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Jumpin' at the Woodside [Pasado] [Bones] - Massimo Dooti - 28-02-2026 La Selva Anozama respiraba hondo. Massimo llevaba desde primera hora adentrándose en ella, siguiendo senderos que solo los lugareños conocían. La vegetación era espesa, húmeda, un muro verde que filtraba la luz del sol hasta volverla tenue, casi irreal. Los sonidos lo envolvían: pájaros que nadie había nombrado, insectos que zumbaban en coros desafinados, el rumor lejano de algún animal moviéndose entre la maleza. No le molestaba. Prefería esto al bullicio del mercado. Prefería esto a casi todo. Llevaba una bolsa de tela colgada al hombro, áspera y desgastada como todo lo que poseía. Dentro, unas cuantas raíces, hojas de formas extrañas, un puñado de cortezas que había arrancado de árboles caídos. Algunos ancianos de la zona pobre necesitaban algo para el dolor de huesos. El niño con fiebre parecía haber empeorado. Había oído hablar de una planta que crecía cerca de los acantilados del oeste, algo que se usaba otrora para bajar la calentura. No sabía si era cierto. Pero no podía quedarse de brazos cruzados. Se agachó junto a un tronco podrido, removió la hojarasca con sus dedos torcidos. Encontró unos hongos pequeños, de un color azul pálido. Los olisqueó. No conocía ese olor. Dudó un momento, pero acabo guardandolos. Ya averiguaría para qué servían, si es que tenian utilidad Siguió caminando. El sendero se volvía más empinado, más cerrado. Las ramas le golpeaban la gabardina, se enganchaban en el fedora. Massimo las apartaba con paciencia, sin prisa, con cierta soltura, como alguien que ya había pasado por esto numerosas veces y que, conocía el pequeño truco de no molestarse por las bromas de la naturaleza. Tenía toda la mañana. Tenía toda la tarde si hacía falta. Llegó a un claro pequeño, donde la luz conseguía abrirse paso. Un arroyo cruzaba la tierra, tan estrecho que podía saltarlo sin esfuerzo. Se sentó en una piedra, sacó una cantimplora, bebió. El agua estaba tibia, pero agua al fin. Apoyó la espalda en un árbol. Cerró los ojos un momento, solo para escuchar. La selva seguía hablando y él escuchaba. Cuando volvió a abrirlos, no había nada nuevo. Solo el verde, los sonidos, el aire espeso. Se levantó, se ajustó la gabardina, un toque a la fedora y siguió adelante. No muy lejos, encontró lo que buscaba. Unas plantas de hojas anchas, color verde oscuro, con unas pequeñas flores amarillas que apenas asomaban entre la maleza. Las reconoció por las descripciones que le habían dado. Arrancó varias con cuidado y las puso en la bolsa. -Hm... Si... Valdrán- Musitó entre dientes. Ahora solo faltaba encontrar un par de cosas más o menos importantes y anodinas. Luego podría volver. Se adentró de nuevo en la espesura. El sendero se bifurcaba más adelante. Un camino seguía hacia los acantilados, otro bordeaba la montaña. Massimo dudó un instante, sopesando opciones. Decidió seguir hacia los acantilados. Había oído que allí crecía un liquen especial, difícil de encontrar, pero útil para las heridas que no cerraban. El camino se hizo más rocoso, menos transitado. Las ramas eran más escasas, pero el suelo estaba lleno de piedras sueltas que hacían el paso incómodo. Massimo avanzaba con cuidado, probando cada pisada antes de apoyar el peso. RE: Jumpin' at the Woodside [Pasado] [Bones] - Dr.Bones - 08-03-2026 Las noches en Samba estaban llenas de sonidos. El canto constante de los insectos, mezclado con el susurro del viento entre la espesa vegetación, creaba una atmósfera misteriosa que envolvía toda la selva. Aquella masa verde se extendía por kilómetros, tan densa que parecía interminable. Sin embargo, nada se comparaba con los amaneceres. Cuando el sol comenzaba a elevarse sobre la flora salvaje de Anozama, bañando todo con tonos dorados y cálidos, el espectáculo se volvía casi espiritual. Samba ofrecía paisajes que podían quitarle el aliento a cualquiera. Aun así, mucha gente despreciaba aquella isla, reduciéndola simplemente a la pobreza de sus habitantes. Para muchos forasteros, Samba no era más que un punto olvidado en el mapa. Pero esa visión superficial solo pertenecía a quienes nunca se