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[Pasado] Clocks | Privado - Versión para impresión

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[Pasado] Clocks | Privado - Hasegawa Shin - 02-02-2026

Continuación de este tema.


15 de Primavera, año 17.

Algunos momentos son demasiado especiales como para pasar desapercibidos en las memorias de uno, el motivo puede adjudicarse a muchas situaciones, sin embargo, en el caso de Hasegawa todo iba encaminado a un punto emocional bastante fuerte, las personas.

Ahora conocía su nombre, y podía titular la escena vivida junto a ella incluso aunque hasta ese momento había sido breve. Las promesas de una continuación flotaban en el aire, lo cual brindaba esperanzas de poder continuar a su lado, observándola desde todas las perspectivas que eventualmente decidiera mostrarle.

'Ashera', un nombre tan único como su sola presencia. Hasta ese entonces no había conocido a nadie de su índole, y no dudaba de que incluso entre gente de esa misma raza ella seguiría siendo igual de invaluable, como las mejores joyas de colección en posesión de todo buen vendedor, del catálogo especial que no está destinado a las manos de nadie más. Cada vaivén de su cadera, cada movimiento suave lo hipnotiza, encerrándolo aún más en esa pequeña burbuja, más apretada a medida que compartían tiempo juntos, aprisionándolos en libertad, como una paradoja difícil de explicar, o imposibles apareciendo frente a los ojos de los más escépticos. Es un magnetismo distinguible de cualquier tipo de sensación que haya experimentado antes, y si no fuese por lo dulce de las previas, habría sido incluso más directo.

—No me gusta decir obviedades, pero es un placer, Ashera. —pronuncia su nombre con lentitud, en un tono ligeramente más grave del habitual sin salir de la naturalidad que determina siempre sus acciones. Pretende llevarla al mismo punto de asombro que siente por ella, mantener vivas las pequeñas chispas que surgen entre ambos hasta eventualmente convertirlas en un incendio.

—Lo tomaré como una invitación. —contestó lleno de confianza, previo a los movimientos de la altísima mujer alrededor del tablón. La siguió en silencio y sin moverse de su lugar, los ojos azules recorriendo cada centímetro de la piel morena a medida que iba encontrando los pliegues, guardando cada joya, convirtiendo la trivialidad en arte y exponiendo la silueta que luce en su bikini cuando se agacha. Su momento favorito, si se lo preguntan. Quizás justo después de cuando tuvo su rostro lo suficientemente cerca como para sentir el aire exhalado contra su piel.

Las palabras que le siguen consiguen robarle un suspiro, pues la mezcla entre expectación y la clara invitación tan íntima llenan su pecho de calidez, un calor que viaja a los demás puntos de su cuerpo, incitándolo a desear adelantar el tiempo y al mismo segundo contenerse, la experiencia estaba siendo demasiado sensorial como para perderse un solo instante de lo que representa Ashera. El tintineo de sus joyas, el pareo acomodándose por su cuenta con cada movimiento, los pasos y las cercanías que produce con tan poco, es una explosión deliciosa de sensualidad, a la cual podía volverse absolutamente adicto.

—Acepto la invitación. —aseguró, una vez ella terminó de hablar, instantes que disfrutó como si fuese el mejor dulce que haya probado nunca, y con un gesto de su mentón la invitó a caminar. —¿Quieres que te ayude a llevar las joyas? —cuestionó, iniciando la marcha justo al lado de Ashera independientemente de la decisión que tomara.

Todas las respuestas se las guardó para tener temas de charla durante el paseo, en situaciones así había que saber jugar con los silencios, y lo mantuvo hasta que surgió la necesidad de que alguien rompa el hielo. Ocupó ese espacio, haciéndolo todo más natural —Es mi día libre, puedes secuestrarme el tiempo que consideres necesario. —una breve pausa, donde la mira de soslayo. —La idea de la brisa y escuchar sonidos distintos es tentadora, pero Ashera... debo preguntar. —vuelve a mirar al frente, atreviéndose a jugar con fuego.

—¿Es normal que lleves a desconocidos donde vives? —dejó que la cuestión se asiente y sea procesada antes de darle contexto. —No me mal interpretes, yo habría hecho lo mismo contigo, y tengo mis razones. —aseguró, los presentaría de inmediato —Tu seguridad es única, pareces tener conocimientos sobre cómo vender cualquier cosa al público, y obvio, de las joyas. Me gustan las personas inteligentes, con quienes se puede conversar sobre todo. Lo que consigues es difícil, pocos logran causar la sensación casi de inmediato de querer conocerlos más. —entonces, la mirada de reojo regresa.

