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[Presente Relativo - Fic de Recolección] Una receta extraoficial - Kibai - 20-03-2026 Grand Line| Día 55 de Primavera| Año 17
Isla de Little Garden | 10:00
La penumbra de la bodega del Royal Quiver era el único lugar de todo el navío donde el calor asfixiante de Little Garden parecía dar un respiro en las horas de mayor intensidad. El aire allí abajo olía a madera vieja, a brea, a salitre y a ese aroma metálico y seco que desprendían las cajas de munición de la Marina. Kibai se encontraba sentado con las piernas cruzada entre las sombras. Frente a él, alineados como soldados en formación, descansaban varios barriles de roble de cincuenta litros cada uno. Estaban vacíos, producto en gran medida de la gran cantidad de agua que sonsumía el hipopótamo del contramaestre Gaufrid. El mink se acercó a uno de ellos y lo golpeó suavemente con los nudillos. El sonido hueco resonó en la estancia, recordándole que, tras semanas de patrulla en esta isla olvidada por el tiempo, las reservas de provisiones de la División 60 empezaban a estar en niveles críticos.
— Vacío... como el sentido del humor del Comandante Stroud después de un lunes con lluvia... — murmuró Kibai con una leve sonrisa, mientras pasaba la mano por la madera rugosa.
Se sentó sobre una caja de suministros, dejando que su espalda descansara contra el mamparo de madera. En la penumbra, sus ojos verdes brillaron con un destello de nostalgia. La idea había empezado a germinar en su mente esa misma mañana, impulsada por un recuerdo que parecía pertenecer a otra vida.
En la isla de Roshwan, cuando el invierno golpeaba con tanta fuerza que hasta el aliento parecía congelarse en el aire, los ancianos preparaban lo que llamaban el "Oro de Invierno". No era simplemente alcohol; era una mezcla de miel fermentada, agua pura y varias especies que calentaba no solo el cuerpo, sino el espíritu. Recordaba el olor dulce y penetrante que inundaba las cabañas mientras el brebaje burbujeaba en las tinajas, prometiendo una tregua contra el frío exterior.
Kibai suspiró. Little Garden no tenía nada de frío, pero el cansancio acumulado en la División 60 era similar a ese invierno de Roshwan. Las patrullas bajo el sol, el acecho constante de los dinosaurios y la tensión de las misiones habían dejado a todos sus compañeros exhaustos. Y, como bien sabía cualquier Marine, el reglamento sobre el ron era... estricto. El Cuartel General no veía con buenos ojos que una división entera celebrara con el licor de las raciones oficiales fuera de los horarios permitidos.
— Pero el reglamento no dice nada sobre un "tónico reconstituyente a base de miel de la isla" — se dijo Kibai, cruzando ambos brazos tras la nuca mientras sonreía en la oscuridad—. Es improvisación táctica. Supervivencia pura y dura.
Con un propósito renovado, Kibai sacó un trozo de carboncillo y un trozo de pergamino arrugado de su bolsillo. Apoyándolo sobre la tapa del barril, comenzó a trazar una lista con todo lo que iba a necesitar.
En primer lugar, necesitaba lo más basico, la miel. Durante sus paseos por la isla, había podido visulbrar varias colmenas, de un tamaño acorde a todo lo que había en la isla. No obstante, ello le facilitaba la cosa, pues seguramente en una de ellas encotnraría suficiente miel para hacer toda la bebida que necesitaba.
Otra parte fundamental era el agua. Debía ser lo más pura posible, y los manantiales de la zona volcánica de la isla, allí dónde había cosechado el maíz oscuro que ahora formaba parte de las raciones de combate de la División, era un lugar perfecto para obtenerla.
Por último, necesitaría algo para acabar de darle el toque definitivo, y varias de las extrañas frutas gigantes que abundaban en la isla serían más que apropiadas. Con una sonrisa, Kibai rememoró unas bayas en concreto que había visto crecer en los cráneos de los Reyes Marinos del centro de la isla. Sin duda, a juzgar por el olor que había captado, serían algo ideal para complementar su receta.
