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La madera y la araña [Autonarrada T3][Presente Absoluto] - Versión para impresión

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La madera y la araña [Autonarrada T3][Presente Absoluto] - Moja - 18-03-2026

Año 17
Verano
Día 64

Parte 1 Nuevas ideas.

No fue un momento de brillantez, ni Moja se despertó con una solución mágica grabada en el cerebro. Fue más bien un cansancio acumulado, una irritación que le picaba bajo la piel cada vez que el Royal Quiver se enfrentaba a una marejada. Para cualquiera de la división, el barco era una fortaleza flotante; para Moja, últimamente, empezaba a sonar como una caja de música vieja a la que se le estaban gastando los engranajes.

Estaba sentado en la cubierta, con la espalda apoyada en la barandilla, intentando disfrutar de un momento de paz que el Grand Line no parecía querer regalarle. El sol pegaba fuerte, pero él no miraba el horizonte. Tenía los ojos cerrados, concentrado únicamente en lo que sus oídos y su espalda le decían.

Ese sonido. Un crujido seco, casi imperceptible, que venía de algún lugar profundo cerca de la proa. Moja suspiró, frotándose la cara con las manos callosas. Ese "cloc" no debería estar ahí. Era el sonido de dos maderas que ya no encajaban como antes, de pernos que habían cedido un milímetro por la presión de las corrientes caprichosas de este mar de locos.

-Te estás quejando, ¿verdad?- susurró para sí mismo, dándole una palmadita a la madera de la borda.

Desde que entraron en el Grand Line, el trabajo de Moja se había vuelto una lucha constante contra el desgaste. No era solo el agua salada o el sol que agrietaba la pintura; era esa sensación de que el mar intentaba, activamente, desarmar el barco pieza a pieza. Había visto barcos mucho más grandes y modernos que el suyo reducidos a astillas por no saber escuchar a tiempo. Y Moja estaba harto de poner parches. Estaba harto de las "chapuzas" de emergencia que hacían para salir del paso entre isla e isla.

Se levantó con un gruñido, sintiendo los huesos un poco rígidos, y empezó a caminar por la cubierta de una forma que a cualquiera le parecería errática. Pero Moja no caminaba, medía. Cada paso que daba buscaba ese leve desnivel, esa tabla que cedía un poco más de la cuenta bajo su peso. Se detuvo cerca del mástil principal y presionó con el pie.

-Demasiado juego- masculló.

Bajó a la bodega, donde el aire era más denso y olía a esa mezcla eterna de brea, serrín y humedad que ya se le había metido en los pulmones para siempre. Allí abajo, el rugido del mar contra el casco era más honesto. Encendió una lámpara y la luz amarillenta empezó a bailar sobre las vigas. Moja se agachó, metiéndose por huecos donde apenas cabía, ensuciándose el pelaje de polvo y grasa vieja.

Se detuvo frente a una de las cuadernas principales, el verdadero esqueleto del Royal Quiver. Al pasar los dedos por la madera, sintió las cicatrices de las últimas tormentas: pequeñas hendiduras, zonas donde la veta se veía forzada. Golpeó con el nudillo, comparando la resonancia en distintos puntos. El sonido en el centro era sordo, vacío.

-Estás aguantando por puro orgullo, buena amiga- dijo en voz baja, apoyando la frente contra la madera fría.

No era que el barco fuera a partirse mañana, pero Moja sabía que el Grand Line no te avisaba dos veces. Sabía que, si no reforzaba ese casco ahora que tenían un momento de relativa calma, la próxima sacudida violenta no solo sería un susto, sino el final. No podía permitir que la vida de sus compañeros dependiera de un "creo que aguantará".

Subió de nuevo a cubierta, parpadeando ante la luz del sol. Se apoyó en el mástil y cruzó los brazos, mirando el barco de punta a punta. En su mente, ya no veía la madera gastada; veía placas de refuerzo, vigas transversales que distribuían el peso, un casco que no solo resistiera, sino que fuera capaz de absorber los golpes del mar como si fuera parte de él.

