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[P. Absoluto | Llegada] El desembarco de un normal día - Versión para impresión

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[P. Absoluto | Llegada] El desembarco de un normal día - Alek - 28-02-2026

¿Qué casualidad era la que le había hecho recorrer este camino? ¿Cuál de todas las casualidades que el destino le tenía preparado había sido la que le había hecho subir a aquel barco? ¿Un grupo de gente? ¿El olor a mar? ¿Los gritos emocionados de aquellos que no tenían el yugo del pasado sobre su espalda? ¿Se había dejado llevar por las ideas ajenas? ¿El intento de cumplir una promesa? No. No había sido eso. Un deseo. El deseo de la libertad. Ser libre de ir y partir allí a donde quería. Extender sus alas otro día más y volar por el gran azul o el oscuro negro. Sentir el viento arremolinarse entre los escasos milímetros que había entre una pluma y otra. El viento despeinando su pelo. La altura alborotando su corazón. El oxígeno inflando sus pulmones. El calor del sol. La inquietud de querer encajar de algún modo entre la sociedad, no porque necesite el calor ajeno, si no por la envidia que le daba. Ver al resto saber relacionarse, ayudarse, comer, reír y disfrutar es algo que no había conseguido, no sabía como hacía y siquiera conocía hasta mucho después de haber conseguido escapar de un encierro obligado. Había conocido la libertad. ¿Pero a qué costo?

Al costo de conocer la cálida sensación de sentir la sangre ajena, aun viva, sobre sus propias manos.

Todas esas sensaciones aun seguían almacenadas dentro del lunarian, quizás por eso había decidido subir al navío, para perseguir el absurdo deseo de encontrar un sino. Tenía libertad, si, pero una falsa libertad.

Abrió aquellos ojos que estaban entornados por un sueño repentino. Aquel sueño repentino que había sido provocado por el ligero vaivén del barco en el que estaba, se sentía de alguna forma acunado por el mar, tranquilo. Se sentía fenomenal cuando uno no tenía que luchar contra viento y marea por su propia cuenta mientras escapaba de unos perseguidores, cuando no tenía que luchar por su vida. Ser llevado, dirigido. No estaba nada mal.

La sombra del mástil principal se había movido, lo suficiente como para dejar al sol aquella piel morena, suficiente como para obligarlo a abrir los ojos. Sus párpados, lentos y pesados, dejaron paso a una vista ligeramente borrosa. Tardó varios segundos en conseguir enfocar su vista como era debido. Su mano paseó por su cuerpo, bolsillos incluidos, hasta llegar, determinado, hacia su arma. Lo extraño es que su propia arma estaba siendo aferrada, por su otra mano, con tanta fuerza que allí donde había una articulación estaba ligeramente blanquecino, como si la presión que ejercía hubiese provocado aquello. - ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo? - Tomó su arma con la mano que estaba libre y la dejo sobre sus piernas, que estaban puestas en cruz lo que con su espalda en ángulo de noventa grados contra la barandilla, le daban una posición perfecta para echarse una cabezadita.

Abrió y cerró en repetidas ocasiones su mano. Sus dedos se habían pasado minutos, incluso horas, aferrándose a su arma con la misma fuerza con la que alguien se agarra de un saliente sobre un precipicio, como si la vida le fuese en ello. La notaba engarrotada, pero. ¿Por qué? Quizás, en lo más profundo de su psique, aún sentía miedo. En su pasado era despertado a horas al azar solo para ser apaleado, sin nada con lo que defenderse. Debía retirar esos pensamientos en algún momento, ahora mismo podía estar tranquilo. Nadie lo perseguía, pero la mente siempre era muy traicionera y, algún día la emoción, haría dañó a quien estuviese cerca a la hora de despertar.

Se tomó un par de minutos para costumbrar a sus pulmones a una respiración más honda, sus ojos a la luz del mediodía, su cerebro a procesar el ruido de fondo del navío. Alzó su mirada en la lejanía, queriendo mirar al horizonte, perderse en él, pero las decenas de personas que habían, entre su mirada y la unión de mar y cielo, se lo impedían. No pudo evitar atender a las personalidades ajenas. Un grupo de críos que estaban jugando con una especie de bola que curiosamente rebotaba cuando tocaba el suelo, se los veía felices, aunque por unos instantes se enfadaban unos con otros, pero no tardaban mucho en reconciliarse y seguir jugando como si nada. Para Alek no había existido la reconciliación, tan solo había vivido el secuestro de su niñez, el aislamiento de una vida, una persona rota. No sonrió, pero si que sintió una atisbo de envidia al verlos allí jugar, despreocupados, sentados a unos metros probablemente estarían sus padres sentados, charlando.