El mink guardó la lista en su uniforme. Acto seguido, se puso de pie y estiró sus músculos, sintiendo cómo una pequeña chispa de Electro surgía de sus dedos de forma involuntaria. Sin duda, estaba emocionado. No era tan sólo por la bebida, sino por el proceso en sí. A paso ligero, subió las escaleras hacia la cubierta, donde el sol de la tarde lo golpeó como un mazo de calor húmedo. Los demás miembros de la División 60 estaban ocupados en las diversas tareas que exigía el barco. Kibai palmeó un par de veces a Rasmussen, antes de acercarse al puente, dónde Stroud estudiaba una carta de navegación.
— Comandante, voy a salir de expedición, señor. El inventario de suministros frescos está empezando a ser peligrosamente escaso y he detectado una zona de recolección de miel que podría ser útil para... — hizo una pausa táctica. Al fin y al cabo, dentro de su amabilidad y cercanía, Stroud era alguien bastante apegado a la snormas y le protocolo, de modo que decidió imporvisar una media verdad— ...fines experimentales y nutricionales.
El oficial lo miró de arriba abajo, secándose el sudor de la frente con la manga. — Miel, ¿eh? Mientras no traigas un tiranosaurio de mascota al barco, Kibai, puedes irte. Recuerda llevarte el Den Den Mushi. No queremos perder a nuestro mejor cocinero en la maleza.
— Quien dice el mejor, dice el único, no es así señor? — rio de buena gana el mink mientras recogía su macuto y una red de transporte de una de las cajas de cubierta antes de asegurar a Raimei contra su costado y se despedía de sus compañeros antes de saltar a tierra.
Una vez abandonó la arena de la playa, la selva lo recibió con su habitual cacofonía de gritos, aleteos y el olor a vegetación en descomposición. Sin embargo, Kibai ignoró los senderos habituales. Su olfato, afinado por el tiempo que ya llevaban en la isla, buscaba algo muy específico: el rastro dulzón, casi empalagoso, de unas abejas muy concretas. Desde luego, como casi todo lo que crecía, caminaba o volaba en Little Garden, estas no eran abejas comunes. Cada una de ellas era del tamaño de un gorrión, con franjas negras y carmesíes, y construían panales que colgaban de las ramas de los árboles de caucho gigantes como si fueran enormes lámparas de araña. Su miel era tan densa que no se derramaba ni siquiera si volcabas el tarro, y su sabor, al menos la única vez que Kibai la había probado cuando se había encontrado una colmena medio destruida por un animal con bastante ansia y más prisa por marcharse, era delicioso e intenso. El mink se internó en la maleza, moviéndose con una gracia silenciosa. A medida que avanzaba hacia el sector este, el zumbido empezó a subir de tono.
A unos veinte metros de altura, colgaban tres panales masivos. Brillaban bajo los pocos rayos de sol que lograban atravesar el dosel de hojas, goteando un líquido que parecía oro fundido. Alrededor, miles de abejas patrullaban el aire. Kibai se detuvo frente al colosal árbol de caucho, cuya corteza rugosa y grisácea parecía la piel de un titán petrificado. El zumbido arriba era ensordecedor, una vibración mecánica que se sentía en los huesos y que hacía que las puntas de sus orejas vibraran sin control. El aire estaba saturado con el olor de la miel: un aroma tan denso que casi se podía masticar, una mezcla de néctar fermentado y algo metálico, salvaje.
Kibai sabía que aquellas abejas no eran solo meras recolectoras; eran guerreras feroces y despiadadas. En Little Garden, la miel era un recurso tan valioso que estas criaturas habían evolucionado para defenderlo con un fervor suicida. Su técnica de ataque consistía en rodear al intruso, clavando sus aguijones de manera indiscriminada hasta que su víctima caía víctima de la acumulación de veneno.
— Creo que es hora de enfrentar el fuego con fuego… — murmuró para si el mink, extendiendo ambas manos hacia arriba, dejando salir a sus propias avispas. Durante un par de minutos, docenas de los pequeños insectos surgieron de su cuerpo, hasta alcanzar los doscientos ejemplares. A un gesto de su señor, el gran enjambre se dividió en escuadrones y se lanzó contra las defensoras de la colmena.
Kibai no se entretuvo en quedarse atrás. Escaló el árbol con una furia frenética, hundiéndose en el tronco mientras sus manos y mandíbulas se convertían en armas de exterminio. Cuando una de las abejas logró posarse en su brazo, Kibai no esperó al aguijonazo; con un movimiento rápido de su cabeza, hundió sus colmillos en el tórax del insecto, partiendo su exoesqueleto y escupiendo los restos ácidos con desdén. Sus garras trazaban arcos de muerte, despedazando a las abejas que intentaban rodearlo.
