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Monstruo [Priv. Seirin] [Pasado] - Versión para impresión

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Monstruo [Priv. Seirin] [Pasado] - Hyákinthos - 03-02-2026

Día 45 de otoño, año 14

Los monstruos son reales.

Criaturas horrorosas sacadas de pesadillas.

Garras grandes, dientes afilados, ojos que brillan en la oscuridad.

Los malos sueños de muchos niños y ¿por qué no? También de algunos adultos.

Pero ¿En verdad esos son los monstruos a los que hay que temer?

Hyákinthos, un hombre sin apellido, sin infancia, alguien con recuerdos rotos, sabe que, a pesar de su mala memoria, algo es muy claro: Los monstruos más peligrosos son los que se ven más inofensivos. A esos hay que temer.

En quince años, sus únicos recuerdos han sido en el mar. No hay un pasado antes. Es esa vida de viajero de los océanos lo que lo ha hecho darse cuenta de la realidad, de lo cruento que es el mundo. Si no eres el cazador, te conviertes en la presa.

Por eso no teme a los monstruos que se ven como tal, porque a esos es fácil diferenciarlos, sabe que atacarán en algún momento, sabe que puede esperar de ellos.

Caso contrario con los que le sonríen con una hilera de perfectos dientes blancos y brillantes, que le regalan una mirada discreta que parece amable y que le estrechan la mano con delicadeza, como midiéndolo disimuladamente. Esos le aterran, lo hacen retroceder, porque con ellos es más difícil jugar. Una conversación puede ser un interrogatorio mesurado y un gesto inocente puede tener más de un significado.

No le gusta tratar con ellos y; sin embargo, esta rodeado de monstruos así, tanto que, él mismo se vio obligado a convertirse en uno.

Nada tiene que ver con los monstruos pesadillescos.

Sus uñas están bien cuidadas, sus dientes regalan una sonrisa agradable y sus ojos, brillantes, buscan más seducir que infundir terror.

Tal vez, el único parecido que tiene con los monstruos de las historias es que suele atacar en la noche, cuando el barullo del día disminuye, cuando los ojos de otros humanos se relajan y dejan de curiosear, cuando pocos se atreven a caminar por las calles. Sí, la noche es de él.

Y hoy no es la excepción.

No hay necesidad de ser discreto cuando sabe por que lugares moverse sin que lo vayan a atacar, por eso sus ropas no buscan camuflarlo ni mucho menos ocultar su natural atractivo andrógino, algo que llama la atención tanto de hombres como mujeres por igual, aunque él solo le haga caso a uno solo de esos dos géneros.

Su largo kimono de tonos claros y decoraciones florales, junto con el haori celeste con motivos de aves, además de su largo cabello rosa recogido en una coleta baja, son suficientes para mostrar la peculiar belleza del hombre que, casi a medianoche, camina en las orillas de un viejo puerto casi olvidado por el mundo en la zona más pobre del reino de Sorbet. El sonido de sus zapatos es lo único que rompe el silencio al chocar con la madera vieja del muelle, si no se cuenta el murmullo del viento y el ir y venir de las olas.

De camino ha atraído hacia él más de una mirada, pero ahora, en la soledad del puerto, los único que lo miran, no con deseo ni lujuria, si no con expectación, son los hombres que están recostados en el barandal de una goleta maltrecha que se ve al final del camino. Sus clientes…No, sus socios.

—Te tardaste, médico.

La voz de un hombre de cabellos rubios y porte elegante se dejó escuchar cuando el pelirrosa se acercó lo suficiente a la rampa de madera que lo ayudaría a subir al barco.

—Lo bueno tarda en llegar, Rafael —. Su respuesta corta no fue sinónimo de grosería, si no de una confianza en sí mismo que de vez en cuando salía a relucir por medio de comentarios casuales. —Como sea ¿Qué tienes para mi esta noche? Espero que se algo bueno, lo suficiente para haberme hecho salir de la comodidad de mi apartamento.

El llamado Rafael sonrió de lado a lado, mostrando la misma confianza en sí mismo que el pelirrosa también mostraba y, simplemente, en lugar de hablar, lo invitó a pasar al barco, todo con un gesto de su brazo que se movió hacia un lado para dejar que el médico pudiera entrar a la cubierta de la goleta.

Con gracia y sin apuro se dejó caer dentro del barco. Sus zapatos de madera volvían a golpear el suelo cada vez que caminaba. No hubo más palabras entre el rubio y él, después de todo, su anfitrión se dedicó a guiarlo de la mano hacia una de las habitaciones interiores del barco, una en donde la luz de la luna apenas se atrevía a colarse y, en donde, unas lámparas de aceite eran las encargadas de iluminar, con pálida luz amarillenta, el espacio pequeño en el que brillaban los barrotes de una celda.