Parpadeó, capturando aquella escena en su cabeza y sus ojos se desviaron hacia otro punto. Su mirada paseó por la cubierta con calma, analizando cosas que llamasen su atención hasta que observó algo que captó toda su atención. Alek parpadeó, la amplitud de sus ojos solo se comparaban con la sorpresa que sentía. Sus visión escaneó con determinación y curiosidad. Había una mujer, de una gran altura, quizás igual que la suya o mayor, desde su posición no podía determinarlo bien. Su piel, morena, y su cabellera blanca acaparó toda su atención. El lunarian entrecerró sus ojos para captar con precisión los detalles. Tenía un cuerpo voluptuoso, pero aquello se quedaba a un lado en cuanto pasearía sus ojos por los grandes apéndices que adornaban su espalda. Aquellas dos majestuosas alas emplumadas con el mismo negro azabache que portaba él, entre estas, y próximo a su cuello, una llama pequeña pero cálida. Había descubierto la presencia de una de su misma especie, o al menos todas sus alarmas le decían eso. - ¿Cómo? - Su mente tenía demasiadas preguntas y curiosidad. Nunca se había encontrado con alguien que portase la misma sangre que sus ancestros, lo más normal era ver simples humanos o incluso gyojins, pero aquello no. Su cuerpo hizo el ademán de moverse, levantarse, recobrar la postura, pero, allí donde se encontraba su pecho, algo produjo un crujido característico.

Desvió su mirada un momento y, jugando con los dedos de su mano libre, bajó parte de la cremallera para descubrir papel grisáceo. - El periódico de antes... - Salió su voz proyectada con sorpresa. Alzó la vista de nuevo, buscando a su homónima pero la había perdido. Desaparecida en un abrir y cerrar de ojos, había perdido la oportunidad de acercarse. Sus labios se desdibujaron ligeramente, casi como si se hubiese decepcionado. Se encogió de hombros, como si no hubiese solución para aquello, o ganas, y terminó de abrir su abrigo. Acercó su mano al pecho y tomó el periódico, mientras con la otra mano enganchaba su arma a la cintura como pudiese, solo así podría abrir aquel montón de papeles sin que se le desarmase por completo. Sus ojos danzaron entre líneas y letras, buscando algo que le llamase la atención. Algún titular, algún suceso, terminaría leyéndolos por encima pero sin prestarles especial atención a ninguna de ellas. Lo único que lo atrapó, antes de dejar aquella amalgama de noticias sensacionalistas en un cubo de basura, fue los carteles con recompensa de varias personas. Estuvo entretenido en aquella sección varios minutos, pasando página por página, mirando rostros, con la curiosidad de saber si es que el suyo propio tendría algún cupo allí. Sin duda alguna, aún no habían puesto recompensa por sus acciones en Samba, en aquella divertida noche, pese a que algún marine lo había visto allí junto a un grupo de cadáveres a sus pies. Por una parte suspiró aliviado, aunque aquello se cortó casi de golpe al ver uno de los pocos rostros que conocía. - Cill - Repitió en su mente, allí estaba. - Treinta y cinco millones - Repitió, esta vez en voz alta. Alzó sus cejas por un instante y tras eso, terminó de ojear y se levantó al son del sonido de un par de campanas que resonaron a través de toda la cubierta.

Se deshizo del periódico haciendo una bola y tirándolo mientras alzaba la vista nuevamente, encontrándose, ahora sí, con tierra en la lejanía cercana. Pudo escuchar el graznido de una pequeña bandada de gaviotas que navegaban por encima de su cabeza, en el cielo. Al cabo de unos minutos se escucharía por la megafonía del propio navío que en escasos minutos arribarían a la isla. El albino aseguró su equipaje, la singularidad de su katana que se encontraba enganchada a su cintura y se quedó observando como el barco llegaba a buen puerto.

El traqueteo de personas y personal se volvió recurrente en aquellos minutos, muchos se encontraban esperando cerca de la borda. Algunos para observar la llega, otros para salir de los primeros. Alek no necesitaba de aquello, quien se mantenía en el lado opuesto, negándose a estar entra la multitud. En un par de segundos la trampilla se abrió, la rampa cayó sobre uno de los tantos puertos de la isla y rápidamente la gente comenzaría a descender con prisa y calma a partes iguales. El lunarian extendió sus alas, sus plumas vibraron, como el temblor de unas piernas al estirarse después de haberse pasado horas sin moverlas. Sus alas se movieron hacia arriba y abajo, levemente, como si estuviese calentando y, casi en un suspiro, alzó su posición sobre el aire, dejando que las puntas de sus pies mirasen hacia abajo al estar flotando. Su grácil aleteo se volvió ligeramente más violento en cuanto quiso ascender más y comenzar a avanzar hacia, quizás, el centro de la isla. Varias miradas se desviaron hacia el moreno surcando los cielos, pero nada a lo que no estuviese habituado ya.

Alek había llegado, la segunda isla que visitaba después de haber sido cautivo y acabar en el Reino de Samba. El viaje había comenzado, con la esperanza, de no haberlo terminado todavía.


RE: [P. Absoluto | Llegada] El desembarco de un normal día - PX-5 - 28-02-2026

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Viaje: Finalizado

STAFF DE NAKAMA NO MI