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Un encuentro de Monstruos Marinos [Ft Juan] Pasado - Versión para impresión

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Un encuentro de Monstruos Marinos [Ft Juan] Pasado - Tensui Marlin - 11-03-2026

Día 34 de Verano del año 17
South Blue | Baterilla | Pueblo de Baquella

Desde que dejamos Samba atrás y pusimos rumbo a Baterilla, cada tornillo, cada pieza de metal y cada fragmento de madera útil que tenía en el taller fue desapareciendo poco a poco. Al principio no lo noté demasiado, siempre he trabajado rodeado de materiales, probando mecanismos, rompiendo prototipos y volviendo a empezar, pero esta vez era distinto. No estaba construyendo armas ni herramientas para otros, estaba intentando reconstruirme a mí mismo y en ese proceso agoté todo lo que tenía a bordo. Cada intento fallido significaba más metal fundido, más piezas descartadas, más horas de trabajo tiradas al suelo del taller, cuando finalmente levanté la vista y revisé lo que quedaba en las cajas y cajones, la realidad fue clara, no quedaba nada útil.
 
Eso significaba una sola cosa, tenía que bajar del barco y no quería hacerlo. No era miedo, nunca ha sido miedo, era algo más amargo que eso. Desde que perdí la pierna, los lugares llenos de gente se han vuelto insoportables. Las miradas, incluso cuando intentan disimular, siempre terminan cayendo en el mismo punto. Algunos sienten lástima, otros sienten curiosidad. Algunos simplemente observan como si estuvieran viendo a una bestia herida que logró seguir caminando. No tengo paciencia para ninguna de esas cosas prefiero el ruido de la forja, el olor a aceite y metal caliente, el silencio de un taller donde nadie me mire como si estuviera roto, pero si no salgo no consigo materiales y si no consigo materiales, no puedo seguir trabajando.
 
Apoyé el tridente contra el suelo y me levanté lentamente del banco de trabajo. Cada movimiento todavía exige más esfuerzo del que estoy dispuesto a admitir. El muñón ya cicatrizó, pero el equilibrio sigue siendo una maldita batalla constante. Caminé unos pasos dentro del taller, observando los restos de mis intentos, placas metálicas deformadas, articulaciones que nunca funcionaron, soportes demasiado rígidos, mecanismos que se rompieron con el primer peso real. Cada uno de esos fracasos me recuerda lo lejos que estoy aún de lograr lo que quiero.
 
Quiero la prótesis perfecta, no una simple pierna de madera como la que usaría cualquier marinero mutilado. No una solución temporal para caminar despacio por cubierta, necesito algo que me devuelva la movilidad real. Algo que me permita pelear sin sentir que mi propio cuerpo está traicionándome. Algo que soporte velocidad, fuerza, impacto. Algo que me permita volver a ser el hombre que era antes de aquella noche, porque no pienso quedarme así.
 
No voy a convertirme en una reliquia amarga que observa cómo los demás pelean mientras yo me quedo atrás. No después de todo lo que he perdido, no después de todo lo que aún me queda por hacer, así que no tengo opción. Tomé aire, ajusté el agarre en el tridente y me dirigí lentamente hacia la salida del taller. Baterilla está ahí afuera, llena de mercados, herrerías, astilleros y depósitos donde seguramente encontraré lo que necesito, acero de calidad, madera resistente, engranajes, cuero, cualquier cosa que pueda transformarse en la base de lo que busco.


RE: Un encuentro de Monstruos Marinos [Ft Juan] Pasado - Juan Sebastian - 11-03-2026

Hacía poco que había regresado de Isla del Kárate, fue una ausencia corta pero que de igual manera resultó nostálgica, y no era para menos, varios meses habían pasado desde que llegué aquí a comenzar de forma oficial a trabajar bajo el mando del cuartel de la Marina, que se erguía con orgullo sobre los acantilados para poder ver así todo el pueblo y las aguas que lo rodean.

Tras desayunar con mis compañeros en la cantina, pensé en que debería aprovechar el día libre que tenía por delante. La realidad era que había descuidado mis funciones como manitas de la división, me había centrado mucho en hacerme más fuerte pero tenía un rol que cumplir para ayudar a mis amigos, si bien no tenía cosas pendientes que ir haciendo, era mi deber estar siempre preparado, aportar ideas, probar cosas nuevas… Tenía un grupo muy diverso y extravagante al que apoyar con mis inventos, y si bien eso hacía más difícil mi trabajo, también lo hacía más emocionante.

Con esto en la cabeza salí del cuartel, con mi uniforme de siempre, listo para ir a la herrería más cercana a conseguir algo de suministros. No salí con una idea clara de que debía comprar, pero nunca estaba de más darse una vuelta por el pueblo mientras le daba vueltas, tenía el día libre, así que no había prisa.