—Acércate —. La voz del rubio sugirió con ligereza, mientras que, él pelirrosa, con una cautela que podría confundirse con timidez, obedeció sin dudar para mirar el interior de aquella prisión destinada para los desafortunados que caían en sus manos.

Fue entonces que la vio por primera vez.

Alas negras como un cielo sin estrellas, cabello blanco como las nubes de un día de verano.

Ella no es un monstruo. No como ellos. Es una excentricidad, alguien por quien, las personas con poder pagarían lo suficiente para tenerla entre su colección.

—Lo órganos de los lunarian son más grandes. Hay gente de su raza con mucho dinero e influencia, los órganos que vendemos no suelen ser compatibles con los de su especie, pero hoy pudimos capturarla a ella —. Rafael volvió a sonreír, esa misma sonrisa de amabilidad que él conocía de los monstruos que no parecían serlo. —¿Qué te parece?

Primero el médico frunció el ceño, luego cruzó los brazos y terminó por morderse con fuerza el labio inferior. Meditó una respuesta a aquella pregunta.

En términos simples podía decir que le parecía un espécimen fabuloso, pero también, único.

¿Cuántas veces se había encontrado con un Lunarian? Pocas.

Rafael tenía razón, muchos de los órganos que vendían no eran compatibles con los de su especie, si un cliente de su raza llegaba, no tendrían algo que ofrecerle y, ahora, una oportunidad se presentaba para tener en stock mercancía útil para ellos, pero ¿Era lo que realmente quería?

—Es maravillosa —. Finalmente respondió mientras se agachaba para contemplar el cuerpo adormilado de la enorme mujer. —¿Hace cuánto esta dormida? Si le administraron una buena dosis y lleva horas aquí, supongo que pronto empezará a despertar ¿O me equivoco?

El rubio asintió y el médico volvió su vista a las alas negras que adornaban la espalda de la lunarian, para luego fijarse en el pecho que subía y bajaba con pasividad, símbolo inequívoco de que seguía dormida. Un espécimen único, una oportunidad para estudiarla.

No podía venderla por partes, pero… ¿Cómo podría hacerle entender a Rafael, un simple comerciante, el motivo científico tras esas ansias de mantenerla con vida y libre para un propósito distinto?

—¿Puedes dejarme a solas con ella? —La pregunta del médico hizo que el rubio abriera la boca para protestar, pero, en cuestión de un segundo, volvió a cerrarla y solo asintió, respetando el deseo del encargado de extraer la valiosa mercancía que vendían en esos mares.

La puerta de la habitación se cerró tras el pelirrosa cuando Rafael salió del cuarto sin decir una palabra y, por fin, a solas con la chica, se atrevió a meter la mano en la celda para tocar uno de sus hombros. Quizá el sedante aún actuaba a fondo y ella no despertaría hasta minutos después o, quizá, tendría suerte y los leves toquecitos en su hombro serían suficiente para que volviera de la ensoñación.

¿Qué vería ella si despertaba?

A nadie más que a un ser de apariencia casi inocente, a alguien que le dedicaría una sonrisa amigable y la miraría como si fuera la única persona en la tierra. Vería a alguien de apariencia de ángel, aunque su mente fuera la de un demonio, pero… ¿Cómo podría sospechar que frente a ella había un monstruo?

Vestimenta de Hyak


NPC-Rafael



RE: Monstruo [Priv. Seirin] [Pasado] - Seirin - 05-02-2026

Pensamiento - Diálogo

Se supone que la vida debe ser tranquila. Se supone que la vida debe ser feliz. Se supone que la vida debe ser aventuras y comida deliciosa… Pero no lo es, al menos no para una Lunarian, como ella… No, mejor dicho, no para cualquier Lunarian. Ojos color sangre, pieles morenas, cabellos blancos y alas negras. Una combinación hermosa y a la vez maldita.

Ese distintivo, era lo que los convertía en “especímenes” interesantes y costosos, difíciles de tratar pero lo suficientemente valiosos para correr el riesgo. Seirin, así como los más jóvenes eran blancos fáciles de secuestradores, extorsionadores y demás gente que buscara cualquier beneficio con ellos.

A pesar de ello, la pequeña cocinera creía que ella no pasaría por ello, claro que no, luego de toda aquella charla dada por sus progenitores, creyó que era capaz y lo suficientemente lista para no verse involucrada en secuestros. Nada más lejos de la realidad…

-                     Zzz… Zzz… Nononononon –

Balbuceó la Lunarian casi silenciosamente como si estuviera en… ¿En dónde se encontraba estaba joven?... Incierto. Ni ella misma sabía, es más ni siquiera estaba del todo lúcida, sino somnolienta y apagada como si hubiera tomado la siesta de su vida.

