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[Fic][Entrenamiento][Presente/Absoluto] El despertar del Hasshoken - Versión para impresión

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[Fic][Entrenamiento][Presente/Absoluto] El despertar del Hasshoken - Akira Raito - 27-02-2026

Día 26 de Verano, Año 17

La llegada a la isla fue tranquila, solo un par de tablas quedaron un poco quebradas por aquella tontería de nadar entre rocas, pero por lo demás fue un viaje tranquilo. Akira hasta llegó más pronto de lo esperado. Y una vez allí, y reunido con su amigo Juan, con el que acordó verse nada más llegar a puerto, acordaron que lo mejor sería separarse para iniciar la búsqueda en aquella nueva isla.

Pero el desconocimiento del lugar y la duda sobre su fuerza y las unidades aliadas que tal vez pudiera tener en la zona, provocaron un extraño miedo en los dos marines. Un miedo que no estaban dispuestos a volver a sufrir, por lo que cada uno inició su entrenamiento por separado, prometiéndose reencontrarse en unos días, más fuertes y más decididos de acabar de una vez por todas con aquel terrorista.


Parte I: Aroma a sal y azúcar

La isla, por lo general, desprendía un olor a sudor, madera de roble e incienso. Akira no vestía el uniforme reglamentario completo, llevaba su dogi, si no estaba de servicio prefería la libertad de movimiento, un dogi azul acompañado de una camiseta naranja y sus botas y guantes característicos de color blanco. Y en su bolsillo, una nota pringosa de caramelo de limón.

Cita:Acuérdate lo que te dije en mi fábrica de chuches Akira: Sira Matcha te quitará las pulgas y te pondrá un martillo en la frente.

Y no hablo metafóricamente, bueno sí, pero lo que quiero decir es que hará de tu frente un martillo, no que te pondrá un martillo en la frende de manera literal.

Bueno, tú háblale de mi. O igual te habla ella primero. Cuando empieces a entrenar seguramente me presente a ver cómo avanzas.

Los que somos de Baterilla tenemos un don para esto, ya verás.
—Golosinas

La firma, un garabato circular, pertenecía “Gordito Golosinas”, un hombre cuya barriga desafiaba las leyes de la física pero cuyo ojo para el talento era infalible. Akira suspiró. Caminaba con un paso rítmico, casi saltarín. Su estilo le obligaba a mantener el centro de gravedad siempre en peligro, sus ojos se movían rápido, analizando los tejados, las ramas de los cerezos, cualquier saliente que pudiera servir para un escape o un ataque sorpresa.

—¿Sira Matcha? —preguntó a una pescadora que vendía carpas y bacalaos. La mujer ni siquiera levantó la mirada. Señaló con un dedo calloso hacia la montaña más alta, donde una estructura de madera oscura parecía desafiar la gravedad en el borde de un acantilado.

—Si no tienes una invitación mejor quédate en la playa, muchacho. A la maestra Matcha no le gustan las visitas que huelen a Gobierno Mundial —Akira sonrió enseñando los dientes—. Suerte que me encanta meterme donde no me llaman, tchakikikikiyah.


Parte II: La mujer del té verde

El ascenso al dojo fue una prueba en sí misma. El camino estaba plagado de trampas naturales: raíces resbaladizas, tramos de escaleras tan empinados que requerían el uso de las manos, y un aire que se volvía más disperso con cada metro en ascenso. Cuando Akira finalmente llegó a la entrada del dojo, estaba sudando, pero sus ojos brillaban con la pasión del desafío.

El dojo era sencillo, sin adornos, sin banderas de gloria. Solo madera gastada por pies descalzos y el sonido de una tetera. Sira Matcha estaba sentada en seiza en el centro del tatami. Tenía el cabello rojo fucsia recogido en una larga trenza tan tensa que parecía estirar sus rasgos faciales, dándole una expresión de vigilancia. Sus manos, apoyadas en sus muslos, eran pequeñas pero llenas de cicatrices de impacto.

