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[EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - Versión para impresión

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[EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - Voz Seductora - 06-03-2026

[Imagen: xttopqH.png]



[40 de Verano, año 17,
15:42,
Pueblo Baquella, Baterilla]




Pueblo Baquella, en la hermosa isla tropical de Baterilla, abría sus puertas para todos los visitantes en un caluroso día de verano. Sumada a la humedad, la elevada temperatura de la isla producía ese calor pegajoso que se le metía a uno por todas partes, haciendo que el aire se ondulase con lenta parsimonia en los lugares en que más pegaba el sol. Tal era el sofoco que algún ingenuo podía llegar a pensar que había entrado en erupción el enorme volcán que coronaba el centro de la isla, aunque, naturalmente, no; llevaba siglos inactivo, durmiendo plácidamente como un coloso en su nido, y no había visos de que eso fuese a cambiar pronto. La mayoría de las casas estaban encaladas en un característico color blanco, probablemente ideal para lidiar con temperaturas como aquella, cubiertas de hermosos tejados anaranjados y rojizos. Se trataba de una arquitectura de formas sencillas, de líneas rectas y esquinas redondeadas, que se integraban con naturalidad en el rústico paisaje de la isla, que, por lo demás, dejaba que lo salvaje se extendiese por su territorio libremente. El edificio que más destacaba, precisamente por su ruptura con la estética que presentaban el resto de construcciones, era el del Banco Goldreich, que desde hacía no mucho se había convertido en una suerte de soberano de facto en la isla, instalando allí una importante base de operaciones y cristalizando en una muy significativa fuerza laboral. Sobre uno de los acantilados al este del pueblo reposaba el humilde y sobrio cuartel de la Marina, vigilando la isla desde su posición privilegiada, amurallado y hermético. En la lejanía, a no mucha distancia del propio cuartel, se alzaba el enorme faro, icono de la isla, que competía en visibilidad, en un magistral juego de perspectivas, con el mismo volcán. También blanco, refulgiendo como una llamarada bajo el sol resplandeciente, resultaba cegador contemplarlo, incluso de día, cuando su luz estaba apagada.

En el pequeño puerto de la isla, un sinfín de barcos habían empezado a acumularse, fruto de la llamada de la aventura. Por todo Baquella se repartían carteles y folletos con ilustraciones de norias, grandes decoraciones de monstruos marinos estilizados, carpas y montañas rusas; todo cuanto cupiese esperar de una operación empresarial de aquel tamaño. El New Era Joy Park, como se anunciaba aquel lugar, había puesto toda la carne en el asador para que nadie se quedase sin la experiencia de toda una vida, publicitando la enorme inauguración por todas partes. Incluso habían habilitado un ferry que transportaría a los pasajeros desde Baterilla hasta el parque, ubicado en la misma entrada al Grand Line; no habían escatimado en recursos. Era la comidilla del pueblo, claro, como también lo eran las oleadas de recién llegados que habían desembarcado en aquella isla para poner rumbo a una experiencia inolvidable.

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Resultaba evidente que los habitantes de Baquella no estaban acostumbrados a un turismo como aquel, aunque, claro, muchos estaban encantados con la noticia. La apertura del New Era suponía la llegada de numerosos visitantes dispuestos a dejarse sus preciados berries en los negocios locales, desde hoteles hasta cafeterías. Aquel era un lugar humilde, pero cuidado y agradecido para con sus visitantes. Aun así, no faltaba quien, naturalmente, no estaba entusiasmado con la idea, consciente de que el parque podría atraer la atención de grupos de piratas que no tendrían problema en cometer sus atrocidades en la isla. Por suerte, claro, la pequeña base Marine de la isla cuidaba del lugar y mantenía Baquella bajo estrecha vigilancia. Las guardias, de hecho, parecían haberse intensificado con la llegada de todos aquellos visitantes, y no era raro ver Marines patrullando por las plazas y las calles más transitadas del pueblo, compensando su pequeño número de efectivos con orden y disciplina. Afortunadamente, el cuerpo había llamado a nuevos Marines, con el fin de matar dos pájaros de un tiro: por un lado, podrían reforzar a sus compañeros de Baterilla y contribuir a la seguridad de la zona, y, por el otro, deberían investigar exactamente de qué iba aquel parque. La Marina no tenía constancia de aquel lugar, y, dado su estratégico emplazamiento, merecía la pena indagar y ver quién pensaba lucrarse de aquello. Todas las divisiones de Marines que habían llegado a la isla habían sido recibidas por el comandante al frente del cuartel allí instalado, o por alguno de sus súbditos, y habían recibido un dossier oficial en que se les indicaba su misión: mantener la paz y la seguridad en Baterilla, poner rumbo al New Era Joy Park y, por motivos de seguridad, averiguar quién estaba detrás de aquella empresa. El estricto comandante había sido muy claro, además, respecto al seguimiento del protocolo; cualquier Marine (y especialmente aquellos que iniciasen una incursión en las aguas del Grand Line) debía ir siempre adecuadamente uniformado durante sus horas de servicio ("Porque un Marine nunca se representa solo a sí mismo, representa la justicia, y la justicia no va en pelotas ni en camiseta. ¡Y nada de soldados rasos o sargentos llevando abrigos con charreteras, que os veo venir!", había asegurado), identificado con los galones propios de su rango y mostrando el debido respeto a los colores que portaba. El dossier indicaba, además, que cualquier Marine sin la adecuada embarcación podría disponer de una prestada por el propio Gobierno con ocasión de su misión.

En el puerto, un enorme ferry empezaba a exhalar humo desde sus chimeneas. El logotipo del New Era Joy Park brillaba en letras doradas, serigrafiado sobre su casco. Era el tipo de transporte cómodo y seguro que podía garantizar el tránsito hacia los Cabos Gemelos. Junto a las escaleras por las que se podía acceder al barco, en un pequeño stand cubierto del sol por un toldo y abanicado por un ventilador, un hombre con un bigote largo, que le cubría los labios y le llegaba hasta el mentón, repartía folletos y tomaba nota de todos los que subían a bordo, solicitando su nombre, lugar de procedencia y raza. Aquí y allá, algunos Marines de aspecto serio patrullaban el puerto y sus cercanías, estratégicamente apostados en esquinas y lugares que les permitiesen mantener vigilada la mayor área posible, constantemente comunicándose entre sí empleando pequeños den den mushi. A un lado del muelle, un par de pequeñas embarcaciones de velas blancas y cascos de un verde azulado oscuro, pertenecientes a la Marina, se hallaban fondeadas bajo la atenta mirada de los uniformados. Por lo general, sin embargo, el ambiente era de una gran tranquilidad; no abundaban los carteles de wanted en Baquella, y no era algo que pareciese preocupar demasiado a sus habitantes. La mayoría estaban acostumbrados a una vida tranquila, a vivir y dejar vivir, y, siempre que alguien no causase más problemas de los debidos, no solían prestar atención a la recompensa que pesase sobre su cabeza.

Los piratas más aguerridos y que hubiesen sido capaces de obtener su propio navío, así como los Marines capaces de costeárselo pese a sus paupérrimos sueldos, tendrían la oportunidad, si se veían con las suficientes habilidades, de llevarlo hasta la cima de los Cabos Gemelos e iniciar una nueva aventura. Aquellos más prudentes, o que simplemente no hubiesen podido aún permitirse una embarcación adecuada, podrían disponer del ferry que ponía a su servicio el New Era Joy Park, o, para los uniformados, de un barco de la Marina. Pese a la aparente calma, el clima era uno de emoción y anticipación; de alguna forma, todos los presentes sabían que, con su camino hacia el Grand Line, iniciaba una aventura completamente distinta a cualquier cosa que hubiesen presenciado antes. La vida antes y después de los Cabos Gemelos, para bien o para mal, jamás era la misma.



