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El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - Kenzo D. Fujiwara - 29-01-2026 57 de Primavera, año 17.
El claro se abría como una herida de luz en medio de una selva que parecía pertenecer a otro tiempo, un espacio circular donde la vegetación retrocedía con recelo, aplastada por fuerzas antiguas y pacientes. La hierba era alta, de un verde casi azulado, con hojas gruesas y nervaduras marcadas como si cada brizna hubiera aprendido a defenderse sola en un mundo hostil. Helechos gigantescos se arqueaban alrededor del claro formando un anillo natural, sus frondes tan grandes como velas plegadas, goteando humedad constante que impregnaba el aire con un olor terroso y fértil. Árboles de troncos descomunales se alzaban más allá, retorcidos y cubiertos de musgo, con raíces que emergían del suelo como serpientes petrificadas, creando desniveles irregulares que obligaban a caminar con cuidado. El cielo apenas se dejaba ver entre las copas, filtrando una luz cálida y lechosa que daba al lugar una sensación suspendida, como si el tiempo avanzara más despacio allí. En el centro del claro, el pequeño campamento de la División 60 parecía casi una osadía: cuatro tiendas modestas, reforzadas con cuerdas gruesas y estacas de madera oscura, dispuestas en semicírculo alrededor de un fuego bajo cuidadosamente controlado. El suelo estaba apisonado por el uso reciente, marcado por huellas profundas y desiguales que no correspondían todas al mismo tipo de paso, algunas tan grandes que obligaban a preguntarse qué clase de criatura las habría dejado. Cajas de suministros, mochilas gastadas y armas apoyadas con orden pragmático hablaban de disciplina y experiencia, de gente acostumbrada a montar y desmontar su vida en territorios donde la naturaleza no pedía permiso. El aire vibraba con sonidos lejanos: crujidos de ramas demasiado pesadas para ser simples caídas, graznidos profundos que resonaban desde la espesura y un retumbar ocasional, casi imperceptible, que se sentía más en el pecho que en los oídos.
Imagen orientativa del campamento
La calma del claro parecía haberse asentado con una delicadeza casi ceremonial sobre el campamento de la División 60, como si la propia isla hubiera decidido concederles un respiro breve y vigilado. El fuego crepitaba bajo, más un gesto de presencia que una necesidad real, y su calor se mezclaba con la humedad espesa del aire, creando una sensación densa sobre la piel. Stroud Redgrave se encontraba ligeramente apartado del centro, con la postura erguida incluso en reposo, repasando mentalmente cada decisión tomada desde que habían puesto pie en aquel territorio primitivo. No era inquietud lo que le tensaba los hombros, sino una atención constante, una costumbre adquirida tras años entendiendo que los lugares aparentemente tranquilos solían ser los más traicioneros. Bertram Gaufrid revisaba equipo con movimientos metódicos, el tipo de rutina que servía tanto para mantener las manos ocupadas como para ordenar pensamientos. Los minks, Kibai y Moja, permanecían atentos a los márgenes del claro, no inmóviles, pero sí sutilmente alerta, como animales que saben que el silencio absoluto rara vez es una buena señal. Entonces ocurrió: un sonido incongruente, casi doméstico, rompió la armonía natural del entorno. El Den-Den Mushi Blanco, cuidadosamente guardado entre los efectos de Stroud, comenzó a vibrar con su característico murmullo orgánico, un parpadeo nervioso que contrastaba con la gravedad del entorno. El comandante no reaccionó de inmediato; hubo una fracción de segundo en la que evaluó el momento, el lugar, el peso simbólico de recibir una llamada allí, en una isla donde todo parecía desafiar la noción misma de civilización. Al tomar el caracol, el campamento entero pareció contener la respiración. Incluso los sonidos lejanos de la selva parecieron amortiguarse, como si algo, o alguien, escuchara. La voz que emergió del Den-Den Mushi era profunda, áspera, cargada de autoridad pulida por décadas de mando y decisiones difíciles. -¿Hablo con el comandante Redgrave? Aquí el Comodoro Harrison.- El tono no dejaba espacio para errores ni suposiciones. Stroud no respondió de inmediato; sus ojos se endurecieron ligeramente, no por desconfianza, sino por respeto al protocolo implícito. La voz continuó, firme, inamovible, casi probando el terreno antes de avanzar. -Solicito hablar con el Comandante Redgrave.- No hubo más palabras. No hizo falta. El silencio posterior fue deliberado, tenso, una pausa calculada en la que Harrison dejó claro que no diría nada más hasta tener absoluta certeza de estar hablando con quien correspondía. En ese instante, Stroud supo que aquella llamada no era una formalidad, sino el preludio de algo que alteraría el curso de su misión, y quizá mucho más que eso. El silencio que siguió a la confirmación implícita de la identidad de Stroud Redgrave fue denso, cargado de una expectativa que pesaba más que la humedad del aire en el claro. Acto seguido, se escuchó un carraspeo seco, un sonido breve pero humano, casi íntimo, que contrastaba con la autoridad férrea que emanaba el Comodoro Harrison. Entonces habló, con un tono más bajo, medido, como alguien que sabe que cada palabra importa. -Verá, Comandante, le hablo porque según mis informes está con la División 60 en Little Garden, o está cerca de llegar. ¿Es cierto esto?- La pregunta flotó en el aire apenas un instante, porque antes de que Stroud pudiera siquiera ajustar la respiración para responder, la voz continuó, implacable, empujada por la urgencia. -Tenemos una misión importante y de extrema urgencia para su equipo.- En el campamento, Bertram levantó la vista de su tarea, captando el cambio sutil en la postura de su líder, mientras Kibai y Moja afinaron aún más su atención, percibiendo que aquello no era una simple comunicación de rutina. Harrison hizo una pausa mínima, lo justo para tragar saliva, y ese gesto invisible reveló más que cualquier informe escrito. -La División Científica 86 está en Little Garden, o eso es lo último que sabemos de ellos. Perdimos todo tipo de conexión con ellos hace más de cinco meses.- El peso de esa cifra cayó como una losa. Cinco meses en una isla así no era un retraso administrativo; era una sentencia abierta. Se escuchó entonces el sonido inconfundible de alguien inhalando un puro, un resuello grave que se filtró por el Den-Den Mushi y añadió una capa de crudeza al mensaje. -Ellos estaban en busca de un tesoro natural que solo está en esa isla para extraerlo y traerlo a la base marina. Es de suma importancia que encuentren ese tesoro.- Sus palabras eran claras, pero sus inteciones, crudas. El Comodoro no concedió ni un segundo de tregua para que Stroud Redgrave organizara una respuesta, como si temiera que cualquier pausa pudiera diluir el peso de las órdenes que estaba a punto de imponer. Su voz retomó fuerza, firme y afilada, avanzando sin rodeos, cargada de una autoridad que no admitía matices. -Por ello, en nombre de la marina, les encomiendo la siguiente misión.- Cada palabra parecía caer como un sello oficial sobre el destino inmediato de la División 60. El Den-Den Mushi transmitía no solo sonido, sino intención, y todos allí sintieron cómo aquella misión dejaba de ser una posibilidad para convertirse en una obligación ineludible. -Primero, busquen el campamento de la División 86.- El claro, hasta hacía poco un refugio, se volvió mentalmente un punto de partida peligroso. -Segundo, entren en contacto con nosotros informándonos de todo.- La exigencia de información constante implicaba riesgos adicionales, movimientos calculados, exposición. -Tercero, una vez que encuentren el campamento, vayan de manera prioritaria a buscar el tesoro natural.- Esa frase resonó con un eco extraño; el concepto de “tesoro” en un lugar como Little Garden no evocaba riqueza, sino fuerzas que quizá nunca debieron ser perturbadas. -Cuarto, extraigan el tesoro y tráiganlo cuanto antes al cuartel de la marina de Arabasta.- Stroud notó cómo el peso de la logística, del tiempo y de las consecuencias se acumulaba en su pecho como una armadura demasiado pesada. La pregunta final llegó sin suavidad alguna, casi como una formalidad vacía. -¿Ha quedado todo claro?- No hubo espacio para responder. Antes de que el comandante pudiera siquiera tensar la mandíbula, la voz de Harrison ya estaba cerrando el cerco. -Cierro comunicación. Si necesita hablar con alguien, hable con mi asistente, la capitana Trixie. Mucha suerte, camarada.- El término sonó extraño en su boca, más cercano a un gesto protocolario que a un deseo real. El Den-Den Mushi emitió un chasquido húmedo y la comunicación se cortó abruptamente, dejando un silencio aún más profundo que el anterior. La selva volvió a hacerse oír, indiferente y antigua, mientras el comandante asumía que acababan de cruzar un umbral invisible. Little Garden ya no era solo un destino; era el centro de una orden directa, de una búsqueda cargada de incógnitas, donde cada decisión futura tendría consecuencias que se extenderían mucho más allá de aquella isla primitiva.