—Llegas tarda para ser tan "rápido"…

—El caminito tampoco lo pone fácil —respondió Akira entrando al dojo con confianza, realizando una reverencia justo antes de pisar el interior—. Soy Aki…

—Sé quién eres. El Golosinas me avisó, me mandó un mensaje por gaviota. Dice que eres como una especie de mono hiperactivo, un saltimbanqui que sabe dar guantazos.

—Mi estilo llama bastante la atención sí… Aparezco, desaparezco, la velocidad es poder —dijo mientras hacía una especie de baile cruzando rápidamente las piernas y enseñaba los bíceps, para terminar con las rodillas flexionadas, una mano cerca de la oreja y la otra extendida en forma de garra.

Sira se puso de pie con un solo movimiento, fluido, como si no tuviera huesos sino resortes—. La velocidad sin masa es solo viento y eso molesta. ¿Has leído de qué es este dojo? Hasshoken. No es un simple estilo de lucha, es un arte de aniquilación. Tu saltas para esquivar o confundir. Aquí vas a aprender a que si saltas, caes como un mazo de ocho mil toneladas.


Parte III: Primera lección, dolor

Sira no perdió tiempo en formalidades y empezó lanzando un pesado saco de arena hacia Akira, que esquivó con una pirueta lateral, burlándose.

—¡Demasiado lenta, guapa! —gritó Akira.

Pero Sira no estaba mirando el saco, estaba mirando los pies del marine—. Ese es tu problema. Todo tu cuerpo busca subir. El Hasshoken requiere que tu cuerpo quiera bajar.

La muchacha caminó hacia el centro del dojo, donde había un poste de hierro cubierto por una fina capa de cuero, era un objeto de entrenamiento—. El cráneo humano es una de las estructuras más resistentes de la naturaleza, si se usa el ángulo correcto. La mayoría lo usa como un escudo, pero con el Buto, el cráneo es un martillo.

Sira se alejó unos pasos y sin previo aviso, realizó un salto vertical asombroso. No fue un salto de gimnasia, fue una explosión. En el aire, a unos cuatro metros de altura, su cuerpo pareció congelarse un instante, y mediante una contracción violenta de su abdomen, giró 180 grados. Sus pies quedaron apuntando al cielo y su cabeza al suelo.

—¡Buto o Cabeza Militar, cómo lo quieras llamar!

Se precipitó inversamente. No cayó por gravedad, se lanzó usando el impulso de sus piernas contra el aire invisible y su frente impactó contra el poste de hierro. El sonido fue como un disparo de cañón de gran calibre. El poste se dobló en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Akira se quedó mudo. La vibración del golpe se sintió en la planta de sus pies. Sira aterrizó suavemente sobre sus manos, hizo un rápido cambio a sus pies y se limpió una mota de polvo inexistente del hombro.

—Eso es un impacto. Ahora, marine, pon la frente dura. Vas a aprender a caer antes que aprender a volar.


Parte IV: Acondicionamiento craneal

El entrenamiento de Akira comenzó con lo que Sira llamaba: “La víctima de la gravedad”. Durante las primeras seis horas, Akira tuvo que permanecer de cabeza, apoyado solo en la coronilla, sobre una superficie de piedra rugosa.

—Si no puedes aguantar el peso de tu propio cuerpo en tu cuello, ¿cómo esperas aguantar la fuerza de un impacto de tres toneladas? —le increpaba Sira mientras caminaba a su alrededor, golpeando sus costillas con una vara de bambú para corregir su alineación.

—¡Mi cuello... se va a romper! —gruñó Akira, con las venas de la frente hinchadas como cables.

—Entonces muérete ahora. El Buto es la técnica de la “Cabeza Militar” porque requiere la disciplina de un ejército y la falta de miedo de un mártir —Sira le explicó la física detrás de la técnica mientras él sufría.