No se trataba de volverlo un bloque de hierro rígido (eso solo haría que estallara bajo presión), sino de encontrar ese equilibrio entre la fuerza de la piedra y la flexibilidad de un látigo.

Se dirigió hacia su rincón de herramientas con un propósito renovado. Sus movimientos ya no eran los de alguien que va a hacer un mantenimiento rutinario, sino los de alguien que va a reconstruir un hogar. Sabía que Little Garden, con toda su locura prehistórica, era su única oportunidad de encontrar algo que estuviera a la altura del desafío.

-Si este mar quiere romperte- dijo Moja, agarrando su sierra favorita, -va a tener que esforzarse mucho más.-


Parte 2 En busca de materiales.

Saltó del barco con el petate al hombro y las herramientas repiqueteando contra la cadera. El primer paso en la arena de Little Garden ya le dejó claro que iba a ser un día de perros: la humedad te pegaba el pelo a la nuca antes de que pudieras decir "madera", y el aire olía a tierra mojada y a cosas que llevaban muertas un millón de años.

Moja no buscaba cualquier tronco para hacer un remiendo. Buscaba "la" madera. Esa que es tan densa que parece piedra pero que, si la doblas, recupera la forma como un resorte. En un sitio donde los dinosaurios campan a sus anchas, los árboles no crecen normales; crecen a base de palos, y eso los hace jodidamente duros.

-A ver qué tienes para mí, isla de los dinosaurios- masculló, abriéndose paso entre los helechos gigantes.

Se tiró un par de horas caminando, sudando como un pollo y apartando bichos que en cualquier otro mar serían la atracción de un circo. Cada vez que veía un ejemplar decente, se acercaba, le daba un par de golpes secos con el mazo y arrimaba la oreja.

-Demasiado joven- decía de uno. -Mucha savia, te vas a pudrir en dos meses- le soltaba a otro.

Era un crítico exigente. Si iba a jugarse el pellejo metiéndose en la jungla, no iba a ser por un pino cualquiera. Pero, a medida que se alejaba de la costa, la selva empezó a ponerse... rara. Los pájaros, esos que no paraban de gritar como si los estuvieran degollando, se callaron de golpe.

Moja se detuvo. Sus orejas rotaron, buscando cualquier susurro en el aire. No era el silencio de una siesta, era el silencio de cuando algo está mirando. Se agachó, dejando que sus instintos de Mink tomaran el mando, y fue entonces cuando vio el rastro.

A un lado de lo que parecía un sendero natural, había un árbol que daba pena verlo. No es que se hubiera caído; es que algo le había arrancado la corteza a tiras, como si alguien hubiera usado un pelador de patatas gigante. Moja se acercó y pasó los dedos por la madera desnuda. Estaba fresca. Los bordes no eran dentados como los de una mordida de tiranosaurio, eran cortes limpios, casi quirúrgicos, pero hechos con una fuerza bruta que daba miedo.

-Esto no has sido un lagarto- susurró, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la humedad.

Siguió el rastro de destrozos. Rocas que pesaban lo que un cañón desplazadas como si fueran canicas y, lo más inquietante, trozos de madera noble esparcidos por el suelo como si alguien hubiera estado "merendando" fibra vegetal.

Al final del rastro, la jungla se abría en una especie de cicatriz de piedra. Una grieta enorme en la pared de una montaña, oscura y profunda como una garganta. Los bordes de la entrada estaban pulidos, desgastados de tanto entrar y salir algo muy grande y muy pesado.

El olor que salía de ahí dentro era lo peor. Era una mezcla de perro mojado, hierro y algo rancio que se te quedaba pegado en el paladar. Moja se quedó allí fuera, debatiéndose entre dar media vuelta y volver al barco con lo que tuviera, o asomarse. Pero vio algo en el suelo, cerca de la entrada: un trozo de tela desgarrada. No era de la isla. Era de una camisa humana.