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RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - Stroud Nanashi - 30-01-2026 Los ojos grises de Stroud, oscuros y entornados, iban de un lado a otro, mientras él permanecía a un lado del campamento. Sus manos se hallaban tras su espalda, donde solían estar, con su postura perfectamente erguida y marcial. Aquel calor húmedo lo aturdía un poco. Pensaba en el recorrido de la División por Little Garden, con sus altos y, sobre todo, con sus bajos. Por mucho que Kibai, Moja y Bertram fuesen vigías mucho más efectivos de lo que él jamas pudiera serlo, prestar atención era su forma de pensar. Mantener el entorno vigilado, saberse en control del espacio que le rodeaba, era lo que le daba margen para la reflexión. Los navegantes de uno y otro lado de la Justicia transitaban por Little Garden con asiduidad, procurando detenerse allí el tiempo estrictamente necesario antes de proseguir su viaje. Pronto les llegaría el turn... Berep berep berep berep.
Su Den Den Mushi empezó a sonar, sacándolo de su ensimismamiento. Berep berep berep berep.
Stroud tomó el caracol y desenganchó la pieza que hacía de micrófono, y la voz del tal Harrison empezó a fluctuar como un torrente desde la boca de la criatura. Stroud comprendió a la perfección el tono; aquel no era el tipo de interlocutor que se fuese a preocupar de recibir demasiadas confirmaciones del otro lado. Volcaría la información sobre él, se aseguraría de que había quedado meridianamente claro, y colgaría; y así fue, en esencia. ¿Qué diantres era una división científica? Stroud se rascó ligeramente la cabeza mientras tomaba nota mentalmente de todas las órdenes recibidas. Al finalizar el torrente de órdenes e indicaciones de Harrison, la llamada terminó con el sonido de gatcha del Den Den Mushi. Stroud inspiró en silencio, apretando ligeramente los labios, y observó a sus compañeros de división, mientras volvía a dejar el Den Den Mushi en su lugar. Evidentemente, ante órdenes directas no cabía vacilar. "Bueno, pues ya lo habéis oído," dijo, haciendo un ademán hacia el caracol por el que todos acababan de recibir la llamada, mientras tomaba su pesado abrigo blanco y se lo ceñía sobre los hombros, antes de echar mano de su mochila, "preparaos para salir." Había poco más que el abrigo que tuviese que tomar, además de su mochila, cargada con lo esencial para una jornada de exploración: raciones militares para un par de días, su brújula, cuerda, una manta, cerillas, una antorcha, yesca... Tenía por costumbre estar siempre listo para el servicio, incluso en sus ratos de asueto; nunca se sabía cuándo podía llegar, precisamente, una llamada como aquella. Mientras esperaba a que los demás estuviesen listos para partir, rumió cómo iban a hacerlo. Las órdenes habían sido cristalinas: buscar el campamento, informar al cuartel, buscar el tesoro, extraerlo y llevarlo a Arabasta. Arabasta... Eso debía de quedar a al menos un par de islas en la corriente, si no más. Stroud hizo memoria, recordando sus cartas náuticas, de cuánto tardarían en llegar hasta allí. Con suerte, no demasiado. Antes, eso sí, habrían de pasar por el reino de Drum. Parecía que iban a tener cantidad de cosas que hacer. Se le vino a la mente el último periódico, en el que se avisaba de una especie de convocatoria en Arabasta para entrar a formar parte del Zoodiacool. Una mancha de gilipollas pretenciosos y sin el adecuado sentido de la disciplina, por lo que había oído el joven Marine, pero gente con talento, qué duda cabía, y con algunos miembros realmente excepcionales. Tal vez fuese interesante echar un ojo. Cuando sus compañeros de división empezaron a agruparse, Stroud repasó algunas ideas en voz alta. "Bien, la primera y prioritaria de las órdenes es buscar el campamento, en eso han sido muy explícitos," afirmó Stroud. "Vuestras dotes de caza nos van a ir que ni pintadas. Cinco meses sin contacto... se tendría que haber intervenido mucho antes," masculló para sí, antes de volver al volumen habitual, "pero cinco meses es mucho tiempo. Incluso si encontramos el campamento, no sabemos en qué condiciones estará, ni qué habrá, así que estad preparados para lo que sea. Respecto a su posible localización, tengo algunas ideas," afirmó, tomando una pequeña rama del suelo y poniéndose en cuclillas, dibujando una forma cuadrada en el barro. "Por lo que he podido explorar de la isla, que no es demasiado, hay algunas zonas habitables, no muy diferentes a esta," explicó, haciendo un ademán con el dedo índice indicando la situación del campamento a su alrededor, "la mayoría a unas cuantas horas selva a través desde aquí. Como no tenemos ninguna pista, y ni siquiera sabemos qué leches estaban haciendo aquí, vamos a empezar a la vieja usanza, buscando y descartando," dijo, marcando varias cruces en localizaciones precisas del rudimentario mapa que había dibujado, y varias rutas que convergían en el que debía de ser su propio campamento. Dibujó una N, indicando el norte. Contempló su propio dibujo por unos segundos. "Si esa división científica tenía más de medio cerebro, es probable que eligiesen una zona aproximadamente por aquí," añadió, dando un toque y haciendo un círculo sobre un área al oeste de su actual localización. "Acampar ahí les habría permitido guardar una distancia prudencial del volcán, al mismo tiempo que habrían mantenido más o menos vigilada la costa, y con acceso sencillo a un río. En esta zona, la vida salvaje parece algo más calmada, además, por lo que no habría sido una mala opción," concluyó. "En marcha." Ajustándose la visera de la gorra sobre la cabeza, y asegurándose de que los demás fuesen tras él, Stroud inició la marcha hacia el oeste a través de la jungla. Era consciente de que había posibilidades de que aquello se alargase más de la cuenta, probablemente necesitando dar unas cuantas vueltas antes de dar con ninguna pista, pero había que empezar por alguna parte. Y las zonas habitables que había encontrado durante sus jornadas de exploración de la isla eran la opción más evidente. Ya descartarían lo que tuviesen que descartar. En el silencio de la selva, hizo una señal con las manos, indicando la formación que seguirían: la habitual en áreas como esta. Él encabezaría el grupo; a su derecha, Moja, y a su izquierda, Kibai, ambos a una distancia prudencial, pero suficiente como para poder comunicarse con facilidad y reaccionar con presteza en caso de peligro. En la retaguardia, Bertram, aventajado en el combate a distancia y con los instintos afilados de un cazador, capaz de advertir de cualquier peligro que pudiese acechar. Caminarían hacia el oeste, selva a través, hasta dar con un pequeño lago en mitad de la jungla, momento en que virarían ligerísimamente hacia el noroeste. Desde allí, llegar a la zona de claros solo les llevaría un par de horas. Con un poco de suerte, habrían peinado la zona para antes del atardecer. Si no encontraban nada allí, acamparían y continuarían con su búsqueda mañana. Un plan sólido.