atrevían a abandonar las zonas seguras. Quienes realmente caminaban sus tierras sabían que la isla escondía maravillas. En la ciudad principal, edificios construidos con roca pulida se alzaban entre calles llenas de comerciantes, viajeros y habitantes locales. El bullicio del mercado, los gritos de los mercaderes y el constante ir y venir de mercancías convertían el lugar en un corazón vivo que latía sin descanso. El médico brujo llevaba ya tres días en la isla. Su visita tenía un propósito claro: reabastecerse. La selva de Samba era conocida por su enorme variedad de plantas, raíces y hongos extraños, muchos de los cuales no crecían en ningún otro lugar del mundo. Para él, aquello era un verdadero tesoro. Durante generaciones, su gente había desarrollado fórmulas tradicionales a partir de esos ingredientes. Pócimas medicinales, remedios extraños e incluso venenos de efectos impredecibles formaban parte de ese conocimiento heredado. Bones comerciaba con ellos en los rincones más oscuros del mercado negro de distintas ciudades. No era precisamente el negocio más limpio del mundo… pero era efectivo. Su campamento estaba instalado en un pequeño claro de la selva, improvisado con hojas de un árbol local. Aquellas hojas desprendían un fuerte hedor mentolado debido a un químico natural que resultaba nauseabundo para insectos y depredadores. Para los humanos, en cambio, el olor apenas era perceptible. Era una solución simple, pero eficaz. Bones conocía bien ese tipo de entornos. Después de todo, había pasado su infancia en Centaura, una isla famosa por albergar algunas de las selvas más peligrosas de los Blues. Comparada con aquellas junglas mortales, Samba era prácticamente un paseo por el parque. Aquella mañana, el médico se encontraba relajado junto a su campamento. Vestía una camisa blanca ligera, pantalones negros y su característico sombrero de copa. De su cuello colgaba su inseparable medallón de calaveras vudú, que brillaba tenuemente bajo la luz del amanecer. Entre sus dedos sostenía un cigarrillo oscuro, tan negro como la hiel. El humo que escapaba de él era rojizo, algo poco común. Aquello se debía a una hierba especial que crecía en Centaura. Al quemarse, producía un humo denso que ayudaba a relajar la mente y a calmar los pensamientos. Bones exhaló lentamente, dejando que el humo se desvaneciera en el aire mientras observaba el paisaje selvático que lo rodeaba. Fue entonces cuando lo vio. En una bifurcación más arriba, cerca de la zona montañosa, se encontraba una figura. Al principio parecía solo una silueta inmóvil, recortada contra la luz de la mañana. Pero cuando Bones entrecerró los ojos, pudo distinguir mejor los detalles. El desconocido llevaba una chaqueta larga de ala ancha y un sombrero fedora del mismo color. Su postura era tranquila, casi despreocupada, como si caminar por aquella peligrosa región fuera algo completamente normal. Bones frunció ligeramente el ceño. Era extraño ver a alguien por esos lugares. Incluso los habitantes locales evitaban ciertas zonas de la selva, especialmente aquellas cercanas a los acantilados. Durante unos segundos se limitó a observarlo en silencio. Entonces el hombre comenzó a caminar. Y no hacia cualquier lugar. Se dirigía directamente hacia los acantilados. Los ojos de Bones se abrieron un poco más. Hacía apenas unos días, una colonia de avispas coloradas cazadoras se había instalado en esa área. Aquellas criaturas eran enormes, agresivas y extremadamente territoriales. Incluso un solo ejemplar podía representar un problema serio. Un grupo entero era prácticamente una sentencia de muerte. Bones soltó el cigarrillo y lo dejó caer al suelo. — Puta madre. Con rapidez tomó su chaqueta, se ajustó sus botas de escalada y comenzó a avanzar colina arriba. Sus movimientos eran ágiles, acostumbrados a terrenos difíciles. No sabía quién era ese hombre. Pero sí sabía exactamente en qué tipo de problema estaba a punto de meterse . Cuando finalmente logró acercarse lo suficiente para que su voz pudiera alcanzarlo, Bones respiró hondo y gritó con todas sus fuerzas: —¡¡ESPERA, COLMENA!!. RE: Jumpin' at the Woodside [Pasado] [Bones] - Massimo Dooti - 08-03-2026 El grito llegó