Al andar por el pueblo el cargado ambiente del  verano se hacía notar, las calles principales estaban casi vacías y la gente evitaba el sol dentro de lo posible, acechando desde las sombras como si de vampiros se tratasen. Por fortuna yo tenía mi gorra, que me resguardaba de las inclemencias del tiempo, mientras andaba tarareando las canciones de Masami me la reajustaba a cada rato para poder cerciorarme de lo bien colocada que la tenía.

Si bien las calles principales no estaban tan concurridas debido al calor, la verdad era que la isla se encontraba llena de vida, demasiada vida, por lo visto cientos de personas habían ido desembarcando con el paso de los días para subir a un ferry que saldría pronto. —¿Cuánto costará?— La verdad era que tenía malas experiencias con los precios de los cruceros, organizados por ricachones para sangrar a la gente de apie, esos malditos avaros, al nivel de los piratas si me preguntabas…

Tras dar una pequeña vuelta por los alrededores del pueblo y ayudar a algunos vecinos con sus problemas cotidianos, finalmente llegué a la herrería, una tienda con una sala de espera espaciosa que emanaba un agradable olor a hierro y cuero, y que tenía numerosas armas y utensilios de demostración colgados por la pared y exhibidos en vitrinas donde se supone que debería de estar el dueño. A juzgar por los martillazos que salían de una sala interior, el dueño debía de estar atareado, por lo que tomé uno de los asientos y me senté a esperar, no sin antes coger uno de los guantes que tenía en un lado y empezar a examinarlos.  —Quizá si a un guante por aquí le pogo…—

Mientras hacía tiempo pensando en modificaciones para un guante, mis pensamientos se vieron interrumpidos por el crujido de la vieja puerta, que se abría dejando entrar a un gyojin de aspecto serio, cojo y que llevaba un tridente en la mano —¡Buenas amigo! Como puedes ver el dueño parece estar atareado ¡Ese viejo no sabe hacer otra cosa que no sea trabajar! Jajajaja— Mi reacción al verle fue completamente abierta y despreocupada, haciendo gala de mi simpatía natural. Si bien era imposible no fijarse en su pierna amputada, mentiría si dijese que no había visto cosas peores trabajando en la Marina o incluso de pequeño, viendo a los trabajadores del puerto que habían sufrido accidentes en sus peligrosos trabajos.

—Hablo—
—Pienso—


RE: Un encuentro de Monstruos Marinos [Ft Juan] Pasado - Tensui Marlin - 13-03-2026

Después de caminar un buen tramo por el pueblo de Baquella terminé confirmando algo que ya sospechaba antes de poner un pie fuera del barco, la gente tiene una forma particularmente desagradable de mirar aquello que no entiende. Cada paso que daba sobre el pavimento irregular del puerto venía acompañado de esas miradas que intentan ser discretas pero que fallan miserablemente. Algunos fingían no observar, desviando los ojos apenas un segundo tarde, mientras otros ni siquiera lo intentaban, simplemente se quedaban mirando como si yo fuera una maldita rareza de feria. Un gyojin grande, armado con un tridente y caminando con una pierna menos no es exactamente algo que pase desapercibido entre pescadores, comerciantes y turistas que creen que el mundo termina donde acaba su comodidad.
 
Me apoyaba en el tridente mientras avanzaba, cojeando con ese ritmo irregular que todavía estoy aprendiendo a tolerar. El sonido del metal contra el suelo marcaba cada paso como un recordatorio constante de lo que perdí y lo peor ni siquiera era el dolor físico, ni el esfuerzo extra que requiere moverse así. Lo que realmente me irritaba era la forma en que esos malditos transeúntes me miraban, como si estuvieran frente a un vagabundo, un inválido o algún enfermo que debería estar escondido en una esquina y no caminando entre ellos, gente de mierda, con miradas de mierda, observando a un hombre que ya de por sí tiene una actitud de mierda, es decir, yo. En un par de ocasiones crucé la mirada con alguno de ellos y bastó un simple gesto de mi parte, una simple mirada fría, fija, pesada, para que apartaran los ojos de inmediato. La mayoría de la gente es así, curiosa hasta que siente que la curiosidad puede costarle algo. Si no fuera porque necesito materiales, probablemente ya habría mandado a más de uno a besar el suelo solo para recordarles que sigo siendo capaz de romper huesos.
 
