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[Auto, T3] Carne - Versión para impresión

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[Auto, T3] Carne - Stroud Nanashi - 18-03-2026

Flashback




[Little Garden, día 63 de verano,
corriente Rakusei,
año 18]


Stroud llevaba casi un día completo perdido por la jungla. En una imprudencia poco propia de él, había salido a dar un paseo sin llevar absolutamente nada encima, más que su uniforme y sus guantes. Llevaba horas y horas caminando, intentando encontrar, al menos, una zona alta desde la cual orientarse. La fastidiosa orografía de la isla, la densidad de la jungla y el calor complicaban sobremanera cualquiera de sus iniciativas. Incluso alguien tan habitualmente calmado como él podía empezar a perder la paciencia llegado cierto punto.

Se sentó sobre una roca a evaluar su situación en silencio, resoplando. Le sobraban las energías, por suerte. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Más le valdría encontrar una fuente de agua potable, y rápido, o se vería en un problema. En aquel clima, deshidratarse a niveles peligrosos era más fácil de lo que pudiese parecer a simple vista. Pese a todo, pese a los dinosaurios, pese a las plantas extrañas, pese a la fauna monstruosa, pese a que todo el entorno pareciese querer acabar con quien llegase a aquella isla, el mayor peligro en Little Garden era confiarse de más.

A su alrededor, todo era consumido por el esplendor exhuberante de la selva, para la que no había control ni medida. Las enormes y carnosas plantas, en un despliegue casi obsceno, se extendían por cada centímetro cuadrado que el ojo podía contemplar, mostrándose en todo su esplendor como los silentes regentes de Little Garden, los únicos por encima de los temidos y temibles dinosaurios. Una infinidad de tonos de verde que campaba a sus anchas, devorándolo todo, bajo cuyas raíces se sucedían los estratos de incontables siglos de historia, jamás debidamente estudiada. Por cuánto llevaba caminando sin ver más que jungla y más jungla, tenía una idea muy aproximada de dónde podía encontrarse; él y su División llevaban el suficiente tiempo allí como para tener ya una cierta idea de las áreas que la componían y de su estructura general. Algunas zonas las conocía mejor que otras, claro; aquella donde habían acampado, así como la orilla en que estaba atracado el Royal Quiver, ya eran como su casa. Precisamente por eso se había confiado lo suficiente como para acabar perdiéndose, claro; no había contemplado la posibilidad de que, cuando uno echa a andar, sabe dónde está, hasta que no. Y es entonces cuando el relieve de una isla como aquella puede jugarle a uno una mala pasada, cuando resulta difícil saber si uno ha venido por allí o por más allá, si ese árbol que vio estaba al este o al oeste…

Olió algo. ¿Humo? Entornó los ojos, concentrándose. No podía ser. Si no se equivocaba, su División debía de andar lejísimos, y no se habían cruzado con nadie últimamente en toda la dichosa isla. ¿Había desembarcado alguna nueva tripulación en Little Garden?

Haciendo acopio de sus fuerzas, se levantó con pesadez de la roca, y comenzó a caminar con precaución en dirección a donde le parecía que debía de venir el rastro. Las húmedas condiciones de aquel lugar, por inconvenientes que fuesen en muchos aspectos, permitían una mayor facilidad a la hora de desplazarse en sigilo; no había una puñetera rama seca que fuese a crujir bajo el peso de sus botas. Continuó caminando, y llegó finalmente a lo que parecía el final de la jungla. El humo parecía adentrarse allí desde el exterior, y, por cómo era Little Garden, aquello solo podía significar una cosa: alguien había encendido un fuego en la playa.





“¿Te incomoda que no tenga miedo?,” inquirió el pirata, haciendo gala de una dentadura incompleta. El atardecer empezaba a proyectar sus tonos rojizos y anaranjados sobre la tropical isla. Los únicos sonidos alrededor de Stroud y su cautivo eran los del ajetreado zumbido de los insectos, siempre presentes, y el crepitar de la fogata, que humeaba sosegadamente frente a ellos. Stroud Redgrave permanecía sentado sobre la roca, sus ojos grises fijos en el suelo. Hubiera sido fácil confundir su calma con cobardía, con miedo, o con incomodidad, pero cualquiera que conociese al Comandante sabía que no era así como funcionaban las cosas con él. La tensión era prácticamente palpable en el aire, aunque solo parecía venir de una dirección.

Un hombre de estatura media se encontraba atado al tronco de una palmera, inmovilizado. Su pelo, negro, largo y sucio, caía como una cortina, tapando parcialmente los rasgos de su cara, angulosa y deshidratada por la travesía. Los nudos marineros que lo retenían, distribuidos de forma experta a lo largo de varias articulaciones y puntos de tensión, delataban la autoría del Marine. Un observador perspicaz se habría percatado de las marcas y rastros que ambos habían dejado en la arena durante su refriega; la escaramuza había sido corta y sangrienta. Unos metros más allá, cerca de la orilla, reposaban los pedazos de lo que otrora había sido la barcaza en la que aquel pirata había logrado desembarcar, a duras penas, en Little Garden, la que sería la última isla que pisaría jamás, y de la cual Stroud había tomado los cabos empleados para atar a su adversario.

Stroud no respondió a su pregunta. Una moneda de un berry, seguida con atención por sus ojos grises, rodaba entre sus nudillos. ¿Cuánto hacía que no había necesitado usar su dinero? No había una puñetera cosa que comprar en aquella isla. Hacía tiempo, meses, que únicamente llevaba una moneda en su bolsillo, más como un recordatorio del mundo allí fuera que por una cuestión económica. Una moneda bastaba para mantenerlo en contacto con lo que, sabía, eran las cosas fuera de la prehistórica isla. Su respiración era inaudible.