Resumen

Bienvenida



RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - Hasegawa Shin - 06-03-2026

Ah... el calor, uno de los mayores enemigos del joven marine, agitando sus sentidos incluso en medio del ajetreado día que tenían por delante, pues consciente del sitio al que irían entre la vaga información que alguien sin plenos estudios del mundo disponía, entendía que un viaje volviendo sobre los pasos dados no era posible, y si bien, la cantidad de gente aglomerada en el puerto de Baquella indicaba un hecho de características más bien grandes, el conjunto de factores en su totalidad le generaba un muy pequeño titubeo interno.

Junto a la División Setentaicinco, próximos al navío de nombre Tempestad, adquirido recientemente gracias al esfuerzo conjunto del grupo marine, realizaban los últimos preparativos previos a desembarcar rumbo a tierras desconocidas, de las que sólo escuchó rumores, leyó información en periódicos o imaginó en sus tiempos libres, pensando sobre el mundo y su inmensidad, en los sueños que murieron junto antiguos compañeros...

...pero renacieron gracias a los nuevos.

Se tomó sólo un instante para apreciar el camino recorrido, las cicatrices y sus derrotas, las victorias que le siguieron después, una vez el destino pareció torcerse levemente a su favor. Fue en ese momento ínfimo que rebuscó debajo del pañuelo azul decorando su impoluto uniforme protocolar, sujetando con firmeza el collar que le fue regalado por su familia. Pese a las diferencias con los dogmas impuestos por su clan, recordaba aquella joya con cariño, pues estuvo presente en juramentos pasados y presentes, promesas de seguir adelante sin importar el costo, de volverse muchísimo más fuerte que antes, siempre disponiendo su fuerza en favor de quienes no podían defenderse por sus propios medios. De la justicia.

En esa misma línea de pensamientos, con el mar a la vista, el ferry decorado con la publicidad del nuevo destino turístico llamado New Era Joy Park, y la enorme hilera de navíos listos para iniciar una nueva aventura, recordó a todos con quienes compartió un breve espacio en su vida, una esperanza renovada tras el fatídico día en que lo perdió todo. Esa sola idea le hizo apretar con más fuerza su collar, los ojos cerúleos del marine reflejando no sólo las bellas vistas que contenía aquel inmenso espacio a la distancia, sino también, las memorias lúcidas acumuladas.

Recordó a la Marea Azul y un combate donde entendió que incluso entre enemigos se pueden encontrar ideales aliados. A Ruri, quien lo ayudó a provocar la caída del tiránico Minato, incluso a Voleto, quien cedió en su cabezonería para proteger su seguridad y la de sus amigos. Cada sitio visitado volvía con tintes nostálgicos, como un fiel recordatorio de que incluso aunque el momento presente se sienta ideal, feliz o cómodo...

El mundo siempre seguirá en movimiento.

La gorra del albino lo protege del sol, sus gafas negras le recubren los ojos, bien ocultos tras ese vidrio refinado, y fue con esa idea que finalmente se giró a su División. Ellos representaban la idea del movimiento, de intentar enterrar a los fantasmas del pasado y continuar con el brillo que acostumbraba, incluso si algunas personas se negaban a abandonar su cadena de pensamientos diaria. Pero viéndolos a ellos, decidió que si iba a disponerse a realizar semejante servicio al Gobierno Mundial, lo haría en el punto más alto de sus capacidades, y en vez de sumarse tristeza o culpa, los utilizaría de motor.

Al menos por un día.

—¡Bien, bien! ¡Espero que hayan dejado todo listo! Después de tantos días sin verles las caras me estaba acostumbrando a estar solo... —bufó, hablando a toda la División y acercándose a ellos. Lo curioso es que tras el mensaje dado por el comandante hacia la totalidad de los marines, junto al dossier con las indicaciones, dieron el protocolar patrullaje por la zona, tratando de hacer la debida presencia para evitar conflictos y demostrar que la seguridad era fundamental en un evento tan convocante como aquel, así que no tuvo demasiado tiempo para estar junto a ellos desde la llegada de los cuatro a Baterilla. Se estuvo preparando desde el anuncio del parque, en mente y cuerpo.

La odisea de ChoiChoi, Nyri, Kael y el nuevo recluta (a ojos de Hasegawa) Dimitri le fue comentada, y le sorprendió un detalle fundamental en relación a su amigo de la infancia. ¿Así que el pelinegro se había adjudicado la labor de líder? Interesante, ¡muy interesante! La sonrisa soberbia del albino era incapaz de ocultarse, como un depredador relamiéndose los dientes para notar el filo antes de asestar una mordedura letal.

—Hey, 'capitán'. —dijo, con ironía, picándole en la cercanía, torturándolo con su aroma a perfumes de millonarios —No recuerdo que me hayas vencido para reclamar ese puesto... —sugirió, moviendo su cuerpo de manera... caricaturesca, fiel al estilo tan egocéntrico y animado que siempre ha mostrado. —¡No voy a recibir órdenes de alguien más débil que yo! Me niego, así que puedes mandarles a ellos pero yo haré lo que mejor sé hacer. —entonces se dio la vuelta, cruzado de brazos y emulando una pose que a su imaginación, resultaba molona. —¡Ganar! —¿a quién? No lo sabía, ni siquiera existía una contemplación real de enemigos en el parque de atracciones, la misión era de algo que apuntaba a su máxima debilidad en el trabajo ejercido hacia el Gobierno Mundial; Investigar. Por ello tenía expectativas bajas, muy a pesar de que se mostraba animado, su vibra habitual.

Al fin y al cabo, era experto en mantener las apariencias.

A pocos metros se encontraba el navío que utilizaría la División Ochenta, Shin se enteró que el plan mediado por Kael era ir en conjunto a ellos. De los nombres que le comentaron sólo conocía al hombre que consiguió vencerlo, el primero y único desde la obtención de su fruta del diablo, Enji, así que guardaba respeto por ese conjunto de marines si el albino estaba con ellos. Le generaba intriga conocer al resto, pero le dejaría el trabajo administrativo a Omuyaga, digamos que para eso... no le molestaba que sea visto como la voz principal del grupo, aunque lo negase en cada oportunidad que se le presentase.

—Partiremos cuando estén listos. Si hay problemas, síganme, mientras yo esté presente dudo que alguien sea capaz de vencernos. —indicó a la setentaicinco mientras se ajustaba las gafas de sol, completamente listo para zarpar hacia lo desconocido, junto al barco Tempestad. Hasegawa no se movería de esa posición, a unos diez metros del navío, aguardando la señal para iniciar el viaje en dirección al New Era Joy Park, y más que dispuesto a... no colaborar en los preparativos, pues así como su ego, la pereza en el albino de ojos cerúleos era una virtud, sí, a su perspectiva, virtud, que siempre debía presumir.

Y por supuesto que vestía el uniforme reglamentario, la gorra, el pañuelo, los pantalones y la camisa blanca de mangas cortas que lo ayudaba a tolerar el calor, todo en su sitio, con los debidos emblemas representando a la marina y a su división, la valerosa katana Shirogiri adornando su cintura, además de ciertas provisiones en el interior de los mencionados ropajes. ¿A quién se le ocurriría incumplir esas normas?

