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[FIC][Auto-Narración] Tanteando las aguas - Mizuki - 23-02-2026 Hora: 11:30 Hs, Día 16 de Verano, Año 17.
Localización: Isla de Baterilla, Alrededores del puerto de llegada.
Luego del desembarque en Baterilla y haber dejado que Seraphine se fuera a hacer de las suyas por un rato todo había sido una coreografía de contrastes para la mujer tiburón. Tras dejar atrás el balanceo rítmico del ferri, Mizuki se encontró pisando un suelo que vibraba con una energía muy distinta a la de Sorbet. El sol de verano, aunque agradable, rebotaba con una intensidad cegadora contra las paredes blancas del puerto, creando un juego de luces que obligaba a la gyojin a entrecerrar sus ojos de esclerótica negra. Con el estuche del contrabajo a la espalda ,ese recordatorio de dos metros de altura sobre su doble vida, y su mochila ajustada, Mizuki comenzó a caminar con la parsimonia de quien no tiene prisa, pero cuyos sentidos están operando a máxima capacidad. Su primer objetivo era entender el ritmo de la isla. No se podía operar en un nido de gaviotas sin conocer la dirección del viento. Se detuvo en un pequeño mercado de pescado que bordeaba el muelle, donde el olor a salitre y escamas frescas la hizo sentirse, por un breve instante, más cerca de casa. Allí, observó a los lugareños; eran personas de piel curtida y movimientos lentos, acostumbradas a la paciencia que exige el mar embravecido. Se acercó a un pescador que remendaba sus redes con dedos callosos y, con una sonrisa que intentaba no mostrar demasiados colmillos para no espantarlo, discutió sobre los precios del día y la calidad de las capturas locales. A través de esa charla trivial, Mizuki no solo aprendió que la marea estaba siendo generosa, sino que captó el tono de voz de la gente al mencionar a la Marina: un respeto mezclado con una resignación silenciosa, la clase de obediencia que se le profesa a un animal grande que duerme en tu jardín. -Sha Sha Sha, parece que los peces no son los únicos que saben cuándo quedarse quietos para evitar el anzuelo- pensó para sí misma mientras se alejaba del puesto, dejando unas monedas sobre el mostrador por un par de piezas de fruta que devoró con la voracidad propia de un tiburón tigre que si uno se descuida podría arrancarle un pedazo a algún remo perdido u olvidado. A medida que avanzaba hacia el interior, alejándose del bullicio del desembarque, la gyojin notó que el ritmo de la gente cambiaba. Los trabajadores del Banco de Goldreich comenzaban a aparecer, diferenciándose de los pescadores por sus ropajes limpios y sus rostros tensos, siempre consultando cronómetros o revisando documentos con una urgencia que a Mizuki le resultaba patética. Se apostó en una esquina sombreada, apoyando el estuche del instrumento contra una pared de piedra fría, y se dedicó a cronometrar los relevos de las patrullas de la Marina que circulaban por las avenidas principales. Dos guardias cada quince minutos, caminando con la autocomplacencia de quien se cree intocable en su propio terreno. Acarició uno de sus grilletes de muñeca, sintiendo el metal templado por el ambiente. Aquella estructura de seguridad era imponente, sí, pero también era predecible. La eficiencia teórica de Goldreich y el puño de la Marina creaban un patrón, y donde había un patrón, había una debilidad. Antes de que el sol alcanzara su cenit, Mizuki ya tenía una idea general vagamente clara de las rutas menos vigiladas. Tenía que preparar el terreno para llevar a Seraphine hacia Baquella; un trayecto que, aunque corto, exigía que la "buena viajera" no se perdiera mientras la "depredadora" guardaba el mapa de las sombras en su memoria. Con la logística del día procesada, se dispuso a buscar una posada discreta para descansar antes de que la verdadera caminata hacia el pueblo costero comenzara bajo la mirada inactiva del gran volcán y el faro que guiaba a los viajeros. Localización: Afueras de la zona portuaria, camino hacia el interior de Baterilla. El sol del mediodía caía con plomo sobre la estructura de la isla, haciendo que el adoquinado y la piedra blanca irradiaran un calor que Mizuki sentía vibrar en las plantas de sus pies. A pesar de la temperatura, la gyojin no aminoró el paso. Tras haber mapeado el comportamiento de los civiles en el muelle, su siguiente fase de reconocimiento consistía en probar la permeabilidad de los límites entre la zona comercial y los senderos que conducían hacia Baquella. Cargando con el imponente estuche de contrabajo, que a estas alturas ya se sentía como una extensión natural de su columna vertebral, se desvió por una calle lateral donde el bullicio de los oficinistas de Goldreich empezaba a disiparse en favor de un silencio más rústico. Se detuvo frente a un pequeño puesto de suministros, una construcción sencilla con un tejado naranja que languidecía bajo el sol. Mientras fingía interesarse por unas raciones de viaje secas y un mapa local de calidad dudosa, Mizuki entabló una breve negociación con la encargada, una mujer de avanzada edad que apenas levantaba la vista de sus cuentas. Entre regateos por el precio de unos odres de agua, la mujer tiburón lanzó un par de preguntas casuales sobre el estado de los caminos hacia el volcán y el faro. La respuesta fue un encogimiento de hombros y una advertencia sobre la "excesiva presencia de uniformes" debido a las recientes escaramuzas piratas en los acantilados. -Así que las gaviotas están nerviosas. Un pirata estúpido es un problema, pero un marine asustado es un estorbo para los negocios.