como un latigazo. Massimo se detuvo en seco. Un pie en el aire, a punto de apoyarse en la siguiente roca, suspendido en ese instante de desequilibrio que precede a cada paso. El fedora le sombreaba la cara, pero bajo el ala sus ojos se entrecerraron un poco más. La voz venía de atrás. De abajo. De algún lugar entre la maleza y las piedras. Massimo giró el cuello, sin mover el cuerpo, como un animal grande que no necesita darse la vuelta para saber dónde está el peligro. Vio a un hombre. Subía por la colina con una agilidad que no pegaba nada con el traje que llevaba. Camisa blanca, pantalones negros, sombrero de copa. Y algo colgando del cuello, unos símbolos raros que brillaban con la luz de la mañana. Un tipo que parecía salido de un entierro de lujo, trepando rocas como si llevara toda la vida haciéndolo todos los días.. Massimo no se movió. Esperó a que el hombre llegara hasta él. No porque quisiera, sino porque algo en ese grito le había helado el paso. No era miedo. Era... precaución. Esa voz no sonaba a loco ni a amenaza. Sonaba a urgencia. A alguien que sabe algo que tú no sabes y que es de vital importancia el compartir esa información. El tipo llegó. Resoplando un poco, pero menos de lo que cabría esperar. Se plantó delante de él y Massimo pudo verlo bien. La piel morena, los ojos rojos, los tatuajes asomando por el cuello y los brazos. Y esa sonrisa. Una sonrisa que no sonreía de verdad, que solo enseñaba los dientes mientras los ojos miraban otra cosa. Massimo esperó. Tres segundos. Cinco. El silencio se alargó lo justo para que el otro notara que no iba a hablar primero. -Colmena. -repitió al fin Massimo, con esa voz grave y plana que usaba para todo. -¿Qué colmena? ¿Estás tonto? No era una pregunta. Era una petición de datos. El tipo había gritado "colmena" como quien grita "fuego" o "corre". Algo pasaba. Algo que él no sabía. Miró hacia los acantilados. Allá arriba, el camino seguía. Las rocas, los arbustos, el liquen que había venido a buscar. Todo parecía igual que siempre. Pero algo en la forma de mirar del desconocido le hizo fijarse mejor. Nada. No veía nada. -Avispas, ¿verdad? -dijo, sin apartar la vista de las alturas. -Supongo que hablas de avispas. Otra constatación. Si el tipo había subido corriendo a gritarle que parara, no era porque hubiera un tesoro más arriba. Era porque había algo peligroso. Y en una selva, lo peligroso solía tener alas y aguijón. Massimo suspiró con pesadez. -Las había oído...- Dijo, como si hablara solo -Pensé que eran pájaros. Y era verdad. Había oído un zumbido rato atrás, un zumbido denso, diferente al de los insectos normales. Pero en la selva todo zumba, todo canta, todo hace ruido. No le había dado importancia. Ademas, cuando Dooti escucha algo extraño, o directamente, peligroso, tiende a marcharse en dirección contraria. Se llevó la mano a la bolsa. Dentro estaban las plantas, las raíces, los hongos azules. Nada que mereciera morir por ello. Miró al desconocido. De arriba abajo. Otra vez. Los ojos rojos, los tatuajes, la ropa de entierro, la forma en que se movía. Alguien que sabía cosas. Alguien que conocía la zona tanto, si no es que mas, que él. Alguien que, por la razón que fuera, había decidido evitar que él se metiera en un lío. -Gracias. -Dijo tajante. La palabra salió seca, corta, sin adornos. No era un "gracias" cálido ni agradecido. Era un "gracias" de manual, de esos que se dicen cuando alguien te sujeta una puerta. Lo justo para que el otro supiera que no era un desagradecido, pero sin comprometerse a nada más. Luego se giró. No para irse, no todavía. Solo para mirar de nuevo hacia los acantilados. El liquen estaba allí arriba. A unos cientos de metros. Justo donde el zumbido parecía más fuerte. -¿Hay otra zona? -preguntó sin mirar al tipo mientras parecía estar buscando algo en el interior de la gabardina. -Donde crezca liquen. El que sirve para heridas.