—En simples palabras, quiero saber tus motivos. —a paso lento, disfrutando el paseo con un tempo tranquilo, observa los puestos donde no se había aventurado antes, dibujando una sonrisa confiada en sus labios, pues es consciente del peso de lo siguiente que va a decir. La energía sexual resultaba evidente, la sensualidad de Ashera parecía bailar con su propio instinto seductor, en una melodía que entonaban ambas voces a cada intercambio verbal compartido, ¿entonces por qué ocultarlo? Ponerle un cetro lleno de ganas y expectativas se le hacía divertido.

—Dependiendo de lo que respondas, hasta podríamos considerar eso de pasar directamente al postre más tarde. —no volteó a mirarla, mantuvo una pose firme y su andar igual de tranquilo, todo mientras su tono relajado parecía capaz de tranquilizar a cualquier persona, especialmente producido para que incluso una frase tan atrevida como aquella resonase bien.

—Por cierto, cuando veas donde quieras comprar la comida, avisa, ¿okey? —e interrumpió en el momento justo, volteando a verla directamente y sacándole la lengua, un gesto que duró poco antes de transformarse en sonrisa, rebajando la tensión de su anterior comentario. Nociones básicas en interacciones de ese tipo, Hasegawa aprendió a generar salidas sutiles a respuestas complejas, entendiendo que si se utilizaban estos últimos medios la respuesta a un avance posiblemente será "no".

Quiere conocerla mejor, desde luego. Sin embargo, eso no apaga su deseo por ella.
Karmas



RE: [Pasado] Clocks | Privado - Asherah Bel-Nadin - 11-02-2026

Caminé a su lado sin apurar el paso, dejando que el mercado nos tragara de a poco. La arena tibia cedía bajo mis pies descalzos, deslizándose entre los dedos con una suavidad casi íntima, obligando a mis caderas a balancearse con un ritmo natural, despreocupado, imposible de fingir. El murmullo de la gente volvió a envolvernos como un telón que se cierra sin apagar del todo la escena, pero ya no era protagonista. Ahora era fondo.

Escuché su pregunta completa. No hubo vacilación en su voz, tampoco desafío: solo una curiosidad sostenida, firme. Eso me gustó más de lo que pensaba admitir.
No me detuve al responderle. Preferí que me mirara en movimiento.

— No — dije con calma — No es lo normal.

Giré apenas el rostro hacia él, lo suficiente para que pudiera ver el esbozo de mi sonrisa insinuarse y desvanecerse. El sol dibujaba líneas doradas sobre mis hombros desnudos; el pareo se ajustaba y aflojaba con cada paso, revelando por segundos la curva alta de mi muslo antes de volver a cubrirlo con una transparencia deliberadamente traicionera.

Mis alas se acomodaron solas, extendiéndose un poco más antes de plegarse con lentitud. El gesto desplazó el aire alrededor, levantando algunos mechones de mi cabello y obligándolo a apartar la vista apenas para no recibir arena en los ojos. El cofre golpeó suave contra mi cadera en un compás constante, rítmico, como un recordatorio de que incluso cuando coqueteo... nada queda al azar.

—Tampoco es algo que haga por impulso — añadí — Ni por costumbre. Es todo un tema.

El mercado ofrecía frutas abiertas que brillaban húmedas, pescados plateados sobre hielo triturado, especias suspendidas en pequeñas nubes aromáticas. Me detuve frente a un puesto de verduras, inclinándome lo justo para observar mejor la mercancía. El movimiento tensó la línea de mi espalda, marcando la curva natural hasta la base de mis alas, mostrando el patrón encadenado del gran tatuaje que se doblaba acentuando la curva de los glúteos, y el pareo volvió a deslizarse apenas hacia un costado antes de que lo corrigiera con un gesto lento de los dedos.

Señalé un par de raíces frescas. El vendedor empezó a envolverlas sin que yo tuviera que decir mucho. La familiaridad habla por uno.

— Vivo sola — continué mientras retomaba el paso una vez pagado, acomodando la canasta en el antebrazo — Cerca del río, como te dije. No es un refugio ni una fortaleza… pero es mío.