- pensó con una mueca que intentó ocultar tras un trago de agua fresca. Con la mochila algo más pesada y la información confirmada, Mizuki se alejó del puesto y se internó en una zona de vegetación baja que bordeaba el camino principal. Buscaba un punto elevado, un lugar donde su visión abisal pudiera procesar la geografía sin ser el centro de atención. Encontró una pequeña elevación de roca caliza, oculta tras unas palmeras cuyas hojas apenas se movían por la falta de viento. Desde allí, Baquella se veía como una maqueta de juguete: paredes blancas, techos naranjas y, por otra parte distante del pueblo, la silueta imponente del volcán inactivo de 2000 metros de altura, que parecía vigilar la isla con la misma indiferencia con la que ella observaba a una presa, la idea de presa le dieron ganas de ir a buscar algo de comer, pero pudo controlarse. Acarició los grilletes en sus muñecas, el metal estaba ahora a la temperatura exacta de su sangre. -Sha Sha Sha, mucho ruido por unos cuantos ratones... pero eso solo significa que los ojos de la Marina estarán mirando hacia los acantilados y no hacia una pacífica música y su compañera alada.- murmuró, permitiendo que su risa dentada escapara brevemente en la soledad de la maleza. Ya tenía el ritmo. Sabía, a aproximadamente cuándo pasaban las patrullas, sabía qué caminos evitaban los lugareños por ser "demasiado vigilados" y, sobre todo, sabía que el Banco de Goldreich era el verdadero corazón que bombeaba la paranoia en la isla. El trayecto para llevar a Seraphine hacia Baquella sería una simple caminata; no sería una infiltración disfrazada de paseo turístico, podrían realmente pasear y disfrutarlo siempre y cuando nadie hiciera algún escándalo. Mizuki regresó hacia el centro del pueblo con la seguridad de quien ya ha ganado la primera batalla: la de la información ahora solo tenía que lograr ganar una batalla mucho más difícil, encontrar a la Skypean y donde fuera que se hubiera perdido en el tiempo que la gyojin estuvo “paseando”. El tiempo había pasado volando y seguramente su compañera ya estaría impaciente por ir a encontrarse con el hombre del que tanto le había escrito. Mizuki, tras haber descendido de la elevación de roca caliza, decidió que ya había tenido suficiente observación estática. Para un tiburón tigre, el conocimiento real no provenía de mirar el agua, sino de nadar en ella. Se ajustó las correas del estuche de contrabajo y regresó al pavimento, moviéndose con esa zancada poderosa que devoraba metros sin aparente esfuerzo. A medida que se acercaba de nuevo al núcleo urbano, se cruzó con un grupo de empleados del Banco de Goldreich que terminaban su jornada. Caminaban en silencio, con los hombros caídos y el agotamiento de quienes pasan demasiadas horas contando una riqueza que nunca les pertenecerá. Mizuki se hizo a un lado, permitiendo que el grupo pasara, y notó cómo un par de ellos la observaban con una mezcla de recelo y envidia; su imponente figura gyojin y sus armas a la vista eran un recordatorio de una vida que ellos, atrapados en la inercia burocrática del banco, jamás conocerían. -Viven como si ya estuvieran en un acuario, contando burbujas mientras el mar real pasa de largo. Al menos los grilletes en mis muñecas no intentan esconder lo que son.- El pensamiento le produjo una punzada de satisfacción cínica mientras jugueteaba con el metal de sus joyas de esclava. Se detuvo frente a una fuente pública de piedra, donde un par de niños jugaban a perseguirse bajo la mirada distraída de una madre que descansaba en un banco cercano. Mizuki se acercó para refrescarse, dejando que el agua fría recorriera sus manos y antebrazos, aliviando el calor acumulado en su piel atigrada. Mientras se dejaba que el sol la secara, entabló una conversación rápida y despreocupada con un vendedor de periódicos que intentaba colocar las últimas ediciones del diario local. No buscaba noticias de grandes conflictos, sino los pequeños detalles: el horario de las mareas para los pescadores y los avisos de "tránsito restringido" por mantenimiento en las cercanías del faro. -Sha Sha Sha, parece que la isla es tan tranquila como un estanque en calma, ¿verdad, abuelo?- le soltó al hombre, quien asintió con una sonrisa desdentada antes de que la gyojin le comprara un ejemplar solo por el placer de observar los mapas impresos en el interior. Con la información del día procesada y el ritmo de la ciudad finalmente descifrado hasta el punto en que ella necesitaría, Mizuki comenzó a buscar el camino de regreso hacia el punto de encuentro que tenía para encontrarse Seraphine y desde donde comenzaría a buscarla en caso de que no estuviera allí. El ambiente era pacífico, casi demasiado para sus estándares, pero no bajaría la guardia. En un lugar donde la Marina y Goldreich se daban la mano, la paz no era más que una cortina de humo muy bien mantenida. Tenía que asegurarse de que su compañera estuviera lista; el trayecto hacia Baquella al día siguiente sería la prueba final de su fachada de "buena viajera". Si lograba cruzar los controles internos con la misma naturalidad con la que el sol se ponía tras el volcán inactivo, su misión en Baterilla habría comenzado con el pie derecho. RE: [FIC][Auto-Narración] Tanteando las aguas - PX-6 - 24-02-2026 ✓ Aventura Autonarrada: Completada RECOMPENSAS: — Puntos Mugiwara: 5 — Reputación: 15 — Berries: 10k + 6k (karmas monetarios) |