- Porque eso era lo importante. No las avispas, no el peligro, no el tipo raro de ojos rojos. El liquen, la señora, el niño con fiebre. Eso era lo importante. Para cuando terminó la frase, descubrió sus maltrechas manos del interior de la gabardina, una de ellas, sujentando un par de guantes de cuer, los cuales, se colocó con firmeza. Si había otra forma de conseguirlo, la buscaría. Si no... bueno. Ya pensaría algo. Mientras esperaba respuesta, se ajustó el fedora. Un gesto automático, de esos que hace la gente cuando no sabe qué hacer con las manos. La gabardina le pesaba en los hombros. El calor apretaba. El zumbido, allá arriba, seguía sonando. A lo lejos, las avispas coloradas empezaban a despertar. RE: Jumpin' at the Woodside [Pasado] [Bones] - Dr.Bones - 22-03-2026 Bones corría aprisa en dirección a aquel misterioso hombre, esquivando como podía los pedregones y los caminos irregulares que se alzaban entre las rocas. El terreno hacía casi imposible mantener la velocidad, pero aun así forzaba el paso; necesitaba alcanzarlo antes de que fuera demasiado tarde. Solo esperaba que su voz hubiera sido lo suficientemente fuerte para advertirle. Cuando vio que el sujeto finalmente se detenía, soltó un suspiro contenido. A lo lejos, el aire vibraba con ese inconfundible y perturbador sonido: aleteos densos, mezclados con siseos húmedos. No había duda. Estaban cerca. Bones llegó hasta él, ligeramente agitado, aunque no tanto por la carrera, sino por la presión en el pecho que le provocaba saber qué clase de criaturas rondaban la zona. —Hey, agradece que te haya avisado antes de que terminaras metido en la grieta donde está la colmena. Se quitó el sombrero apenas un segundo para secarse el sudor de la frente, volviendo a colocárselo mientras observaba al hombre. Era corpulento, demasiado cubierto, extraño para un lugar como ese. No apartó la mirada, evaluándolo con curiosidad contenida. Escuchó su pregunta. —Así es. Avispas Coloradas Cazadoras. Insectos carnívoros… extremadamente agresivos. Comen cualquier cosa que se mueva frente a ellos. Incluso pueden roer roca o metal si es necesario. Soltó un leve bufido, casi divertido. —Aunque entiendo la confusión. Existen unas similares, las Avispas de Pantano. Más oscuras, patas largas… y ese mismo zumbido infernal. A la distancia suenan casi como… un helicóptero. Su expresión se tensó apenas un instante, como si un recuerdo incómodo le recorriera la espalda. —Pero no. Nada se compara realmente a ese sonido. Se cruzó de brazos un momento, mirando de reojo la espesura. —La única ventaja es que no son silenciosas. Cuando escuchas el zumbido, tienes tiempo… poco, pero suficiente para esconderte. Cuando Massimo le agradeció, Bones respondió con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa breve, elegante. —No te preocupes. No le deseo una muerte así ni a mi peor enemigo. Además… no es común ver gente por estos lugares. Hizo una pausa corta. Soy de la Isla de Centaurea. Créeme, esto… es casi acogedor en comparación. Notó entonces cómo el hombre no dejaba de observar la selva, como si buscara algo con urgencia, pero sin una dirección clara. —¿Liquen? Repitió, más para confirmar que por duda. Luego llevó una mano a su barbilla, pensativo. —Entonces vas bien encaminado. Suelen crecer en cuevas húmedas, especialmente cerca de cascadas, después de los acantilados. Comenzó a señalar direcciones con precisión, moviendo los dedos con claridad quirúrgica. —Pero si quieres evitar las avispas, tendrás que desviarte. Hay un sendero alternativo que bordea una cueva… justo en el camino por el que venías. Desde ahí— Se detuvo en seco. Una gota cayó. No había viento. No había nubes. El silencio se volvió pesado. Lentamente, Bones alzó la mirada. Y entonces lo vio. Los ojos. Grandes. Brillantes. Fijos sobre ellos. La avispa colorada se encontraba justo sobre el risco, avanzando lentamente en lugar de volar. Entre sus mandíbulas, una anaconda partida a la mitad colgaba inerte, desgarrada, aún goteando. El sonido de su alimentación era húmedo, grotesco… íntimamente cercano. Por eso no la habían escuchado. Bones sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero su rostro no perdió la compostura. Dio un paso atrás. Luego otro. Sin apartar la mirada. Con un leve gesto de su mano, indicó a Massimo que hiciera lo mismo. La criatura arrancó otro trozo de carne, indiferente a su presencia… por ahora. —No hagas movimientos bruscos —susurró con voz baja y controlada—. Si no la