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RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - Bertram Gaufrid - 30-01-2026 Tras varios días vagando en solitario por la isla desde su ataque fallido a los piratas, reconociendo un poco el bosque, recolectando materiales y fabricando nuevas flechas, el joven arquero decide tomarse un pequeño descanso de tanta incursión y fabricación, no se detendrá por completo, seguirá diseñando, planificando y haciendo cálculos para poder fabricar un arco propio con ciertas mejoras que tiene en mente, aunque aún está trabajando en los detalles, el diseño y sobre todo, en los requisitos del mismo. En esta ocasión el joven arquero se encuentra junto a su división, la que fundó en Roshwan junto a Stroud e Imai, aunque esta última parece haber desaparecido a mitad de su primera misión juntos dónde tuvieron un éxito rotundo a pesar de los contratiempos. Concretamente la división se encuentra en un claro del bosque, donde montaron un campamento provisional donde apenas se encuentran las cuatro tiendas donde cada uno se retira a descansar, turnándose para montar guardia para evitar el agotamiento y que las bestias de la zona los ataque pillándolos desprevenidos. Mucha gente los consideraría atrevidos, montar un campamento en mitad de una selva repleta de criaturas prehistóricas, plantas desconocidas que si te descuidas te envenena por no saber cuales pueden provocar una mala reacción con simplemente el tacto y poner al afectado en una situación complicada en una isla sin civilización y por lo tanto sin ni una sola clínica donde tratar las dolencias si no dispones de un médico en tu grupo. El joven arquero se encuentra sentado en un lado, cerca del fuego que crepita siendo de los pocos sonidos que llenan la zona al no hablar ninguno de los marines, cada uno a su manera pendiente y atento. Stroud se mantiene algo apartado del centro del campamento, siendo que parece entender, al igual que Bertram, que un bosque tranquilo podría ser una trampa mortal si bajas la guardia. El arquero por su parte está pasando un paño por su arco, dejándolo limpio, libre de grasas y con una buena sujeción, para evitar que se le resbale si tienen que terminar pelando contra alguna bestia o algún enemigo, uno nunca sabe qué ocurrirá y es bueno estar siempre listo para lo que pueda ocurrir. A pesar de encontrarse sentado, manteniendo su equipo, los ojos y oídos del arquero están atentos al bosque que rodea el claro, siendo totalmente consciente de que el que llegue tan poca luz al lugar es normal pues entre lo frondoso del bosque y lo inmensos que son los árboles del lugar, haciendo que el camino de los rayos del sol se bloquee y apenas llegue un resquicio a la parte baja, lo suficiente para que haya visión sin muchos problemas. Los oídos el arquero pelirrojo captan los sonidos del bosque, sonidos naturales, pero aumentado en proporción al tamaño de todo en aquél lugar, el viento pasando por entre las enormes ramas, o los enormes helechos agitándose por la misma brisa, el sonido de la fauna, hasta que de pronto un sonido diferente calla todo lo demás, como si la naturaleza misma supiera el peso de lo que está por pasar. El inconfundible sonido del den den mushi llena el claro, siendo que pertenece al actual líder de la división quien contesta y todos escuchan la naturaleza de la llamada, siendo que el contramaestre alza la vista, escuchando con detalle lo que dice el vice-almirante y empezando a plantearse si realmente dejaron a su suerte a una división entera por 5 meses en ese lugar, y más una división científica, ya que se especializan en investigaciones y no en capacidades bélicas. Por mucho que Bertram sepa que debían haber enviado un grupo a investigar hace bastante tiempo, 5 meses en un lugar como ese era casi una sentencia de muerte ya que no solo es el tema provisiones, sino el hecho de que si perdieron contacto es poco probable que tengan las provisiones a mano. Bertram se acerca a donde se reúnen todos para planificar los pasos a tomar desde ese momento, es una orden directa de un vice-almirante, no hay forma de negarse o rechazarla, así que toca movilizarse y cumplir con lo que se les ha pedido. Por las palabras de Stroud está de acuerdo con lo que piensa el arquero, debieron intervenir hace bastante, pero ahora queda buscar indicios desde nada, no tienen pista alguno de lo que buscan, salvo que es un tesoro natural. Tras las palabras de Stroud sobre como proceder y donde piensa que se establecieron Bertram dice -Tienes razón en todo, y siendo que mencionan un tesoro natural puede ser solo tres cosas en este lugar, una planta concreta con propiedades extraordinarias, un animal que puedan usar para potenciar el poder bélico o algún mineral que solo se da en este ambiente. Sea como sea la forma de saber más es encontrando el campamento y con suerte sus notas. Respecto a la ubicación del campamento, este lugar es una segunda opción muy buena, no está tan bien ubicado, pero por como es el bosque de mis andadas reuniendo materiales, ese lugar está apartado de las rutas de los animales, siendo perfecto para evitar encuentros indeseados.- Bertram toma una rama y marca un punto algo más cerca del volcán, pero aún a una distancia segura. Una vez todo está hablado y saben que hay que hacer todos se ponen en marcha, siendo que dos minks felinos pueden ser una gran baza si mantienen el instinto cazador, a su vez Bertram es un antiguo cazador que se adapta rápidamente a los entornos naturales, además de tener una gran percepción, siendo capaz de percatarse de cosas ocultas o disimuladas, pero al mismo tiempo el joven mantiene siempre sus ojos moviéndose por todo el lugar, fijándose en cada detalle, cada movimiento de la zona y del entorno. La formación es clara, delante va Stroud, a los lados se mantienen Kibai y Moja mientras el arquero cubre la retaguardia, su facilidad para pelear a distancia y su instinto de cazador, además de estar hecho a moverse por bosques y poder poner la atención en otro lado sin miedo a tropezarse. El grupo avanza con calma rumbo oeste, Bertram lleva el arco en su mano, las flechas normales en el carcaj visible y en un segundo carcaj, disimulado bajo el otro, al ser flechas más reducidas prefiere no gastarlas de no ser estrictamente necesario. Con suerte encontrarán alguna pista en el primer campamento, siendo que cuando llegan a un lago dan un casi imperceptible desvío al noroeste caminando hacia el primer punto a investigar, a un par de horas de camino. Si encuentran alguna señal antes de que anochezca es perfecto, sino lo sensato sería acampar allí y seguir al día siguiente.
