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Sangre y nieve [P.A., Auto-T5] - Stroud Nanashi - 29-03-2026 Auto-T5: Sangre y nieve [P.A.]
Años atrás...
[86 de Verano, año 17,
Isla de Drum]
Stroud bajó del Royal Quiver una vez más, dejando atrás los martilleos que Moja, en una de sus reparaciones, llevaba a cabo sobre el castigado casco del navío. Llevaba poco tiempo en Drum, pero aquel lugar conectaba con él, de alguna forma. En sus días más suaves, le recordaba un poco a las noches más gélidas de Spider Miles, o a las que él llegó a vivir, entre callejones y edificios abandonados. No había nada peor que una ventisca invernal cuando uno no tenía a dónde ir, y eso lo sabía por experiencia propia. No habían sido pocas las noches en que su único refugio habían sido un par de cajas, aisladas con un par de trapos y como él buenamente había podido apañar, en la esquina de algún callejón de mala muerte. No habían sido pocas las noches en que había dado por hecho que probablemente no llegaría a ver el alba con vida. También le recordaba un poco a Roshwan, hacía no tanto, cuando había empezado a encontrar su propia senda como Marine hecho y derecho, como emisario de la Justicia, mucho antes de la llegada al Grand Line. No hacía tanto tiempo de aquello, pero, de alguna manera, se sentía casi como otra vida, como si hubieran pasado décadas y décadas desde entonces. Se ciñó la gorra, no sin cierta dificultad; su pelo había crecido más de lo que le hubiera gustado, y un efecto que no había previsto era la dificultad a la hora de cubrirse la cabeza. Hizo un gesto de desaprobación, prometiéndose a sí mismo que se cortaría el pelo pronto y volvería a la normalidad. Pese a que llevaba apenas unos minutos fuera de la calidez de la bodega del Royal Quiver, los extremos de su cabello ya empezaban a congelarse, adquiriendo una tonalidad aún más clara. Lo mismo sucedía con sus pestañas, casi blancas y cubiertas de escarcha. Por mucho que estuviese acostumbrado al frío, incluso él mismo había optado, en aquella ocasión, por ponerse un sobrio abrigo blanco y una bufanda azulada. Aquel frío no lo mataría, pero nunca estaba de más ponerle las cosas más fáciles al cuerpo. El abrigo ondeaba al viento, como un estandarte, pero con la torpeza que aquel frío abrumador daba a las cosas. La tela blanca parecía luchar por no congelarse en pleno aire.
Aspecto
A su alrededor, todos los edificios del Reino de Sakura se hallaban cubiertos de aquella perenne capa de nieve y hielo, si bien los cerezos, de alguna manera misteriosa, lograban sobrevivir y permanecían en flor, llenando la capital de una suerte de nieve rosácea que se mezclaba con la habitual, en un torbellino de colores que preñaba de vida la gélida isla. Bajo el viento y la nieve, echó a caminar en dirección a las afueras, deseoso de explorar aquel lugar. A veces, debía hacer un esfuerzo activo por recordarse a sí mismo que no estaba en Roshwan. Los animales de tiro, las chimeneas, el empedrado, los puestos de pan de centeno... Tal vez existiese alguna relación cultural entre las dos islas, o tal vez fuesen respuestas comunes ante problemas comunes, pero el número de similitudes entre dos lugares tan lejanos podía llegar a resultar sorprendente. Caminó, sintiendo la nieve y el hielo crujir bajo su peso, tal y como una vez lo había sentido de forma tan familiar encaminándose al cuartel de Roshwan, o dirigiéndose a alguna misión. Si le resultaba casi excéntrico llevar un abrigo, la mayoría de los habitantes de la isla llevaban suficiente ropa como para casi no poder moverse. Su uniforme causaba, como de costumbre, reacciones diversas entre los civiles. Algunos cuchicheaban entre sí, otros se apartaban con discreción, otros le dirigían una sonrisa cortés. No parecía despertar entusiasmo, en términos generales, pero tampoco una oposición clara. De cualquier forma, después de tanto tiempo en Little Garden, donde, al menos durante la mayor parte de su estancia, toda su compañía habían sido su propia División y el Royal Quiver, si uno no contaba los cocoteros o los dinosaurios. Tras un largo rato caminando, se dio cuenta de que se había alejado considerablemente de lo que uno podría considerar civilización. Cualquier rastro de edificio quedaba ya en la lejanía, apenas visible tras el blanco telón de la ventisca. Allí no había sonido alguno de carros, ni de industria, ni de ciudadanos que fuesen o viniesen, sino el gemido constante de la nieve y su crujir bajo las botas del Marine. Alzó una ceja, mirando a su alrededor. Ni siquiera era capaz de localizar la costa. Sus ojos