Lo miré entonces. De lleno, sin sonrisa pero nada de seriedad.

El viento empujó mi cabello hacia atrás y dejó mi cuello completamente expuesto durante un segundo demasiado consciente.

— Y no invito a cualquiera a cruzar ese umbral.

Seguí caminando antes de que el silencio se volviera demasiado denso. El sonido de mis pulseras acompañó el vaivén de mis brazos, tintineando suave cada vez que el cofre rozaba mi costado. Mi andar no era apresurado ni lento: era medido. Seguro. Cada paso sostenía la misma cadencia con la que había sostenido su mirada minutos atrás.

— Si te propuse almorzar, Shin, es porque tu actuar me bastó como para saber que no sos torpe con lo que tocás — declaré — Ni con lo que decís.

No hubo inflexión acusatoria ni rubor. Fue una afirmación tranquila.

Me detuve frente al puesto de pescado. Esta vez me incliné un poco más, apoyando una mano en el borde de madera mientras evaluaba las piezas. La posición dejó mis alas levemente separadas, proyectando sombra sobre mi espalda baja y delineando aún más la silueta. Elegí con cuidado, intercambié unas palabras con la mujer detrás del mostrador, y pagué sin apuro.

Cuando me enderecé, el movimiento fue deliberadamente lento. El pareo cayó otra vez en su lugar con pereza elegante.

— Mi seguridad no pasa por cerrar puertas — añadí mientras retomábamos la caminata, sin miedo a que la charla se perdiera — Pasa por saber a quién dejo acercarse… y hasta dónde.

Esta vez sí, una sonrisa leve apareció. No dulce ni ingenua. Cómplice.

Me acerqué apenas más al avanzar, reduciendo la distancia entre nuestros cuerpos —su hombro— sin tocarlo. La diferencia era mínima, pero suficiente para que el calor de su cuerpo se volviera perceptible bajo el sol.

— Y vos — dije, mirándolo de reojo — supiste preguntar antes de avanzar. Eso suma, es todo un tema.

Su comentario sobre el postre se deslizó entre nosotros como una chispa. No me sobresaltó. Tampoco la apagué.

— El postre no suele servirse sin haber probado bien el plato principal — respondí — Y yo cocino despacio.

Tomé un manojo de hierbas aromáticas en el siguiente puesto. Las acerqué a mi rostro y cerré los ojos un instante. El gesto elevó ligeramente mi pecho al inhalar profundo, vibrando apenas, como si también respiraran conmigo.

Cuando abrí los ojos, lo miré.

— Pero no te hagas drama — añadí con voz más baja — Si llegamos hasta ahí… vas a saberlo.

Dejé que mis dedos rozaran el borde de la canasta antes de soltar las hierbas dentro. El sonido seco contrastó con la suavidad del momento.

— No suelo dejar lugar a dudas cuando algo me gusta... y creo que eso se nota.

Reanudé la marcha, esta vez lo suficientemente cerca como para que nuestros brazos casi rozaran al balancearse. La tensión bien sostenida vale más que cualquier contacto precipitado.

— Si querés, podes comprar algo para después del postre — dije como quien no quiere la cosa — Y si en el trayecto cambiás de idea…

Alcé un ala con suavidad, señalando el resto de puestos del mercado sin explorar. El movimiento abrió espacio, desplazó aire, hizo que la tela ligera del pareo se agitara alrededor de mis piernas.

— Siempre estás a tiempo de volver sobre tus pasos. Yo no persigo a nadie.

Lo miré de frente una vez más antes de girar el cuerpo. La luz del sol marcó el contorno de mi figura con claridad descuidada. No había vergüenza en mi postura y tampoco urgencia.

Seguí caminando, segura, con la brisa empezando a colarse entre los puestos y a enfriar la piel expuesta de mis hombros.

Todavía faltaba un tramo para llegar hasta las cercanías del río.

Pero ya podía sentirse.


RE: [Pasado] Clocks | Privado - Hasegawa Shin - 05-03-2026

La importancia de las memorias está tanto en los detalles cruciales como en el espacio que habitan, y la playa, con los puestos de tantos comerciantes en los alrededore generaba un oleaje de murmullos que iba y venía conforme al sonido de las palabras que Ashera pronunciaba. Shin no podía evitar volcar toda su atención en ella, y aunque en ocasiones respondía con extrema simpleza y efectividad, la propia presencia de la fémina era un lujo que valía la pena experimentar, ofreciendo vistazos a sus intenciones en el mero movimiento de su cuerpo, o miradas acompañadas de sonrisas que sólo existían en instantes fugaces, destinadas a transmitir sentimientos específicos.