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RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - Moja - 31-01-2026 Moja se encontraba inmerso en sus quehaceres diarios dentro del campamento, cumpliendo con la disciplina que siempre lo había caracterizado. Entre sus tareas estaba la revisión minuciosa de sus guantes de combate, asegurándose de que no presentaran grietas ni desgastes, así como el recuento del material médico: botiquines y herramientas básicas. Todo debía estar en orden. No solo era un marine de campo, sino que recientemente había asumido un nuevo oficio, el de médico, una responsabilidad que se tomaba con absoluta seriedad. Mientras trabajaba, también se detuvo a acicalar los nuevos galones de su uniforme. Hacía apenas unas semanas había recibido la llamada oficial anunciando su ascenso a Sargento. Aquel rango no era solo un título, para Moja simbolizaba estar un paso más cerca de construir una justicia más firme y real para el mundo. Era la prueba de que sus sacrificios, su disciplina y su lealtad no habían pasado desapercibidos. Tras terminar sus preparativos, Moja salió al claro central del campamento para iniciar su ronda habitual. Todo parecía transcurrir con normalidad… hasta que un silencio extraño se apoderó del lugar. En ese instante, el Den Den Mushi oficial del comandante Stroud comenzó a sonar, rompiendo la calma. La llamada no tardó en revelar su gravedad. Se les asignaba una misión de extrema urgencia, localizar el campamento de la División 86, una unidad con la que se había perdido toda comunicación hacía ya cinco meses. Además de informar sobre lo ocurrido al llegar, debían encontrar el tesoro natural que aquella división estaba investigando y escoltarlo de vuelta a una base de la Marina. Nada más finalizar la comunicación, el comandante Stroud dio la orden de ponerse en marcha de inmediato. Explicó que conocía una posible zona donde la división podría haber acampado en un primer momento, mientras que el Contramaestre Bertram aportó una segunda ubicación alternativa. Moja no perdió un segundo. Corrió hacia su tienda, se colocó con firmeza los guantes de combate y se colgó la mochila repleta de botiquines y material médico. Aquella misión podía requerir algo más que fuerza bruta. -Iré por arriba, observaré desde lo alto- indicó a sus compañeros con tono calmado pero decidido. Alzó los brazos y creó dos flechas vectoriales, posicionándolas con precisión. Con movimientos ágiles, comenzó a utilizarlas como puntos de impulso, saltando de una a otra y desplazándose entre las copas de los árboles con rapidez y silencio, convirtiéndose en una sombra que avanzaba por encima del campamento.
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RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - Kibai - 02-02-2026 Kibai escuchó pacientemente la información que el comodoro Harrison le transmitía al comandante Redgrave, frunciendo el ceño cuando la desaparición de la División 86 se confirmó. Cinco meses no era poco tiempo precisamente, y lo que había visto en la isla hasta el momento era para preocuparse.
Cuando la comunicación terminó y el comadante Redgrave dio los preparativos para salir, el mink se crujió las falanges con una sonrisa de oreja a oreja. La idea de volver a recorrer las junglas de Little Garden le encantaba. En el tiempo que llevaban allí, Kibai había aprendido a apreciar el encanto salvaje e indómito de la isla. En muchos aspectos, le recordaba a su lugar de origen.
"Aunque los dinosaurios son un plus." pensó alegremente mientras preparaba su macuto. "Y los monos gigantes una contra..."
Cuando tuvo lista la mochila, el mink se colocó las protecciones para las piernas que había adquirido en Whiskey Peak. No es que le incomodase andar descalzo, ni mucho menos, pero era bastante sensato tener algo que sirviese de pantalla entre su piel y la vegetación de un jungla con una gran cantidad de plantas venenosas, hongos con esporas urticantes y demásfauna y flora autóctonas. Con todo ya preparado, se abrochó a Raimei a la cintura y se dirigió al centro del campamento con el resto de sus compañeros de División.
Tras ser informados por el comandante Redgrave del plan a seguir, Kibai abrió su macuto para entregarles a todos una de las raciones especiales que había preparado con el máiz negro y la carne del Anquilosaurio.
"Tomad uno de estos cada uno. No son la cosa más sabrosa del mundo, pero uno de esos paquetes os mantendrá de pie todo el día. Mezclad el contenido del sobre con agua y tendréis un reconstituyente energético muy potente."
Tras iniciar la marcha, Kibai sonrió al ver como Moja se elevaba por encima de sus cabezas apoyado en sus flechas. Su compatriota cada vez se desenvolvía mejor con su Fruta del Diablo. Decidido a aportar también a su vez, se acercó al comandante, dándole un leve toque con la mano en el hombro.
"Creo que nos vendrán bien otros cuantos pares de ojos, señor."
Acto seguido, el mink extendió ambas manos a los lados, dejando salir dos enjambres de veinte avispas cada uno. Los insectos se alejaron rapidamente, distribuyendose en formación circular a ambos lados del grupo.
