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El reflejo del espejo [ Pasado | Alek ] - Asherah Bel-Nadin - 02-03-2026 》》22 de Verano del año 17
El muelle de Baterilla late como un corazón recién forzado a bombear más sangre de la habitual. Cajas que se arrastran, redes húmedas extendidas al sol, voces que se superponen en regateos y órdenes. Desciendo del barco con el periódico doblado bajo el brazo y dejo que el bullicio me atraviese todavía sin tocarme del todo. El aire aquí es distinto al de Samba: Más salobre. Más crudo. Me detengo un instante antes de internarme en las calles. Ajusto el bolso sobre mi hombro y observo el perfil del puerto: han reforzado amarres, ampliado un sector del muelle. Se nota que esperan tránsito. Que algo grande está por empezar, incluso si nadie lo dice en voz alta. Apenas pongo un pie firme en la madera cuando escucho el comentario, lanzado con esa mezcla de asombro y exageración portuaria: —¿Viste eso? ¡Un lunarian! Salió volando como si el puerto fuera suyo. Otro responde, todavía riendo: —Casi me tira el sombrero con el aleteo. Se fue hacia el centro, por arriba de todos. No me detengo. Camino con aparente indiferencia, aunque mis oídos se afilan. Un tercero interviene, gesticulando: —Moreno, alto. Alas negras. Ni esperó turno ¡zas! Se elevó y ya estaba flotando como si nada. Las palabras flotan entre los estibadores con esa mezcla de exageración y verdad que sólo tienen las escenas inesperadas. No necesito más detalles. Mi mente completa la imagen con una facilidad inquietante. Alas negras. Mi primer pensamiento no es estratégico ni prudente. Es visceral. Heras. Durante un segundo —absurdo, pero real— imagino que ha llegado antes que yo. Que decidió presentarse al mundo con la misma teatralidad contenida de siempre. Que el cielo de Baterilla fue su telón. Permanezco inmóvil, apoyada apenas en una baranda, escuchando cómo reconstruyen la escena: la vibración de las plumas, el ascenso leve antes de dirigirse hacia el centro de la isla, las miradas clavadas en su silueta. Demasiada naturalidad para un debut improvisado. Demasiada seguridad para ser un accidente. Heras encajaría. Y sin embargo… algo en el tono no habla de espectáculo, sino de costumbre. De alguien que voló porque caminar le resultaba innecesario. La duda queda suspendida en mí mientras retomo el paso. Pero antes de proyectos, antes de cálculos, necesito comprobar algo más íntimo. El Ancla Vieja. Camino hacia donde la memoria insiste que debería estar. Hace años crucé esa puerta casi por azar, gracias a Ubbe, en una coincidencia que terminó pesando más de lo que parecía. Recuerdo la madera oscura del mostrador, la escalera ancha, su risa ocupando el comedor como si no hubiera techo suficiente para contenerla. El cartel aparece, descolorido pero firme: El Ancla Vieja. La pintura astillada resiste como un gesto terco frente al tiempo. Exhalo. Sigue en pie. No entro, es muy temprano. Me basta con escuchar el murmullo interior y confirmar que algunos lugares no se desvanecen cuando uno se va. Retrocedo hacia la calle principal con el periódico aún bajo el brazo. Los nombres impresos —Ubbe, Uker— pesan distinto ahora, en esta isla que parece concentrar más hilos de los que imaginé. Y entonces lo veo. No en el cielo. En la calle. Una silueta unos metros más adelante. Espalda recta. Paso firme. Y, plegadas con naturalidad, alas negras. Mi pulso se acelera con una anticipación que no logro contener. ¿Será Heras? El nombre se forma antes de que pueda impedirlo. La distancia, la forma en que las alas descansan contra su espalda, el contraste oscuro contra la luz del mediodía… todo activa la memoria. Avanzo un par de pasos, intentando ver mejor el perfil. Y ahí se desarma la ilusión. No es él. La línea del rostro no coincide. La forma en la que se presenta —más ropa de la que debería— que conozco tan bien. La energía es distinta: más contenida, más sobria. Funcional. La constatación no trae decepción, sino curiosidad. Porque si no es él… entonces es otro. Y no somos muchos. Me detengo