—Cuando te lanzas usando el Hasshoken, la fuerza de impacto se calcula mediante la fórmula de la energía cinética. Tu velocidad de caída es el factor clave. Pero si tu cuello está blando, esa energía regresa a tu columna y te mata. Debes convertir tus vértebras en acero.

Pasaron las horas. El sol comenzó a descender, tiñendo el dojo de un naranja atardecer que iluminaba a todos con tonalidades doradas. Akira sentía que su cerebro flotaba en fuego. Cada vez que intentaba usar sus manos para equilibrarse, Sira le golpeaba los dedos—. ¡Solo la cabeza! ¡Confía en tu eje!


Parte V: Progreso e instinto

Akira ya no podía mover el cuello, pero Sira no tuvo piedad y lo llevó al borde del acantilado—. Tu estilo acrobático te da una ventaja, no tienes miedo a las alturas. Pero tienes un instinto de protección demasiado fuerte. Para usar el Hasshoken, debes engañar a tu cerebro. Tu cerebro quiere proteger tu cabeza. Debes enseñarle que la cabeza es el arma más segura.

Sira le ordenó saltar hacia atrás desde una roca de tres metros, pero con una condición: debía intentar rotar en el aire para que su cabeza fuera lo primero que rozara una red de pesca colocada estratégicamente abajo. Akira saltó. Su cuerpo, acostumbrado a las acrobacias y a los movimientos aéreos, intentó girar para caer de pie automáticamente. Es un instinto animal.

—¡No! —gritó Sira—. ¡No busques el suelo con los pies! ¡Busca el objetivo con la mirada!

Akira falló una, diez, cincuenta veces. Terminaba enredado en la red, con la espalda dolorida y el orgullo por los suelos.

—El gordito me dijo que eras tenías potencial para esto —provocó Sira, tomando un sorbo de té—. Veo que solo eres un mono de circo que solo sabe hacer monerías. Tal vez el Buto es demasiado para la Marina.

Esas palabras fueron como una descarga eléctrica para Akira. Se puso de pie, escupiendo un poco de sangre. Y sus ojos, antes vacilones, se volvieron fríos.

—Otra vez —dijo con una voz que Sira no había escuchado antes.

En el siguiente salto, Akira no pensó en la caída. Pensó en el impacto. En el aire, sintió ese momento sin gravedad, y enn lugar de extender las manos, las pegó a sus costados. Usó sus cuádriceps para dar una patada y un latigazo hacia arriba, forzando a su torso a rotar violentamente. Por una fracción de segundo, vio el mundo del revés. El cielo estaba abajo, el suelo arriba. Y por primera vez, no sintió vértigo. Se sintió un proyectil.

Rozó la red de paja perfectamente con la parte superior de su cráneo y Sira sonrió imperceptiblemente—. Bien. Vamos a empezar a romper cosas.


Parte VI: Las piedras también se rompen a cabezazos

La Isla del Karate amaneció con una niebla tan densa que el dojo de Sira Matcha parecía flotar sobre un mar de nubes. Akira se despertó en el suelo de madera, con el cuello rígido como un tronco de roble. Cada movimiento le arrancaba un quejido sordo.

Sira apareció con un cuenco de arroz al vapor y un té verde tan amargo que hacía retroceder las encías—. Hoy dejas de jugar con redes de paja, marine —dijo dejando el cuenco en el suelo—. El Hasshoken se llama así por los “Ocho Impactos”. No es un solo golpe; es una onda de choque que debe resonar a través de ocho puntos de presión en el cuerpo del enemigo, partiendo desde el contacto con el cráneo.

Akira se levantó, estirando los hombros. Su agilidad parecía que estaba volviendo, pero ahora tenía una base más sólida—. He estado pensando en la rotación, Maestra Matcha. Si uso el impulso de mis brazos para iniciar el giro justo antes de la altura máxima de mis saltos…

Sira asintió levemente—. Eres listo. Pero la torsión del cuerpo no es nada sin la alineación. Si tu columna se curva un solo grado al impactar, la fuerza se dispersará y tus vértebras estallarán como cristales. —y llevó a Akira a un llano repleto de pilares. Era una hilera de piedras de basalto, cada una del grosor de un torso humano, clavadas profundamente en la tierra—. Rompe una —ordenó Sira.