"Si alguna de mis amigas ve algo extraño, nos darán un pequeño margen para actuar. Además, si algo malo ha ocurrido en el campamento de la División 86, podré mandarlas por delante y no comprometeremos la posición de la División"
La Caja de Pandora
RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - Kenzo D. Fujiwara - 03-02-2026 Tras colgar la llamada del Comodoro Harrison, el Comandante Redgrave no permitió que el silencio se asentara demasiado tiempo, como si temiera que la inercia de la duda pudiera echar raíces en un lugar donde cada minuto contaba. Guardó el Den-Den Mushi con un gesto preciso y, casi de inmediato, su mente comenzó a trabajar con la misma disciplina con la que otros afilaban una hoja. La urgencia no lo empujó al desorden; al contrario, afinó su percepción. Recorrió el mapa que había sacado con la mirada, evaluando distancias, pendientes, densidad de vegetación y rutas posibles, mientras su memoria reconstruía los fragmentos del informe recibido y los superponía al mapa mental que ya se había formado de Little Garden. Sabía, o más bien intuía con esa clase de certeza que no nace de los datos sino de la experiencia, que la División Científica 86 habría buscado una zona al oeste para establecer su campamento: un área que, por la disposición del terreno y la cobertura natural, ofrecía una mezcla engañosa de protección y acceso a recursos. No era una corazonada gratuita; el comandante Redrave había pasado mucho tiempo observando cómo otros equipos, enfrentados a territorios hostiles, elegían siempre un equilibrio entre visibilidad y refugio. Redgrave imaginó tiendas levantadas en suelo firme, instrumentos protegidos de la humedad persistente, rutas de escape improvisadas entre árboles demasiado viejos para moverse con facilidad. Esa imagen, sin embargo, estaba teñida por la sombra de los cinco meses de silencio, un lapso que convertía cualquier suposición en una apuesta peligrosa. Aun así, decidió que quedarse inmóvil era la peor de las estrategias. Comenzaron a organizar la marcha, calculando el peso de los suministros, la resistencia del equipo y la necesidad de avanzar sin dejar rastros innecesarios. No se permitió pensar todavía en el tesoro natural ni en lo que podría implicar extraerlo; primero estaba la gente, o lo que quedara de ellos, y las respuestas que aguardaban en algún punto de la espesura. Little Garden, con su respiración antigua y su silencio cargado de promesas y amenazas, se extendía hacia el oeste como un desafío abierto, y la División 60 aceptó ese desafío con la calma tensa de quien sabe que cada paso futuro será una decisión que no podrá deshacerse. La División 60 se puso en movimiento con una eficiencia silenciosa, como un mecanismo bien engrasado que no necesita palabras para funcionar. Cada uno revisó su equipo con la atención de quien sabe que un error pequeño puede crecer hasta volverse fatal en un lugar como aquel. Las mochilas fueron ajustadas, las correas tensadas, los objetos más delicados protegidos contra la humedad persistente que parecía filtrarse en todo. Bertram comprobó el peso de los suministros y redistribuyó parte de la carga sin hacer ruido, más por instinto que por necesidad, mientras Moja recorría el perímetro del claro con una última mirada, memorizando referencias que pronto quedarían atrás. Kibai, con la calma concentrada de quien prefiere prevenir antes que lamentar, sacó de entre sus pertenencias varias raciones de comida cuidadosamente envueltas, preparadas con antelación y pensadas para devolver fuerzas en el momento justo. Las repartió con un gesto práctico, casi cotidiano, pero ese acto sencillo tuvo un peso simbólico mayor del que parecía: era una forma de reconocer que el camino sería largo, que la isla no regalaría nada, y que la resistencia del cuerpo sería tan importante como la claridad de la mente. El aire del claro parecía distinto, menos acogedor que minutos antes, como si la selva hubiera notado la intención de abandonarlo y se preparara para reclamar su territorio. Stroud avanzaba al frente con un paso firme y medido, no rápido, pero sí constante, marcando un ritmo que obligaba al grupo a mantenerse unido sin sacrificar atención al entorno. Cada pocos pasos, su mirada se deslizaba por la maraña de troncos, raíces y sombras, leyendo el terreno como quien descifra un texto escrito en un idioma antiguo y caprichoso. Detrás de él, cerrando la formación, Bertram ocupaba la retaguardia con una presencia sólida, casi anclada al suelo, preparado para convertirse en un muro si algo decidía atacar desde atrás. Su postura no era tensa, sino concentrada, y sus sentidos parecían extenderse hacia el sendero que iban dejando, como si pudiera sentir el peso invisible de posibles perseguidores. A los costados, Kibai y Moja se movían con una fluidez que contrastaba con la rudeza del terreno. Moja, el mink de pelaje oscuro como una noche sin luna, eligió el flanco derecho y, tras evaluar la pendiente y las irregularidades del terreno, decidió que la altura ofrecía una ventaja silenciosa. Con un gesto preciso, materializó dos flechas vectoriales tan reales como cualquier objeto físico, y se impulsó hacia las zonas elevadas, desplazándose entre raíces y rocas con una agilidad que parecía desafiar la gravedad. Desde allí arriba, su silueta se confundía con las sombras, y su atención se repartía entre el camino del grupo y los rincones que podían ocultar sorpresas desagradables. En el lado opuesto, Kibai avanzaba con un ritmo distinto, más ligero, casi felino, y en un momento calculado dejó escapar de sus manos un enjambre de avispas que se dispersó en abanico, perdiéndose entre la vegetación con un zumbido apenas perceptible. No era un gesto impulsivo, sino una extensión de su manera de explorar el mundo, como si hubiera soltado pequeños fragmentos de su propia atención para que recorrieran el entorno por él. La selva parecía reaccionar a su paso con una mezcla de indiferencia y curiosidad antigua: hojas que crujían bajo las botas, insectos que se apartaban, ramas que se balanceaban con un eco de movimientos más grandes en la distancia. La formación avanzaba como un organismo único, cada miembro cumpliendo su función sin necesidad de palabras, y aunque el camino hacia el oeste aún era una promesa difusa, todos sentían que cada metro recorrido los alejaba del refugio inicial y los acercaba a respuestas que, de una forma u otra, cambiarían el rumbo de su misión. Avanzaron durante horas bajo una luz que parecía no moverse nunca del todo, como si el cielo de Little Garden jugara con la ilusión de un mediodía eterno, y en ese tiempo el camino se mostró sorprendentemente dócil, casi respetuoso con su presencia. No hubo sobresaltos ni giros bruscos del destino, solo la sucesión constante de pasos, respiraciones acompasadas y el murmullo lejano de una selva que observaba sin intervenir. Stroud mantuvo el rumbo con una atención meticulosa, ajustando la marcha según el terreno y el cansancio acumulado, mientras Bertram, fiel a su papel en la retaguardia, vigilaba cada huella que dejaban atrás como si pudiera leer en el polvo las intenciones de algo invisible. Kibai y Moja demostraron por qué su reputación como rastreadores no era una exageración: el primero avanzaba con una sensibilidad casi instintiva para detectar cambios sutiles en el entorno, y el segundo, desde las alturas que había elegido como su dominio, ofrecía una perspectiva que convertía el camino en un mapa vivo de posibilidades y riesgos. El enjambre de avispas liberado por Kibai se había disuelto en la espesura, pero su presencia seguía sintiéndose como una red de atención extendida, un sistema silencioso que convertía cada rincón cercano en un espacio vigilado. Esa combinación de sentidos y previsión creó una burbuja de seguridad poco común en un lugar que respiraba peligro antiguo, y por eso el trayecto transcurrió sin más complicaciones que el cansancio progresivo y el sudor que empapaba la ropa. Aun así, la calma no era descuido; era una calma tensa, sostenida por la certeza de que la isla no regalaba nada sin motivo. Cuando el terreno comenzó a cambiar, volviéndose más irregular y exigiendo un esfuerzo mayor, Stroud supo que era el momento de detenerse. Frente a ellos había surgido unas divergencias. Tres caminos, pero ninguno sabía a donde les llevaría. Frente a Stroud se desplegó una encrucijada natural que parecía retarlo a elegir más que un simple camino: tres senderos que hablaban de mundos distintos, cada uno con sus promesas y peligros invisibles. El de la izquierda se presentaba como un territorio virgen, una especie de pasillo oculto entre árboles jóvenes y helechos densos que nunca habían sentido el peso de botas humanas. La vegetación se arqueaba sobre el suelo blando, intacta, con hojas húmedas y brillantes que dejaban caer gotas como diminutas campanas cuando el viento se movía con suavidad. Había algo inquietante en su perfección: el silencio absoluto parecía casi conspirativo, como si la propia selva vigilara la decisión de los intrusos antes de permitirles avanzar. Al centro, un camino más transitado mostraba señales de vida reciente: huellas dispersas de humanos y animales, marcas que hablaban de presencias múltiples y de un terreno ya domesticado parcialmente por otras criaturas. El barro blando estaba marcado con pisadas que se entrelazaban, creando un mosaico impredecible de historias que sugerían tanto tránsito como riesgo. Avanzar por allí era asumir que se seguiría un rastro, pero también que se podía topar con algo que ya estuviera vigilando esas sendas. A la derecha, un sendero diferente había nacido de la repetición constante de pasos, humanos y gigantes por igual, formando un corredor marcado, firme y casi implacable. Las piedras pulidas por el uso y las raíces gastadas dejaban claro que era un paso antiguo, practicado, transitado tanto por fuerza como por hábito. Su facilidad de avance era tentadora, pero la claridad del terreno también traía consigo la certeza de exposición: cualquier criatura que patrullara allí sabría de su presencia antes de que ellos pudieran reaccionar. La bruma de humedad se enredaba entre los árboles, y cada sombra parecía oscilar con la posibilidad de movimiento. Los sonidos lejanos de la selva, el crujir de hojas bajo algún animal invisible, el susurro del viento entre troncos gigantes, todo parecía señalar que la decisión que tomaran no solo definiría su rumbo, sino también qué peligros y descubrimientos les aguardaban en la vasta e imprevisible Little Garden. La responsabilidad pesaba sobre sus hombros con el peso de quien sabe que un paso en falso puede cambiarlo todo.