apenas lo suficiente para ordenar el impulso. Podría seguir mi camino, devolverme para entrar al hotel, pedir una habitación y fingir que el mundo no acaba de ofrecerme un espejo inesperado. Pero sería mentirme. El recuerdo del rumor en el muelle se superpone con la figura real frente a mí. Él fue quien alzó vuelo. Y yo no lo vi. Eso, más que cualquier otra cosa, me empuja. Ajusto el paso con discreción, mezclándome entre comerciantes y marineros. Mantengo distancia suficiente para no resultar evidente, pero la necesaria para no perderlo. Mis alas permanecen apacibles; no necesito desplegarlas para sentir la tensión sutil recorriéndome la espalda. Él gira hacia el mercado central. Yo lo sigo. No por desconfianza primeriza. Es algo más primitivo: el reconocimiento de una posibilidad. De un reflejo inesperado en una isla que, hasta hace minutos, era sólo una coordenada estratégica. Observo cómo se desliza entre puestos de especias y telas colgantes. La multitud parece que no lo incomoda. Tampoco lo ralentiza. Sus movimientos son precisos, casi económicos. No hay ostentación en su porte, pese a la naturaleza inevitablemente visible de sus alas. Dobla una esquina y acelero apenas para mantenerlo a la vista. Mi mente repasa posibilidades con rapidez práctica: ¿viajero solitario? ¿explorador? ¿alguien huyendo? ¿alguien empezando? El periódico bajo mi brazo me recuerda que el mundo está tensándose. Que los nuestros comienzan a aparecer en titulares, en cifras, en listas oficiales. Ver a otro caminar así, sin encorvarse, sin fingir normalidad, tiene algo de declaración silenciosa. No sé todavía qué espero encontrar. Una conversación. Un intercambio breve de miradas que diga “te reconozco” sin necesidad de palabras. O tal vez solo confirmar que en esta isla que promete convertirse en eje de rutas y negocios también existen otros como yo, con alas negras plegadas a la espalda y preguntas que no caben en los titulares. Baterilla ya no es solo un punto estratégico en mi mapa empresarial. Empieza a sentirse como un cruce de hilos más íntimos. Y mientras avanzo tras esa silueta oscura, entiendo que este viaje no será tan lineal como había planeado. A veces uno llega a un puerto buscando rutas. Y termina encontrando espejos. RE: El reflejo del espejo [ Pasado | Alek ] - Alek - 02-03-2026 Allí estaba, surcando el aire como una promesa confeccionada hace tiempo, aunque se había ido desmigajando conforme la vida le ponía obstáculos. Por donde se movía sus aleteos se volvían una constante para todo aquel que reparaba en él, como el latido de un corazón que, aunque débil, aun latía con firmeza. Fue consciente de las incontables miradas que atrajo con su ascenso y no pudo evitar lucirse, como un ave majestuosas, mientras daba la espalda a lo desconocido para adentrarse, irremediablemente, a la boca del lobo. Todas eran bocas de lobos hambrientos. Sus ojos danzaban entre las calles lejanas y las que iban pasando bajo su propia figura, buscando, analizando. Queriendo ver. Pero no lo hacía. Habían tantos rostros pero él solo necesitaba reconocer uno y no lo había conseguido descubrir en el navío del que acababa de partir. Cerró los ojos, casi frustrado. Como si aquel intento, por más ganas que le pusiese, fuese inútil. Así no conseguiría nada más que llamar aquella atención que no deseaba. Si habían tan pocos de los suyos era por algo. Decidió descender sobre el empedrado suelo de uno de los callejones de la ciudadela, con el cuidado suficiente como para no estrellar sus alas entre las estrechas paredes que ahora lo sometían y se cerraban sobre él, una vez más. Plegó sus alas, como solía hacer, con la naturalidad con la que alguien cerraba el puño cuando iba a golpear. El olor de la ciudad lo azotó como una mala noticia y, antes de querer descubrir si eran olores agradables o no, se pondría en marcha. Salió del callejón, mirando hacia cada lado como si lo fuesen a atropellar en cualquier momento, viró a la derecha y comenzaría a vagar sin rumbo. Las miradas se clavaban en él, más que en sus alas, en su