Pero no pise el pueblo de Baquella para pelear con idiotas, vine a buscar lo necesario para seguir con mi propio proceso. Seguí avanzando entre callejones, puestos de mercado y almacenes hasta que finalmente algo captó mi atención entre el conjunto de edificios de madera y piedra, el sonido seco del metal golpeando metal, ese ritmo particular que solo puede venir de un lugar específico, una forja. Alcé la vista y allí estaba. Un taller bastante similar al mío en estructura, aunque claro el mío estaba en un barco, pero era casi igual, paredes ennegrecidas por el humo, una chimenea que expulsaba una columna constante de calor y ceniza, y el inconfundible resplandor anaranjado del fuego activo en el interior, para cualquiera sería solo otro negocio más del puerto, para mí era exactamente lo que necesitaba encontrar.

Porque donde hay una forja hay materiales y donde hay materiales hay soluciones y eso es justo lo que estoy necesitando ahora. Me detuve un momento frente a la entrada, observando el interior mientras el calor escapaba hacia la calle abierta. Podía distinguir estantes con lingotes, herramientas colgadas en las paredes, cajas de piezas mecánicas, restos de proyectos a medio terminar. No necesitaba demasiado para saber que dentro de ese lugar probablemente encontraría las placas metálicas, los soportes y los mecanismos que llevo semanas intentando fabricar con lo poco que quedaba en el barco. Apoyé con más firmeza el tridente contra el suelo y avancé hacia la puerta, si el dueño tenía algo de cerebro, sabría reconocer a otro herrero cuando lo ve y si no, bueno, siempre existe la opción de negociar de otras formas, después de todo, no crucé medio maldito pueblo para volver al barco con las manos vacías.
 
Pero, para buena fortuna del pueblo, del herrero dueño de la tienda y también para la mía, las cosas no tomaron el rumbo que normalmente habrían tomado. Cuando crucé la puerta del taller esperaba lo de siempre, un humano curioso, una mirada incómoda, quizás alguna pregunta innecesaria. Estaba preparado para ignorarlo, tomar lo que necesitaba negociar y marcharme sin más conversación que la estrictamente necesaria. Sin embargo, apenas entré al pequeño recibidor que hacía de sala de espera, una voz me habló desde uno de los asientos cercanos. Normalmente habría seguido caminando sin prestarle atención, pero cuando giré la cabeza para ver quién demonios me estaba hablando, la situación cambió por completo. Lo primero que noté fue el color de su piel, roja, brillante, con esa textura que recuerda más a una coraza que a la piel humana, luego sus manos o mejor dicho, la ausencia de una mano, en su lugar había una pinza firme, fuerte, inconfundible y finalmente sus ojos, esa forma particular de mirar que uno reconoce de inmediato cuando ha pasado la vida rodeado del mar, era un gyojin, un hermano del mar, por un momento toda la tensión que llevaba acumulada desde que salí del barco se relajó lo suficiente como para que una sonrisa sincera apareciera en mi rostro, algo que últimamente no ocurre con demasiada frecuencia.
 
—Oh, pero si es un hermano del mar. — comenté apenas lo observé bien, dejando escapar una pequeña risa grave que llevaba semanas guardada, no era solo encontrar a otro gyojin, era encontrarlo en medio de un lugar lleno de humanos que miran como si uno fuera una rareza, esa simple coincidencia cambia el aire del lugar. Intenté acercarme para saludarlo con algo más de formalidad, avanzando un paso mientras apoyaba el peso en el tridente como suelo hacerlo ahora, pero en ese preciso momento mi maldita coordinación decidió recordarme que aún no me acostumbro del todo a esta nueva forma de moverme y el tridente se inclinó en el ángulo equivocado, resbaló de mi mano y cayó al suelo con un golpe seco de metal contra madera, por un segundo me quedé quieto, mirando el arma en el piso y luego solté una carcajada corta, cargada con esa mezcla incómoda de orgullo herido y resignación que uno desarrolla cuando ya ha pasado por demasiadas cosas como para fingir perfección.
 
—Es lo que pasa con los que trabajamos en la forja —dije mientras me agachaba con cierta dificultad para recoger el tridente —Tsasasasasa— La risa salió un poco más forzada de lo que habría querido, pero tampoco iba a esconderlo, no frente a otro gyojin, apoyé una mano en el suelo para recuperar el arma y me incorporé lentamente, acomodando nuevamente el peso del cuerpo antes de avanzar hacia los asientos de la pequeña sala de espera. Cada movimiento todavía exige más cálculo del que me gustaría admitir, pero al menos ya no es tan torpe como hace unos meses, entonces me dejé caer en uno de los bancos de madera con un suspiro bajo, apoyando el tridente contra la pared a mi lado.
 