Bueno... se le pasó por la cabeza, quería ir con su haori, pero fue convencido quien sabe cómo en el proceso. Supuso que así sería en los días importantes para la marina. Al final de todo, y echando la vista atrás, tampoco se podía quejar de su actualidad.

Tenía una nueva oportunidad de protegerlos a todos.

Info



RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - KuroVongola - 07-03-2026

El calor de la isla me golpeó con fuerza apenas puse un pie en Baquella. El aire era denso, húmedo, y parecía quedarse pegado a la piel. Durante unos segundos me quedé quieto, observando el lugar con calma. Resultaba extraño estar allí otra vez. No hacía tanto tiempo que había abandonado esa misma isla rumbo a otra aventura, y sin embargo ahora estaba de regreso, caminando por las mismas calles que había dejado atrás semanas antes.

Aquella sensación era difícil de explicar. Parte de mí sentía que apenas había pasado tiempo desde que me marché, como si todo hubiese ocurrido en unos pocos días. Pero al mismo tiempo, lo vivido entre ese momento y ahora hacía que pareciera mucho más lejano. El viaje, los problemas, los combates… todo eso había dejado su marca. No era exactamente la misma persona que había partido desde ese puerto tiempo atrás.

Comencé a caminar por las calles de Baquella con paso tranquilo, observando el pueblo mientras avanzaba hacia el puerto. Las casas blancas reflejaban la luz del sol con intensidad, y los tejados rojizos parecían casi brillar bajo el cielo despejado. El calor hacía que el aire ondulara ligeramente en la distancia, creando esa ilusión de movimiento constante que aparecía cuando el sol golpeaba con fuerza el suelo.

El pueblo parecía más animado de lo que recordaba. Había más gente en las calles, más movimiento, más voces. Visitantes caminaban de un lado a otro observando los carteles y folletos que estaban colgados por todas partes. Las ilustraciones mostraban enormes atracciones, monstruos marinos y estructuras gigantes que prometían diversión y espectáculo. El nombre del lugar aparecía repetido en todos ellos, New Era Joy Park.

Había escuchado conversaciones sobre ese lugar durante el viaje de regreso. Algunos hablaban con entusiasmo, otros con curiosidad. Un parque enorme cerca de la entrada del Grand Line, algo que parecía sacado de una historia exagerada. Pero por lo visto era real, y la cantidad de visitantes que habían llegado a la isla lo demostraba.

Seguí caminando hacia el puerto, aunque no podía negar que mi sentido de la orientación me jugaba malas pasadas. Por un momento me desvié, tomando un callejón equivocado y sintiendo que me había perdido entre las casas blancas y los tejados rojizos. Sin embargo, pronto reconocí un par de puntos familiares y retomé el rumbo correcto. Mientras avanzaba, mi mente repasaba brevemente las últimas semanas y todo lo que había recorrido. No era necesario detallar cada experiencia para saber que el camino no había sido fácil: obstáculos inesperados, combates que podrían haber terminado mal y situaciones que pusieron a prueba no solo mi fuerza, sino también mi juicio y resistencia. Cada isla visitada había dejado algo diferente: a veces conocimiento, otras cicatrices visibles o invisibles, y en ocasiones solo recuerdos que quedaban grabados en la memoria. El mar parecía siempre tener nuevas pruebas esperando, y de algún modo, cada una de ellas me empujaba un poco más adelante, aunque mi propio sentido de la orientación me recordara que incluso los pasos más sencillos podían complicarse.

Cuando el olor a sal comenzó a dominar el aire supe que el puerto estaba cerca. Poco después, al doblar una esquina, el paisaje se abrió frente a mí. El pequeño puerto de Baquella estaba lleno de actividad. Barcos de distintos tamaños se balanceaban suavemente sobre el agua mientras marineros y viajeros caminaban de un lado a otro cargando equipaje o descargando mercancía. Pero había algo que destacaba por encima de todo, el ferry.

Era imposible no verlo. La embarcación era enorme, mucho más grande que la mayoría de barcos presentes en el puerto. Su casco estaba decorado con grandes ilustraciones y letras doradas que formaban el nombre del lugar al que se dirigía. Desde donde estaba podía leerlo con claridad, New Era Joy Park.

El diseño del ferry era llamativo, casi exagerado. Parecía más una atracción flotante que un simple barco de transporte. Grandes imágenes de atracciones, criaturas marinas y estructuras fantásticas cubrían los laterales del casco. No había duda de que querían llamar la atención de cualquiera que lo viera.

Avancé hacia la pasarela de acceso mientras observaba el movimiento de los pasajeros que ya estaban subiendo a bordo. Justo antes de las escaleras había un pequeño stand cubierto por un toldo que intentaba proteger del sol a la persona que estaba sentada detrás de la mesa. Un ventilador giraba lentamente moviendo el aire caliente sin demasiado éxito.

El hombre que atendía el puesto tenía un bigote largo que le cubría los labios y descendía hasta el mentón. Frente a él había una libreta y varios folletos apilados. Cuando me acerqué levantó la mirada y tomó una pluma para comenzar a anotar.

—Buenas tardes. Antes de subir necesito registrar algunos datos.—

Asentí con tranquilidad.

—Adelante.—
—Nombre.—
—KuroVongola.—

La pluma comenzó a moverse sobre el papel.

—Lugar de procedencia.—
—Nací en la isla Dawn, en el East Blue. Vine al South Blue en busca de aventuras.—

El hombre levantó la vista un momento antes de seguir escribiendo.

—¿Ha estado viajando por esta región?—
—He pasado por varias islas. La última fue Centaurea.—

La pluma volvió a moverse.

—Raza.—
—Humano.—

El hombre terminó de escribir y dejó la pluma sobre la mesa antes de extender uno de los folletos hacia mí.

—Perfecto. Puede subir cuando quiera. El ferry partirá cuando termine el embarque.—
—Gracias.—

Tomé el folleto y me aparté del stand para dirigirme hacia las escaleras del ferry. Antes de subir, sin embargo, noté algo que no había pasado desapercibido desde que llegué al puerto. Varios soldados de la Marina patrullaban la zona, distribuidos en diferentes puntos del muelle y las calles cercanas. Algunos caminaban en parejas mientras otros permanecían quietos observando el movimiento de los visitantes.

Cuando me acerqué a la pasarela uno de ellos cruzó frente a mí. Durante un segundo nuestras miradas se encontraron. El marine me observó con atención, como si estuviera tratando de recordar de dónde conocía mi rostro. Era posible que lo hubiera visto antes. No era la primera vez que coincidía con miembros de la Marina en mis viajes.

El soldado no dijo nada. Solo me dedicó una mirada seria que parecía decir lo suficiente por sí sola.

No causes problemas.

Respondí con una leve inclinación de cabeza antes de continuar caminando hacia la pasarela.

Subí al ferry y la estructura metálica resonó levemente bajo mis pasos mientras avanzaba hacia la cubierta principal. Una vez arriba pude apreciar mejor el tamaño de la embarcación. Era enorme. La cubierta estaba llena de pasajeros que conversaban entre ellos, observaban el puerto o examinaban los folletos del parque con evidente entusiasmo.

Algunos señalaban las ilustraciones de las atracciones mientras hablaban animadamente. Otros simplemente disfrutaban de la brisa marina apoyados en la barandilla. Había personas de distintos lugares, cada una con sus propios motivos para estar allí.