Un toquecito, dos toquecitos, tres toquecitos…

-                     Mmmm… –

Los ligeros toques en su hombro derecho no eran lo suficiente para despertarla del todo, pero si lo necesario para que entreabriera sus rojizos ojos aletargados, debido a la somnolencia profunda o quizá a la falta de energía que la caracterizaba.  

Lo primero que Seirin notó es la pesadez en su cuerpo, la dificultad de moverse siquiera para mejorar su postura y evitar dañarse la espalda. – Mmmm, tengo sueño… Mucho sueño – Pensó a la ligera, no entendía dónde estaba, pero sabía que no era un lugar que conociera ya que ese techo de madera con barrotes incrustados no le resultaba familiar.

-                     Maderaaa… Piedraaa... – Bostezó profundamente antes de volver a sentir un ligero toquecito en su hombro, lo que la obligó a mirar el origen de esa situación, y no pudo evitar sorprenderse al ver una…  - ¿Mano? ¿Pequeña? – Literal, no podía ser la mano de alguien de su familia debido al tamaño. Ni algún Lunarian por las características ausentes propias de su origen.  

La albina levantó la mirada siguiendo la extremidad superior que le tocaba el hombro hasta que sus orbes se posaron en unos ojos extraños, brillantes, bonitos y quizá angelicales. – Tan bonito. Muy bonito… ¿Es un ángel?... Debe serlo, ¿Cómo puede existir alguien tan bonito? … ¿Qué haces en mi sueño, ángel bonito? … - Divagaba, creyendo que era un sueño, un bonito sueño sin duda, ya que por donde vivía con su familia, no encontraría alguien con tales características.

Otro ligero toquecito y una ligera sonrisa del bonito pelirrosa vestido de azul, fue más que suficiente para indicarle que no estaba durmiendo, y esto era más que real. - ¡Aaaaaag! – gritó súbitamente al ver al hombre delante de ella, no sin antes sonrojarse ligeramente por la situación, provocando que su cuerpo girara y le diera la espalda. - ¿Quién es el?... ¿Dónde estoy?... – Observó con cuidado el lugar donde se encontraba y no pudo evitar sentir un escalofrío que le recorrió la espalda. Ella reposaba en un suelo frío, mohoso, y poco salubre para algún cocinero. -No, no, no, no… A mí no – Repitió nerviosamente mientras sus manos se posaban en su cabeza y jalaban ligeramente sus mechones blancos.

Todos sus pensamientos se arremolinaron en su mente, todos al mismo tiempo que lograron dejarla en shock por unos segundos, mientras que su racionalidad intentaba entender la situación y su esperanza intentaba realizar lo contrario, negar la situación. - ¡Huff! – Seirin, la Luanrian, era de pocas palabras, es más sino conocía lo suficientemente a alguien, era capaz de no decir ni una palabra. Pero hasta en situaciones complejas, ella misma podía salir de su autoproclamado papel.

-                      Piensa, piensa piensa… ¿Cómo llegaste aquí? – Susurró bajito, pero debido al silencioso lugar, sería lógico que él le hubiera escuchado.



RE: Monstruo [Priv. Seirin] [Pasado] - Hyákinthos - 10-02-2026

Un toquecito.

Vio el cuerpo moviéndose ligeramente, balbuceando palabras inentendibles.
Dos toquecitos.

No obtuvo una reacción muy distinta, aunque esta vez creyó escuchar un leve jadeo, como el de quien se queja por la mañana cuando no se quiere levantar.
Tres toquecitos.

Por fin algo positivo. Notó el cuerpo moviéndose con pesadez, pero con más destreza que antes, además, logró vislumbrar un movimiento en los párpados de la enorme mujer. Apenas entreabrió sus ojos, pero él pudo notarlo con claridad. Ella estaba despierta.

Aún así, era obvio para él que, aunque despierta, no estaba atenta, algo que comprobó al notar el gran bostezo que dio ella y que lo obligó a él a dar unas cuantas palmaditas más sobre el hombro de la chica y eso sí que le generó una reacción con la que él podía trabajar.

Contuvo el aire un segundo cuando ella alzó su mirada y fue ahí cuando, estratégicamente, la sonrisa dibujada en su rostro níveo pasó de una de satisfacción a una de amabilidad, incluso su mirada pareció suavizarse cuando sus orbes dorados se encontraron por primera vez con aquellas irises rojizas.