A medio camino de los veinte metros, la masa de insectos se volvió tan densa que Kibai apenas podía ver el tronco. Los insectos intentaban asfixiarlo, cubriéndolo por completo, a pesar de caer por decenas contra sus avispas, que contaban con la ventaja de poder atacar varias veces de manera sucesiva sin que peligrase su integridad.
— ¡Oh, vamos…me estáis estropeando el uniforme! — exclamó, mientras apretaba la mandíbula y lanzaba un zarpazo hacia una abeja que se había arrojado contra su rostro.
Kibai flexionó las piernas, acumulando una cantidad masiva de energía en sus gemelos. Con un impulso explosivo, se lanzó hacia atrás, separándose del tronco y quedando suspendido un instante en el aire, rodeado por el corazón del enjambre.
¡Getsui Zangeki!
En pleno aire, Kibai desenvainó a Raimei. Su cuerpo giró sobre sí mismo mientras ejecutaba dos tajos transversales en forma de "X". Las hojas de energía azulada se expandieron como guadañas de luz, cortando a una gran cantidad de abejas por la mitad en un solo parpadeo. Los restos carbonizados de los insectos llovieron sobre la selva como nieve negra.
Kibai se sujetó en una liana y se balanceó en dirección contraria a la que había saltado volviendo a caer sobre el tronco, hundiendo sus garras para frenar el descenso y continuando la escalada con una velocidad renovada. El olor a ozono y a quitina quemada era ahora más fuerte incluso que el de la miel.
Finalmente, llegó a la altura de los tres panales masivos, ya liberados de sus defensoras, que habían o bien caído o renunciado a seguir sacrificándose en la defensa de su tesoro.
— Es hora de cobrar el tributo del vencedor — sentenció Kibai.
Con movimientos expertos y precisos, Kibai fue arrancando secciones enteras de panal y metiéndolas en sus odres de piel de dinosaurio. A su alrededor, las pocas abejas supervivientes zumbaban desorientadas, con sus alas dañadas por la estática de las "avispas internas" de Kibai, que todavía patrullaban el aire como centinelas prestas a vovler al combate.
Kibai descendió del árbol deslizándose, dejando una estela de destrucción a su paso. Al llegar al suelo, rodeado de docenas de cadáveres de insectos, se tomó un momento para observar su trabajo. La miel era tan espesa que se pegaba a sus guantes, pero el aroma... el aroma era celestial. Era como si toda la esencia de la primavera prehistórica de Little Garden estuviera concentrada en esa cera. Kibai llenó los cuatro grandes odres que llevaba colgados, asegurándose de dejar suficiente para que la colmena no sufriera daños permanentes.
— Gracias por la contribución a la Marina, señoras — dijo con un tono burlón mientras se alejaba del árbol, cargando con casi cuarenta kilos de miel pura. Se pasó la lengua por un colmillo, saboreando una gota del espeso líquido mezclada con la adrenalina de la pelea.
"Y después dicen que la victoria no es dulce…"
El sol empezaba a bajar, y las sombras de la selva se alargaban. Pero para Kibai, el camino solo acababa de empezar. Aunque había completado el primer paso de su proyecto, aún le quedaban cosas por hacer, pero él estaba decidido a que el hidromiel de Little Garden fuera legendario.
Con los cuatro odres de miel de las bien asegurados a su espalda, Kibai se sentía como una mula de carga, pero una mula con una misión, al fin y al cabo. El peso era considerable, casi cuarenta kilos de oro líquido, y la viscosidad del contenido hacía que cada movimiento generase una inercia pesada que desafiaba su equilibrio natural de felino. Sin embargo, el olor que emanaba de los recipientes era su combustible, una fragancia que le recordaba a la resina de los bosques de Roshwan mezclada con el dulzor prohibido de las flores de Little Garden. — Paso uno: El azúcar base. Listo. — murmuró Kibai, ajustando las correas que se hundían en su pelaje. — Ahora, pequeño... —dijo mirando al Den Den Mushi que asomaba por el borde de su bolsillo en la capa — ...necesitamos el alma de la bebida. El cuerpo. La acidez que corte este dulzor y que lo lleve a otro nivel.