Caminé hasta uno de los lados de la cubierta y apoyé los brazos en la barandilla para observar el puerto desde arriba. Desde esa posición podía ver el muelle completo, los barcos más pequeños, los marines patrullando y la gente que todavía seguía llegando para subir al ferry antes de la salida.

El ambiente estaba lleno de expectación.

Era evidente que muchos veían este viaje como el inicio de algo importante. Tal vez lo fuera. Más allá de esas aguas se encontraban los Cabos Gemelos, y después de ellos el Grand Line. El mar más peligroso del mundo. Un lugar donde las historias de aventureros se convertían en leyendas o terminaban abruptamente.

Mis ojos se dirigieron hacia el horizonte mientras el viento del mar movía ligeramente mi ropa.

El ferry todavía no había zarpado. Las últimas personas seguían subiendo a bordo mientras los trabajadores del barco se movían por la cubierta preparando todo para la salida. Solo era cuestión de tiempo antes de que levantaran anclas y comenzara el viaje.

Por ahora, solo quedaba esperar.

OFF



RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - Enji - 07-03-2026

Llegó el día. El gran día.

Baquella sufrió el peor de los asaltos.

A sus costas llegaron en tropel, cabalgando preciosas goletas, veloces carabelas, enormes veleros, y prácticos balandros. También, algún que otro bote de remos, noble vehículo de las generaciones humildes, acabó tristemente hundido a las puertas de la isla, orgulloso, sin embargo, de cumplir su último cometido antes de descender al milenario casillero. Jubilosos y desvergonzados bastardos soltaron el ancla a cuestas de sacrificios como ese. Invasores que pisaron fuerte las tablas del muelle, irrumpiendo impetuosamente en el corazón de la isla, en el humor de su gente y en sus bolsillos. Las calles se atiborraron de rostros, rostros nuevos y extraños, llamados al caos de la novedad. La euforia de lo llamativo se propagó, empapelando en colores intensos y brillantes las otrora blancas e impolutas paredes del pueblo. Norias y montañas rusas se convirtieron en tema de conversación allá donde parase la oreja. Se polarizaron las opiniones, divididas entre quienes abrazaban el nuevo activo que traería inversión y dinero a la isla, y quienes temían las consecuencias de colocarse bajo el foco. Tomar el spotlight del Mar del Sur y caer víctimas de las polillas.

La transformación ocurrió de forma paulatina. Enji lo presenció, día a día. La llegada de los barcos, los carteles, los folletos. El efervescer de la emoción y la expectativa. Todo crecía y crecía, descontrolado y exponencial, a medida que se acercaba la fecha. Se tachaban con fuerza los días del calendario para tratar de acelerar el tiempo. Los niños corrían y vociferaban sus futuras proezas, contando la cantidad de veces que se subirían a la montaña rusa, cuán alto irían en la noria, cuánto algodón de azúcar se comerían y cuánto aguantarían sin vomitarlo. Cosas de niños inocentes, totalmente ajenos a la preocupación que se cernía sobre algunos padres. La esperanza de tener un buen ingreso gracias al movimiento turístico, la necesidad de aprovechar esa repentina temporada alta para llenar sus arcas de cara a un invierno más cruel, el temor a lo desconocido; factores que se sumaban y, juntos, sofocaban al obrero, al carnicero, al comerciante. Demasiadas cosas se definirían el día de la gran apertura.

New Era Joy Park. Detestaba el nombre, pero debía admitir que habían hecho un buen trabajo al venderse. La mitad de la población del South Blue parecía haberse concentrado en Baterilla. Habían picado de su anzuelo y ahora tenían la atención de todos, tanto la buena… como la mala. Para eso estaba allí la marina, patrullando diligentemente las calles y callejones de la ciudad portuaria mientras, por debajo de la mesa, ordenaba una investigación.



—No puedo creer que me quitaran mi día libre para esto.

Tiró del nudo que aferraba el pañuelo azul a su cuello y lo aflojó un poco. Su rostro era una mezcolanza de cansancio, asco y frustración mientras sostenía un cigarrillo apagado con la comisura de sus labios, lo que forzaba en su voz un tono pastoso. El dossier había llegado a sus manos esa misma mañana y echado por tierra sus planes, lo que condicionó su humor el resto del día. Estaba decididamente enojado.

La verdad sea dicha, Enji pensaba aprovechar ese día libre justamente para ir a conocer el parque del que todo mundo estaba hablando, pero que se lo impusieran como un trabajo le quitaba toda la magia.

—¡Me quería subir a esa maldita montaña rusa! —chilló con los brazos levantados, reclamando al cielo por su desgracia. Después posó el codo de su brazo derecho en su rodilla y descansó el mentón sobre la palma, ofuscado, mirando al costado—. Encima me obligan a usar este pañuelo de mierda. ¿Que soy? ¿Un boy scout de esos? —Se quejó, como lo había hecho todos los días desde que se intensificaron los controles respecto al uso del uniforme—. ¡Juanchooo!

El lastimero alarido fue acompañado del mecer de su cabello. De lado a lado se movían las hebras blancas, acompañando el ritmo del andar, lento pero seguro, de su compañero de división convertido en tortuga. Y es que Enji, haciendo gala de su facilidad natural de mentir e inventar, convenció a Juan Sebastian de que le estaba cargando unas mochilas sobre el caparazón cuando, en realidad, era el mismo Enji quien se había sentado encima suya, con las piernas cruzadas en postura india mientras Ford, su pequeño gato blanco, descansaba sobre ellas.

—Rubiales, Juancho, tienen que volver a mostrarme esas habilidades místicas que aprendieron en Karate. ¿Podrá ser, hermano? Un año entero estuve en esa isla y por dos semanas que están ustedes, vuelven con movimientos extraños de yoqueserate jayocobo. Ustedes hicieron algún favor extraño ahí —acusó, con la mirada aguda y los dedos de su mano izquierda acariciando a Ford—. O no me lo explico.

Se sacó el mechero de detrás de la oreja, lo encendió y dió vida a su cigarro, cuyo extremo se iluminó con la brasa anaranjada. Después cerró de nueva cuenta el mechero con un sonoro clack metálico.

—Que calor asqueroso… —dijo, y exhaló humo.

Sentado sobre Juan, por su estatura en forma completa, Enji estaba notoriamente por debajo de la línea de visión estándar. Todo lo que veía eran —y sin buscarlo él—, culos, la multitud yendo y viniendo alrededor al puerto y, de fondo, el mar, que se proyectaba en la lejanía hasta fundirse con el cielo. La inclinación natural del pueblo favorecía esa visión, convirtiendo las docenas de personas en el puerto en una miríada de pequeñas cabezas que se movían como un mar de cuentas de colores.

A falta de un barco propio, suyo, de ellos —maldita fuera la pobreza de sus acotados sueldos—, la División 80 viajaría en uno de los dos barcos puestos a disposición por el cuartel.

—Oi, eh, yo conozco a ese. —Enji estiró el cuello hacia arriba cuando creyó haber reconocido una cabellera blanca cerca del barco que era su destino—. ¡EH, SHINCHAN! —llamó con un estruendoso grito que despertó a Ford—. ¡Por aquí, cara de nalga! ¿No les conté de él, chicos? —Volteó a mirar a sus compañeros y les guiñó el ojo—. Es un tocayo.