molestamos mientras come… no atacará. Otro sonido. Más aleteos. Una segunda avispa descendió cerca de la primera, atraída por la presa. Sus cuerpos chocaron con violencia al disputar la carne, generando un crujido seco, salvaje. Bones entrecerró los ojos. La situación acababa de volverse mucho más peligrosa. RE: Jumpin' at the Woodside [Pasado] [Bones] - Massimo Dooti - 29-03-2026 El zumbido cambió. Massimo lo notó antes de verlas. Un instante antes, el aire vibraba con ese rumor constante, molesto, predecible. Ahora había algo más. Algo más denso. Más cerca. El tipo hablaba de acantilados, de cuevas, de un sendero alternativo. Massimo asintió sin dejar de mirar hacia arriba. El liquen podía esperar. Las avispas no. Entonces el otro se calló. El silencio cayó como un mazo. Sin viento, sin nubes, sin nada que justificara ese vacío de repente. Massimo sintió cómo se le erizaba la piel bajo la gabardina. Algo había cambiado. Vio cómo el tipo levantaba la cabeza despacio. Lo imitó. Allí estaban. No las había visto acercarse. No las había oído. Eso era lo que más le heló la sangre. Él, que presumía de oírlo todo, que se pasaba la vida escuchando lo que otros no escuchaban, no había notado nada. Como si hubieran aparecido de la nada. Como si la selva las hubiera escupido. La más grande de las dos tenía algo entre las mandíbulas. Una serpiente, o lo que quedaba de ella. Partida por la mitad, los trozos colgando, la sangre goteando sobre las rocas. Massimo no apartó la vista. No podía. El tipo susurró a su lado. Algo de movimientos bruscos, de no molestarlas mientras comían. Massimo no asintió. No se movió. La avispa seguía comiendo. La otra se acercó, chocó contra la primera, un forcejeo rápido y violento. Los cuerpos chocaron con un crujido que sonó a huesos rompiéndose. Massimo apretó los dientes. Aguantó la respiración. Los dedos, esos dedos torcidos que le dolían cuando iba a llover, se cerraron lentamente dentro de los guantes. No para atacar. Para estar quietos. Para no dar ningún motivo. Para no moverse aunque todo su cuerpo le pidiera dar un paso atrás, dos pasos atrás, muchos pasos atrás. El tipo había dicho que no atacarían si no las molestaban. Massimo esperó. Las avispas seguían disputándose la presa. La serpiente colgaba entre las dos, tironeada, rota, cada vez más pequeña. Massimo no parpadeó. Aguantó. Y aguantó. Hasta que la más pequeña, o la más rápida, o la más hambrienta, arrancó un trozo de carne y se alejó volando. La otra se quedó un momento, las antenas moviéndose en el aire, los ojos negros mirando hacia ningún sitio. Luego, sin prisa, se giró y se perdió entre la vegetación. El zumbido se alejó. Massimo exhaló. No se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración hasta que el aire le quemó los pulmones. Miró al tipo. El de la camisa blanca y el sombrero de copa. El que le había gritado desde abajo. El que le había salvado de meterse en la boca de esas cosas. -El sendero ese...- Dijo, con la voz más grave de lo normal. -¿Sigue ahí? Se ajustó el fedora con un gesto automático. Las manos le temblaban todavía. Las escondió bajo la gabardina. Miró hacia donde el tipo había señalado antes, hacia el desvío medio oculto por las enredaderas. Desde allí, el camino se adentraba en la espesura alejándose de los acantilados. Un buen lugar para empezar a buscar. No esperó a que el otro dijera nada más. Echó a andar. Los pasos pesados, lentos, como siempre. La gabardina barriendo el suelo. Los ojos atentos a cada movimiento entre las hojas. Pero se detuvo a los pocos metros. No se giró del todo. Solo ladeó la cabeza, lo justo para que el tipo supiera que estaba hablando con él. -Si quieres venir, ven. Pero si no, gracias por lo de antes. Dicho eso, siguió caminando. No miró atrás. No esperó respuesta. El sendero se abría paso entre la maleza, estrecho, apenas visible. Massimo apartaba las ramas con los brazos, sintiendo cómo se enganchaban en la gabardina, cómo algunas le arañaban los guantes. El olor a tierra húmeda se mezclaba con el de las hojas machacadas. A lo lejos, el zumbido de las avispas seguía sonando. Pero más bajo. Más lejos. Por ahora. Massimo apretó los dientes y siguió adelante. |