Resumen
Los tres caminos
Próximo turno
RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - Moja - 03-02-2026 Moja avanzaba de rama en rama, impulsándose con precisión mientras se apoyaba en sus dos flechas vectoriales, utilizándolas como puntos de salto móviles. Se mantenía cerca de las copas de los árboles, desde donde tenía una visión privilegiada del terreno. Sus ojos dorados recorrían el horizonte hasta donde la espesura se lo permitía, sin perder en ningún momento de vista a sus compañeros, que avanzaban con cautela a ras de suelo, formando una columna ordenada entre la vegetación. Durante varias horas progresaron por aquel territorio salvaje, el cansancio acumulándose lentamente pero sin afectar al ritmo constante del grupo. El bosque parecía interminable, y el silencio solo se rompía por el roce de las hojas y el crujir ocasional de ramas bajo las botas de los marines. Finalmente, llegaron a una encrucijada. El sendero se dividía en tres caminos distintos, cada uno con un aire inquietante a su manera. Desde lo alto, Moja se detuvo y observó con detenimiento. El camino de la izquierda descendía hacia un lago visible a lo lejos. El agua reflejaba la luz de forma antinatural y, rodeándolo, se distinguían numerosas calaveras y esqueletos esparcidos por la orilla. Más allá, al fondo, se abría un claro amplio que podría haber servido como campamento… pero la visión de los restos óseos no auguraba nada bueno. El camino central se perdía rápidamente entre una vegetación densa y cerrada. Las copas de los árboles se entrelazaban tanto que era imposible distinguir qué había más adelante. Un lugar perfecto para una emboscada… o para desaparecer sin dejar rastro. El camino de la derecha, en cambio, se extendía largo y recto, perdiéndose en el horizonte. Parecía el más transitado, aunque también el más expuesto. Tras memorizar cada detalle, Moja descendió de las alturas. Utilizó sus flechas vectoriales como si fueran escalones invisibles, bajando con rapidez y control, sin dejar de observar el entorno por si algún enemigo decidía atacar en ese preciso instante. Al llegar cerca del suelo, dio un último salto para colocarse junto al comandante Stroud. -Comandante, desde arriba he podido observar los tres caminos- informó con voz firme. -El de la izquierda conduce a un lago rodeado de calaveras y esqueletos; hay un claro al fondo, lo que lo haría viable como campamento, pero no me da buena espina. El camino central se pierde entre la maleza, no se distingue nada. El de la derecha es largo y visible, se pierde en el horizonte.- Moja hizo una breve pausa antes de añadir: -Si tuviera que apostar, el claro junto al lago sería el punto más lógico para que la División 86 acampase… pero los restos que lo rodean me preocupan. Usted decide, comandante.- Tras decir aquello, Moja guardó silencio, atento a la respuesta de Stroud y a cualquier observación adicional que pudieran aportar sus compañeros. El destino del grupo estaba a punto de decidirse en aquel cruce de caminos.
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RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - Kibai - 04-02-2026 Kibai observó pacientemente como su compañero descendía de las alturas y daba su reporte al Comandante Redgrave. Mientras Moja le describía lo que había visto en las alturas, Kibai extendió una mano, dejando que una de las avispas que había enviado se posase en ella. Cuando su compañero mink hubo terminado su reporte, Kibaise quedó apoyado en el tronco de uno de los árboles, frotándose la barbilla. Por sus ojos pasaron rapidamente todas las peripecias que había vivido desde que desembarcaron en la isla, así como las expediciones que había realizado por ella en los últimos días y que se habían traducido en las raciones que ahora mismo llevaba su División en sus macutos. Despegándose del tronco con una sacudida de la espalda, Kibai se acercó de nuevo hacia el Comandante Redgrave, caminando con la mano apoyada descuidaadamente sobre el pomo de Raimei.
"Señor, coincido con Moja, el mejor lugar para un campamento sería ese claro, pero los restos son un indicativo de que al menos es el territorio de caza de un depredador en esta zona. Cosa lógica, los hervíboros tienen que beber, y en una isla no hay tantas fuentes de agua dulce. A buen seguro si esperamos al atardecer, veremos un buen espectáculo ahí adelante, pero no tengo ganas de quedarme a apreciarlo. Aún es temprano, cualquier depredador no debería estar demasiado activo ahora mismo. Por otro lado, el camino de la derecha, bueno... Un terreno tan amplio no solo nos deja expuestos, sino que me preocupa mucho que no tenga nada de vegetación. No querría verme envuelto en medio de una estampida de estos dinosaurios. He tenido que enfrentarme a algunos desde que hemos llegado a esta isla, y le aseguro que si una veintena de esas bestias corre hacia nosotros, haríamos bien en que nos creciesen alas y salir volando..."
Acto seguido, extendió la palma, dejando que la pequeña avispa caminase por ella y mirase a sus compañeros de División.
Si vamos por el centro podré distribuir a mis insectos por delante de nosotros formando un abanico. No solamente cubrirán lo que puedan alejarse, sino que aumentarán nuestro campo de visión con el suyo propio. Nada nos cogerá desprevenidos. Incluso podría mantener a unas cuantas en el lado izquierdo para que vigilen si ven a algo peligroso junto al lago, o algún resto más adelante que pueda indicar la presencia de un campamento.
El mink sonrió mostrando los colmillos.
O si lo prefiere, señor, entramos a bombo y platillo y que lo que sea que haya escogido ese lago como su territorio prticular tenga que decidir si nos deja pasar por las buenas, o tenemos que pasar por las malas. En cuanto a nuestra avanzadilla...
Kibai hizo un gesto con la cabeza hacia la avispa, que inmediatamente alzó el vuelo y se quedó suspendida en el aire. Al cabo de unos segundos, al menos otras tres docenas de zumbanes insectos se le unieron.
Tan sólo dígame en qué dirección necesita que las despliegue, yo me encargo del resto.