El uniforme lucía pulcro sobre sus hombros, la gorra tratando de controlar sus desgastados cabellos y el pañuelo, aunque menos tirante que antes, todavía colgaba de su cuello. Los Jarngreipr fijos en su lugar, el Den Den Mushi dentro del bolsillo de su chaleco y a su lado la brújula. Demasiadas cosas. Demasiada tela. Ya le estaba empezando a picar el cuerpo.

Off



RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - Kazan - 07-03-2026

El puerto de Baquella no estaba preparado para Kazan, ni para lo que se le venia encima; no en el sentido metafórico si no literal. Y Kazan lo sabía, claro que lo sabia. No era arrogancia ni ideas de que el era superior a todos. Era geometría y matemática aplicada al tamaño de los que allí iban. A diez metros de altura sus pasos marcaban el suelo allí por donde pisaba, dejando huellas que bien podria ocupar dos o tres pies de una persona de tamaño normal. La sombra que proyectaba bajo el sol era enorme, casi parecía una sombrilla viviente para las dos personas que caminaban con el. A diez metros de altura Kazan aguantaba el calor veraniego de forma diferente, allí arriba no había toldos que lo amparaban de los rayos incesantes del sol.

Se encontraba fumando, por supuesto que fumaba ya que la situacion lo ameritaba, eso y que necesitaba matar los nervios. La pipa descansaba entre los dedos de su mano izquierda aunque de vez en cuando se la llevaba a la boca para darle una calada larga y tranquila y de cada calada salía una nube blanca que era rápidamente dispersada por el viento. A su derecha Seraphine y a su izquierda Mizuki. Los tres avanzaban hacia el muelle con una cadencia que era, aparatosa. Tres individuos que median dos metros y medio, tres metros y medio y diez metros entre tanta gente de tamaño normal, para ellos pequeños. ¿El peso combinado de los tres? Mejor no lo hablamos, pero la sutileza no formaba parte de su apellido. "Somos discritos, muy discretos." La ironía le salio sola y en voz baja, para que solo lo escuchara sus compañeras. No había forma de que un individuo azul de diez metros pasara inadvertido en ningún puerto del mundo y si le sumamos una gyojin amarilla y una alada rosa no mejoraba el asunto y mas donde los marines patrullaban con esa cadencia. Los vio distribuidos desde lejos a todos, quizas por eso pudo evitarlos aun haciendo ruido, antes de que lo vieran a él.

Y entre todos esos marines la vio, apareció una cabellera blanca.

Sus ojos dejaron de patinar entre los uniformes de los marines y se fijaron en uno solo. Unos dieciocho metros separaban su posición actual de la silueta apostada junto al barco de casco azul marino. No necesitaba medir con precisión para saber quién era. La posición, las gafas oscuras, la katana al cinto y por suerte no estaba lanzando rayos.

Hasegawa Shin.

La mano derecha de Kazan subio para encontrarse con su callar y lo apretó entre sus dedos. No era miedo, el habia conocido el miedo y sabia cual era la sensacion. Era un recuerdo amarco mas bien. Recordó aquel enfrentamiento en el embarcadero y como la luz atraveso su carne, huesos y musculos. Dio una calada larga. -Por las profundidades...- murmuró, demasiado bajo para que nadie lo escuchara como otra cosa que una exhalación, su mano esta vez subio a sus cuernos, acariciandolos pensando. Su mirada bajó hasta Seraphine, a su derecha, luego a Mizuki. La División Corriente Libre no había llegado hasta aquí para convertir un muelle en un campo de cuentas pendientes de uno de los integrantes. -Escuchad bien, ese marine de allá y yo tenemos historia y quizas alguna cuenta pendiente.- Con la mirada bastaba, cualquier gesto brusco por parte de el llamaba mucho la atencion. -No nos conviene cruzar palabras hoy. Vamos al registro, damos los nombres, subimos al ferry y ya.-

Avanzó hacia el stand con lentitud y cuidado. -Muy buenas, caballero- Comentaría en voz baja para no llamar demasiado la atención y no importunarlo. Kazan se puso en cuclillas, reduciendo su silueta a algo menos enorme y apoyó los codos en las rodillas con la pipa todavía entre los dedos, el Kanaboo en su espalda. -Solo quiero registrarme para subir. Mi nombre es Kazan un Wotan el South Blue.-

Tras eso avanzaría hacia el ferry esperando a mis compañeras dentro del mismo.

[Imagen: Mxooys3.jpeg]


Resumen


Karmas



RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - Seraphine Soyer - 07-03-2026

El rostro de Seraphine parecía haber tenido mejores días, o eso creía la pelirosa.

Pasando de un ánimo exagerado a poder participar con sus compañeros en lo que parecía ser uno de los mejores viajes de su vida, pudiendo cruzar al Grand Line para conocer mejor islas tras tanto tiempo en cautiverio, expulsando una energía exagerada y una sonrisa que no tenía mucho que envidiarle a la felicidad, a convertirse en un zombi drenado de su energía.

Demasiada gente.
¿De dónde había salido tanta gente?

Resultó ser un enorme choque que la mente de la arquera no pudo computar muy bien, rodeó la enorme figura de Kazan, para agarrar la mano de Mizuki, apretandola con fuerza, necesitando unos minutos para respirar, llevaba más de un año siendo libre, pero todavía existían cosas que resultaban ser demasiado para sus neuronas, por más exposura que tuviera y la presencia de marines no ayudaba demasiado para la revolucionaria, aferrándose a su conocimiento de no poseer un cartel o ser conocida como una criminal para mantenerse calmada más o menos, aunque eso no evitará que alzase un poco su pulso cada vez que pasaba cerca de uno si es que pasaba.

—No me siento muy bien.

Pensó, más pálida de lo normal y apoyándose un poco en la gyojin, concentrándose en unos cuantos ejercicios de respiración, contando hasta diez, siendo muy diferente a la cantidad de personas que veía a diario en una de las antiguas fiestas de su amo.

—Agua— Pensó tras poder exprimir algo de energía de las neuronas deshidratadas que poseía. —Toca conseguir agua una vez en el barco— Llevó ambas manos a sus mejillas, masajeando en círculos, y volvió a tomar la mano de Mizuki, encontrando refugio en la sombra del gigante, encontrándolo reconfortante y tosió un poco por culpa del humo, frotando sus nudillos un poco entre sí, siendo en ese momento que la voz del capitán de la Corriente Libre llamó su atención, inclinando un poco su cuerpo hacia un lado para poder verlo mejor.

No lo miró por demasiado tiempo, más por paranoia debido  a su mala suerte, no queriendo llamar la atención del albino, y esperó que fuese su turno, escribiendo su respuesta en papel y lápiz. —Seraphine Soyer, Sorbet— Mintió, al no saber muy bien de dónde provenía, culpando sus problemas de memoria. —Skypean— Sintió algo de aire colarse entre sus plumas y, una vez registrada, soltó a Mizuki, para caminar hacia Kazan, colocando su mano sobre la pierna más cercana, entrando así en el ferry, con una enorme sonrisa, mientras sus ojos se humedecen un poco; le costaba creer que estaba avanzando tanto desde que era libre.

Off



RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - Ryota Miyamoto - 07-03-2026


La expectativa llenaba las calles de Baquella por doquier, decenas de niños, adultos e incluso ancianos se mostraban entusiasmados por la inauguración del New Age Joy Park. El ambicioso parque de diversiones que llenó el pueblo, en un abrir y cerrar de ojos, con volantes promocionales que prometían a cualquiera que tuviera la fortuna de leerlos un día inolvidable, rodeado de increíbles atracciones, juegos y mucha diversión.