Con el atardecer tiñendo el dosel de la selva con pinceladas de naranja y púrpura. el mink sabía que no podía perder tiempo, al menos si no quería pasarse la noche caminando. Para que un hidromiel fuera digno de la División 60, necesitaba frutas con una alta concentración de azúcares naturales para ayudar a la fermentación, pero también una nota de sabor y distinción que levantase los ánimos tras una mala jornada. Y las bayas que había visto hacía unas semana en la cima de los cráneos de los Reyes Marinos le parecían lo más ideal.
Llamarlas “bayas” al menos para un lugar que no fuese Little Garden era, como siempre, un modo de hablar. Eran unas frutas del tamaño de melones, de una piel rugosa y de un color rojo tan intenso que parecían cubiertas de sangre. Crecían exclusivamente en los cráneos de los Reyes Marinos. Pero había un problema: aquellos gigantescos restos óseos eran el territorio de caza de los depredadores voladores de la isla, los únicos que podían llegar sin problemas tan arriba.
El camino hacia los cráneos fue toda una prueba de resistencia. Kibai tuvo que atravesar una zona de helechos gigantes donde el suelo era un lodazal traicionero. Cada paso requería un esfuerzo extra de sus cuádriceps, y el calor hacía que el sudor empapara su uniforme. A medida que ganaba altura, la vegetación cambiaba. Los árboles de caucho daban paso a coníferas prehistóricas de agujas largas y afiladas, y el aire se volvía más ligero, cargado con el aroma de la salitre y el azufre lejano de los volcanes activos.
— ¿Lo hueles? — le preguntó al caracol, que se limitaba a retraer sus antenas ante el viento racheado—. Eso es el azufre de los volcanes. Estamos cerca.
Finalmente, tras escalar la pared de hueso poroso que componía el parietal de uno de los cráneos, Kibai llegó a la inmensa meseta formada por la parte superior del fósil. La vista era sobrecogedora. Desde allí, podía ver la bandera del Royal Quiver anclado en la distancia, pareciendo un pequeño pañuelo de trapo blanco en un un horizonte azulado. Pero lo más importante estaba frente a él: un pequeño arbusto de troncos achaparrados, cargados de las bayas que buscaba. El aroma era embriagador. Era una mezcla de limón silvestre, piña madura y algo que recordaba vagamente a la pimienta. Kibai se acercó a uno de los arbusto y, con cuidado para no comprometer la integridad de sus odres de miel, comenzó la recolección.
— Estas son perfectas — dijo, examinando una fruta.
La piel era gruesa, llena de aceites esenciales. Si incluía aquello en el mosto, el hidromiel tendrá un aroma que hará que hasta el Comandante Stroud aceptase empinar el codo.
Sacó un segundo saco de lona, uno reforzado con fibras vegetales para evitar que el peso de las frutas lo rasgara. Empezó a seleccionar solo las piezas que habían caído por su propio peso o las que estaban a punto de hacerlo. En Little Garden, la fruta madura era un tesoro peligroso; atraía a todo tipo de criaturas.
Sin embargo, el silencio de las alturas fue interrumpido por un siseo metálico que recorrió la meseta. Kibai no necesitó mirar al cielo para saber que la recolección no sería pacífica. Sin duda, su propio aroma era un faro para los carnívoros de las nubes. Una bandada de veinte reptiles voladores, con crestas brillantes y ojos de un amarillo anaranjado, empezaron a orbitar sobre él. No eran simples animales; eran los dueños de los riscos, y veían en el mink a un intruso que portaba un festín. El sol, convertido en apenas un cuarto de disco sobre el horizonte, reflejaba en sus escamas plateadas, creando destellos cegadores.
Kibai soltó un gruñido gutural. No podía soltar la miel, y el saco de lona para las frutas ya colgaba de su hombro. Estaba cargado con casi ochenta kilos de peso muerto, pero para la gran fortaleza del mink aquello era apenas una leve molestia.
— Bien, si queréis morir, hacedlo rápido, tengo una receta que terminar... — advirtió Kibai, mientras su mano derecha buscaba el pomo de Raimei.
La turba se lanzó en picado. El aire se llenó de chillidos ensordecedores. Kibai desenvainó su espada en un movimiento fluido, y el acero cobró vida instantáneamente. El Electro recorrió la hoja con un crepitar violento, envolviendo a Kibai en una cúpula de chispas azuladas.
