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FIC | Lazos en la distancia [Pasado] - Versión para impresión

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FIC | Lazos en la distancia [Pasado] - Miyori Hoshino - 11-04-2026

35 Otoño del año 16
South Blue, Baterilla
PASADO


— Tengo mucho trabajo por hacer. —- Murmuré suavemente mientras descendía los escalones de mi hogar. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta, y mi vestimenta, holgada y ligera, caía con naturalidad sobre mi cuerpo, dándome la libertad perfecta para entregarme totalmente a los quehaceres del hogar.

Una vez abajo, giré a la derecha y avancé por el pasillo lateral de la entrada, ese que se abría como un pequeño corredor hacia distintos espacios del hogar, como la cocina, el baño principal para invitados, y un par de habitaciones más. Al fondo, casi como aguardando en silencio, se encontraba mi destino… el taller de papá.

Al cruzar el umbral, lo primero que hice fue encender la luz de la habitación, la claridad reveló puntualmente el caos que había dejado la noche anterior. Me quedé ahí, detenida por unos instantes, como si el desorden me hubiese anclado al sitio. La mesa de trabajo estaba cubierta de aserrín, finas cortezas esparcidas por todas partes, martillos y clavos desperdigados sin orden alguno. Tarros de pegamento, barniz y pintura ámbar permanecían abiertos, impregnando el aire con un olor químico denso, casi sofocante. Dejé escapar un suspiro pesado, largo, de esos que nacen más del cansancio que del cuerpo mismo—- Si, tengo mucho trabajo que hacer.

Avancé por la habitación con paso lente, dejándome envolver por su amplitud. Era un espacio perfectamente cuadrado, de unos veinte por veinte metros, donde todo parecía dispuesto con una lógica práctica, aunque ahora reinara el desorden. Tres mesas amplias, rectangulares y angostas, se alineaban contra las paredes, cada una ocupando su lugar como estaciones de trabajo donde podían dejarse las herramientas. En el centro, dominante, reposaba una mesa cuadrada con la hoja de sierra circular incrustada, el corazón del taller. Era ahí donde mi padre cortaba el material con total libertad, como si ese punto concentrara su destreza y su carácter.

Comencé por lo más sencillo. Tomé el plumero que mi padre guardaba en uno de los muebles junto a la puerta y empecé a recorrer las mesas, sacudiendo el aserrín para dejarlo caer por los bordes. Cada clavo y tornillo que encontraba en el camino lo recogía con cuidado, depositándolo en su tarro correspondiente, devolviéndole poco a poco el orden al caos. Mientras limpiaba, tarareaba en voz baja una melodía tranquila, casi como un susurro para mí misma, dejando que el ritmo acompañara el vaivén de mis manos. Y así, deslizándome de una mesa a otra, acomodando cada cosa en su lugar… fue cuando lo ví.

En medio de mi recorrido, apareció una pequeña caja de madera que no recordaba haber visto antes. Era algo grande, del tamaño de mi rostro, y destacaba entre todo lo demás como si no perteneciera del todo a ese taller.

—- ¿Y esto qué será?. —- Me cuestioné ahí sola, mientras examinaba todos los lares de aquella caja de color azul marino, deslizando mis dedos en el borde. Al tacto me di cuenta que era algo antiguo, no era algo que mi padre había creado la noche de ayer. 

Levanté la tapa con cuidado, procurando no forzarla, como si en su interior descansara algo frágil que pudiera quebrarse con el más mínimo descuido. La madera cedió sin resistencia, y al abrirla por completo, dejé al descubierto una serie de objetos que no reconocí en absoluto.— ¿Pero qué es esto?.... — Murmuré, intrigada, mientras mis manos se adentraron en el interior de la caja. Con cuidado, fui sacando alguna fotografías antiguas, de tonos en blanco y negro, junto a varias cartas algo amarillentas que delataban el paso del tiempo. Entre ellas también reposaban pequeñas reliquias de plata, un collar de forma ovalada que, por su diseño, parecía ser un relicario. Aún así, dejé todo lo demás a un lado por el momento, mi atención se centró en las fotografías que ahora sostenía entre mis manos, como si en ellas se escondiera una historia esperando ser descubierta.

Una a una las fui apreciando, eran fotos de mis hermanos mayores pero de bebés, también habían fotos de mi padre cuando joven, parecía todo un navegante en lo que parece ser la cubierta de algún viejo barco, siempre sonriente, siempre vivaz a como es ahora. Una sonrisa cálida se plasmó en mi labios, jamás pensé que hubiese alguna posibilidad de ver a mi padre siendo un niño. También había fotos de mi madre, no de niña, pero si en la época que estaba viva, era feliz, una mujer preciosa. Ya habia visto algunos retratos de ella, pero verla en fotografía, era diferente, y ese sentimiento de cierta manera dolió un poco.

En la última fotografía, encontré a un hombre que, de alguna manera, se parecía mucho a mi padre… aunque no del todo. Su cabello era oscuro, lejos del tono anaranjado que siempre había distinguido a los Hoshinos. Este hombre portaba lentes, y sus ojos parecían de una tonalidad más clara, pero no como los míos. No podía asegurarlo con certeza, la imagen, carente de color, difuminaba los detalles y volvía ambiguas las diferencias. Aún así, había algo en su expresión, en la forma de su rostro… que me resultaba inquietantemente familiar.

—- ¿Quién será?, ¿Algún amigo de papá? —- Miré cada detalle de la foto, incluso miré la parte de atrás pensando quizás encontrar el nombre del hombre, pero no había identidad alguna. Tomé la cajita de madera, colocando todo en su lugar, y con la misma salí del taller.