Akira tragó saliva, se alejó diez metros y corrió con esas zancadas erráticas que caracterizaban su movimiento ligero y ágil, cambiando de ritmo para confundir a un enemigo imaginario. Dio un salto lateral sobre una roca y luego se impulsó hacia el cielo, y a cuatro metros de altura, ejecutó la maniobra. Encogió el pecho, lanzó las piernas hacia arriba y giró. El mundo dio un vuelco. Vio la cima del pilar de basalto. Se lanzó.

¡CLACK!

Akira rebotó y cayó de espaldas, rodando por el suelo. El pilar ni siquiera se había movido. Una brecha de sangre comenzó a brotar de su frente.

—¡Error! —gritó Sira, caminando hacia él—. Has golpeado con la frente, con la zona de las cejas. Eso es para cuando te pelees con tu cuñado Paco en el bar. El Hasshoken utiliza el vertex, la coronilla, el punto más alto del cráneo. Es donde los huesos parietales se unen. Ahí es donde la estructura es invencible… Aunque tal vez te venga bien usar la frente… Parece que has resistido bien el golpe, marine.


Parte VII: La meditación del meteorito

Durante las siguientes ocho horas, Sira no dejó que Akira volviera a saltar. Lo obligó a sentarse frente al pilar de piedra, tocándolo solo con la punta de su cabeza, empujando con todas sus fuerzas sin separar el contacto.

—Siente la densidad de la piedra —susurró Sira al oído de Akira—. La piedra no tiene miedo. La piedra no duda. Para romper el basalto, tu cabeza debe convencer a la piedra de que tú eres más denso que ella. La técnica no es el movimiento, es la transferencia de voluntad a través de la materia. Con eso liberarás el impacto.

Akira cerró los ojos y empezó a visualizar su esqueleto. En su mente, sus huesos ya no eran calcio y poros; eran algo mucho más duro, eran diamante. Visualizó la energía subiendo desde sus talones, recorriendo su espalda, endureciendo su cuello y concentrándose en un punto minúsculo de la parte superior de su cabeza.

—¡¡Ahora!! —dijo Sira.

Akira se separó un centímetro del pilar y dio un golpe seco con la cabeza. Un toque técnico. Pim. Y una fisura minúscula, fina como un cabello, apareció en el basalto. Akira sonrió.

—No sonrías —le soltó Sira—. Un marine no sonríe ante una grieta. Un marine solo descansa cuando el enemigo es polvo.


Parte VIII: Las acrobacias se encuentran con el Buto

Avanzaban las horas del día y la fatiga de Akira era extrema, pero su conexión con su propio cuerpo había alcanzado un nivel casi místico, por lo que Sira decidió que era hora de integrar el Buto a su estilo original.

—Tu estilo tan rápido y acrobático es excelente para el posicionamiento —admitió ella mientras practicaban combate de sombras—. Úsalo para llegar a lugares donde el enemigo no puede cubrir su cabeza... O cubrirse de la tuya. Un oponente siempre espera un puñetazo o una patada. Nadie espera que un hombre se convierta en un martillo que caerá desde el cielo con un cabezazo.

Y entonces Sira atacó. Se movía con una lanza de madera, lanzando estocadas rápidas. Akira esquivaba con agilidad, como si se tratase de un primate. Saltaba sobre la lanza, caminaba por las paredes del dojo, se colgaba de las vigas.

—¡Ataca, ¿qué haces?! —desafió Sira.

Akira vio el hueco. Sira había extendido demasiado la lanza. Él no fue a por un puñetazo. Se impulsó desde una viga del techo, proyectándose horizontalmente. A mitad de camino, cambió su trayectoria usando un giro de cadera violento, transformando su vuelo horizontal en una caída vertical inversa. Era el Buto, era el Hasshoken.