La Caja de Pandora
RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - Stroud Nanashi - 05-02-2026 Stroud caminaba en silencio a través de la densa jungla, encabezando la formación y comunicándose con sus compañeros a través de su gestualidad o de las mínimas palabras necesarias. Era la disciplina que adoptaba cada vez que se encontraban en una misión: las órdenes debían ser escuetas, rápidas y directas. No solo eso: debían ser lo único que se dijese. Dar órdenes, recibir órdenes y comunicar lo importante, nada más. Ya habría tiempo para charlas en otro momento. En un terreno como aquel, resultaba difícil saber cuándo (o, mejor, cuándo no) estaban siendo observados, o cuándo una risotada o una voz de más podían atraer la atención de algo poco deseable. La exploración, de momento, parecía avanzar de manera favorable. De cuando en cuando, se detenían a hacer una brevísima parada para lo esencial; revisión de equipo, beber un poco de agua, dar un bocado a sus raciones, recuperar el aliento y continuar. Todos parecían, en general, estar en buena forma para una expedición como aquella, pero era fácil dejarse llevar y extenuar los recursos propios antes de darse cuenta de que se necesita un respiro. Stroud era consciente de aquello, y fue ordenando pequeñas paradas, de dos o tres minutos cada una, tras cada hora de camino, aproximadamente, con el fin de equilibrarlas con la marcha y mantener un buen ritmo. Él mismo aprovechaba para dar un trago, claro, pero también para reorganizar la mochila que cargaba a su espalda con algunos enseres básicos, acomodándolo todo para reajustar la distribución de peso y mantener un centro de gravedad aceptable. A estos se había sumado la ración que había hecho Kibai, que, dicho sea de paso, aportaba algo de variedad en una dieta que podía llegar a hacerse cansina. Desde que habían llegado a Little Garden, solo habían podido recurrir al medio que los rodeaba para opciones muy evidentemente salubres. La inmensa mayoría de frutas y plantas, sin embargo, no ofrecían seguridad ninguna, por lo que habían tirado, en su mayor parte, de sus raciones y de cuanto cocinaba el chef Mink. Durante cada parada, asimismo, se aseguraba de comprobar la señal que emitiese el Den Den Mushi negro, asegurándose de que no captase ninguna señal extraña proveniente de otros Den Den Mushi. Tras lo que acabó por ser una marcha de varias horas, contempló cómo el camino se trifurcaba de manera inesperada, deteniéndose frente a las tres rutas que se le planteaban, llevándose una mano al mentón. Meditó, intentando extraer información de cómo se presentaba el terreno en cada uno. Echó un vistazo a sus compañeros; sabía que podría contar con un reporte, dadas sus envidiables cualidades perceptivas. En efecto, alzando una ceja, observó cómo Moja descendía de las alturas al cabo de unos instantes para informar sobre la situación. Le alucinaba el uso que el Mink empezaba a dar a su fruta; poco a poco, se le veía más cómodo con los poderes que le proporcionaba, a medida que los iba integrando de forma orgánica en su hacer habitual. Tan distintos de los suyos, aquellos poderes le proporcionaban una versatilidad envidiable, que probaba ser útil incluso en situaciones meramente prospectivas como aquella. Bien aprovechados, como sin duda haría Moja en el futuro, podrían suponer un auténtico filón táctico en casi cualquier situación que lo requiriese. A medida que el Mink informaba, su cerebro iba reorganizando sus prioridades y cuál podría ser la mejor opción. En ocasiones como aquella, Stroud se encontraba con un problema del que era plenamente consciente: le gustaban las opciones difíciles, arriesgadas. Plantar cara y ver qué ocurría. La opción del centro sonaba como la perfectamente mesurada, como aquella que presentaba un equilibrio adecuado entre visibilidad y tránsito. No tenía claro qué pensar de la opción de la derecha: parecía, sin duda, la menos prometedora de las tres posibilidades. La opción de la izquierda sonaba peligrosa; un lago rodeado de restos no era lo más prometedor, desde luego, pero sí era lo más desafiante. Mientras pensaba en esto, Kibai intervino para aportar su granito de arena, siempre con una mano plácidamente descansando sobre la empuñadura de su Raimei querida. Siempre tan analítico. El cocinero siempre era capaz de plantear posibilidades que aún no se le habían ocurrido. Stroud asintió con la cabeza, meditabundo, ante su razonamiento. No le faltaba razón. En efecto, la perspectiva de aquel lago como un punto de encuentro para la gran megafauna herbívora, y como un punto ideal de caza para grandes depredadores, sonaba prometedora; tenía sentido al completo. El camino expuesto sonaba, a todos los efectos, como una mala idea. Y el del centro... ¿Qué pensar de él? Los insectos de Kibai sonaban, desde luego, como una ventaja táctica añadida. Observó la nubecilla de insectos desplegados por el Mink. Él también parecía estar adecuándose a sus poderes con relativa facilidad. Le enorgullecía ver cómo sus compañeros crecían e iban adaptando sus capacidades a situaciones como aquella, cómo agudizaban su sentido de la disciplina y cómo se volvían grandes Marines. Sopesó la decisión. Su buen juicio sería crítico, si bien le resultaba complicado no dejarse llevar por aquel ansia de desafío. Respiró hondo, con gravedad, meditando en silencio. Observó a Bertram con interés, esperando a escuchar su aportación. Pese a que a menudo le costase emitir una opinión clara, el cazador tenía un excelente instinto y una notable capacidad de análisis sobre el terreno, y compartía con Stroud su visión táctica, si bien el rubio solía optar por enfoques más directos a la hora de resolver una situación. Su mano pasó por la correa de su mochila distraídamente mientras pensaba. En su cerebro, toda la información recibida de sus compañeros empezaba a unirse y a tomar la forma de lo que parecía una conclusión. Asintió con la cabeza, haciendo ver que había llegado a una respuesta, finalmente. "El camino del centro es demasiado incierto, para bien y para mal. El de la derecha podría ser un suicidio si cualquier cosa se sale de control. La persistencia de los animales bebiendo en el lago implica no solo agua, sino su potabilidad. Habrá un depredador, o varios, claro, pero, si no podemos evitarlos, descabezar esa pirámide nos dará un control total sobre la cadena alimenticia de la zona," comenzó a razonar, resumiendo cuanto corría por su mente en aquellos instantes, mientras sus ojos grises se detenían en el camino de la izquierda. "El claro puede ser un lugar interesante que investigar, además. Y la División Científica hubiera querido un lugar desde el que asegurar un suministro de agua potable, sobre todo si su misión se alargaba en el tiempo," explicó. Permaneció un par de segundos en silencio, dejando que todos procesasen lo que acababa de decir. "Vamos a tomar el camino de la izquierda," anunció finalmente, haciendo un ademán en su dirección, "pero nuestra prioridad va a ser la rapidez. Llegar, examinar el terreno, descartar o confirmar y, si es pertinente, pasar a la siguiente zona. Sin enfrentarnos a peligros innecesarios. Solo entramos en combate si es estrictamente imperioso, ¿queda claro?," inquirió. Sospechaba que la isla ocultaba peligros mayores que plantas venenosas y dinosaurios. "Mantenemos formación, tenedlo todo vigilado. Un movimiento raro, un olor fuera de lugar, una rama que cruje; reportad absolutamente cualquier elemento extraño. Entramos y peinamos la zona. Si no hay suerte, volvemos por donde hemos venido," detalló. No había una sola pizca de vacile en su monótona y medida voz. "Vamos allá."