Apretó el mango del machete hasta que le dolieron los nudillos.

-Genial, Moja. Solo venías por unos tablones y te vas a meter en la boca del lobo- se regañó a sí mismo en voz baja. -Pero si no miro yo, no va a mirar nadie.-

Con el corazón martilleando contra las costillas y los sentidos en alerta roja, dio el primer paso hacia la oscuridad, olvidándose por un momento de la madera y pensando solo en quién demonios habría dejado ese trozo de camisa ahí fuera.


Parte 3 La cueva misteriosa.

Entrar en esa cueva fue como meterse en la garganta de algo que todavía estaba vivo. La luz de la jungla se quedó atrás en un segundo, sustituida por una penumbra espesa que olía a humedad cerrada y a algo que se estaba pudriendo despacio.

Moja se quedó quieto un momento, esperando a que sus ojos de Mink hicieran su trabajo. No fue como encender un interruptor; fue una transición molesta, un quemazón en las pupilas hasta que las formas empezaron a cobrar sentido. Y lo que vio no le gustó ni un pelo.

Las paredes no eran de piedra limpia. Estaban tapizadas por unos hilos blanquecinos, gruesos como sogas de amarre, que cruzaban de lado a lado. No eran telarañas de esas que quitas con la mano; esto parecía resina seca, pegajosa y con una tensión que daba miedo. Moja dio un paso, con el corazón golpeándole las costillas, y casi pisa uno de esos cables que salía del suelo.

-Cuidado, Moja... un tirón y el dueño de la casa sabe que tiene cena- se susurró, con la voz apenas como un aliento.

Se agachó, avanzando casi a gatas para no rozar nada. El silencio allí dentro era de los que te hacen pitar los oídos. Pero entonces, lo oyó. Un click-click rítmico, seco, como si alguien estuviera golpeando dos piedras pequeñas en la oscuridad del fondo.

Se asomó tras una roca y se le revolvieron las tripas.

Allí estaba. No era una araña, era un tanque con patas. Una bicha prehistórica del tamaño de un carromato, cubierta de un vello rígido que parecía alambre y con unos ojos que no paraban de moverse de forma independiente, reflejando la poca luz que quedaba como canicas sucias. Estaba ocupada, moviendo sus mandíbulas sobre algo que no quería identificar.

Pero entonces, Moja miró hacia arriba. Del techo colgaban tres o cuatro bultos alargados, envueltos en capas y capas de esa seda asquerosa. Al principio quiso pensar que eran ciervos o crías de dinosaurio, pero entonces vio una bota. Una bota de cuero desgastada asomando por la parte de abajo de uno de los capullos. Y un poco más allá, una mano pálida, con los dedos rígidos, que parecía intentar alcanzar el suelo en un último gesto desesperado.

El asco dejó paso a un frío que le recorrió toda la columna. Esos tipos no eran guerreros de la isla; eran náufragos o exploradores que habían tenido la mala suerte de buscar refugio donde no debían. No sabía si seguían vivos (el olor decía que algunos no), pero la idea de dejarlos allí para que esa cosa se los fuera comiendo a sorbos le hizo apretar los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

-Maldita sea- masculló Moja, sintiendo cómo el miedo se le empezaba a transformar en esa rabia sorda que te hace cometer locuras. -Yo solo quería un poco de madera...-

Se fijó en cómo la bicha se movía. Era lenta, pero en ese espacio cerrado, con hilos por todas partes, tenía todas las de ganar. Moja miró hacia la salida. Podía darse la vuelta. Podía volver al barco, decir que no había encontrado nada y buscar madera en otra parte de la isla. Nadie le culparía. Nadie sabía que estaba allí.

Pero volvió a mirar esa mano que colgaba del techo.