“Si me llevas, quizá me ejecuten,” afirmó el pirata con seriedad, comprendiendo que su pregunta anterior no sería respondida, por un motivo u otro. “Si me dejas aquí, algo me devorará,” dijo, haciendo un ademán con la cabeza hacia el interior de la jungla, que se iba oscureciendo lentísimamente a medida que bajaba el sol y las sombras entre los árboles, a veces separados por meros centímetros, se iban alargando y volviendo más profundas. Stroud sabía, por experiencia propia, que aquella selva podía ser una visión espeluznante de noche. El pelo grasiento del pirata siguió la oscilación de su cabeza con un movimiento perezoso. Pasaron algunos segundos en silencio. Aunque él no lo supiera con certeza, ambos eran conscientes de lo que decía, pero le gustaba provocar. No era la primera vez que lo capturaban, y estaba seguro de que no sería la última, y provocar a sus captores solía ir bien para su estrategia.

“Y si me matas, ahorrarás recursos, claro,” razonó el hombre. Stroud supo exactamente a dónde conducía ese razonamiento. Cuando uno ha lidiado con suficientes piratas, empieza a acostumbrabrse a su manera de funcionar, sobre todo cuando da, por excepción, con uno con sesos. El Marine permaneció en silencio. Sabía que estaba buscando una reacción. No se la daría. O, al menos, no la que él esperaba.

A medida que pasaban los minutos, lentos y densos como miel que goteaba, la jungla tras ellos empezaba a cambiar, a agitarse, como solía hacerlo durante la noche. Aquella isla eran, en realidad, dos lugares radicalmente distintos, según se hubiera puesto el sol o no. Ninguno de ellos dejaba de ser enormemente peligroso, claro, pero, de noche, todo cobraba una hostilidad especial. Cuando caía la noche en Little Garden, de entre los mil ojos que lo observaban a uno en todo momento, ninguno pertenecía a un amigo.

Stroud rebuscó entre las escasas posesiones que el pirata había traído consigo, frente a la mirada inexpresiva del hombre. Tomó, de entre las múltiples baratijas que llevaba encima el pirata, cuanto pudiese aprovecharse: un pellejo de agua y algunas galletas marineras. Se sentó con pesadez nuevamente sobre la roca, y dio un trago de agua, aliviado. El pirata lo contempló en silencio, aunque Stroud pudo notar en su lenguaje corporal cómo se inquietaba ligeramente, incapaz de permanecer imperturbable durante mucho más tiempo. Tras beber a gusto, empezó a comerse las galletas, una por una. Decir que no eran nada reseñable hubiera sido quedarse corto; estaban, con suerte, a pocas horas de volverse mohosas, pero aún parecían comestibles. Mejor eso que nada, en aquella situación. Mientras comía con tranquilidad, en silencio, Stroud oyó cómo el pirata tragaba saliva audiblemente. Sus ojos grises, fijos en la hoguera que yacía entre ambos, no se inmutaron. Tomó otra galleta, y le dio un bocado, en la búsqueda de un sabor que no estaba, ni Stroud realmente parecía esperar encontrar. Había algo de sádico en aquello, o esa impresión debía de dar.

Se limpió los restos de sal y migajas de la comisura de los labios con cuidado. A apenas unos metros de ellos, la marea empezaba a subir poco a poco, mojando la arena que durante el día había secado el sol. El sol había lanzado ya sus últimos destellos carmesíes, y se ocultaba ya con timidez tras el horizonte, dejando tras de sí un hermoso cielo que oscilaba entre tonos rosáceos y de un azul oscuro. Al otro lado, la vida de la jungla despertaba a medida que el resto del mundo se preparaba para la noche. Entre los dos hombres, la pequeña e improvisada fogata empezaba a perder fuerza; continuaba crepitando, pero menos, y con menos frecuencia. El fuego se convertía poco a poco en brasas que chisporroteaban entre ramas y troncos ennegrecidos y a medio consumir, y las brasas, en ascuas, y las ascuas, en cenizas. La columna de humo era ahora una estela que subía en delicadas espirales y volutas antes de disperarse en la brisa. Stroud aún no había pronunciado una sola palabra ante aquel hombre, ni lo haría; no había hecho falta. El cuartel más cercano debía de estar a, al menos, una o dos islas de allí, tal vez en Arabasta. El Royal Quiver debía de estar a un día de camino. Se hacía de noche. Pero nada de aquello importaba, en el fondo. Stroud no permitiría jamás que él o cualquiera de sus hombres acabasen como aquel soldado del cuartel. La vida de un pirata no lo merecía. La Justicia no lo merecía. No necesitaba esperar a que nadie firmase un papel.



Habiendo repuesto fuerzas, Stroud echó un vistazo a la línea del horizonte, aún visible bajo la luz resplandeciente de las estrellas en aquella noche clara. No era imposible acertar a adivinar la silueta de los accidentes geográficos más significativos de la isla, y desde allí podía verse uno de los cráneos de los reyes marinos. Con un poco de suerte, si elegía el camino correcto y forzaba la marcha, podría estar en el campamento a la mañana siguiente. El cuerpo del pirata, sostenido en pie únicamente por las cuerdas que lo ataban al tronco del árbol, colgaba inerte, con el cuello partido, su pelo negro cubriéndole la cara como una mortaja. Carne para las aves.


RE: [Auto, T3] Carne - PX-2 - 20-03-2026

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Aventura Autonarrada: Completada
RECOMPENSAS:

— Puntos Mugiwara: 7

— Reputación: 20

— Berries: 15k

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