altura. Recordaba a su padre, lo que quedaba antes de evaporarse de su mente, y este era más alto que su yo actual. - Debería pasar más desapercibido supongo - Mentó virando sus ojos hacia un lado. Caminó, pero sentía las miradas sobre él, incapaz de continuar con aquella desagradable sensación dobló otra esquina y allí seguía. Sus ojos miraron, pero no vieron. Una gran figura, más grande que la propia, la tenía detrás. Apretó el paso, aparentando tranquilidad, sin exasperarse. Llevó instintivamente la mano a su guarda, su arma. - Empezar algo aquí no será muy beneficioso, los marines seguramente aparecerían en un instante - Su mente intentando calcular con sangre fría. Pasó cerca de un puesto, de una calle principal, alargó su mano y arrebató un poncho, grande, demasiado, quizás era una manta. Nadie se ha dado cuenta, quizás era miedo a su figura la razón por la que nadie daba la voz de alarma. Daba igual, necesitaba calmar su mente, definir si realmente alguien lo estaba siguiendo. Quebró su andar, su pie deslizó hacia un lado repentinamente, aventurándose en un callejón más estrecho. Con astucia plegó sus alas alrededor de su propio cuerpo, como si estuviese cubriéndose con las azabaches plumas y, con un gesto, se colocó el poncho por encima. Cubierto en su totalidad, pero más grueso de lo que querría, se paró en la esquina del callejón, asomó su cabeza una última vez antes de salir y enfrentarse a aquella gran figura. De frente, como si no tuviese miedo a descubrir si realmente lo perseguían o era todo una absurda casualidad. Quieto.
Su cuerpo detuvo su movimiento, sus pulmones contuvieron la respiración y sus ojos se negaron a parpadear. Era ella, la que había visto en el barco previamente y que, por algún casual, había perdido de vista. Se quedó allí, intentando asimilar aquello, más rígido que una estatua. RE: El reflejo del espejo [ Pasado | Alek ] - Asherah Bel-Nadin - 06-03-2026 La silueta de alas negras continúa avanzando entre la multitud del mercado central y yo mantengo la distancia con una disciplina casi mecánica. No es difícil perderse aquí si uno quiere hacerlo: El mercado respira con ese caos funcional que sólo las ciudades portuarias consiguen dominar. Él se mueve bien dentro de él. Eso es lo primero que confirmo mientras lo sigo. No choca con nadie. No duda. No se detiene a mirar como lo haría un recién llegado que busca orientarse. Su andar tiene dirección, aunque no parezca tener destino. Y esa seguridad me obliga a afinar aún más la prudencia. Podría haberme detectado ya. No sería extraño. Los nuestros desarrollan un instinto particular para percibir presencias detrás de nosotros. Tal vez porque durante siglos hemos tenido razones suficientes para cultivar ese tipo de vigilancia. Dobla otra esquina. Yo reduzco apenas la velocidad antes de imitar la maniobra. Un grupo de pescadores cargando cajas se interpone entre nosotros durante unos segundos y aprovecho el obstáculo para variar ligeramente mi trayectoria. No seguir exactamente la misma línea suele ser suficiente para disimular una persecución. Cuando reaparezco al otro lado del grupo… lo veo todavía allí. Unos quince metros adelante. Respira tranquilo. Camina firme. Y entonces, de pronto, cambia de dirección. No es un giro natural. Es brusco. Seco. Como si hubiese tomado una decisión en mitad del paso. Durante una fracción de segundo lo pierdo entre dos carros cargados de sacos y el murmullo del mercado se vuelve una pared de sonido que me obliga a concentrarme. Acelero. No lo suficiente para llamar la atención, pero sí lo necesario para cerrar distancia antes de que desaparezca por completo. Nada. El pasaje se abre en tres direcciones distintas y durante un instante me quedo quieta, analizando el flujo de personas, los pasos recientes en el polvo del suelo, la forma en que algunas miradas aún siguen una dirección determinada. Derecha. Retomo la marcha. La calle es más angosta aquí. Las casas se inclinan levemente hacia el centro, robándole al cielo parte de su espacio. El ruido del mercado queda atrás y el