Sira tuvo que soltar la lanza y rodar hacia atrás para evitar el impacto. La cabeza de Akira golpeó el suelo de madera del dojo, atravesándolo por completo y quedando enterrado hasta los hombros en la tierra debajo de las tablas. Silencio absoluto.

Akira sacó la cabeza del agujero, escupiendo astillas y tierra. Tenía una mirada salvaje—. ¿Esto ha sido lo suficientemente militar para ti? Me sorprende que no tengas chichones en la frente… Me va a salir un huevo.

Sira observó el boquete en su suelo—. Has destruido mi propiedad. Eso es un avance. Pero te falta el grito de presión.


Parte IX: ¡El grito definitivo del Buto!

El resto del día fue dedicado al grito específico del Buto, al kiai. No era un grito de garganta, sino un estallido de aire desde el diafragma que servía para estabilizar la presión interna del cráneo en el momento del choque.

—Si no gritas, la presión del impacto hará que tus oídos sangren —explicó Sira—. El aire debe salir justo cuando el hueso toca el objetivo.

Practicaron bajo una cascada cercana. Akira debía saltar desde las rocas altas hacia el agua, intentando romper la tensión superficial con la coronilla, sin perder el conocimiento. El agua, a esa velocidad, era tan dura como el hormigón.

—¡BUTO! —el grito de Akira se fundía con el rugido del agua. Cada caída era una lección de física aplicada. Y entonces el joven marine empezó a entender que el secreto no estaba en la fuerza bruta, sino en la aceleración final. Justo un milisegundo antes del impacto, debía dar un último impulso con el cuello, un movimiento de látigo que duplicaba la fuerza.


Parte X: ¿Clase de anatomía?

Para que Akira comprendiera la magnitud de lo que estaba aprendiendo, Sira le hizo dibujar en la arena el diagrama de fuerzas de la técnica.

Cita:Diagrama del Buto:
  • Vértice de propulsión: El punto máximo de altura donde la energía potencial es máxima.
  • Eje de rotación: El centro de gravedad, el ombligo, alrededor del cual el cuerpo gira como un aspa.
  • Vector de caída: La línea recta imaginaria que une la cabeza con el punto vital del enemigo.
  • Punto de Impacto: El área de contacto en el cráneo.

Si el vértice de propulsión, el eje de rotación y el vector de caída no están alineados en el momento del impacto, el resultado es la parálisis.

Akira miraba el dibujo—. Es un suicidio controlado —murmuró.

—Toda victoria militar es un suicidio evitado por la técnica —respondió Sira con frialdad—. En unas horas vendrá el Gordito Golosinas a verte. Si no rompes el gran monolito del patio, volverás a la Marina a limpiar cubiertas por el resto de tu vida.


Parte XI: La calma antes de la tormenta

El siguiente entrenamiento comenzó de una manera algo más extraña. No hubo gritos, ni varas de bambú, ni ejercicios de tortura. Sira estaba sentada en el porche del dojo, balanceando sus piernas con las deportivas blancas impecables. Su trenza de color fucsia, que parecía tener vida propia por su longitud, descansaba pacíficamente sobre la madera.

—Akira, ven a sentarte —dijo con una voz suave, casi angelical. Su mirada oscura, antes afilada como un bisturí, ahora irradiaba una inocencia que desconcertaba al marine.

—¿Señorita Matcha? ¿No hay entrenamiento de impacto hoy —Akira se acercó con cautela, frotándose la nuca, que aún conservaba los restos del esfuerzo de ayer.

—El diálogo es la mejor forma de fortalecer el espíritu —respondió Sira con una sonrisa bondadosa—. Cuéntame, ¿por qué quieres aprender el Buto? ¿Es para ascender en la Marina? ¿O para proteger a los que no tienen voz?