Apartó la vista ante la arena que sus alas levantaron, y no volvió a observarla de reojo hasta que la escuchó nuevamente, matizando las palabras dedicadas instantes atrás a modo de respuesta. Su pregunta había nacido desde la legítima curiosidad, plantando ciertas intrigas que juraría, iban a resolverse en poco tiempo, pues la sensación tan expectante lo estaba consumiendo a fuego lento, como si sus mayores deseos se deslizaran entre las manos, sin dejar de sentirse. Poseyendo sin sostener a medida que la tentación continúa mermando las sutilezas.

Las distancias forman parte del juego previo, y decide respetarlas, sin apurarse, gozando los pequeños destellos de impotencia que lo causado por ella enciende en su interior, con una sonrisa en los labios desvelando la suma tranquilidad que exterioriza habitualmente, y por qué no, luciendo destellos del ego que siempre lo acompaña.

Esa exclusividad manda, porque sigue el hilo plantado por él al principio, comentándole que el breve intercambio que tuvieron y la forma en que la salvó del problema fueron suficientes para que desde su juicio, lo considerara digno de acompañarla, entrando nuevamente en el terreno tan frágil de la tentación. —Eso significa que tienes buen ojo. —contestó, dándole la razón y validando el pequeño halago, porque en una persona como él ese tipo de cuestiones siempre son de bien recibir, y adora remarcarlo.

Su cuello libre al pronunciar esas palabras, el modo en que aquel tatuaje acentuaba sus glúteos... todo parecía medido, hasta los regalos brindados por la mismísima naturaleza. Sólo un loco se arriesgaría a perder una oportunidad semejante, de compartir el mismo espacio con una mujer como Ashera.

La observó continuar con las compras, su inclinación, y para no pecar de pervertido decidió en ese instante desviar su propia mirada, encontrando en la distancia un puesto de vinos que se veía medidamente refinado, un lugar al que sin duda le haría una visita a medida que se acercaran. Cuando sintió las palabras de su compañía, acompañadas del calor de su cuerpo mediante la cercanía, volvió a observarla, sus ojos cerúleos ofreciendo ese mismo brillo etéreo cautivador, levemente sorprendido por lo que le dijo, enalteciendo lo especial del encuentro. —Prefiero no saber lo que suma, es más divertido así. —leer sus gestos, los avances mínimos o cuándo retrocedía, escuchar afirmaciones semejantes hacía parecer que necesitaba una guía para actuar alrededor de ella.

Y no era el caso.

'Cocinar despacio', entendió perfectamente el subtexto de la frase, y eso enmarcó una media sonrisa pasajera en labios del marine, quien le permitió terminar y exponer su punto, sintiendo los escalofríos del roce, una mezcla de temperaturas idílica ante la tensión vivida entre los dos. Y si bien, prefirió regalar un sutil silencio para que las palabras de Ashera reposasen en la escena y aún más importante, tomasen su debida forma, con lo siguiente no pudo quedarse callado, ya que le estaba ofreciendo una vía de escape.

—Es mejor caminar a la par, ¿no crees? —contestó, pues nunca creyó en los conceptos de correr atrás de nadie aunque dada su personalidad tan narcisista, era posible que haya dejado en el camino unos cuantos corazones rotos que intentaron por todos los medios llegar a él, ignorados por el desdén de un Hasegawa relativamente críptico e impredecible. Siempre resultaba complicado saber si sólo está jugando o se toma algo de lo que sucede en serio, y desde luego esa misma anomalía social del albino podía llegar a tomar forma en esa interacción, de no ser porque estaba genuinamente interesado.

—Siendo sincero, hay un puesto que me gustaría visitar, pero lo tenemos cerca, así que no hace falta separarnos mucho tiempo... —concluyó, dándose la vuelta, aunque observando una última vez a Ashera de perfil —Espero que te guste el buen vino. —añadió previo a tomar distancia, acercándose al lugar en cuestión.

Desde la perspectiva de la mujer, Hasegawa no se demoraría demasiado. Una pequeña conversación, el intercambio de bienes y lo tendría nuevamente caminando hacia ella con bolsa en mano —Lo más añejado de su catálogo, nunca entenderé por qué el buen alcohol es tan caro... pero seguro valdrá la pena. —dispuesto a continuar con el paseo, hace el ademán con el cuerpo, dejándole la iniciativa a Ashera porque por obvios motivos, no sabía donde vivía.