grises, rápidos, examinaron el suelo, buscando sus propias huellas. Más le valía no perder su propio rastro; en condiciones como aquella, el terreno puede cambiar mucho en muy poco tiempo, y perderse podía ser cuestión de unos segundos de más, o de menos, así como una cuestión de vida o muerte. Una vez se hubo orientado de nuevo, tras una rápida consideración, optó por continuar su camino, avanzando a través de la nieve. Todo aquel tiempo, su paseo había sido de un carácter más contemplativo que cualquier otra cosa; el frío lo ayudaba a meditar, mucho más que el calor. Sentir aquel viento gélido mordisqueándole la cara era un aliciente, un agradable estímulo que lo mantenía centrado, despierto, alerta. Repentinamente, un sonido le hizo desviar su atención, sus ojos clavándose en mitad de la bruma, entornados. Había sido un sonido extraño, indiscutiblemente fuera de lugar en aquella nevada. No supo clasificarlo, pero sabía cuándo confiar en su instinto, y aquella era una de esas ocasiones. De forma casi inconsciente, había empezado a ceñirse sus guantes tachonados, manos aún en los bolsillos de su abrigo. Apretó los dedos, cubiertos por el cuero, aguzando el oído. No se lo había imaginado, de eso estaba seguro. Algo se movió entre la nieve. Fuera lo que fuera, era rápido, pero no como un animal; tenía la pesadez de un humano, si bien no su torpeza, o no la habitual. Fuera quien fuera, incluso aquel rápido vistazo fue suficiente para que Stroud se percatase de que estaba acostumbrado a moverse en aquellas condiciones, a moverse de forma furtiva, rápida y, de ser posible, sin ser detectado. En aquel instante, el comandante Redgrave debió hacer una elección, una de esas que, sin ser cruciales, demuestran algo sobre la persona. Y no le resultó difícil. Como un resorte, saltó a correr detrás de aquella figura. La había perdido de vista, pero su sentido de la orientación era lo suficientemente bueno como para recordar dónde la había visto y en qué dirección había parecido poder moverse. Como un cazador tras su presa, Stroud se enorgullecía de no dejar escapar jamás a un objetivo sobre el que hubiese puesto ya la mira. Corrió entre la nieve, sus botas hundiéndose hasta casi las rodillas fuera del camino. No le importó. Aún no veía a su presa. Tampoco le importó. Sabía cómo seguir sus instintos. Corrió en mitad de la nada, en aquella inmensidad blanca y fría como el infierno, aquellos ojos grises, más oscuros que de costumbre, yendo de un lado a otro, recorriendo cada centímetro de su entorno, en busca de aquella silueta. Sin embargo, encontró una pista donde no lo esperaba: en el suelo. Se detuvo en seco, casi derrapando sobre la nieve en polvo. Frente a él, algo de gran volumen había sido arrastrado por el suelo. ¿Un animal? No, no lo parecía. Tampoco había sangre. ¿Un cuerpo? Entornó los ojos, agachándose por un instante. No había tiempo que perder; echó a correr nuevamente, siguiendo aquel rastro. Esta vez no se le escaparía. Su mente trabajaba a destajo para dar algún sentido a las piezas que aquel rompecabezas le había mostrado hasta el momento. No era sencillo tomarse lo suficientemente en serio un puzle cuando uno mismo sabía que aún no tenía todas las piezas, y era aún más difícil estimar con cierta precisión exactamente cuántas podían faltar. Todo tuvo lugar en cuestión de una milésima de segundo. Stroud supo que estaba cerca de su presa. Lo primero fue el olor; con el viento en contra, se dio cuenta de que quien fuera despedía un fuerte olor a alcohol que se dispersaba con el viento, dejando un sutil rastro, incluso en aquellas condiciones. Lo segundo fue la vista; sus huellas y el rastro de aquello que estuviese arrastrando se habían ido volviendo progresivamente más frescos, y resultaba evidente, por su recorrido, que estaba intentando despistar a Stroud; fuera quien fuera, sabía que estaba siendo cazado. La cuestión era: ¿sabía por quién? Stroud hizo el cálculo, y, cuando llegó el momento preciso, lanzó su apuesta. Saltó, arremetiendo contra el punto en el que creía que estaría su presa. La nieve se abrió camino ante él, como un telón que se abría... y cayó sobre algo, o alguien. Cuando quiso darse cuenta, se percató de que estaba encima de un cuerpo sobre la nieve. Un hombre, abrigado con pieles atadas entre sí con burdas cuerdas, intentaba tirar del cuerpo con dificultad, a duras penas avanzando ahora que Stroud se hallaba sobre él. ¿Estaba... estaba vivo? El Marine no esperó a una respuesta; en su lugar, se abalanzó sobre el tipo que intentaba arrastrarlos por la nieve, la que, según calculaba, debía