No fue sorpresa que tal evento llamara la atención de tantas personas. La isla, hasta entonces tranquila, se había convertido en un destino turístico, el cual se llenó de todo tipo de visitantes, algunos deseados por su dinero, otros no tanto por su comportamiento. Sin embargo, el cuartel de la marina supo encargarse del incremento en la población, enviando a varios uniformados a patrullar las ahora concurridas calles, velando por el orden cordial entre los recién llegados y los lugareños.

Los marines hicieron un trabajo excelente, tanto que en los días que transcurrieron hasta la inauguración del parque fueron pocos los altercados que surgieron. Una que otra pelea callejera y desacuerdos menores, pero nada que requiriera atención de la fuerza inmediata. Demasiado tranquilo, ¿no? Y es que en Baterilla, si no causabas problemas, podías disfrutar del día a día, aunque fueras un criminal con recompensa por tu cabeza.

Por esa razón, el pirata de cabellos castaños, Ryota Miyamoto, se encontraba el mismísimo día de la inauguración caminando con total normalidad entre las personas que transitaban una de las calles cercanas al puerto, apenas cubriendo su apariencia con una gorra sobre el cabello y unos lentes de sol.

“Por fin es hoy; estuve esperando esto por tanto tiempo…”

Sus piernas avanzaban, al mismo tiempo en que una gran sonrisa se plasmaba en sus labios tras una bomba de chicle que se inflaba.

Detrás de él, la tripulación de los Hanu Mahana venía a sus propios ritmos encaminados al puerto. “Esto será un antes y después en nuestras vidas, será el primer paso para avanzar en nuestros anhelos.” Decía esperanzado, sabiendo perfectamente lo que él y sus nakamas se jugaban, un pase, una oportunidad para adentrarse a una verdadera aventura.

“Hoy por fin…”



“Voy a subirme en una montaña rusa.”

Y es que, desde el primer momento en que Ryota dio con uno de esos volantes promocionales, lo supo. Ese era el siguiente destino al que se dirigirían como tripulación.  “Claro, de paso también avanzamos gratis a los cabos gemelos, es ganar, ganar KEKEKE” Mentía; aunque tuviera que pagar o el parque de diversiones quedara en sentido contrario, movería mar y tierra con tal de ir.

Tras la breve caminata, la tripulación pirata con vestimentas que reflejaban el asfixiante calor de la temporada llegó al puerto.

El número de personas sobrepasaba por mucho cualquier recuerdo que Ryota tuviera de su vida como habitante de la isla. Pero lo que en realidad llegó a sorprenderlo más que eso, fue el gigantesco ferry que se alzaba frente a la vista de todos. “Waos…” Apreció el navío, sus acabados, el logo, todo lo que a simple vista pudiera admirar, pues soñaba con tener un barco así de increíble.



“El nuestro será aún más llamativo.”

Declaro junto a sus compañeros, no en tono juguetón ni bromista. Quienes ya lo conocían sabían que cuando se trataba de sus ambiciones, Ryota siempre hablaba en serio.

Aun apreciando el enorme barco, lidero el camino en dirección a la zona de abordaje. Se trataba de un pequeño stand cubierto por un toldo, en el que un hombre con gran bigote parecía preguntar algunos datos de identifi…



“¡A la ver$#”$ ese bro mide casi 10 metros! no mames…”

No pudo evitar fijarse en el gigantesco hombre de piel azul que se encontraba ofreciendo sus datos al inicio de la fila. Era la primera vez que veía a un gigante con cuernos y ese tono, de piel.

Pasada la sorpresa y ya en la fila, el castaño pensó en mentir mientras llegaba a su turno. “Quizás nos evitemos problemas… aunque seguro Tezca va a dar su nombre de todas formas…” Suspiró ante el recuerdo de su compañero, pero no podía culparlo; de seguro él también fanfarronearía si su recompensa fuera así de alta.

“Ryota Miyamoto.” Respondió a su nombre.

“Isla Baterilla.” Dio su isla natal.

“Humano” Y finalmente su raza.

Luego recibió el folleto con la diestra y lo agitó frente a su rostro para darse un poco de aire, intentando aliviar el bochorno. Avanzó un par de pasos esperando al miembro de su tripulación que viniera detrás de él para susurrarle al oído. “Te apuesto 10 mil berrys a que Tezca se va a molestar porque no sepan quién es para pedirle su nombre KEKEKE.” se burló por lo bajo, esperando que su compañero aceptara la apuesta para ver el resultado, antes de avanzar por las escaleras hasta la cubierta del barco.

Una vez en la cubierta, se ubicó de espaldas junto a la barandilla para esperar a los compañeros que fueran abordando. No quiso seguir observando el puerto de Baquella, si por casualidad pasaba algún antiguo conocido y lo reconocía, no quería darles problemas a sus padres. “Quién diría que ya habían puesto un banco aquí… ojalá papá no le crea a esos banqueros, son peores ladrones que yo…” Mientras divagaba en sus memorias, se quitó la gorra para arreglarse el cabello hacia atrás, procurando mantener su peinado. Luego volvió a colocársela con cuidado.


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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - Yuuki - 07-03-2026

Musiquita

Luego del té de la mañana al despertarse, al fin había logrado unirse con el grupo de Ryota. Y no podía creer que casi a todos ya los había visto en el pasado. Runin una vez salvó su vida y la de su hermano, Barald tuvo con ella una aventura huyendo de un problema que ella misma provocó, a Tezca... bueno... con Tezca pasaron cosas. Y al único al que no conocía bien era a Wyatt, a quien trataba de tener cerca tan solo en caso de que le diera por saltar encima de los Marines. Pero se suponía que ahora iban a hacer parte del mismo grupo de aliados. O eso fue lo que le prometió Ryota, a quien ella seguía lealmente justo detrás en el puerto de Baquella.

Para esos días, desde que había llegado a Baterilla, Yuuki estaba un tanto incómoda. Y aunque su comportamiento seguía estando calmado, se le notaba que miraba a los Marines que había por allí -y que no eran pocos- con muy mala cara. Incluso se aferraba a las orejas de su mochila, donde cargaba sus pistolas envueltas en un trapo, para lidiar un poco con el estrés que le causaba ver a tanto fanático de la "justicia" caminando por el puerto que la vio crecer. Y mientras lo hacía, sus dedos tamborileaban sobre estas mismas orejas en un ritmo ascendente. Tap, tap, tap.

Escuchaba a Ryota hablar y asentía con una sonrisa a lo que decía. Subirse a la montaña rusa sonaba, ciertamente, entretenido. Aunque ella iba más por la emoción de compartir con otras personas, especialmente a estos que empezaba a ver como sus amigos pese al corto tiempo compartiendo.

Quería divertirse y pasarlo bien con todos. Un momento, ¿Ese era Shin? Maldito Marine. Maldito uniforme. Pero era tan guapo. ¿Seguía en Baterilla? Ojalá no la reconociera o iban a tener problemas. El idiota sabía bien que ella era una pirata. Se ocultó entre el grupo que iba con ella para no llamar su atención; tan solo para luego ver el barco del ferry escuchar a Ryota afirmar sobre el barco que ellos mismos tendrían en el futuro. Era un sueño hermoso. Tener un bote para ellos mismos.