No dijo nada de buenas a primeras, no era su intención asustarla, además, él mejor que nadie entendía lo que significaba despertar en un entorno desconocido, alejado de todo lo que reconoces, encerrado por extraños sin escrúpulos, sin pasado, sin memoria… ¿Sería similar con ella? Lo averiguaría.

Dejó que mirara a su alrededor, le permitió emitir aquel grito ahogado sin ordenarle que se callara y tampoco hizo algo para evitar que la chica se girara para quedar de espaldas a él, solo la observó, prestando especial atención a aquellas alas negras que deseó tocar, arrancar unas cuantas plumas y guardarlas para experimentar con ellas, entender cómo es que podía volar, qué los hacía tan especiales. Tenía tantas dudas y debía ser paciente si quería encontrarles una respuesta. Debía ganarse su confianza.

Lo sentía mucho por Rafael y sus recién conocidos socios, pero una espécimen como ella no estaba hecho para ser vendido por partes, estaba hecho para ser estudiado; eso haría él, aunque tuviera que pagar el precio, y ese estudio empezaría justo ahora.

—¿No puedes recordarlo? —Su voz, grave pero suave se levantó apenas para que ella pudiera escucharlo. Procuró que se escuchara atento, casi preocupado…como le hubiera gustado que le hablaran cuando, hace años, despertó en circunstancias similares. —No te culpes por ello, estabas sedada, nada que te lastime, solo te pone a dormir ¿Me entiendes? —Esperó que ella quisiera girarse hacia él o tal vez no, sea como sea, seguiría hablando, explicándole lo que le sucedía. —No tienes porque asustarte, me encargaré de que nadie te haga daño, pero debo explicarte los síntomas que puedes llegar a sentir ahora que estas despierta —. De nuevo esperó por una confirmación de parte de la chica para permitirse seguir avanzando en la conversación, no quería saturar su cabeza de información, pero tampoco quería que hiciera movimientos bruscos o algo que pudiera lastimarla.

—Tu cuerpo se sentirá pesado, tu cabeza atontada, si intentas levantarte podrías tropezar porque tus piernas aún estarían débiles, además, puedes que experimentes mareos, náuseas y, quizá, visión borrosa. Lo mejor será que mientras tanto te quedes quieta —. Les dio unos golpecitos a los barrotes metálicos de la celda antes de levantarse para acercarse a una esquina de la habitación, en donde reposaba una mesa con una jarra metálica con agua fresca y un vaso. No dejarían que ella muriera de sed, por supuesto que no. Sirvió agua en el vaso y volvió a acercarse a la chica. A través de los barrotes metió su mano y dejó que ella decidiera si tomar o no lo que le ofrecía.

—Solo es agua, debes tener la garganta seca —dijo para aclarar y bajar cualquier tipo de tensión que pudiera crearse…pero, no, ser amable no era suficiente en un entorno así, no cuando él lucía como el principal sospechoso de su secuestro. Nada más alejado de la realidad…aunque sí podía ser quien pusiera fin a su existencia si cumplía con lo que Rafael deseaba. —No hay sedantes ni algún tipo de droga dentro. Lo prometo. Podría tomar un poco antes si no me crees.

Para no esperar más, dejó el vaso sobre el suelo y se sentó fuera de la celda, usando toda la paciencia que tenía para hacer que la chica, poco a poco, fuera cayendo en sus redes, intentando sacarle información, por más vaga que fuera.

—¿Sabes? Cuando tenía quince años desperté en una situación similar, En la celda maloliente de un barco pirata, aunque, a diferencia de esta, no era solo para mí, había más personas, estábamos acinados y la transmisión de enfermedades era fácil. Eran traficantes, tal como las personas que te atraparon hoy —. Prefirió ser sincero, a veces eso funcionaba más que una pila de mentiras. —¿Tienes idea cómo me salvé de convertirme en mercancía? Aunque no tenía memoria de mi vida, sabía apenas un poco sobre medicina, lo suficiente para suplir a un faltante médico en su tripulación —. Le sonrió con candidez, como si intentara robar su corazón, esta vez de manera metafórica y no literal, como solía hacerlo con sus víctimas.

—Te preguntarás porqué te cuento esto, puedo suponerlo…solo te lo digo porque quiero recalcar: Soy médico, un doctor. Se supone que mi trabajo es sanar —. Sí, se supone, otra cosa es que en verdad ese sea su principal trabajo, pero no estamos aquí para discutir eso. —No estás aquí gracias a mí, pero podría ayudarte a… salir.

En ese momento sus ojos buscaron encontrarse con los de la mujer de tez morena. Quería mirarla a la cara, generar confianza, un lazo que solo estuviera amarrado del lado de ella.

—O dime…¿Prefieres quedarte a averiguar que piensan hacer contigo los que te capturaron?