Akira se quedó perplejo. La mujer que ayer lo obligaba a perforar madera con la cabeza ahora parecía una estudiante preocupada por la ética—. Yo... bueno, tengo un estilo de lucha bastante libre, pero a veces me siento impotente cuando la velocidad no basta para detener a un enemigo resistente. Quiero ser un arma para impartir la justicia, el más rápido, pero también quiero saber golpear.

Sira asintió, conmovida—. Es un motivo interesante. Aunque la violencia debería ser siempre el último recurso, ¿no crees?

En ese momento, un ruido de envoltorios de plástico rompió el silencio. Por el sendero del dojo apareció una figura redonda y familiar: el Gordito Golosinas. Llevaba una bolsa gigante de nubes de azúcar y un traje blanco de chocolatero que parecía estar a punto de rendirse ante la presión de su abdomen.

—¡Sira! ¡Mi niña fucsia preferida! —exclamó el gordito, metiéndose tres gominolas en la boca—. Veo que no has matado al chico todavía.

—¡Golosinas! —Sira se levantó de un salto, con los ojos brillando de alegría—. ¡Qué alegría verte viejo godinflón! ¿Ha traído los caramelos de menta que me gustan?


Parte XII: El despertar de la bestia

El ambiente cambió en un latido. El Gordito Golosinas dejó de masticar y señaló el gran monolito de obsidiana en el centro del patio—. Basta de charlas, Sira. He venido a ver si el dinero de los participantes ha servido para que este mono aprenda a usar el melón. ¡Akira, muéstrame el Hasshoken!

Akira se puso en posición. La presión era inmensa. Miró a Sira buscando apoyo, pero la chica de la sudadera rosa pastel simplemente le dio ánimos con un gesto dulce. El marine corrió y ejecutó el salto perfecto. Giró en el aire, alineó su columna y se precipitó como un rayo invertido. Su cabeza impactó contra la obsidiana con un estruendo que espantó a los pájaros a kilómetros a la redonda.

El monolito se agrietó, pero no se rompió. Y Akira cayó al suelo, aturdido, con sangre corriendo por su rostro—. Mmm... decepcionante —dijo el gordito, sacudiendo su bolsa de dulces—. Le falta rabia. Le falta... instinto. Sira, querida, ¿podrías recordarle cómo se hace?

La temperatura del dojo pareció bajar diez grados. Sira Matcha, la chica apacible que hace un momento hablaba de diálogo, bajó la cabeza. El flequillo con corte de sierra ensombreció sus ojos. Su respiración cambió: de ser rítmica y pausada a un bufido animal, bajo y gutural.

Se quitó la sudadera rosa pastel, dejándola caer al suelo, revelando sus brazos tonificados bajo la camiseta blanca y sus dedos se curvaron como garras. Cuando levantó la vista, ya no era Sira la bondadosa; era una bestia del Hasshoken.

—Akira —su voz ya no era dulce, era un crujido metálico—. Mira bien. Si no rompes la piedra, te romperé yo a ti.


Parte XIII: El Hasshoken de la verdadera Sira

Sira, al contrario que Akria no necesitó carrera. Desde una posición estática, sus piernas explotaron. No fue un salto, fue un despegue balístico. Su trenza fucsia azotó el aire como un látigo mientras subía seis metros en un parpadeo. En el aire, no solo giró, se contrajo como un muelle antes de soltarse, y su cuerpo se volvió un borrón de color rosa y fucsia.

—¡HASSHOKEN: CABEZA MILITAR!

El impacto no sonó a choque. Sonó a demolición controlada. La obsidiana, una de las piedras más duras del mundo, no se agrietó: se pulverizó. Los fragmentos salieron disparados como metralla, cortando las hojas de los árboles cercanos. Sira aterrizó en una pose de combate agresiva, con una mano apoyada en el suelo y la otra lista para desgarrar. Sus ojos oscuros estaban inyectados en sangre, fijos en Akira como si fuera su próxima presa.

—¡Eso es! ¡Esa es mi chica! —celebró el Gordito Golosinas, aplaudiendo con sus dedos pegajosos—. ¡Esa es la intensidad que nos gusta en este dojo!