El primer reptil que se acercó intentó clavar su pico en la garganta del Mink. Kibai no retrocedió; avanzó un paso, hundiendo su peso en el lodo volcánico, y lanzó una estocada potenciada. El rayo azul atravesó el pecho del animal, incinerando sus órganos internos antes de que pudiera emitir un solo sonido. Sin detenerse, Kibai giró sobre sus talones, enviando un tajo horizontal que decapitó a otros dos depredadores que intentaban flanquearlo.
La superioridad numérica de sus atacantes empezó a hacerse notar. Varios ejemplares lograron aterrizar contra sus hombros, hundiendo sus garras en el grueso uniforme de la Marina. Kibai sintió el dolor de los desgarros, pero en lugar de entrar en pánico, dejó que su naturaleza de Mink tomara el control.
Soltó a Raimei por un instante, y clavó sus propias garras en el vientre de un reptil que le mordía el brazo. Con un tirón salvaje, rasgó la piel coriácea del animal de arriba abajo, esparciendo vísceras calientes sobre el hueso pulido. Otro depredador intentó atacarlo por el frente, y Kibai, en un movimiento puramente animal, hundió sus colmillos en el cuello del reptil. El sabor metálico de la sangre prehistórica inundó su boca mientras partía la tráquea del animal con un solo movimiento de mandíbula.
—¡Fuera de mi vista! — rugió, lanzando el cadáver destrozado contra la turba que se aproximaba.
Recuperó el agarre de Raimei. La situación requería técnica, no solo rabia. Un grupo de cinco reptiles se agrupó en el aire para una carga frontal masiva. Kibai flexionó sus piernas, ignorando el peso de los odres.
El líder de la bandada, un ejemplar cuya envergadura doblaba a la de los demás, se adelantó al resto, descendiendo con la furia de un proyectil. Su cresta plateada brillaba con una intensidad peligrosa, apuntando directamente al corazón de Kibai. El mink cambió el agarre de Raimei. Sus dedos se cerraron sobre la empuñadura en un agarre invertido, con el filo apuntando hacia atrás por debajo de su antebrazo. El Electro se concentró en el filo de la espada hasta que el acero pareció volverse blanco.
¡Gekko no Issen!
Justo cuando el alfa entraba en su radio de alcance, Kibai ejecutó un tajo ascendente con una violencia explosiva. La hoja describió una media luna de luz eléctrica que subió desde el suelo hasta el cielo. El corte no solo partió el pico del alfa, sino que dividió su cráneo y su cuerpo longitudinalmente en dos mitades perfectas. El impulso del animal muerto hizo que las dos partes pasaran a los lados de Kibai, manchando sus orejas de sangre.
Kibai permaneció inmóvil durante un minuto, regulando su respiración. Miró a su alrededor: la meseta era un cementerio de reptiles plateados. Sus manos estaban cubiertas de sangre y restos de escamas, pero sus ojos verdes volvieron a la calma mientras guardaba a Raimei en su vaina con un clic metálico.La turba, al ver a su líder convertido en despojos humeantes, se detuvo en seco. El silencio volvió a los cráneos de hueso, tan solo roto por el chisporroteo del Electro que aún bailaba en el pelaje de Kibai. — Un desperdicio de energía — murmuró, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Pero al menos ahora no habrá testigos de la receta. Con una delicadeza que contrastaba con la carnicería de hacía unos momentos, comenzó a sustituir las frutas que se habían dañado por otras nuevas. Seleccionó las más pesadas, aquellas cuya piel exudaba un aceite aromático que prometía una fermentación legendaria. Llenó de nuevo su saco hasta los topes, asegurándose de que el peso estuviera equilibrado con la miel de su espalda. El sol ya había terminado de ocultarse, dejando paso a una noche estrellada. Kibai inició el descenso hacia el Royal Quiver. Cada paso le recordaba el esfuerzo físico, pero la visión de la División 60 disfrutando del hidromiel en los próximos días le daba la fuerza necesaria. Mañana, el proceso de elaboración comenzaría en la bodega. Y Kibai sabía que, tras probar el "Oro de Little Garden", nadie volvería a dudar de que un pequeño desliz en la normativa para la creación de un “tónico reconstituyente” no era para tanto...
RE: [Presente Relativo - Fic de Recolección] Una receta extraoficial - PX-2 - 20-03-2026 ✓ Recolección Completada Materiales: — Viveres: 36 unidades. |