—Como ves, no volví sobre ningún paso. —confirmó, mirándola de reojo mientras continuaban el paseo en dirección al río, quedándose con lo que ella le había dicho y buscando redoblar la apuesta, al menos para dejar muy en claro su interés por ella —Y si hablamos de perseguir, no tendría problemas en intentar atraparte. —un leve vistazo a las alas negras de Ashera sería suficiente para ejemplificar el motivo de sus siguientes palabras.

—Incluso si te pones a volar. —el tono de albino se vuelve dulce, como una pequeña probada de miel. Suave como para no empalagar, pero igualmente adictivo.


RE: [Pasado] Clocks | Privado - Asherah Bel-Nadin - 23-03-2026

Caminé unos pasos más antes de que su ausencia avisada generara un leve desajuste en el ritmo, como cuando una canción cambia de compás sin transición. Giré apenas el rostro, lo suficiente para encontrarlo con la mirada mientras se apartaba hacia ese puesto que ya había medido antes. Vino. Tenía sentido. Sonreí apenas, más para mí que para él, y avancé un par de pasos más antes de detenerme.

Me desplacé hacia un costado del camino principal, donde el flujo de gente aflojaba y el aire corría con más libertad. Me acomodé en ese margen entre el tránsito y la pausa, sosteniendo la canasta contra mi antebrazo y dejando que el cofre descansara firme contra mi cadera. Esperé, y aproveché ese instante para ordenar mis ideas.

Mis alas se extendieron apenas, liberando la tensión acumulada en la base y proyectando una sombra irregular sobre la arena. El gesto fue lento, medido; algunas miradas se desviaron. No las busqué, pero tampoco las esquivé. A esa altura, ya no interrumpían: eran parte del paisaje. Incliné levemente la cabeza, dejando que el aire me despejara el rostro.

Lo había invitado a casa. La idea no me pesaba… pero tampoco era ligera. No era lo habitual ni automático, y aun así había salido sin esfuerzo. Mis dedos se ajustaron al asa de la canasta, sintiendo el entramado bajo la piel, como si ese contacto bastara para ordenar lo que no estaba desordenado… pero sí en movimiento.

No era solo por lo que había hecho. Eso, en todo caso, abría la puerta, pero no la cruzaba. Había algo más: en la forma en que ocupaba el espacio, en cómo sostenía la mirada sin invadirla, en ese equilibrio entre avanzar… y saber frenar antes de volverse torpe. No era común. Y todavía no era suficiente.

Una exhalación suave se me escapó. La atracción estaba ahí, clara, innegable. El cuerpo no miente: responde antes de pedir permiso. El mío tampoco. Pero eso nunca había sido el punto. No para mí. Había aprendido a desconfiar de lo inmediato, de lo que arde rápido y se consume igual, de lo que parece encajar… hasta que no hay nada sosteniéndolo.

Mi mirada cayó un segundo sobre la arena, siguiendo las marcas dispersas de los pasos ajenos. Había probado eso, y no llevaba a ningún lado. También conocía lo otro: el tiempo que se estira sin forzarse, la presencia que no necesita probarse todo el tiempo, ese punto exacto donde algo deja de ser juego… sin que nadie tenga que nombrarlo. Eso sí valía la pena para abrir la puerta. Eso sí dejaba marca.

Volví a alzar la mirada, sin apuro. Shin no estaba frente a mí todavía, pero tampoco se había ido del todo. Su ausencia no rompía el hilo: lo tensaba, lo dejaba respirar. Bien.

Mis alas se recogieron con suavidad, acomodándose contra mi espalda. No lo estaba invitando por lo que podía pasar, sino para ver si valía la pena que pasara. Y si no… no pasaría nada. Ajusté el cofre contra mi cadera, firme, en su lugar. Yo también.

Un niño pasó corriendo cerca, levantando una nube leve de arena que se pegó a mis piernas antes de que el viento la barriera. Más allá, una pareja discutía en voz baja; más cerca, alguien cortaba fruta con una precisión casi hipnótica. Y aun así, mi atención volvía a él. No como vigilancia, sino como reconocimiento: como cuando algo ya forma parte del paisaje y no hace falta buscarlo para saber que está ahí.