Parte XIV: El duelo final

Sira no se detuvo tras romper la piedra. Sus instintos de lucha habían tomado el control absoluto. Se lanzó contra Akira antes de que este pudiera recuperarse—. ¡Defiéndete o muere, marine! —rugió ella.

Akira tuvo que usar todo su repertorio de movimientos similares a los del kung fu solo para sobrevivir. Se movía entre las vigas, usaba sus brazos y piernas para balancearse y tomar impulso, pero Sira era implacable. Ella usaba su cabeza no solo para el Hasshoken, sino como una quinta extremidad para golpear de cerca, aprovechando la fuerza de su cuello para propinar cabezazos cortos y devastadores en el pecho de Akira.

Y en fue tras ese breve instante en el que el ratón escapaba del gato, cuando se giró de golpe. Entonces fue cuando el choque de sus cabezas produjo una onda expansiva que levantó el polvo del patio. Akira sintió que sus dientes castañeaban, pero aguantó. La locura de Sira era contagiosa, el marine empezó a dejar de pensar en la técnica y empezó a sentir el hambre de la victoria.

—¡SÍ! ¡VAMOS! ¡DAME MÁS! ¡APRIETA! ¡PRIMERA TÉCNICA DEL HASSHOKEN, CABEZA MILITAR! ¡¡¡BUTOOOO!!! —gritó Akira, saltando hacia la pared del dojo y rebotando hacia Sira. Los dos se elevaron simultáneamente como lo que eran: dos proyectiles humanos. Uno fucsia y rosa, el otro azul y amarillo. Y el resto del mundo se detuvo mientras ambos realizaban la inversión en el aire.


Parte XV: La promesa

En la segunda vez, sus cráneos no chocaron. Akira, usando su agilidad de mono en el último segundo, ajustó su trayectoria para pasar por debajo del ataque de Sira y golpear el suelo justo a sus pies, creando un cráter que la desestabilizó.

Sira cayó de pie, jadeando. El sudor empapaba su flequillo de sierra, un flequillo digno de una mujer vasca. Y poco a poco, el brillo salvaje de sus ojos se fue apagando. Sus hombros se relajaron, miró a su alrededor, vio el desastre, las piedras rotas y a Akira sangrando pero sonriente.

—Ay madre... —dijo Sira, recuperando su voz dulce y bondadosa—. He vuelto a hacer un desastre… Maldita sea… Akira, lo siento muchísimo, ¿estás bien? ¿Te duele mucho la cabeza? Déjame ayudarte... —y se acercó corriendo, buscando un pañuelo en sus pantalones cortos y oscuros, con una expresión de preocupación genuina e inocente.

El Gordito Golosinas se acercó a ambos, terminándose su bolsa de dulces—. Buen trabajo, ambos. Sira, espectacular, como siempre. Akira, ya tienes el impacto. Sira, gracias por el estímulo. Mañana este chico debería volver si no le reclama la Marina, le veo potencial sísmico, ya me entendéis jejeje.

—Ha sido impresionante, lo he sufrido, pero ha merecido la pena. A veces había dado algún cabezazo, pero no de esta manera… ¡Es brutal! Solo espero que no se me estropee demasiado el pelo si empiezo a utilizar esta técnica muy a menudo —y los tres se rieron a carcajadas, agotados, dos de cansancio físico y el tercero de tanto comer.

—Debo regresar al puerto, mi amigo me está esperando. Tenemos que actualizarnos cómo nos ha estado yendo el entrenamiento, el venía por el karate gyojin y bueno… Tal vez regrese mañana, si no se me echa el tiempo encima, tendría que volver a Baterilla cuanto antes —explicó Akira tanto a Sira como al gordito.

—Tú no te preocupes, estaremos aquí por si decides volver. Entiendo que tengas responsabilidades, a fin de cuentas, ese uniforme no es un regalo de cumpleaños. Aunque ya sabes, si vienes, a poder ser a la misma hora, así aprovechamos bien el tiempo —respondió Sira con entusiasmo mientras el gordito se metía en una de las habitaciones del dojo para echarse una larga siesta que le duraría un par de días.

