo de pedernal y el propio filo de Raimei, Kibai prendió de nuevo el fuego de la hoguera. No necesitaba llamas altas, sino un calor uniforme y profundo. Mientras las brasas ganaban intensidad, usando sus garras comenzó a pelar las mazorcas. El sonido de las hojas coriáceas al rasgarse era seco, revelando los granos negro-púrpura que brillaban bajo la luz crepuscular. Colocó las mazorcas sobre la misma piedra plana que había empleado en su anterior elaboración cerca del calor, haciéndolas girar con cuidado para evitar que se quemasen. El aire pronto se saturó con el olor del cereal tostándose, una fragancia dulce, terrosa y reconfortante que parecía calmar incluso los sonidos de la selva cercana la cual parecía despertar con la caída del sol a medida que los animales de hábitos nocturnos se mezclaban con los que acudían a sus lugares de reposo.

Mientras el maíz alcanzaba su punto óptimo de tostado, Kibai se puso en pie y, con algún quejido que otro debido al cansancio general, trepó por la jarcia del palo mayor del barco. Allí arriba, en la cofa del vigía, donde la brisa marina y el sol habían golpeado durante todo el día, recogió las secciones de carne de coco que había dejado extendidas entre los dos pedazos de loneta. El fruto, ahora deshidratado y firme, había concentrado sus aceites y su dulzor natural.

De vuelta en el suelo, Kibai preparó su mortero improvisado de piedra y madera. Desgranó el maíz tostado, cuyos granos ahora crujían al tacto, y los mezcló con los pedazos de coco seco. El proceso de molienda fue largo y rítmico. El clac-clac de la piedra contra la piedra se convirtió en el único sonido en la playa. El mink ponía todo el peso de su cuerpo en cada movimiento, reduciendo el cereal y el coco a un polvo fino, de un color canela oscuro, que desprendía una calidez embriagadora. Aquella maniobra demostró ser mucho más dura de lo habitual, ya que los granos, aún tostados eran mucho más resistentes de lo habitual, exigiendo que imprimiese una gran cantidad de fuerza en cada pasada de la piedra.

Aquel polvo sin embargo, demostró tener un sabor de una enorme intensidad . Al probar una pizca, Kibai sintió cómo el sabor dulce del coco y el almidón del maíz le trasladaban a tiempos pasados, dónde tod er mucho más simple, yla única mala consecuencia era un tirón de orejas de su madre por haberse pasado toda la noche sin aparecer por casa y haber tenido que dormir al raso en algún rincón de la jungla. Pero también era algo distinto, el sabor de la seguridad; de la certeza de que, aunque se perdiesen en algún lugar, lejos de todo, sus compañeros siempre tendrían una fuente de energía que los mantuviese en pie.

La parte final de su tarea requirió una destreza diferente. Kibai subió a bordo y buscó entre los restos de suministros de la bodega. Recuperó varios retales de loneta vieja de las velas, tela resistente y capaz de soportar la humedad, y tambien rescató de un cajón unos cuantos hilos gruesos de los que se usaban para remendar las redes y zurcir las velas. Sentado de nuevo en la arena, con la luz de la luna ya alumbrando su tarea, Kibai comenzó a coser. Sus manos, que horas antes habían empuñado a Raimei para enfrentarse a aquellos extraños dinosaurios venenosos, ahora se movían con la delicadeza de un sastre. Confeccionó pequeños sacos individuales, del tamaño de una palma, diseñados para colgarse del cinturón o llevarse en los bolsillos interiores del uniforme o la capa.

Uno a uno, llenó los saquitos con el polvo de cereal y coco, asegurándose de compactar bien la mezcla para que no se desperdiciara espacio. Al cerrarlos con un nudo marinero firme, Kibai sonrió satisfecho. Su trabajo por fin estaba completado. Recogiendo todos los paquetes entre los brazos, los llevó a la bodega, depositando cada uno de ellos cuidadosamente encima de cada envoltorio de hojas de palmera. Cruzándose de brazos, el mink se apoyó contra una de las paredes, notando como finalmente el cansancio que había acumulado a lo largo de todo el día por fin hacía efecto y las piernas no le pedían otra cosa que tumbarse en su bauprés y cerrar los ojos durante un buen montón de horas.

El aire nocturno lo recibió al salir de vuelta a cubierta con una caricia fresca y reconfortante. Kibai caminó lentamente hacia el bauprés, dónde se tumbó cuan largo era, disfrutando del suave vaivén de las olas. Ya tendría tiempo de darles las raciones a sus compañeros de División a la mañana siguiente. Por ahora, todo estaba listo.


“Pase lo que pase, mientras yo esté aquí, ninguno de mis compañeros podrá quejarse de tener hambre.
No durante mi guardia.”