Cuando regresó, el cambio en el aire bastó para confirmarlo. Su ritmo volvió a encajar con el mío. Giré el cuerpo lo justo para recibirlo, dejando que la luz recorriera mi figura sin esfuerzo, sin cálculo aparente. Pero nada en mí era casual. Mis ojos descendieron un instante hacia la bolsa que llevaba, reconociendo el gesto antes de volver a su rostro. La mención del vino dibujó una curva leve en mis labios, contenida, casi perezosa.

Retomé la marcha sin ceremonia, como si su ausencia hubiera sido solo una pausa natural, ajustando apenas el ritmo para acompasarlo al suyo desde el inicio. No lo miré enseguida. Caminamos un par de pasos en paralelo, dejando que el sonido compartido de nuestros movimientos volviera a asentarse.

— El vino… — retomé al fin, girando el rostro hacia él — no se elige por el precio.

Mis dedos recorrieron el borde de la canasta, acomodando apenas las hierbas sueltas con un gesto simple, deliberadamente lento.

— Se elige por el momento que va a acompañar, es todo un tema.

Sostuve su mirada un segundo más de lo necesario, marcando una certeza, no un desafío, antes de volver al frente.

Su comentario sobre no haber vuelto sobre sus pasos llegó ligero, pero con filo. Una exhalación breve rozó una risa que no terminó de formarse.

— Menos mal — respondí, ladeando apenas la cabeza — Sería incómodo fingir que no me di cuenta.

Había humor, y una línea clara: yo veía. Siempre.

“Es mejor caminar a la par…”- dijo en un momento.

Esta vez la exhalación sí fue reconocimiento.

— Depende — respondí sin mirarlo — Caminar a la par implica que ninguno esté intentando adelantarse… ni quedarse atrás. — Incliné la cabeza apenas, dejando que el cabello cayera sobre mi hombro. — No a todos les gusta ese equilibrio.

Mis alas se tensaron sutilmente, como sosteniendo algo invisible entre nosotros. Ya no era distancia: era medida.

Cuando mencionó lo de “atraparme”, lo miré de frente, sin frenar. La brisa cambió en ese instante, levantando el pareo lo justo para despegarlo de mi pierna antes de dejarlo caer con lentitud perezosa. No lo corregí.

— ¿Atraparme? — repetí, dejando que la palabra respirara entre nosotros. No sonreí enseguida; dejé que el silencio hiciera su parte. Luego, apenas, una curva mínima.

— Eso implicaría que estoy huyendo. — Volví al frente sin romper del todo el contacto. — Y no es el caso.

Unos pasos más y la arena se volvió más firme, más húmeda. El aire cambió. El río estaba cerca. Se sentía.

— Pero… — añadí, bajando apenas la voz — si querés intentarlo, no te lo voy a impedir.

No era un desafío ni una invitación directa. Era una posibilidad.

Mis dedos ajustaron el asa de la canasta sin mirar; el cofre golpeó suave contra mi cadera, marcando el ritmo. Todo en su lugar. Me acerqué apenas al avanzar, reduciendo la distancia sin tocarlo. El calor entre ambos se volvió más definido. No hacía falta más.

— Solo te aviso algo, Shin — continué, ligera pero con fondo — no soy fácil de alcanzar…

Dejé la frase suspendida, girando apenas el rostro.

— …ni de soltar.

El sonido del río empezó a imponerse, grave y constante. El aire se volvió más fresco, más húmedo, rozando la piel en los hombros y el cuello. Ajusté la correa del cofre con un gesto práctico, sin romper el ritmo.

— Queda poco — señalé con la barbilla el sendero entre la vegetación baja. Mi tono bajó apenas, más íntimo. — Mi casa está más allá de ese recodo. No se ve desde acá… y eso me gusta.

Lo miré una vez más, sin rodeos.

— Todavía estás a tiempo de arrepentirte.

La pausa fue breve. Suficiente. Mis dedos rozaron el borde de la canasta otra vez, sin necesidad real.

— Porque una vez que crucemos ese sendero… — añadí en voz baja — el mercado quedará atrás de verdad.

Y entonces sí, sonreí. No ampliamente con sorna pero tampoco del todo inocente. Sino mas bien precisa.

Retomé el paso sin esperar respuesta, dejándole a él la decisión final: si ese umbral era continuidad… o el verdadero comienzo.