Avanzando, llegaron al registro y sí, había un gigante allí. Pero Yuuki no se fijó en él, sino en la chica alada de tres metros a su lado. ¡Esa era Seraphine! La reconocería en donde fuera. Era muy parecida a su madre. Y aunque quiso correr a saludarla, había mucho Marine por allí y no sería nada bueno exponerse sin necesidad. Pero ahí estaba Ryota dando su nombre completo al bigotudo del registro cuando Seraphine y los suyos -el gigante y la Gyojin de color naranja- terminaron de registrarse. La birkaniana no pudo hacer más que darse una palmada en la cara y avanzar para regañar a su capitán.

—¡Es que eres idiota! —Pero ya era tarde. Y ahora el bigotudo le estaba pidiendo datos a ella. Rindiéndose y conociendo que Tezca iba a ser otro idiota más, siguió la corriente.

—Yuuki. Suo Yuuki. Isla de Baterilla. Birkaniana. —Su tono de voz fue más bien aburrido, mientras dedicaba una mirada a Runin, Barald y Wyatt que parecía más bien una disculpa silenciosa. Por supuesto, con Tezca no iba a disculparse. Sabía de antes que el idiota se presentaba con su nombre como si nada. Luego de eso, abordó detrás de Ryota, caminando con los brazos colgando y las alas hacia abajo mientras ella se jorobaba, luciendo derrotada. Ya se imaginaba en una prisión del fuerte de los Marines.

Escuchó la apuesta de Ryota y continuó con la misma actitud. Amargada y cabizbaja. Pero respondió a la apuesta... después de todo, a ella también le iban esos juegos.

—No solo se va a molestar. Veinte mil a que se va a poner a mandonear al del bigote... —Porque, después de todo, así es Tezca. Y no se quedó allí—. ...Runin se va tropezar al subir, Barald obviamente no dará su nombre y de Wyatt...no se... creo que me falta conocerlo un poco más. Ciertamente.

Pero por muy amigos que fueran, algunas mañas no se iban. Y robarle a Tezca, o más bien, intentar robarle a Tezca se había vuelto su juego favorito en los últimos días. Igual era buena cualquier excusa para acercarse a él. Ese cabello dorado era bellísimo. Y su porte. Y su hablar. Y mejor volvemos al intento de robar a Tezca.

Yuuki miró hacia los lados y trató de hacerse la tonta, esperando a poder ubicarse junto al rubio cuando este subiera al ferry; y mientras parecía tontear siguiendo la corriente a Ryota, estiró su mano y trató de alcanzar la cartera de Tezca...

Ropita

OFF



RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - Miyori Hoshino - 07-03-2026

—- New Era Joy Park… —- Musité apenas, caminando con una hoja volante en mis manos. El papel, adornado con ilustraciones vivaces y colores veraniegos, parecía invitar a cualquiera que lo mirase a visitar aquel parque de atracciones, prometía risas, luces, sorpresas y entretenimiento abierto a todo el público. ¿No era acaso una tierra soñada?. 

Nunca antes había puesto un pie en un lugar así, ¿De qué tratarán realmente estos sitios?, ¿Qué maravillas se esconden tras sus puertas?, para mí, todo aquello resultaba casi ajeno, como si ese lugar perteneciera a un mundo un poco más adelantado que el que acostumbro a recorrer. Juegos colosales, estructuras imposibles de imaginar, destellos de colores que parecían capturar la alegría misma del verano. Mi mirada se vió fija en una parte del volante donde anunciaba la frase que todo esto era sin ningún costo para el visitante. —- ¿Transporte gratis hacia Cabos Gemelos? — Leí en voz baja, dejando que la curiosidad floreciera en mi pecho.

— Parece divertido. —- expresé con una tenue sonrisa, alzando la mirada nuevamente hacia el camino. El día en Baquella era cálido, aunque no de una forma que resultara insoportable, al menos para mí que he pasado toda mi vida aquí. Era un clima que extrañaba ciertamente, reconfortante un poco. La brisa tibia llegaba desde el mar, cargada de esa humedad salina que se mezclaba con el aroma verde de los manglares y la jungla que abrazaba el pueblo a su alrededor.

He aprendido, desde hace mucho, a no salir sin un sombrero sobre la cabeza… y claro, hoy no era la excepción. Vestía un vestido blanco sin mangas que caía de longitud hasta por encima de mis rodillas, era ligero y perfecto para las brisas del verano, mi calzado no era más que un par de botines marrones. En mi mano zurda descansaba el estuche de mi violín, Amphitrite, mi posesión más preciada, mientras que, cruzando mi espalda en diagonal, llevaba mi arco y mis flechas. Estaba preparada… o al menos tan preparada como podía estarlo alguien como yo, lista para una nueva aventura.

Aún así, una pequeña tristeza reposaba en mi pecho, apenas hacía unos días había regresado a las costas de mi hogar, y ahora, otra vez debía alejarme del nido. No podía quejarme, fue bueno compartir, aunque sea unos días, la convivencia con mi familia, mis hermanos y mi padre. 

Me abrí paso por las calles que tan bien conocía. Los cimientos de paredes blancas se alzaban en formas y tamaños distintos, hermosos en su sencillez y humildad, mientras en los tejados anaranjados brillaban bajo el sol como lenguas de fuego serenas. Desde el mar, cualquier navío que cruzara el arrecife que custodiaba las costas podía reconocer al instante aquel resplandor cálido que anunciaba la llegada al pueblo. Las paredes, establecimientos, farolas, todo estaba cubierto de afiches y anuncios que proclamaban los eventos del nuevo parque temático. Y sin embargo, no había rastro de los carteles de búsqueda que días atrás habían sido anunciados en el periódico. Si soy honesta, apenas recuerdo el contenido de aquel diario. Los enunciados se me escapan como arena entre los dedos. Lo único que permanece nítido en mi memoria es la fotografía de Cill y yo. 

Por fortuna aquello no parecía haber pertubado a los habitantes de Baterilla, todo quedó sepultados bajo el entusiasmo colectivo por el viaje hacia Cabos Gemelos, una emoción tan ruidosa que opacaba cualquier otra preocupación.

Me prometí seguir las indicaciones de Cill y encontrarlo en el puerto, procurando no llamar la atención de nigún Marine que estuviera de guardia. Aunque no hubiese carteles de búsqueda pegados en los muros, la prudencia nunca estaba demás. Por eso, aprovechando que conocía cada rincón de mi pueblo, elegí los caminos que me parecían seguros, y cada vez que divisaba a un hombre con el uniforme blanco de la marina, bajaba ligeramente el ala de mi sombrero, ocultando parte de mi mirada para evitar cualquier contacto visual. No era un gesto exagerado, apenas un movimiento sutil pero suficiente para pasar quizás desapercibida entre la gente que caminaba bajo el ferviente y sofocante sol.


Finalmente llegué a la zona del puerto y me pareció verlo más concurrido que en otros días. Una multitud se agolpaba sobre el muelle, tanta que por un instante me pregunté si la vieja estructura podría soportar tanto peso reunido en un mismo lugar. Aunque hace unos años logró soportar un abrasador incendio, y aún así, levantarse de nuevo. Intenté desplazarse entre la multitud con cuidado, procurando no chocar con nadie ni interrumpir su andar, avanzando con pasos medidos entre las personas, después de todo, en medio de tanta gente siempre existía el riesgo de tropezar, y yo nunca había sido precisamente la más hábil para evitarlo.