Sintió un calambre eléctrico recorriéndole los brazos, un hormigueo que ya conocía bien. No podía largarse. Si ese barco, el Royal Quiver, iba a ser un refugio de verdad para su gente, su carpintero no podía ser el tipo que sale corriendo cuando las cosas se ponen feas.

-Vale, Moja. O sales de aquí con madera y con esos tipos, o no sales- se dijo, mientras empezaba a notar el primer chispazo de Electro saltando entre sus dedos.


Parte 4 Lucha contra la araña

El chispazo que sentía Moja en la punta de los dedos no era solo Electro; era puro pánico transformándose en esa rabia fría que te entra cuando sabes que estás acorralado. No había plan B. No había retirada. Era él o esa bicha prehistórica que olía a muerte antigua.

La araña, que hasta entonces parecía una estatua de pesadilla, reaccionó al ver el destello azul en las manos de Moja. Soltó un chasquido seco con las mandíbulas, un sonido que le vibró a Moja en los dientes, y empezó a girar sobre sí misma con una velocidad que no encajaba con ese cuerpo tan pesado.

-Vale, bonita... a ver si bailas tan bien como gritas- gruñó Moja, con la boca pastosa por el miedo.

Se lanzó hacia un lado, justo cuando la criatura soltaba un chorro de esa seda asquerosa hacia donde él había estado un segundo antes. La red pegajosa impactó contra la pared de piedra con un thwack húmedo, y Moja vio, con horror, cómo la roca empezaba a humear un poco. No solo era pegajosa; era corrosiva.

-Mierda...- masculló, rodando por el suelo lleno de detritos sucios para ponerse en pie tras una columna de piedra.

Sabía que no podía ganar en una pelea de resistencia. Esa cosa jugaba en casa y tenía ocho patas. Él solo tenía dos y un hacha de carpintero que ahora le parecía de juguete. Tenía que golpear primero, golpear fuerte y, sobre todo, golpear donde le doliera.

Moja cerró los ojos un instante, concentrándose en el flujo de energía que le recorría el cuerpo. La fruta Aro Aro empezó a responder a su voluntad. Visualizó el espacio entre él y la araña, la tensión en los hilos que cruzaban la cueva, la dirección del viento que se colaba por la entrada.

Lanzó el Aro Aro Cross de golpe. No fue un ataque elegante; fue un manotazo desesperado. Dos vectores masivos, dos flechas de fuerza pura, silbaron en el aire de la cueva, cortando la seda colgada como si fuera mantequilla. El ataque estaba diseñado para cruzarse justo en el centro del abdomen abultado de la araña.

¡CRACK-THUD!

El sonido fue asqueroso. Como si alguien reventara un melón gigante lleno de piedras con un mazo de hierro. Moja había calculado bien: los vectores impactaron en un punto donde la quitina del caparazón parecía un poco más fina. La araña soltó un chillido que le puso los pelos de punta a Moja, un grito agudo que rebotó en las paredes de la cueva hasta marearlo.

La criatura retrocedió, agitando las patas delanteras con furia, pero Moja vio la mancha oscura y viscosa que empezaba a brotar de la grieta que le había abierto en la coraza. Estaba herida. Pero, maldita sea, también estaba muy enfadada.

La araña se encabritó, apoyándose en sus patas traseras, y empezó a golpear el techo de la cueva con las delanteras. Estalactitas de piedra empezaron a llover sobre Moja, obligándolo a correr de un lado a otro, esquivando rocas que le habrían partido el cráneo en dos. Una piedra del tamaño de un puño le rozó el hombro, arrancándole un jirón de ropa y piel. Moja ni lo sintió; la adrenalina le estaba quemando por dentro.

-¡Es mi turno, bicha!- gritó Moja, y esta vez no fue un susurro para calmarse; fue un grito de guerra.

Encendió el Electro al máximo. No fue un chispazo elegante; fue una descarga violenta que le hizo apretar los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Sentía la electricidad quemándole bajo la piel, dándole esa marcha extra que necesitaba. El aire a su alrededor empezó a oler a ozono y a cueva cerrada. Sus ojos de Mink brillaron con una intensidad azulada, casi eléctrica.