Entonces volví a mirarlo con más calma. —No esperaba encontrar a otro gyojin en un lugar como este —dije finalmente, inclinando un poco la cabeza mientras lo observaba — Mucho menos dentro de una forja. — Mis ojos recorrieron rápidamente el lugar antes de volver a él. —Soy Tensui Marlin. —  Apoyé los codos sobre las rodillas, relajando un poco la postura. —Y vine aquí buscando piezas, antes de que termine rompiendo las pocas que me quedan en mi propio taller. —


RE: Un encuentro de Monstruos Marinos [Ft Juan] Pasado - Juan Sebastian - 15-03-2026

Entre el retumbar rítmico de los martillazos, que vibraba en el calor que salía de la forja y el olor a hierro que inundaba el ambiente, el gyojin se acercó a mí, apoyado en su tridente que usaba a modo de bastón en un esfuerzo por luchar contra su minusvalía. Era un hombre de una considerable estatura, cuyo rasgo que más destacaba, incluso por encima de la ausencia de una pierna, era su nariz, tan larga como puntiaguda. Su rostro grisáceo pareció cambiar totalmente al observar que se encontraba delante de alguién de su misma raza, no era algo de extrañar, si bien a lo largo de mi vida había tenido la suerte de no sufrir mucho debido a la discriminación, era plenamente consciente de la realidad que se vivía en este mundo, tenemos un aspecto muy diferente al de la mayoría de personas y eso asustaba a muchos, por decir algo.

El buen hombre me devolvió el saludo, por lo que sonreí ampliamente, una buena sonrisa siempre valía la pena, aunque no viniese del rostro más apuesto del mar del sur (Por poco, por supuesto). El hombre se acercó a mí con un ritmo pausado pero continuo, pero antes de llegar a sentarse tropezó con su tridente haciendo que, el objeto que llevaba como apoyo, cayese al suelo, después de todo un tridente metálico no debía ser el “bastón” más cómodo del mundo.

Iba a interesarme por él, pero entonces soltó una carcajada que parecía tratar de aliviar el ambiente. Al parecer él también trabajaba en el mundo de la forja, a juzgar por la sartén que llevaba consigo y por el tridente, habría pensado que se trataba de un pescador local o incluso de un cocinero. Pero no era el caso, curiosamente había cosas más allá de la raza que nos unían. —No lo digas dos veces— Levanté mi mano, que si bien estaba entera, dejaba ver numerosas muescas y abolladuras fruto del sacrificado trabajo del taller —Si no fuese por mi coraza no me quedarían dedos en la mano Jajajaja— Tras reincorporarse se acercó para finalmente sentarse en uno de los asientos de la sala de espera.

Mi compañero de profesión se presentó como Tensui, por lo que le correspondí de Igual manera —Sobre el agua se ven pocos Gyojin es verdad jajaja. Mi nombre es Juan Sebastián, puedes llamarme Juan.— Por lo visto mis problemas con los materiales eran más comunes de lo que pensaba, solo conocía a los herreros del pueblo que se dedicaban a construir utensilios de cocina y poco más, ninguno entendía realmente mis preocupaciones. —Yo estoy en un punto muerto, el metal de por aquí no es de muy buena calidad. El salitre de la mar corroe el metal de aquí, te hace un apaño para cosas del día a día, pero no vale para armamento de calidad o implantes…— Mientras trataba de explicar mis problemas logísticos movía el guante que había cogido de la tienda de un lado a otro, haciendo ver que el material no era lo que estaba buscando.

Con la emoción de hablar sobre cosas del taller se me pasó terminar de presentarme de forma correcta —¡Ah! Disculpa, cuando me pongo a hablar de estas cosas se me va la pinza. Soy el manitas de la División 80 de la Marina que se encuentra actualmente en esta isla— Le acerqué el guante para que le diese un vistazo rápido —¿Tú crees que algo como esto puede aguantar viajes constantes en alta mar?— Movía la cabeza de un lado a otro mientras chasqueaba la lengua. —Antes se hacían cosas de más calidad—

Mientras manteníamos una charla agradable, el cruce de palabras se vio interrumpido por la llegada de un hombre que tenía varias cacerolas de hierro en unas pésimas condiciones. El tipo que entró se paró en seco al vernos sentados y tropezó consigo mismo, tirando sus utensilios por todo el suelo. —¿Y este?— Pensé, pero antes de poder decirle algo, el pobre hombre que parecía haberse encontrado con la muerte de frente, recogió sus cosas de mala manera y se fue corriendo del local. Un silencio arropó el ambiente, en el que ya no se escuchaban los martillazos en el yunque del local. Fue entonces cuando el dueño salió al mostrador, quitándose las cenizas de las manos y el rostro con un trapo viejo y maltratado, para después guardarlo en el bolsillo de su delantal. Era un señor de panza rebosante, un bigote rojo muy poblado y una expresión que hacía parecer que siempre estaba enfadado —He escuchado jaleo ¿Me estáis espantando clientes?— Su voz era grave y áspera, casi parecía una parte misma de la fragua en la que trabajaba.
Dueño del local



—Hablo—
—Pienso—