La mayoría de las personas, especies o seres, se aglomeraban en una zona en particular, donde un enorme ferry reposaba junto al muelle. De sus altas chimeneas escapaban suaves columnas de humo ascendente surcando los cielos despejados. Un gran logotipo, idéntico al que había visto en el folleto, adornaba el costado del navío, confirmando que se trataba del transporte con destino a Cabos Gemelos. A simple vista, parecía un barco sólido, seguro, construido para soportar el peso de tantos pasajeros y llevarlos sin problema a través del mar. Dirigí la mirada alrededor de la entrada del ferry, recorriendo los rostros entre la multitud con la esperanza de encontrar a Cill, con la suerte de abordar juntos el ferry.

Al tener la oportunidad, me acerqué a un señor de bigote largo que custodiaba el stand de entrada al navío, tomando datos de cada uno de los pasajeros — Muy buen día, mi nombre es Miyori Hoshino… —- expresé con una sonrisa suave y gentil. Seguramente el señor estaba cansado del constante ajetreo de listados y presentaciones, pero un gesto de cortesía siempre caía bien, ¿no? — Soy de aquí, Baquella, y soy completamente humana. — Finalicé mi presentación. Al recibir el ticket de viaje en mis manos, me dirigí hacia las escaleras que permiten el acceso al ferry, lista para embarcarme en la próxima aventura que me aguardaba.

Miré atrás un momento para contemplar una última vez aquellas hermosas casas blancas rodeadas de jungla, el volcán inactivo pero imponente, el faro reconocido por cualquier pescador de Baterilla, y sin duda alguna, el puerto que no solo me vio crecer, sino también me vio encaminarme hacia mis sueños de ser artista. Mi mano sujetó con fuerza la correa del estuche del violín, y con una sonrisa llena de esperanza y felicidad, sentí que Baquella me despedida en silencio con un beso de victoria. 

— Prometo volver. — Y me abordé a la aventura que seguramente alguna sorpresa curiosa saldría de esto.



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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - Juan Sebastian - 07-03-2026

—Hablo—
—Pienso—

El pueblo había estado bastante ajetreado desde mi regreso desde Kárate, las calles, que normalmente solo eran transitadas por los vecinos de toda la vida, a los que ya conocía de memoria, ahora se encontraban inundadas por turistas deseosos de poner rumbo a los cabos gemelos. Esto llenaba la isla de vida, pero también nos daba más trabajo del deseado, más gente conlleva más delincuencia, discusiones, robos, peleas… Los incidentes propios de un mes se sucedían apenas en un día. Pero eso llegaría hoy a su fin, ya que hoy era el día en que el ferry zarparía al Grand Line, y nosotros también lo haríamos.

Por primera vez en bastante tiempo, me levanté temprano, muchas cosas que preparar para partir y órdenes que recibir. Nuestro comandante fue estricto como de costumbre, una voz que retumbaba con fuerza y hacía que hasta el más perezoso de nosotros se pusiese firme como un mástil. —Siempre da miedo…— Le comenté a mis compañeros de camino a nuestras habitaciones mientras me aseguraba de tener bien colocado el uniforme, evitando arrugas en los pantalones y asegurando mi gorra para que no se me cayese. Era agotador pensar en todo lo que se avecinaba, pero la ilusión por vivir nuevas experiencias se sobreponía a todo—Hoy va a ser un día duro— Pensé con una sonrisa.

Unas horas después, todo en el cuartel estaba ordenado y listo para ser dejado atrás, así debía ser por nuestro bien, podía imaginar perfectamente al comandante siguiéndonos hasta el Grand Line nadando solo por dejar los cuartos desordenados. Al salir a la calle el clima llamó mi atención, el calor era sofocante, un calor al que estábamos acostumbrados por nuestra larga estancia en la isla, pero que hoy se hacía notar con más crueldad de la habitual —Claro… Si hay más gente pues hace más calor…— El sol abrasador chocaba con furia en las blancas paredes de las casas del pueblo, lo que me forzaba a mirar con los ojos entrecerrados para ubicar los barcos desde la salida del cuartel.

Por fin estábamos todos reunidos, la división 80 al completo lista para empezar el camino a nuestra misión más importante desde el incidente con Douglas y aquellos traidores, y no solo eso, si lo que nos dijeron era verdad, Diosdado estaba en aquel lugar, un nido infestado de criminales que había que limpiar, por el bien del ciudadano, por la gente. Enji tuvo la genial idea de aprovechar mi fuerza en forma tortuga para llevar el equipaje, no solo me hacía más fuerte, también me libraba del uniforme que se pegaba a mi coraza por culpa del calor, así que me puse manos a la obra, adopté mi forma completa, pequeña, pero poderosa, equipado con mi gorra que mostraba con orgullo como símbolo de la Marina —Chicos… ¿Esto cuenta como excepción para el uniforme verdad? Es algo que no se puede evitar, además llevo gorra—

Pusimos rumbo a los barcos y Enji empezó a quejarse sobre la misión y los uniformes —JAJAJA… Claro, es que tú estás acostumbrado a ir más ligero de ropa ¿Verdad?— Una vez terminé de reírme de él, algo hizo click en mi mente —Espera un momento… ¡¿Qué haces tú encima de mí?! ¿Dónde está el equipaje — Las palabras de mi compañero me recordaron el tortuoso entrenamiento que tuve que pasar de manos de Batch Kalao, lo que me hizo arrugar mi escamosa frente ante la idea de volver a pasar por algo parecido —No sé yo si… ¡Oyee! ¡No se fuma encima del caparazón! Me ensucias de ceniza—

Finalmente llegamos al puerto donde se encontraba el barco que nos habían puesto a disposición para viajar —Sigrid en este cabemos hasta nosotros jajaja— Por fin se acabó eso de viajar en un bote de remos cochambroso. Al lado de nuestro navío se encontraba otro que estaba a cargo de la división 75 a la que pertenecía Kael, así que me acerqué a ellos para saludar —¡Kaeelll! Te lo dije, el destino nos volvería a unir— Y agaché mi cabeza de tortuga para saludar al resto de su división —Juan Sebastián para lo que necesitéis, un placer— Al realizar el saludo con la cabeza, mi gorra se precipitó al suelo —Ups…— Intenté cogerla con las patas, arrimándola a mí, pero sin ser capaz de levantarla —Mierda de gorra…— Finalmente opté por cogerla con la boca —Bueno, ed un flader conoderoz— Dije a duras penas tratando de no soltar la gorra con la boca. Antes de subir al barco, una chica de la división nos entregó unas comidas y hablamos un poco sobre cómo coordinar las divisiones en la misión que se nos había asignado. En mi opinión la manera más sencilla de lograrlo era preguntar directamente allí, pero prefería dejar la planificación a alguien más capaz, esas cosas no eran mi fuerte. 

Con Enji aún en la espalda subí al barco, la brisa marina golpeando en mi caparazón pensaba con nostalgia en todo lo que había vivido en estas aguas, pensaba en María que por lo que parecía se había convertido en pirata, debía ser una equivocación, pero debía llegar al fondo de aquello, cumplir mi primera misión en ese lugar infestado de criminales sería un buen inicio.

El barco era verdaderamente grande y cómodo, con sitio de sobra para toda la división, era lo que habíamos estado tanto tiempo esperando, y no nos quedaba mucho para conseguirlo —¡Akira! ¿Podlíad navegad un badco como ezte en el futudo?— El ambiente estaba lleno de expectación por nuestro futuro y, con la preocupación de que el calor acabase con el ánimo incité a la nueva incorporación del grupo a animar la salida —¡¡Mazzamiiii!! ¡Toca adgo!—

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