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LAM | P. A | Autonarrada - Enji - 27-02-2026 Verano, día 26. Año 17.
El verano. Maldito verano. ¿Por qué tenía que existir el verano? Con sus días eternos, sus noches cortas e incómodas, y sus calores infernales. El verano en Baterilla se sufría. El calor se fundía con la humedad y transformaba el aire en un ente espeso y pegajoso. Ya no fluía con naturalidad a los pulmones sino que se aferraba a la garganta, obligaba al esfuerzo del diafragma y ahogaba a los peor preparados para la laboriosa tarea de respirar. Uno de los actos inconscientes más sencillos se convertía en un martirio, como tener globos atados a los párpados. Los rayos del sol, inmisericordes, azotaban la tierra y agrietaban su casco. Los insectos proliferaban, reproduciéndose en las charcas o lagunas de agua estancada después de las ocasionales lluvias, tan típicas del clima tropical como la fruta dulce. El ruido de las cigarras era ensordecedor en los alrededores de la jungla y el pueblo se convertía en un hervidero humano, dónde las paredes blancas, pintorescas hasta entonces, se convertían en los perfectos espejos del inclemente astro dorado. El calor se encapsulada en sus calles y convertía la ciudad en un horno a presión. O, quizá, Enji estaba exagerando un poco las cosas. Después de todo, el marine que perdía la ropa de tanto en tanto por culpa de su pobre tolerancia al calor no era precisamente la persona a quien se debía preguntar por el clima. Su juicio estaba comprometido por una aflicción física o psicológica —sospechaba que ambas a la vez—, y las pruebas estaban a la vista: los locales, gente nacida en la propia Baterilla u otras islas de clima tropical, llevaban bastante bien el calor. Ellos no veían el aire elevarse y distorsionar la imagen a causa de la piedra caliente del camino. Ellos no jadeaban con la lengua afuera y el pecho oprimido después de correr un par de manzanas cargando papeles. Ellos, claro, eran normales. Y Enji era todo menos normal. —Voy a matar a esos dos en cuanto regresen —dijo, bajando por un sendero de tierra hacia el cuartel. Llevaba el uniforme puesto y empapado de sudor, la gorra torcida a un costado y los botones del chaleco abiertos—. Juro que los voy a matar. Akira y Juan habían partido hacia la Isla del Karate unos días atrás. El rubio y la tortuga-cangrejo de la división viajaron en búsqueda de… algo. O alguien. Enji no lo recordaba bien. ¿Un familiar? ¿La huella del primer amor? El punto es que la mitad de su división se fue de la isla, dejándole a la otra mitad su parte del trabajo burocrático. Porque sí, la marina podía tener mucho patrullaje, entrenamiento y pelear con los tipos malos de turno, a la vez que seguía siendo un organismo del estado. Cada estornudo debía estar apropiadamente documentado y archivado. Enji solía llamar a esas tareas “El lado oscuro de la ley”. El lado oscuro y aburrido. Volvió a abotonarse el chaleco y acomodó los papeles que cargaba en brazos antes de entrar al cuartel. Por supuesto, también tomó una laaaarga, larguísima bocanada de aire y se mordió la lengua. —¡Recluta Enji! Escuchó la voz chillona nada más abrir el gran portón y, poco después, también sonó la bocina característica del oficial Fist Jerral. Un respetado agente del gobierno que se había ganado el derecho de ir y venir entre los pasillos del cuartel en una bicicleta roja con una bocina en el manubrio. —¡Estos papeles llegan cinco minutos tarde! El papeleo no se terminará nunca si cada paso intermedio implica una demora. —Me dio diez minutos para ir hasta el faro y volver, oficial —respondió Enji, con la mirada al frente y ofreciendo los papeles a Jerral. Jerral los recibió y acomodó en la canastita de su bicicleta. —¿Y eso hace cuánto fue, soldado? —replicó mientras le echaba un vistazo a su reloj de bolsillo. —Hace siete. —¡¿Hace siete?! —Siete minutos de las cinco, señor. —¡Pasaron quince minutos de esa hora, soldado! —Entonces voy cinco minutos tarde. Una vena apareció en la frente de Jerral. El experimentado marine respiró profundo, se masajeó el puente de la nariz y sacudió la cabeza de izquierda a derecha. Estaba empezando a considerar la jubilación. O pedir un aumento. —Usted me saca canas verdes, soldado Enji. ¡Canas verdes! —Jerral dió una palmada sobre la pila de papeles—. ¿Sabe aunque sea la importancia de estos papeles? ¿Lo que representan? —Prosiguió mientras tomaba uno y se lo enseñaba—. ¡Esto es el mundo! La realidad, ¡lo que todo marine debe saber! Bien le haría estudiarlo un poco. Enji miró de arriba abajo el papel. Se trataba de un cartel de “Se busca” recién