Con una curiosidad creciendo en mi pecho, decidí ir a buscar a mi padre. En ese momento él se encontraba en el pórtico de la casa, sentado en su silla mecedora, balanceándose con calma mientras disfrutaba de su pipa con tabaco encendido. Al acercarme, me incliné ligeramente hacia él y le extendí la caja. Me incorporé a su lado en silencio, observandolo, y él, por su parto, solo me miró con un deje de asombro en el rostro, como si no esperara volver a ver aquello. —- Encontraste mi tesoro.

—- Si, supongo que cuando uno limpia se encuentra con muchos tesoros por ahí. —- Dije entre risas, ahora sentándome en el suelo de la entrada, mirándole con mucha atención a sus reacciones. Papá no era una persona muy expresiva con sus emociones.

—- ¿Viste las fotografías que había dentro? —- Ante su pregunta solo asentí con la cabeza repetidas veces, con un brillo emocionante reflejado en mis ojos, mi padre por los momentos solo se encogió de hombros y se río en tono bajo.

—- Si, claro que lo harías…. —- Comentó mientras miraba con gran nostalgia la cobertura de aquella cajita tallada, sus dedos acariciaban la tapa, y dudoso, lo abrió. —- ¿Viste a tu madre?

—-- Sí, muy hermosa por cierto…

—-- Claro que sí, ¿Acaso piensas que tu belleza viene de mi? —-- Ante tal comentario, no pudimos evitar reírnos los dos en complicidad absoluta.

—- ¿Qué te pareció ver mi versión joven?, ¿A que era muy guapo en mi época?, enamoraba a cada chica en cada puerto, y cuando vine a Baquella, no pude irme…. —- Silenció un momento, sonriendo con cierta nostalgia contenida. —-- Me enamoré de tu madre, y ya nunca más quise irme de aquí.

—- Ambos formaron un bello hogar, con muchos hijos, y de joven debo decir que te pareces mucho a Keita.

—- Claro, es el primogénito, normalmente el primer hijo es el que más se parece a su padre.

— Gracias a Dios no fui la primera. 

—- Pero al menos sacaste el color de mi cabello, de eso no te salvaste hija mía, todos los Hoshinos tienen el pelo de este color.

—- ¿Ah sí?, en la caja había una fotografía de un señor con lentes, no me parece que su pelo sea naranja. —- Expresé algo curiosa, tratando de tocar ese tema, mi padre era algo reservado con su pasado, incluso que me hable ahora de mi mamá sin alejarse me deja un poco asombrada y aliviada al mismo tiempo, quizás el tiempo sana heridas pero de manera lenta. 

Mi padre devolvió su mirada al contenido de la caja, y con algo de esmero comenzó a ver entre las fotografías hasta encontrar la mencionada, y la sostuvo con gran cariño por un largo rato, observando con cuidado cada parte de esa fotografía, como si un rompecabezas se empezará armar en su mente. 

—- Él es mi hermano, Seren… —-- Confesó con cierta melancolía reflejada en su voz, momento después su sonrisa terminó dibujada con extremo cariño —- Tú tío Seren, un hombre muy inteligente, devoto a sus ideales, y muy solidario con las personas. 

—- A diferencia de mí, tu tío Seren se dedicaba a la cocina, un estupendo chef, me encantaban todos los platillos que me preparaba.

—- ¿Y qué pasó con el tío Seren?, ¿De dónde vienen ustedes, papá?.

—- De muy lejos hija, a tu pobre viejo siempre le encantó el mar… respecto a tío Seren, digamos que una vez intenté ir a visitarlo, pero…

—- ¿Pero?

—-- La isla donde vivía tu tío, en ese entonces llamada como Flevance y su ciudad blanca, fue destruida a causa de una pandemia grave dentro de la isla, no conozco mucho la historia, pero debido a eso, no supe más de Seren, recuerdo que tenía una esposa e hijos, y yo iba en camino de conocer a mis sobrinos tras recibir una carta de tu tío indicandome la situación precaria en la que se encontraban, me solicitó con urgencia que me llevase sus hijos lejos de esa isla, para tenerlos seguros.

—- ¿Osea que nunca llegaste a conocer su familia?

—- No, como te dije una vez que vine a Baquella… nunca más intenté irme, había encontrado mi lugar en el mundo, y los tuve a ustedes.

Ante esa respuesta no pude evitar sonreirle de la manera más dulce que podía, agradecida y afortunada de tenerlo como padre. Es mi héroe, el hombre que más admiro y amo por sobre cualquier persona en el mundo.

—- Aunque si te admito que me arrepiento de nunca haber contactado a tu tío antes, quizás pudieron haber tenido una vida tranquila en Baquella.

—- Y yo pude haberme hecho muy amiga de mis primos, ¿No?

—- Supongo que sí, conociendo a mi hermano, seguramente sus hijos eran personas de bien, inteligentes, amables, y muy educados.

—- ¿Y por qué el tío Seren no tiene el pelo naranja como nosotros?

—- Nuestra madre, tu abuela, tenía el pelo negro en su totalidad, y tenía un mechon blanco en la zona izquierda de su flequillo, pero si te mostrase el album familiar completo de los Hoshinos, te asombrarías más la cantidad de personas que han mantenido este color llamativo en sus generaciones. 

—- Ojalá que mis hijos ya no tengan este color, jajajaja.

—-- La fé es lo último que se pierde, aunque yo no apostaría mucho en eso, solo mírame, cuatro hijos, dos nietas, y todos con el pelo naranja.

—- Bueno bueno, mejor me voy a terminar de limpiar el taller… —- Me levanté ahora, con una sonrisa dibujada en mi rostro, y me incliné hacía él para darle un beso en la frente. —- Gracias papá,
por contarme.

—-- Es bueno recordar con amor a quienes nos dejan en el camino.