Esquivó una pata que se clavó en el suelo de piedra como una lanza y, aprovechando el hueco, se lanzó hacia adelante con un borrón azulado. Estaba tan cerca que podía oler el aliento fétido de la criatura.

Extendió ambas manos, con los dedos temblando por la tensión y la descarga eléctrica. No podía fallar. Si fallaba esto, soltaría el pellejo allí mismo.

-¡Aro Aro Electro Fishing Net!- bramó, sintiendo cómo los pulmones le iban a estallar por el esfuerzo.

Fue una locura táctica. En lugar de lanzar vectores sencillos, Moja proyectó docenas de flechas vectoriales en todas direcciones, creando una red tridimensional a su alrededor. Los vectores se enredaron en las patas peludas de la araña, en su torso, en los hilos que ella misma había tejido. El espacio se llenó de líneas geométricas de fuerza que se contraían, apretando a la bicha como si estuviera atrapada en una jaula invisible.

En cuanto la red se cerró, Moja descargó todo el Electro que le quedaba en el cuerpo. La corriente eléctrica fluyó por cada flecha vectorial de la red, como un relámpago contenido que estallaba a la vez.

La cueva se iluminó con un resplandor azul violento, tan intenso que Moja tuvo que cerrar los ojos. El olor a ozono fue insoportable, mezclándose con el olor a quitina quemada. La araña empezó a convulsionar, soltando chispas y un humo negro que revolvía el estómago. Sus chillidos se volvieron distorsionados, agónicos, el sonido de un sistema nervioso prehistórico friéndose por dentro.

Moja apretó los dientes, manteniendo la técnica activa a pesar del desgaste creciente. Sentía cómo la energía se consumía rápidamente, cómo cada segundo exigía un esfuerzo mayor para sostener la red sin que colapsara. Sus propios músculos empezaban a protestar, a sufrir calambres por la sobrecarga. Las flechas vectoriales comenzaron a contraerse lentamente, limitando aún más los movimientos del enemigo.

Sabía que no podía prolongarlo más. Canceló la técnica en el instante preciso y avanzó, con el Electro todavía recorriendo su cuerpo cuando se impulsó hacia adelante, saltando sobre una roca y cayendo directamente frente al abdomen de la araña. El guantelete de combate se cerró en un puño firme, sólido, cargado de rabia y voltios.

El golpe fue directo, brutal y definitivo. El puñetazo impactó en el punto exacto donde el Aro Aro Cross había dañado la coraza, concentrando toda la fuerza amplificada del Electro en un solo impacto. La quitina se quebró con un sonido seco y profundo, y la energía residual recorrió el interior del cuerpo de la criatura en una descarga final. La bicha se estremeció violentamente durante un instante, para luego colapsar por completo, desplomándose contra el suelo de la cueva con un estruendo que levantó polvo y fragmentos de roca.

El silencio regresó de forma abrupta. Moja permaneció de pie unos segundos más, con el brazo aún extendido, respirando con dificultad mientras desactivaba el Electro y dejaba que la energía abandonara su cuerpo poco a poco. El cansancio lo golpeó casi de inmediato, pero se mantuvo alerta hasta asegurarse de que la criatura no volvería a moverse.

Solo entonces bajó el puño. Miró alrededor de la cueva, observando los hilos caídos, el cuerpo inmóvil de la araña y, finalmente, los bultos humanos atrapados que habían sido la razón última de su decisión de luchar. Aquel combate no había sido solo una prueba de poder o técnica, sino una necesidad. Una amenaza menos para la isla. Un peligro menos para el Royal Quiver. Y mientras se permitía recuperar el aliento, Moja supo que aquella noche, una vez más, el Grand Line había intentado quebrarlo… y había fallado.