de haber sido aquella silueta que había visto entre la ventisca. El forcejeo se prolongó, mientras ambos rodaban por la nieve, hundiéndose y saliendo constantemente de aquel mar gélido y blanco. Le entró nieve por el cuello del abrigo, la gorra se quedó clavada en el suelo por la visera, un par de raíces, o ramas, o lo que fuera aquello, se le clavaron en la espalda. Sin embargo, no soltó; esa era siempre la clave, no dejar ir, bajo ninguna circunstancia. En una refriega como aquella, sabía que era habitualmente cuestión de tiempo para él lograr imponerse contra un oponente. Continuaron rodando hacia un lado, entre gruñidos, en una maraña de tela blanca y pieles oscuras; de vez en cuando volaba algún puñetazo, algún cabezazo, algún rodillazo. Uno intentaba ponerse sobre el otro, haciéndose con la ventaja definitiva, justo antes de que el otro lo lograse desestabilizar con un golpe y lanzarlo de nuevo al suelo. Pasaron los minutos, los dos luchadores exhaustos. La nieve a su alrededor, revuelta y visible testigo de la sucia lucha, estaba repleta de manchurrones y salpicaduras rojas que destacaban sobre el pulcro blanco. El adversario de Stroud era corpulento, pesado, y se movía con más rapidez de la que uno esperaría dadas su masa y su corpulencia. Finalmente, cuando empezaba a sentir que se quedaba sin fuerzas, el rubio logró imponerse sobre el hombre cubierto de pieles. Un puñetazo, otro, otro, otro, otro. Le dio la impresión de que saltó algún diente seguido por un chorreón de sangre, aunque resultaba decirlo con seguridad. Fuera lo que fuera, cayó sobre la nieve que los rodeaba, dejando otra mancha. El desconocido jadeó, y la sangre burbujeando dentro de su nariz y su boca resultó audible cuando intentó tomar aire, entre el vaho que ambos exhalaban con dificultad. "Comandante de la Marina Stroud Redgrave, identifíquese," dijo finalmente Stroud, recomponiéndose, a medida que inmovilizaba a su oponente sobre la nieve. Retiró la capucha de pieles que cubría su cara, dejando su rostro al descubierto. Stroud alzó una ceja. Se trataba de una mujer, de aspecto tosco más allá de la nariz rota y ensangrentada. Lo miraba con odio. "Déjanos en paz, perro del Gobierno," dijo con asco, forcejeando, "no hemos hecho nada malo." Stroud, impertérrito, permaneció inmóvil e inamovible como una estatua. "¿Quiénes?," se limitó a preguntar. "... Yo," respondió simplemente la mujer tras un segundo de duda. Los ojos de Stroud se entrecerraron con sospecha. "¿Quién es el amigo?," inquirió el Marine, haciendo un ademán con la cabeza hacia el cuerpo que la mujer había estado arrastrando por la nieve. "Déjame en paz, perro del Gob-" fue a decir, antes de que un nuevo golpe le desencajase momentáneamente la mandíbula, haciendo aterrizar otro montón de gotas de sangre sobre la nieve. Stroud no era ningún sentimental, pero empezaba a cabrearle el uso de aquellas palabras tan a la ligera. Muchos se habían acostumbrado a decir aquellas palabras muy a la ligera. Si querían un perro del Gobierno, tendrían uno, y no les iba a gustar. "No es lo que he preguntado," respondió el Marine, dándole una nueva oportunidad para explicarse, "prueba de nuevo." La mujer exhaló más vaho impregnado del aroma del alcohol antes de responder. "No lo sé. Alguien de una aldea," especuló, "llevaba ya un par de días ahí." Las piezas iban terminando de encajar. Una saqueadora de cuerpos. Saqueadores de cuerpos, mejor dicho; era improbable que fuese la única. ¿Había dado con algo? ¿Una red, un grupo organizado, tal vez? Su olfato le decía que sí. "No hay otra forma de sobrevivir en este puto lugar," dijo la mujer, como si le estuviese leyendo el pensamiento, "¿qué más se puede hacer aquí? Mira a tu alrededor, perr-" dijo, antes de recibir otro golpe. "Esperar a que los insensatos mueran en la nieve y saquearlos como vulgares carroñeros no es un modo de vida," afirmó, sus ojos grises clavados en los de ella. "Fuera de aquí," ordenó, levantándose y haciendo un ademán con la cabeza, cruzándose de brazos. La mujer de las pieles se levantó con dificultad, volviendo a cubrirse con la capucha con rabia. Pareció a punto de decir algo, pero, finalmente, se limitó a apretar los labios y echar a correr, desapareciendo en la ventisca tal y como había aparecido. Stroud fue consciente de que aquello no había terminado allí; no sería la última vez que oyese hablar de aquella gente. Había trabajo que hacer en Drum. RE: Sangre y nieve [P.A., Auto-T5] - PX-2 - 29-03-2026 ✓ Aventura Autonarrada: Completada RECOMPENSAS: — Puntos Mugiwara: 10 — Reputación: 25 — Berries: 20k |