ambiente se vuelve más contenido, más casero. Y sin embargo… Él no está. Lo perdí. La constatación llega con una mezcla inesperada de frustración y diversión silenciosa. Bien jugado. No es un movimiento torpe de alguien que se siente incómodo con las miradas. Es una maniobra consciente. Un intento claro de romper la línea de seguimiento. Lo cual significa que, en algún momento, sí notó mi presencia. Suelto el aire despacio mientras continúo caminando con aparente calma. No tiene sentido precipitarse ahora. Si realmente quiso despistarme, probablemente esté observando desde algún punto cercano. La curiosidad sigue intacta. Y ahora se le suma algo más interesante: carácter. Avanzo un par de metros sin prisa. El periódico bajo mi brazo cruje suavemente cuando ajusto el agarre. A mi alrededor, la vida cotidiana continúa con una normalidad que contrasta con el pequeño juego de estrategias que acaba de desplegarse. Pero antes de poder virar el cuerpo para irme a por una esquina... lo veo. Salió de golpe, aunque no me causó sobresalto. Inmóvil. Un poncho —o algo parecido a uno— cae sobre sus hombros ahora, amplio y oscuro, ocultando por completo las alas que antes distinguía con tanta claridad. El tejido es demasiado grande para él, como si hubiese sido tomado a las apuradas. Pero el rostro… El perfil es inconfundible. Incluso con la tela envolviendo su figura, su altura lo delata. Alto. Imponente para la mayoría de los hombres… aunque todavía un tramo más bajo que yo. Lo observo durante un segundo aminorando la marcha. Así que decidió esperar. Interesante. La distancia entre nosotros se acorta con cada paso y puedo sentir la tensión en el aire, esa quietud particular que aparece cuando dos personas saben que están midiendo al otro. No parece agresivo. Pero sí alerta. Lo cual es perfectamente razonable. Después de todo… lo estuve siguiendo. Sonrío apenas para mis adentros. Si quiero que esta conversación empiece bien, conviene desactivar esa sospecha antes de que eche raíces. Reduzco el paso hasta detenerme a una distancia prudente. No demasiado cerca para invadirlo, pero lo suficiente para que la conversación no tenga que atravesar toda la calle. Levanto ligeramente el periódico como si fuese una excusa cualquiera, un objeto cotidiano que justifica mi presencia en la zona. — Curiosa elección de disfraz — comento con un tono tranquilo, casi ligero — Aunque debo admitir que es una mejora respecto a aterrizar en medio del puerto con alas desplegadas, es todo un tema. Inclino apenas la cabeza. No es un gesto de sumisión. Tampoco de desafío. Más bien una cortesía simple, directa. Mis propias alas permanecen quietas a mi espalda, sin ocultarse. No tiene sentido fingir lo que ambos ya sabemos. — Antes de que decidas que soy un problema… — añado con una pequeña sonrisa — debería aclarar algo. Hago un gesto breve con la mano libre, señalando el camino por el que él había venido, luego el mercado detrás de mí. — No te seguía por hostilidad. Una pausa corta. Suficiente para que procese la frase. — Te seguía porque no es común encontrar otro de los nuestros caminando por Baterilla como si fuese la cosa más normal del mundo. Mis ojos se detienen en su rostro con una curiosidad franca, sin esconderla. — Y porque, sinceramente… — mi tono se suaviza apenas — después de escuchar en el muelle que alguien había decidido volar sobre todo el puerto, era difícil no querer comprobar quién tenía esa clase de confianza. La sonrisa se amplía un poco. No es provocación. Es reconocimiento. — Soy Asherah. Extiendo la mano con naturalidad. — Prometo que normalmente no persigo desconocidos por callejones. Hoy fue una excepción interesante. La brisa del puerto llega hasta aquí con un leve aroma salino, moviendo apenas el borde del poncho que cubre sus alas. Lo observo con calma, dejando espacio para que decida qué hacer con la situación. Después de todo… si algo he aprendido en los puertos del mundo es que los encuentros importantes rara vez empiezan con planes perfectos.
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