Moja se quedó allí, jadeando, temblando por el esfuerzo y la descarga. El silencio era total, solo roto por su propia respiración entrecortada y el chasquido ocasional de la quitina enfriándose. Tardó un buen rato en recuperar el aliento y en reunir fuerzas para acercarse a los capullos del techo. El olor rancio de la araña muerta se le había metido en el pelo y en la ropa, pero ya no le importaba.

Sacó su machete y, con cuidado, cortó los hilos gruesos que sujetaban el primer bulto. Lo bajó lentamente hasta el suelo de piedra. Con manos temblorosas, cortó las capas de seda asquerosa alrededor de la cabeza. Al ver el rostro pálido y los ojos cerrados, Moja sintió una opresión en el pecho que no tenía nada que ver con el Electro. Había llegado tarde para ese pobre diablo.

Hizo lo mismo con los otros tres bultos. El mismo resultado en todos. Silencio. Frialdad. Una punzada de rabia sorda le recorrió el cuerpo mientras bajaba al último náufrago.

-Maldita sea...- masculló Moja, con la voz quebrada. -Yo solo quería un poco de madera para el barco...-

Se quedó allí, de rodillas entre los cuerpos deshonrados por la bicha, sintiendo el peso de la muerte en esa cueva olvidada. No los conocía de nada, pero eran humanos, exploradores, gente que buscaba algo en este mar de locos, igual que su división. No podía simplemente dejarlos allí para que se pudrieran en la oscuridad.

Se puso en pie con dificultad, sintiendo que le dolía cada músculo del cuerpo. Con un esfuerzo supremo, empezó a arrastrar los cuerpos uno a uno hacia la entrada de la cueva. No fue un trabajo digno ni tranquilo; fue un forcejeo penoso, ensuciándose de nuevo con la tierra y la seda corrupta, parando a cada momento para recuperar el aliento y para que no se le saltaran las lágrimas.

Al final de la cámara principal, tras un muro de hilos rotos que habían colapsado durante la pelea, vio algo que le hizo detenerse. Una pequeña cámara secundaria, protegida de la intemperie y de la seda de la araña. Y allí, apoyados contra la pared de piedra, estaban los troncos.

No eran restos de madera cualquiera. Eran troncos de un color marrón oscuro, casi rojizo, densos, firmes, como si la propia montaña los hubiera forjado. Moja se acercó a uno y pasó la mano por la superficie. Estaba fría, compacta. Era la madera que buscaba. Seguramente la bicha los había arrastrado allí junto con sus presas, o habían quedado atrapados en sus redes hace años, protegidos del sol y la humedad excesiva de la jungla.

Moja cerró los ojos y apoyó la frente contra el tronco. Estaba agotado, sucio, herido y con el alma pesada por la muerte que acababa de presenciar. Pero al sentir la firmeza de la madera bajo su frente, sintió un atisbo de alivio. Esa madera no se rendiría ante el Grand Line. Esa madera aguantaría lo que fuera.

-Vale...- dijo en voz baja, mirando hacia los cuerpos que había dejado cerca de la entrada. -Os voy a sacar de aquí. Y con vuestra ayuda, el Royal Quiver nunca volverá a tener miedo de nada.-

Con un propósito renovado, Moja empezó a planear cómo sacar todo eso de la cueva. Iba a ser un trabajo de perros, pero por primera vez en días, sentía que el Royal Quiver iba a estar a salvo. Ahora empezaba el trabajo de verdad: convertir ese regalo doloroso de la jungla en el escudo de sus compañeros.


Parte 5 La buena madera

El silencio después de una pelea así no es tranquilo; es un pitido constante en los oídos que te recuerda que casi no la cuentas. Moja se quedó sentado en el suelo de la cueva, con las piernas extendidas y la espalda apoyada en una roca que todavía vibraba por el impacto de los rayos. Tenía las manos entumecidas, ese hormigueo asqueroso que te deja el Electro cuando lo llevas al límite, como si tuviera miles de agujas invisibles clavándosele bajo el pelaje.