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RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - Bertram Gaufrid - 05-02-2026 Los marines de la división 60 se encontraban en Little Garden, acampados y seguramente ya organizando el viaje para avanzar a la siguiente isla, manteniéndose en movimiento en todo momento sin quedarse estancados en alguna isla, y menos en un lugar donde no hay interés para la mayoría de personas al ser un lugar anclado en el pasado, sin una clara civilización y donde como mucho podías conseguir hacerte con alguna de las criaturas autóctonas de la isla como mascota o contrabando. Una vez la llamada se corta los marines no pierden el tiempo, se reúnen rápidamente para planificar sus movimientos, preparar el equipo y ponerse en marcha lo más rápido que puedan, siendo que en una misión para buscar a una división que lleva cinco meses sin contacto en una isla donde todo es un peligro el tiempo es su mayor enemigo. Bertram prepara el equipo con cuidado, distribuyendo bien el peso para mantener un buen centro de gravedad y no desequilibrar el peso, al mismo tiempo ve como sus compañeros también se preparan. Cuando Kibai les ofrece una ración de comida el arquero la guarda, reorganizando su equipo de forma que sigue manteniendo la distribución de forma adecuada antes de poner rumbo siguiendo la ruta marcada por Stroud, quien está al mando por su actual cargo en la marina. Moja decide ir por la parte alta, aprovechando su akuma de una forma bastante ingeniosa y práctica para subir a las ramas de los enormes árboles y mezclarse con las sombras. Kibai, en su lugar, camina por el lado opuesto por el suelo, pero aprovecha sus avispas para aumentar el rango de exploración de forma bastante inteligente, siendo que no solo amplia el rango de búsqueda, sino que permite que tengan una avanzadilla que les avise de peligros sin comprometer la posición de la división, haciendo que puedan aprovechar eso para evitar combates innecesarios o realizar un ataque sorpresa que incline la balanza a su favor. Los marines avanzan con calma bajo una isla que parece completamente estancada en el tiempo, donde ni siquiera la luz que llega al bosque parece cambiar y es como si caminaran continuamente bajo el sol de mediodía, ninguno habla demasiado, cada uno atento a una zona, cubriendo el terreno y haciendo su función, comunicándose con gestos o palabras cortas para anunciar peligros o descubrimientos, pero de momento parece que todo transcurre con total calma, ni una señal de peligro o amenazas, una calma que muchos confundirían con carencia de peligro, pero que el pelirrojo reconoce fácilmente, es la calma de un bosque que no ataca, pero tampoco es que los ignora, casi parece que los está estudiando y observando, viendo qué harán o si cometerán algún error. Bertram vio a mucha gente perder la vida o pasar realmente malos ratos por no adaptar la marcha al terreno ni tener en consideración el estado de cada individuo del grupo, forzando la marcha y haciendo que varios se quedaran rezagados o simplemente perdieran el conocimiento por forzar demás sus cuerpos. Sin embargo, Stroud parece alguien conocedor de dichos problemas, mantiene un ritmo apropiado para el terreno, lo modifica y adapta ante los cambios y hace pausas controladas y regulares para hidratarse y reponer energías, algo idóneo en un entorno cálido y húmedo como lo es la isla en la que se encuentran. Los marines avanzan ordenados, en un silencio casi absoluto dejando que solo los sonidos inevitables de avanzar por un bosque denoten su presencia, ramas rompiéndose, hojas siendo pisadas, y mientras sus compañeros mantienen un ojo al frente, Bertram revisa los alrededores, ojos avizores a cualquier señal de peligro, además de mantener un ojo en el rastro que van dejando, observando su retaguardia con cuidado y atención, buscando cualquier señal de la presencia de posibles amenazas, tanto naturales como sujetos que pueden tomar esa como una oportunidad de atacar marines por la espalda. El arquero es consciente de los peligros que entraña aceptar la misión, pero también es consciente de que primero no tienen motivos suficientes para rechazarla sin ser un desacato a una orden directa de un superior. Segundo, en el caso de que los miembros de la división 86 sigan con vida, la división 60 es la que más rápidamente puede acudir a su auxilio, y poniéndose en su lugar, él querría que le ayudaran cuanto antes. Durante unas horas el camino es calmado, tranquilo y repleto de árboles, plantas, ramas y demás peligros y presencias naturales de un bosque, hasta que finalmente parece que el camino deja de ser evidente, frente a ellos se abren tres caminos diferentes, cada uno con sus propias características y cada cual con sus pros y contras. Afortunadamente no deciden a ciegas solo basados en lo que se ve al inicio, tienen dos miembros que han logrado tener algo más de información de los caminos, siendo que el primero en hablar es Moja, mencionando un lago rodeado de cadáveres y esqueletos, al final de un camino prácticamente virgen por el que no parece haber pasado nadie. Ciertamente un lago es una buena zona a tener cerca de tu campamento, si no acampas en el mismo lago, aunque seguramente es mejor evitar acampar allí por la continua presencia de la fauna al ser una abrevadero. Bertram se mantiene escuchando, juzgando lo que escucha, las descripciones y lo que recuerda de cuando era un cazador, siendo que todo lo que aprende uno de seguir rastros, identificar señales de peligro o de zonas de caza idóneos es perfecto para la situación. Cuando Moja y Kibai terminan de explicar lo que vieron Stroud pide el consejo de Bertram quien dice -Concuerdo que el claro es un buen lugar para acampar, y tener un lago cerca te provee de una buena fuente de agua potable, aunque la presencia de restos hace evidente que los depredadores no son raros en el lugar. Otra cosa que me extraña es el hecho de que el camino parece intacto, casi cómo si nadie haya pisado ese camino, ni siquiera parece que los animales lo recorran con frecuencia, lo cual puede indicar una zona tan peligrosa que hasta la fauna local lo evita.- Bertram se detiene unos segundos a tomar aire y sigue -Dicho esto, los otros caminos son bastante abiertos, y si lo que causó el cese de comunicaciones con la división 86 no fue un animal sino alguien que busca el mismo tesoro nos dejaría al descubierto ante una posible emboscada. Yo diría que investiguemos el lago y el claro, si no encontramos nada regresamos y tomamos otro camino. También podemos aprovechar los insectos de Kibai como una avanzadilla, enviarlos y si hay algún peligro lo sabremos antes de llegar.- Stroud parece estar de acuerdo con el joven pelirrojo, en algunas cosas piensan de forma similar, siendo que ambos tenían muy buena capacidad táctica el rubio ostenta un enfoque más directo de cara a la resolución de las situaciones, mientras que el arquero pelirrojo busca un camino eficiente con reducción de riesgos innecesarios, costumbre de cazador. Los marines avanzan en formación, atentos al entorno, listos para avisar ante cualquier señal de algo fuera de lo que uno espera del lugar. Bertram, acostumbrado a este tipo de incursiones cuando cazaba con su abuelo y otros amigos de la familia, mantiene sus ojos agudos, avizores ante todo detalle del entorno, centrándose en las ramas y hojas del camino, pues si alguien o algo pasó por ahí, habrá roto o aplastado las ramas, y cinco meses aún entra dentro del tiempo en el que esas marcas son perceptibles, al menos ante ojos entrenados y con una gran capacidad de percepción.
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