Akira se despidió de ambos y del dojo por el momento, con una cicatriz en la frente que llevaría con orgullo. Había llegado como un chico curioso, buscando ser más fuerte para derrotar a Diosdado, y se iba como una unidad militar de élite. Sira Matcha lo despidió desde la entrada, haciendo un gesto en su muñeca como si llevara puesto un reloj y le esperara mañana, a la misma hora, para después agitar su mano con timidez y dulzura. Aunque ambos sabían que, si alguna vez se volvían a cruzar en un campo de batalla, la bestia fucsia volvería a despertar… Y probablemente a Akira, le tocaría volver a sufrir para aprender la siguiente técnica de aquel maravilloso estilo de lucha.


Parte XVI: Noticias frescas, los frutos del entrenamiento

Akira recibió en la orilla a su amigo Juan con una pose que no le habías visto antes. Ya no era la inquietud nerviosa de un marine que no sabe dónde poner las manos; ahora, sus pies se hundían en la arena con una firmeza calculada, como si cada centímetro de su cuerpo estuviera conectado a un resorte invisible.

Al escucharle hablar sobre el riesgo de ir a ciegas y su deseo de proteger a los demás mediante el dominio del karate gyojin, Akira dejó de mirar el horizonte y le clavó una mirada cargada de una seriedad nueva, forjada bajo los gritos y los impactos de Sira Matcha.

Dio un paso al frente. Y esta vez no hubo bromas sobre ni quejas. Se el dogi, que ahora parecía quedarle estrecha en los hombros debido a la nueva rigidez de su postura, y se apretó el cinturón.

—Entiendo ese fuego, compañero… O mejor dicho, agua —dijo Akira, y su voz tenía un peso metálico que antes no existía—. Yo también sentía que mis acrobacias eran solo humo. Pero la Maestra Matcha me enseñó algo: la bondad sin fuerza es un deseo, pero la bondad con poder es una orden.

Dio un salto repentino, no para huir, sino para posicionarse sobre una roca cercana. Se quedó en cuclillas, observándote desde arriba con una intensidad animal.

—Si vamos buscando a Diosdado a ciegas, no iremos como presas. Iremos como el martillo que golpea el yunque. Como la justicia que nunca debe fallar. He aprendido la primera técnica del hasshoken y está lista para abrir cualquier puerta que se nos cierre a cabezazos, literalmente. Y tu karate gyojin seguro que es capaz de perforar la piedra con una gota de agua si tiene la presión correcta. Ahora tú pones la presión, yo pondré el impacto final. Vamos a hacer que se arrepienta. —y cerró un puño para chocarlo con fuerza contra la palma de su otra mano.

Akira bajó de la roca con un giro invertido tan rápido que apenas podía seguirse con la mirada. Al aterrizar, no hubo ruido, solo el desplazamiento del aire. Y le extendió la mano a su amigo, pero no para un saludo formal, sino con el puño cerrado, invitándote a chocar nudillos.

—Futuro maestro del karate gyojin —dijo Akira, asintiendo hacia Juan Sebastián—. No perdamos más tiempo. El mono tiene hambre de demostrar que ya no solo sabe trepar árboles. Si el karate gyojin es el arte de golpear a través del agua, mi hasshoken será el arte de golpear a través de cualquier defensa. ¡¡¡Sigamos entrenando!!!

Akira se dio la vuelta y empezó a caminar hacia de nuevo en dirección al dojo. Cada paso que daba era elástico, listo para convertirse en un salto mortal inverso en cualquier milisegundo. En ese momento lo tenía bastante claro, Akira ya no temía a la oscuridad de la misión porque ahora él llevaba su propio rayo de luz en la frente. Como un minero que lleva una linterna, pero esta golpeaba fuerte, ignorando las resistencias pasivas de sus objetivos.



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