-Madre mía... qué paliza- susurró, limpiándose un rastro de sangre que le bajaba por el hocico con el dorso de la mano.

Se obligó a levantarse. Le dolía todo, especialmente el hombro donde le había golpeado la piedra, pero no podía quedarse allí a pasar la noche. La cueva ahora olía a ozono y a bicho quemado, una mezcla que le revolvía el estómago. Miró de reojo el cadáver de la araña, que ahora no era más que una montaña de cáscaras rotas y patas torcidas. Ya no daba miedo, solo daba asco.

Se acercó de nuevo a los cuerpos de los náufragos. Con la poca fuerza que le quedaba, los envolvió en sus propias capas de tela, lo mejor que pudo. No era un entierro digno, pero al menos ya no estaban colgados como embutidos.

-Lo siento- dijo con la voz ronca. -Ojalá hubiera llegado ayer.-

Luego, se centró en lo que le había llevado allí. Se acercó a los troncos de "madera de hierro" que había descubierto al fondo. Al tocarlos de nuevo, con la mente más clara, se dio cuenta de lo que tenía entre manos. No era solo madera buena; era un tesoro. Era tan densa que apenas podía hincar la uña, y el color oscuro, casi como el chocolate puro, indicaba que había estado curándose en esa cueva seca durante décadas.

Agarró el primer tronco. Pesaba como un demonio. Soltó un bufido, hincó los pies en la tierra y empezó a arrastrarlo hacia la salida. Cada metro era un suplicio. El tronco se enganchaba en las piedras, su hombro herido gritaba a cada tirón y el sudor le nublaba la vista.

-Vamos... un poco más... el Royal Quiver se merece esto- se decía a sí mismo, apretando los dientes.

Cuando por fin salió de la cueva, la luz de Little Garden le cegó un momento. El aire de la jungla, aunque húmedo y pesado, le supo a gloria después del ambiente viciado de la guarida. Se sentó en una raíz gigante, jadeando, mirando el rastro que había dejado tras de sí. Había sacado los cuerpos y el primer tronco. Tendría que volver a por el resto, probablemente con ayuda o con algún aparejo de poleas que tendría que improvisar.

El camino de vuelta al barco fue una procesión de un solo hombre. Moja avanzaba despacio, arrastrando su botín, con el machete en la mano por si algún dinosaurio decidía que él parecía una merienda fácil. Pero la jungla parecía respetarle ese día, o quizá es que olía tanto a muerte y a electricidad que hasta los depredadores preferían no acercarse.

Cuando por fin divisó el mástil del Royal Quiver recortado contra el cielo, Moja sintió que las piernas se le doblaban de puro alivio. Allí estaba su barco. Su responsabilidad. Su hogar.

Llegó a la orilla y soltó el tronco con un estruendo que hizo saltar a un par de gaviotas. Se dejó caer en la arena, mirando la madera oscura y luego el casco del barco, que seguía meciéndose suavemente, ajeno a la carnicería que su carpintero acababa de vivir.

Se quedó allí un rato, tumbado en la arena mojada, dejando que el agua fría le lamiera las botas. Estaba destrozado, sucio y con el alma un poco más pesada por lo que había visto en la cueva. Pero mientras miraba el cielo de Little Garden, Moja sonrió de lado. Mañana le dolerían hasta los pensamientos, mañana tendría que dar explicaciones a la división y mañana tendría que empezar el trabajo de verdad. Pero esta noche, el carpintero había cumplido.

El Royal Quiver no solo iba a sobrevivir al Grand Line. Con esa madera y sus manos, iba a ser el barco más duro que jamás hubiera surcado esas aguas.

-A trabajar...- susurró antes de cerrarse los ojos por puro agotamiento... -pero mañana. Mañana será otro día.-

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RE: La madera y la araña [Autonarrada T3][Presente Absoluto] - PX-2 - 20-03-2026

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Aventura Autonarrada: Completada
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