emitido, con foto, nombre y recompensa. —¿Los carteles de recompensa? La duda en su voz provocó el enrojecimiento de las facciones del superior. Jarrel bufó, tomó otro papel de la pila y se lo arrojó a Enji a la cara. —¡Aprenda dónde está parado, soldado! En su próxima encomienda, ¡quiero que pase todo el tiempo muerto entre viajes leyendo eso! ¡Y más le vale prestar atención! Yo mismo le tomaré examen más tarde —dijo, ordenó, y el sonido de su bocina chillona dilapidó esa sentencia. Enji no podía replicar nada: se trataba de un superior directo. Así que agarró los papeles, los arrolló y se los guardó bajo el chaleco. Todavía tenía que pasar por algunas oficinas, firmar tablones y verificar el sellado de algunas actas antes de salir una vez más del cuartel. Después de todo, le quedaban muchas horas de luz al día y eso significaba mucho trabajo para completar y/o adelantar. Un nuevo héroe, rezaba el titular de la primera plana del World economy news paper. Al parecer, un pirata se había matado a cuchillazos con otro y reclamado sus tierras, su influencia y su título. Algo que no se veía todos los días, desde luego. Enji conocía de la existencia del Ouka Shichibukai, como toda persona alguna vez educada por padres que tuvieran dos dedos de frente. Todo progenitor que se precie enseña a su primogénito los escalafones del mundo, desde la línea de mando marine hasta los títulos piratas, como los Señores de la Guerra del Mar y los Emperadores del mar. ¿No? —Tch, hijo de puta, tengo que ir para allá cuánto antes —dijo Enji mientras leía las noticias relacionadas al Grand Line. La Gran Ruta Marítima. Allí donde todo lo importante ocurría—. Se me van a pudrir las ideas en este mar mediocre. Hablar era fácil pero, aunque la distancia física no fuera tanta, llegar desde el South Blue a la Grand Line significaba dar una interesante vuelta. Las rutas marines eran la forma más segura, claro, si escalar en la jerarquía fuera cosa de pedir un rango y que te lo diesen. Meses sirviendo en el cuartel y el gafete de Soldado Raso seguía en su brazo. —Saqueadores… Orador… ¿Todas las noticias van a ser de piratas? —Pasaba de página tras leer los encabezados, dedicándole unos segundos a cada fotografía. De pequeño le habían llamado la atención las Jolly Roger y sus peculiares diseños—. Pandilleros, buscapleitos… El banco… ¡Al fin! ¡Algo nuestro! Varias miradas se asomaron desde su espalda, bajo la sombra de sendas gorras marine. Enji, cumplida su ronda, se había cargado una reposera al hombro y ascendido por la costa hasta el gran Faro de Baterilla. Allí, sentado junto a los marines que hacían guardia, había estado leyendo el periódico en voz alta. Los compañeros se apelotonaron a su alrededor cuando, por fin, una noticia sobre la marina apareció en el papel. —¿Zodiacool completo? ¡Hijos de mil putas! —exclamó—. ¡Y yo todavía encerrado en este mar! Arrojó la página al viento, indignado, y dos reclutas se encargaron de atraparla para poder leer las noticias concernientes al Almirante Tucrow y su división de élite. Enji no quería saber nada más, pues nada más le hacía falta saber. Sin vacantes a las que aspirar el Zodiacool estaba todavía más lejos de ser una opción y pensar en ello solo le ocuparía espacio en la cabeza. Espacio que no le sobraba. —La revolución y el circo en la misma página, apropiado —musitó mientras pasaba de página, cigarrillo encendido entre sus dedos índice y corazón—. ¿Cómo sigue siendo vicealmirante este tipo? Moooor. Chasqueó los dedos, consumido por el personaje de vieja chismosa que poco a poco había estado construyendo. Para volver en sí tuvo que sacudir la cabeza y darse unas palmadas. —Dios —masculló—. ¿A dónde vamos a parar? Huminks lamiendose las pelotas en la calle. —¿Qué tiene de malo? Lee la noticia, Enji. Solo están abrazando su gen mink. —¡Conozco algunos minks y ninguno se anda lamiendo las pelotas por ahí! —¡En ningún lado dice que se lamen las pelotas! —¡Pero podría decirlo! Con un bufido cerró el periodico, la vena de su frente inflamada y los ojos en blanco. Dobló su reposera, se la guardó debajo del brazo derecho y acomodó el periódico enrollado debajo del izquierdo. Suficiente información por un día. —¡Nos vemos, bastardos! Que terminen su turno igual de aburridos que ahora —se despidió, perdiendo sus prendas de camino al pueblo. Después le tocaría regresar sobre sus pasos para recuperar la ropa. RE: LAM | P. A | Autonarrada - PX-5 - 28-02-2026 ✓ Aventura Autonarrada: Completada RECOMPENSAS: — Puntos Mugiwara: 5 — Reputación: 15 — Berries: 10.000
Karma Popularidad
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